Artículos

Territorio(s), región e imaginarios sociales en cuestión: la construcción de los discursos históricos fundacionales de Villa Nueva y Villa María (provincia de Córdoba, Argentina)

Territories, region and social imaginaries in about: the building of the foundational historic discourses of Villa Nueva and Villa María (provincia de Córdoba, Argentina)

Emanuel Barrera Calderón
Universidad Nacional de Villa María – CONICET, Argentina
Guillermo Bovo
Universidad Nacional de Villa María – CONICET, Argentina

Pampa. Revista Interuniversitaria de Estudios Territoriales

Universidad Nacional del Litoral, Argentina

ISSN: 1669-3299

ISSN-e: 2314-0208

Periodicidad: Semestral

núm. 19, 2019

revistapampa@gmail.com

Recepción: 08 Febrero 2018

Aprobación: 17 Agosto 2018



DOI: https://doi.org/10.14409/pampa.15.19.e0004

Resumen: Las ciudades de Villa Nueva y Villa María están situadas en cada orilla del río Ctalamochita al sudeste de la provincia de Córdoba (Argentina). Esta zona ha sido un enclave por donde pasó el trazado del Camino Real y que más tarde sería confluencia de diferentes vías férreas y de rutas nacionales y provinciales.

Al ser ciudades lindantes, los discursos históricos basados en los momentos fundacionales de estas recurrieron al antagonismo en torno a la dualidad progreso–tradición representados en otros tantos imaginarios sociales. Subyace la idea de Villa María como una ciudad pujante y planificada desde sus bases y Villa Nueva entendida como detenida en el tiempo, atrasada, con rasgos conservadores y clericales.

El objetivo es analizar de qué manera los discursos históricos sobre el pasado fundacional de construyen (o no) imaginarios sociales en torno a un territorio con identidad regional. Esto será través del análisis de discurso de un corpus de estudio integrado por la historiografía en cuestión.

Palabras clave: Villa María , Villa Nueva , Imaginarios sociales , Discursos históricos , Territorio.

Abstract: The cities of Villa Nueva and Villa María are located on each bank of the Ctalamochita riverbed in the southeast of the province of Córdoba (Argentina). This area has been an enclave where the route of the Camino Real passed and which later would be the confluence of different railways and national and provincial routes.

Being adjoining cities, the historical discourses based on the foundational moments of these, were constituted by resorting to the antagonism around the Progreso–Tradition duality represented in other so many social imaginaries. That is to say, the idea of Villa María underlies as a thriving and planned city from its bases and Villa Nueva understood as detained in time, backward, with conservative and clerical features. The objective is to analyze how historical discourses on the foundational past of both cities construct (or not) social imaginaries around a territory with regional identity. This will be through discourse analysis of a corpus of study integrated by the historiography in question.

Keywords: Villa María , Villa Nueva , Social imaginaries , Historical discourses , Territory.

1. Introducción a la(s) historia(s) de las Villas



¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas? En los libros aparecen los nombres de los reyes. ¿Arrastraron los reyes los bloques de piedra? Y Babilonia, destruida tantas veces, ¿quién la volvió siempre a construir? ¿En qué casas de la dorada Lima vivían los constructores? ¿A dónde fueron los albañiles la noche en que fue terminada la Muralla China? La gran Roma está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió? (…) Cada página una victoria. ¿Quién cocinó el banquete de la victoria? Cada diez años un gran hombre. ¿Quién pagó los gastos? Tantas historias. Tantas preguntas.

Fuente: Bertolt Brecht (1991). Preguntas de un obrero que lee.

Villa Nueva y Villa María están situadas en cada orilla del cauce del río Ctalamochita (Río Tercero) al sudeste de la provincia de Córdoba. Esta zona, ubicada en un punto intermedio entre las ciudades de Rosario y Córdoba, ha sido un enclave por donde pasó el trazado del Camino Real y que más tarde sería confluencia de diferentes vías férreas y de rutas nacionales y provinciales.

Ciudades
de Villa María y Villa Nueva
Mapa 1
Ciudades de Villa María y Villa Nueva
Google Maps

Esta situación de ciudades colindantes separadas por una delimitación geográfica física o administrativa, recorre varios ejemplos en todo el país (e incluso en el mundo). Hasta podemos encontrar ejemplos paradigmáticos como es el caso de la ciudad de San Francisco (provincia de Córdoba) y Frontera (provincia de Santa Fe) donde una calle separa a ambas ciudades, pero también a ambas provincias.

En el caso de las ciudades en cuestión, el territorio donde se encuentran contiene historias que dialogan y que forman parte de identificaciones particulares de cada una. Los orígenes de Villa Nueva y su constitución jurídico–política, están signados en 1826 fundamentalmente por la familia Carranza, quienes efectuarían la donación de tierras para crear un pueblo que reuniera la importancia suficiente como para que las autoridades de Alzada y la comandancia fueran trasladadas allí, lo que lograron durante el gobierno de Manuel López[1] «como guardia permanente ante los enfrentamientos con los indígenas del norte y del sur». De acuerdo al razonamiento efectuado por el escultor villanovense Armando Fabre, «Villa Nueva lleva este nombre, para diferenciarla o separarla del agrupamiento de ranchos que se encontraban a la orilla del río, constituyéndose el poblamiento de “Paso de Ferreira”» (Granado, 2011:37), es decir, Villa Nueva existe para diferenciarse de una «Villa vieja». Aunque tuvo también otros nombres como «Villa Nueva del Paso de Ferreira» y «Villa Nueva del Rosario»; para pasar a ser Villa Nueva, alrededor de 1836 (Granado, 2011).

Por su parte, Villa María tampoco contó con un acto fundacional como generalmente han tenido otras poblaciones. Manuel Anselmo Ocampo, entonces propietario de las tierras del lugar, ordenó que se trazara un mapa con el loteo donde se proyectó la nueva población, frente a Villa Nueva que se situaba de la otra margen del río. Ocampo era un personaje vinculado al poder político y económico de la época que residía en Buenos Aires, este había comprado los terrenos a su tío Mariano Lozano, quien a su vez lo recibió de anteriores dueños (Rüedi, 2016). La población fue asentamiento de inmigrantes que se sumaron a quienes habitaban la región y africanos que provenían del mercado de esclavos que tuvo un importante desarrollo en la provincia. Por años no se conmemoró fecha alguna como aniversario de la ciudad, incluso pasaría un par de décadas para que una comisión acordara como fecha de fundación el 27 de setiembre de 1867.

