Debates
Cultura y política en tiempos oscuros. La Argentina de la restauración neoliberal
Nota aclaratoria: no hay nada de “objetivo” en lo que sigue. Mejor dicho: lo único objetivo son los datos. Pero no soy objetiva. No lo puedo ser. Desistí de reprimir mi escritura y poner todos los adjetivos que se merecen.

En solo 150 días el gobierno democrático de la alianza Cambiemos destruyó como una aplanadora psicótica lo trabajosamente construido en los últimos 12 años en Argentina.
Podría empezar por cualquier lado. Elijo comenzar por el empleo.
Se ha creado un sitio en Facebook, el Despidómetro, que mide en tiempo real los despidos en el estado: 33.052 al 26 de mayo de 2016. Y siguen sumando.
En el sector privado ya en febrero de 2016 se habían perdido cerca de 56.000 empleos, siendo los sectores más golpeados la construcción, la metalúrgica, la industria petrolera, el comercio, la gastronomía y el sector textil. Al día de hoy, se estima que hay casi 200.000 despedidos entre empleos públicos y privados.
Además de lo terrible que significa dejar en la calle a miles de familias en un contexto de seria caída de las oportunidades de empleo, los despidos en el estado tienen un costado que señala directamente al corazón de las políticas de un gobierno neo cons: la destrucción de la intervención estatal. Se han cerrado, desfinanciado, descontinuado o simplemente derivado y librado a la ejecución provincial, centenares de programas públicos que promovían la inclusión social. Conectar Igualdad. Argentina Sonríe. Programa de Atención a Víctimas de Delitos Sexuales. Programa de Atención a la Niñez y Adolescencias Vulnerables. Asistencia Integral a los Sin Techo. Orquestas Juveniles. Agua Más Trabajo. Mejor Vivir… Son tantos que no alcanzarían los renglones de toda la página.
Los datos asustan. El gobierno de Cambiemos elevó las tarifas de los servicios a niveles insoportables: 530% en servicio eléctrico, 300% en gas, 370% agua, 71% en colectivos, 233% en trenes. La inflación de abril fue la más alta de los últimos 14 años (en 2002, la Argentina estaba atravesando la crisis más severa de su historia). El poder adquisitivo del salario cayó casi el 10% en apenas meses según algunas mediciones.
¿Cómo es posible que se produzcan tantos cambios en tan poco tiempo? ¿Cómo se diseña un discurso capaz de proveer de lógica a tamaño desguace del estado? ¿Cómo se justifica el tremendo ajuste económico que impacta en la vida cotidiana de millones de personas? ¿Y cómo estas personas otorgan consentimiento a la evidente transferencia de las ganancias desde el sector público a las grandes empresas sin escandalizarse?
Stuart Hall decía que el lenguaje es el primer escalón de las representaciones compartidas. El lenguaje llena el sentido común y este hace mella en la vida cotidiana, explica y organiza lo que de otro modo no hallaría explicación. Para Cambiemos, los despedidos del estado son “ñoquis”, término consagrado en los ’90 que condensa la idea de personas que solo concurren al trabajo el día 29 (el día en que se come ñoquis) a cobrar. El terrible ajuste en nuestros bolsillos se traduce como “sinceramiento de la economía”, y al sinceramiento se le suman promesas de que en el corto plazo “vamos a estar mejor”. Se sostiene, aunque cada vez con más fragilidad, la propuesta de “Pobreza Cero”, aun cuando la Universidad Católica Argentina (UCA) acaba de hacer públicos los resultados de su Encuesta de la Deuda Social que señala que en el país hay 1.400.000 más pobres desde diciembre de 2015. Los genios que administran los aparatos culturales sacan de las emisoras de televisión y radios públicas a periodistas que no comulgan con su ideología; dicen que así se salda la grieta y se “promueve la pluralidad de voces” - eufemismo que, de verdad, nunca llegué a entender-. Hacer frente a los aumentos de la nafta se reduce, según el Ministro de Energía, ex CEO de Shell, a una cuestión de racionalidad del consumidor: “el que considera que no puede cargar, que no cargue el