

Editorial
Guerra cognitiva: la reconfiguración silenciosa de la sociedad
Cognitive Warfare: the Silent Reconfiguration of Society
Revista Kavilando
Grupo de Investigación para la Transformación Social Kavilando, Colombia
ISSN: 2027-2391
ISSN-e: 2344-7125
Periodicidad: Semestral
vol. 18, núm. 1, 2026
Recepción: 27 enero 2026
Aprobación: 31 marzo 2026

Resumen: La forma de desarrollar conflictos y guerras en el siglo XXI, trasciende la confrontación física tradicional y se desplaza hacia un terreno más profundo, las mentes, los procesos culturales y las estructuras simbólicas que sostienen la vida social. No se trata únicamente de disputar territorios, sino de intervenir en la manera en que las sociedades interpretan la realidad, procesan la información y toman decisiones colectivas.
Palabras clave: Guerra cognitiva, Conflictos armados, Territorios, Control, Narrativas, Sentir-pensar.
Abstract: The nature of conflicts and warfare in the twenty-first century extends beyond traditional physical confrontation and increasingly shifts towards a deeper terrain: the human mind, cultural processes, and the symbolic structures that sustain social life. Contemporary warfare is no longer confined to the contestation of territory; it also involves intervening in the ways societies interpret reality, process information, and make collective decisions. Through the management of perceptions, emotions, narratives, and information flows, cognitive warfare seeks to shape behaviours, influence public opinion, and reconfigure social and political subjectivities, often without the targeted populations being fully aware of these processes.
Keywords: Cognitive warfare, Armed conflicts, Territories, Control, Narratives, Sentient-thinking.
Introducción
En el marco de las transformaciones contemporáneas del poder, diversos análisis críticos sostienen que la disputa estratégica ya no se limita al control de territorios o recursos, sino que se desplaza hacia la intervención sobre la subjetividad, entendida como el conjunto de percepciones, emociones y marcos simbólicos que estructuran la experiencia social. En esta perspectiva, el poder actúa sobre el “sentir-pensar” colectivo, configurando una forma de dominación que opera no tanto por coerción directa, sino mediante la modulación de la conciencia social (Insuasty Rodríguez, 2026).
Este proceso se articula con fenómenos estructurales como la hiperconcentración mediática descrita por la UNESCO (2017, 2021) y la creciente centralidad de las plataformas digitales, donde un número reducido de actores concentra la capacidad de producir, jerarquizar y distribuir información. Como han advertido organismos internacionales, esta concentración limita el pluralismo, reduce la diversidad de voces y condiciona la formación de la opinión pública, afectando directamente la calidad democrática. En este contexto, la intermediación algorítmica no solo organiza la visibilidad de los contenidos, sino que establece regímenes de relevancia que influyen en lo que las sociedades consideran verdadero, importante o legítimo.
Paralelamente, la gestión de la narrativa emerge como una dimensión explícita de la gobernanza contemporánea. Más allá de la disputa mediática tradicional, se observa la institucionalización de dispositivos orientados a monitorear, clasificar y modular discursos en función de criterios de seguridad, lo que implica una creciente securitización del lenguaje. En este escenario, la información deja de ser un simple vehículo de comunicación para convertirse en un recurso estratégico susceptible de ser modelado, optimizado y desplegado con fines de influencia. (Lewis, 2025)
Esta lógica se intensifica en el ámbito geopolítico, donde la integración entre tecnologías digitales, vigilancia y seguridad configura una arquitectura de poder orientada a intervenir en el entorno cognitivo. Casos recientes muestran cómo los Estados y actores asociados despliegan campañas de comunicación estratégica, análisis de datos y producción masiva de contenidos para influir en percepciones globales, incidiendo no solo en la opinión pública inmediata, sino también en los ecosistemas informativos que alimentan sistemas de inteligencia artificial (U.S. Department of defense, 2023).