Como menciona Rüedi (2016), a principio del siglo XIX, se impone la figura de «villa» para nominar a las localidades como alternativa jerárquica, ya que esta era mayor que la aldea y menor que la ciudad. Cuenta la anécdota que Ocampo le pone María a la villa que origina, en referencia a su hija mayor. De esta manera, cada villa surge indicando una existencia anterior, como Villa Nueva (en función del «rancherío») o Villa María (a partir de la hija mayor de Ocampo). Incluso esa existencia anterior, que resulta significativa para la constitución identitaria, se basa en la comparación antagónica por sobre la posibilidad de pensar al territorio como una gran región.

En este sentido, en este artículo nos proponemos analizar de qué manera los discursos históricos sobre el pasado fundacional de Villa Nueva y Villa María construyen (o no) imaginarios sociales en torno a un territorio con identidad regional.

Para lograr lo propuesto, organizaremos este trabajo en tres partes. La primera, estará constituida por un abordaje conceptual respecto de los discursos históricos y las marcas significativas sobre la posición del enunciador como agente social. La segunda parte estará enfocada en revisar de qué manera operan los imaginarios sociales y qué tipo de territorios construyen. Para luego, analizar algunos de los imaginarios sociales que operan en los discursos históricos fundacionales de las Villas. Finalmente, ensayaremos algunas reflexiones abiertas que intentarán dar cuenta de un análisis discursivo de la historiografía en cuestión y que tratarán de incentivar nuevos debates.

2. Los discursos históricos y el lugar de los historiadores como enunciadores y agentes sociales

Abordar el discurso como práctica, y por ende como proceso, nos permite abrir el análisis a la cuestión de las condiciones sociales donde se inserta el proceso de producción, e inevitablemente nos remite al agente social productor de ese discurso. Por su parte, la conceptualización del agente social como capacidad de generación fundada en el control de recursos, nos permitirá analizar dos dimensiones en el discurso; primero, las características en función de la posición relativa del autor, en este caso los historiadores, y segundo, aquello que constituye su capacidad de imponerse.

De esta manera, analizamos los imaginarios sociales a partir de la emisión de los discursos de los historiadores ya que estos agentes se constituyen en una posición de referencia sobre la historia oficial de cada ciudad. Como dicen Costa y Mozejko (2001), el tratamiento de las condiciones sociales de una práctica discursiva puede ser analizado a partir de lo que llamaremos posición. Es decir, el sujeto que la produce ocupa, en función de los recursos y propiedades socialmente valorados que controla, una posición relativa en una trama específica de relaciones. Esta posición implica una competencia diferenciada para su intervención que establece un espacio de posibles agencias para sus operaciones discursivas.

Vemos como la posición constituye un principio explicativo de las prácticas, no para reducirlas al funcionamiento de un mecanismo estructural que trascendería al sujeto, sino para convertirlas en inteligibles, en relación con las posibilidades y límites que fijan las condiciones sociales de su actuación (Costa y Mozejko, 2001).

En el caso de este trabajo, analizar la producción de discursos en los que se propone una visión del pasado fundacional, en relación con la posición es ciertamente necesario, pero debe ser complementado con la puesta en relieve del carácter relacional de la misma (Costa y Mozejko, 2001). Como se dijo, los historiadores en su capacidad de «agencia», como legitimadores de un criterio de autoridad intentan hegemonizar el «sentido correcto de la historia», es decir, el predominio de una visión sobre otras.

En este sentido, la dimensión relacional y polémica subyace a todo discurso ya que el enunciador se construye sobre la base de las oposiciones y equivalencias que establece con otros enunciadores, configurando, de esa manera, la propia posición. Por su parte, el agente social realiza el trabajo de producción del discurso desde una posición que, en cuanto lugar social, es fundamentalmente capacidad diferenciadade relación (Costa y Mozejko, 2001) dentro de un sistema que pone siempre en juego relaciones de poder.

En este sentido, las estrategias empleadas a nivel del discurso y a través de las cuales se va construyendo el enunciador, son resultado de las opciones que el autor, como agente social, realiza durante el proceso de producción dentro de los márgenes de movimiento que su propia capacidad de relación le permite. Podemos ver esto en la manera en que los historiadores de cada ciudad narran las historias volviéndolas oficiales, apoyadas en una visión antagónica de cada ciudad, rescatando determinados hechos o acontecimientos como los más importantes del contexto fundacional e indicando con nombre y apellido solo a algunos hombres referentes de la actividad económica como fundadores del lugar.

El enunciador (…) cuyo perfil se va delineando a partir de las opciones que se encuentran objetivadas en el enunciado y que muestran la manera de posicionarse en relación a otros enunciadores, a las normas que fijan los modos de decir y lo decible, etc., se hace comprensible y explicable en cuanto resultado del trabajo que quien produce el texto lleva a cabo desde cierto lugar, desde cierta capacidad de relación, y en vistas a producir efectos que sean redituables a su propia posición relativa permanentemente en juego. (Costa y Mozejko, 2001:25)

Es así como el texto, producto de la práctica discursiva, es resultado de múltiples decisiones no necesariamente consciente en el proceso de producción, «¿quién habla? El texto apunta al autor. Es decir, el texto incluye la exterioridad del mismo, por lo que la pregunta es ¿desde dónde se habla? Como efecto sentido de explicación de sus prácticas» (Costa y Mozejko, 2001:12).

Para entender el agente social es fundamental comprender la competencia para la acción, como probabilidad de hacer dentro de un sistema de relaciones. Como se dijo, la posición define la especificidad y el alcance de su competencia. Dicho proceso contiene dos dimensiones constitutivas; por un lado, el poder hacer (capacidad diferenciada de relación) y por el otro, la orientación de tal capacidad.

Respecto a la capacidad diferenciada de relación, esta hace referencia al control diferenciado de recursos, lo cual condiciona quien tiene el poder de decir cómo es la historia. Por eso, pensar en el lugar social, es pensar en las posiciones relativas que surgen del control diferenciado de recursos.

Por ende, existen modos de hacer historia. Al respecto, Benjamin (2001) propone escribir la historia «a contrapelo», es decir, desde el punto de vista de los vencidos —contra la tradición conformista del historicismo cuyos partidarios entran siempre en empatía con «el vencedor». Destacando que «vencedor» hace referencia a la guerra de las clases en la que uno de los campos, la clase dirigente, «no ha acabado de triunfar» (2001) sobre los oprimidos. De esta manera, problematizar al historiador deviene en problematizar la idea de historia que opera discursivamente.

