

Artículos
Demografía y dinámica de la agricultura familiar en América Latina en el siglo XXI: estado de la literatura
Demography and family agriculture dynamics in the 21st century: the state of the literature
Pampa. Revista Interuniversitaria de Estudios Territoriales
Universidad Nacional del Litoral, Argentina
ISSN: 1669-3299
ISSN-e: 2314-0208
Periodicidad: Semestral
núm. 29, e0077, 2024
Recepción: 25 abril 2023
Aprobación: 15 diciembre 2023

Resumen: El articulo da cuenta del adelantamiento de la transición demográfica en las zonas rurales de América Latina y de su impacto sobre la dinámica de la agricultura familiar en el continente, subrayando la presencia de esta problemática desde el aporte de Chayanov. A continuación, evalúa la relación entre la dinámica demográfica y los temas de debate que aparecen en la literatura sobre agricultura familiar, en particular las características de la “nueva ruralidad”, el tema del género y del empoderamiento de las mujeres y la cuestión del traslado intergeneracional de las unidades productivas. El contexto demográfico aparece como uno de los factores que condicionan la evolución de la agricultura familiar.
Palabras clave: Demografía, Agricultura familiar, Nueva ruralidad, Empoderamiento de las mujeres, Herencia.
Abstract: The article describes the progress of the demographic transition in rural areas of Latin America and its impact on the dynamics of family farming in the continent, highlighting the presence of this issue from the contribution of Chayanov. It then evaluates the relationship between demographic dynamics and the topics of debate that appear in the literature on family farming, in particular the characteristics of the "new rurality", the issue of gender and the empowerment of women and the issue of intergenerational transfer of productive units. The demographic context appears as one of the factors that condition the evolution of family farming.
Keywords: Demography, Family agriculture, New rurality, Women Empowerment, farm inheritance.
1. INTRODUCCION
La relación entre la demografía rural y la agricultura familiar en América Latina, más allá de varias referencias a variables demográficas, no ha estado hasta ahora en el centro de las preocupaciones expresadas por la abundante literatura nacida, entre otras cosas, del interés expresado luego del “año de la agricultura familiar” en 2014. Esto es así, a pesar de su centralidad en la reflexión sobre las trayectorias del desarrollo agrícola y rural en el subcontinente[1]. Sin embargo, se puede plantear el impacto de las tendencias demográficas sobre la evolución de la agricultura familiar y la dinámica de desarrollo rural en América Latina, subrayando dos elementos.
Respecto al papel de la agricultura en el cambio estructural de las economías en desarrollo, el subcontinente conoce, en comparación con las otras zonas del “Sur”, una trayectoria que se podría calificar de casi “lewisiana”. Más cercana de la trayectoria de los países desarrollados, con una baja de la brecha entre ingresos rurales y urbanos y casi una estabilización del crecimiento de la población activa (Dorin et al. 2013; Dorin, 2022). La evolución de la población activa tiene evidentemente un vínculo con la evolución de la demografía rural, particularmente a nivel de la agricultura campesina como lo ha subrayado Chayanov (1966) en su aporte fundacional.
Se nota en América Latina, respecto a las variables demográficas, en un contexto de fuerte urbanización, un adelantamiento de la transición demográfica, que conlleva en particular, una bajada significativa de los índices de fecundidad, en algunos casos hasta debajo del umbral de mantenimiento de la población. Estas tendencias globales se notan también en las zonas rurales en la mayoría de los países del subcontinente (Requier-Desjardins, 2018), que además muestran al respecto un proceso de convergencia con las zonas urbanas, lo que implica un cambio estructural de la población rural, tal como el envejecimiento o la masculinización, que puede impactar en la conformación de las unidades productivas con base familiar.
Aunque los datos movilizados son, en algunos casos, todavía relativamente globales y, en otros, parciales, estos comportamientos demográficos y los cambios en las estructuras familiares, ya identificados, plantean la cuestión de su impacto sobre la dinámica de las actividades dentro de los hogares agrícolas y, por lo tanto, del futuro de la agricultura familiar. De allí la necesidad de desarrollar investigaciones más específicas sobre la evolución del vínculo entre explotación agrícola, trayectorias territoriales y demografía de las familias rurales.
El propósito de este artículo es dar cuenta de esto. A nivel metodológico vamos a apoyarnos sobre el estado presente de la literatura reciente sobre agricultura familiar en América Latina, bastante significativa, en particular desde 2014, año de la agricultura familiar. Aunque la demografía no está al centro de sus preocupaciones, constituye el contexto implícito de varios elementos del debate. Privilegiando las contribuciones que integran referencias explicitas a variables demográficas, vamos a concentrarnos sobre los temas que tienen un vínculo importante con la estructura poblacional de los hogares, como la diversificación de las actividades dentro de los hogares y a nivel de los territorios rurales, que replantea el tema de la relación entre estructura poblacional y población activa, el empoderamiento de las mujeres en las zonas rurales que se vincula con la autonomía de decisión que ya se considera como un determinante de la fecundidad y de la natalidad, y el tema del traspaso generacional de las fincas, o sea de su herencia, que se relaciona igualmente con la estructura generacional de los hogares.
A continuación, vamos a presentar un abanico de nuevos datos que confirman y profundizan conclusiones anteriores sobre la relación entre la agricultura familiar y la demografía rural en América Latina. Luego, abordaremos el tema de la diversificación de las actividades en el marco de la “nueva ruralidad”, las cuestiones de género y la dinámica de empoderamiento dentro de los hogares agrícolas, la cuestión del traspaso intergeneracional de las explotaciones y más allá de la tierra.
2. VARIABLES DEMOGRÁFICAS Y AGRICULTURA FAMILIAR: APORTES RECIENTES
En un trabajo anterior (Requier-Desjardins, 2018) subrayamos las características de la evolución demográfica de los países de América Latina y en particular de la demografía rural.
