

Incorporaciones
«Relación burlesca de las horas canónicas que ejercitan las capuchinas», de Josefa de Azaña y Llano (1747)
Boletín de la Academia Peruana de la Lengua
Academia Peruana de la Lengua, Perú
ISSN: 0567-6002
ISSN-e: 2708-2644
Periodicidad: Semestral
vol. 76, núm. 76, 2024

Señor presidente de la Academia Peruana de la Lengua, señora rectora de la Universidad del Pacífico, señores vicerrectores, señores miembros de número de la Academia Peruana de la Lengua, señoras, señores:
No puedo iniciar este discurso sin antes agradecer a los maestros que me enseñaron a amar nuestra lengua y nuestra literatura. Algunos son o fueron académicos de número y otros, no; sin embargo, guardo por todos ellos una enorme gratitud: Carlos Gatti, Jorge Wiesse, Ignacio Arellano, Enrique Carrión, Juana Truel, Inés Cottle, Úrsula Ramírez, Luis Jaime Cisneros, Susana Reisz y tantos otros que llevo en el corazón. También reconozco que puedo estar frente a ustedes gracias al apoyo incondicional de mi familia, y no olvido a quienes pensaron en que yo podía servir a la Academia y con gran afecto me presentaron como candidata: Rocío Caravedo, Marco Martos y Óscar Coello, a quien también le agradezco por recibirme en esta corporación.
Hace más de cuarenta años, cuando era estudiante en la Pontificia Universidad Católica del Perú, llevé el curso de Literatura Hispanoamericana de los Siglos xvi al xix que dictaba el doctor Enrique Carrión. En este curso, leímos la Epístola de Amarilis a Belardo y quedé tan impresionada con la exquisita expresión de amor de la monja huanuqueña hacia Lope de Vega que decidí que dedicaría mis estudios a la literatura virreinal, especialmente a la poesía de mujeres que escondían sus verdaderas identidades con seudónimos o lo hacían con sus nombres de monjas y siempre bajo la atenta mirada de sus confesores. Cuatro décadas después, sigo dedicada a la cultura virreinal en todas sus manifestaciones, y la poesía femenina virreinal sigue ocupando un lugar de privilegio en mi vida y en mis proyectos de investigación y de difusión a través de la plataforma Estudios Indianos, de la Universidad del Pacífico y de la Universidad de Navarra.
Hoy, fiel a mi vocación filológica, quiero presentar una muestra de la poesía inédita de sor Juana María, Josefa de Azaña y Llano, en el siglo xviii. Monja capuchina del convento de Jesús, María y José de Lima, nacida en esta ciudad en 1696[1], fue hija de Pedro de Azaña Solís y Palacios, regidor perpetuo de la ciudad de los Reyes, y de doña Juana Ruiz de Llano. Realizó su profesión de fe el 20 de enero de 1721[2]. Fue designada para hacerse cargo, como abadesa, de un nuevo convento que su orden fundó en Cajamarca en 1748, y donde murió el mismo año (Vargas Ugarte, 1943, pp. xxiii-xxv).
Permítanme una breve digresión sobre el monasterio de Jesús, María y José. El origen del convento fue el recogimiento del mismo nombre fundado por Nicolás Ayllón, o Nicolás de Dios, y por su mujer, María Jacinta Montoya, en 1677. María Jacinta, después de la muerte de su marido, busca convertir el recogimiento en un monasterio; pero no lo consigue hasta 1722, que logra fundarse, bajo la regla de santa Clara, con la ayuda de cinco monjas capuchinas que parten de Madrid en enero de 1710, cuya relación del viaje escribió sor María Rosa y «ordenó y dispuso, añadiendo algunas cosas posteriormente acontecidas, Sor Josefa Victoria, cofundadora», en un manuscrito que custodia la Biblioteca Nacional de España (BNE) (Josefa Victoria, 1722). Las religiosas españolas llegaron a Lima el 25 de diciembre de 1713, casi cuatro años después de haber salido de Madrid. Fue un viaje que estuvo lleno de vicisitudes y, entre las penurias que pasaron, se cuentan las de haber sido prisioneras en Portugal; la muerte de una de las religiosas, de cáncer al pecho; el asalto de piratas; el cruce de la cordillera de los Andes a pie, hasta que llegaron a Lima, donde fueron recibidas con enorme alborozo[3].