El caso del genocidio contra el pueblo Palestino ilustra de manera paradigmática esta convergencia entre violencia material y disputa simbólica (ONU, 2024). Junto a la destrucción física, se evidencian prácticas orientadas a controlar el flujo de información, restringir la labor periodística y desacreditar narrativas críticas, configurando una dimensión epistémica del conflicto (Committee to Protect Journalists, 2024). En este sentido, la guerra no se limita al terreno militar, sino que se extiende al control de los marcos interpretativos que definen la legitimidad, la verdad y la memoria.
En conjunto, estos procesos permiten sostener que la guerra cognitiva constituye una fase avanzada de la competencia estratégica, en la cual la narrativa se consolida como infraestructura crítica del poder. La disputa central del siglo XXI no se libra únicamente en el plano material, sino en la capacidad de definir los sentidos, las emociones y las formas de comprensión de la realidad social.
Así, la guerra cognitiva emerge como un nuevo paradigma de la competencia estratégica contemporánea, integrada incluso como un elemento doctrinario militar de EEUU y la OTAN. Su núcleo no está en la destrucción material, sino en la manipulación de la percepción, la cognición y los marcos de interpretación que guían la acción humana e institucional. “victory achieved not through combat, but through paralysed decision-making” (La victoria se logra no mediante el combate, sino a través de la paralización de la toma de decisiones) (NATO, 2025)
Metodología
La presente investigación se inscribe en un enfoque cualitativo de carácter analítico-crítico, orientado a problematizar las transformaciones contemporáneas del poder en el marco de la guerra cognitiva. Más que describir fenómenos aislados, el análisis busca develar las racionalidades estratégicas y los dispositivos de poder que configuran la intervención sobre la subjetividad, entendida como espacio central de disputa política y geopolítica. En esta línea, se asume que el entorno informativo constituye hoy un dominio operativo donde se articulan percepciones, decisiones y comportamientos colectivos.
El diseño metodológico se estructura en tres fases interrelacionadas:
1. Análisis documental y doctrinario. Se llevó a cabo una revisión sistemática de documentos estratégicos producidos por organismos internacionales y estructuras de defensa, particularmente de la OTAN y el Departamento de Defensa de Estados Unidos, así como informes de organismos multilaterales como la ONU y la UNESCO, y literatura académica en campos como los estudios de seguridad y la filosofía política contemporánea. Esta fase permitió rastrear la evolución conceptual desde la noción de guerra híbrida hacia la configuración de la guerra cognitiva, entendida como un desplazamiento del conflicto hacia la intervención en los procesos mentales y perceptivos.
2. Mapeo de dispositivos y tecnologías de poder. En una segunda fase, se identificaron y analizaron los principales dispositivos técnicos y simbólicos que hacen posible esta transformación. Esto incluye tanto herramientas tecnológicas, como algoritmos, inteligencia artificial y técnicas de microsegmentación, como dispositivos discursivos, narrativas, marcos interpretativos, producción memética, que operan en la configuración del “sentir-pensar” colectivo. Este enfoque se sustenta en la premisa de que la competencia estratégica contemporánea se desarrolla en el entorno informativo como un espacio de influencia permanente sobre audiencias.
3. Estudio de casos de convergencia. Finalmente, se abordaron casos empíricos relevantes, como el conflicto en Palestina y las estrategias de seguridad en contextos de lucha contra economías ilícitas, con el fin de observar cómo la violencia material se articula con dinámicas de disputa simbólica y epistémica. Esta fase permitió evidenciar que la guerra cognitiva no sustituye la dimensión física del conflicto, sino que la complementa y la amplifica, operando sobre los marcos de legitimidad, verdad y memoria que estructuran la comprensión social de los acontecimientos.
En conjunto, esta estrategia metodológica permite comprender la guerra cognitiva no solo como un conjunto de técnicas, sino como una forma histórica de ejercicio del poder, en la que la producción y gestión de la subjetividad se consolidan como un objetivo estratégico central.
Resultados - discusiones
Pero, ¿qué es exactamente la guerra cognitiva?
Si bien las definiciones varían, existe un consenso básico, se trata de la capacidad de influir, alterar o controlar percepciones, creencias y comportamientos mediante la producción y circulación estratégica de narrativas, desinformación, saturación informativa y la explotación de los límites de la atención y la memoria. La guerra cognitiva se centra en “manipular procesos emocionales y subconscientes” y la toma de decisiones individuales pero sobre todo, colectivas (NATO, 2025).
