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Recepción: 28 Agosto 2023
Aprobación: 23 Octubre 2023
Cómo citar este artículo:: APA: Cendali Godoy, M. y Duarte, H. (2023). Rupturas y continuidades en la recuperación browniana de las investigaciones de Foucault sobre el neoliberalismo. Nuevo Itinerario, 19 (2), 71-88. DOI: https://doi.org/10.30972/nvt.1927001
Resumen: Los cursos de Michel Foucault dictados en el Collège de France, entre 1977 y 1979, esgrimen una crítica lúcida del neoliberalismo, pero por sobre todo, novedosa para su tiempo. Sin embargo, sus ideas no han estado exentas de controversias, que se suman además a la serie de innovaciones que los últimos cuarenta años de neoliberalismo han traído consigo, dejando desactualizados algunos aspectos de las investigaciones del autor. Por ello es que, asumiendo su legado incluso en contra de este, Wendy Brown ofrece una interesante revisión de los alcances y límites de los estudios gubernamentales, trazando una serie de continuidades y rupturas entre sus ideas y los cursos del autor. De esta manera, elaborando una original teoría del Homo Politicus desde un examen del Homo Economicus foucaultiano, esta pensadora revela los desastrosos efectos que el neoliberalismo desata sobre la soberanía democrática y sus imaginarios emancipatorios; una problemática, por cierto, muy desestimada por el autor. El presente artículo reconstruye en términos generales las distintas lecturas y críticas de rodean la obra del filósofo, explicitando luego la apreciación browniana al respecto, y sus estudios sobre las crisis democráticas en la era neoliberal.
Palabras clave: Foucault, Wendy-Brown, Neoliberalismo, Democracia, Homo-Economicus.
Abstract: The Michel Foucault’s courses given at the Collège de France, between 1977 and 1979, wield a lucid critic of the neoliberalism, but especially innovative for its time. However, his ideas have not been exempted of controversy, which are also added to the series of innovations that the last forty years of neoliberalism have brought, leaving some parts of Foucault’s investigation out of date. That is why Wendy Brown, assuming its legacy even against the author, offers an interesting revision of the scope and limits of the governmental studies, drawing a series of continuities and ruptures between her own ideas and Foucault’s courses. So is that, elaborating an original theory about the Homo Politicusfrom an exam of the Foucauldian Homo Economicus,this thinker reveals the disastrous effects that neoliberalism unleashes over democracy and its emancipatory imaginary; a problem by the way, highly dismissed by Foucault. The present article rebuilds, in general terms, the different readings and critics that surrounds the work of the philosopher, later explaining the Brownian appreciation in this regard, and her studies on democratic crises in the neoliberal era.
Keywords: Foucault, Wendy-Brown, Neoliberalism, Democracy, Homo-Economicus.
Emergencia y Recepción del Pensamiento Foucaultiano
Durante la década de los años 60’s, muchas figuras radicales de la izquierda en occidente se hallaban en la búsqueda de caminos teóricos que permitieran extender y desarrollar el análisis marxista, respecto a las prácticas políticas, legales, culturales, sociales, etc., evitando al mismo tiempo reducir dichos fenómenos a simples efectos de relaciones económicas o modelos de producción. Entre las alternativas consideradas, dos pensadores cobran especial relevancia en el pensamiento francés. Uno de ellos es L. Althusser, al señalar los medios desde los cuales el capitalismo reproducía las condiciones ideológicas que precisaba para sostenerse. Este es el momento en el que toman forma sus estudios respecto a la ideología y los aparatos ideológicos del Estado. El segundo filósofo en consideración es A. Gramsci, cuyas propuestas fueron recuperadas y actualizadas por el mismo Althusser. El filósofo italiano logro explicar la naturaleza de un poder opresivo no sólo como producto de un uso eficiente de los aparatos represivos del Estado, sino también como efecto de la hegemonía cultural de una clase dominante y la naturalización del orden estamental.
Sin embargo, ambas líneas de problematización resultaron deficientes por ser incapaces de construir una investigación empírica de las prácticas del gobierno, o por caer en reduccionismos y en interpretaciones funcionalistas, al considerar que cada aparato educativo, cultural o religioso se ordenaba sobre el único objetivo de mantener un orden social existente. Para entonces, trabajos foucaultianos como Las palabras y las cosas (1968); Arqueología del saber (2002a); Vigilar y castigar (2002b) e Historia de la sexualidad (2011a) ya habían comenzado a socavar las consideraciones convencionales del Estado como punto nodal del poder. Esta nueva perspectiva, construida en principio sobre el concepto poder/saber, describía un sistema de gobierno articulado desde una serie de estrategias, tecnologías y programas de los que se deducía la existencia de un mundo, no programado, sino más bien habitado por la tensión de múltiples programas de gobierno. Foucault demostraba que la cuestión central del aparato político gubernamental no podía ser reducida a la existencia de un poder centralizado, que extendiera su dominio sobre el cuerpo social. Era más acertado pensar que en un momento de la historia, los Estados habrían formulado conexiones con diversos dispositivos y técnicas que volvían maleable la condición biológica y social de los individuos. Desde esta perspectiva se inician sus teorizaciones acerca de la gubernamentalidad, explícitamente a partir de los cursos Seguridad, territorio y población (2011b) y El nacimiento de la biopolítica (2008), atravesados subterráneamente en todo momento por las indagaciones y los estudios respecto a la naturaleza del nuevo arte de gobernar, el liberalismo.
La recepción de esos estudios dinamizó la aparición de otras tantas investigaciones afines que colocaban la propuesta foucaultiana como el nuevo centro de gravedad. Concretamente en Francia, el desplazamiento de la atención desde el Estado hacia las tecnologías gubernamentales despertó un interés por el estudio de las políticas de seguridad y su nexo con la emergencia de “lo social”. Aquí aparecen obras de Jacques Donzelot, The policing of families (1979); Pierre Rosanvallon, Pour une nouvelle culture politique (1978); Defert Daniel, Popular life and insurance technology (1991) y Ewald François, L’État providence (1986); Insurance and risk (1991).
Durante la década de los 80 's, emerge en Inglaterra un grupo de teóricos sociales centrados en las psy-sciences y la vida económica, la aparición del neoliberalismo y del individuo-empresario. Entre las obras más destacadas están Miller P. Accounting for progress- National accounting and planning in France – a review essay (1986); Miller P. y O’leary T. Accounting and the construction of the governable person (1987), Hierarchies and American ideals, 1900-1940 (1989); Miller P. y Rose N. The tavistock program – The government of subjectivity (1988), Political power beyond the state: problematics of government (1992), Governing economic life (1990); Rose N. Calculable minds and manageable individuals (1988), Governing of the soul: the shaping of the private self (1999),
En Norteamérica, a inicios de los 90 's, un grupo de investigaciones demostró una gran recepción y difusión de los estudios foucaultianos sobre el liberalismo. Entre ellos se encontraba Alan Hunt, quien permitía un diálogo entre el enfoque neo-marxista y las teorías sobre la gubernamentalidad. Governance of the consuming passions: a history of the sumptuary law (1996), Governing morals: a social history of moral regulation (1999).
Al mismo tiempo en que se recupera y extiende el alcance de los análisis filosóficos iniciados por Foucault respecto del liberalismo y el neoliberalismo contemporáneo, existe también una divergencia de opiniones que insisten en la necesidad de someter los estudios foucaultianos a una meta lectura, esto es, una pesquisa sobre los intereses y móviles que animan al propio Foucault. “¿Era este autor neoliberal?” es una de las preguntas que con más ahínco resuenan en algunas fracciones de la izquierda que todavía hoy, decenas de años más tarde de los cursos dictados en el Collège de France, intentan sopesar el legado del filósofo francés, aunque desde una lectura suspicaz y sin temor a la polémica. Algunos de los escritos relevantes en esta dirección, por nombrar algunos, son Penser le “néolibéralisme”: Le moment néolibéral, Foucault et la crise du socialisme de Audier Serge (2015), y Critiquer Foucault. Les années 1980 et la tentation néolibérale de Zamora Daniel (2014). Si los primeros autores mencionados representan una continuidad del, si se quiere, paradigma foucaultiano, estos últimos constituyen una cierta impugnación de su pensamiento.