Volvamos a Josefa de Azaña y Llano. Su obra literaria adquirió cierta notoriedad fuera de los muros de su monasterio, ya que el manuscrito en el que se recopiló su obra, según el padre Vargas Ugarte, estuvo a punto de ser publicado en 1747; sin embargo, el traslado de la monja a Cajamarca y su inmediato fallecimiento lo impidieron (Hormigón, 1996; Márquez Montes, 2004). La obra completa manuscrita de Josefa de Azaña y Llano incluye cuarenta poemas y seis obras de teatro. Sobre este punto, debe recordarse que, en el orbe hispano, llegar al parnaso no estaba al alcance de todos y menos de las mujeres (Baranda Leturio, 2005; Marín Pina, 2007; Morujao, 2005). Sin embargo, en la primera mitad del siglo xvii, se consolida la presencia de las mujeres en la escritura; pero solamente las obras de algunas mujeres llegaban a la imprenta. Por fortuna, la obra manuscrita de Josefa de Azaña se ha conservado en el archivo conventual, está digitalizada gracias a los fondos que provee para ese fin la British Library, y espero preparar pronto la edición anotada de la obra completa.
He elegido uno de los poemas de Azaña titulado «Relación burlesca en que fielmente se refieren las distribuciones que en todo el día ejercitan las capuchinas». Se trata de una silva de 265 versos, en los que se alternan endecasílabos y heptasílabos, como es habitual, pero también presenta algo que no es común hasta el modernismo: versos eneasílabos y alejandrinos, que puede atribuirse a una inusitada libertad métrica o a una falta de conocimiento de las formas no estróficas —yo me inclino por la primera opción— Es un poema que describe la jornada de las monjas en el convento[4]. Como bien sabemos, la jornada monástica se rige por las «horas canónicas» (Ruiz Alcoholado, 1584), una división del tiempo empleada desde el medioevo: maitines, vigilia o laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas[5]. Josefa de Azaña y Llano no se refiere a todas las horas canónicas; deja de lado algunas de ellas, las llamadas también horas menores: tercia, sexta y nona.
Ciertamente, además de la oración, las religiosas realizaban otras tareas: las «labores de mano», que dependían de los recursos y de la orden a la que pertenecían. Entre estas labores figuran tanto la escritura de poesía, las autobiografías y las obras de teatro como las labores de aguja, la confección de flores secas para los altares, la elaboración de velas, la pintura de estampas y la preparación de los tradicionales dulces (Sánchez Hernández, 1998, p. 101).
La lectura tenía un papel relevante en la cotidianeidad del convento. Las monjas debían ser letradas antes de entrar al convento o enseñadas en él. La intensidad y calidad de la educación dependía de los papeles que a las mujeres les cupiera cumplir en el futuro. Asimismo, la instrucción de la mujer correspondía a la condición social a la que pertenecía: no se educaba de igual forma a las españolas que a las criollas, o a las indígenas nobles y a las mestizas (Lavrin, 1990, p. 111; ver también Vinatea, 2019, pp. 235-252). Entre los libros habituales en las bibliotecas conventuales figuran los misales, los breviarios, los oficios, así como las vidas de santos; junto a ellos, los libros propios de la orden (reglas, manuales), las obras de los santos y beatos de la orden y las de los doctores de la Iglesia. En el caso del convento de Jesús, María y José, a partir de un poema —con el que cerraré este discurso— veremos que, además de los textos y autores antes mencionados, las monjas capuchinas conocían también la poesía de importantes autoras de la época.