América Latina, aun teniendo en cuenta las diferencias entre los distintos países, se encuentra en un proceso de adelantamiento bastante avanzado de su transición demográfica. Eso se traduce por una baja significativa de la fecundidad, y por lo tanto de la natalidad, ubicándose la misma, en varios casos, debajo del nivel de remplazo de la población (gráfico 1). Esta situación dio lugar a un debate sobre el dividendo demográfico vinculado al cambio estructural conllevado por la aceleración de la baja de la natalidad, es decir, el aumento del porcentaje de la población en edad activa (gráfico 2). En muchas zonas rurales del continente se observa también este proceso de baja de la fecundidad. Aunque se nota un retraso respecto a las zonas urbanas, en muchos casos se evidencia un proceso de convergencia de los índices de fecundidad con el nivel urbano, lo que reduce significativamente la brecha (gráfico 3).



Nota: las provincias indicadas en itálicas son las de mayor urbanización
Respecto al papel de la demografía de la población activa agrícola en el cambio estructural de las economías, tomando un enfoque global, el informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO 2018) sobre el estado mundial de la agricultura que se centra sobre migración y desarrollo, identifica en su tipología de países según su situación migratoria una categoría de países en transición, en la cual se ubicaba la gran mayoría de los países latinoamericanos, caracterizada por una menor tasa de natalidad y una mayor tasa de urbanización. Plantea, además, que eso se traduce en un menor número de jóvenes potencialmente activos por hectárea. Los datos del informe sobre la población rural por hectárea, si bien no son directamente comparables con la fuerza de trabajo agrícola por hectárea utilizada por Dorin et al. (2013), son consistentes con su análisis, en la medida en que muestran que América Latina es la única área en desarrollo en la cual se nota esta tendencia al alza de la superficie per cápita de la población rural hasta 2050 (gráfico 4), lo que es coherente con la trayectoria "casi-lewisiana" destacada por Dorin et al. (2013) para América Latina (gráfico 5)[2], o sea un estancamiento de la población activa en agricultura, y globalmente un achicamiento de la brecha de ingreso entre trabajadores agrícolas y no agrícolas. Estas tendencias se reflejan también en el decrecimiento de la población rural en casi todos los países de América Latina (gráficos 6 y 7).




Aportes de la literatura reciente, referidos a varios países de la región apuntan a una confirmación de las tendencias demográficas detrás de esta trayectoria, es decir la profundización de la transición demográfica, particularmente en las zonas rurales latinoamericanas:
En cuanto a Centroamérica, a priori un área más bien atrasada en el proceso de transición demográfica subcontinental, Fonseca (2018) muestra la aceleración de esta transición demográfica para Honduras y una convergencia de los países de la región en este proceso.
Cardeillac et al. (2018) confirman la convergencia de comportamientos reproductivos entre zonas rurales y urbanas para Uruguay, un país que se ubica al otro extremo del espectro de los niveles de progreso en la transición demográfica.
En México, los resultados del censo 2020 señalan una Tasa Global de Fecundidad inferior al nivel de reemplazo, profundizando la tendencia a la baja de fecundidad (Núñez, 2021; Gayet y Juarez, 2021). Además, la brecha entre la fecundidad de los diferentes niveles de escolaridad de la población femenina se achica, lo que probablemente implica una reducción similar entre zonas urbanas y rurales[3].
Del mismo modo, Borges (2018) muestra la convergencia de la tasa de fecundidad entre los estados brasileños de bajos ingresos y poco urbanizados y los estados de altos ingresos y urbanizados. Esta convergencia también va acompañada de una convergencia relativa en las estructuras familiares entre las zonas urbanas y rurales, ambas marcadas por el aumento de parejas sin hijos, incluidas las parejas de mediana edad, las madres solteras con hijos y las personas solteras, y especialmente las mujeres solteras de edad avanzada (Gori Maia y Strobl Sakamoto, 2018), si bien las diferencias en este sentido siguen siendo marcadas entre lo urbano y lo rural. Esta evolución refleja en parte la baja de la fecundidad, aunque en las zonas rurales también da cuenta del éxodo rural de los jóvenes.
Por otra parte, Boyd (2019), si bien reconoce una brecha, evaluada en un período intercensal, de la tasa de fecundidad en las áreas rurales en comparación con las áreas urbanas en Perú, confirma el paralelismo de los cambios en la fecundidad de las mujeres rurales jóvenes, con una aceleración en las últimas dos décadas. Esto, se acompaña de un aumento en el nivel de educación, aunque el aumento en el acceso al mercado laboral es menos marcado. El vínculo entre la fecundidad y el nivel de educación es particularmente claro cuando se tienen en cuenta los datos por departamento.
A un nivel más continental, Trivelli y Berdégué (2019), si bien dedican solo un párrafo a la demografía en su enfoque de la transformación rural en América Latina, reconocen que las zonas rurales ya han consumido parte de su dividendo demográfico, lo que equivale a reconocer el progreso de la transición demográfica.
La transición demográfica en las zonas rurales tiene un impacto sobre la estructura poblacional en términos de edad y de género. Como lo subraya la CELADE en su boletín demográfico (2013), las zonas rurales de América Latina muestran una tendencia al envejecimiento de la población. Los procesos de migración, en particular la migración de los jóvenes, agudizan este proceso, que se acompaña de una masculinización vinculada a la migración femenina.
Estas dos tendencias han sido identificadas desde hace dos décadas en zonas rurales del sur de Brasil por la literatura sobre agricultura familiar (Neves Anderson y Schneider, 2015: Camarano y Abramovay, 1999), pero se notan recientemente en otros países como lo muestra, por ejemplo, Hernández Lara (2015) sobre la zona de Puebla-Tlaxcala en México.
Asimismo, la literatura demográfica revela nuevas cuestiones relativas a la relación entre la dinámica agrícola y rural y la demografía, vinculadas en particular a este cambio estructural de la población rural que afecta los hogares rurales. En efecto, la dinámica de la agricultura familiar y, más ampliamente, del modo de producción campesino se ha vinculado, desde el surgimiento de la literatura sobre la "economía campesina", a la disponibilidad de mano de obra familiar que determina el equilibrio de la producción.
En particular, este es uno de los elementos esenciales del análisis fundacional de Chayanov (1924/1966), como base del mecanismo de la autoexplotación (“self-drudgery”) de los campesinos: el equilibrio de la producción en la agricultura familiar queda condicionado por la demografía familiar, pero esto, en una trayectoria intergeneracional, favorece la profundización de la "auto explotación" del campesinado, ya que la reducción del área disponible para cada generación requiere una intensificación del esfuerzo en el trabajo (Requier-Desjardins, 1983). Del mismo modo, Esther Boserup (1965) considera que en las sociedades agrarias la presión demográfica conduce al desarrollo de innovaciones en los métodos de cultivo (rotación, barbecho, etc.) que permiten aumentar el rendimiento por hectárea, pero no necesariamente la productividad de la hora de trabajo: la intensificación implica, por lo tanto, un aumento de la carga de trabajo.
