

Desde las orillas
Educar desde aprender y desaprender la “Memoria"
Revista de Investigaciones de la Universidad Católica de Manizales
Universidad Católica de Manizales, Colombia
ISSN: 2539-5122
ISSN-e: 0121-067X
Periodicidad: Semestral
vol. 19, núm. 34, 2019
Autor de correspondencia: omartinez@ucm.edu.co
Pensar la educación como un elemento de transformación de la sociedad, implica desarrollar miradas estructurales sobre cómo estamos aprendiendo y enseñando a concebir nuestras propias realidades.
La educación es un proceso de reconocimiento de nuestro contexto, un aprendizaje mental conceptual, sensorial, estético, fáctico y práctico de lo que somos como seres humanos y de nuestra relación con los demás y con un entorno en trasformación. Educar como valor primario en una sociedad es enseñar a otras generaciones, actores o grupos sociales, el cómo analizar, reflexionar, criticar y trasformar el mundo en sus múltiples escalas y dimensiones.
Cabe preguntar entonces en el marco de la denominada “modernidad” si realmente este rol social, político, moral y ético de la educación lo estamos anclando a las condiciones, necesidades y realidades de nuestra sociedad. En ocasiones parece que el discurso educativo se posiciona enunciativamente en ciertos lugares de poder, y al tiempo de manera paradójica se distancia de las relaciones emergentes que establecemos con los actores sociales de aprendizaje; educamos, pero no necesariamente trasformamos; configuramos un enunciado epistemológico, y a su vez no correlacionamos este enunciado con la realidad de nuestros contextos.
Ejemplo de ello es la estandarización de las competencias educativas en las instituciones de enseñanza, donde parece prevalece más el cumplimiento de los estándares normativos que el ejercicio reflexivo del impacto real de la transformación generacional que conlleva la educación. Es así como la educación se convierte en un sistema de medición de capacidades homogéneas en la cual se deposita el conocimiento y se trasmite a través de múltiples plataformas.
Por tanto, allí empieza la reflexión sobre la función social de la Educación desde la trasmisión del conocimiento, que además ya es estandarizado con contenidos rígidos que pueden medirse en la memorización de datos en la mayoría de casos. Existen múltiples excepciones a esta idea estandarizada de la educación, empero, evidenciamosen un patrón común: la práctica educativa desde la educación de los conceptos y la descripción evaluativa de los mismos en modelos de análisis desarticulados en las necesidades de la sociedad.
El caso colombiano no es ajeno a esta realidad, y en las últimas generaciones (salvaguardando excepciones, como siempre) evidenciamos cómo los procesos de trasformación social que vive el país no necesariamente están articulados a dinámicas reflexivas emanadas desde el sistema educativo. Dinámicas como la enseñanza de la Historia o la Ética deberían estar articuladas de manera analítica y reflexiva a la comprensión de una sociedad en conflicto, con una guerra de más de 50 años y un proceso de transicionalidad de más de 4 años, además con tensiones sociales latentes y cotidianas como la corrupción, la burocracia, la debilidad de algunas instituciones, entre muchas otras problemáticas; aunque no sean estos imperativos sociales los que determinan los contenidos y significaciones en la enseñanza de estos temas, solo basta con revisar los contenidos curriculares de estas asignaturas en las instituciones públicas y privadas del país.
En Colombia la actualidad de la política educativa debe responder a las realidades y problemáticas de nuestro contexto, no supeditarse a las agendas políticas o academicistas aisladas de los debates propios de una sociedad en transición. Los contenidos, análisis y reflexiones de las prácticas educativas en el país, deben desaprender los modelos teóricos descriptivos que simulan realidades hipotéticas, dejando por fuera la construcción social de la realidad vivida, la realidad cotidiana, aislando de los procesos de enseñanza la comprensión de la sociedad.
Educar en el momento histórico de nuestro país implica resignificar la enseñanza desde sus contextos, dejar de solo ver el pasado en la historia de papel y construir memoria en la trasformación de una sociedad en conflicto y en transición. Desaprender y resignificar las prácticas educativas amerita construir procesos de aprendizaje donde la memoria vivida, latente y plural, sean factores implícitos en el reconocimiento de las problemáticas y realidades que nos circunscriben.
El papel que jugará en los próximos años la enseñanza desde un componente trasversal como la memoria, será legitimado socialmente, desde la posibilidad de mirarnos al espejo como sociedad, ver las atrocidades, tensiones, conflictos, resistencias, pervivencias y particularmente, las resiliencias que ha dejado la guerra en una sociedad que busca trasformase desde un esquivo, pero potente valor humano, que es la reconciliación social, individual y colectiva.
Si bien son muchos los factores que una sociedad debe repensar para construir un modelo educativo acorde con las realidades y necesidades de sus contextos, en el caso colombiano, los estudios emergentes en Memoria y Transicionalidad se convierten en referente sui generis (ya nuestra conflicto armado de por sí es sui generis), por ende, este abordaje de la educación analítica, reflexiva, crítica, en la cual la Memoria se articula al proceso de trasformación social, será un paso importante en la construcción de propuestas pedagógicas, educativas, investigativas y curriculares correlacionadas con las realidades, problemáticas, tensiones y posibilidades de trasformación de nuestra sociedad.
Notas de autor
Correspondencia: omartinez@ucm.edu.co
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