De esta manera, ser consciente sobre la posición del historiador nos permitirá conocer el modo en que se producen los discursos históricos. Garzón Rogé (2017) sostiene que para problematizar la historia es necesario sostener una mirada crítica sobre las fuentes que se consideran en una amplia gama para documentar diferentes posiciones y escalas. En esta línea se plantea una vinculación con las fuentes en la medida que ordenan el conocimiento que la historia elabora (Chauteauraynaud y Cohen en Garzón Rogé, 2017:132–133).

Pensar en la relación entre las posiciones construidas, es pensar en el poder como relación y probabilidad. Es decir, el control diferenciado de recursos otorga legitimidad al enunciador permitiendo que, en el caso de los discursos históricos, sea identificado como sujeto competente para el hacer específico. Cuestionar esa capacidad de historizar de los agentes sociales (con pretensión hegemonizante) es el propósito de este trabajo.

3. Los imaginarios sociales en la configuración de los territorios

Los imaginarios sociales constituyen matrices de sentido social basado en fragmentos de pasado. Para que sean imaginarios sociales requiere que sean de reconocimiento colectivo en tanto elementos discursivos. Por ello los imaginarios tienen un carácter dinámico, es decir, históricamente configurados, y así constituyen horizontes de acción social y de devenir de la comunidad.

En este marco, la historiografía oficial tiene un lugar central en la producción, invención y articulación de imaginarios sociales que se instituyen como dominancias discursivas en un momento y en un territorio determinado. La noción de hegemonía en tanto poder simbólico opera dentro de la diferenciación política y hace que la cultura, más que la producción de sentidos, sea el modo en que se relacionan las clases dominantes y las subalternas (Gramsci, 2015). En este caso, la dominación se fundamenta en la disputa por los recursos y en la apropiación desigual de los bienes materiales o simbólicos. De este modo, en la noción de hegemonía gramsciana se articulan las ideas de sociedad política y sociedad civil que dominan en un determinado momento histórico.

Con respecto a la definición de hegemonía, hay dos conceptos que merecen ser desarrollados en relación a las ciudades de Villa Nueva y Villa María como territorio con «identidad regional»: imaginarios sociales y memoria. En la primera noción, «el imaginario organiza la memoria como fuente histórica y como historia social del recuerdo» (Giordano, et. al. 2013:11); mientras que para la segunda noción, la memoria «es un mecanismo cultural para establecer el sentido de pertenencia de grupos o comunidades» (Jelin, 2002:10).

De este modo, y estableciendo una conexión entre espacio y memoria, sostenemos que los imaginarios sociales adquieren densidad analítica en relación con las disputas simbólicas materializadas en rituales, símbolos, ideologías y en maneras de hacer del Estado como espacio privilegiado de objetivación. Así la supuesta «identidad local o regional» siempre es resultado de luchas simbólicas y narrativas culturales. Puede decirse que la discursividad social (Verón, 1986) que articula memorias e imaginarios siempre integran un significante (léase una identidad local o regional) que no existe en la realidad y que, por lo tanto, siempre es contingente.

Como expresa Baczko:

Los imaginarios sociales son referencias específicas en el vasto sistema simbólico que produce toda colectividad y a través del cual ella —«se percibe, se divide y elabora sus finalidades» (Mauss). De este modo, a través de estos imaginarios sociales, una colectividad designa su identidad elaborando una representación de sí misma; marca la distribución de los papeles y las posiciones sociales; expresa e impone ciertas creencias comunes, fijando especialmente modelos formadores como el del «jefe», el del «buen súbdito», el del «valiente guerrero», el del «ciudadano», el del «militante», etcétera. Así, es producida una representación totalizante de la sociedad como un «orden», según el cual cada elemento tiene su lugar, su identidad y su razón de ser (cf. Ansarl, 1974:14). Designar su identidad colectiva es, por consiguiente, marcar su «territorio» y las fronteras de este, definir sus relaciones con los «otros», formar imágenes de amigos y enemigos, de rivales y aliados; del mismo modo, significa conservar y modelar los recuerdos pasados, así como proyectar hacia el futuro sus temores y esperanzas. (1999:28)

En este sentido, no hay memoria colectiva que no se elabore en un marco espacial y a partir de la construcción de sujetos individuales. Del mismo modo, la idea de imaginario social permite comprender cómo la sociedad funciona a partir de construcciones esencializadas y estas pueden analizarse a través de imágenes, narrativas, simbologías que demuestran que una identidad colectiva siempre es resultado de las disputas y el conflicto social. Por ello observar las memorias que emergen de diversos actores sociales posibilita identificar el umbral donde estos imaginarios dominantes se articulan en un mismo momento histórico y se institucionalizaron hegemónicamente.

Tanto el marco espacial, entendido aquí como territorio,[2] como los imaginarios sociales que allí operan, están imbricados en una relación interdependiente. Es decir, al analizar los espacios no podemos separar los sistemas, los objetos y las acciones que se complementan con el «movimiento de la vida», en el cual las relaciones sociales producen los espacios y los espacios, a su vez, las relaciones sociales (Mançano Fernandes, 2009). Desde esta perspectiva, el espacio y las relaciones sociales están en pleno movimiento en el tiempo, construyendo la historia y este movimiento continuo es un proceso de producción de espacio y de territorios.

Esta concepción de territorio no se reduce a una apreciación meramente subjetiva o contemplativa, sino que adquiere el sentido activo de una intervención sobre este para transformarlo. Al respecto, la planificación urbana y lo que suele llamarse «reorganización» o «reordenamiento de territorio», suponen un proyecto de construcción o reconstrucción del espacio. Bajo esta perspectiva suele hablarse incluso de «fabricación» del territorio, lo que está sugiriendo que en el mundo moderno el territorio es cada vez menos un «dato» preexistente y cada vez más un «producto», es decir, el resultado de una fabricación.

En este sentido, vale aclarar que el territorio es una construcción a partir del espacio geográfico, y que el espacio es anterior al territorio (Mançano Fernandes, 2009). Las transformaciones en el espacio acontecen por las relaciones sociales en el proceso de producción del espacio.

El territorio así caracterizado puede considerarse en diferentes escalas que se extienden entre lo local y lo nacional (e incluso lo supranacional), pasando por escalas intermedias como la regional o la provincial.

