

MUNDO EN QUE VIVIMOS
Bajo la piel del Trumpismo 1
Under the skin of Trumpism
Política Internacional
Instituto Superior de Relaciones Internacionales "Raúl Roa García", Cuba
ISSN: 1810-9330
ISSN-e: 2707-7330
Periodicidad: Trimestral
vol. 3, núm. 1, 2021
Recepción: 06 Noviembre 2020
Aprobación: 25 Noviembre 2020
Resumen: El texto explica la elección de Donald Trump en los comicios presidenciales del 2016 a partir de la presencia de un grupo de condiciones económicas y políticas, que apuntan al deterioro del sistema social construido en la posguerra y a la disminución del liderazgo de Estados Unidos como actor de la comunidad internacional. A partir del 2016, se ponen en tela de juicio prácticamente todas las reglas de juego sobre las que funcionó el capitalismo estadounidense en los últimos 70 años, así como el concepto del interés nacional. El sector más reaccionario de la oligarquía en ese país utilizó la crisis existente en los principales partidos políticos para acceder al poder y, desde allí, tratar de preservar sus objetivos más trascendentes, a reserva del impacto sobre la mayoría de la población y del debilitamiento de los espacios multilaterales
Palabras clave: Estados Unidos, Sistema Político, Crisis, Estado, Relaciones Internacionales, Donald Trump.
Abstract: The text explains the election of Donald Trump based on the presence of a number of economic and political conditions in the U.S. scenario that signal the deterioration of the social system set during the postwar and the decrease of the United States leadership as an actor in the international community. As from 2016, almost every rule of the game on which the U.S. capitalism had operated for the past 70 years is questioned, as well as the concept of national interest. The most reactionary sector of the oligarchy in said country used the existing crisis in the main political parties to gain access to power and from there, try to preserve their most direct objectives, regardless of the impact on the majority of the population and the weakening of the multilateral spaces.
Keywords: United States, Political System, Crises, State, International Relations, Donald Trump.
Introducción
La imagen personal y las acciones públicas de Donald Trump han sido la etiqueta más conocida del gobierno republicano de los últimos cuatro años en Estados Unidos. Una buena parte de la prensa y de los observadores políticos han prestado una atención desproporcionada a las contradicciones diarias del mandatario en sus afirmaciones, su capacidad para desempeñar el cargo, la catadura moral de sus acusaciones, y han reflejado estos aspectos como los esenciales en su gestión.
Se reiteró el mensaje de que este gobierno no contaba con una plataforma programática, no tenía una filosofía propia y que sus prioridades cambiaron de manera constante.
Sin embargo, se han hecho pocas apreciaciones objetivas sobre qué ha sucedido realmente debajo de tanta sensación de caos, de la disfuncionalidad de las agencias federales y del reality show2 divulgado cada día para dividir, polarizar, someter y tratar de desprestigiar a enemigos ideológicos.
Desarrollo
Para intentar responder la pregunta sobre qué ha significado este período en la vida de los Estados Unidos y, mejor aún, para comprender qué implicará para el resto del mundo en el futuro, habría que comenzar por la base económica de ese Estado.
Después de décadas de promover los principios más ortodoxos de la escuela neoliberal para su aplicación en otros países y respetar algunas de esas normas del Libre Comercio (otras no) a lo interno del país, en Estados Unidos se identificaron claramente en los inicios del siglo XXI sectores económicos que se vieron a sí mismos como los grandes perdedores de aquella campaña de pseudocolonización.

Agobiados por la falta de competitividad3, atraso tecnológico y baja productividad e innovación, los granjeros, productores de acero, ensambladores de autos, productores de combustibles fósiles, los bancos y aseguradoras asociados a aquellos y aún otros sectores, observaron cómo la aventurada apuesta a nivel internacional significó pérdidas para ellos en cuanto a empleos, ganancias y espacios políticos.
Al interior de Estados Unidos el neoliberalismo tuvo ganadores y perdedores, que estuvieron desigualmente distribuidos por toda la geografía nacional. Poco a poco el país, como un todo, dejó de ser el líder de la economía mundial y del avance tecnológico. Se acentuó aún más la diferencia entre estados y ciudades en cuanto a crecimiento, prosperidad y acceso a la riqueza. Aumentó la percepción de que, en una economía cada vez más contraída que llegó a números rojos históricos en el 2008, los ciudadanos extranjeros que arribaban al país por cualquier vía eran “invasores” que venían a robar porciones cada vez más reducidas de bienestar.
El declive multidimensional se hizo aún más severo con el costo de la llamada Guerra contra el Terrorismo, iniciada formalmente en el 2001, que llevó a Estados Unidos a dos conflictos interminables e imposibles de ganar en el Medio Oriente, a un precio impagable para el presupuesto federal estadounidense4, y con un impacto social en cuanto a bajas, heridos, mutilados, suicidios y falta de apoyo a veteranos, que recordaron los peores momentos de la pesadilla de Vietnam.