Veamos ahora el poema de Josefa de Azaña y Llano:
1. Relación burlesca en que fielmente se refieren las distribuciones que en todo el día ejercitan las capuchinas
En primer lugar, la voz poética declara su intención de referir una relación, por diversión, y contar cómo es un día en la clausura[6]. Sin embargo, no es cualquier relación, sino una relación burlesca: jocosa, llena de chanzas, chistes y graciosidades, como dice el Diccionario de autoridades. El tema, como se ha mencionado, es la distribución de tareas en el convento y toma como base las horas canónicas. Debe recordarse que se cuenta con un antecedente famoso en el Libro de buen amor que la crítica ha bautizado como «parodia de las horas canónicas», cuya finalidad, según Bienvenido Morros (2004, pp. 357-415), es mostrar el último de los pecados capitales: la pereza o acidia. Por supuesto, la versión de la monja limeña es muy recatada frente a la del arcipreste.
He dividido en varias partes el poema; luego, haré una breve paráfrasis de cada una de ellas.
1.1. Introducción
Quiero, por divertirme aprovechando, referir, aunque sea con locura, lo que en un día ejercita la más feliz clausura.
El emporio sagrado y mina rica, 5 con que se admira Lima y se edifica.
Ello ha de ser, pues, que me lo han mandado, aunque tengo mal sana[7] la cabeza; pero no, no me pesa, que, si acaso dijere disparates, 10 habrán de echar la culpa a mis achaques[8]; y, sabiendo que está mi musa lesa[9], hablará como enferma de cabeza.
Nunca la pobre se ha visto en tal empeño, y así pido que no le hagan mal ceño[10], 15 porque si ella ve que hay quien la note se ha de poner capote[11]; y en estando mi musa encapotada[12] ¿quién le dará palmada?
Pues aun cuando está hablando a todas luces 20 ¿de repente se llena de capuces[13]?
Voyme pues a la clara que intento que la aurora derrame sobre mí sus finas perlas, para ir engalanando mis arengas[14], 25 protesto, que desea ser breve y compendiosa.
¿A qué poeta chanflón[15] se le probó tal cosa?, y menos cuando intentó decir los ejercicios de un convento. 30
1.2. Prima
Empezaré por Prima[16], que si la golondrina[17] a esta hora canta y glosa[18], también podré decir yo alguna cosa.
Ay, musa, que me matas, 35 y me temo que haz de hacer andar a gatas[19] sin levantar cabeza; pero no, sacude la pereza, que suena la campana, y no veo capuchina que no deje la cama, 40 y haciendo sacrificio del sueño matutino, que es siempre el más sabroso, se lo dan por primicia[20] al dulce esposo[21]; y entre bostezo y gozo vacilando su aliento, alaban al Señor en sacro acento[22]; 45 de pie firme en el coro, sin tener para arrimo ni un recodo, y si quien esto dice, lo encontrara, con qué amor lo abrazara, y diera en él tan grandes cabezadas[23], 50 que las dejara a todas azoradas[24].
Prima es la hora después del amanecer, entre las cinco y las seis de la mañana. La sacristana toca la campana (en algunos conventos, una matraca) y las monjas dejan la cama, que es un sacrificio que ofrecen como «primicia» a su «dulce esposo», y van hacia el coro para las primeras oraciones del día. La religiosa piensa que, si hasta las golondrinas charlatanas logran decir algo, seguramente las hermanas también lo harán. La musa retiene a la monja en la cama, pero logra levantarse e invita a que todas sacudan la pereza, que es el pecado que se intenta revertir. Sin embargo, a veces el sueño las vence y en el recodo al que se han arrimado dan sonoras cabezadas que son advertidas por las demás monjas. Uno de los himnos que cantaban a esta hora expresa la dificultad de despertar e invita a renunciar al sueño y dedicarse a la oración: «Arrojando lejos el sueño, levantémonos todos velozmente y busquemos aun de noche a Dios, según el Profeta nos lo ordena; para que así oiga nuestras súplicas, y alargándonos su diestra, nos purifique de las manchas y nos dirija a los asientos celestiales» (Guindos, 1846, p. 2).