Respecto a la escala regional, hay que partir de la noción de región como «representación espacial confusa que recubre realidades extremadamente diversas en cuanto a su extensión y su contenido» (Giblin–Delvallet en Giménez, 1996:15). Es decir, toda regionalización es un modo de organizar diferencias identificadas en un territorio, y de inscribir modalidades de visualización y de narración de esas diferencias (Quintero, 2002). Por lo general, el término suele reservarse para designar unidades territoriales que constituyen subconjuntos dentro del ámbito de un Estado.

También aquí partimos del supuesto de que la región no debe considerarse como un dato a priori, sino como un constructo fundado en los más diversos criterios: geográfico, económico, político–administrativo, histórico–cultural, etc. No obstante, suele utilizarse un criterio economicista para delimitar una región.[3]

En síntesis, de acuerdo con las tendencias y las intencionalidades los territorios pueden ser vistos de diversas formas, por diferentes sujetos. En los «abordajes territoriales» predominan los análisis de la dimensión económica y de la social, junto con una acepción de territorio como unidad geográfica determinada, casi siempre como un espacio de gobernanza (Mançano Fernandes, 2009).

En sus diferentes acepciones, el territorio generalmente se ha estudiado a partir de las relaciones de poder, desde el Estado, el capital o diferentes sujetos, instituciones y relaciones. Las características principales del concepto son: totalidad, soberanía, multidimensionalidad y multiescalariedad (Mançano Fernandes, 2009). Por tanto, es imposible entenderlo sin concebir las relaciones de poder que determinan lo social. La comprensión de cada tipo de territorio como una totalidad, con su multidimensionalidad y organizado en diferentes escalas, a partir de sus usos desiguales, nos posibilita entender el concepto de multiterritorialidad.

Considerando que cada tipo de territorio tiene su territorialidad, los tipos de relaciones e interrelaciones nos muestran las múltiples territorialidades. La multiterritorialidad une a todos los territorios por medio de la multidimensionalidad y de las escalas geográficas, que pueden ser representadas como camadas sobrepuestas en que una acción política se desdobla en varios niveles y escalas: local, regional, nacional e internacional (Mançano Fernandes, 2009).

Como se dijo, lo regional implica que el territorio está delimitado, circunscripto por parámetros o fronteras no solo económicas sino también culturales que intervienen formando imaginarios. De esta manera, veremos cómo los imaginarios sociales están inscriptos en una historia hegemónicamente contada que generalmente no es cuestionada sino aceptada como parte de un tiempo lineal y casi natural que condiciona un territorio social y culturalmente construido.

4. De construcciones discursivas en imaginarios sociales y territorios regionales. La(s) historia(s) de las Villas

La temática de la regionalidad en la Argentina y los ejercicios de regionalización suelen ser recurrentes en la esfera educativa y de la disciplina geográfica. Las diferencias y procesos regionales son tópicos frecuentes en los estudios sociales en el país. Por un lado, existe consenso sobre una visión del territorio que pondera su diversidad en torno a la oferta ambiental mientras padece sus disparidades internas en términos socio-económicos y poblacionales. Por otro lado, distintas perspectivas historiográficas han indagado sobre la heterogénea geografía del legado territorial decimonónico, ciertas claves para interpretar conflictos no resueltos del proceso social argentino: el despoblamiento y las distancias (el llamado «desierto»), los antagonismos litoral–interior o provincias–Nación, etcétera (Quintero, 2002).

A mediados del siglo XX, las políticas territoriales que buscaban dar solución a los problemas de escaso crecimiento y desequilibrios sociales internos, apelaron con fuerza a las teorías regionales, y a pesar de su escaso éxito dejaron en el mapa argentino algunas huellas de sus regionalizaciones (Quintero, 2002). Parecería existir, entonces, una trama de interrogantes, diagnósticos y políticas públicas que habilitan para hablar de una «problemática» o «cuestión regional» en Argentina, términos que por otro lado remiten a algunas de sus formulaciones específicas.

A lo largo de la historia, veremos cómo las relaciones y clases sociales producen diferentes territorios y espacios que se reproducen en los escenarios que son de permanente conflictividad. Esta conflictividad puede (o no) ser visualizada a partir del análisis de los imaginarios sociales que la constituyen.

En este marco, partimos de la idea de que la «manera de ver depende del lugar relativo desde donde se está» y desde donde se lucha por el control de la visión. Reflexionar sobre las prácticas discursivas permite encontrar huellas tanto de la diversidad de agentes que proponen sentidos, como de la lucha que se establece entre ellos (Costa y Mozejko, 2001).

A partir de esto analizaremos tres construcciones discursivas sobre hechos o acontecimientos históricos que operaron en la sedimentación de imaginarios sociales sobre las identidades locales, los territorios regionales y las historias fundacionales. La elección de estos hechos o acontecimientos surge a partir del tratamiento constante como momentos claves en la historiografía analizada.

4.1. De «postas» y ferrocarriles como paridores de pueblos

Los mapas antiguos del territorio de la Argentina permiten apreciar la sucesión de puntos que marcan el Camino Real desde Buenos Aires hacia Lima, en los lugares de detención del tráfico de la época colonial, comúnmente denominados «postas», lugares fundamentales para el desarrollo de contrabando comercial realizado por la ciudad de Buenos Aires con las restantes potencias coloniales. Este camino, madre de pueblos, permitió el desarrollo de poblamientos irregulares en cercanías de las diversas postas (Pereyra, 2012:13).

De esta manera, El Paso de Ferreira se constituiría en una posta muy importante en la configuración del entramado del camino colonial y sería el primer asentamiento del territorio en cuestión. Por la cercanía del Río Ctalamochita (o Río Tercero) permitiría el aprovisionamiento de agua y también como lugar de resguardo ante el ataque de indígenas que reclamaban sus territorios, los llamados malones que como un vendaval asolaban la zona. Incluso, esta posta fue virtualmente arrasada en numerosas ocasiones, quedando el puesto en estado deplorable.

Sobre el origen del Paso de Ferreira, el historiador villanovense Pablo Granado comenta como la estancia San Francisco pasa a manos de Francisco Ferreira Abad, que después llevará el nombre de «Paso de Ferreira». Estas tierras de la banda sur del Río Tercero pertenecerán a la familia Carranza desde 1814.

Ante esta situación y como ya se dijo, Granado (2011:37) sostiene que la familia Carranza efectuaría la donación para crear un pueblo que reuniera la importancia suficiente como para que las autoridades de Alzada y la comandancia fueran trasladadas allí (antes estaban en Fraile Muerto, que actualmente es la ciudad de Bell Ville). A partir de esto, Villa Nueva se convierte en un enclave jurídico y político en la región.