Según la OTAN (NATO por sus siglas en inglés), se busca intervenir directamente en los procesos cognitivos para modificar la toma de decisiones a través de múltiples medios y tecnologías (Wirges, 2026).
A diferencia de nociones más clásicas como la guerra de información o las operaciones psicológicas, la guerra cognitiva introduce un salto cualitativo, no solo pretende influir en lo que las personas piensan, sino en cómo piensan. Es decir, apunta a modelar los propios procesos cognitivos a nivel individual y colectivo (Dorigoni, 2026; Wirges, 2026).
En este sentido, el filósofo colombiano Castro-Gómez (2010) aporta una clave interpretativa fundamental al señalar que las formas contemporáneas de poder operan a través de la producción de subjetividades y regímenes de verdad, más que mediante la coerción directa. Desde esta perspectiva, la guerra cognitiva puede entenderse como una intensificación tecnológica de estos mecanismos, donde el control ya no se ejerce únicamente sobre los cuerpos, sino sobre la construcción misma de la realidad.
Lejos de ser un conflicto declarado, la guerra cognitiva se despliega como un proceso difuso, persistente y en gran medida invisible. Sus efectos, sin embargo, son profundamente tangibles: confusión generalizada, erosión de la confianza, fragmentación social, inestabilidad y polarización política (Dorigoni, 2026).
Guerra cognitiva y rediseño de la sociedad
Para iniciar, es dable sostener que la guerra cognitiva no puede entenderse de forma aislada, sino como una dimensión específica, y cada vez más central, de la guerra híbrida. Esta última se formaliza como parte de la doctrina militar en el entorno de la OTAN alrededor de 2014 (NATO, 2014), aunque sus fundamentos se han desarrollando más, a inicios del siglo XXI en la doctrina militar de Estados Unidos, particularmente en conceptos doctrinal como la “competencia integrada” (U.S. Department of Defense, 2022).
La guerra híbrida designa una forma contemporánea de conflicto que articula simultáneamente múltiples instrumentos de poder, fuerzas militares convencionales, actores irregulares o fuerzas proxy, incluyendo empresas militares privadas-mercenarios, ciberoperaciones, campañas de desinformación y mecanismos de presión económica o política. No se trata de una guerra abierta en el sentido clásico, sino de una estrategia orientada a debilitar al adversario de manera progresiva, operando en las llamadas “zonas grises”, donde la distinción entre guerra y paz se vuelve difusa (Mazarr, 2015).
Este tipo de confrontación se caracteriza por su ambigüedad estructural y por la posibilidad de negar la autoría de las acciones, lo que dificulta la respuesta directa. En la doctrina estadounidense, este escenario se conceptualiza como un estado de competencia persistente que se mantiene por debajo del umbral de la guerra convencional, evitando así una escalada abierta entre grandes potencias, especialmente en un contexto marcado por la disuasión nuclear (U.S. Department of Defense, 2022).
Ahora bien, es precisamente en este entorno donde la guerra cognitiva adquiere sentido estratégico. Si la guerra híbrida busca desgastar, desestabilizar y condicionar al adversario sin recurrir necesariamente al enfrentamiento directo, la dimensión cognitiva actúa sobre su elemento más decisivo, la capacidad de percibir, interpretar y decidir.
En otras palabras, no se limita a complementar las operaciones híbridas, sino que las atraviesa, potenciando su eficacia al intervenir en la producción de sentido, en la formación de creencias y en la orientación de la acción tanto a nivel individual como colectivo.
Por ello, la guerra híbrida no sustituye la guerra convencional, sino que la precede, la acompaña y, en muchos casos, la hace innecesaria. En este marco, la guerra cognitiva puede entenderse como su fase más sofisticada, aquella en la que el campo de batalla ya no es únicamente territorial o institucional, sino la propia construcción de la realidad.