1.3. Misa
Si no es ya que el espíritu la hiciera sacudir con presteza la pereza y orar constante y fina, pues ha de comulgar y es capuchina. 55
Oh, qué bella ocasión, si yo supiera referir los afectos de cualquiera y para hablar de cosa tan sagrada de los alados ángeles contara una pluma brillante 60 y en tabla de diamante yo escribiera, si algo de lo que adoro comprendiera; pero apártome ya de esta cuestión diciendo lo que dijo el centurión[25], 65 si en afecto contrito y humillado reciben al Señor sacramentado.
Síguese a esto la misa conventual, que oyen todas con devoción actual, y en ella con fervores, meditan los dolores 70 del que quiso morir por sus amores.
Después de las oraciones de prima, escuchan la misa. Es hora difícil, pues aún tienen sueño, pero deben mantenerse atentas y comulgar. La voz poética quisiera tener la posibilidad de entender los misterios de los ángeles y los de la religión; pero dice que no tiene pluma tan brillante y no puede distraerse, pues viene el momento de dar la respuesta para recibir la comunión tal como lo dijo el centurión a Jesús cuando curó a su criado: «Señor, no soy digno de que entres a mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanar».
1.4. Labores de mano
Después dicen las horas sexta y nona, conque llevan en todo lo rezado sus tres horas y media de contado, y benditas de Dios por las preladas[26] 75 se vuelven a sus celdas mesuradas[27]; pero en dando las nueve, la santa sacristana, en lugar de campana puntual toca una teja[28] y que sea moza o vieja 80 ocurren todas llenas de primores a proseguir puntuales sus labores.
Aquí la musa mía ha de tener un rato de alegría y verá cosas celestiales 85 y es que aquella zurce corporales[29], otra sin resplandores parece que es un sol haciendo flores, y que a la primavera le hurtó la habilidad en su carrera, cual en sayal[30] sagrado forma un saco precioso y remendado, pero en dando las once, qué corazón de bronce[31] mil excesos no hiciera al ver salir a la refectolera[32] y tocar con dulzura la teja, que no es dura, a un oído que está hambriento de oír su sonoro acento;
La regla de santa Clara asegura respecto de las horas de labores lo siguiente:
Las hermanas a quien el Señor les dio la gracia de trabajar, después de la hora de Tercia, trabajan en ejercicio fiel y devotamente. De manera que, alanzada la ociosidad enemiga del alma, no maten el espíritu de la santa oración, y devoción, al cual todas las otras cosas temporales deben servir. Y lo que hicieren de sus manos, sean obligadas a mostrarlo, delante de todas, a la abadesa o su vicaria. (Reglaprimera..., 1674, pp. 23-24)
De acuerdo con lo que afirma la voz poética, las labores eran humildes, como su institución: no bordaban, sino zurcían corporales; hacían flores mejores que la primavera, y remendaban sayales, pues el convento era muy austero en todo y los hábitos eran de telas bastas que arreglaban una y otra vez para que les sirviera el mayor tiempo posible. La escritura de las monjas se consideraba una «labor de mano», supeditada a la orden de los confesores, equivalente a cocinar, bordar, tejer, hilar, secar flores... En general, las monjas escribían la historia de su comunidad, la vida de las compañeras virtuosas, algo de poesía religiosa, especialmente letras para ser musicalizadas y cantadas en las tomas de velos y fiestas religio- sas[33]. También escribían obras de teatro, como lo hizo Josefa de Azaña y Llano, para ser escenificadas o leídas por las propias monjas. Las obras recogidas en el manuscrito de su obra completa son las siguientes: Coloquio de la natividad, Coloquio al sagrado misterio de la circuncisión, Coloquio del sagrado misterio de los reyes y el Coloquio que se ha de celebrar en la doménica del niño perdido[34]. La escritura es lo que más gusta a la musa; por ello, tiene su «momento de alegría», aunque su ocupación sea burda, como todas las otras labores del convento.