Esta tesitura de diatribas y laureles colocan a los estudios de Wendy Brown en una tercera posición, tan novedosa como necesaria. No se trata de hacer del legado foucaultiano una épica filosófica, ni encontrar en el autor un sujeto perseguido por los propios fantasmas que buscaba conjurar. Para Brown resulta más provechoso hacer un uso de Foucault, incluso en contra del mismo Foucault. Tensionar sus ideas para llevarlas a sus límites, y descubrir lo que esos bordes pueden decir, o pueden callar, respecto del neoliberalismo, el Estado o el sujeto. Algunas décadas más tarde de aquellos cursos de Foucault, es preciso indagar sobre la actualidad de sus diagnósticos concernientes a lo que por aquel entonces aún era una novedad, a saber, la racionalidad neoliberal.
El concurso de fuerzas que el autor describe era aún algo prematuro por entonces, y como observa Brown, el neoliberalismo ha adoptado diversas formas a lo largo del tiempo y los territorios en los que se manifestó, contornos que difícilmente hubieran podido ser prefigurados a finales de los 70s. La gran conquista del autor consiste en la delimitación de una serie de normas y principios estables, presentes en las distintas instanciaciones del neoliberalismo, con las que es posible distinguirlo de la gubernamentalidad liberal clásica, del keynesianismo, la socialdemocracia, o las economías estatales. Tales normas y principios no prescriben políticas económicas, sino que reconfiguran la relación entre el Estado, la sociedad, la economía y el sujeto. Se trata de una “economización” de esferas y asuntos de la vida humana que hasta entonces eran considerados espacios ajenos a la economía (Brown, 2015, p.50).
Sin embargo, Brown considera que el detallado estudio foucaultiano sobre esta nueva racionalidad gubernamental, deja por fuera importantes consecuencias desatadas para las democracias y los seres humanos. El neoliberalismo disuelve las condiciones de posibilidad para la existencia de un demos capaz de ejercer alguna forma de gobierno en conjunto. Por esta razón resulta llamativa la ausencia de una indagación filosófica en Foucault, respecto al destino de la democracia, o bien, de la politicidad del hombre y su capacidad de agencia, que parecieran perecer bajo la figura implacable del sujeto de interés, que surgiera en el siglo XVIII con el liberalismo. A la luz de estas consideraciones, Brown reconstruye la historia de este homo politicus, desafiando incluso algunas importantes consideraciones foucaultianas. Lejos de constituir tan solo una pequeña controversia intelectual, lo que la autora pone en tela de juicio posee grandes implicancias para el diagnóstico final del neoliberalismo y las democracias del presente.
En virtud de las polémicas que rodean a las investigaciones gubernamentales de Foucault, y partiendo de las propuestas de Brown, el presente escrito pretende delinear las ausencias identificadas por la autora dentro del pensamiento del filósofo, abordando: la supervivencia del homo politicus en la historia de occidente, los contrastes señalados entre el sujeto de Interés foucaultiano y el sujeto sacrificial de Brown; el género y la división sexual de trabajo que el homo economicus invisibiliza; y, finalmente, el rol del poder soberano (individual y estatal) en la legitimación de los programas gubernamentales.
Wendy Brown y la Novedad Foucaultiana
El curso Seguridad, Territorio y Población (Foucault, 2011b) marca un nuevo momento en el pensamiento de Foucault. A grandes rasgos, el filósofo francés proponía estudiar una nueva economía de poder surgida a mediados del siglo XVIII, la gubernamentalidad liberal, a partir del desarrollo de lo que consideró una historia de las tecnologías de seguridad. En esta época es posible presenciar un corrimiento teórico, pues Foucault, que había estado hasta entonces más interesado en la cuestión del biopoder, abre el terreno al planteamiento de un novedoso problema: la cuestión del gobierno.
El momento histórico-político que el curso de 1978 aborda precisamente, es la escisión entre dos racionalidades de gobierno, o al menos la reelaboración de lo que hasta entonces funcionaba como poder soberano, y cuyo ejercicio se articulaba sobre un territorio o súbditos. Es frente a esta estructura que Foucault opone la aparición de una nueva tecnología de poder, que tendrá a la población como el objetivo de sus intervenciones, y cuya aspiración primordial será la consecución de su equilibrio, esto es, la seguridad del conjunto de cuerpos e individuos respecto a sus peligros internos. Progresivamente, mediante el análisis de los dispositivos de seguridad sobre los que se articula la biopolítica, el autor pone de relieve el concepto de gobierno, que, al matizarse con la noción fisiocrática de gobierno económico, pretende designar a este nuevo conjunto de técnicas con las que se administra dicha población.
Más tarde, en el Nacimiento de la Biopolítica (2008), Foucault realiza un estudio detallado del desarrollo posterior de ese nuevo arte de gobernar, el liberalismo, revelando que la lógica de su evolución se asienta sobre la búsqueda de un principio inmanente para la limitación del poder de gobierno. Es la aparición del Estado frugal o la razón del menor Estado, que desplaza en el siglo XVIII los problemas políticos anteriores, es decir, la lógica mercantilista. Esta nueva racionalidad de gobierno se enfrenta al problema de una escisión o heterogeneidad hacia el interior del cuerpo de la población, que se halla compuesta simultáneamente por sujetos de derechos, sobre los que es preciso gobernar, y sujetos económicos a quienes deben serles aseguradas una serie de libertades. La contradicción que surge se explica por la imposibilidad de fijar un principio de autolimitación. De este modo, como tentativa resolutiva, se abre lugar en el escenario político a una nueva figura ofrecida como objeto de gobierno, la sociedad civil, compuesta por sujetos que incluyen al homo juridicus y al homo economicus, aunque no se reduce a ellos[1].
En palabras de Wendy Brown (2015, p. 15), el autor inicia considerando distintos tipos de límites sobre el poder del Estado. En principio, la raison d’etat en la Europa monárquica era un ejercicio de autolimitación externa (momento de la balanza europea). La competencia internacional volvía a cada Estado un límite externo para el resto de las naciones, y viceversa. Aquí la ley o la práctica jurídica funcionaban como un multiplicador del poder del Estado, extendiendo la potestad del rey en lugar de limitarla. Más tarde, con el debilitamiento de la monarquía y la aristocracia, la ley y el derecho toman la forma de un límite sobre el poder soberano, en vez de extenderlo y multiplicarlo. La razón jurídica comienza a operar en contra de la raison d’etat. Más adelante, a mediados del siglo XVIII, otro principio de limitación surge: el mercado. Aunque hasta este momento lo derechos seguían oponiendo límites a la soberanía, ahora el principio de veridicción dado por el mercado, animaba una reformulación de la soberanía desde sus bases ontológicas, epistemológicas y políticas. No solo se trata de una limitación, sino que se produce una nueva configuración estatal, cuya legitimidad estaría asegurada por la verdad del mercado.
En el relato foucaultiano, la emergencia del homo economicus (HE a partir de ahora) es lo que cataliza la reconfiguración del poder soberano, y es, además, lo que permite al autor presentar al neoliberalismo como un nuevo capítulo de la gubernamentalidad liberal (Brown, 2015, p. 57). La mirada atenta de Brown invita además a reconocer en esta novedad temática y metodológica propuesta por el filósofo, su distanciamiento de importantes doctrinas de la izquierda emparentadas con el marxismo. La perspectiva genealógica de Foucault no se limita a caracterizar al Estado como un mero instrumento del capital. Asimismo, no lastra al sistema capitalista como necesariamente en crisis, ni retrata al gobierno como prisionero del dominio de la clase gobernante (Foucault, 2008, p. 149). Lo que sucede es que el mercado adquiere la forma de un límite para el Estado, aun cuando lo satura y lo construye. Sobre tal límite versa, para Foucault, el verdadero problema del liberalismo: cómo no gobernar demasiado. Hay una construcción política-económica que organiza el gobierno mediante la verdad del mercado, al mismo tiempo en que lo repele. Por tanto, no es en Locke, Hobbes o Rousseau donde deben ser buscados los inicios de este problema, sino más bien en Smith y Bentham (Brown, 2015, p. 58).