Ahora bien, las estrategias de guerra cognitiva no se limitan al control de individuos aislados; su verdadero alcance radica en la reconfiguración de sistemas sociales y políticos en su conjunto. A través del manejo estratégico de la información, la manipulación de narrativas y la intervención en ecosistemas digitales, se producen y sedimentan percepciones colectivas que terminan por redefinir la gobernanza, la legitimidad institucional y los marcos de interpretación de la realidad (S. S., Lev, Germán, 2022)
En este sentido, la guerra cognitiva opera como una tecnología de poder que actúa sobre el tejido mismo de lo social. No busca únicamente influir en decisiones puntuales, sino alterar las condiciones bajo las cuales esas decisiones son posibles. Se trata, en términos estratégicos, de intervenir en el “campo mental” de las sociedades para orientar su comportamiento sin recurrir necesariamente a la coerción directa (RAN. 2016)
En el marco de la confrontación global contemporánea, los Estados emplean estas herramientas tanto contra adversarios externos como hacia el interior de sus propias sociedades. La guerra cognitiva se configura así como un instrumento dual, proyecta poder hacia afuera mientras disciplina, fragmenta o contiene la disidencia hacia adentro. Este despliegue se materializa en operaciones encubiertas, campañas de desinformación y estrategias de influencia que, en muchos casos, se sitúan por debajo del umbral de la guerra abierta, pero con efectos comparables en términos de desestabilización política y social.
El filósofo mexicano Fernando Buen Abad Domínguez (2023) advierte que estas dinámicas buscan consolidar formas de dominación simbólica orientadas a producir sujetos dóciles, capaces de reproducir narrativas hegemónicas incluso en contextos de desigualdad y explotación. La guerra cognitiva, en este marco, no sólo desinforma, fábrica consenso, naturaliza jerarquías y redefine los límites de lo pensable.
En escenarios como la lucha contra los cárteles de drogas, este tipo de guerra adquiere una dimensión geopolítica específica. Más allá del combate directo, se construyen narrativas que reconfiguran las motivaciones y prioridades estratégicas de actores como Estados Unidos en la región (Realuyo, 2020). Bajo el discurso de la seguridad, estas narrativas pueden legitimar la expansión de mecanismos de control sobre territorios y corredores estratégicos, al tiempo que reordenan las percepciones sociales sobre amenaza, soberanía y legitimidad (Vallejo Duque, 2026).
El resultado es la producción sistemática de realidades sociales distorsionadas. Se amplifican percepciones de riesgo, se consolidan condiciones de inseguridad estructural y se profundizan fracturas en la cohesión social. Estos efectos no son accidentales, sino constitutivos del propio funcionamiento de la guerra cognitiva, modificar cómo las sociedades perciben, sienten y actúan es, precisamente, su objetivo central.
En última instancia, este tipo de conflicto incide directamente en el rediseño de la gobernanza, la transformación de la percepción ciudadana y la reconfiguración de los procesos democráticos.
Métodos empleados y diseñados en la guerra cognitiva
La guerra cognitiva no constituye un conjunto disperso de prácticas, sino un dispositivo estratégico complejo que articula tecnologías digitales, colonialismo algorítmico, saberes psicológicos y arquitecturas comunicacionales con el objetivo de intervenir en los procesos de percepción, interpretación y toma de decisiones de individuos y colectivos. Su especificidad radica en que no actúa únicamente sobre los contenidos informativos, sino sobre las condiciones mismas de posibilidad del conocimiento social, es decir, sobre los marcos cognitivos desde los cuales la realidad es experimentada y comprendida.
En este contexto, uno de los mecanismos centrales es la fabricación y difusión sistemática de contenidos falsos, distorsionados o estratégicamente encuadrados, desplegados a través de plataformas digitales, redes sociales y medios alternativos. Este fenómeno ha sido conceptualizado como una “batalla de narrativas”, en la cual distintos actores compiten por imponer interpretaciones dominantes de la realidad, no necesariamente mediante la veracidad, sino mediante la repetición, la saturación y la emocionalidad del mensaje (RAND, 2016).