No es coincidencia que se encuentre en la literatura reciente sobre América Latina un retorno a estos fundamentos chayanovianos del análisis de la economía campesina, como por ejemplo en Dobbler-Morales et al. (2022), Cardeillac y Pineiro (2017), y Waltz (2016)[4]. También, el vínculo entre las dos unidades, finca y familia, y su coevolución quedan subrayados por Bosc et al. (2015) en su aporte sobre el estado global de las agriculturas familiares. Por lo tanto, la fecundidad y la demografía familiar están vinculadas tanto a las necesidades laborales como al acceso a la tierra. Según Carr et al. (2006), este modelo parece haber tenido una fuerte validez en una etapa del desarrollo rural basado en la agricultura familiar.
Este vínculo entre dinámica demográfica de los hogares y dinámica productiva de la agricultura familiar, puesto de manifiesto por Chayanov hace un siglo, debe ser replanteado en un nuevo contexto caracterizado por la diversificación de las actividades en los hogares rurales e, incluso, por la llamada “nueva ruralidad”. Además, la dimensión de género y el envejecimiento de la población pueden condicionar las formas de un eventual empoderamiento de las mujeres y el traspaso generacional de las granjas y del acceso a la tierra.
3. DIVERSIFICACIÓN DE LAS ACTIVIDADES Y NUEVA RURALIDAD: EL IMPACTO DE LA DEMOGRAFÍA
La convergencia de la trayectoria de transición demográfica en las zonas rurales con la trayectoria urbana queda vinculada a la evolución de los comportamientos demográficos de los hogares rurales hacia pautas consideradas como más “urbanas”, en términos de estructuras familiares o poder de decisión de las mujeres sobre sus vidas en general y su vida reproductiva en particular. Es interesante subrayar que la literatura sobre las trayectorias de desarrollo de los territorios rurales en América Latina también hace hincapié en la importancia de los vínculos rural-urbanos y la emergencia de actividades y comportamientos económicos “urbanos” en las zonas rurales. Es decir, los cambios vividos en muchos territorios rurales de América Latina, en particular, el auge de actividades no agrícolas, en relación con la pluriactividad de los hogares agrícolas, o con la desconexión de muchos hogares rurales de la actividad agrícola. También se subraya la emergencia de nuevos vínculos con los territorios urbanos, lo que puede desembocar en la caracterización de territorios “rurales-urbanos”, e incluso agudizar la diversidad de los territorios rurales en relación con estos cambios y la desigualdad en términos de oportunidades de desarrollo, como lo han señalado los aportes del programa RTD del RIMISP (Berdegué et al. 2015-1, Berdegué et al. 2015-2)). Estas tendencias del desarrollo rural han sido puestas de manifiesto en el tema de la “nueva ruralidad” introducido hace dos décadas (Kay, 2009), si bien la situación de los diferentes territorios puede ser distinta de este punto de vista.
Estos cambios en el desarrollo rural se pueden relacionar con la evolución de los comportamientos demográficos.
Por ejemplo, Cardeillac et al (2018) nota en Uruguay que, en un contexto de convergencia entre zonas rurales y urbanas, la fecundidad es mayor en pueblos muy pequeños que en zonas rurales dispersas. En este caso, la convergencia estaría vinculada al contexto de “nueva ruralidad”, mientras que las diferencias persistentes se referirían a las características específicas del agro uruguayo, heredado de la fase de mejoramiento extensivo que ubicaba la reproducción familiar en pequeñas aglomeraciones y no en estancias que emplean trabajadores solteros. Eso demuestra que el comportamiento demográfico puede explicar una correlación con la estructura agraria (en este caso, un peso importante de las grandes explotaciones con asalariados).
Esta diversificación, tal como se analiza en el enfoque en términos de “Medios de Vida Rurales Sostenibles”, se ha impuesto en el análisis de las estrategias de los hogares agrícolas (Ellis, 1998) y se puede considerar hoy como una característica estructural de la agricultura familiar. De este modo, se actualiza la visión de una economía campesina únicamente agrícola dedicada al mantenimiento de los hogares en un contexto de riesgo y de incertidumbre: la diversificación es considerada como un medio para bajar el nivel de incertidumbre.
Esta puesta en perspectiva del enfoque de Chayanov lleva a una reconsideración del tema de la diversificación de las actividades y los ingresos dentro de los hogares agrícolas. Así, la relación entre este tipo de estrategia y la estructura demográfica de los hogares rurales y agrícolas la diversificación puede bajar el nivel necesario de mano de obra familiar para las tareas agrícolas, pero al mismo tiempo moviliza esta mano de obra para tareas no agrícolas, a veces fuera del hogar dando lugar a un proceso de migración interna o externa.
El impacto de las variables demográficas en esta dinámica de diversificación de los hogares agrícolas puede ilustrarse con los siguientes ejemplos que ponen de manifiesto el juego del equilibrio entre fuerza de trabajo familiar y conjunto de las actividades productivas: el tamaño del hogar, en la medida en que determina la mano de obra disponible, está relacionado con las posibilidades de diversificación.
Por ejemplo, Eakin et al., (2015), en su análisis de la correlación entre superficie y rendimiento del maíz y la estructura de medios de vida de los hogares en tres regiones de México[5], subrayan el impacto de los factores demográficos y en particular del tamaño et de la estructura demográfica de los hogares: la presencia de actividades necesita un tamaño mínimo, aunque este tamaño puede ser reducido cuando hay un nivel de educación más alto de los hombres. Al mismo tiempo la disponibilidad de oportunidades de diversificación no agrícola hace que el cultivo del maíz aparezca como una estrategia de aseguramiento frente a las incertidumbres del mercado de trabajo y no como una fuente prioritaria de ingreso, marginalizando así la actividad agrícola.