Poco a poco fue creciendo entre los “sectores sociales víctimas” de estos procesos el sentimiento de abandono, de falta de representatividad desde el gobierno federal, de ausencia de respuesta a sus necesidades. Se crearon las bases de otro movimiento político5 al que le faltaron líderes, plataformas y soluciones, pero que se fue esparciendo por toda la base del sistema estadounidense de forma lenta e irreversible desde mucho antes del 2016.
El candidato Donald Trump se presentó ante esos probables electores como el potencial catalizador de sus sentimientos. No importó que fuera un multimillonario del negocio inmobiliario para que sus frases en cuanto a dejar de ser “políticamente correcto”, “drenar el pantano” (en referencia a la corrupción política en Washington DC) y “hacer América Grande de nuevo6” calaran en lo más profundo del resentimiento, sobre todo de grupos sociales blancos y suburbanos marginados.
Una vez electo, el presidente Donald Trump no concretó sus promesas creando un nuevo sistema de distribución de la riqueza en Estados Unidos, no desplegó un esfuerzo legislativo que ayudara a balancear las desigualdades acentuadas, ni se embarcó en un intento de modernización de parte de la base productiva del país como intentó el Reaganomics (Davis, 2018) en los 80.
Entre sus prioridades sí estuvo convertir en ley un nuevo sistema impositivo7, mediante el cual un segmento de la clase corporativa estadounidense recuperara al menos un porcentaje de los ingresos que pierde en los mercados por la depauperación económica8. Las ventajas para ese sector eran incomparablemente superiores al beneficio recibido por los ciudadanos de medianos y bajos ingresos.
Negando los preceptos sagrados de la libertad de mercado y de la reducción del papel del Estado en la Economía, durante los cuatro años de la Administración Trump el gobierno intervino una y otra vez para corregir hechos económicos no deseados, que fueron desde la desregulación de varios sectores, la inyección de capital desde el presupuesto federal, la eliminación de competidores externos y la imposición de tarifas más altas a las importaciones.
Con el ascenso de nuevos sectores y movimientos, que incluían un redoblado activismo de inmigrantes, afroamericanos, comunidad LGTB, el feminismo, defensores del medio ambiente, grupos sindicales y otros, los círculos corporativos percibieron la necesidad de garantizar el poder que, hasta ese momento, les había permitido prevalecer, aún en el escenario de violar los códigos establecidos y aceptados por la mayoría.
En lugar de imaginar un sistema distinto, aprobar leyes, formular propuestas, el camino más expedito para los operativos republicanos fue manipular a aquellos que administran la justicia, los jueces, nombrando en las cortes a nivel local, estadual y federal a aquellos que tenían una identificación ideológica con el Trumpismo y sus bases. Para julio del 2020 Trump había propuesto a 200 jueces a todos los niveles y para junio del propio año no quedaba ninguna plaza vacante en las Cortes de Circuito, objetivo difícil de lograr por administraciones precedentes9.
La decisión de Donald Trump de nominar una jueza conservadora a la Corte Suprema como reemplazo de la fallecida Ruth BaderGinsburg, a solo 38 días de las elecciones generales, violando la llamada Regla Thurmond10 que demócratas y republicanos había respetado desde 1968, generó una nueva tormenta política.
Con el nombramiento de estos jueces el Presidente cumplió una promesa hecha a su base electoral, y a la clase social a la que pertenece, mediante la cual proyecta hacia el futuro una realidad difícil de ignorar por subsecuentes gobernantes y que tendrá repercusiones a nivel de todos los estratos del sistema judicial estadounidense. En la misma medida en que esos jueces emitan fallos que apoyen causas conservadoras en temas sociales, aumentará el grosor de la jurisprudencia que servirá de base aún a nuevos casos a lo largo de próximas décadas.

Durante este gobierno, los asociados más cercanos al Presidente como empresarios, donantes multimillonarios, operativos políticos, subordinados burocráticos y cualquier otro que formó parte de su círculo más íntimo fue bendecido por ese estado de cosas, o fue aliviado del impacto de la ley mediante decisiones ejecutivas. Muchos de ellos sustituyeron a funcionarios calificados en plazas de gobierno para las que no tenían ninguna o adecuada preparación.
Cuando Donald Trump fue electo presidente en noviembre del 2016 quedaba claro que los dos principales partidos políticos estadounidenses trataban de imaginar algún tipo de acomodo, con la realidad de contar en el país con 12 millones de personas indocumentadas. La posible solución de la situación legal para aquellos podría potencialmente permitir cosechar votos electorales para uno u otro partido, dentro de una masa que al legalizar su condición de residente presumiblemente se incorporaría como parte del patrón electoral nacional.