1.5. Almuerzo
pero vamos con tiento entrando al refectorio, a donde puestas todas de rodillas celebran del Señor de las Maravillas, viendo que da sustento al hombre y al jumento[35]: 105 y ahí con paso lento cada una toma asiento; y, poniendo las manos en la mesa, devota entre sí reza hasta que hace una señal nuestra abadesa. Ya mi musa quisiera seguir constante a la refectolera, 110 que va dando festiva la escudilla[36].
Oh, si serán lentejas, que es semilla que encierra mil riquezas, pues como todos saben, costó ella un mayorazgo[37], 115 pero detente musa, no levantes el rasgo[38], mira que te harán gesto[39] viendo que eres mujer y metes textos[40].
Vuélvete ya con la refectolera, puesto que la dejaste en la escudilla; 120 y es preciso saber qué peje[41] pilla.
Ay, Dios, que aquí me aprieta un gran cuidado de si serán caballas o sardinas las que han de comer hoy las capuchinas, y yo las comeré a dos cachetes. 125
Pero ve lo que dices, mira en lo que te metes, ¿capuchina comer a dos cachetes[42]?
Creo que te darán gritos, diciendo comen ellas como los pajaritos, tanto en la cantidad como en el modo, 130 pues cuando estos reciben alimento, alaban al autor de su sustento.
Así las capuchinas, de bocado en bocado, bendicen al Señor que se lo ha dado.
Oh, ¡si por mi fortuna, encontrare en la mesa una aceituna, 135 un plátano o pepino!
Crean que no es desatino, pues priscos[43] y manzanas sólo es para damas, y por gran maravilla 140 se le ve el corazón a una sandilla, pues las uvas y brevas, no se podrán hallar ni con candelas, el dulce por milagro.
Pero sepan que no hablo 145 si ocurre una gran festividad, que entonces suele haber su parvedad[44].
Ya pretendo acabar con la comida, que de hablar tanto de ella estoy corrida[45], y es tiempo de dar gracias[46], 150 y si yo las tuviera, no las diera, que para hacer mis versos las quisiera, pero ya se ha entonado el miserere[47] y todas van al coro en paso breve, y entra en él la novicia, ciega por obediente, como un topo[48] 155 echa mano al hisopo[49], inclina la cabeza y al punto la recibe la abadesa y sobre todas llueve agua bendita.
Oh, ¡qué linda coplita 160 aquí cantara si algún crítico no me censurara, pero oigo que se ha dado la palmada[50], y no hay quién no se vea crucificada! ¿acabadas de comer estos rigores[51]? 165
El almuerzo es la primera comida del día, pues las capuchinas practican el ayuno. Es la descripción más larga que realiza la voz poética, pues, al parecer, el almuerzo era excesivamente frugal y necesitaban ella y la musa aludir a ello. Las monjas de las órdenes descalzas, como las carmelitas y las capuchinas, fueron las que destacaron por lo riguroso del régimen vegetariano y los ayunos como forma de observancia. Solamente tenían dos comidas durante el día: el almuerzo que servían alrededor de las 11:00, cuando no tenían observancia de ayuno, y a las 12:00, en la cuaresma; y la segunda comida era la colación. Las hermanas ayunaban y debían abstenerse de comer carne. No ocurría como en los grandes conventos limeños, donde se preparaban exquisitas comidas y dulces. La voz poética asegura que lo habitual era encontrarse con lentejas (aquellas que costaron el mayorazgo a Esaú, quien vende su primogenitura a Jacob por un plato de lentejas) o alguna otra menestra, a veces pescado, pero de los pequeños: sardinas o caballas. Sueña con encontrar frutas o aceitunas. La monja y la musa comparten el sacrificio de la frugalidad; pero quisieran beneficiarse de la situación y comer «a dos cachetes». Esto va en contra de la idea de la abstinencia propia de la orden capuchina. Se debe recordar que el modelo de las religiosas era Catalina de Siena, quien solo recibía el cuerpo de Cristo como único alimento, modelo que sigue santa Rosa de Lima con su austera alimentación. La comida es propiamente uno de los rigores, de los sacrificios que están obligadas a realizar para Cristo crucificado. La voz poética también menciona que, mientras espera a la refectolera, su musa quiere empezar a escribir. Sin embargo, le aconseja que no se meta en problemas, pues es mujer y la mirarán con gesto de desconfianza, pues la escritura de mujeres era una facultad para la que se creía que no estaban preparadas.