tanque”. Desestima, oculta, evade, omite, en el propio discurso, que los aumentos en las naftas traen aparejados aumentos en las provisiones diarias, especialmente en un país con la extensión de la Argentina, donde la mayoría del transporte de alimentos y otros bienes se realiza en camiones, que utilizan combustible, y cuyos costos recaen, finalmente, en la canasta familiar. La epidemia de dengue de 2016, una de las más furiosas de la historia, estuvo acompañada por el cierre de varios programas de Atención Primaria de la Salud, y simultáneamente de publicidades oficiales que cargaban la responsabilidad en los ciudadanos a los que se nos pedía “descacharrar”. Y, lo peor es que, en síntesis, todo puede ser explicado con la leyenda, o el mito, de “la pesada herencia”. Ayer mismo Macri dijo que el gobierno anterior le dejó una “bomba a punto de estallar”. Parece que para desactivarla las personas de a pie tenemos que hacer “sacrificios”, mientras aceptamos de buena gana que las mineras, los sectores agropecuarios, las empresas de combustibles y otros grupos económicos llenan sus arcas con el beneficio del tipo de cambio exportador, y alegrarnos de que seguramente lleven sus ganancias a “lugares seguros”, muy lejos de estas costas. Ni los Panamá Papers han afectado la credibilidad del gobierno.
La batalla cultural se está perdiendo por goleada. Y se nota hasta en el nivel cero del lenguaje: algunas personas que han sobrevivido a los despidos en programas sociales del estado, cuentan que han recibido órdenes de retirar de los documentos públicos la palabra “derechos”. El diseño discursivo del programa de gobierno intenta des-articular las cadenas significantes que sostuvieron las políticas inclusivas del gobierno anterior, y re-articular cadenas nuevas relacionadas con el individualismo, la meritocracia, el emprendedorismo, la ganancia personal, el esfuerzo. La patria ha dejado de ser el otro. Nos encaminamos a que la patria sea uno mismo. Y que el otro se joda: por ñoqui, por militante, por pobre. ¿El estado? Bien, gracias. Parece que no tiene nada que hacer, salvo aceitar algunos discrecionales mecanismos para engordar a los capitalistas.
(Marta no existe. Es un personaje inventado, producto, sí, de una condensación imaginaria de muchas “Martas”, resultado a su vez de múltiples interacciones cotidianas con mis vecinos/as).
A Marta me la suelo cruzar en la feria. Estas últimas semanas parece estar afectadísima por el alza de precios de la mercadería. “¡Qué caros están los tomates! ¿Viste?”, me dijo el otro día. Intenté explicarle lo de la quita de retenciones al agro y la transferencia de ganancias… “Ah, yo no sé nada de eso. De política no entiendo nada”. Pretendí entonces hablarle de la apertura de los mercados, de la liberación del cepo al dólar… “De economía que se encarguen los que saben”. Fui por lo que creía que era algo más cotidiano, la relación de la suba de los precios con la caída del (de su) poder adquisitivo. “Y claro, si Cristina se afanó todo. ¡Fue un despilfarro!”. La saludé y me fui. Me golpeó la derrota.
Cuando liberaron las restricciones a la compra de dólares ni bien Cambiemos llegó al gobierno, Marta se alegró. Es que el Ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay dijo en esa oportunidad que desde ese momento cualquier persona podía comprar hasta 2 millones de dólares por mes. Cualquier malpensado diría que Marta no sabe hacer cuentas, pero en realidad ella está convencida de que ahora somos más libres, y de que lo importante es haber vuelto a la “normalidad”.
La vuelta a un país “normal” también es lo que celebra su marido, dueño de un negocio pequeño, de barrio. Asume que las ventas descendieron y que se ha tenido que achicar. Pero lo justifica diciendo que es parte de los costos de la vuelta a la “normalidad” y que, por suerte, él tiene un “colchoncito” para ir tirando hasta que las cosas se ordenen. Un semestre, dijo Prat Gay: “Dennos un semestre de changüí para ordenar el desorden de 12 años”. Fin del comunicado.
