Ensayos
Reconocernos en los itinerarios que hemos vivido y reconocer nuestras trayectorias intelectuales a través de los mismos es una decisión que nos recuerda los viajes de la Iliada, los pasajes simbólicos de Dante Alighieri por el Infierno en la Divina Comedia o los manuscritos filosóficos de la Edad Media donde se hablaba del “itinerarium mentis in Deum”. En mis viajes experimenté el asombro, la alegría o la iluminación, pero también el desencanto, la angustia y el desgarramiento.
Nací en 1939 en una familia humilde de Corrientes, Argentina. Me padre era un oficial panadero y mi madre se separó de él con sus cinco hijos cuando no pudo soportar los malos tratos. Desembarcó en Buenos Aires, como muchos de los “cabecitas negras” que se volcaron a esa ciudad en la década de 1940 para encontrar trabajo en la reciente industrialización del país. Mi madre se inició primero como empleada doméstica y luego como obrera textil. A nosotros, los cinco hermanos, nos tocó ingresar en instituciones de asistencia social que habían sido creadas por la Sociedad de Beneficencia.
Pasé mi infancia y adolescencia por diversos internados en el Servicio Nacional del Menor que durante el gobierno de Perón ocupó el lugar de los institutos de la Sociedad de Beneficencia. El primer viaje cultural que realicé fue hacia el imaginario nacional – popular del peronismo donde mi padre era el Estado y mi madre era la Patria. La “Argentina Potencia” del peronismo servía como otras construcciones políticas para integrar y educar a los ciudadanos incorporando en el imaginario colectivo y en la subjetividad de los individuos la pertenencia a un Estado y a un sistema social determinado.
Integrarse en la Argentina implica vivir permanentemente con la pluralidad de orígenes culturales. Hijos de italianos, españoles, rusos, polacos, turcos, sirio-libaneses, ingleses, franceses, alemanes … criollos e indígenas. Cuando era niño y adolescente todavía quedaban grupos de negros en algunos barrios de Buenos Aires y en algunas provincias. La diversidad se incorporó en mi conciencia colectiva como un hecho a tal punto que cuando tuve oportunidad de realizar estudios de posgrado en Europa me parecía un defecto encontrar todo el tiempo grupos humanos homogéneos culturalmente. Nuestra conciencia colectiva es multicultural.
En mi caso particular tuve una abuela guaraní, un abuelo criollo de origen español, una abuela de origen portugués, padre y madre de origen criollo. Me casé con mi primera mujer de nacionalidad argentina y de padres yugoeslavos, tuve dos hijos en Bélgica (por lo tanto, belgas por el régimen del ius solis).
Mis viajes fueron variados desde mi infancia. De la Provincia de Corrientes en el Nordeste argentino pasé a la ciudad de Buenos Aires para vivir en distintos institutos de minoridad en Moreno, Mercedes, Luján, Pilar y Buenos Aires antes de los 15 años. Me internaron luego en un colegio católico en La Plata, para luego pasar a un pensionado en Buenos Aires y a vivir con mi madre a partir de los 18 años. Estos cambios me inculcaron el “desapego” (una virtud en la filosofía Budista) o sea, el reconocimiento de que no conviene aferrarse a los afectos.
Mis experiencias infantiles y adolescentes me prepararon para comprender la sociedad como un entramado diverso, determinado por la intervención del Estado y sujeto a crisis recurrentes en el contexto argentino. Viví años felices en mi adolescencia, pero luego fui incorporando como muchos otros las categorías de la incertidumbre, de la inestabilidad y de la inseguridad. Más tarde comprendí que esta combinación de las tres “i” forma parte de la experiencia colectiva argentina en las últimas décadas. Sin saberlo, inicié el viaje por la desintegración social latinoamericana que más tarde cobraría aspectos dramáticos con golpes y dictaduras militares, hiperinflaciones, descenso del nivel de vida, represiones, exilios.
Si pienso en categorías filosóficas identifico una primera capa de ideas nacionalistas y populistas. Aprendí a pensar primero en términos de la conciencia colectiva y con mis estudios universitarios comencé a pensar en términos existenciales. Una segunda capa estuvo formada por la instrucción religiosa que recibí a partir de mi internado católico en 1956. Durante los 14 años siguientes me moví en el universo católico, con algunas variantes. Al principio asumí mi religiosidad como un mandato para ser sacerdote y luego me orienté hacia un compromiso político social.