A ello se suma el uso intensivo de infraestructuras automatizadas, como bots, cuentas coordinadas y sistemas de amplificación algorítmica, que permiten manipular la visibilidad de determinados discursos, generar tendencias artificiales y producir la ilusión de consenso o polarización (Insuasty Rodríguez, 2026). Estas prácticas no solo alteran el ecosistema informativo, sino que reconfiguran las dinámicas de legitimidad social en entornos digitales (Bradshaw y Howard, 2019).
Otro componente fundamental es la explotación deliberada de sesgos algorítmicos y cognitivos y respuestas emocionales. Lejos de apelar a la racionalidad argumentativa, estas estrategias buscan activar miedo, ira o ansiedad, generando condiciones de sobrecarga informativa que debilitan la capacidad crítica y afectan los procesos de toma de decisiones. En este sentido, la guerra cognitiva se orienta a intervenir directamente en lo que algunos marcos doctrinales identifican como el “dominio humano” del conflicto (NATO, 2020)
En paralelo, la producción de contenidos meméticos, como memes, videos breves o consignas simplificadas, se consolida como una herramienta de alta eficacia. Estos formatos permiten condensar significados complejos en unidades comunicativas fácilmente reproducibles, favoreciendo su circulación viral y su internalización acrítica, especialmente en entornos de alta velocidad informativa.
Asimismo, la guerra cognitiva implica formas de control, alineamiento o presión sobre medios de comunicación y plataformas digitales, con el fin de estructurar marcos narrativos dominantes. Este fenómeno no se limita a regímenes autoritarios, sino que también se manifiesta en democracias formales, donde la concentración mediática y la lógica algorítmica condicionan la pluralidad informativa.
Éstas dinámicas se materializan en campañas encubiertas de influencia, orientadas a erosionar la confianza en instituciones, profundizar divisiones sociales y legitimar intervenciones políticas, económicas o militares. Tales operaciones suelen desarrollarse en lo que la literatura estratégica denomina “zona gris”, es decir, por debajo del umbral de la guerra abierta, pero con efectos sustantivos sobre la estabilidad social y política (Mazzar, 2015).
Características centrales de la guerra cognitiva
Desde una perspectiva analítica, la guerra cognitiva presenta un conjunto de rasgos estructurales que permiten comprender su especificidad dentro de las formas contemporáneas de conflicto.
En primer lugar, se caracteriza por la manipulación sistemática de narrativas como eje organizador del enfrentamiento. No se trata simplemente de informar o desinformar, sino de disputar activamente los marcos interpretativos que orientan la percepción social de la realidad.
En segundo lugar, posee un carácter transversal y multidimensional, operando simultáneamente en los planos político, cultural, tecnológico y psicológico. Esta transversalidad le permite integrarse con otras formas de conflicto, particularmente dentro del paradigma de la guerra híbrida.
Un tercer rasgo es la difuminación de las fronteras entre guerra y paz, así como entre actores estatales y no estatales. Las operaciones cognitivas pueden desplegarse de manera continua, sin necesidad de declaración formal de conflicto, y a través de actores difíciles de atribuir.
Asimismo, destaca el uso intensivo de tecnologías digitales avanzadas, incluyendo inteligencia artificial, análisis de datos masivos y microsegmentación de audiencias, lo que permite dirigir mensajes con un alto grado de precisión y eficacia.
Otro elemento clave es su orientación a largo plazo. A diferencia de las operaciones militares convencionales, la guerra cognitiva no busca únicamente efectos inmediatos, sino la transformación progresiva de percepciones, valores y comportamientos colectivos.
Se produce una reconfiguración del rol de la población, que deja de ser únicamente un objetivo para convertirse también en vector de propagación. Los individuos, al reproducir y amplificar narrativas, participan activamente en la expansión del conflicto, muchas veces sin conciencia de ello.
En este marco, la literatura estratégica reciente sugiere que la guerra cognitiva no sólo redefine los medios del conflicto, sino también las condiciones institucionales bajo las cuales este se despliega. Documentos como la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS), la Estrategia de Defensa Nacional (NDS) y la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) de Estados Unidos reconocen explícitamente que el terreno decisivo de la confrontación contemporánea es la cognición humana.