El nuevo equipo en el poder aportó una tercera opción que significó simplemente descartar cualquier acuerdo y situó el concepto de inmigrante al mismo nivel del submundo político al que George W Bush llevó a los musulmanes con sus campañas de descrédito.
Trump se propuso degradar a la fuerza de trabajo inmigrante a la condición de ser un grupo humano sin derechos que aceptara cualquier condición laboral11, con el consecuente beneficio para aquellas empresas que dependen de su existencia, básicamente construcción y agricultura. Sus constantes referencias a la edificación del muro en la frontera común con México nunca fueron el foco principal de sus esfuerzos, sino el símbolo a fijar en las mentes de sus seguidores para lograr el objetivo de demonizar al inmigrante a escala nacional.
Los gastos militares es uno de los temas en los que posiblemente se registre más distancia entre el discurso de campaña y las acciones del Trumpismo. Sus afirmaciones sobre reducir la presencia militar de EE. UU. en el exterior no se reflejaron en una disminución de los fondos dedicados a la Defensa, todo lo contrario. Entre los años 2018 y 2020 el crecimiento del presupuesto militar, en comparación con el año precedente, fue de +7.1%, +1.5% y +3.4%, respectivamente, después de que en los tres años anteriores (2015-2017) fuera de -2.26%, +0.67% y +0.95% respectivamente12.
En la propuesta de presupuesto para el 2021 se financiarían 12 “iniciativas” de esta Administración, entre las que se cuentan Modernización Nuclear (29 mil millones USD), Defensa Antimisiles (20 mil millones USD) y el nuevo Programa Espacial (18 mil millones USD). Al analizar los cuatro presupuestos militares propuestos y aprobados bajo el gobierno de Trump, el componente de los mismos que más crece (+28.9%) es el llamado Base de Apoyo (Support Base), que suma los fondos que se dedican a la Defensa en otras agencias federales, incluido el Departamento de Estado13.
Trump no ascendió a la Presidencia rodeado de un equipo con condiciones para gobernar, más allá de sus consejeros familiares, acólitos empresariales y arribistas que vieron en el caos total una ventana de oportunidad para su beneficio personal. De alguna manera se insertaron militares y otros ex altos ejecutivos, que al parecer tuvieron la encomienda de evitar que un desastre se convirtiera en catástrofe.
Ya en el poder, el primer mandatario no tuvo el menor interés de articular una rama ejecutiva bien equipada, sobre la que podría descansar el requerido proceso de consultas interagenciales, para la toma de decisiones y la definición del consabido interés nacional. Trump se vio a sí mismo como un César estadounidense que solo requería a su alrededor de personas que aplaudieran sus decisiones.
Quizás por esa razón lo que llegó a constituirse como gabinete, más las respectivas oficinas subordinadas, haya sido una de las burocracias con menor espíritu de cuerpo, disciplina interna y sentido de pertenencia de los tiempos modernos. De ahí la reiteración de filtraciones de contenidos y escándalos palaciegos, que contaminaron al gobierno de Trump desde sus inicios, los cuales resquebrajaron su prestigio ante su propio país y frente a los llamados países aliados.
El nuevo presidente no se embarcó en negociaciones con el Congreso para buscar el apoyo a sus nominados para los distintos cargos, ni le interesó que algún burócrata se considerara a sí mismo como una pieza clave para implementar una agenda que era ante todo personal. Se creó una nueva circunstancia en la que los pocos directivos nominados y confirmados por el Senado tenían que profesar lealtad absoluta al primer mandatario14, razón por la que podían dejar el cargo a la misma velocidad que entraban y ni siquiera mediante el papeleo que establecía la práctica ejecutiva. Por primera vez en la historia estadounidense, altos funcionarios conocieron de su democión mediante las redes sociales.
Se deconstruyó de forma progresiva un aparato estatal en el que no solo dejaron de existir personas capacitadas para cumplir su labor específica, sino que aquellas tampoco contribuyeron a conservar una memoria institucional que permitiera la continuidad gubernamental hacia el futuro tan imprescindible en un sistema bipartidista.
Al equipo gobernante que ejerce el poder desde enero del 2021, esencialmente nadie entregará sus funciones y, cuando se vaya a los archivos para cubrir las lagunas de conocimiento, faltará una buena parte de la evidencia documental y del análisis que debía protegerse en esos fondos.
La elección de Trump como candidato a presidente por un partido en el que nunca militó mostró por sí misma la inexistencia de una formación política republicana que ya estaba en franco deterioro. Fue casi una escapada de un intruso, que aprovechó los espacios vacíos entre las diversas sectas que se reunían bajo la sombra de esa agrupación.
El ascenso de este outsider15 a la presidencia coexistió con una tendencia similar que ocurría al interior del partido de “oposición”, en el que nuevamente, gracias a las diferencias entre los grupos que lo componían, no fue posible elegir un candidato de amplio apoyo, ni conformar una plataforma que explicara con claridad cómo intentar revertir los problemas más acuciantes del país. Trump fue el candidato de él mismo y peleó contra un enemigo débil y dividido, recibió el apoyo además de un sistema electoral no representativo, conformado solo para satisfacer los reclamos de los estados esclavistas del Sur y mantenerlos en la Unión 200 años atrás.