En la combinación de estas dos primeras capas reconozco que primero tuve la impronta del nacionalismo peronista y más tarde la combinación con el social cristianismo. Todo lo cual me ubicaba en situación crítica con el liberalismo, el comunismo y el individualismo burgués. Encontré en la “Historia de la Nación Latinoamericana” de Abelardo Ramos una visión revisionista de la historia que compartí junto con autores como Arturo Jauretche, Manuel Gálvez, Hernández Arregui y otros. A nivel internacional buceaba en la Filosofía de la Historia con autores como Arnold Toybee, Oswald Spengler, Cristopher Dawson, Raymond Aron, Henri Lefebvre y otros.
Al ingresar a la Universidad del Salvador en 1961, bajo administración de los jesuitas, para la carrera de Filosofía, al mismo tiempo que estaba imbuido del realismo de Aristóteles y de la Teología de Santo Tomás de Aquino (o sea, el “tomismo”) comenzaba a viajar por la historia de la Filosofía. Un viaje interminable que aún no he completado. Estuve cinco años recorriendo las escuelas filosóficas de Occidente desde el siglo V antes de nuestra era. En el doctorado continué indagando sobre el marxismo, el existencialismo, el idealismo de Hegel, la epistemología, el pensamiento latinoamericano. La historicidad de las ideas fue un foco de análisis importante. Esto me abrió el camino hacia la tercera etapa del viaje donde me interné en la organización de las universidades y en la Epistemología. Me convertí en “universitólogo” y me interesé en las políticas del conocimiento.
Mi viaje por las universidades, mi tercera etapa, me llevó a pensar en términos de “políticas de conocimiento” con diversas orientaciones disciplinarias: filosofía, educación sociología, economía, política, biología. Recorrí todas las provincias de Argentina y varios países latinoamericanos a través de las universidades. Fui Profesor titular de Filosofía por concurso en la Universidad de Buenos Aires. Dirigí varios proyectos de investigación. Realicé consultorías académicas.
Me identifiqué con el propósito de construir la sociedad a través del conocimiento. Me convertí en una especie de Neo-Iluminista latinoamericano. Y al mismo tiempo descubrí un nuevo horizonte desde la interdisciplinariedad, el pluralismo epistemológico y la cultura científica. O sea, pude escapar de la mono-disciplinariedad filosófica y superar la tentación de la verdad absoluta. El intercambio con personas de distintas disciplinas y creencias tanto en Europa como América Latina me llevó a reconocerme como parte de un humanismo histórico.
La praxis política por su parte me condujo a revisar mis creencias previas. Veía el “socialismo” como una superación del peronismo. Veía la confluencia de ideas marxistas, social cristianas, populistas. Una combinación que me aproximaba a la social democracia y al social cristianismo. Como todos los argentinos aprendí del terrorismo de Estado de la Dictadura Militar 1976-1983 que los principios liberales del Estado de Derecho eran fundamentales. Asumí los valores de los derechos humanos como la ideología básica de cualquier ciudadano democrático. Algo que profundicé durante mi exilio en Brasil entre 1976-77. Allí no solo aprendí portugués, sino que también descubrí la densidad histórica y cultural de Brasil junto con la resistencia obstinada de quienes buscaban superar la dictadura militar.
Carecí de un referente filosófico argentino o latinoamericano. Hacia 1970 surge el primer grupo de la Filosofía de la Liberación Latinoamericana donde Enrique Dussell tuvo una gran influencia.[1] Existían ya intentos “nacionales” de pensar la Filosofía con Carlos Astrada, Nimio de Anquin, Rodolfo Kusch y otros. Pero el énfasis “localista” no terminaba de convencerme. Tampoco me atrajo el discurso positivista de Mario Bunge. Ya estaba pensando en términos latinoamericanos, pero apuntando a una cosmovisión universal.
De mis viajes, algunos obligados (como el exilio durante la dictadura 1976-1983) y otros vinculados a mi actividad (como los cursos y consultorías en distintas universidades) debo destacar los que me permitieron conocer todas las provincias de Argentina. Mi exilio en Brasil me reveló una dimensión de nuestra realidad continental que los hispanoamericanos solemos ignorar: la densidad de la cultura brasilera. Lo mismo podemos decir respecto a otros países de la región.
De mi estadía en Europa, primero para preparar el doctorado en Filosofía (1969-1972) y luego durante el exilio (1979-1983) debo reconocer que me permitió revisar mi formación intelectual, mis conocimientos históricos y filosóficos. Descubrí que mucho de lo que había aprendido dependía del eurocentrismo de nuestra educación argentina. Tuve que superar la “beatería europea”, como la llamaba Ortega y Gasset. El exilio, el fracaso político y mi crisis familiar, me llevaron a su vez a replantear visiones maniqueas sobre la acción política y visiones simplistas sobre el compromiso militante.