Mora-Tivera et al. (2015), también para México y con una muestra de todo el país como base, confirman la relación entre el tamaño de los hogares y la diversificación, aunque la educación de los miembros tiene un efecto mayor. Al tratar con hogares agrícolas, muestran que el índice de diversificación de los hogares agrícolas en los cuales los salarios no agrícolas constituyen el principal ingreso es bajo, lo que podría estar indicando que esta configuración representa un paso hacia el abandono de la actividad agrícola.
Contreras Molotla (2018) señala que el descenso del tamaño de los hogares rurales en México hace que, en un contexto de diversificación de las actividades, aumente la intensidad del uso de la fuerza de trabajo hogareña y conlleva a que muchos hogares agrícolas diversificados se encuentran debajo de la línea de pobreza.
Carton de Grammont (2016) destaca que los hogares no agrícolas constituyen la mayoría de los hogares rurales mexicanos y que estos se caracterizan por un predominio de los ingresos salariales no agrícolas. También subraya las características demográficas de los hogares rurales no agrícolas en comparación con los hogares agrícolas: el tamaño más pequeño de los hogares, jefes de hogar más jóvenes, más mujeres jefas de hogar con mayores niveles de educación y una mayor disposición a migrar, lo que describe como un perfil familiar "urbano".
Dobler_Morales et al. (2022) confirman a partir del caso de la Mixteca Alta que la estrategia de diversificación que se aleja más de la actividad agrícola concierne a hogares más pequeños, más jóvenes, con más mujeres y con un mayor nivel de educación. Según Castaneda et al. (2018) un número limitado de niños con más educación puede correlacionarse con una mejor resiliencia a la pobreza[6], lo que apunta a una “sustitución cantidad/calidad” en los comportamientos reproductivos (Becker y Lewis, 1973) que lleva a una reducción del tamaño del hogar y de la mano de obra familiar disponible para la actividad agrícola.
Sobre el caso de El Salvador, Peña y Rivera (2018) subraya una paradoja que viene de la asociación de la actividad agrícola a otras no agrícolas en los hogares rurales, dentro de un sistema diversificado. Esto lleva a un aumento del número de las fincas, mientras la población rural está disminuyendo bajo el efecto de la transición demográfica y la migración, y la actividad agroexportadora del país se ha derrumbado. Esta paradoja viene de la parcelación de la superficie disponible entre fincas cada vez más pequeñas, lo que supone la disponibilidad de ingresos no agrícolas, como por ejemplo las remesas de migrantes.
La migración (interna y externa) es a la vez una forma de diversificación de las actividades y de los ingresos de los hogares rurales. En la medida en que la migración, un elemento básico del cambio demográfico (junto con la fecundidad y la mortalidad), aparece como una diversificación de las actividades dentro de la agricultura familiar, se plantea la cuestión de su impacto en el tamaño del hogar y la composición de la mano de obra familiar.
Peña y Rivera (2018) desarrollan la idea, en el caso de El Salvador, de que la migración reduce en gran medida los efectos positivos del llamado “dividendo demográfico” que se “exporta” con los migrantes. También señalan que los migrantes se insertan antes de su partida a menudo en la agricultura o la construcción, actividades que mayormente van a desempeñar como migrantes. A nivel global, el tema de la relación entre transición demográfica y migración es abordado por Díaz Franulic (2017) quien subraya en el caso de Chile su vínculo con el envejecimiento poblacional. Por su parte, Carton de Grammont (2016) señala que la migración femenina es más importante internamente en el caso mexicano, mientras que la migración externa es predominantemente masculina.
En el sur de Brasil, el impacto de la demografía rural sobre el futuro de la agricultura familiar se ha abordado en la literatura desde el fin del siglo veinte, dado el adelantamiento de la transición demográfica en las zonas rurales de la región. En Rio Grande do Sul, según Silva (1999), citado por Bieger el al (2016), el éxodo de jóvenes, especialmente mujeres, llevando a la masculinización, y el envejecimiento de la población rural, puede considerarse como elementos de la "nueva ruralidad". Abramovay (2001) hace una distinción entre el éxodo rural no selectivo que concierne el conjunto de la población rural, y el éxodo agrícola, que concierne a los jóvenes y especialmente a las mujeres jóvenes, y se encuentra en alza desde el final del siglo veinte y que afecta a la fuerza laboral de la agricultura familiar a través de la masculinización y el envejecimiento de la población rural. Sin embargo, reconoce que esta situación se refiere a un fenómeno demográfico (disminución de la fecundidad y aumento de la esperanza de vida). Sacco Anjos y Caldas (2003) sostienen que la masculinización es consecuencia de la modernización de la agricultura. Este autor hace referencia a aspectos vinculados con las relaciones intergeneracionales, con las cuestiones de la inversión en educación, o incluso el hecho de que muchos agricultores no valoran positivamente la elección de la agricultura para sus hijos.
Estos ejemplos sugieren diferentes trayectorias de diversificación de actividades según género o edad dentro de la agricultura familiar. Por lo tanto, encontramos nuevamente, aunque en un contexto de cartera diversificada de actividades, el mecanismo basado en la contradicción entre la necesidad de una fuerza laboral familiar numerosa y la presión demográfica sobre los activos del hogar y sobre su nivel de vida. Este mecanismo sigue siendo relevante en un contexto de diversificación de las actividades, pero se da en términos nuevos.
De hecho, parece que esta diversificación de la cartera de actividades, especialmente cuando se realiza en actividades no agrícolas, se asocia con estructuras demográficas cercanas a los modelos urbanos, lo que implica en particular un menor tamaño de los hogares. Podemos ver en esta asociación, el papel de la lógica del "costo del niño" asociado a una baja de la fecundidad: si admitimos que este tipo de actividad generalmente requiere un mayor nivel de educación, puede verse como un ejemplo de la sustitución cantidad/calidad, en la medida en que permite un ingreso no agrícola más alto. Pero al mismo tiempo, la diversificación de la cartera de actividades dentro del hogar parece requerir un tamaño mínimo y, en particular, un número suficientemente grande de adultos jóvenes. La contradicción entre estos dos requisitos puede ser un factor en la marginación de la actividad agrícola dentro de esta cartera, lo que eventualmente puede conducir a un abandono de la actividad agrícola.
Al final, si, según Chayanov, la presión demográfica toma la forma de una fragmentación de las fincas en cada generación, uno puede preguntarse si esta presión no lleva hoy a un abandono gradual de la actividad agrícola dentro de los hogares diversificados, caracterizados por un tamaño reducido.