El Neoliberalismo desde Foucault
Es importante reconocer que el término neoliberalismo, de un tiempo a este presente, ha sido saturado de referencias y significados que parecen licuar la precisión de su sentido. Resulta engorroso delinear sus contornos, y más aún en un contexto en el que parece haber adquirido un uso liviano, más interesado en expresar un pánico moral, que en realizar un escrutinio crítico de aquel objeto del que, se supone, intenta hablar. Esto es lo que Boas y Gans-Morse (2009) procuran señalar en un breve análisis sobre las variaciones en los usos y significados del término, desde el año 1990 al 2004, dentro del campo de las ciencias sociales empíricas. Estos intelectuales ambicionan devolver al concepto una supuesta precisión crítica del que hubiera sido despojado, décadas atrás, como resultado de su uso irrestricto y ambiguo, por parte una izquierda latinoamericana empecinada en criticar los programas políticos dictatoriales de los 70s, y sus rezagos en los años siguientes (p. 141).
Algunos de los problemas que Boas y Gans-Morse identifican son innegables: un gran porcentaje de los artículos analizados carece de una definición del término, y en la mayor de las veces, su uso es llanamente despectivo e intenta referenciar políticas de corte Hayekiano o de la Escuela de Chicago, a pesar de que muchas figuras representativas de esta franja de economistas y filósofos, no se atribuye ni se reconoce bajo tal rótulo. El concepto neoliberalismo es un fruto de la Escuela Alemana, conocida también como ordoliberalismo, que mantenía no pocas discrepancias con la Escuela de Chicago. Es evidente que la aplicación irrestricta del término resulta problemática, pero Boas y Gans-Morse parecen reducir esta lobreguez conceptual a un problema de autopercepción. El supuesto extremismo del concepto empuja a muchos políticos y economistas a desarrollar nuevas nomenclaturas. El mismo John Williamson[2] ha buscado distanciarse del término por considerarlo extremista e ideológico (2003, p. 326), lo que frente a los ojos de estos autores parece una razón suficiente como para impugnar su uso, o bien devolverlo a un supuesto origen semiológico que carece de tales “excesos”.
Pero entonces es necesario preguntarse si deberían ser adoptados en su lugar otros términos más amenos, como consenso, reforma de mercado, ajuste, o estabilización. Para Boas y Gans-Morse el problema del término parece radicar en su falta de adecuación a lo que las personalidades e instituciones representativas del neoliberalismo perciben de sí mismas. Pues bien, no será ni la primera ni la última vez que las agendas políticas de la derecha deban enfrentarse a la necesidad de poner en juego una discursividad camaleónica, para traficar sus intereses frente al ojo público. Poco importa en este sentido si Williamson encuentra el término representativo o no. El conflicto de fondo es en verdad pensar que estos problemas se inician a raíz de ciertos excesos ideológicos en los escritos de la izquierda intelectual.
Aunque el texto de estos autores esté animado por un dudoso interés en el “debate constructivo”, que ciertamente parece encubrir una tibieza ideológica preocupante, es de todas formas necesario señalar la necesidad de contar con una definición precisa del neoliberalismo, tal como el artículo lo demuestra. Su extenso uso ha dado lugar a una semántica laxa, capaz de abrazar a un sin fin de prácticas y discursos que solo erróneamente podrían ser emparentados con los proyectos neoliberales, aun cuando difícilmente puedan estar exentos de críticas (los populismos progresistas de Latinoamérica, por nombrar un ejemplo). ¿Cómo se vincula esta discusión con las investigaciones de Foucault? Pues bien, aquí reside otra importante contribución del autor, y una nota distintiva de su trabajo respecto de muchos otros escritos y abordajes teóricos. Aun advirtiendo las grandes discrepancias entre los distintos modelos y problemas sobre los que se estaba articulando esta nueva racionalidad económica, Foucault fue capaz de otorgar una síntesis de características que darían a esta multiplicidad de fenómenos (con sus diferentes tiempos y espacios) una cohesión perfectamente identificable. Por lo tanto, se puede decir que el autor otorga al lector una definición del neoliberalismo, junto a los fundamentos epistémicos de su desarrollo.
Como explica Wendy Brown, (2015) Foucault reconoce dos grandes fuentes del neoliberalismo. Un momento inicial en la Escuela Alemana durante la década de los 30s, y otro más adelante en los 50s con la Escuela de Chicago. Hayek es una figura intelectual que de cierto modo vincula ambas escuelas, y cimenta además las ideas para un anarcocapitalismo norteamericano. Por encima de las discrepancias que atraviesan a este bloque de pensadores y economistas, lo que está en juego en ambas escuelas, para Foucault, es el problema de establecer a la economía de mercado como principio, forma y modelo para un Estado. No se trata de liberar a la economía, sino de saber determinar cuán lejos puede extenderse el alcance de la economía de mercado sobre lo político y lo social (Foucault, 2008, p. 149 y 150). Es preciso señalar que este es un problema ausente en el liberalismo político y económico. Ninguno de estos vio en el mercado un principio de regulación para la vida o el gobierno. El neoliberalismo generaliza la forma del mercado o de la empresa en todo el cuerpo social, dando lugar a una economización de la vida. Naturalmente este movimiento requirió una transformación de un principio nodal en el liberalismo, es decir, la separación de la economía de mercado del imperativo laissez-faire. Con ello, explica Brown, el autor no intenta describir una monetarización de lo social, sino una reconfiguración de las distintas esferas de la vida, en términos económicos (Brown, 2015, p. 62).
Pensar el neoliberalismo como la racionalidad económica con la que una sociedad se gobierna por medio del mercado, no parece introducir grandes diferencias respecto al liberalismo clásico. Después de todo, como observa Brown (2015), también allí era posible encontrar una suerte de principio de regulación emanando desde el mercado[3]. Sin embargo, es preciso agudizar la mirada para comprender cabalmente las grandes distancias que separan a una racionalidad de la otra. Así es que Brown resume este juego de modificaciones y discontinuidades, en una serie de puntos cruciales que echan luz sobre tales contrastes:
- Una de las reconfiguraciones importantes dadas en el mercado es la desnaturalización de la competencia. En contra de lo que consideraría el liberalismo y su principio laissez-faire, es el Estado quien debe asegurar el funcionamiento de la competencia, debiendo producirla, asegurarla y corregirla desde afuera cuando es necesario. Si bien la competencia sigue siendo esencial para el funcionamiento del mercado, esta deja de ser considerada un componente natural o preexistente. (Foucault, 2008, p. 152 y 153).
- Se vuelve necesario economizar el Estado y la política social. El Estado gobierna para el mercado, no a causa de este. Es el componente que asegura, mejora y apuntala la economía, y por tal motivo su legitimidad está vinculada al bienestar crematístico. La acción, los propósitos y la legitimidad del Estado son economizados, puesto que, si la competencia es lo que genera el crecimiento económico, entonces la política social debe consistir en su promoción, no como ayuda generosa, sino en la forma de un resguardo de las reglas del juego, para que cada actor pueda desempeñar su rol en el mercado.
- Si la competencia remplaza al intercambio como dinámica fundamental en el mercado, entonces la inequidad se vuelve un efecto normalizado dentro de la sociedad. Aquí hay un corte con muchos imaginarios políticos de la democracia liberal, para la que la disminución de las desigualdades constituye una de las grandes promesas del contrato social. Aunque no es un punto tan explorado por el autor, Brown es consciente de que ya en Foucault se dibuja una sociedad neoliberal donde solo existen ganadores y perdedores (Brown, 2015, p. 64).
- El capital humano reemplaza al trabajo en la medida en que todo actor del mercado se vuelve un capital en lugar de productor, vendedor, o trabajador. En calidad de capital, cada sujeto es considerado un empresario de sí, y cada asunto de la vida humana es desarrollado de esta manera. Para la autora, este escenario obscurece las reproducciones de clases aún más que en el liberalismo clásico. De igual manera, se elimina toda lógica de solidaridad económica entre los actores involucrados. Cada esfera de lo político se vuelve un ámbito económico, por el que solo circularían sujetos empresariales. Por este motivo Brown denuncia la desaparición de las bases de la ciudadanía democrática, y con ello, la posibilidad de articular un demos preocupado por afirmar una política soberana. En otras palabras, el HE conquista todas las esferas del mundo social, eliminando las condiciones de posibilidad para componer una ciudadanía democrática.