Viví Europa desde la marginalidad de un becario y de un exiliado pero también tuve la oportunidad de brindar conferencias en el Consejo de Europa (Estrasburgo), en el Parlamento Europeo (Bruselas), en el Senado de Roma y en diversos organismos públicos y educativos.[2] Se ampliaron mis perspectivas de análisis sobre la realidad latinoamericana y fui investigador del Centro de Estudios de América Latina en la Universidad Libre de Bruselas.
Como exiliado tuve la oportunidad de atravesar las diferencias étnicas e ideológicas de diversas corrientes para conocer las tramas de las comunidades europeas donde al mismo tiempo que se buscan una identidad transnacional continúan ancladas en autopercepciones localistas y hasta tribales. En medio de estas contradicciones admiré los logros del Estado de Bienestar de las sociedades europeas y los aportes de Europa al progreso científico, tecnológico y filosófico.
La idea de la “patria” que asumí desde la infancia siguió teniendo una gran importancia para mí, aunque con una visión universalista. Todos acumulamos varias identidades desde la familia hasta la ciudadanía, desde la identidad comunitaria hasta la ideología política, desde la posición de clase hasta la cultura. Viajar entre estas identidades ha sido para mí un camino para llegar a la “Tierra Patria”, como dice Edgar Morin. Pero mi “humanismo histórico” se inspiró de la historia de las luchas que los pueblos latinoamericanos han librado por la democracia, la independencia, el desarrollo y la justicia social.[3]
La actividad política me planteó la necesidad de una teoría de la acción. De las preocupaciones por el curso de la acción en los movimientos revolucionarios de América Latina surgió la idea de una tesis doctoral sobre la acción y la consciencia histórica que elaboré en la Universidad Católica de Lovaina a partir de 1969. La tesis culminó en un trabajo con el título de “La acción y la inercia social en la antropología dialéctica de J.P. Sartre” (1978)[4]
Tanto los estudios académicos como la experiencia política me enseñaron que las intencionalidades y la acción no suelen ser congruentes. Muchas revoluciones voluntaristas terminaron en fracaso. La sociedad actual vive una disociación entre sus declaraciones éticas y sus prácticas económicas, sociales y militares. Hemos dejado muchas utopías en el camino. Yo encontré en los Derechos Humanos un compendio de valores que la Humanidad ha ido consensuando a pesar de sus contradicciones. Más tarde descubrí la problemática ecológica y asumí que el futuro de la Humanidad depende también de las Biopolíticas. (Pérez Lindo; 2020)
Al viajar por más de treinta países pude conocer personas y geografías diferentes. Al principio tendía a asociar, como lo habían hecho algunos ecólogos de fines del siglo XIX, geografías y culturas. Luego fui asumiendo que las construcciones culturales y espirituales trascienden los territorios. Por otro lado, mis observaciones y lecturas de mis últimos cuarenta años me llevaron a reconocer la centralidad de las biopolíticas, de las “políticas de vida”. No en el sentido de Foucault sino más bien en el sentido de Ortega y Gasset. Además, asumí el discurso ecologista de las últimas décadas, aunque despojándolo de su versión integrista o escatológica.
Cuando me decidí a estudiar Filosofía pensaba que adoptar un modelo de pensamiento me iba a procurar una fortaleza especial: poseer la verdad. Y por momentos parecía que iba en esa dirección de la mano de los filósofos griegos, el realismo aristotélico y la teología de Santo Tomás de Aquino. Muy pronto la Historia de la Filosofía me fue revelando los variados horizontes del pensamiento universal. Soeren Kierkegaard me descubrió el existencialismo, Karl Marx las condiciones sociales de la evolución humana.
Poco a poco comencé a aprender que mi camino era una búsqueda interminable, que siempre iba a encontrar nuevas ideas. Karl Popper me confirmó con su tesis de la refutabilidad de las teorías que ese era el “estado normal” del pensamiento científico. Siempre podemos encontrar “verosimilitudes”, pero la verdad total es una ilusión (que yo había estado cultivando con mis filósofos de preferencia).
Más tarde también encontré en el Budismo las teorías de la vaciedad y de la impermanencia del mundo. Algo que algunos filósofos occidentales ya habían entrevisto. Sin llegar al nihilismo de algunos aprendí como dijo Ciro Alegría que “El mundo es ancho y ajeno”. Y también aprendí de Macedonio Fernández que “No todo es vigilia la de los ojos abiertos”. Compaginar el realismo crítico con las visiones efímeras o imaginarias de la realidad ha sido una gimnasia constante.