Esto lleva a tomar en consideración dos elementos vinculados a la evolución de las estructuras demográficas de los hogares:
la dinámica de género dentro de los hogares agrícolas
El traspaso de las explotaciones entre generaciones, o sea las formas de herencia.
4. CONDICIÓN Y EMPODERAMIENTO DE LA MUJER Y CUESTIONES DE GÉNERO
Como se ha mencionado más arriba, la dinámica demográfica de los hogares agrícolas impacta la dinámica de la agricultura familiar, lo que se ve a nivel de los hogares, pero también a nivel más global de la agricultura. La estructura familiar y su evolución queda relacionada con los comportamientos demográficos, tales como la fecundidad o la migración. Tiene que ver en particular con las relaciones de poder o de negociación entre los miembros de las unidades familiares y principalmente con las relaciones de género.
El tema de las relaciones de género y de su evolución en la ruralidad en América Latina ha tomado recientemente importancia en relación con la que ocurre a nivel global. Este apartado, está dedicado al planteamiento de la condición y del empoderamiento de las mujeres en la agricultura familiar y en los territorios rurales en América Latina, relacionándolo a la evolución de las variables demográficas.
Se trata de tener en cuenta la autonomía de decisión de las mujeres dentro de los hogares, tanto en términos de fecundidad como de elección de actividades. Desde este punto de vista podemos apoyarnos en los rubros de medición del WEAI (Women Empowerment Agricultural Index) (Alkire et al., 2013), o sea (1) decisiones sobre la producción agrícola, (2) acceso y poder de decisión sobre los recursos productivos, (3) control del uso de los ingresos, (4) liderazgo en la comunidad, y (5) asignación de tiempo.
Sobre esos temas cabe reconocer que la literatura se mantiene ambivalente respecto al impacto de la evolución de la estructura demográfica y productiva de los hogares sobre el empoderamiento de las mujeres.
El tema de la participación de la mano de obra femenina en el trabajo agrícola ha sido muy comentado a nivel global (Duarte Malanski et al., 2022) y en América Latina. En el caso de México, por ejemplo, se ha desarrollado el tema de la “feminización del campo”, estimulada por la necesidad de complementar la caída de los ingresos agrícolas con ingresos de la mano de obra femenina del hogar o de sustituir el trabajo del hombre migrante por el trabajo de la mujer. Es necesario observar cómo esto se combina con la tendencia a la masculinización de la población rural que se ve en muchos países de la región, dado el éxodo rural de las mujeres.
Sobre el acceso a la tierra este puede ser problemático, incluso cuando hay una legislación que lo garantiza como en el caso de los ejidos en México, como lo comenta Merino Pérez (2012).[7]
Este tema está vinculado en particular, a la pluriactividad y, en menor medida, a la migración (particularmente en México). La pluriactividad cambia la distribución de tareas entre hombres y mujeres en relación con una situación en la que las mujeres realizan tareas agrícolas consideradas menos gratificantes (precisamente porque son mujeres) y son capacitadas solo en estas tareas que desempeñan por generaciones como lo subraya Waltz, 2016 sobre el caso de la leche en la agricultura familiar en el sur de Brasil. Este caso conlleva otra paradoja: en un contexto de competencia con la agricultura comercial, las mujeres no participan en la acción colectiva que concierne las tareas que realizan (ejemplo del ordenamiento), lo que reduce la competitividad de la agricultura familiar. La devaluación de las tareas que realizan las lleva a ser las primeras en ser eliminadas, lo que, por lo tanto, las enfrenta tempranamente con la pluriactividad.
Sobre el tema de la relación entre pluriactividad y género, Kay (2009), en su caracterización de la “nueva ruralidad”, destaca la naturaleza ambivalente del acceso de las mujeres a trabajos agrícolas remunerados fuera de la granja familiar. Es decir, una capacidad de autonomización que se combina con un alejamiento de las oportunidades de empleo más beneficiosas y puede desatar violencia machista.[8]
Se nota en particular esta ambivalencia incluso en el caso bastante comentado de la participación de las mujeres a las actividades de turismo rural, como alojamiento o comida, para las cuales se considera que disponen de competencias específicas, dada su posición de género dentro de los hogares. Montaño Bermúdez et al. (2018) lo subrayan, mencionando a la vez la necesidad de la participación femenina para el desarrollo de estas fuentes de ingreso, lo que abre una oportunidad de empoderamiento, pero se limita en muchos casos a la extensión, mal remunerada, de las tareas domésticas.[9] Eso se debe a sus “competencias” como ama de casa que pueden ser invertidas en las actividades turísticas (gastronomía, por ejemplo), pero no significa que las mujeres pueden desempeñar un papel emprendedor en estas actividades. Sin embargo, pueden acceder a fuentes de ingresos y negocios propios, redes que fortalecen su capital social y cambian los patrones de genero del acceso a recursos económicos o incluso funciones sociales o políticas.
Las relaciones de poder dentro de las unidades familiares y, en particular, la dificultad de cambiar las normas de distribución de las tareas puede llevar a aumentar la carga de trabajo de las mujeres cuando entran en una dinámica de empoderamiento. Carton de Grammont (2016) subraya la ambigüedad de la evolución hacia una mayor autonomía de las mujeres en la toma de decisiones en los hogares rurales, que va acompañada de una mayor presión sobre su tiempo disponible, en la medida en que siguen invirtiendo en tareas domésticas. Esta tensión en los presupuestos de tiempo de las mujeres relacionada con su mayor autonomía en proyectos productivos también se destaca en el caso de las cooperativas de mujeres en México estudiado por Soto Alarcón y Sato (2019). Lyon et a. (2017) subrayan la “pobreza de tiempo” de las mujeres involucradas en la producción de café orgánico en Oaxaca, entre actividad hogareña, actividad productiva e involucramiento en las organizaciones colectivas. Así mismo, sobre un caso mexicano Rodríguez-Herrera (2018) muestra tanto el auge de las mujeres en la acción comunitaria como la generación de ingresos dentro del hogar, inicialmente vinculado a la incapacidad de los hombres a cargo de la actividad agrícola para asegurar los medios de vida de la familia. Sin embargo, la falta de cuestionamiento de la distribución de las tareas domésticas entre géneros lleva a la transferencia de estas cargas a las mujeres más jóvenes (hijas o hijas políticas) por parte de las mujeres involucradas en estas nuevas tareas, un punto confirmado por Deere (2006)[10]. En un caso colombiano (Fach y Pérez, 2004) se muestra también la baja participación de los hombres en las tareas reproductivas, mientras al mismo tiempo las mujeres están cada vez más involucradas en las tareas agrícolas en la granja familiar. Esto se debe, en particular, al hecho de que los hombres se dedican cada vez más a actividades fuera de la granja. En consecuencia, las actividades agrícolas en la granja se refieren a un área más pequeña y orientada al autoconsumo que al mercado (incluso si las mujeres pueden obtener sus propios ingresos).
