Artículos
Recepción: 24 septiembre 2024
Revisado: 25 febrero 2025
Aprobación: 30 abril 2025
Autor de correspondencia: darevalos@filo.uba.ar

Como citar: Arévalos, D. H. (2025). Suicidio y modernidad: una reflexión sociológica sobre el lugar de la escuela en la producción de narrativas vitales. Revista EDUCA UMCH, (26), 176-196. https://doi.org/10.35756/educaumch.202526.331
Resumen: El presente artículo analiza las relaciones entre el suicidio y la construcción sociocultural del dolor en la modernidad, desde una perspectiva sociológica y educativa. El objetivo es interpretar este fenómeno no como un acto individual o patológico, sino como una manifestación del sufrimiento colectivo generado por la desigualdad, la fragmentación social y la pérdida de sentido que caracterizan a las sociedades contemporáneas. Mediante una investigación teórico-documental de enfoque cualitativo, se revisaron y sistematizaron aportes de autores clásicos y contemporáneos —Durkheim, Marx, Halbwachs y Elias— junto con estudios recientes sobre juventud y educación. Los resultados evidencian que el suicidio expresa un dolor social vinculado con las transformaciones estructurales y afectivas de la modernidad, las cuales inciden en la construcción de subjetividades vulnerables y en la erosión de los lazos comunitarios. Desde una perspectiva pedagógica, se plantea que la escuela puede desempeñar un papel central en la elaboración simbólica del sufrimiento y en la formación de narrativas vitales que restituyan el sentido de pertenencia y esperanza. En consecuencia, se destaca el valor educativo de la escuela como espacio de cuidado, reconocimiento y reconstrucción de lo humano.
Palabras clave: suicidio, sufrimiento social, juventud, modernidad, educación..
Abstract: This article analyzes the relationship between suicide and the sociocultural construction of pain in modernity from a sociological and educational perspective. The objective is to interpret this phenomenon not as an individual act or isolated pathology but as an expression of the collective suffering produced by inequality, social fragmentation, and the loss of meaning that characterize contemporary societies. Through a qualitative theoretical-documentary approach, contributions from classical and contemporary authors—Durkheim, Marx, Halbwachs, and Elias—were reviewed and systematized, along with recent studies on youth and education. The findings reveal that suicide represents a form of social pain linked to structural and affective transformations of modernity, which affect the construction of vulnerable subjectivities and erode community ties. From an educational standpoint, the school is proposed as a key space for the symbolic elaboration of suffering and the creation of life narratives that restore belonging and hope. Therefore, the school’s educational role is reaffirmed as a place of care, recognition, and the reconstruction of human meaning.
Keywords: suicide, social suffering, youth, modernity, education..
Introducción
El suicidio constituye una forma de muerte que ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia, adoptando significaciones diversas según los marcos morales, religiosos, culturales y políticos que estructuran la vida colectiva en cada época. Desde una perspectiva histórico-social, las interpretaciones del suicidio reflejan las transformaciones en la concepción del ser humano, de su libertad y de su vínculo con la comunidad (Cohen-Agrest, 2012; Le Breton, 2020).
En las sociedades medievales regidas por la Iglesia de Roma, el suicidio era considerado un crimen y uno de los más graves pecados, al atentar contra el destino trascendental del individuo (Szapu et al., 2022; Szapu, 2024). En consecuencia, los familiares solían ocultar las causas de la muerte para evitar la condena eclesiástica y la expulsión social. Las razones no eran únicamente religiosas, sino también económicas: si la persona fallecida era el primogénito —heredero por derecho divino—, la familia podía ser despojada de sus bienes materiales y simbólicos. Así, el suicidio se inscribía en un orden moral y jurídico que castigaba la transgresión de los designios divinos (Cohen-Agrest, 2012).
Con el advenimiento de la Modernidad y la secularización del pensamiento, la comprensión del suicidio se desplazó desde la condena teológica hacia una lectura científica y social del fenómeno. En este marco, la sociología emergente situó en el centro del debate la relación entre el individuo que decide poner fin a su existencia y el contexto estructural en el que está inmerso (Durkheim, 2004). Desde entonces, la interpretación del suicidio dejó de circunscribirse a un acto de voluntad individual para entenderse como un hecho social que refleja las condiciones morales, económicas y culturales de la colectividad (Halbwachs, 2011; Elias, 1989).