Mis viajes me permitieron comprender un fenómeno que se ha producido en medio de la globalización actual: la contemporaneidad de las culturas. Al romperse las barreras del espacio y del tiempo, con los avances de los transportes y de las tecnologías de la información, los pueblos más avanzados pueden compartir conocimientos y tecnologías con los pueblos más atrasados. Los procesos de descolonización, por otra parte, crearon una consciencia de igualdad entre las distintas culturas. La idea del progreso que discriminaba entre sociedades tradicionales y sociedades modernas se diluyeron. Y aunque no se han superado las discriminaciones entre los más poderosos y los más pobres, el hecho es que desde cualquier lugar remoto se pueden consultar las bibliotecas de todo el mundo. A su vez, cualquier individuo de cualquier lugar del mundo puede asumir las pautas de las culturas más tradicionales o más avanzadas.
En el viaje interior seguí caminando con la incertidumbre como compañera. Pero en lugar de adoptar el escepticismo o el nihilismo budista, pude distinguir entre la impermanencia de las cosas y la trascendencia de ciertos valores esenciales para la vida humana. Sería como la combinación de Heráclito y Parménides: “nunca nos bañamos en el mismo río”, y, “siempre nos bañamos en el mismo río” Una metafísica del ser y el devenir. Ilya Prigogyne, Premio Nobel de Química a quien conocí en la Universidad Libre de Bruselas, designó esto como la combinación del caos y el orden que preside la organización de la materia.[5] Augusto Comte desde el siglo XIX había hablado de la combinación del orden y del cambio en la dinámica social.
Desde temprano asumí la importancia de la historicidad. En diversos estudios pude constatar que aún las cosas que parecen más permanentes han sido atravesadas por el tiempo. Algo que en principio yo había aprendido en la historia de las ideas filosóficas y en Hegel. Pero, en la actualidad todo el mundo ha tenido que aceptar el principio de historicidad. Los geólogos declararon en 2008 que la estructura de la Tierra ha sido transformada por la acción humana y por eso propusieron denominar a nuestra era planetaria como el Antropoceno.
De los viajes reales y bibliográficos pude sacar la conclusión de que estamos viviendo una mutación bio-histórico-social y no simplemente una crisis o una serie de crisis económicas o sociales. (Pérez Lindo: 1992) Desde esta perspectiva traté de repensar la experiencia argentina y latinoamericana.
Lo peligroso de los viajes es que al volver sobre el punto de partida uno se encuentra extrañado, a uno lo encuentran como un desarraigado. Ya no podemos compartir el mismo “principio de realidad.” La situación del desterrado que en la Antigüedad se consideraba como un castigo. Creo que esto forma parte de la experiencia filosófica si realmente uno se atreve a recorrer los caminos del pensamiento universal. Le debo a esta vivencia el haber asumido que la identidad y la alteridad nos persiguen permanentemente. El viaje hacia uno mismo implica profundizar el viaje hacia los demás.
Conocí en la Universidad Católica de Lovaina a Emanuel Levinas quien presentó las ideas que había recientemente editado en “Totalidad e infinito” (1971)[6] donde critica las tendencias totalizadoras que influyeron en el pensamiento occidental y que privilegiaron la identidad sobre el reconocimiento del “otro”. Siguiendo a este y otros pensadores comencé a destacar la importancia de la “otredad”, del descubrimiento del otro.
Notemos al respecto, que incluso en la evolución de las declaraciones sobre derechos humanos se partió al comienzo, en 1948, de un paradigma de las igualdades, pero progresivamente fueron apareciendo declaraciones para defender a los diferentes: las mujeres, las culturas minoritarias o sometidas, pueblos de color, los niños, los países subdesarrollados.
En uno de sus últimos escritos Bertrand Russel decía que al final de su recorrido intelectual le parecía que había comenzado como en un pequeño surco de un río bajando de la montaña para encontrarse al final en la desembocadura del océano. En el recorrido tuvo que atravesar paisajes y obstáculos diferentes imponiendo a veces su curso y otras veces obligado a respetar las condiciones del entorno.
De mi intrincado viaje, como el de Ulises, descubrí muchas cosas. Por ejemplo: que no existe actualmente una filosofía universal, pero tampoco una filosofía latinoamericana. No se trata simplemente de la descolonización o de la superación del eurocentrismo. Estamos experimentando la construcción de una nueva visión del mundo, con sus tendencias globales y sus diversidades culturales. Considero que las escuelas y centros de estudios de Filosofía de todo el mundo deberían converger en un diálogo para identificar los elementos de la nueva cosmovisión en curso.[7]
Estamos viviendo una mutación bio-histórica-psico-social. Que afecta a las poblaciones más alejadas tanto como a los niños y a todos los pueblos. Como aproximaciones algunos hablan de la “era de las incertidumbres”, la “era del vacío”, la “sociedad liquida”, la “era posthumanista”, etc. Todas palabras que denuncian nuestra perplejidad y nuestras ignorancias frente a un futuro lleno de incógnitas.