- Al apuntalamiento de la competencia y la figura del capital humano, le sigue necesariamente un reemplazo de la producción por el empresarialismo. Dentro de una sociedad sujeta a los efectos de la competencia, que posiciona el valor de la empresa por encima de la producción y el consumo, no encontramos ya en el HE un sujeto de intercambio o consumo, sino al hombre de la empresa. Lo que implementa el ordoliberalismo de los 30s es una sociedad orientada hacia la multiplicación y diferenciación de empresas (Foucault, 2008, p. 182). Y es este florecimiento de las unidades empresariales lo que hace del neoliberalismo algo más profundo que un “conjunto de políticas económicas”, denominación ampliamente extendida entre los estudios empíricos sobre el neoliberalismo (Boas y Gans-Morse, 2009).
- Instrumentalización y economización de la ley en favor de los propósitos del neoliberalismo, proliferando en complejidad y detalle. La multiplicación de las empresas naturalmente produce un incremento de la conflictividad, por lo que el Estado se vale de la ley para delinear los límites y reglas formales del juego económico. No es un planeamiento sobre los asuntos de la economía, sino un resguardo del funcionamiento esperado de la economía.
- También en el neoliberalismo el mercado produce una verdad, es un lugar de veridicción. La diferencia es que, en una economía liberal, el mercado aparece como un lugar de verdad entre otros, mientras que en el neoliberalismo se vuelve el lugar de la verdad en dos dimensiones: siendo la verdad misma y otorgando además la forma de la verdad para toda actividad.
- El neoliberalismo crea un Estado responsabilizado por el destino de la economía. Si las medidas económicas gobiernan el Estado, y el crecimiento económico es lo que lo legitima, entonces este debe ocuparse de facilitar el crecimiento económico, ser capaz de predecirlo, controlarlo, o apaliar los defectos del mercado.
- El consenso político reemplaza la individuación y la lucha política. Es un aspecto brevemente abordado por el autor, pero en palabras de Brown, anticipa lo que más tarde será logrado por el neoliberalismo (Brown, 2015, p. 68). En su explicación de la racionalidad del neoliberalismo alemán de posguerra, Foucault sugiere que un mercado libre manifiesta de cierta manera, determinados vínculos políticos. La libertad económica consolidada por el Estado da lugar a un permanente consenso entre los agentes económicos involucrados es este proceso; se trata de un acuerdo asegurado en la medida en que tales actores “aceptan” participar de este juego económico de libertad (Foucault, 2008, pp. 106 y 107).
Alcances y Límites de la Perspectiva Foucaultiana
Los cursos del 78’ y ‘79 extienden un gran abanico de problemáticas que, por aquel entonces, comenzaban a despuntar dentro del horizonte geopolítico. Muchos de los fenómenos que en breve serán repasados, son apenas mencionados o reciben un limitado tratamiento en las investigaciones del autor. Algunos de estos eventos permanecen relevantes aun para el neoliberalismo del presente, aunque existen sin dudas tantas otras eventualidades que de ninguna manera hubieran podido ser predichas por el autor. La letra de Brown recoge los frutos de ese trabajo, otorgando al relato foucaultiano una especie de continuidad póstuma, al tiempo en que condensa en sus páginas, a contrapelo del mismo Foucault, los materiales para el diagnóstico de una nueva sintomatología neoliberal.
La “continuidad” de las ideas foucaultianas en Brown pueden reducirse, si se quiere, a tres grandes nodos problemáticos: 1) el desarrollo del capitalismo financiero y la deuda; 2) las crisis económicas y su sujeto sacrificial; y 3) la empresarialidad y su no-política.
En la era de las finanzas, estadio presente del capitalismo, los mecanismos de la deuda cobran una crucial importancia en el formateo de la razón económica y la política, puesto que tienen efectos sobre las producciones de la racionalidad económica (la forma de sus mercados, sujetos, y lo que se entiende por acción racional) (Brown, 2015, p. 70). La financiarización somete al Estado a la mercantilización y subcontratación de sus funciones públicas, dejándolo vulnerable ante las crisis económicas. El Estado es continuamente empujado a desarrollar sus propios mercados (como los sistemas de préstamos estudiantiles en EE. UU., o las hipotecas). Incluso en las políticas estatales de corte progresista[4] es posible encontrar un norte economizado, cuando la consolidación de la competencia o el incremento de la capacidad crediticia son los objetivos que animan programas de inclusión social.
A las crisis financieras le sigue siempre un programa de políticas de austeridad, y con ellas adviene un gran cambio en la racionalidad neoliberal, pues se pasa de la ilimitación a un contexto constreñido, o bien de la libertad económica al sacrificio. Esto sucede en la medida en que el ciudadano es integrado al proyecto económico en calidad de capital humano, lo que lo hace al mismo tiempo un capital que puede ser sacrificado cuando el mercado lo requiera. El aspecto sacrificial del sujeto neoliberal es un carácter poco explorado en Foucault, y como se verá más adelante, abre espacio para una de las grandes críticas que Brown realiza a la perspectiva del autor.
Por otra parte, este auge de la empresarialización permite fusionar el lenguaje político con el marketing discursivo, desarrollando una gobernanza antipática con las narrativas e imaginarios sobre politizados. La empresarialidad y su no-política reemplazan al individuo y sus intereses por el “teamwork”. Es un pasaje del discurso neoliberal apoyado en la libertad de los sujetos, a uno sustentado por sujetos explícitamente gobernados y responsabilizados por las pérdidas y administrados (2015, pp. 70-72).
En lo que respecta a los límites y omisiones de las investigaciones del filósofo, mucho puede decirse apelando a los trabajos de Wendy Brown, pero cabría distinguir dos grandes impugnaciones. En In the Ruins of Neoliberalism (2019) la autora explora y revela un nihilismo moral[5] con el que podrían explicarse fenómenos globales estrechamente vinculados al neoliberalismo (la emergencia de fuerte figuras políticas como Trump y Bolsonaro, junto a un sustancial apoyo de las iglesias pentecostales; nuevas derechas apelando al neonazismo; el violento orgullo blanco occidentalista y nacionalista, etc.). Como Brown demuestra, los ordoliberales ya figuraban este escenario al buscar reposicionar al sujeto proletario como el lugar de la autoridad proveedora de la familia. Tal articulación adquiere mayor claridad y fuerza en el pensamiento de Hayek, donde la relación entre moralidad y mercado no tiene nada que ver con los vínculos que comúnmente se creen encontrar entre el neoliberalismo y esta moralidad conservadora (2019, p. 96). Además del nihilismo que esta racionalidad gubernamental acarrea, ya en Undoing the Demos Brown echa luz sobre otros aspectos ignorados por Foucault. Estos problemas pueden resumirse sobre cuatro aspectos: 1) su formulación de la política; 2) el nacimiento del HE; 3) su extraño descuido del capital como forma de dominación; y 4) el eclipse que introdujo sobre los efectos que el neoliberalismo propició en las democracias y sus imaginarios emancipatorios.
Las investigaciones de Foucault son incapaces de expresar los efectos que el neoliberalismo desata sobre la vida social, la cultura, la subjetividad y, sobre todo, la política. Esta es, ante los ojos de Brown, una gran limitación de su trabajo que emerge de un enfoque excesivamente estado-centrista. En todas partes solo es posible vislumbrar individuos resistiendo o siendo gobernados/disciplinados, pero no se guarda lugar para la emergencia de un cuerpo político, no hay un demos que actúe de manera articulada o construya imaginarios soberanos. El autor no eleva una pregunta, ni demuestra interés por el destino de la democracia, sus principios, valores o instituciones (2015, p. 73 y 74). El Homo Politicus (HP a partir de ahora) es el sujeto recuperado por Brown para abrir espacio a esta clase de planteamientos. Se trata de un componente no capturado por el sujeto de derecho o el homo legalis. Sin embargo, es una figura persistente durante toda la modernidad, y solo el neoliberalismo pone en juego una racionalidad gubernamental capaz de desplazarlos con la ascendencia del capital humano.