En las sociedades contemporáneas, marcadas por la desigualdad estructural, la precariedad afectiva y la pérdida de referentes comunitarios, el suicidio adquiere nuevas dimensiones asociadas a la crisis de sentido y al sufrimiento social. Investigaciones recientes advierten un incremento de la ideación suicida y de los malestares emocionales en las juventudes, intensificados por la pandemia del COVID-19 y los procesos de aislamiento, exclusión y desesperanza (Arevalos & Kaplan, 2020; Barriach et al., 2022; González & Chaves, 2023; OMS, 2021). Estas experiencias evidencian cómo el dolor, antes contenido en el ámbito privado, se ha transformado en un signo colectivo del malestar moderno (Kaplan, 2022; Ahmed, 2019).
En este contexto, la escuela ocupa un lugar central en la reconstrucción simbólica de la vida y en la formación de narrativas vitales que permitan resignificar el sufrimiento juvenil. Diversos estudios recientes (Arias et al., 2023; Korinfeld & Levy, 2024; Grinberg, 2023) subrayan que la institución escolar no solo cumple una función instructiva, sino también humanizadora, al ofrecer un entramado ético y afectivo donde los jóvenes pueden elaborar experiencias de pérdida, duelo y sentido.
Este artículo tiene como propósito analizar las relaciones entre el suicidio y la construcción sociocultural del dolor en la modernidad, estableciendo un diálogo entre autores clásicos y contemporáneos de la teoría social con el objeto de comprender cómo la escuela puede contribuir a la resignificación del sufrimiento juvenil. Se propone, en suma, una lectura sociopedagógica del suicidio como fenómeno social que interpela la función educativa en la tarea de cuidar, contener y reconstruir lo humano en tiempos de crisis de sentido.
El suicidio y la construcción sociocultural del dolor en la Modernidad
En este apartado se presentan una serie de aproximaciones teóricas sobre las relaciones entre el suicidio y la construcción sociocultural del dolor en la vida moderna. Se establece un diálogo entre los estudios de autores clásicos y contemporáneos de la sociología que caracterizan el sinsentido experimentado por individuos y grupos a partir de las significaciones que asume dicha emoción en distintos contextos históricos y culturales.
El dolor que deviene del estado moral de cada sociedad.
El dolor frente a las injusticias del capitalismo.
El dolor derivado de la ruptura del equilibrio colectivo.
El dolor ante el debilitamiento de las valencias afectivas.
El estudio pionero de Émile Durkheim, El suicidio. Un estudio de sociología (2004), concibe el suicidio como un hecho social que no puede comprenderse a partir de factores individuales, sino mediante las formas de cohesión e integración de cada sociedad. Esta concepción se opone a los discursos hegemónicos de fines del siglo XIX que lo circunscribían a trastornos mentales o a decisiones privadas sin conexión con el contexto estructural. En palabras del autor, el suicidio involucra “todo caso de muerte que resulta directa o indirectamente de un acto positivo o negativo, llevado a cabo por la propia víctima que sabía que iba a producir ese resultado” (Durkheim, 2004, p. 22).
A diferencia de la definición proveniente del ámbito forense —centrada en la intención individual de morir (Cohen-Agrest, 2012)—, Durkheim pone el acento en la previsión social del acto, es decir, en la capacidad de anticipar las consecuencias de una acción sin que importe la intencionalidad subjetiva. Así, el suicidio incluye tanto muertes por comisión como por omisión, como ocurre cuando una persona fallece al descuidar deliberadamente su salud o al exponerse a riesgos previsibles.
Una de las contribuciones más sustantivas de Durkheim consiste en mostrar que el suicidio no constituye “una clase aislada de fenómenos monstruosos, sin ninguna relación con las demás formas de conducta [social]” (Durkheim, 2004, p. 23). En consecuencia, el dolor de individuos y grupos se encuentra socialmente determinado y depende del estado moral y normativo de cada sociedad, es decir, de sus modos de regulación e integración.
Autores contemporáneos han reafirmado esta lectura estructural del suicidio como expresión del sufrimiento colectivo. Según Abramowski y Sorondo (2022), la crisis de sentido en la vida juvenil contemporánea no puede disociarse de los procesos de precarización y desigualdad social que debilitan los lazos afectivos. De manera similar, Kaplan (2022) plantea que el sufrimiento escolar y la desmotivación emocional de los jóvenes se inscriben en un contexto de desmoralización colectiva, donde la escuela puede convertirse tanto en un espacio de desamparo como de contención simbólica.
