

Incorporaciones
Discurso de recepción por la incorporación de la académica Martina Vinatea Recoba a la Academia Peruana de la Lengua
Boletín de la Academia Peruana de la Lengua
Academia Peruana de la Lengua, Perú
ISSN: 0567-6002
ISSN-e: 2708-2644
Periodicidad: Semestral
vol. 76, núm. 76, 2024

Ilustrísimo señor presidente de la Academia Peruana de la Lengua, ilus- trísima señora rectora de la Universidad del Pacífico, ilustrísimo señor secretario de la Academia, señora académica en toma de posesión, señores académicos de número; señoras, señores:
Por acuerdo del honorable consejo directivo se me ha designado para dar la bienvenida a doña Rosa Martina Vinatea Recoba a la Academia Peruana de la Lengua. Esta Academia que fundara el 5 de mayo de 1887 don Ricardo Palma. Al recibirla en el pórtico de esta alta casa, que ahora será suya, la conduciré por una sala inefable por donde ingresamos todos. Una sala donde el tiempo ha levantado sus paredes de cristal, y donde todo luce en un mismo instante. Desde aquí podemos ver entonces, ahora mismo, cómo nos están observando, desde sus severas sillas, las dignidades de esta ilustre corporación que, desde fines del siglo xix, la forjaron y la soñaron para el Perú. Inclinémonos primero ante los pasados presidentes de la Academia: aquella luz brillantísima es la luz inapagable del primero de ellos, don Francisco García Calderón, el rector de San Marcos y presidente del Perú. Aquella otra, es la luz del también rector de San Marcos, don Javier Prado. Esa centella fulgente es la luz de don José de la Riva Agüero. Y aquellas otras que resplandecen a su lado son las llamas vivas de don Víctor Andrés Belaúnde, de don Aurelio Miró Quesada Sosa, de don Augusto Tamayo Vargas, de don José Jiménez Borja, de don Luis Jaime Cisneros.
Y aquí, en estas sillas más cercanas, están las luces de los académicos de número que nos han precedido, y que ayer nomás conocimos. Esta, de inconfundibles colores, es la de don Fernando de Szyszlo; aquella otra, centelleante como un fuego de san Telmo, es la del padre jesuita don Rubén Vargas Ugarte, rector de la Universidad Católica; y esta luz memoriosa es la de don Luis Alberto Sánchez, rector de San Marcos; aquella otra luz dorada es la de don Francisco Miró Quesada Cantuarias. Esa luz que titila como estrella es la alta luz de don Guillermo Lohmann Villena, un día rector de la Universidad del Pacífico; y la luz de aquella dama inconfundible es la de doña Martha Hildebrandt.
Tiempo habrá de venir a discurrir con todos ellos con calma, en este recinto sin sombras, sin peso, sin final. Y, también, con los demás académicos que no hemos alcanzado a nombrar, por ejemplo, don Raúl Porras Barrenechea; o nuestro querido Martín Adán (nacido en el mundo como don Rafael de la Fuente Benavides); y muchos más. Todos ellos son nuestros paradigmas. Lo serán por siempre.
En esta armonía de espacios y tiempos compartidos, podemos ver cómo la primera sesión solemne de la Academia Peruana de la Lengua, la de 1887, se celebró en la vieja casona de San Marcos, en el hoy Parque Universitario. Esta tarde, con inmenso cariño, la celebramos aquí en esta sede de la bien nombrada Universidad del Pacífico. Y ya, en el ámbito de esta sesión solemne, debo destacar ante ustedes, dignísimos académicos, y señoras y señores, las virtudes de doña Martina Vinatea, que son las que la han traído a estar entre nosotros. Ella ama la heurística y la filología; y sus trabajos posan su interés en las mujeres virreinales. Como sabemos, gracias a investigaciones, como aquellas que realizara el que fuera exjesuita, Luis Martín -autor de ese delicioso libro: Las hijas de los conquistadores-, en los siglos xvi y xvii, en el virreinato del Perú las niñas inteligentes que gustaban del estudio no fueron privadas de una educación exquisita. Sus centros académicos, o mejor, sus claustros, estaban en los conventos. Y allí cursaban sus estudios, no solo las aristocráticas monjas de velo negro, cuasi sabias y cuasi eruditas, que ingresaban al convento con sus sirvientas y esclavas incluidas, sino que también las niñas ricas que no gustaban de conventos podían ser recibidas como alumnas externas en clases rigurosas de lectura, aritmética y hasta de latín, que eran bastante costosas. Obviamente, también había educación para acoger a las huérfanas y a las mestizas. Y es que esta era la época de los humanistas, que no le ponían género a la inteligencia. Estos centros de enseñanza femeninos están identificados y no solo existieron aquí en Lima. Y estas mujeres bien educadas eran a veces poetas y escritoras. La historiadora y filóloga, doña Martina Vinatea, tiene hecho un catálogo de unas sesenta de ellas; y las ha clasificado en escritoras de academia, escritoras de convento y escritoras de beaterio. De once de estas escritoras, ella puede dar cuenta enteramente de sus obras. Y en su discurso de incorporación de esta noche nos ha presentado a la monja capuchina sor Juana María, una niña nacida en Lima, cuyo verdadero nombre fue Josefa de Azaña y Llano y que murió a los cincuenta y dos años en su convento de Cajamarca. Una poeta enterada, que en sus versos da cuenta de la angélica monja de México, sor Juana Inés de la Cruz (aquella de «Hombres necios que acusáis / a la mujer sin razón») o de la ardiente poeta portuguesa del monasterio de la Rosa de Lisboa («¡Qué suspenso, qué fragor, qué cuidado / me estás ocasionando Cupido tirano!»), y que escribía bajo el nombre de Violante do Céu, que es como decir en castellano, Violante del Cielo.