Sin embargo, existe una brecha estructural entre esta comprensión estratégica y las capacidades operativas reales del aparato estatal. Mientras las narrativas circulan y se consolidan en cuestión de minutos dentro de ecosistemas digitales altamente dinámicos, las instituciones continúan operando bajo lógicas burocráticas propias de la guerra convencional, generando un “desajuste temporal” que limita su capacidad de respuesta frente a actores adversarios más ágiles.
En consecuencia, se plantea la necesidad de una transformación profunda en las prácticas de influencia, que implica pasar de modelos tradicionales de “mensajería” hacia formas avanzadas de “inteligencia narrativa”, orientadas a anticipar cómo las percepciones colectivas se configuran y cristalizan en comportamientos sociales. Este enfoque supone no solo intervenir en los contenidos, sino comprender los procesos culturales, emocionales y cognitivos que los hacen efectivos. Asimismo, se enfatiza el papel estratégico de las alianzas, donde la influencia ya no se dirige exclusivamente a debilitar al adversario, sino a fortalecer la resiliencia psicológica y la cohesión de socios y poblaciones aliadas, reconociendo que la voluntad política y social constituye un factor decisivo del poder.
Por otra parte, la guerra cognitiva se articula como un mecanismo de disuasión no cinética, orientado a moldear anticipadamente las decisiones del adversario mediante la manipulación de su cálculo estratégico, sin necesidad de recurrir al uso directo de la fuerza como ya se ha dicho. En este contexto, herramientas como la exposición selectiva de información, el uso de marcos legales (lawfare) y la explotación de vulnerabilidades cognitivas individuales y colectivas adquieren centralidad (Wilcox y Walters, 2026)
Todo ello ocurre en un entorno caracterizado por la hiperpersonalización y la aceleración informacional, donde tecnologías como la inteligencia artificial permiten escalar operaciones de influencia a niveles sin precedentes.
No obstante, estas transformaciones enfrentan limitaciones estructurales significativas, entre ellas la fragmentación institucional, la lentitud en la toma de decisiones y la insuficiencia de capacidades especializadas en áreas como neurociencia, análisis de datos y comportamiento social. De este modo, la guerra cognitiva revela no sólo una mutación en la naturaleza del conflicto, sino también una crisis de adecuación de las instituciones modernas frente a un entorno donde la producción, circulación y control de la información se han convertido en el núcleo mismo del poder estratégico.
Impactos en defensa, seguridad y sociedad
La guerra cognitiva introduce una mutación cualitativa en la comprensión de la seguridad contemporánea, al desplazar el eje del conflicto desde la destrucción material hacia la intervención sobre la capacidad de decisión, percepción y cohesión social. En este escenario, los ataques no se dirigen exclusivamente contra infraestructuras físicas o capacidades militares, sino contra los procesos cognitivos que sostienen la acción colectiva y la gobernabilidad.
En el ámbito de la defensa, este cambio implica la necesidad de desarrollar capacidades de resiliencia cognitiva, orientadas no solo a contrarrestar amenazas tecnológicas, sino a comprender y proteger los marcos interpretativos que estructuran la toma de decisiones estratégicas. Como advierten distintos análisis, las respuestas meramente técnicas resultan insuficientes frente a operaciones que actúan sobre dimensiones culturales, emocionales y simbólicas del comportamiento humano (Dorigoni, 2026).
En el plano social, estas dinámicas contribuyen a la fragmentación del tejido colectivo, promoviendo formas de violencia simbólica que erosionan la confianza pública y debilitan la legitimidad institucional. La manipulación sistemática de narrativas y percepciones genera entornos de incertidumbre, ansiedad y polarización política, condiciones que pueden favorecer la emergencia de discursos extremistas, excluyentes o autoritarios. En este sentido, la guerra cognitiva no solo acompaña la inestabilidad, sino que puede actuar como su catalizador, amplificando vulnerabilidades estructurales y afectando la calidad de los procesos democráticos (Wirges, 2026; Dorigoni, 2026).