Donald Trump fue “electo” a partir de la negación de lo que hasta esa fecha había sido un principio estratégico de cualquiera de las formaciones políticas estadounidenses: tratar de cortejar a varios o a todos los grupos de votantes. El magnate inmobiliario se dirigió en toda su campaña a un solo grupo, habló solo a los blancos resentidos, a los perdedores del libre comercio, a los que veían al resto de los grupos humanos connacionales como una amenaza a su modo de vida y a otros que al mismo tiempo hacen una interpretación muy peculiar de las santas escrituras religiosas.
Su éxito no fue el resultado de una gran estrategia, sino otro subproducto de la depauperación del convencionalismo nombrado “democracia estadounidense”. En las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos ha votado como norma un 50% de los electores registrados, de los cuales poco más del 22% del total elige al partido de gobierno, recibiendo el apoyo de un porcentaje de los llamados votantes independientes, que en varios estados llega a ser la tercera parte del total inscrito. Si bien el grupo que se identificó con el resentimiento blanco y republicano ortodoxo constituye solo un poco más del 30% del padrón electoral general del país, resulta suficiente para llevar a un candidato a la Casa Blanca en las condiciones antes expuestas.
Si existieran en Estados Unidos otros niveles de participación popular en las elecciones presidenciales, la estrategia de hablar con un solo subgrupo de votantes no funcionaría, pero del lado demócrata ningún subgrupo de electores (afroamericanos, hombres o mujeres blancas, hispanos, sectores de bajos ingresos, la llamada clase media) en las condiciones del 2016 y del 2020 tenía un alto nivel de compromiso con el ejercicio de los derechos electorales, ni contaba con tal homogeneidad en su interior.
Este escenario bipartidista venía condicionando desde mucho antes las actividades de un Congreso Federal que era cada vez menos productivo, que llegaba a la casi inacción total, plagado por una polarización irreversible. Con el arribo de Trump sucumbió el espejismo de los controles y balances (checks and balances) en el sistema “democrático” estadounidense. Ni en un solo segundo del término presidencial 2016-2020 la rama legislativa estuvo en capacidad real de supervisar, regular o influir sobre la acción del Ejecutivo. Todo el esfuerzo de la mayoría demócrata en la Cámara para iniciar un proceso de destitución (impeachment)16 del Presidente en un Senado de mayoría republicana no fue la excepción, sino la confirmación de tal esterilidad.
Para imponer su voluntad, sin el requisito de negociar sus prioridades, Trump se convirtió rápidamente en el primer mandatario que firmó más órdenes ejecutivas durante un mandato de cuatro años en la historia estadounidense.17
Para poder lograr el éxito o no en la agenda que era realmente de su interés, Trump confiaba en contar como instrumento útil el manejo de la información pública, fuera tanto a través de los medios de comunicación tradicionales, como por las oportunidades que ofrecían las redes sociales.
Ya desde la segunda mitad del siglo XX Estados Unidos se había convertido en un país de consumidores, donde los hábitos para adquirir bienes y servicios eran formados desde la publicidad comercial. En la misma medida en que las principales compañías proveedoras de noticias concentraron la propiedad sobre periódicos, revistas, canales de televisión, frecuencias de radio y se erigieron como entes corporativos que producían noticias, los ciudadanos fueron paulatinamente dejando de ser receptores críticos de contenidos, para convertirse en receptores pasivos.
Casi de manera imperceptible grandes grupos de audiencia vieron también formados sus criterios y preferencias políticas desde la prensa. Para la segunda década del siglo XXI el ciudadano común ya no hacía búsquedas sobre la información que le podía interesar, los medios noticiosos les entregaban por vía digital varias veces al día resúmenes titulados “lo que usted necesita saber”.
En la era Trump llegó a límites sin precedentes el papel de los fabricantes de noticias y pensamiento en la formación de conductas del votante promedio estadounidense. Se llegó a sustituir la capacidad de generar ideas desde el público por la recepción de comandos de actuación y comportamiento, que se asumen por amplios grupos como orientaciones que se adquieren de manera irreflexiva. Aún más, se refinaron herramientas para modificar la conducta política de muchos que ya tenían una definición clara sobre a qué político, agrupación o plataforma apoyar18.
Más que atraer apoyo, con sus campañas públicas, declaraciones, tuits y eventos diarios Trump se propuso distraer la atención y controlar el ciclo noticioso. Convirtió las cuestiones secundarias en principales y viceversa y alejó la atención de rivales políticos, entes reguladores y de cualquier rival, de todo aquello que intentó cambiar para su beneficio personal o grupal. Trump no fue el gobernante de la mayoría, sino a pesar de la mayoría.