1.6. Recreo
Sí, que rezan la estación de bienhechores y así que esta termina todas vamos rezando a la cocina.
Cierto que yo dijera que esta es acción de gracias a las cocineras, 170 pues no estando la comida desabrida, debe la gente ser agradecida; mas, ay, y qué conflictos pasa un poeta, y más si es como yo de paporreta[52]. que con incultas frases y periodos 175 voy cantando mi arenga en varios modos; y sin entender cómo, ya me veo entrándome en la sala del recreo.
Y yo, ¿qué he de decir cuando hablan todas y hay en este congreso mil discretas 180 que me meterán tretas?
Y está en él mi abadesa peregrina, que es por antonomasia, la Vizcaína[53] y ella sola con celestial gracejo nos dispone un festejo tan santo y agraciado. 185
El recreo era uno de los pocos momentos en los que podían hablar las monjas. La voz poética quiere recitar, aunque sea «de paporreta» (un peruanismo registrado desde esa época), ante la comunidad y menciona a la abadesa, monja peregrina nacida en la región vascongada, una de aquellas monjas que se atrevió a cruzar el Atlántico y pasó tantas penurias. La musa, constante en su inspiración, la obliga a estar pensando en escribir todo el tiempo.
1.7. Silencio / siesta
Calla, no digas más, que la una ha dado, y a silencio se toca, cierren todas la boca, y con tierno suspiro, váyanse a su retiro 190 y dormirán la siesta que bien cara les cuesta, si no es que fervorosas quieran emplear esta hora en otras cosas: en rezar devociones, o en excesos mentales, 195 que así duermen los espirituales; pero ya las recuerda la campana,
Después del recreo, viene la siesta, momento en el que también pueden dedicarse a la oración o a «excesos mentales» como la escritura, pues —según asegura la voz poética— es mejor mantenerse despiertas, si no, les costará más levantarse al tañido de la campana. Al respecto, María Leticia Sánchez asegura que
todos los conventos femeninos estipulaban un tiempo para la oración individual y silenciosa, preferentemente, con toda la comunidad reunida en el coro, sin embargo, también se recomendaba la oración particular cuando no estuvieran ejerciendo los oficios que les correspondían o no estuvieran ocupadas en actos comunitarios religiosos. Este rezo solía llevarse a cabo en el coro o en la celda ayudadas por algún libro espiritual, e incluso, entretenidas en algún trabajo manual, con el fin de evitar tentaciones; era la priora la que cuidaba de vigilar que el tiempo empleado en ello estuviese imbuido del suficiente silencio y recogimiento. (1998, pp. 90-91)
1.8. Vísperas
y a vísperas se van de buena gana, y cantan con dulzura y modesto sonriso tal que, si soy pontífice, las canonizo. 200
Hoy nada se ha de hacer de estropajos, ni escobas, porque quiero pintarnos muy señoras, y corriendo curso las labores, llegaremos a la hora de completas, y esta no es favorable para poetas. 205
Vísperas: a las seis de la tarde. Las monjas cantan y rezan de tal modo que, si la voz poética fuera pontífice, podría haberlas canonizado. No hablará del trabajo habitual de limpieza con estropajos y escobas, porque quisiera que parecieran muy señoras; es decir, que mostraran su dignidad tanto en comportamiento como en su aspecto.