En esta misma línea, Le Breton (2020) entiende el suicidio como una forma de protesta silenciosa frente a la pérdida de vínculos y al vacío afectivo que caracteriza a la modernidad. Por su parte, Bauman (2021) y Han (2022) señalan que el malestar contemporáneo se traduce en un tipo de “violencia interiorizada” producto de la individualización extrema y del imperativo del rendimiento, donde el dolor se vuelve una experiencia privatizada. En este sentido, el enfoque durkheimiano conserva plena vigencia al permitir comprender cómo las formas actuales de anomia y aislamiento son manifestaciones del mismo desequilibrio moral que el autor observó en el siglo XIX, pero ahora agudizado por la lógica del capitalismo tardío y las crisis de sentido propias de la era digital (Arevalos, 2024; Korinfeld & Levy, 2024).
De este modo, el suicidio puede entenderse hoy como un fenómeno socioculturalmente complejo, donde las emociones no son meros estados subjetivos, sino huellas de procesos históricos y estructurales. El dolor, lejos de ser solo una vivencia individual, se erige como un síntoma moral de la sociedad moderna, expresión del desajuste entre la necesidad humana de pertenecer y la creciente fragmentación del lazo social.
Existen dos tipos de suicidios relativos al modo en que la comunidad reglamenta la vida de las personas: el suicidio anómico y el fatalista. El primero sucede en sociedades que se encuentran transitando profundas transformaciones o crisis morales, y en consecuencia, están atravesadas por un estado de anomia, es decir, un debilitamiento en el poder de las normas que regulan a lo colectivo. En este marco, el individuo al no reconocer lo legítimo o lo injusto es arrastrado por un estado anímico de desesperación que lo puede conducir al sinsentido.
El segundo, escasamente desarrollado por el autor, ocurre en sociedades de reglas rígidas en las cuales los individuos quieren escapar de las situaciones de opresión o de esclavitud en las que viven. El suicidio fatalista está en el otro extremo del suicidio anómico, debido a que es resultante de un exceso de reglamentación y en consecuencia de despotismo material o moral de una sociedad determinada. A este respecto, el autor sostiene que el “carácter ineluctable e inflexible de la norma contra la que no se puede luchar” hace que el porvenir del individuo se encuentre limitado y sus pasiones estén “violentamente sometidas por una disciplina opresiva” (Durkheim, 2004, p.374).
En relación con las muertes relativas al modo en cómo los individuos están integrados a la sociedad, se encuentran el suicidio altruista y el egoísta. Ambos ponen de manifiesto un profundo desequilibrio entre el yo y su comunidad, en un caso, debido a una insuficiente individuación y, en el otro, a causa de una individuación desmesurada. Ello es así, en la medida que “cuando el hombre se margina de la sociedad, se mata fácilmente, pero también cuando está demasiado integrado en ella” (Durkheim, 2004, p.285).
El suicidio altruista es característico de sociedades fuertemente cohesionadas e integradas con una escasa división social del trabajo. Allí la conciencia individual y la conciencia colectiva no se distinguen. El sujeto al encontrarse subsumido a su comunidad siente que su yo no le pertenece, ni sus pensamientos, ni sus comportamientos, ni su existencia individual. Es por ello que, frente a determinadas circunstancias, puede ser conminado a ofrendar su vida por su comunidad, para convertirse en un mártir o en un héroe.
Este tipo de muerte, bastante frecuente en los pueblos primitivos, no acontece porque el individuo desea morir sino porque siente que “debe” hacerlo, de lo contrario, sufrirá la pérdida de la estima social. De hecho, en algunos pueblos, las personas que se rehúsan a dar la vida por lo colectivo les son negados “los honores habituales de los funerales” (Durkheim, 2004, p.288).
En el otro extremo nos encontramos con el suicidio egoísta que deviene de las condiciones de vida de la Modernidad. Este tipo de muerte es expresión de un profundo aislamiento emocional entre los individuos debido a que su comunidad no está lo suficientemente cohesionada o bien las normas que las rigen otorgan demasiada autonomía a cada uno de sus miembros. Acontece en sociedades con una profunda división social del trabajo en las que los individuos se especializan en una actividad y a raíz de ello se produce una separación progresiva entre la conciencia personal y la conciencia colectiva.