Por el contrario, también se destaca que la diversificación de las fuentes de ingresos puede ser una fuente de autonomía muy valorada para las mujeres que se benefician de ella, por ejemplo, las más jóvenes: Boyd (2019) muestra para Perú que las mujeres rurales jóvenes están menos comprometidas con la agricultura que los hombres jóvenes rurales y que las mujeres mayores. Su participación en el comercio, que es en gran parte informal, tiende a crecer.
Con respecto a las actividades comunitarias, las mujeres siempre se han movilizado, por ejemplo, en las asociaciones escolares, Las mujeres rurales también pueden desarrollar estrategias de cooperación en torno a las tareas reproductivas (cuidado de niños, compras de alimentos a granel, etc.), pero están ocupando cada vez más espacio en las instituciones locales (no sin que a menudo se encuentren con la oposición de los hombres). En un ejemplo chileno (Mora y Constanzo, 2017) se pone en evidencia la importancia de la participación de las actividades asociativas de las mujeres en el autoconsumo familiar (aunque haya también venta en el mercado) como justificación de la participación asociativa en una cooperativa, considerada como una extensión de las tareas reproductivas transferidas a las mujeres. Tal actitud también contrasta con dos modalidades alternativas, una participación puramente formal sin compromiso y un compromiso esencialmente orientado a la promoción personal o colectiva de las mujeres a través de la asociación. Las dos últimas posiciones conducen a mayores tensiones dentro de los hogares y se refieren a actividades no agroalimentarias (artesanía y textil).
Sobre el caso de la producción lechera de los Altos de Jalisco en México, Moreno Ramos (2021) subraya la importancia de una cultura tradicional “ranchera” en el reparto de las tareas entre hombres y mujeres. Estas últimas aseguran las tareas reproductivas del hogar, pero al mismo tiempo indica que participan en las tareas productivas y, en el caso de los hogares con jefatura femenina pueden acceder a una forma de empoderamiento a nivel de la comunidad. Aunque la producción lechera está integrada a una cadena dominada por grandes empresas, la organización del trabajo sigue aferrándose a una visión “chayanoviana” de un balance entre producción y mantenimiento de la unidad familiar.
La migración es un factor esencial en la evolución de la condición de las mujeres en las unidades campesinas y los hogares que las manejan. Por lo tanto, este tema es abundantemente tratadopor la literatura, que de nuevo tiene una visión ambivalente de esta migración como ejemplo de relativa discriminación a nivel de las oportunidades que conlleva entre hombres y mujeres, y a la vez como fuente de empoderamiento femenino.[11]
Se debe, sin embargo, distinguir la migración masculina de la femenina.
Sobre el impacto de la migración masculina Cortés Rivera (2014) destaca, para el caso de una comunidad indígena en México, la importante inserción de las mujeres, a veces jóvenes, en responsabilidades comunitarias, debido a la migración de los hombres, pero también a la falta de reconocimiento de esta inserción a nivel comunitario, donde se considera que solo actúan temporalmente. Según Schmook et al (2014), la migración internacional de hombres puede, en algunos casos, permitir una redistribución de activos en beneficio de las mujeres (por ejemplo, su tenencia ejidal en México). La migración interna de las niñas también puede permitirles adquirir sus propios activos agrícolas dentro de la granja familiar. Así mismo Antman (2015) muestra con datos mexicanos que la migración de jefes de hogar fortalece el poder de las mujeres en la toma de decisiones y favorece a las niñas en la distribución de recursos, pero que el proceso se invierte cuando regresa el migrante cabeza de familia.
En cuanto a la migración femenina
Waltz (2016) muestra que, en el sur de Brasil en el marco de la agricultura familiar, las niñas son las primeras en migrar a la ciudad, lo que genera una masculinización de la población rural joven. Esto se debe a que las niñas tienen acceso a puestos de trabajo (servicios, industria del cuero) que a menudo están devaluados en comparación con los trabajos de los hombres. Sin embargo, reconoce que la migración a la ciudad les permite un cierto empoderamiento en torno al control de sus ingresos, o incluso la posibilidad de promoción en la industria, la conexión con otros valores y posiblemente un mejor poder de negociación dentro de su familia.
Respecto al Perú, Boyd (2019) señala que la proporción de mujeres jóvenes rurales está disminuyendo tanto en relación con la población total, como en relación con la población rural y en relación con la población joven. Esta tendencia, que fue particularmente evidente entre los censos de 2007 y 2017, está vinculada al nivel de ingresos de los departamentos afectados, siendo los más pobres los que se encuentran más rezagados en esta evolución. Esto, refleja tanto las consecuencias de la reducción gradual de la tasa de natalidad como la existencia de un flujo migratorio de mujeres jóvenes a las ciudades que aumenta la masculinización de las zonas rurales. A un nivel más global, consta que esta masculinización de las zonas rurales es una característica compartida por muchos países latinoamericanos y una tendencia que se espera que se fortalezca (González y González, 2017 sobre el caso de Cuba).
La cuestión de la relación entre migración y empoderamiento se aborda a medida que la migración nacional e internacional incorpora cada vez más mujeres. Se evoca la posibilidad de que la migración femenina represente, a pesar de las precarias condiciones de trabajo en el lugar de la migración, una oportunidad para escapar de las relaciones de dominación patriarcal en el lugar de origen (Lube Guinardi et al., 2018). Estaríamos entonces en presencia de un factor de conversión de las funciones que permite una mejor disposición de las mujeres (para retomar el enfoque de las capacidades). Pero esta tendencia puede reforzar la masculinización de las zonas rurales mencionada anteriormente. Sobre el caso de Ceara en Brasil, Rabelo et al. (2023) muestran que la migración de los jóvenes es más femenina que masculina, dirigida a las zonas urbanas, mientras que la migración masculina se dirige hacia otras zonas rurales, y que esto pone de manifiesto la búsqueda por parte de las jóvenes de una autonomía y visibilidad que no tienen en las zonas rurales. Los autores lo ven como una amenaza para la agricultura familiar en términos de mano de obra disponible.