En esta línea, el historiador villanovense, Luciano Pereyra relata:

el gobernador de la provincia Juan Bautista Bustos decidió darle al trazado urbano para transformarla en la cabecera del departamento Tercero Abajo y en uno de los poblados más importantes de la llanura cordobesa, aunque en la distribución de las milicias todavía figure en 1826 como Paso de Ferreyra, asiento de la 3° compañía (96 hombres) de la comandancia del Tercero Arriba a cargo de Manuel López. (2012:14)

Por su parte, Granado dice que

los muchos años que José Victorio López (hijo de Manuel López) estuvo radicado en Villa Nueva, al frente del Escuadrón y luego Regimiento que llevaba el mismo nombre que el de su dinastía, le permitió realizar muchos trabajos en pro de la vieja villa; o mejor aún de la nueva Villa. (2011:47)

Con la sanción de la Constitución Nacional el 20 de junio de 1853, en el departamento del Río Tercero Abajo se realizó el acto de lectura y juramento en Villa Nueva y Fraile Muerto con la presencia de civiles, militares y demás ciudadanos. Después de este momento fundacional, Granado (2011) remarca:

Los miembros de la Asamblea Legislativa, en reunión del día 3 de septiembre de 1856, establecieron por intermedio de la Ley respectiva, el régimen municipal en toda la Provincia. Este reglamento establecía que todas las municipalidades de la capital como de la campaña se establecerían el 1° de noviembre de ese año de 1856. Con fecha 7 de julio, se estableció que el día 9 de ese mes se instalaría la Municipalidad de la ciudad de Córdoba, por consiguiente, dos meses después debía instalarse la de Villa Nueva, como Municipalidad del departamento Tercero Abajo. (2011:50)

Para mediados del siglo XIX, pocos años antes de que la llegada del ferrocarril produjera la sustitución del transporte en carretas se puede encontrar el ocaso de aquel antiguo itinerario, el correo ya no sería trasladado por esta vía sino que el ferrocarril lo desplazaría.[4]

Desde entonces, la correspondencia la traía hasta Villa Nueva un cartero a caballo que cruzaba el río para retirarla de la oficina de Villa María. Incluso, en noviembre de 1872 se iniciaron las gestiones para que se instale en Villa Nueva la oficina de telégrafos, que a pesar de haber estado instalado oportunamente nunca había funcionado. Recién en 1878 se instala el telégrafo en Villa Nueva, que es una extensión de Villa María, debiendo costear los pobladores de Villa Nueva la instalación de los postes. Ya en marzo de 1879 se transmitió el primer telegrama desde Villa Nueva (Granado, 2011).

Cuando Manuel Anselmo Ocampo en el año 1867, vende al Gobierno nacional mediante un poder, las seis cuadras de terreno en la estancia denominada «Paso de Ferreira», con la condición de hacer en ella la Estación del Ferrocarril Central Argentino (Calvo, 1989; Pedernera, 1970),[5] es posible que ya estuviera ideada la fundación de la Villa y su nombre propio, que podrían llamarse como Ocampo quisiera, ya que eran hechos privativos de su libertad; pero no así el nombre de una estación ferroviaria, que correspondía a una designación dada por la empresa, y que no podía ser modificada fácilmente.[6]

Esto que parecía la disputa por el nombre de la estación ferrocarril, implica en los discursos historiográficos la primera disputa entre las dos ciudades. Plantea el historiador villamariense Rubén Rüedi (2016), que la manera en que se fundan estas ciudades se corresponde a una lógica de contradicciones argentinas como son por ejemplo el centralismo y el federalismo, es decir, se identifica una visión antagonista en la constitución originaria de ambas villas.

Ha sido el ferrocarril la representación más compleja de este contexto sociohistórico, comprendiendo diversos sentidos dentro de los imaginarios que operaban a nivel local, regional, nacional e internacional. Pero sobre todo, significó el puño con el que se trazó la transformación de un territorio que ya no era una posta, ni una ciudad sino dos ciudades en proceso de fundación.

El ferrocarril fue acompañando la ocupación del espacio a medida que se desplazaba violentamente a la población indígena con las sucesivas campañas militares en su contra —con el transporte de tropas y equipamiento— como también colaboró en el desplazamiento de las fuerzas militares contra los caudillos provinciales que resistían la «unificación nacional» (Rüedi, 2016; Pedernera, 1970; Calvo, 1989). Fue la condición necesaria de la construcción de la Argentina moderna, del Estado argentino junto al mercado nacional y la puesta en valor de las economías regionales.

Es a partir de este contexto histórico, específicamente desde la última mitad del siglo XIX, que se establece una relación dependiente de Villa María sobre Villa Nueva. Estos aspectos son centrales para indagar en los imaginarios de la época, donde emerge este terreno de disputa que relata la historiografía local, sobre todo desde la pluma de Pablo Granado, quien tuvo una vasta trayectoria a nivel local y nacional, no solo como escritor (en rol de historiador, cuentista, entre otros) sino también como director de Cultura de la Municipalidad de Villa Nueva, integrante de la Junta Municipal de Historia y periodista. En este sentido, aquí se enfatizará en su faceta de escritor y/o periodista, ya que se dedicó a la divulgación y a la promoción de las ideas políticas que dieron origen a la constitución de Villa Nueva. Es decir, se llega al punto de decir que el imaginario sobre la localidad fue elaborado a partir de su interpretación y narración de los hechos que Granado describe en sus textos. En este sentido, se puede decir que el escritor se construye como agente social que narra la historia oficial de la localidad.

Estación
ferroviaria de Villa María – Principios del siglo XX
Imagen 1
Estación ferroviaria de Villa María – Principios del siglo XX
Rüedi, 2016.

4.2. Sobre catástrofes (como) «naturales». El ciclón y las epidemias

Las catástrofes y epidemias que sucedieron en Villa María y Villa Nueva a fines del siglo XIX y a principios del XX emergen en la bibliografía histórica trabajada como rasgos en los imaginarios sociales como propios de la naturaleza, condicionantes de la dinámica comercial y desligados de la intervención humana. Como enfatiza Granado (2011:136): «Desde las inundaciones, hasta los ciclones, pasando por toda la gama de epidemias, Villa Nueva tuvo que soportar como el ave fénix, levantarse desde sus propias cenizas, y levantarse en un solo esfuerzo». Aquí se presenta ese imaginario que, a su vez, concede el atributo identitario a Villa Nueva como una localidad con capacidad y fortaleza para reconstruirse y resurgir como «el ave fénix» ante la embestida de su vecina ciudad y también del derrotero ambiental.