1.9. Colación
Y así las dejaré en el coro con razón y paso a referir la colación que se reduce a un plato de frijoles o pallares y estando a los umbrales del hambre el apetito, 210 suele decir pasito[54], recibe cualquier cosa, pues ayunas y eres religiosa.
¿Quién vido dar doctrina al apetito?
¿Qué hará el entendimiento? 215
Pero vamos con tiento, porque te estás metiendo en honduras y temo te has de quedar a obscuras, pues han dado las siete y es tiempo de acabar la colación, 220
La colación era la segunda comida del día y aun más frugal que el almuerzo, pues se reduce a un plato de frejoles o pallares. El hambre que sienten la musa y la monja es de tal naturaleza que imaginan que las estatuas del pasito —es decir, la Virgen, san José, Jesús, la mula o el buey— les piden que coman cualquier cosa, aunque nada las entusiasme, porque saben que ayunarán y necesitan tener algo en el estómago hasta las 11:00 o 12:00 del día posterior, que reciban la siguiente comida. Quisiera adoctrinar a su apetito, pero sabe que no conseguirá hacerle entender el porqué de la parvedad de la comida. La voz poética debe seguir con tiento, con pulso, para seguir escribiendo lo que su musa pida antes de que apaguen las luces, pues ha terminado la colación y deben ir a rezar las oraciones finales del día.
1.10. Completas
y volvemos al coro en procesión a rezar el rosario, cada una hecha un sagrario[55] de amores de María, la quisiera alabar 225 por todo el día, pero ha entrado la noche y es precisa pensión[56] de la naturaleza reclinar la cabeza y en postura devota 230 en sus tablas echadas, todas se van durmiendo amortajadas[57] y es bien, porque es el sueño imagen de la muerte; pero no, tente, tente, deja el moral[58] a los predicadores 235 no te quieras meter a misionera[59], porque esto en las mujeres es quimera[60]; mejor será que escuches el toque de los maitines.
Las completas son las últimas oraciones antes de dormir, alrededor de las 21:00 horas. Entran al coro a rezar el rosario y todas se sienten sagrarios, depósitos del amor de María. Luego de las oraciones van a dormir y la musa intenta hacer una comparación entre el sueño y la muerte; pero la voz poética le pide que deje eso («tente, tente, / deja el moral a los predicadores / no te quieras meter a misionera, / porque esto en las mujeres es quimera»), pues, al ser una monja, ir a evangelizar fuera de los muros del monasterio, como lo haría un sacerdote, es imposible.
1.11. Maitines
Ay, que mis serafines[61] no se hallaban velando y en sus tablas estaban gracejando[62] 240 con el ronquido y sueño, y, en oyendo la voz que da sueño con la lengua eficaz de la campana, todas dejan la cama y, con paso violento, 245 vienen por el convento diciéndole a Señor dos mil ternuras, viendo que por su amor andan a obscuras, tan a ciegas los ojos, como si los tuvieran comidos de gorgojos[63], 250 porque Morfeo[64] impugnado[65] parece que se venga en ser pesado y, a veces, por sutil, ni aun dejado se quiere despedir, conque se le presentan mil batallas, 255 poniéndole breviarios[66] por murallas.