La desconexión afectiva en el seno del tejido social puede engendrar un exceso de individualismo cuya consecuencia no deseada es la desintegración de los lazos humanos y la imposibilidad de poder constituir vínculos de solidaridad. La exaltación de una moralidad individualista se traduce en el hecho de que la persona se desentiende de lo colectivo y se subordina a sus propias decisiones personales, entre las cuales se encuentran la renuncia a seguir viviendo. La tendencia a poner fin a la propia vida pone de manifiesto el hecho de que el yo social es absorbido por el yo individual y, en efecto, toda actividad con los otros queda desprovista de objeto y de significado.
El suicidio egoísta, tiene puntos de contacto con el suicidio anómico debido a que en ambos casos la sociedad resulta insuficiente para el individuo. Sin embargo, mientras que en el suicidio anómico la sociedad se encuentra ausente en cuanto a las normas que regulan a las pasiones humanas, en el suicidio egoísta la insuficiencia de lo social se debe a la falta de acción colectiva que les dé un encuadre común a los propios objetivos individuales.
A partir de esta caracterización, Durkheim va a aducir que en cada comunidad existe una inclinación colectiva al suicidio. El egoísmo, el altruismo y la anomia de las distintas sociedades significan al dolor individual y colectivo que está en la base del sinsentido de la existencia.
El segundo caso trata de la muerte de una mujer cuyo marido perteneciente a los sectores acomodados había sufrido una enfermedad que le deformó el rostro. Ante las burlas generalizadas, las miradas reprobatorias y discriminaciones vividas por parte de su círculo social, el hombre decide llevarse a su esposa a vivir en el aislamiento, en una de sus casas ubicada en el campo. Recluidos de la vida pública, la mujer era el único reducto de orgullo y consuelo que le quedaba. Sumergidos en una vida de profunda soledad donde “las persianas se cerraban de la mañana a la noche”, la vida conyugal se trasformó en una situación de esclavitud y reclusión. En palabras de Marx:
La desgraciada esposa fue así condenada a la esclavitud más intolerable, controlada por el señor M. con la ayuda del Code Civil (Código Civil) y el derecho de propiedad. Base de las diferencias sociales que vuelven al amor independiente de los libres sentimientos de los amantes y permitía al marido celoso encerrar a su esposa con los mismos cerrojos con los que el avaro cierra los baúles de su cofre. La mujer es parte del inventario (Marx, 2012, p. 83).
La vida de la mujer se ensombrecía con las agresiones, los celos injustificados, la privación hacia toda actividad de distracción y las amenazas permanentes del marido a desfigurarla. Frente a este hecho, la esposa cayó en una profunda depresión y decidió quitarse la vida anudando el ruedo de su falda en torno a sus pies y tirándose a un estanque de agua.
El tercer caso es el de una mujer de apariencia refinada que interceptó en la calle a un médico para suplicarle auxilio debido a que se encontraba con un embarazo no deseado y se sentía afligida por la deshonra familiar y la percepción de que la “gente honorable” de su alrededor no se lo iba a perdonar jamás. Según sus palabras, ella se había aprovechado de la confianza y estima de una mujer, quien se encontraba furiosa y había abandonado a su marido. Si bien su deseo era matarse y no abortar, había alguien quien le había suplicado que busque otra solución, por ello interpeló al médico para que la ayude resolver el problema. Ante la solicitud, el médico, luego de analizar la situación, con mucho pesar, le dio una respuesta negativa y la mujer se alejó rápidamente. Quince días después, los periódicos informaron que una joven de dieciocho años, sobrina de un banquero, se había quitado la vida en un pozo de agua de la propiedad de quienes habían asumido el papel de su tutela.
El cuarto caso refiere a Tarnau, un hombre que había sido destituido del puesto de trabajo de la guardia de oficiales de la residencia del rey. Debido a su edad avanzada ya no podía incorporarse al mundo militar, el sector industrial le estaba vedado por falta de conocimientos y tampoco tuvo suerte en la administración civil. Tarnau, vivía con su esposa, una pobre costurera y sus dos hijas de dieciséis y dieciocho años que trabajan con ella. Frente a esta situación, al no querer sentirse una carga para su familia, el hombre decidió quitarse la vida y dejar una carta donde encomendaba a sus hijas a la duquesa Angoulême.