Trump se refugió en la negación del mundo real y creó su mundo virtual, en el que únicamente habitaban sus seguidores.
POLíTICA EXTERIOR
El punto de coincidencia de los fenómenos antes descritos, tanto en el plano internacional como en el doméstico, radica en que Estados Unidos como país y una parte de oligarquía como sector, trataron de lograr en estos cuatro años, por métodos excepcionales, lo que ya no pueden obtener a través de las normas que utilizó el capitalismo estadounidense de posguerra hasta hoy.

En el pasado, cuando grandes potencias perdieron su liderazgo, se crearon condiciones para los conflictos multinacionales. Sin embargo, Estados Unidos aún no se recupera económica, política y sociológicamente de dos grandes aventuras bélicas no concluidas, de guerras en las que la victoria no pudo ser lograda por medios militares, y en las que la diplomacia estadounidense ha tratado de acceder al menos a una salida decorosa, a pesar de que ello sea mediante la negociación parcial y burda con el mismo enemigo que supuestamente generó la Guerra contra el Terrorismo. Estados Unidos se propuso desde entonces cambiar el equilibrio militar en el mundo ante el avance de otros actores, pero después de 20 años no ha logrado prevalecer, ni vencer, ni por acciones relámpago, ni por ocupaciones de largo plazo.
De cara a los socios principales de Estados Unidos en el ejercicio del Libre Comercio, el gobierno republicano inició una desenfrenada ola de cuestionamientos y renegociación de acuerdos firmados décadas atrás19, que crearon la sensación de que se gestaba un ímpetu nacionalista para defender a toda costa los intereses del país, pero en realidad se registraron pocos cambios esenciales en los entendimientos. En varios momentos los desacuerdos provocaron una guerra tarifaria que solo corrigió aspectos marginales de los desequilibrios que se pretendieron revertir, siendo los casos más visibles los relativos al TLCAN y China.
El proceso de declive económico estadounidense tuvo su impacto directo tanto en la balanza comercial, como en la deuda pública del país, pero también se reflejó en la visión de parte de la clase política respecto al sistema político internacional que ese país había tratado de construirse para sí desde finales de la Segunda Guerra Mundial20. A diferencia de aquel momento, Estados Unidos ya no era el líder indiscutible, pues habían surgido nuevos polos que cuestionaban a todos los niveles el papel del antiguo Hegemón.
Trump y su grupo estimularon el debate en relación con el costo de la presencia estadounidense en los organismos multilaterales, políticos, militares, o científicos de cara al beneficio que los mismos reportaban para garantizar el liderazgo indiscutible. Pero, al no estar en condiciones de crear una nueva estructura de poder internacional, la opción más probable podría ser ignorar o desconocer el existente y refugiarse en sus fronteras.
En el caso específico del sector de la Energía, la llamada “revolución del esquisto” (o fracking)21 ciertamente posibilitó el aumento de la producción petrolera en Estados Unidos pero a un gran costo para el medio ambiente, lo cual impulsó su retirada de los principales compromisos internacionales en la materia y el relajamiento de las regulaciones nacionales de la industria. Las medidas punitivas contra países como Irán y Venezuela, grandes productores petroleros, tenían además del contenido político la intención de limitar la competencia para los productores estadounidenses y eventualmente ejercer dominación sobre los yacimientos de aquellos.
Las decisiones de política exterior, porque sería oprobioso hablar de una política estructurada, tomadas desde el gobierno de Trump, en particular respecto a América Latina y el Caribe en este período, requieren una especial revisión, ya que brindan luz sobre la decadencia de Estados Unidos como “poder indiscutible” y sobre la satisfacción exclusiva de intereses de grupos internos, por encima del llamado interés nacional.
En esa región la incapacidad política, económica y militar para imponer su voluntad sin resistencia se tradujo en el reforzamiento de sanciones contra un reconstruido “eje del mal”, formado por Venezuela, Nicaragua y Cuba, unidas con la tercerización de sus acciones a través de jueces corruptos, grupos paramilitares, mercenarios y simples operativos políticos sin vínculos públicos directos con Washington, además de la creación de un mundo virtual latinoamericano enajenado de la realidad, con la reiteración hasta el cansancio de falsedades sobre los “enemigos” y el ocultamiento a toda costa de los errores de los “amigos”.
Pero esencialmente Estados Unidos no logró en el período ningún avance considerable para sus intereses en la región, más allá de reforzar el desastre y la depauperación donde ya existía, acabar con vestigios de partidos políticos tradicionales, imponer la penuria a los que no siguen automáticamente sus mandatos y sustituir como operativos a los jóvenes de cuello blanco formados en universidades estadounidenses por hampones que hurtan espacios políticos y bienes materiales al amparo de jueces y tribunales que redefinen la legalidad. Si bien Washington aumentó su presencia e influencia militar en varios puntos de la región latinoamericana y caribeña, China, Rusia, Turquía e incluso Irán continuaron su avance en las relaciones con contrapartes económicas locales.