Hace un par de años, fuimos caminando juntos, Marta, su marido y yo, hasta la plaza donde está la feria. Durante el trayecto no pararon de despotricar contra el gobierno de Cristina. Muy urticantes eran sus opiniones acerca de las cadenas nacionales, especialmente la que había ocurrido un par de días atrás, donde la presidenta había salido en la televisión con una bota, producto de un esguince de tobillo. “¿A vos te parece? ¿Por qué tiene que mostrar que está con un esguince? Es una barbaridad”, decía Marta. “¿Y si yo no la quiero escuchar?”, preguntaba retóricamente el marido. “Bueno”, le decía yo, “siempre podés cambiar de canal”. “¡Pero si está en todos lados! Esto es una dictadura”. Nada de lo que yo dijera cambiaría su opinión. Lo sabía. Solo necesitaba intentarlo. Al llegar a la plaza, nos despedimos. Ellos fueron a darse una vacuna a un stand del Ministerio de Salud que vacunaba gratis en los barrios. “Es del gobierno, es K”, atiné a decirles cuando se iban. Marta me respondió: “¿Y qué me importa? Es mi derecho”.
En estos días Marta ya no habla de derechos: habla de “colchones” para atravesar el sacrificio; de la vuelta a un país “normal”; de la libertad que tiene ahora de comprar 2 millones de dólares por mes; de los ñoquis y del sinceramiento. La batalla cultural no pasa solamente por defender los teatros (que sí hay que defenderlos); pasa también por convencer a las Martas de todo el país. Y a sus maridos. Que votaron alegremente por un gobierno que hoy los está fastidiando aunque ellos lo justifican. Y que, con la anuencia de las grandes empresas de medios de comunicación, los convencieron de que eran lo mejor que les podía pasar. ¿Son tontos culturales? ¿O algo se hizo mal para permitir que se distorsione tanto el lenguaje? Me inclino por lo segundo.
Claro que a la construcción del sentido común también aportan los grandes medios, actores de peso pleno en el campo actual de lo político. Hay información que no llega a todos lados, que circula por circuitos restringidos. A Marta no le importa lo que pasó en Brasil con Dilma; ni el giro de 180 grados respecto del Mercosur; tampoco las últimas (¡ay!) definiciones de Cancillería respecto de las Malvinas; ni siquiera le importa el desmantelamiento del Programa Orquestas Juveniles que desde 2004 venía trabajando en 20 provincias con cerca de 6000 chicos en el aprendizaje musical. Marta escucha, lee y ve lo que necesita saber. Y conversa sobre eso con sus círculos. Yo hago lo mismo. Que conste.
Desde un principio mi hipótesis fue que este gobierno neo cons va a tener que lidiar, y mucho, con la alta conflictividad social que generan sus políticas económicas. De hecho, ya ha habido una multitudinaria marcha en contra de los despidos; otra más, también masiva, de universitarios pidiendo no solo mejoras salariales sino ejecución de presupuestos aggiornados a la inflación. Los conflictos se multiplican en diversas zonas del país, con –aparentes- distintos reclamos, aunque todos confluyen en el deterioro de las condiciones de vida. Varios gobernadores de la Patagonia han acompañado las protestas, e incluso han tomado medidas en la justicia contra los tarifazos de gas (1300% -no es un error de tipeo- de aumento para el más candente de los recursos de sobrevivencia de los que viven en las provincias del sur de la Argentina, que, además, dicho sea de paso, son en gran medida productoras del mismo recurso).
Posiblemente las medidas económicas contra la población sean el germen por donde aparezcan modalidades de acción consistentes. No sé si perdurables. Al menos reactivas. El sentido común puede, efectivamente, explicar con palabras sencillas los despidos (“son ñoquis”); sostener durante algún tiempo los sacrificios para compensar los gastos de “la fiesta kirchnerista”; “descacharrar” mientras el Ministerio de Salud cierra programas; aceptar “des-ideologizar” los productos culturales. Pero difícilmente se pueda explicar que el salario no alcanza cuando efectivamente el salario no alcanza. El precio de los tomates impacta en la olla que hay que llenar.