Igualmente problemático para Brown es el acérrimo antagonismo que Foucault sostiene contra el marxismo. Aunque esta distancia le permite abordar de una forma novedosa la relación entre el liberalismo, el Estado, la economía y el sujeto moderno, semejante distancia termina por ocasionar dificultades. Para la filósofa, el capital y el capitalismo no son reducibles a un orden de razón. Tampoco los imperativos o efectos del capital pueden ser totalmente adscritos al capitalismo como un régimen de verdad. El capital requiere de ciertas verdades, esto nos lo recuerda la crítica a la ideología expuesta por Foucault a lo largo de sus cursos y escritos, puesto que es preciso poner en circulación una verdad para construir legitimidad en el poder. Sin embargo, los imperativos que animan al capitalismo no pueden ser reducidos a estos aspectos. No se trata de pensar en la existencia de un capitalismo singular operando al margen de los discursos, sino de asumir que el capitalismo tiene impulsos que ningún discurso puede negar, aun cuando en muchas formas estén mediados por discursos (imperativos de crecimiento, de reducción de costos, de producción de fuentes de ganancias, etc.). Por tales motivos la autora sugiere que, tanto el capitalismo como las racionalidades de gobierno, dan forma al mundo (Brown, 2015, pp. 74-76).
Otra gran discrepancia con Foucault impugna la relación que el autor construye entre la ciencia económica y el gobierno. Para el filósofo, la economía se halla separada de la sociedad civil, pues constituye un límite de gobierno para el liberalismo y el neoliberalismo, no debe ser tocada porque no puede ser conocida. Sin embargo, Brown señala que el autor no pudo anticipar el modo en que las ciencias económicas, los negocios y la política habrían de fusionarse con la elección racional, el modelado formal y sobre todo con el lenguaje de la gobernanza administrativa. Si el lenguaje del Estado neoliberal tiende a ser anti-política, esto es así porque la economía se vuelve una ciencia de gobierno (Brown, 2015, p. 77).
Como queda expuesto, la pensadora norteamericana opone numerosos frentes de discusión, y por ello es comprensible que pueda hablarse simultáneamente de una continuidad y ruptura de la propuesta foucaultiana. Cada detalle señalado resume extensos estudios y minuciosos análisis. Pese a ello, la recuperación del HP merece una especial relevancia y un concienzudo examen, dado que en él se dibuja una deuda del pensamiento foucaultiano, acaso la más paradójica, esto es, su silencio sobre la soberanía popular en el retrato de un sujeto gobernado, incapaz de edificar una vida vivible para sí y para otros.
Como se verá a continuación, este problema no puede ser reducido a un simple señalamiento de inconsistencias teóricas en el autor. Por el contrario, Brown propone otras salidas desde la revisión y reformulación de las propias tesis foucaultianas. Su análisis inicia con la reconstrucción de la historia del HE en Foucault; seguidamente reúne los elementos para fundamentar su teoría del HP y demostrar su presencia indeleble a lo largo de la historia, hasta el momento de su ocaso con la llegada del neoliberalismo; por último la filósofa ofrece una tematización de la identidad de género que el HE esconde, y echa luz sobre el estrecho vínculo que lo une a las dinámicas competitivas del mercado y el carácter sacrificial que el neoliberalismo exige de sus actores.
El Homo Economicus en Foucault
La interpretación clásica del HE es paralela a las teorías económicas sobre la utilidad y el intercambio. Ellas esbozan un mercado al que cada sujeto se acercaría para ofrecer trabajos o bienes, a cambio de lo que necesita. En el neoliberalismo, no obstante, toma su lugar un hombre que es para sí mismo su propio empresario, su capital y su fuente de ganancias. Ya sea que venda, produzca o consuma, se encuentra siempre invirtiendo en sí mismo y produciendo su satisfacción. En ese nuevo escenario es la competencia, y no el intercambio, lo que estructura las relaciones entre los capitales (Foucault, 2008, p. 264 y 265).
Aunque esta perspectiva permite vislumbrar importantes transformaciones en la racionalidad neoliberal, ignora de igual manera otros fenómenos acarreados en la vida política de los hombres. Para comprender esto es necesario oponer al HE dos interrogantes: ¿qué es lo que esa condición humana deja por fuera? o bien ¿qué no es un HE? y luego ¿Qué tipo de representaciones de lo económico vehiculiza esa figura? ¿Qué clase de economía es asignada al HE?.
Recuperando algunas ideas de Timothy Mitchell, Brown reconstruye una breve historia de las variaciones semánticas de las que ha sido objeto el termino economía política. Es sabido que etimológicamente la palabra economía remite a su origen griego oikos, que identificaba en la antigüedad al espacio del hogar. También es sabido, gracias a Mitchell, que La economía como dominio objetivo surge entre los años 1940 y 1950, ya que antes de aquel momento el término designaba sencillamente la búsqueda de un fin con el menor gasto de medios, es decir, algo más cercano a la eficiencia o el ahorro que no necesariamente se reducía al plano monetario. Actualmente pensar la economía como campo específico y delimitado, dígase “mercado”, tiende a ser anacrónico dada la intensa economización de la que es objeto la vida del hombre en el neoliberalismo (Brown, 2015, p. 81 y 82).
La inconstancia del sentido de lo que la economía designa expresa su carácter histórico y situado, de manera tal que lo que se entiende por ella determina también lo que la noción de HE encierra. Foucault advierte esta no-transhistoriedad, pero, siguiendo a Brown, no logra expresar sus implicancias en el HE. Para la filósofa norteamericana, el interés como cualidad fundamental no llega a capturar el ethos o la subjetividad del sujeto neoliberal contemporáneo. El autor deja por fuera, por ejemplo, el carácter sacrificial que este individuo recibe al ser un componente profundamente subordinado a los objetivos de la macroeconomía, que naturalmente puede verse inmolado ante las crisis y reestructuraciones que constantemente atraviesa el mercado. Esto impone fuertes dudas sobre la idea de que el HE sea un hombre que persigue su interés, y de que el mercado sea un lugar de satisfacción plena. Por ello es que, en Brown, la gran novedad del neoliberalismo reside en el hecho de que la reconciliación del interés individual con el nacional ya no sea un problema que deba ser resuelto por el mercado. En el lugar del sujeto egoísta que contribuye sin saberlo al bien común, hoy existe el proyecto de la macroeconomía al que sujeto está atado, y al que debe alinearse si desea prosperar (2015, p. 83-84).
Por otra parte, aunque Foucault reconoce sucesivas transformaciones del HE desde el siglo XVIII en adelante, este retrato no guarda espacio para la existencia del HP, aquel sujeto que persigue y es animado por la soberanía popular e individual. Tal sujeto es el agente capital de importantes acontecimientos políticos en occidente (las revoluciones americanas o la francesa, por nombrar algunas), sucesos que no han sido formulados o calculados en términos económicos. Para Brown, puede que el autor no lo haya percibido con claridad, o bien, si lo hizo, quizás lo vio salir del escenario demasiado pronto. Sin embargo, lo problemático es que en su estudio sobre la soberanía, esta aparece estrictamente ligada al Estado, incapaz de circular a través del pueblo. Por tal motivo Brown afirmará, en un pasaje repleto de ironía, que el autor se ha olvidado de cortar la cabeza al rey dentro de su propia teoría política (Brown, 2015, p. 86).
Para la pensadora, el HP ha existido junto al HE durante gran parte de la modernidad, y el contenido de ambos ha estado determinado en gran medida por un conflictivo vinculo. El HP es el sujeto de la política, un sujeto demótico no reducible al derecho, el interés o la seguridad individual. Por esta razón, también es el lugar que almacena la posibilidad de un más allá del mercado y sus intereses, donde se hallaría la realización de la soberanía popular, la representación, el debate por el bien común, etc.