Asimismo, estas estrategias tienden a militarizar el espacio informativo, transformando la narrativa en un instrumento de confrontación permanente. La circulación intensificada de discursos de odio, especialmente aquellos anclados en identidades étnicas, culturales o políticas, no sólo exacerba conflictos preexistentes, sino que contribuye a consolidar marcos interpretativos que legitiman la exclusión y la violencia, reforzando tendencias autoritarias (Wirges, 2026).
Implicaciones para la democracia y riesgos éticos. El despliegue creciente de la guerra cognitiva plantea desafíos estructurales para la democracia. Al intervenir en la integridad cognitiva de las sociedades, estas operaciones socavan la posibilidad de una deliberación pública informada, debilitando principios fundamentales como la transparencia, la rendición de cuentas y la construcción de consensos. En este contexto, la manipulación de percepciones no es un efecto colateral, sino un objetivo estratégico que redefine las condiciones mismas del ejercicio democrático (Dorigoni, 2026).
A ello se suma el riesgo de profundización de las asimetrías globales en el acceso a la información y a las capacidades de defensa cognitiva. En regiones del Sur Global, donde la soberanía informativa es más frágil y los recursos institucionales son limitados, estas dinámicas pueden intensificar la dependencia tecnológica y la vulnerabilidad frente a actores externos.
Por otra parte, la articulación entre Estados y corporaciones tecnológicas en el despliegue de estas estrategias abre interrogantes críticos sobre la instrumentalización geopolítica de territorios y poblaciones. En contextos considerados estratégicos, la guerra cognitiva puede operar como un mecanismo de control indirecto, con implicaciones en la explotación de recursos, la gestión ambiental y el respeto de los derechos de comunidades locales y pueblos originarios.
Las formas contemporáneas de guerra cognitiva configuran un desafío multidimensional que desborda los marcos tradicionales de la seguridad y el conflicto. Su capacidad para reconfigurar sociedades mediante la intervención en procesos cognitivos impacta de manera directa en la defensa, la estabilidad política, la cohesión social y la calidad democrática.
Frente a este escenario, resulta urgente avanzar en la construcción de marcos éticos y normativos robustos, capaces de regular el uso de estas estrategias y de garantizar la protección de los derechos humanos, la soberanía informativa y la diversidad cultural. Esta necesidad es particularmente crítica en el Sur Global, donde las condiciones estructurales de vulnerabilidad pueden facilitar la reproducción de dinámicas de dominación, desigualdad y violencia.
El fortalecimiento de la educación crítica y la resiliencia cognitiva se configura como una condición indispensable para preservar espacios sociales abiertos y democráticos. Comprender las arquitecturas de poder que operan sobre la información y desarrollar capacidades colectivas para enfrentarlas constituye no sólo una tarea académica, sino un imperativo político frente a la creciente sofisticación de estas formas de guerra que operan, precisamente, en el terreno de la conciencia.
Conclusiones
El análisis desarrollado permite sostener que la guerra cognitiva representa una mutación estructural del conflicto contemporáneo, en la cual la mente humana emerge como una infraestructura crítica de carácter estratégico. En este nuevo escenario, el campo de batalla ya no se limita a territorios físicos ni a la destrucción material, sino que se desplaza hacia la intervención en los procesos mediante los cuales los individuos y las sociedades perciben, interpretan y actúan sobre la realidad. No se trata únicamente de influir en lo que las personas piensan, sino de incidir en cómo piensan, cómo procesan la información y cómo construyen sentido.
En este contexto, la victoria estratégica deja de depender exclusivamente de la confrontación directa y se redefine en términos de capacidad para desorganizar o paralizar la toma de decisiones del adversario. La saturación informativa, la manipulación emocional y la fragmentación del entorno cognitivo operan como mecanismos que ralentizan o bloquean la acción, configurando escenarios en los cuales la inacción o la desorientación resultan funcionales a los objetivos estratégicos. De este modo, la guerra cognitiva no elimina la guerra convencional, sino que la antecede, la acompaña y, en muchos casos, la vuelve innecesaria.