El cólera fue una de las primeras epidemias que castigó a esta región, ocurrió en octubre 1867 (Granado, 2011; Pedernera, 1970) cuando el país se encontraba en plena guerra con el Paraguay, por lo que en Villa Nueva se acantonaban los distintos contingentes y regimientos destinados para aquellos frentes de batalla; se reunían también distintos grupos para reforzar las guardias. Para el día 28 el cólera se había adueñado del pueblo, la situación era delicada, por lo que el Superior Gobierno de la Provincia, el juez de Alzada Antonio Centeno, lo comunica ese mismo día al Protomédico de la Provincia Luis Warcalde, para que se traslade de inmediato a Villa Nueva (Granado, 2011).

Al respecto, Granado (2011) grafica la situación que se vive en ese momento, apelando a rasgos de un imaginario que, de algún modo, interpela al habitante de Villa Nueva:

El avance del cólera generó que la gente huya de sus viviendas, es el momento en que se olvidan muchos valores humanos y queda en pie solamente salvarse cada cual como pueda. Las autoridades también huyen, tanto la municipalidad, como los juzgados se encuentran de pronto acéfalos. (140)

El avance de la epidemia era inminente y se agravaba aún más porque no había medicamentos suficientes, ni personal idóneo. A partir de esto, el médico Warcalde toma las medidas preventivas que las circunstancias aconsejan. En tanto, los trenes no llegaban a la estación desde Rosario, deteniéndose en Fraile Muerto, pues se creía que este era el portador de los gérmenes de la enfermedad, que había aparecido en Rosario el día 15, solamente tres días antes que se produjera el primer caso en Villa Nueva (Granado, 2011; Calvo, 1989).[7]

Otro de los momentos difíciles sucedió con la inundación que sufrieron Villa Nueva, Villa María y la región en 1891. Ante esto, desde la estación de ferrocarril en Villa María se comunica con urgencia al gobernador. En tanto, Granado relata la situación desde Villa Nueva:

¿Qué había ocurrido? el agua rompió el terraplén en varios lugares y por allí inundó el pueblo con inusitada violencia. Por otra parte, flanqueó el alto borde por el extremo sur, derramándose en la zona de chacras y corriendo impetuosa por la cañada de los Castañotes. (2011:150)

El desastre se extendió desde Villa María hasta la localidad de Ballesteros, 72 postes, de telégrafo nacional, habían sido desterrados por la fuerza de la correntada.

No solamente las cuestiones climáticas fueron detonantes, sino que también estos eventos tuvieron sus consecuencias en el arco dirigencial y político local. Incluso, según el imaginario construido por la historiografía oficial, esta inundación provocó el retroceso de Villa Nueva, ya que se perfilaba como una localidad pujante y progresista. En esta línea, Granado (2011) argumenta:

Muchos opinan que la creciente de 1891 determinó el alejamiento de Villa Nueva de las grandes capitales comerciales que en ese momento giraban en su plaza; queremos aclarar que eso no ocurrió de ninguna manera en forma masiva. Aquí quedaron los Piattini, los Freytes, los Villasuso, los Soto, los Carranza, los Barcia, los Urtubey, etc. que eran los más fuertes comerciantes en ese entonces. Lo que ocurrió, salvo contadas excepciones, fue que Villa Nueva, curó todos los desgarramientos de las crecientes del año 1891, con la sola fuerza de sus hijos. Los comerciantes tuvieron que recurrir a sus créditos, para reponer las mercaderías perdidas, con lo cual limitaron, por varios años, el monto de sus giros. Continuaron en Villa Nueva pero empobrecidos. Villa Nueva quedó reducida a foja cero; de allí arrancó de nuevo. (2011:160)

Para finalizar la descripción de este momento determinante en las historias fundacionales de cada ciudad, donde se narran los hechos climáticos y catástrofes que generaron múltiples inconvenientes en Villa Nueva, Villa María y la región, Granado (2011) señala que hubo una serie de crecidas del río durante los primeros treinta años del siglo XX, aunque las aguas no pasaron las posibilidades de contención del dique.

De este modo, la historiografía local (a través fundamentalmente de Granado y Rüedi) construyó estos momentos dramáticos para las comunidades de Villa Nueva y Villa María, donde los mayores daños los sufrió la primera repercutiendo en su progreso social, económico e infraestructural. A partir de esto, se puede decir que se elaboró un imaginario de los costos y esfuerzos que le significó a Villa Nueva dichas catástrofes posicionándola en un lugar cuasi inferior, de atraso y, por ende, de retroceso en su desarrollo económico y social.

4.3. De puentes tendidos. ¿La capitalización de Villa María?

El río Ctalamochita podríamos decir es un límite, una frontera y, a su vez un punto de conexión, entre las localidades de Villa María y Villa Nueva. En su momento, hacia mediados del siglo XIX, había distintos medios de transporte para cruzar el río, prevaleciendo el caballo (en algunas partes del cauce de agua), también se instrumentaron canastones flotantes para llevar mercadería de un lado a otro de la costa, hasta un sistema de roldanas con soga que cruzaba el río.

El emprendimiento inaugural en la construcción de un puente estuvo a cargo del vecino Antonio Santolini que le propuso en el año 1869 a la Municipalidad departamental construir un puente de madera. Esta iniciativa fue aprobada por el Concejo Deliberante de la Corporación Municipal de Tercero Abajo, donde le exigieron a través de una claúsula que debía responder con todos sus bienes como garantía de las cargas que se transportarían. Asimismo, se acordó una tarifa para el cruce de peatones o equinos (Calvo, 1989; Pedernera, 1970; Rüedi, 2016).

Según Rüedi (2016), el puente tuvo vida corta porque un día el río Ctalamochita creció por las intensas lluvias y el puente fue vencido en sus bases, por lo cual terminó destruido.

Con el puente también se hundieron los sueños empresariales y la inversión del ambicioso Antonio Santolini pero, en la memoria colectiva, el destartalado puente de madera quedó grabado como precursor de los otros que con el paso de los años se estrecharían como brazos de hermandad entre las dos villas ribereñas. (43)

Posterior a este puente que duró poco tiempo, los vecinos de Villa Nueva solicitan ante el Gobierno nacional, específicamente al ministro Dalmacio Vélez Sarsfield, la construcción de un puente que una Villa Nueva con la estación ferrocarril Villa María (Granado, 2011; Calvo, 1989).