En este viaje de ochenta y tres años estuve en treinta países diferentes, estudié seis idiomas, conocí situaciones sociales y personales muy diversas, viví ilusiones políticas y personales, experimenté fracasos y decepciones, me sorprendieron las capacidades de muchas personas para amar y reconstruir la sociabilidad, pero también descubrí, contra todas las expectativas, que aún con poblaciones instruidas las relaciones de dominación y la agresividad no desaparecen. [8]
He tratado de reflejar mis experiencias y lecturas en los cursos sobre Filosofía, Gestión del Conocimiento, Educación y Teoría del Sistema Universitario en distintas instituciones. Muchos me agradecen mis aportes, pero la mayoría sigue pensando en términos monodisciplinarios, excluyentes y localistas. Aunque el pensamiento complejo parece avanzar la interdisciplinariedad y el pluralismo aún no se han consolidado.
Propuse una teoría compleja del conocimiento para dar cuenta de los diversos factores que intervienen en el proceso cognitivo. (Pérez Lindo: 2010; 2017) Elaboré una teoría de la universidad analizando diversos modelos internacionales.[9] Intervine en debates en diversos países sobre la educación, los derechos humanos y las teorías del cambio histórico. He compartido con discípulos de todas partes mis búsquedas. En última instancia considero que el futuro de la Humanidad depende de las políticas del conocimiento y de las biopolíticas. O sea, de los usos del conocimiento para crear sociedades inteligentes, solidarias y sustentables.
Desde un punto de vista histórico y filosófico podemos considerar que el homo viator ha sido el principal agente de intercambios y de innovaciones en la evolución humana. Los individuos que cruzaban las fronteras de la comunidad primitiva, los que emprendían largos viajes (como Marco Polo), las comunidades que recibían extranjeros, fueron creando la conciencia de una civilización diversa de la que provenimos los contemporáneos.
Por otro lado, el homo viator designa también a los personajes que emprenden travesías de orden existencial, espiritual o intelectual en busca de su destino o en busca de nuevos horizontes. Los viajes son oportunidades para redescubrir su identidad, para encontrar nuevas ideas u horizontes, para establecer lazos de amor y amistad.
La sociedad contemporánea se ha vuelto viajera no solo por la multiplicación de los programas turísticos sino también por el volumen impresionante de los migrantes que por millones cada año buscan oportunidades en otros países. La globalización y la informatización de la sociedad han permitido también que establezcamos vínculos y comunicaciones con personas e instituciones de cualquier lugar del mundo. El homo sapiens que comenzó sus travesías hace unos 1,3 millones de años con el homo erectus ya no precisa moverse de su moradía para estar en el mundo. Su dasein, su ser-en-el-mundo, hoy puede realizarse a través de Internet lo que nos ha colocado en otra dimensión, la del homo informaticus.
Ahora los individuos y las ideas viajan a través del cibespacio a la velocidad de la luz y con una capacidad impresionante para procesar informaciones. ¿Cómo estamos viviendo esta nueva dimensión del homo viator? ¿Cómo se están transformando nuestras comunicaciones, nuestros intercambios, nuestros viajes interiores y por el mundo?
Referencias
Pérez Lindo, A. (1985) Universidad, política y sociedad. Bs. As, Eudeba.
Pérez Lindo, A. (1992) Mutaciones. Escenarios y filosofías del cambio de mundo. Bs. As, Biblos.
Pérez Lindo, A. (2001) Acción e inercia social en el existencialismo dialéctico de J.P. Sartre. Bs. As, Ediciones del Signo.
Pérez Lindo, A. (2010) ¿Para qué educamos hoy? Bs. As, Biblos.
Pérez Lindo, A. (2012) El mundo en vísperas. Filosofía y consciencia histórica. Bs. As, Biblos.
Pérez Lindo, A. (2012) Competencias docentes para el siglo XXI. Bs. As, Tinta Fresca.
Pérez Lindo, A. (2017) El uso social del conocimiento y la universidad. Bs. As, Teseo.
Pérez Lindo, A. (2020) Biopolíticas, Mutaciones bio-históricas y religación social. Bs. As, Lillium.
Notas