Para los temas de América Latina y el Caribe el equipo de Trump estuvo compuesto por algunos de los peores y menos exitosos “expertos” que repitieron, o reciclaron, los errores más calamitosos en los cuales Estados Unidos había incurrido en el pasado.
LAS CRISIS INTERNAS
En momentos en que los procesos antes descritos se manifestaban de manera imprecisa, desigual o poco evidente, se produjo la crisis asociada con la pandemia de la nueva enfermedad conocida como COVID-19, que vino a poner de relieve de forma aún más clara las debilidades del Estados Unidos actual como nación, o como gran federación de minorías.
En primer lugar, el gobierno estadounidense demostró su incapacidad de prever y de asimilar, como parte de la información de su sistema de inteligencia, todo lo publicado en el mundo sobre el tema antes de registrar el primer caso dentro de las fronteras. Cuando finalmente comenzaron a detectarse pacientes infectados residentes o importados, las agencias federales no construyeron escenarios alternativos que sirvieran como referencia a los gobiernos estaduales, locales, a centros de investigación y de atención médica.
Apartado de forma total de las consideraciones científicas, el primer mandatario asumió un liderazgo en el tema, bajo la presunción de que era una batalla relativamente fácil, que le retribuiría una alta ganancia política. En la misma medida en que el panorama se tornó más complicado, el Presidente entregó la responsabilidad a los gobernadores, poco a poco se fue apartando de las audiencias diarias con la prensa y finalmente se desasoció de los expertos que lo habían rodeado en el manejo público de la pandemia. Más cerca de los comicios de noviembre retomó el ejercicio con nuevos “asesores” que no cuestionaron sus puntos de vista.
Estados Unidos, poseedor de un sistema burocrático complejo, en ningún momento de la pandemia tuvo la capacidad de lograr una mínima coordinación entre sus partes que ofreciera a los potenciales afectados la más pequeña posibilidad de sobrevivencia. Nunca pudo armar una estructura de captación de datos, ni siquiera ofreció cifras oficiales de lo que sucedía, responsabilidad que quedó en manos de una universidad (John Hopkins). Desde un principio los costos de la crisis se calcularon en términos de mercado contra vidas humanas, entendiéndose que era necesario “invertir” una cantidad no despreciable de estas últimas para que las grandes corporaciones evitaran los números rojos.
En medio de la pandemia se desarrolló una carrera desenfrenada entre productores de tecnología y medicamentos, asesores y compañías de relaciones públicas, no para salvar pacientes, sino para sacar el mayor provecho de cualquier producto o servicio que remotamente creara al menos la percepción de que podía ser útil para detener al nuevo coronavirus.
Después de meses de distanciamiento social, cuarentenas y aislamiento poblacional, la reapertura temprana e irresponsable de ciudades y estados, dictada por los intereses del mercado a despecho de la seguridad ciudadana, recreó una segunda espiral de contagios que llevó la crisis a un nivel superior.
Una vez más, cuando Estados Unidos mostró su disfuncionalidad en todo su esplendor, las causas de la debacle se intentaron encontrar en el exterior y comenzaron los ataques desenfrenados contra China, como origen de la epidemia y la Organización Mundial de la Salud por supuestamente no haber exigido más transparencia de aquel país.
El gobierno estadounidense escogió de nuevo la opción del aislamiento frente a la cooperación multilateral. Su rol de supuesto “líder del mundo libre” volvió a ser cuestionado, pero esta vez en una de las materias más “apolíticas” que puedan existir: la salud humana.
La gravedad del estado de cosas era aún más profunda porque la “oposición política”, el espacio que comprende todo el mundo no gubernamental y la sociedad civil en su conjunto, atónitas ante las variables de perecer o sobrevivir, no fueron capaces de articular ninguna respuesta hacia el mundo que mostrara el menor atisbo de solidaridad, que al menos recordara que existían otros pueblos sufriendo los embates del mismo enemigo pero con muchos menos recursos.
Por primera vez en la historia reciente de Estados Unidos una crisis internacional no era utilizada por este actor para hacer prevalecer su enfoque, avanzar su agenda nacional, o someter a otros.
El Congreso, uno de los poderes concebidos en la Constitución para corregir las imperfecciones del Ejecutivo, solo estuvo en capacidad de aprobar paquetes multimillonarios para salvar a la clase corporativa y dejar al 99% de la población cantidades irrisorias de fondos para sobrevivir la crisis. Pocas veces en los registros congresionales ha quedado estampada con tanta claridad la verdad absoluta de que el sistema capitalista en Estados Unidos está diseñado y funciona solo para favorecer los intereses de un sector minoritario de la sociedad.