En el acontecimiento recreado por los historiadores locales, la gestión del puente generó posiciones contrapuestas entre Villa María y Villa Nueva. Si bien se logró que el presidente Sarmiento comprara dos puentes a Italia, donde uno de ellos tuvo como destino la actual ciudad de Bell Ville y el otro para Villa Nueva–Villa María, este macizo de hierro no pudo colocarse porque era corto, lo cual tuvo que reestructurarse para ser inaugurado el 1 de enero de 1881 (Rüedi, 2016; Pedernera, 1970). Mientras tanto, las disputas políticas se agudizaban, donde «las maniobras políticas de la gente de Villa María, impedía cualquier trabajo a favor del puente, para favorecer la llegada de mercaderías por otros caminos hasta la estación del ferrocarril» (Granado, 2011:198).

Este puente, llamado Vélez Sarsfield, duró hasta el año 1927, su estructura se desmoronó en una de sus partes centrales del lado de Villa María. No obstante otro se inauguró en 1930 que se lo denominó Juan Bautista Alberdi, el cual fue construido en el sitio donde originalmente iba a colocarse el puente traído de Italia (Rüedi, 2016).

El tendido de los diversos puentes tiene un acento particular principalmente como un lugar donde dirimir viejas disputas, tal como plantea Granado (2011). Al mismo tiempo, Rüedi construye un relato «amistoso» entre ambas villas donde lo conflictivo tiene un carácter anecdótico: «el tiempo se encargó de hermanar a las dos ciudades y de tender puentes sociales, culturales y afectivos…» (2016:105).

Con la propuesta de visibilizar los antagonismos, se trae un acontecimiento sucedido el último domingo de carnaval de 1904 cuando dos bandos de gladiadores (uno de Villa María y otro de Villa María):

se enfrentaron en el río a varios round y con la presencia de un árbitro de combate que dio por finalizada la pelea por adelantado dado los daños físicos, otorgando la victoria a los de Villa María ante la queja de los de Villa Nueva. Este relato de un corte próximo a lo literario ilustra las situaciones de disputa vividas, a principio del siglo XX entre ambas localidades. (Rüedi, 2016:128)

Estos puentes simbólicos que parece que enfrentaban más que unir a las dos ciudades, encontraron en 1871 un acercamiento repentino, cuando el Congreso Argentino aprobó un proyecto de Ley que federalizaba un territorio, estableciendo a Villa María como la Capital Federal del país. Lo cual duró muy poco tiempo, ya que cuando esa Ley llegó al Poder Ejecutivo, el Presidente de la Nación Domingo Faustino Sarmiento la vetó, por lo cual nunca estuvo en vigencia, aunque queda en la(s) memoria(s) que esta ciudad fue capital del país.

La capitalización de la(s) villa(s) es un tema presente en la historiografía local. A su vez, en el proyecto de ley aunque no se hace mucha referencia que según la ley vetada, la capital del país se hubiera designado en una área superficial que no excediera los 225 kilómetros cuadrados, de un lado y otro del río Ctalamochita, por lo que la capital del país no puede ser adjudicada ni a Villa María ni a Villa Nueva (Granado, 2011). En este sentido, Granado dice en alusión a dicho imaginario en oposición a la otra villa:

este tipo de festejos solamente corresponde a la mentalidad de los pueblos aún inmaduros o que no tienen ningún hecho histórico de real valía para recordar y festejar (...) exhortamos a la gente de Villa Nueva que olvide el hecho sin trascendencia alguna, de no haber sido declarada capital federal nuestra villa, uno solo de sus hechos históricos vale más, mucho más que una Ley vetada oportunamente. (2011:264)

Por su parte, Rüedi (2016) relata la capitalización enfatizando en la postura de los medios gráficos de la época (El Nacional, periódico dirigido por Dalmacio Vélez Sarsfield; y La Nación, conducido por Bartolomé Mitre). El Nacional expresaba: «por su posición magnífica sobre la margen izquierda del Río Tercero, rodeada de inmensos bosques y fértiles terrenos, llamó la atención de todos» (42). Mientras que La Nación enunciaba:

En Villa María no habrá distracciones. Un hombre no podrá ir al teatro o tener una hora de sociedad amable después de haber dado doce horas al trabajo. Si llevamos el desierto al gobierno nacional vendrán los indios y lo llevarán, vendrán los montoneros y lo podrán a cada paso en jaque. (42)

A partir de esto, se puede decir que la posibilidad trunca de la capitalización de las villas repercutió aún más en el imaginario de los pobladores de Villa María que por un momento dejaron de lado los antagonismos para pertenecer a una especie de identidad de un territorio regional.

5. Reflexiones finales

Entre los historiadores que se posicionan como gurúes de la historia oficial de los orígenes de cada ciudad, hay una necesidad de pensar toda la historia, no solo el contexto fundacional. Estos discursos históricos se han ocupado de mostrar las características antagónicas que desde sus orígenes constituyeron a ambas villas con el objetivo de diferenciarlas, de resaltar la división propuesta por el río y configurar territorio(s) —Villa Nueva y Villa María— con características diferentes. La misma historiografía que ha hecho un esfuerzo incansable por adjudicar elementos distintivos en las identificaciones culturales de los gentilicios villanovense y villamariense. Esfuerzo que no surte efecto al momento de narrar los procesos, donde las historias se entrecruzan, dialogan y cuestionan.

Dicen Costa y Mozejko (2001) que lo que está en juego no es tanto la verdad de los hechos del pasado sino más bien el control de la definición de la verdad en la historia y las estrategias discursivas utilizadas guardan relación con las características que definen la competencia de los agentes sociales que intervienen en la disputa por ese poder.

Por lo que la tensión entre los diversos imaginarios sociales existe y sirven para que cada ciudad la reutilice en la constitución de su identidad colectiva configurada en torno a una mirada totalizadora de la historia local.

Como se dijo, estas historias no pueden dejar de pensarse como territorio de una identidad regional que muestra desde sus orígenes, la forma en que lo local se dotó de sentido en un contexto sociohistórico provincial y nacional. Tanto la Posta como el Ferrocarril, se inscribieron en sucesos que excedieron lo local–regional pero que en este territorio cobraron sentido para discusiones como lo tradicional y lo moderno. Imaginarios fuertemente anclados en discusiones de fines del siglo XIX en Argentina.

Hemos insistido con la idea de que en todo relato sobre un territorio habita alguna construcción sobre las sociedades que se asocian a él. Por ende, la apelación a «lo regional» pretende dar cuenta de diferencias significativas en relación con un todo mayor que las contiene, incluso para negarlas o marginarlas. Si esto es así, los territorios con identidades regionales podrían leerse como formas de representar las diferencias y asimetrías internas de una sociedad, relatos capaces de asignar a cada segmento un lugar dentro de la configuración social y territorial del país.