Debo decir de la académica que incorporamos esta noche que ella disfruta el hermoso trajín en pos del rescate de estos documentos del pasado que aseguran y fijan el patrimonio literario que nos legaron las mujeres del Renacimiento y de la Ilustración en el Perú. Es doctora en Filología Hispánica por la UNED de España, y doctora en Historia por la Universidad de Navarra; el bachillerato y la licenciatura en Lingüística y Literatura los obtuvo en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es coeditora conmigo del Boletín de la Academia Peruana de la Lengua, pero la última vez interrumpió sorpresivamente sus tareas para irse varias semanas en busca de unos pergaminos de los que tenía noticias en el Archivo de Indias de Sevilla. Y regresó con tres mil folios digitalizados.
En la Universidad del Pacífico, su centro de labores, dirige el Grupo de Estudios Indianos, que es todo un complejo de investigadores que habitan permanentemente en los siglos xvi, xvii y xviii.
La doctora Vinatea, desde su tesis de bachiller, ha tenido una notable predilección por las voces religiosas. No en balde suele decir con orgullo que se llama Rosa por nuestra santa Rosa de Lima y Martina por nuestro san Martín de Porres. Pero, son las voces femeninas de la religión las que más la han atraído. En su tesis de bachiller de la Universidad Católica, bajo la guía de ese inolvidable maestro, asesor de tesis exquisitas y miembro también de la Academia Peruana de la Lengua, don Enrique Carrión Ordóñez, empezó a formarse con Amarilis indiana. Y estudió a aquella niña de hace cuatrocientos años que le confesaba a Lope de Vega que ella nunca tuvo «por dichoso estado / Amar bienes posibles, / Sino aquellos que son mas impossibles». Y que «A estos ha de amar un alma osada, / Pues para mas alteza fue criada». Y el asombrado Lope de Vega, ante esta proclama femenina de comienzos del siglo xvii, le contestó diciendo:
Vos de la linea Equinoccial Syrena,
Me despertays de tan profundo sueño.
Que rica tela, que abundante y llena De quanto al mas Rhetorico acompaña, Que bien parece que es Indiana vena. Yo no lo niego, ingenios tiene España, Libros diran lo que su Musa luze; Y en propia Rima, imitacion estraña. Mas los que el Clima Antartico produze Sutiles son, notables son en todo, Lisonja aquí, ni emulacion me induze.
Todo esto ocurrió en 1621, en los tiempos de santa Rosa y de san Martín de Porres. Estas son las épocas que trabaja doña Martina Vinatea. Ella también, desde la teoría del ritmo castellano, en esa temprana tesis de bachiller, nos aclaró que Amarilis había usado en sus versos la estancia, propia de la canción petrarquista y que no se trataba de silvas, como se nos había repetido en la escuela desde la época de don Marcelino Menéndez y Pelayo. Un tiempo más tarde, doña Martina echó un cuarto a espadas en un tema delicioso: la identidad de Amarilis; y averiguó que podría ser la hija del poeta portugués afincado en Huánuco como minero, Enrique Garcés, el traductor de Os Lusiadas, ya que la niña era monja también, como lo fue Amarilis. Y escritora, como lo fue su padre.
Doña Rosa Martina Vinatea, al darle la bienvenida a la Academia Peruana de la Lengua, debo ponderar opera et dies, los trabajos y los días de nuestra corporación plena de fervor y lozanía. No voy a enumerar los congresos internacionales, que la Academia Peruana organiza con envidiable éxito, porque son muchos. Pasado mañana nomás, el 24 de octubre, inauguramos la decimonovena edición del congreso internacional titulado: «Avances en fraseología y lexicología hispanoamericana», esta vez acompañados de la Academia Chilena de la Lengua. Tampoco voy a enumerar las decenas de cursos y conferencias virtuales, con los que la Academia sirve a educandos y profesores de todo el país, porque son casi cotidianos. Quiero detenerme solo en las publicaciones; en la sostenida secuencia de libros que son publicados bajo su auspicio, donde destaca la colección de Clásicos Peruanos que dirigió durante su presidencia don Ricardo Silva Santisteban, acrecentando el precioso legado de don Aurelio Miró Quesada Sosa; o la admirable publicación, durante la presidencia de don Marco Martos, del Diccionario de peruanismos, una obra fundamental dirigida por don Julio Calvo Pérez, de mil ciento cincuenta páginas impresas y que está también en línea para consulta del mundo entero; con la cual queda asegurado el patrimonio de las voces de nuestro castellano, el castellano del Perú, o como diría otro académico insigne, el por muchos años rector de la Universidad del Pacífico, don Pedro Benvenuto Murrieta, el lenguaje peruano. De estos días, que son de la gestión del presidente, don Eduardo Hopkins, debo resaltar que el Boletín de la Academia Peruana de la Lengua (quinientas cincuenta páginas en el último número) se alza como la única revista de literatura en el Perú en el primer cuartil (Q1), de la severa indexadora Scopus, y lo hace por segundo año consecutivo (2022 y 2023). Justamente los años en los que usted nos ha acompañado en la edición.
Doña Martina, le deseo que su presencia entre nosotros —ahora que, con toda justicia, ya es académica de número— sea rutilante, como que ya conocemos bien de su talante y de sus muchas cualidades; y que alguna vez los académicos de las generaciones futuras, cuando desfilen hacia su incorporación, al pasar por esa sala de cristal —sin peso, sin sombras, donde queda abolido el tiempo— digan, esa luz blanca es la luz amable de doña Rosa Martina Vinatea.
Muchas gracias.