Los límites del oprobio se registraron cuando la Secretaría del Tesoro se negó a revelar los nombres de las corporaciones que se beneficiaban de los paquetes de rescate22 (por un volumen de 500 mil millones de dólares) y se conocieron después manejos dudosos con los fondos aprobados. El simbolismo de la nueva coyuntura fue extremo: la mayor economía del mundo, que además posee un poderío militar aún inigualable, estaba sucumbiendo ante el avance de apenas un virus.
La COVID-19 resultó ser el detonante de una situación que varios observadores habían estado esperando en forma de un conflicto militar provocado en el exterior, que pudiera ser una distracción fabricada por Trump para ganar apoyo de cara a la reelección.
Después de sufrir en tres meses casi el doble de las bajas de un conflicto de diez años como el de Vietnam, el Comandante en Jefe de las fuerzas militares estadounidenses dio evidencias de su incapacidad para dirigir a sus “tropas” en un conflicto de gran envergadura fuera de fronteras, para hacer alianzas y buscar el apoyo de su población tras una causa que entrañara grandes riesgos.
Aunque las consecuencias de la COVID-19 estuvieron desigualmente distribuidas en la geografía estadounidense y entre los grupos sociales, las salpicaduras de sus efectos llegaron hasta algunos de aquellos sectores a los que Trump había hipnotizado con la visión del legionario que venía a acabar con la corrupción y los manejos turbios en Washington, el mecenas que llegaba a salvar a los derrotados por el neoliberalismo. Su base electoral sufrió daños.
Estados Unidos demoró 99 días para llegar al total de un millón de casos de COVID-19, sin embargo, para pasar del tercer millón al cuarto después de la reapertura solo transcurrieron 15 días durante el mes de julio.
Los fallecidos por la enfermedad, los familiares que sufrieron, los que sobrevivieron pero pasaron días de angustia ante la falta de atención médica, los que se quedaron endeudados para el resto de sus vidas porque no tuvieron la suerte o los fondos para recibir servicios médicos, los millones de desempleados por el cierre de los negocios, hasta aquellos que no aparecieron en ninguna estadística porque ni siquiera existen oficialmente a los efectos del registro del Buró del Censo, todos crearon una percepción distinta del estado de cosas después de sufrir la experiencia. Fueron cifras demasiado altas en comparación con epidemias similares anteriores y frente al efecto de otros problemas sociales.

Aún cuando el primer pico de la crisis de la pandemia provocada por la COVID-19 estaba en pleno apogeo, el ciudadano afroamericano George Floyd fue asesinado el 25 de mayo de 2020 en el vecindario Powderhorn, ciudad de Minneapolis, estado de Minnesota. Un empleado de un establecimiento privado notificó a la policía que Floyd habría pagado una compra presumiblemente con un billete falso de 20 USD. Cuatro policías acudieron al llamado y un oficial blanco lo retuvo y lo redujo utilizando fuerza excesiva e injustificada. Mantuvo una de sus rodillas con todo su peso corporal sobre el cuello de Floyd por espacio de 8 minutos y 46 segundos, causándole la muerte por asfixia. El suceso, que fue grabado por varios transeúntes desde distintos ángulos, enseguida se convirtió en noticia nacional e inundó las redes sociales.
Aunque hechos como el descrito son relativamente comunes en la vida estadounidense23, este en particular funcionó como detonador para una ola de protestas sin precedentes en aquella ciudad, a lo largo de Estados Unidos y alrededor del mundo.
La epidemia de violencia policial con sus innumerables casos, particularmente contra afroamericanos, había evolucionado durante años hasta hacerse crónica. Pero la coincidencia en tiempo de este desenlace con los efectos de la COVID-19, más el desempleo asociado y otros problemas internos acumulados, crearon condiciones únicas para que este hecho en particular, tan condenable y repudiable como los anteriores (y los posteriores), convergiera en una circunstancia especial.
Las protestas sociales que se diseminaron por varias ciudades de Estados Unidos tuvieron inicialmente un componente tanto de reclamos políticos y sociales, como de vandalismo y robo (algunos de ellos provocados por individuos no asociados a las manifestaciones que se insertaron en las mismas). Sin embargo, al cabo de los días se impusieron las motivaciones pacíficas.
El gobierno de Trump escogió una sola forma de enfrentar lo que estaba sucediendo: amenazar con el uso de la fuerza, culpar a gobernadores y alcaldes demócratas por los disturbios y tildar a todo el que estaba en las calles como agitador izquierdista o anarquista. Tal como sucedía con la crisis de la COVID-19, Trump y sus asociados más directos no intentaron comprender la esencia del problema, no fueron capaces de realizar una proyección del comportamiento del fenómeno en el tiempo y mucho menos de articular un mensaje político para unir a la sociedad, más allá de la defensa de los intereses de los sectores fundamentalistas. En medio de esa crisis, Trump reiteró declaraciones racistas y supremacistas, que generaron aun otras reacciones en cadena.