Así como la división de ambas ciudades es una construcción social que se divide artificialmente, lo mismo sucede con las historias, que no son vividas como procesos sino como compartimentos fragmentados que se constituyen antagónicamente como si el río fuera más que un accidente natural, «lo natural naturalizado».

No obstante, no se pretende imponer una idea de identidad regional que invisibilice las construcciones sociales particulares sino que se intenta mostrar la manera en que esas fronteras culturales han servido para construir imaginarios sociales que convivieron simultáneamente como proceso histórico dialéctico. Es decir, no era tradicionalismo versus modernismo, posta versus ferrocarril, conservadurismo y liberalismo, etc. sino que coexistieron como parte de un contexto histórico que atravesaba el nivel nacional (e incluso latinoamericano). Estas dos ciudades, en un mismo territorio, vivieron procesos que correspondieron a la coyuntura, solo que desde sus orígenes, se apropiaron de imaginarios sociales locales opuestos que le permitieron constituir sus particularidades, sus identificaciones.

Antes de finalizar, se presenta un punto central en esta construcción de los imaginarios trabajados, los cuales emergieron de discursos históricos que a su vez procedieron de escritores en la posición de narradores, relatores o divulgadores de la historia local regional (Fonseca, 2004; Calvo, 1989; Granado, 2011;Pedernera, 1970; Pereyra, 2012; Rüedi, 2016). En este sentido, dichos agentes sociales tienen una relación cercana con la historia de modo autodidacta (salvo el caso de Luciano Pereyra que es profesor de historia), o en algunos casos como docentes o periodista. Es decir, dichos historiadores de oficio del discurso historiográfico local construyeron los imaginarios que aquí se plantean. De algún modo, ellos actúan de «voceros», «referentes» en este campo y donde el aspecto a indagar es la legitimidad que le otorga la sociedad a estos sujetos. Asimismo, el uso de las fuentes de estos autores se puede decir que tiene una intencionalidad manifiesta de recuperar y apropiarse de elementos significativos para los imaginarios locales.

A modo interrogantes abiertos, surge la necesidad de pensar: ¿en qué medida estos imaginarios están presentes? ¿Han mutado hacia otros? ¿Han emergido otros? Y respecto de la idea de territorio ¿Ha perdido su carácter totalizante? En este sentido, a comienzos del siglo XXI dicha indagación nos sigue interpelando para poner en tensión la construcción identitaria de Villa Nueva y Villa María.

Referencias

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Benjamin, W. (2001). Tesis de filosofía de la historia. Barcelona, España: Etcétera.

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Carbonari, M.R. (2009). De cómo explicar la región sin perderse en el intento. Repasando y repensando la Historia Regional. História Unisinos 13(1):19–34, Janeiro/Abril.

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Rüedi, R. (2016). Historia de Villa María. Villa María, Argentina: El Narval Ediciones.

Notas

[1] «Quebracho» López fue gobernador de Córdoba desde 1835 a 1852 con una interrupción de unos meses en 1840.
[2] El término «territorio» (del latín «terra») remite a cualquier extensión de la superficie terrestre habitada por grupos humanos y delimitada (o delimitable) en diferentes escalas: local, municipal, regional, nacional o supranacional. Se trata del espacio estructurado y objetivo estudiado por la geografía física y representado (o representable) cartográficamente. Sabemos que el territorio así evocado está lejos de ser un espacio «virgen», indiferenciado y «neutral» que solo sirve de escenario para la acción social o de «contenedor» de la vida social y cultural. Se trata siempre de un espacio valorizado sea instrumentalmente (v.g. bajo el aspecto ecológico, económico o geopolítico), sea culturalmente (bajo el ángulo simbólico–expresivo). En efecto, el territorio solo existe en cuanto ya valorizado de múltiples maneras: como zona de refugio, como medio de subsistencia, como fuente de productos y de recursos económicos, como área geopolíticamente estratégica, como circunscripción político–administrativa, como «belleza natural», como objeto de apego afectivo, como tierra natal, como espacio de inscripción de un pasado histórico o de una memoria colectiva, como símbolo de identidad socioterritorial, etcétera (Giménez, 1996).
[3] Más allá de las distintas alternativas de teorización y de prácticas de regionalización, puede encontrarse un rasgo común en las distintas aproximaciones a la construcción del problema de la regionalidad: consiste en un desplazamiento que llevó permanentemente a optar por teorizar sobre sus objetos preconstruidos (regiones) y en menor medida sobre los procedimientos de construcción de dichos objetos, eludiendo toda reflexión sobre el sentido político y cultural que involucra el ejercicio de regionalizar (Quintero, 2002).
[4] Esto afectó directamente a Villa Nueva cuando en agosto de 1867, el inspector de postas y caminos del Oeste, Ireneo Vega, llegó a esta ciudad para poner en posesión de su cargo de Administradores de Correos Nacionales a Romualdo Urtubey, que estimamos fue el primer «Jefe» de correos nacionales en Villa Nueva. Ante esta situación dice Granado, «en esto, como en otras cosas, se ve la mano de Manuel Anselmo Ocampo, la orden proviene desde Buenos Aires y fueron inútiles el envío de notas firmadas por los vecinos, encabezados por el cura párroco Dr. Silvestre Ceballos» (2011:190)
[5] La empresa ferroviaria Ferrocarril Central Argentino recibió 3680 kilómetros cuadrados de tierras en concepto de concesión, repartidas entre franja y donación adicional (346.000 hectáreas). Fue una de las concesiones de tierras a empresas ferroviarias más conocidas y criticadas aunque hubo otras concesiones superiores a ella. Con la construcción del Ferrocarril Central Argentino, se pudo unir Rosario con Córdoba en doce horas. Hasta entonces, las diligencias tardaban por lo menos cuatro días en hacer el mismo trayecto, y las carretas, 25 a 30 días (Calvo, 1989).
[6] La primitiva estación del ferrocarril Central argentino, en la incipiente Villa María, no puede haberse llamado de otra manera que «Villa Nueva», cuando fue inaugurada el 1° de septiembre de 1867. Según lo observado por Granado:
[7] Por su parte, Rüedi (2016) menciona que la epidemia tuvo sus causas en las condiciones de hacinamiento y promiscuidad en las que vivían los trabajadores de la obra del ferrocarril entre Fraile Muerto y lo que sería Villa María.
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