Sujeto Económico y Sujeto Político en Brown 1- Morfología e historia del Homo Economicus y Homo Politicus
Como señala Brown, la presencia del HP en la historia puede rastrearse hasta la antigua Grecia. Es bien sabido que para los griegos el hombre es un animal político, es decir, un ser que organiza y proyecta su existencia en la polis. En este sentido, la politicidad del hombre no viene dada por su voluntad de poder o su condición gregaria, sino por la capacidad para co-existir con otros bajo la forma de un gobierno deliberada, y un proyecto de vida que suple y trasciende sus necesidades biológicas. En palabras de Brown, dicha politicidad entonces estaría constituida por la reflexión moral y la asociación: el hombre desarrolla lingüísticamente juicios morales convenidos, que le permiten ordenar y gobernar sus asociaciones mediante una idea de Bien. De forma paralela, la mutua dependencia humana asegura una vida bajo el amparo de los principios de la justicia, es decir, una existencia donde los hombres desarrollan y perfeccionan sus capacidades para la asociación, el discurso, la ley, la acción, el juicio moral, etc. (Brown, 2015, p. 88).
Para Aristóteles, el animal político es quien gobierna y es gobernado por sus iguales. Todas las relaciones dadas en la polis se ordenan en concordancia con la naturaleza, de manera tal que son beneficiosas para todos sus integrantes (aun para los esclavos). En el hogar, como en los distintos ámbitos de la polis, Aristóteles distingue dos tipos de funciones, una moral (el correcto uso de la autoridad) y otra económica (la provisión de lo necesario para vivir), donde la última es limitada por la primera. El gobierno siempre debe seguir el bien de los gobernados, y la acumulación de riquezas por encima de los necesario no puede ser el fin último de la vida. Los impulsos crematísticos son anti-naturales en el pensamiento de Aristóteles, y están estrechamente relacionados con el problema que ocupa a Brown, a saber, el HE. Aristóteles dibuja de esta manera dos reinos opuestos, uno natural, moralmente elevado, necesario y limitado, frente a otro innatural, innecesario e ilimitado. Para la autora, lo que el filósofo expresa en verdad no es simplemente una teorización sobre la naturaleza del hombre político, sino una preocupación por el surgimiento del HE no natural y perverso (2015, p 91). Por tanto, ya en los griegos la autora reconoce la tensión entre el sujeto político que persigue una idea de bien, y el sujeto económico que subordina su existencia a las actividades crematísticas.
Comúnmente se ha pensado que el HP comienza a marchitarse en el siglo XVII (cuando el interés por la propiedad se vuelve hegemónico), y llega finalmente a morir un siglo más tarde con el crecimiento del capitalismo y su captura de la vida pública. Este es el relato que, salvando diferencias, presentan pensadores y pensadoras de gran talante (Marx, Arendt, Gramsci, Habermas, Leo Strauss, etc.). En esta secuencia, Adam Smith marcaría el momento de inversión de la noción aristotélica del hombre, al definirlo estrictamente por sus capacidades comerciales; ni la acción, ni el discurso, ni la moral o la deliberación, serían las facultades distintivas en el hombre, sino la mercadotecnia y la producción de riquezas.
Brown se vale de Foucault para tensionar esta trayectoria señalada, apoyándose en la heterogeneidad y polivalencia que acompaña siempre a los discursos, lo que la habilita a pensar en una pervivencia del HP antes que en su desaparición. De esta manera la autora explica que la mercadotecnia distinguida por Smith no es más que una cualidad humana entre tantas otras que hacen posible la existencia humana. Y, lo que es más, ni el propio Smith la considera una cualidad primordial ni inmediata, sino una consecuencia natural del lenguaje, la deliberación, el cálculo y la soberanía individual de la que el hombre se sirve en un mundo de interdependencia. La autora demuestra de este modo que el HE de Smith no es un sujeto de interés desnudo, sino uno saturado por los ingredientes de la soberanía, es decir, por la deliberación, autodirección o la restricción (2015, p. 93).
Igualmente, volviendo una vez más a las consideraciones de Timothy Mitchell, Brown concibe necesario destacar que durante el siglo XVIII todavía se contaba con una noción de la economía relacionada al ejercicio “económico” del gobierno, mas no al poder de la economía o las políticas económicas sobre la vida. Esto permite a la autora concluir que la emergencia de la economía política en el siglo XVIII continúa siendo compatible con una presunta soberanía de lo político sobre lo económico, tanto en el Estado como en el hombre mismo. Aunque ambos agentes puedan reflejar un creciente interés en la productividad, los salarios, o las riquezas, esto solo significa la aparición de un cálculo “económico” en la práctica de gobierno, pero este componente no agota toda su identidad (2015, p. 94). Es por esta razón que las revueltas populares pudieron existir aún durante el siglo XVIII, XIX y XX; de otro modo no hubieran podido ser formuladas por un HE, ni expresar sus aspiraciones en un lenguaje económico.
El lugar para la soberanía y el HP, aunque reducido, se halla presente a lo largo del pensamiento político moderno y la contemporaneidad temprana, tal como lo verifica la autora al analizar los postulados de Locke, Rousseau, Hegel, Marx, Bentham, Mill y hasta Freud (2015, pp. 94-97). De esta manera, aunque reconoce la hegemonía que por estos años gana el HE en el mundo euroatlántico moderno, Brown insiste en la pervivencia y relevancia del HP, junto a las demandas y expectativas de la soberanía popular. El momento en el que el HP sufre un desplazamiento crítico coincide con el surgimiento de la racionalidad neoliberal, para la que solo existirían actores racionales dentro del mercado.
2- Género y División Sexual del Trabajo
Es un problema recurrente para el neoliberalismo el determinar con exactitud si la unidad elemental de la sociedad, y lugar de la libertad, se halla en la familia o el individuo. Continuamente se ontologiza al individuo sujetándolo a la naturaleza y no a las relaciones de poder, evitando de este modo que se atribuya a la familia la responsabilidad de crear desigualdades entre los individuos. Se pretende instaurar un relato donde individuos asexuados participan de los juegos de mercado, libremente y en igualdad de condiciones, cuando en realidad la historia que está siendo contada no es la de una familia que ensambla individuos casualmente sexuados, sino la de una posición social extensamente vinculada con varones que constituyen el sostén del hogar. Para el neoliberalismo la libertad no estaría comprometida por la familia, porque pertenece solo a aquellos sujetos que pueden transitar libremente entre la familia y el mercado, y no a aquellos que realizan tareas no asalariadas en el hogar. La poca claridad o certeza con la que discursivamente el neoliberalismo rodea al individuo y la familia, pretende enmascarar la necesaria desigualdad de posiciones individuales que el juego del mercado exige.
Otro elemento indispensable para señalar la invisibilización de la división sexual del trabajo, y, por tanto, del género del HE, es el problema de la cohesión social. Para abordarlo Wendy Brown analiza la infame frase que Thatcher acuñara “no hay algo así como la sociedad. Hay solo hombres y mujeres individuales…”. Muchos estudios críticos[6] de la teoría económica de la “elección racional” han demostrado que la puesta en marcha de un sistema económico en el que solo existen actores antisociales y no socializados, únicamente alentados por la competencia y la supervivencia, no deja lugar alguno para el desarrollo de lazos comunitarios como la familia. Pero si la familia es un componente crucial para el neoliberalismo, ¿qué es lo que la sostiene unida en un sistema donde “solo hay individuos” y no sociedades? Un análisis detenido del HE smithiano revela un sujeto mucho más rico en deseos y virtudes de lo que comúnmente le atribuye la crítica. Existe cierta negligencia intelectual en las interpretaciones que se han tenido de esta figura económica. Por ello Brown afirma que el HE es una falsa representación que desautoriza todos los fundamentos ontológicos que lo hacen posible. Su reducción a capital humano es contradictoria, razón por la cual es incapaz de explicar cómo y porqué existen familias y sociedades cohesionadas (Brown, 2015, p. 103).