Los casos de suicidio descriptos por Marx, dan cuenta del sufrimiento de los individuos a raíz de la violencia familiar, de género, económica e institucional de las sociedades capitalistas de principios de siglo. Ponen en evidencia las situaciones de opresión que atraviesan fundamentalmente, a los grupos sociales como las mujeres o los individuos que viven en condiciones de pobreza. Nos permiten pensar en los procesos de dolor social a raíz de las injusticias de la vida colectiva donde “existen millones de almas que se encuentran en la más profunda soledad [al tiempo que están movilizadas] por el deseo inexorable de matarse sin que nadie pueda presentirlo” (Marx, 2012, p.71).
Maurice Halbwachs, en su obra Les causes du suicide (1930), sostiene que el número de suicidios registrados en una comunidad constituye un indicador del nivel de sufrimiento social que atraviesa a sus miembros, producto de “una ruptura del equilibrio colectivo” (Halbwachs, 1930, pp. 448–449). Aunque el suicidio pueda parecer un acto puramente individual, conserva siempre un carácter eminentemente social, pues expresa tensiones estructurales y afectivas que exceden la subjetividad personal. Los motivos por los cuales un individuo se quita la vida no residen exclusivamente en su interior, sino también en las condiciones sociales y simbólicas que configuran su existencia. En tanto ser social, quien decide morir no puede desprenderse de los marcos de memoria colectiva que modelan su manera de sentir y pensar (Halbwachs, 2011).
A partir del análisis de registros estadísticos sobre suicidios en Europa occidental y central, Halbwachs propuso una revisión crítica de las conclusiones de Durkheim formuladas tres décadas antes. Para él, la definición durkheimiana del suicidio resultaba demasiado amplia, ya que incluía bajo la categoría de suicidio altruista a casos en los que el individuo se sacrificaba por su grupo —como el soldado que muere por su patria o el mártir religioso—. En tales situaciones, el sujeto está subordinado a la colectividad y su acción no puede interpretarse como un acto de voluntad individual. Halbwachs (1930) cuestiona así el límite entre el suicidio y el sacrificio, preguntándose en qué medida la decisión de morir pertenece realmente al sujeto o constituye una imposición social interiorizada.
El autor plantea que el sacrificio es un acto socialmente organizado y legitimado, presidido por la comunidad que lo consagra mediante rituales y conmemoraciones. El suicidio, en cambio, es un acto solitario y moralmente condenado por las sociedades modernas, donde la renuncia a la vida se interpreta como una transgresión al ideal de felicidad y libertad. En consecuencia, quien se suicida suele retirarse del mundo “donde ya no hay lugar para él”, cargando con el peso simbólico de la vergüenza y la desaprobación colectiva (Cohen-Agrest, 2012).
Halbwachs profundiza además en las dimensiones emocionales del sufrimiento social, identificando distintas formas en que el dolor colectivo se inscribe en las biografías individuales. Algunos individuos mueren como forma de denuncia o protesta silenciosa ante la humillación o el daño moral sufrido; otros, en cambio, se suicidan movidos por sentimientos de culpa o responsabilidad, obedeciendo inconscientemente las normas de justicia social que los condenan. Finalmente, están aquellos que ceden ante la frustración vital generada por la imposibilidad de realizar sus aspiraciones, víctimas de un destino percibido como adverso.
Desde esta lectura, el suicidio se convierte en un termómetro moral de la sociedad, reflejo de sus desigualdades y de la precarización de los vínculos. Halbwachs (2011) advierte que cuando las tasas de suicidio aumentan, se incrementan también la desesperación, la humillación y el descontento general. Incluso coincide con Durkheim al sostener que las sociedades desarrolladas, al ampliar los medios para satisfacer deseos y aspiraciones, multiplican al mismo tiempo las necesidades insatisfechas, generando nuevas formas de frustración y dolor.
Autores contemporáneos han retomado estas ideas para explicar la intensificación del sufrimiento social en la modernidad tardía. Según Bericat (2021) y Fassin (2022), las sociedades actuales producen un tipo de dolor estructural derivado de la desigualdad y de la desintegración del vínculo comunitario, que convierte la experiencia individual del sufrimiento en un fenómeno político. Han (2022) y Bauman (2021) amplían esta perspectiva al describir una “anomia emocional” característica de la era neoliberal, donde los sujetos internalizan la exigencia de rendimiento y autoexplotación, transformando la desesperanza en autodestrucción silenciosa.