Según Soto y Saramago (2019) “Una proporción importante de la migración rural interna e internacional es de carácter laboral y estacional agrícola. […] Aunque la mayoría son migrantes varones, las cosechas de más alto valor ocupan cada vez a más mujeres: la producción de hortalizas en Sinaloa, México; la de café en Costa Rica; la de flores en Ecuador; la de espárragos en Perú; la de uva en Chile; y la de limones en Argentina.”
El acceso de las mujeres jóvenes a la educación puede aumentar el potencial de empoderamiento de la migración femenina. Según Cortés-Rivera (2014), sobre el caso de México, la migración significativa en algunas comunidades puede abrir una ventana de oportunidad para las mujeres jóvenes cuyos padres han emigrado y que han adquirido a través de la escolarización un nivel de educación, que son llevadas a asumir responsabilidades colectivas, en lugar de sus padres. Así mismo Silva et al. (2023) confirman la tendencia a la migración de los jóvenes de una región de Ceara en Brasil, con motivos y destinos distintos para los jóvenes hombres y mujeres: otras regiones agrícolas para los hombres, pero ciudades para mujeres que tratan de escapar a su invisibilidad en el sistema de la agricultura familiar, conseguir empleos formales, autonomía en su vida personal. Por eso las mujeres jóvenes se quedan más tiempo en el sistema escolar y consiguen, por lo tanto, un mejor nivel de educación.
La condición de las mujeres también tiene un impacto sobre los resultados de la producción. La evolución de las condiciones de producción agrícola, por ejemplo, de los rendimientos, puede tener un papel sobre el rol de las mujeres en la diversificación de actividades. Sobre las consecuencias de la baja del rendimiento en maíz, Eakin et al. (2015) señalan: “Un resultado inesperado de nuestro análisis fue que el porcentaje de mujeres que trabajan fuera del hogar surgió como un correlato de la disminución del rendimiento en Chiapas.” (traducción del autor) Esto se refiere al hecho de que la disminución de las oportunidades relacionadas con el maíz vivida por los hombres está aumentando la participación de las mujeres en este cultivo de subsistencia, pero que el aumento de las oportunidades de empleo para las mujeres está llevando a una disminución de su participación. En este caso, más que el riesgo climático, es la diversificación de los ingresos la que se asocia con menores rendimientos.
La evolución del estatuto de la mujer puede también tener un impacto sobre el nivel de ingresos de las mujeres. Los hogares encabezados por mujeres no son necesariamente los más pobres. (Castaneda et al., 2018,)[12].
En conclusión, el tema del empoderamiento de las mujeres rurales y de su autonomía se puede relacionar con un mejor control de sus condiciones de vida que puede ser explicado por las nuevas pautas de fecundidad dadas por el adelantamiento de la transición demográfica en las zonas rurales: la correlación entre autonomía de la mujer y baja de la fecundidad ha sido observada de manera general, aunque queda pendiente el debate sobre el sentido de causalidad. Sin embargo, no deja de ser sorprendente que la cuestión del empoderamiento, de la modificación del papel de la mujer en las actividades productivas y organizativas en las zonas rurales, esté en general poco relacionada en la literatura con la cuestión de los comportamientos reproductivos en relación con la estructura demográfica del hogar, dado su vínculo con la dinámica de las explotaciones familiares. Por otro lado, se nota la ambivalencia del auge de las actividades productivas y organizativas de las mujeres en la agricultura familiar. En términos demográficos, eso puede conducir à una migración femenina, estimulada por mayores oportunidades de autonomía en su vida, y a una masculinización de la población rural, impactando en la capacidad de supervivencia de muchas granjas.
5. SUCESION EN LAS EXPLOTACIONES AGRARIAS
El tema de la relación entre la estructura demográfica de los hogares agrícolas y el traslado intergeneracional de las fincas ha sido planteado desde el aporte de Chayanov. Esta relación ha sido subrayada recientemente para el conjunto de los países del sur (Colin y Rangé, 2022)[13].
Los autores insisten en que la familia en este caso se refiere al parentesco que va más allá del grupo familiar residente en la explotación agrícola. La variedad de los sistemas de parentesco y de los derechos que suponen puede ser más grande en regiones como África que en América Latina. Pero tampoco en este caso se puede descartar la existencia de derechos sobre la tierra de miembros ausentes, como los migrantes, ni la existencia de relaciones de parentesco específicas, por ejemplo, en las comunidades indígenas. Además, hay en el continente una diversidad de formas de acceso a la tierra desde la propriedad individual con título jurídico, hasta los derechos colectivos sobre la tierra o el acceso sin titularización, individual o colectivo. Además, hay que considerar que la sucesión ocurre en una dinámica de ciclo de vida que puede tener varias formas y que la transferencia tiene una doble vertiente en el caso de la agricultura familiar: el traslado de la actividad productiva y el traslado del acceso a la tierra, que se pueden autonomizar.
Los temas abordados en los apartados anteriores, tal como las relaciones de género, el comportamiento de los jóvenes o la migración, tienen un impacto sobre las relaciones entre generaciones a nivel de las unidades de agricultura familiar y por lo tanto sobre las formas de herencia, sea del acceso a la tierra o de la actividad profesional[14].
Neiman (2013) y Abramovay et al. (1999) se refieren, respecto al tema de la sucesión, a la "democratización" de las relaciones intergeneracionales y de género dentro de las familias rurales. Esto puede estar relacionado en parte con los cambios en el comportamiento demográfico, por ejemplo, la baja de la tasa de natalidad compensada por el auge del nivel educativo de los jóvenes, que les da un poder de negociación más grande dentro del hogar. En el caso de la Pampa Argentina, Neiman (2017) señala así el acercamiento de las relaciones dentro de las familias a comportamientos “urbanos” con empoderamiento de los niños respecto a la elección de sus trayectorias de vida, vinculado a su más alto nivel de educación. El aumento significativo del precio de la tierra también conduce a un cambio en la organización de la sucesión, con una separación de la transferencia de propiedad que puede conducir a la formación de estructuras corporativas a nivel familiar y la transmisión de la profesión. Estos cambios se pueden vincular con el auge del modelo de la soja, caracterizado por el desarrollo de la "tenencia inversa" (reverse tenancy), un sistema en el cual los propietarios de la tierra son antiguos pequeños agricultores familiares, que, habiendo dejado la actividad agrícola, alquilan sus tierras a los grandes productores de soja.