Asimismo, estas herramientas deben entenderse en su carácter profundamente dual. Por un lado, permiten a los Estados proyectar poder hacia el exterior, interviniendo en las percepciones de actores adversarios o poblaciones extranjeras; por otro, operan hacia el interior como mecanismos de disciplinamiento, fragmentación y gestión de la disidencia, reconfigurando las condiciones del debate público y los márgenes de lo políticamente posible.
Frente a este panorama, se hace evidente la necesidad de replantear las estrategias estatales. En primer lugar, resulta fundamental avanzar hacia la construcción de soberanía informativa y tecnológica, particularmente en los países del Sur Global, donde la dependencia de plataformas digitales concentradas reproduce formas contemporáneas de subordinación que pueden entenderse como colonialismo algorítmico. Esto implica no solo el desarrollo de infraestructuras propias, sino también la capacidad de regular los flujos de información y los sistemas que los organizan.
En segundo lugar, es necesario fortalecer la resiliencia cognitiva institucional, superando modelos tradicionales centrados en la comunicación reactiva o la “mensajería”. Las instituciones deben desarrollar capacidades de inteligencia narrativa, orientadas a comprender anticipadamente las dinámicas del entorno informativo y a proteger los procesos de toma de decisiones frente a intervenciones que operan en la ambigüedad de la llamada “zona gris”.
A su vez, se vuelve urgente consolidar marcos regulatorios que enfrenten la hiperconcentración mediática y tecnológica, garantizando el pluralismo informativo como condición indispensable para la democracia. Sin diversidad de voces y sin acceso equitativo a la información, la deliberación pública se degrada y se abren espacios para la manipulación sistemática de percepciones.
En el ámbito académico, estos desafíos exigen una transformación profunda de las agendas de investigación. La comprensión de la guerra cognitiva demanda un enfoque radicalmente interdisciplinario, que articule la neurociencia, la psicología social, el análisis de datos y la filosofía política. No se trata únicamente de estudiar tecnologías, sino de comprender cómo estas interactúan con las estructuras culturales, emocionales y simbólicas que configuran la vida social.
De manera particular, resulta clave profundizar en el estudio de los impactos epistémicos de la intermediación algorítmica, es decir, en cómo los sistemas digitales están redefiniendo los regímenes de verdad, la memoria colectiva y los criterios de legitimidad. Asimismo, la investigación en torno a la ética de la inteligencia artificial debe abordar críticamente los sesgos, las asimetrías y la producción de realidades distorsionadas que pueden naturalizar jerarquías y desigualdades.
Desde una perspectiva normativa, se impone la necesidad de avanzar en el reconocimiento de la integridad cognitiva como un derecho humano fundamental. Proteger la mente de intervenciones manipulativas, especialmente aquellas que operan a nivel subconsciente o emocional, constituye un desafío central para las democracias contemporáneas. En este mismo sentido, la transparencia algorítmica debe consolidarse como principio rector, exigiendo responsabilidad a las corporaciones tecnológicas cuyas arquitecturas comunicacionales tienden a privilegiar la polarización, la ansiedad y la maximización de la atención como modelos de negocio.
El papel de la sociedad civil y de los movimientos sociales resulta decisivo. En un escenario donde la conciencia se convierte en territorio de disputa, la respuesta no puede ser exclusivamente institucional. Se requiere fortalecer procesos de alfabetización crítica que permitan a las poblaciones identificar y resistir las operaciones de influencia orientadas a producir subjetividades dóciles y fragmentadas, al tiempo avanzar en una soberanía tecnológica e informacional.
Del mismo modo, frente a estrategias que buscan exacerbar el odio y la división, se hace indispensable construir narrativas alternativas que refuercen la cohesión social, la confianza comunitaria y las identidades colectivas. Esta tarea implica, en última instancia, una forma de resistencia epistémica, desnaturalizar los discursos hegemónicos, cuestionar los marcos impuestos y defender los espacios de deliberación pública frente a su creciente militarización.
La guerra cognitiva no sólo redefine la naturaleza del conflicto, sino que plantea una disputa profunda por el sentido, la verdad y la autonomía de las sociedades. En este escenario, la defensa de la democracia pasa necesariamente por la defensa de la capacidad colectiva de pensar, interpretar y decidir de manera libre.
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