La naturaleza de las agrupaciones familiares o sociales requiere de la existencia de decisiones e intereses no-egoístas, no existe el individuo autónomo y autosuficiente. Aquí es donde comienza a revelarse la división sexual del trabajo y el género del HE, pues históricamente solo los hombres han podido imaginarse a sí mismos en posesión de esta clase de autonomía. Para sostener esta ficción y mantener el orden familiar y social, otros sujetos deben ser orientados en otra dirección que no es precisamente la autonomía. Importantes trabajos se han hecho al respecto desde el feminismo, Silvia Federici lo clarifica extensa y brillantemente en su estudio sobre la caza de brujas y el surgimiento del capitalismo en Caliban and the Witch: Women, the body and primitive accumulation (2004).
Ahora bien, cuando la racionalidad neoliberal se hegemoniza en el mundo, desplazando al HP y produciendo en todas partes nada más que HE, las mujeres constituyen esa infraestructura invisible necesaria para cualquier clase de desarrollo de capital humano. No se trata de una novedad neoliberal, pero puede decirse que esta racionalidad gubernamental la intensifica, por ejemplo, al promover recortes en los fondos públicos destinados a programas que de cierta manera vehiculizan trabajos de cuidados (la educación y la salud en general). La novedad, para Brown, estaría en la desaparición de estos trabajos dentro de la lectura analítica de la economía. Los trabajos de cuidado son invisibilizados bajo el rotulo de “trabajo voluntario”. Se les despoja de un lugar en la lengua, por lo que están visual y discursivamente ausentes en la conciencia pública (Brown, 2015, p. 106).
Lo que deja entrever el discurso de Thatcher es un sujeto varón, actuando dentro de un contexto donde las mujeres no participan de las libertades prometidas por el neoliberalismo (libertad de la regulación del Estado, y libertad de la necesidad de provisión) ya que continúan siendo proveedoras de trabajo no-pago y no-reconocido fuera del mercado.
3- La Racionalidad Neoliberal y su Desplazamiento del Homo Politicus
El conjunto de apreciaciones expuestas hasta el momento otorga textura y contraste a una figura poco estudiada por Foucault. En Undoing the Demos, al igual que con tantos otros escritos, Brown ambiciona conmensurar con qué fuerza impacta sobre la vida esta erosión de la politicidad humana. ¿Cuáles son las consecuencias del desgate del HP cuando se hegemoniza en todas partes la presencia del HE? Aunque el HP ya fuera enmagrecido dentro de las democracias liberales modernas (dada la reproducción de desigualdades en términos de clase, etnia, género, sexualidades, etc.), solo con la ascendencia de la racionalidad neoliberal pierde finalmente su influencia en la vida de los hombres.
El efecto no consiste simplemente en la reducción del Estado y la ciudadanía, en favor de una libertad económica a expensas del bien común. El resultado radical es una atenuación del ejercicio de la libertad en esferas políticas y sociales, problema abordado con mayor profundidad en In the Ruins of Neoliberalism (2019). En el corazón de esta racionalidad reside una gran paradoja: aunque su gran “revolución” se realiza en nombre de la libertad (de mercado, de los países y del hombre), se destruye toda libertad fundada en la soberanía de los Estados o las personas. Esto es lo que permite a la razón instrumental[7] volverse la racionalidad dominante, organizadora y limitante de la vida de los sujetos neoliberales (Brown, 2015, p. 108). Para Brown, este parece ser un momento culminante del sueño de la autonomía y emancipación kantiana. Con la presencia del HP en las democracias, la libertad tenía lugar en el ejercicio del autogobierno, y gozaba de participación en el gobierno del demos. La legitimidad política estaba asegurada por el resguardo de dicha libertad. La decadencia de la autonomía por la que Kant abogaba ocurre cuando esta ciudadanía pierde su morfología política, y con ello su soberanía.
Con el desplazamiento que sufre el HP cuando el HE alcanza su hegemonía, el sujeto ya no es capaz de edificarse una vida singular que lo habilite a perseguir un bien supremo, esto quiere decir que no hay lugar para interrogantes sobre el sentido de la existencia ni para el cultivo de la espiritualidad. El empobrecimiento vital que sufre la humanidad bajo este modelo de gobierno viene acompañado además por una pérdida de la libertad colaborativa, ya que como explica Brown (2015, p. 110), se obturan los caminos para la libre asociación entre los individuos, aquella que fundaría un auto-gobierno o el gobierno con otros.
Foucault pudo alertase sobre muchas de estas posibilidades, pero no pudo prever el alcance que tendría la gubernamentalidad del HE dentro del régimen neoliberal; un extremo que se expresa bajo la fórmula máximo gobierno mediante la máxima libertad individual. No obstante, sobre el diagnóstico browniano respecto a la decadencia del HP, cabe agregar que, si bien se trata de una declaración insistentemente repetida en sus textos, no parece haber gran claridad sobre la vitalidad de este sujeto en el neoliberalismo. Problematizar el agonismo de su HP podría ser un planteamiento relevante para elaborar un correcto diagnóstico del neoliberalismo tardío ¿augura la autora su muerte inminente o denuncia un simple desplazamiento? pareciera ser que ni uno ni lo otro, sino más bien una confusa intermitencia entre ambos extremos, muchas veces contenidos bajo la imagen de una “derrota”.
A la luz de los recientes acontecimientos en Chile, o las polémicas que expulsaron del gobierno a figuras neoliberales como Bolsonaro, Macri o Trump, bien podría considerarse cierta fragilidad en la racionalidad neoliberal, y preguntar si acaso existe realmente un sujeto demótico siendo “derrotado” por la hegemonía de los intereses económicos. Si Wendy Brown está en lo cierto, entonces no queda en evidencia cómo ha sido posible para el pueblo chileno, iniciar una serie de revueltas animadas por complicidades tan trasversales, desde estudiantes a jubilados, feministas y trabajadores. Si el neoliberalismo es una racionalidad gubernamental que derrota al homo politicus y corroe las bases de la vida democrática, entonces es preciso preguntarse qué clase de sujetos, y con qué tipo de lenguaje, dan inicio a un profundo proceso de restructuración sociopolítica, al cabo de algunas exitosas décadas del “modelo chileno”, tan aplaudido por las derechas latinoamericanas.
Esto, por su parte, no significa augurar principio del fin del neoliberalismo. Lo que rebelan los casos aludidos, a contra pelo de los diagnósticos más pesimistas, es la contienda librada entre modos de gobierno de las conductas, es decir, la fricción sostenida entre racionalidades gubernamentales más allá de los gobiernos partidarios. La interacción entre dichas racionalidades expresa relaciones de apoyo, contradicción u oposición, por lo que la hipótesis de una “derrota” de las democracias o neoliberalismos, en tanto racionalidades de gobierno, debe siempre ser sostenida con cautela y escepticismo.
Puede que sea algo pronto para pensar respuestas respecto al caso chileno, e incluso podría suceder que tales eventos políticos no dieran finalmente sus frutos, otorgando espacio en su lugar a una restructuración del neoliberalismo aún más sutil. Pero aun frente a tal contingencia, es menester señalar algunos excesos en las facultades que Brown otorga a la racionalidad gubernamental del neoliberalismo. La autora analiza esta figura del modo en que Foucault hubiera evitado al problematizar la del Estado, es decir, cayendo en el “lirismo del monstruo frío” (Foucault, 2011b, pp.136). La noción de gubernamentalidad surge, entre otras razones, como alternativa al relato extendido sobre la naturaleza del Estado, que figura un gran organismo amenazante, creciendo y desarrollándose implacablemente por encima de la sociedad civil (p. 291). En su lugar, el filósofo propuso pensar al Estado como una “peripecia del gobierno” resultando de la coagulación de relaciones de poder, que se forman a lo largo de la historia a partir de procesos múltiples y muy diversos entre sí, dando lugar a efectos y prácticas de gobierno determinadas. Con ello debe entenderse que “Cortarle la cabeza al rey” no consiste tan solo en reconocer que el poder circula por el cuerpo social, atravesando a sus individuos y emanando de todas partes. Para ello debe además señalarse la heterogeneidad y multiplicidad con la que el poder funciona, dando lugar a contradicciones, yuxtaposiciones, y reveses en sus efectos, propiedades que Wendy Brown parece omitir al describir una racionalidad fría, implacable y amenazante. Aunque los peligros enunciados por la autora son reales, y sus discusiones, urgentes, la épica del neoliberalismo figurada en sus escritos deja poco espacio para pensar fisuras y desajustes hacia su interior, y la irremediable derrota del HP, parece eludir la existencia de otro tipo de racionalidades y agenciamientos oponiendo gran o igual resistencia, imaginando otras formas de ser gobernados aun desde el interior de los dispositivos de poder. Es por tal motivo, y acaso por una doble ironía, que también a Brown podría objetársele una aparente reticencia a cortar la cabeza del rey.