La estructura demográfica del hogar, tanto el número de hijos como su presencia sobre la explotación, puede afectar la permanencia de la actividad agrícola.
Según Eakin et al. (2015), la reducción del área de maíz en fincas de Edomex y Chiapas en México, en un contexto donde en general hay un mantenimiento global de la superficie en la zona, puede vincularse en algunos casos a la división de la finca entre hijos, o incluso al cese de la actividad agrícola por razones de edad.
Bankuti et al. (2018) muestran que los productores de leche en Paraná (Brasil) parecen estar generalmente insatisfechos con la sucesión dentro de la explotación, aunque esto es menos marcado para las granjas familiares.
Sin embargo, la relación con la demografía de los hogares puede ser inversa: en el caso de la Amazonía ecuatoriana (Carr et al., 2006), el acceso a la propiedad legal de la tierra parece tener un efecto negativo inverso sobre la fecundidad supuestamente porque conlleva la posibilidad de una autonomía de la propiedad respecto a la explotación, lo que puede traducirse en el deseo de limitar la división de la riqueza durante la sucesión. De hecho, la evolución de la fecundidad en un contexto de colonización fronteriza en la Amazonía ecuatoriana confirma el vínculo entre la baja de la fecundidad, el acceso a la plena propiedad de la tierra y el estatus socioeconómico, con una aceleración del proceso después de 1990. La desconexión gradual del ciclo doméstico y el ciclo de la propiedad en áreas de expansión agrícola también queda destacada por Guedes et al. (2017) para Brasil. Está vinculada a un mejor conocimiento de las capacidades productivas y a una creciente integración en el mercado.
La orientación productiva de las explotaciones tal como el entorno productivo a nivel local también puede impactar el tema de la sucesión.
Mientras varias fuentes recientes confirman la agudeza del problema de la herencia dentro de las granjas familiares en el sur de Brasil (Matte et al., 2015; Matte et al. 2017), Sacco dos Anjos e Velleda Caldas (2007) para el caso de Rio Grande do Sul, ya se han interesado en la relación entre la organización de la sucesión y la estructura de las explotaciones, particularmente vinculada con la pluriactividad, al oponerse en esta región un área de cultivo de campo donde persiste la agricultura familiar y un área de agricultura familiar dinámica de la Sierra Gaucha donde hay agrupaciones industriales y producción de bienes agroalimentarios cualificados, vinculados al legado de la inmigración italiana. Sin embargo, los autores mencionan el hecho de que la transición demográfica puede afectar la disponibilidad de un sucesor y señalan que las explotaciones diversificadas, que son más numerosas en esta zona del sur de Brasil, conocida como "tercera Italia”, son también aquellas en las que el tamaño del hogar es mayor y en las que la disponibilidad de un sucesor es más asertiva. Consideran, sin embargo, que la cuestión central es la de la renta agrícola, aunque reconocen que las condiciones de vida también pueden desempeñar un papel relevante.
Por otro lado, Neiman cita a Abramovay (2001) sobre la importancia de las cuestiones de género en la sucesión y sobre la referencia patriarcal a la sucesión en la cultura "chacarera" en Argentina. También señala que las formas de sucesión se ven impactadas en la Pampa argentina tanto por los cambios en los sistemas de producción con el surgimiento del uso del trabajo asalariado y el contrato de negocio agrícola que aleja a la fuerza laboral familiar de las tareas agrícolas, como por los cambios en el comportamiento familiar más urbano (empoderamiento de las personas, evolución de la fecundidad). La desvinculación de la fuerza laboral familiar refuerza la importancia de la herencia de la tierra frente a la sucesión profesional y aumenta la presión para una distribución equitativa de la propiedad de la tierra que incluya al conjunto de hijos e hijas. El aumento del precio del suelo (vinculado a la “sojización”) aumenta esta presión mientras que el aumento en el nivel de escolarización de los y las jóvenes favorece las trayectorias profesionales individuales y urbanas.
Al final, si el traslado intergeneracional de las granjas aparece fuertemente condicionado por el contexto económico y las características de las explotaciones, las variables demográficas condicionan a la vez la relación intergeneracional y la disponibilidad de candidatos a la sucesión. Impactan el poder de negociación de los jóvenes en el proceso y juegan un papel en la desconexión relativa entre unidad productiva y propiedad de la tierra, lo que puede agilizar en algunos casos los procesos de salida de la actividad agrícola de los agricultores familiares.
6. CONCLUSIÓN
En conclusión, hay que subrayar dos puntos claves de la relación entre demografía y desarrollo rural.
La diversificación de los medios de vida aparece hoy en día como una condición del sostenimiento de las unidades de agricultura familiar. Pero la evolución demográfica puede llevar a una marginalización de la actividad agrícola dentro del abanico de actividades y al final, a su eliminación.
El empoderamiento de las mujeres puede ser un factor de revitalización de la agricultura familiar alrededor de nuevas actividades y funciones cumplidas por ellas, pero en varios casos las relaciones de género dentro de las granjas pueden llevarlas a buscar este empoderamiento fuera de las explotaciones y de los territorios rurales, especialmente cuando son jóvenes, agudizando el envejecimiento y la masculinización del ámbito rural.
El nuevo equilibrio demográfico entre generaciones dentro de los hogares agrícolas puede alentar la innovación por parte de jóvenes más autónomos, pero al mismo tiempo favorecer una desconexión entre propiedad de la tierra y actividad agrícola, llevando a la desaparición de las granjas familiares como tal.
Finalmente, podemos retener la puesta en tela de juicio de una visión general de la agricultura familiar, que se relaciona no solo con el cambio de los sistemas agroalimentarios, sino también con los comportamientos demográficos de la población rural.
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Notas