En el campo educativo, Kaplan (2022) y Arevalos (2024) destacan que la escuela refleja estas fracturas sociales: el malestar juvenil, la apatía y las autolesiones emergen como síntomas de una cultura que promueve la autonomía, pero desatiende la interdependencia. Desde este marco, la lectura de Halbwachs recupera vigencia al evidenciar que el suicidio continúa siendo una manifestación del dolor colectivo que atraviesa las instituciones, las subjetividades y los sistemas de valores contemporáneos.
Así, el suicidio no puede ser reducido a un hecho aislado o psicológico, sino que debe entenderse como un fenómeno sociocultural total, donde confluyen las transformaciones estructurales, económicas, religiosas y emocionales de las sociedades modernas. Su análisis exige, por tanto, una mirada interdisciplinaria que vincule las dimensiones de la memoria, la moral y la educación en la producción social del sufrimiento y del sentido de la vida.
Desde la sociología figuracional de Norbert Elias, se postula que la muerte ha sido siempre y en todo lugar “un problema de los vivos” (Elias, 1989, p.12). El hecho de ser conscientes de nuestra propia finitud conmueve los cimientos que sostienen los sentidos de nuestra vida. Es importante remarcar que Elias no aborda específicamente al suicidio como unidad de análisis, sin embargo, sus contribuciones acerca de las transformaciones en la estructura emotiva de los individuos frente a la muerte desde una mirada de largo plazo nos permiten comprender los procesos de dolor social que devienen de una pérdida significativa.
En su obra La soledad de los moribundos (1989), sostiene que en la Modernidad la muerte se ha ido escondiendo de manera progresiva detrás de las bambalinas de la vida colectiva como resultado del empuje civilizador que ha caracterizado a las sociedades occidentales desde el Renacimiento hasta nuestros días. La pacificación de lo social a raíz del monopolio de la violencia física de los Estados modernos, ha contribuido a la expulsión de la muerte de la vida social. En este marco, los individuos ya no mueren en el espacio público o en sus hogares sino en soledad, generalmente, en ámbitos especializados como los hospitales o asilos para ancianos, despojados de la contención de los seres queridos que dejan de participar de este proceso.
Según Elias, la idea de que al morir estemos solos se corresponde “con el mayor acento que también recibe en este periodo la sensación de que estamos solos en la vida” (1989, p.42). En las sociedades Modernas a partir del alto grado de individualización social, el sentimiento de soledad estructura nuestra personalidad hasta la llegada de la muerte. El aislamiento emocional en la vida colectiva impide el paso de los impulsos emocionales dirigidos hacia los demás estructurando una percepción distorsionada acerca de que la existencia es autónoma respecto de las otras, en la medida que el “yo” se desentiende de lo social como condicionante de las propias emociones. La sociedad se impone en el imaginario colectivo como una masa de “personas grises e indiferenciables” que amenaza con rebajar a sus individuos a un mismo nivel y limita a todo ser humano particular “el pleno desarrollo y cumplimiento de todas sus posibilidades” (Elias, 1990, p.70). La sensación de que el mundo exterior se opone al propio mundo interior evoca la imagen de la sociedad como una “carcelera” que impide al individuo salir de su celda hacia la vida (Elias, 1990).
La búsqueda de libertad, autonomía e independencia frente a las presiones exteriores establece un muro simbólico entre los sentimientos propios y ajenos. Esta distancia emocional produce formas específicas de satisfacción, pero también de vacío, dolor, descontento, desdicha y malestar debido a que se debilitan los lazos afectivos que posibilitan tramitar en compañía los acontecimientos que nos conmueven. Bajo estas condiciones de época la irrupción de la muerte de un ser querido afecta de manera particular el proceso de duelo. La pérdida de un otro significativo además de ser vivenciada como una pérdida de sí, donde la persona que ha fallecido es vista como parte o extensión de uno mismo, es reprimida por el individuo dado que la sensibilidad social hacia la muerte alrededor de la cual se construyen los tabúes modernos lo condiciona a poder hablar abiertamente de ésta sin que ello provoque repulsión y desagrado.