A modo de conclusión…
Como fue señalado al principio, las investigaciones de Michel Foucault han estado acompañadas por una continua polémica. Es sabido cuánto recelo supo despertar el filósofo en algunas fracciones de la izquierda, sobre todo frente al legado marxista y sus defensores. Sus investigaciones emergen en un horizonte de disputas con las que, en cierto modo, las izquierdas buscaban revitalizar sus propuestas. Esta ha sido quizás una de las razones por las que algunos pensadores como Althusser, comenzaban por entonces a ensayar un nueva lectura sobre los escritos de Marx. Piénsese por ejemplo en La Ideología y los Aparatos Ideológicos del Estado, obra en la que el autor intentaba explicar, entre otras cosas, cómo una trama de opresiones y desigualdades socioeconómicas podía ser aceptada y reproducida incluso hacia el interior de grupos oprimidos. Vigilar y Castigar (Foucault, 2002) demostraba, por el contrario, que sociedades y territorios ideológicamente “opuestos”, podían sin embargo compartir una serie de prácticas (como los sistemas carcelarios presentes tanto en Norteamérica como en la URSS). Con ello Michel Foucault parecía habilitar una fecunda distinción entre práctica y discurso, con la que ciertamente desplazaría a la noción de ideología, pero permitiría arrojar algunas interesantes hipótesis respecto a la relación entre el Estado, las prácticas de gobierno, el mercado, el sujeto, etc.
Ello explica la razón por la que el autor encuentra en el liberalismo una racionalidad gubernamental, y no sencillamente una doctrina económica o partido político. Lo problemático de sus cursos y escritos pareciera ubicarse en esta sentencia, ya que como bien sostiene Castro (2013), su crítica al neoliberalismo no es una crítica al Estado. Aunque el autor no dejara de reconocer la importancia real de la figura del Estado en la política, este no era más que un efecto o peripecia de tramas de poder mucho más sutiles. Naturalmente esto le valió algunas controversias y polémicas que aún hoy continúan rodeando a su legado. Tal es así que, de forma paralela a la recepción optimista de sus ideas, existe además un sostenido juicio que ya no solo apunta contra sus escritos y cursos, sino contra su propia persona. Este ejercicio rumiante sobre la palabra foucaultiana devuelve en sus extremos dos imágenes contrapuestas del autor, un filósofo mesías o un inconfeso amante del neoliberalismo.
Wendy Brown aborda esta polémica en su escrito Undoing the Demos, sin entrar en mayores detalles, claro, aunque representando lo que podría entenderse como una tercera posición en la discusión. Su mirada se aparta de la obnubilación que el filósofo parece despertar aún hoy en muchos estudiosos, y del mismo modo no deja de encontrar excesiva a la crítica que denuncia en él cierta deshonestidad ideológica o intelectual. Brown estima natural, y para nada problemático, que puedan existir algunos desaciertos dentro del pensamiento del filósofo. En primer lugar, gran parte de su obra, como los cursos dictados en el Collège de France, no fue pensada para su publicación. Sus clases eran, y esto es sabido, algo a medio camino entre investigaciones en curso, ensayos de métodos y perspectivas no necesariamente pulidos o acabados. Pero en lo que respecta específicamente a sus cursos sobre el Liberalismo y el Neoliberalismo (1977-1979), cabe además considerar que abordaban fenómenos políticos contemporáneos, que por entonces aún no terminaban de cuajar del todo. Actualmente es posible identificar, por ejemplo, que existen grandes diferencias entre el neoliberalismo de los 70s y el del presente, o entre aquel ensayado en Latinoamérica y el desarrollado por Reagan y Thatcher. El neoliberalismo no ha mostrado en todas partes y momentos un mismo rostro, y tampoco ha sido animado por los mismo objetivos y prácticas. Sin embargo, como señala Brown, en los 70s gran parte de los intelectuales críticos veían en el neoliberalismo, una serie de políticas que el norte global imponía sobre el sur; movimientos que eran totalmente compatible con dictaduras y golpes de Estado. Cualquiera podía percibir la presencia del neoliberalismo en el sur global, pero poco se sabía de su funcionamiento en las metrópolis del norte, donde los Estados benefactores de corte keynesiano aún eran el paradigma de la política, y las discusiones que estos animaban versaban sobre el problema de cómo radicalizarlos.
En líneas generales, la autora considera que los cursos dejan entrever a un Foucault abordando algo de su presente que despertaba en él grandes intrigas. Sin embargo, se mostraba poco interesado por los efectos que desplegaban las “políticas” neoliberales. En su lugar, parecía más cautivante preguntarse por el hilo de transformaciones dadas sobre el Estado, lo social y el sujeto. Así es como el autor trae a la luz lo que consideraba el problema nodular del neoliberalismo, a saber, la conflictiva relación entre el sujeto de derecho y el sujeto económico. De igual modo se mostró preocupado en dilucidar de qué manera el neoliberalismo trasformaba principios fundamentales del liberalismo, reconfigurando la relación y los propósitos entre el Estado, la economía y el sujeto. Se trata de una serie de problemas que bien podrían no haber asombrado ni interesado a la izquierda, puesto que el autor evita hablar de “crisis en el capitalismo”, “reestructuración del capital”, o bien de Estados siendo subordinados por las fuerzas del capitalismo, tal como se acostumbraba a pensar. El problema que Foucault creía encontrar en esta nueva racionalidad gubernamental era determinar si una economía de mercado puede o no funcionar como principio, forma y modelo para un Estado. Es un dilema ciertamente ausente en el liberalismo político y económico; ninguno de ellos vio en el mercado un principio para toda la vida o para la práctica de gobierno.
El mérito foucaultiano, para Brown, es el haber identificado los desplazamientos nodales que la racionalidad neoliberal ponía en juego. En el presente artículo se han analizado muchos de ellos, pero en términos generales podrían resumirse en la desnaturalización de la competencia; la economización del Estado, de la política social y de todas las esferas de la vida humana; y la aparición del capital humano o el sujeto empresarial. De igual modo, la autora reconoce algunas grandes limitaciones o problemáticas ausentes en el pensamiento del filósofo. A grandes rasgos lo que se ha dicho con anterioridad al respecto puede abreviarse en las siguientes cuestiones: la excesiva atención otorgada a las dimensiones económicas en la transformación de la racionalidad liberal deja un escaso margen para pensar la política popular e individual en términos de soberanía. Al mismo tiempo, se borra todo tipo de indagación acerca de la democracia y el destino de sus imaginarios políticos, en la era neoliberal. Para fundamentar su parecer, Brown vuelve sobre las fuentes que sustentan las tesis del filósofo, redefiniendo el origen y la historia de su Homo Economicus, apelando a la pervivencia del Homo politicus. Por último, la pensadora norteamericana desvela la división sexual del trabajo que el homo economicus esconde, introduciendo una lectura feminista en favor de la perspectiva foucaultiana.
Como ha quedado demostrado, los estudios de Brown expuestos en el presente artículo demuestran un gran potencial explicativo sobre los contornos que asume el neoliberalismo en el presente globalizado. Se comprueba así mismo la fecundidad de la que aún gozan las investigaciones foucaultianas, que lejos de ser abandonadas, continúan animando extensos programas de pesquisa en numerosos campos del saber.
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Notas
Notas de autor
Información adicional
Cómo citar este artículo:: APA: Cendali Godoy, M. y Duarte, H. (2023). Rupturas y
continuidades en la recuperación browniana de las investigaciones de Foucault
sobre el neoliberalismo. Nuevo Itinerario,
19 (2), 71-88. DOI: https://doi.org/10.30972/nvt.1927001