Mientras tanto, la ahora oposición luego de 12 años de oficialismo, se deshace y se rehace en diversas alianzas, acuerdos, conteo de votos en el congreso, tomas y dacas. Las centrales sindicales (que son cinco) por fin se unieron para capitalizar una de las marchas más masivas de los últimos meses. Allí anunciaron que irían a un paro general si el presidente vetaba la Ley Anti despidos... cosa que efectivamente hizo a los pocos días. Las centrales sindicales se encuentran ahora deliberando si cumplen su promesa o no, dos ya dijeron que sí. Esto ocurre en el segundo país de Latinoamérica en cantidad de trabajadores sindicalizados.
Hubo otras dos marchas importantes e imponentes en estos cinco meses: una, la del 24 de marzo recordando los 40 años de la peor dictadura de la historia argentina; otra, la de lo que se conoce como “los ciudadanos sueltos”, de bajo nivel de organización, podría decirse “espontánea” si podemos seguir sin detenernos a analizar ese calificativo, cuando Cristina salió de su retiro patagónico para asistir a los tribunales de Comodoro Py a notificarse del procesamiento que le hizo el juez Bonadío –que no se presentó- por boca de sus secretarios. Una multitud se reunió esa mañana lluviosa debajo de los tribunales. La esperó. Y Cristina se mostró. Habló. Y la ciudadanía “suelta” la escuchó. Y lloró de emoción.
La calle parece ser la mejor salida de lo político. Llenar plazas y abrazarse. El día antes de terminar el mandato de Cristina, conocí a Lucía, una mujer de mi edad que, como yo, había quedado atrapada en un rincón de la Plaza de Mayo, sin poder avanzar ni retroceder de tantas personas que éramos. Miles de “sueltos”, y también de organizados, nos congregamos a despedirla. Todos apretujados. Con o sin banderas. Esperando que saliera la presidenta que poco después se convertiría en calabaza. Sin habernos visto nunca antes, Lucía y yo compartíamos un metro cuadrado debajo de una de las arcadas del costado de la plaza. En un momento de la tarde-noche, nos abrazamos, llorando de emoción las dos. Empezaba el duelo.
Nos sacamos una selfie antes de despedirnos. Nunca más la vi. Hoy somos “amigas” en Facebook. Pero sé que la voy a volver a ver algún día. Estoy segura.
Me estoy poniendo sentimental. ¿Pero acaso las experiencias de lo político no son sentimentales? ¿Por qué condenar la experiencia de lo político a cuestiones “racionales”? De hecho, uno de los grandes legados de estos 12 años es el vínculo intrínseco de lo más racional de lo político, con su parte más emocional, más visceral. Ayer, 25 de mayo, fecha patria por antonomasia en Argentina, la Plaza de Mayo estuvo vallada. Había temor en el gobierno por la posibilidad de reclamos, desmanes y exabruptos de un grupo de cooperativistas que estaban haciendo un acampe en la plaza. Y había aroma a desamparo en los que estaban ahí.
Lucía estuvo en esa la plaza vallada. Vía Facebook me cuenta: “Ayer cuando estaba frente a las vallas había una señora mayor que estaba con una amiga. Estaba corriendo de un lado para otro mientras lloraba, como perrito perdido. No se me ocurre descripción más gráfica. Pasó por al lado mío y le acaricié el brazo y se me abrazó y lloramos juntas un rato. Luego se soltó y se fue. Ese es el desamparo”.

Símbolo por excelencia de las concentraciones políticas, centro simbólico del poder, en la histórica plaza del peronismo del 45, de las Madres de Plaza de Mayo, de los Soldados de Malvinas, de los organismos de derechos humanos, de la manifestación de diciembre de 2001, el año pasado se organizó una fiesta. Miles de personas participamos. Este año no solo estuvo vacía, además estuvo vallada.
No hubo fuegos artificiales. Solo una taza de chocolate caliente para un grupete minúsculo.
El contraste habla de la experiencia de lo político, que incluye, por supuesto, a las emociones de lo político: la alegría y la fiesta por un lado; el miedo y el vacío por el otro.