Así empiezan su rezo, con quebranto y bostezo, alternando los salmos y oraciones le ofrecen al Señor sus corazones, 260 y, al punto que esto cesa, entona el miserere[67] la abadesa y, sin misericordia, descargan sobre sí las disciplinas[68] y con esto dan fin las capuchinas. 265
Las maitines, vigilia o laudes son la oración al comienzo, en medio o al finalizar la noche. La voz poética se queja de que sus serafines no se hallaban velando su sueño, sino riéndose de los ronquidos suyos y de las demás monjas; sin embargo, la «lengua eficaz que da la campana» las hace levantar y deben caminar a oscuras, como si tuvieran los ojos comidos por gorgojos. Pareciera que el dios del sueño, al sentirse rechazado, lucha porque siga la monja entregada a él y ella tiene que presentar batalla: lo contrarresta poniendo breviarios como si fueran murallas. Inician el rezo de los salmos y oraciones hasta que la abadesa entona el salmo 50, llamado miserere (‘apiádate de mí'), y luego empiezan las disciplinas, es decir, las flagelaciones físicas. En este punto, resulta indispensable contextualizar lo que el castigo físico significaba para los religiosos: era una manera de vivir la fe y tratar de unirse al sacrificio de Cristo, quien dio su vida por todos los seres humanos. No debemos interpretar estas manifestaciones de la vida religiosa desde categorías contemporáneas. Con las disciplinas dan fin a su día las monjas capuchinas.
Como puede verse, a pesar de que muchos aseguraban que la educación de la mujer durante la etapa virreinal era escasa[69], en las últimas décadas, gracias a estudios históricos y literarios, se puede asegurar que la educación de la mujer sí estuvo atendida —incluso más de lo que en general podría imaginarse—. La mejor prueba de ello es que existieran mujeres cuya cultura fue del más alto nivel, tanto así que «dieron a la poesía heroicas muestras». Clarinda y Amarilis escribieron poemas de gran refinamiento, en el siglo xvii, y estamos redescubriendo a Josefa de Azaña y Llano y seguramente a algunas otras monjas del convento de Jesús María y José, como aquella anónima, también capuchina, que asegura:
Callemos
Ya eso pica en ignorancia y así respondo al intento:
¿La Juana Inés de la Cruz, alias la monja de México, no fue poeta sapientísima?
¿La portuguesa la Ceo, la Aretusa la fontanne, y otras que dejo al tintero, no ejercitaron también en la poesía su ingenio? un Ambrosio, un Agustino que hicieron laudables metros, un santo Tomás de Aquino, que compuso el Tamtum ergo, pues bien puede ser uno fraile, santo, docto y hacer versos.
Versos hicieron los papas, los reyes hicieron versos, los cardenales lo propio los militares cruzados los valientes caballeros, los nobles y esto con ser mayorazgo alguno de ellos; los ermitaños [ ], que parecen esqueletos, hicieron coplas y coplas con mucho realce y talento.
Los sabios más graduados, los penitentes austeros, los religiosos muy místicos, las monjitas en su encierro, los hombres cuerdos y, en fin, los hombres de entendimiento no entiendo.
Sigue, pues, el mismo agudo en que estamos y cata hecho para mí.
Atiende a este antiguo verso.
Dices que me quieres mucho y que yo soy tu lucero.
¿Para qué son tantas luces si siempre me quedo a obscuras?[70]
Monja ilustrada, esta anónima poeta conoce a sor Juana Inés de Cruz, a Violante do Ceo, a san Ambrosio, a san Agustín y a Tomás de Aquino y también a doña Josefa de Azaña y Llano, quien en su Relación burlesca nos muestra lo cultivada que era. Saquemos de la oscuridad a las poetas del virreinato y démosles el sitial que les corresponde en la historia de la poesía peruana.
Para terminar, debo decirles que he querido traer ante ustedes tan solo una cala del trabajo que realizo en las ediciones anotadas. El trabajo que el grupo de investigación Estudios Indianos, mediante la información en la plataforma web, viene realizando pretende dar a conocer, en general, la cultura virreinal en todas sus manifestaciones y, en particular, la obra de los poetas del Siglo de Oro del orbe hispánico, especialmente los del virreinato del Perú, a los lectores de hoy, a los académicos y al público en general, a los maestros, a los alumnos de colegios y universidades para que logren comprender y valorar la etapa virreinal y que no cierren los ojos a esos trescientos años en los que se fundó nuestra identidad.
Muchas gracias.
Referencias bibliográficas
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Notas