En los casos de suicidio, la dificultad para tramitar junto a otros la pérdida de un ser querido traduce una ruptura de las valencias afectivas, estructurantes de la convivencia social en tanto individuos interdependientes (Elias, 2008). Las condiciones socioculturales de represión de la muerte que limitan al individuo la afirmación emocional junto a los demás se inscriben como huellas del dolor en la biografía social. El muro simbólico entre los sentimientos propios y ajenos cierra la posibilidad de establecer “verdaderos lazos afectivos” [que fundan] “la relación con un nosotros” (Elias, 1990, p.156) y hace que la vida quede desprovista de significado colectivo.
Método
El presente estudio se desarrolló bajo un enfoque teórico-documental de orientación cualitativa, sustentado en una perspectiva hermenéutica-crítica que busca comprender el suicidio y la pérdida de sentido en la modernidad como construcciones socioculturales. Este enfoque permitió integrar reflexivamente aportes provenientes de la sociología clásica y contemporánea, la filosofía social y la pedagogía crítica, a fin de generar una interpretación teórica situada del fenómeno.
Se aplicó la técnica de investigación documental (Reyes-Ruiz & Carmona, 2020; Hernández-Sampieri et al., 2022), orientada a la reconstrucción crítica de categorías teóricas y al análisis sistemático de fuentes secundarias —libros, artículos científicos, tesis doctorales, informes institucionales y documentos de organismos internacionales—. La selección de materiales se realizó de manera intencionada y criterial, priorizando textos publicados entre 2019 y 2024 por su relevancia conceptual y vigencia en torno a las temáticas de suicidio, sufrimiento social, juventud y educación.
El proceso analítico se estructuró en tres fases: (a) identificación y revisión de fuentes, (b) categorización temática mediante análisis de contenido teórico, y (c) triangulación interpretativa entre los autores clásicos (Durkheim, Marx, Halbwachs y Elias) y perspectivas contemporáneas (Kaplan, Ahmed, Le Breton, Korinfeld & Levy, entre otros). La unidad de análisis estuvo conformada por los discursos teóricos sobre el suicidio y las prácticas simbólicas de la escuela frente al sufrimiento juvenil.
Desde esta perspectiva, el método teórico-documental posibilitó una síntesis interpretativa de las dimensiones estructurales, culturales y afectivas del suicidio, y favoreció la elaboración de una lectura sociopedagógica que reconoce el papel de la escuela como espacio de sentido, cuidado y reconstrucción de lo humano en las sociedades contemporáneas.
Resultados
Los resultados del estudio teórico-documental permiten comprender el suicidio como una expresión de dolor social derivada de las tensiones estructurales, culturales y afectivas que caracterizan a la modernidad. Desde la lectura de los autores clásicos y contemporáneos de la teoría social, se identifica que este fenómeno trasciende la esfera individual y se configura como un síntoma colectivo del malestar de vivir en sociedades regidas por la desigualdad, la fragmentación y la pérdida de sentido.
En primer lugar, el análisis evidencia que el suicidio se vincula con las formas de injusticia social que restringen las posibilidades materiales y simbólicas de las juventudes para afirmarse en el presente y proyectar un porvenir. La modernidad capitalista ha desplazado las nociones de libertad y felicidad hacia la obtención de bienes materiales, generando frustraciones, humillaciones y sentimientos de exclusión que erosionan la autoestima social. En este contexto, el suicidio emerge como una manifestación extrema de la violencia estructural que atraviesa la vida cotidiana de los jóvenes y que transforma su sufrimiento en un acto de resistencia silenciosa frente a la falta de reconocimiento y pertenencia.
En segundo término, los resultados muestran que los procesos de individualización social y la fragilización de los vínculos afectivos limitan la construcción de narrativas de sentido compartido. Las juventudes, especialmente en contextos de incertidumbre y precariedad, encuentran dificultades para construir una identidad sostenida por la mirada de los otros. La experiencia global de la pandemia del SARS-CoV-2 intensificó este fenómeno, generando aislamiento emocional y debilitamiento de los soportes afectivos, en un tiempo en que la muerte y la pérdida se convirtieron en experiencias cotidianas.
En tercer lugar, el incremento de los suicidios juveniles constituye un indicador del malestar social contemporáneo y un trauma colectivo que afecta las redes de sociabilidad y la memoria emocional de las comunidades. Este fenómeno revela la carencia de espacios simbólicos donde las juventudes puedan elaborar su sufrimiento y resignificarlo en clave de esperanza.