He reservado el sintagma “la experiencia de lo político” para dar cuenta, precisamente, de las acciones ciudadanas, organizadas o “espontáneas” que reúnen a personas con ideas en común, fuera de los circuitos burocrático-administrativos. Y voy a decir “los juegos de la política”, en femenino, como sinónimo de las acciones destinadas a generar consensos, acuerdos y alianzas entre partidos -o fragmentos de partidos- para gobernar, y/o entre actores políticos y grupos sociales para consensuar medidas de gobierno. Puede resultar arbitraria esta distinción, acaso un politólogo podrá mejorarla.
Lo cierto es que la distinción me sirve para sostener otra hipótesis: y es que sospecho que este gobierno presenta varias carencias en términos de los juegos de la política. Los hechos están demostrando que la conflictividad social no puede pensarse sin las acciones de ese juego minucioso y “pasillesco” de la política. Sin acuerdos ni audiencias públicas –o aduciendo una audiencia pública del año 2006, para ser más exacta- el ministro de Energía aumentó obscenamente los servicios de electricidad; y algunos jueces ya comenzaron a recibir amparos para retrotraer las tarifas a enero. Muy poco tiempo antes de la promulgación de la ley anti despidos, vetada inmediatamente por Mr. President, algunos empresarios firmaron un compromiso de mantener el plantel de trabajadores por 180 días. Al día siguiente despidieron a un centenar. La Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual fue destruida a través de un decreto el primer día hábil de Macri en ejercicio de sus funciones. La conflictividad en este caso duró poco: la corporación judicial colaboró bastante en re-organizar las nuevas líneas de acción, amparada, obviamente, por los discursos mediáticos que venían bregando desde hacía años por el nuevo diseño regulatorio.
Lo cierto es que, con menor o mayor escala de conflictividad, llama la atención la poca habilidad de este gobierno para construir consensos que atemperen los posibles conflictos. El estilo es de una brutalidad pocas veces vista. Brutalidad no en el sentido de ignorancia, sino del poco talento para la previsión, para la gestión de acuerdos, para construir consentimiento antes de ejecutar medidas a todas luces impopulares.
¿Cómo pensar la relación entre cultura y política en tiempos neo conservadores? ¿De qué modo caracterizar el avance de estos verdaderos elefantes que se llevan todo puesto? ¿Cómo hacerlo, además, sin caer en la melancolía de lo que ya fue ni eternizarse en la crítica banal?

Stuart Hall, nuevamente, decía, en el umbral de los cambios que llevarían a Gran Bretaña al populismo de mercado de la Thatcher, que, dado que la hegemonía es siempre provisoria, una vez que pasa la coyuntura favorable hay que pensarlo todo de nuevo. Le hablaba a la izquierda especialmente: “We loose because we loose because we loose”, decía poéticamente. Y aunque le hablaba a la izquierda como buen socialista y nada peronista que era, todos debemos considerarnos hoy sus interlocutores, sin banderías. Es necesario redefinir los términos de nuestras intervenciones políticas, académicas y/o militantes.
El lenguaje del sentido común está cambiando, si no ha cambiado ya, a velocidades sorprendentes, a un ritmo de miedo. La dimensión de la cultura entendida como la organización simbólica de la experiencia (en su unidad de prácticas y representaciones), está siendo objeto focal de modificaciones, y letalmente transformada. ¿Cuánto tardaremos en cambiar sus puntos nodales otra vez? ¿Cómo re-articular los lenguajes, todos los lenguajes, el académico, el político, el económico en pos de un proyecto nacional y popular? ¿Cuándo podremos hablar de nuevo de derechos? ¿Por qué no vimos al Parlasur saliendo enfáticamente a detener el golpe a Dilma? ¿Qué hay que hacer, qué pueden / deben hacer los académicos, investigadores, intelectuales, políticos, militantes populares para incidir en estos cambios? ¿Tenemos que seguir siendo “objetivos”?
Mi hipótesis es que si cae este gobierno, será por el deterioro de las condiciones económicas; y acaso, aunque en menor medida, por la poca habilidad que muestra para gestionar consensos de gobierno.
Pero que, al menos por ahora, su caída no sucederá por movimientos en la dimensión de la cultura. Esa batalla la estamos perdiendo por “afano”. Pregúntenle a Marta si no.