En este marco, la escuela se perfila como un espacio simbólico esencial para la reconstrucción del sentido vital. Su valor ético, político y afectivo radica en su capacidad para generar condiciones de reconocimiento, justicia y cuidado que favorezcan la elaboración de los duelos sociales. Lejos de reproducir el malestar colectivo, la escuela puede convertirse en un lugar de producción de sentidos, donde el encuentro generacional e intergeneracional posibilite la tramitación de las heridas sociales mediante vínculos de confianza, empatía y solidaridad.
Así, los resultados permiten afirmar que el rol educativo de la escuela consiste en ofrecer un entramado de significados que ayude a las juventudes a inscribir su dolor en una trama colectiva de sentido. Promover una cultura afectiva escolar, basada en la justicia emocional y el cuidado mutuo, se convierte en una vía pedagógica para contrarrestar las lógicas de indiferencia y desprecio propias de las sociedades modernas. De este modo, la escuela puede constituirse en una auténtica comunidad emocional, donde educar para la vida y con sentido se traduzca en un acto de resistencia frente a la desesperanza y la deshumanización contemporánea.
Conclusiones
El suicidio no puede reducirse a un acto individual ni a una patología aislada, sino que constituye un fenómeno social complejo que expresa el sufrimiento colectivo de las sociedades modernas. Las transformaciones estructurales, la desigualdad, la precariedad afectiva y la pérdida de referentes comunitarios configuran escenarios de anomia y desamparo donde las juventudes experimentan la vida como carente de sentido. En este marco, el suicidio emerge como una forma límite de dolor social, inscrito en una cultura que promueve la autonomía individual, pero debilita los lazos de interdependencia y solidaridad. La reflexión sociológica permite comprender que las experiencias de desesperanza y autodestrucción no son signos de debilidad personal, sino síntomas del malestar que atraviesa a las sociedades contemporáneas.
Frente al avance del individualismo y la crisis de significados colectivos, la escuela conserva un papel insustituible en la producción de narrativas vitales y en la elaboración del sufrimiento social. En tanto institución formadora, tiene la capacidad de ofrecer un entramado afectivo, ético y simbólico que ayude a las juventudes a reinscribir su dolor en proyectos de vida y comunidad. Su función educativa trasciende la transmisión de saberes, al convertirse en un espacio de reconocimiento mutuo, justicia afectiva y cuidado recíproco. Reivindicar el valor pedagógico y humano de la escuela implica reconocerla como un lugar donde se cultiva el sentido de vivir, se teje la esperanza y se fortalece el lazo social que sostiene la dignidad y la vida en común.
Conflicto de intereses
El presente trabajo no presenta conflictos de intereses.
Responsabilidad ética
Certifico que el artículo es original y no ha sido publicado ni está en vías de serlo parcial o totalmente en otra revista. Declaro aceptar las normas de publicación de la Revista EDUCA UMCH para fines de corrección y hago constatar que cedo a esta los derechos de reproducción y difusión a nivel nacional e internacional, tanto por medios impresos como electrónicos.
Declaración sobre el uso de LLM (Large Language Model)
No sé utilizó ningún mecanismo y/o procedimiento tecnológico en la redacción de la totalidad del manuscrito.
Financiamiento
La investigación fue realizada con recursos propios.
Correspondencias:
darevalos@filo.uba.ar
Trayectoria Académica
Darío Hernán Arevalos
Doctor en Educación, Universidad de Buenos Aires (UBA) con Posdoctorado en la Universidad Estadual de Londrina (UEL-Brasil). Becario Posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET); Integrante del Programa de Investigación sobre “Transformaciones sociales, subjetividad y procesos educativos”; bajo la dirección de la Dra. Carina V. Kaplan (IICE-UBA). Ayudante de Primera, Cátedra de Teorías Sociológicas y Educación, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires (UBA).
Licencia
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Referencias
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Notas de autor
darevalos@filo.uba.ar
Información adicional
Como citar: Arévalos, D. H. (2025). Suicidio y modernidad: una reflexión sociológica sobre el lugar de la escuela en la producción de narrativas vitales. Revista EDUCA UMCH, (26), 176-196. https://doi.org/10.35756/educaumch.202526.331
Enlace alternativo
https://revistas.umch.edu.pe/index.php/EducaUMCH/article/view/331/901 (pdf)