En esta ocasión, nuevamente los funcionarios electos a distintos niveles y de ambos partidos fueron los que poco a poco conformaron, junto a los activistas sociales, una estrategia para que casi la totalidad de las manifestaciones fueran pacíficas. No obstante, sucedieron nuevos hechos de violencia policial que casi inmediatamente resultaron atajados con sanciones en algunos casos rápidas y ejemplares para los comisores.
El Presidente solo hizo uso de su capacidad ejecutiva para empeorar la situación decidiendo el uso de la fuerza militar en los disturbios, llegando casi a violentar los principios constitucionales sobre la utilización de las fuerzas armadas contra la población del propio país. Equivocadamente, además, el primer mandatario intentó mezclar su supuesta voluntad de mantener el orden ciudadano con principios religiosos que no conoce y no profesa. La represión violenta contra manifestantes pacíficos en el Parque Lafayette, en el Distrito Columbia, el 1ro. de junio, justo frente a la Casa Blanca, con el único objetivo de que Trump pudiera caminar hasta la Iglesia St. John´s (a 200 metros de distancia de su residencia oficial) para sacarse una foto portando una Biblia en silencio, pasó a la historia como el testimonio gráfico quizás más elocuente de su incapacidad como ejecutivo y su falta de empatía con quienes lo rodean.
Más allá de su duración, magnitud y extensión geográfica, la situación generada a partir del asesinato de Floyd no tuvo precedentes en la historia nacional de los últimos 50 años por varias otras razones.
La primera de ellas fue la diversidad social de los que protestaron y también su edad. Hasta el momento las reacciones más frecuentes a la violencia policial habían sido predominantemente entre afroamericanos y otras minorías. En esta ocasión los manifestantes acudieron de casi todos los sectores sociales estadounidenses y obligaron a círculos corporativos, políticos, de aplicación de la ley y otros, a compartir mensajes de apoyo, aunque fueran hechos desde la seguridad de sus residencias u oficinas. Se presentaron como oradores una multiplicidad de jóvenes de corta edad que articularon de forma positiva sus aspiraciones, que no se proyectaron desde la marginalidad.
Desde mucho antes de iniciarse la COVID-19 y de las manifestaciones en varias ciudades, el apoyo a Trump había venido decreciendo entre varios sectores, especialmente los militares, hasta el punto de no contar ya con ningún general u oficiales de alta graduación en su equipo de gobierno a mediados del 2020.
Pero sus errores en el manejo de esta crisis social le generaron aún más enemigos entre los uniformados, que hicieron público su malestar y, más aún, su consideración de que Trump no era apto para mantenerse en el cargo24. Esta reacción entre quienes usualmente evitan brindar opiniones sobre política interna en EE. UU., salvo situaciones extremas, tendió puentes para que el hasta ese momento casi monolítico grupo élite republicano mostrara las primeras fallas de su estructura de cara a los comicios presidenciales de noviembre del 2020.
La otra novedad se registró entre algunos líderes religiosos más conservadores que hasta entonces ofrecieron su apoyo seguro a Trump, por la implementación de políticas contra el aborto y otros reclamos sociales que satisfacían a sus bases. El uso de imágenes religiosas y de la propia Biblia como estandartes en su cruzada de violencia contra los manifestantes generó nuevas fisuras en este sector.
Si bien desde el lado del Partido Demócrata se produjeron varias declaraciones de sus líderes reconociendo la legitimidad del clamor popular, la mayor preocupación expresada fue en relación con que las protestas se mantuvieran sin alterar esencialmente el status quo del país, o de las principales ciudades donde tenían lugar las manifestaciones.
Pero en esencia, ninguno de los dos partidos con representación federal, ni ninguna otra organización política relevante acogió el liderazgo del movimiento en las calles, ninguna sirvió de canal para los reclamos, ni para catalizar los cambios exigidos. Ejecutivos y legisladores federales, funcionarios electos a nivel local interpretaron, cada cual a su manera, cuáles eran las modificaciones regulatorias que había que introducir para reformar (no reconstruir) el sistema policial del país, o de una localidad, y tomaron decisiones que pudieran contener el empuje de los manifestantes, sin acoger los cambios fundamentales y profundos que se exigían.
Quizás el ejemplo más patético de polarización se produjo en el Congreso Federal, en el que la Cámara de mayoría demócrata y el Senado de mayoría republicana presentaron sendos textos con planteamientos opuestos sobre cómo reformar el sistema policial del país. De todos los reclamos populares, el único tema que transcendió al legislativo fue el cómo y el cuándo un policía puede o no atropellar a un ciudadano. Nada respecto a eliminar prácticas racistas, desigualdades sociales, o acceso al bienestar social, que en definitiva eran las cuestiones subyacentes en las manifestaciones.
En una lucha por mostrar un liderazgo inexistente, Trump corrió en medio del debate congresional al jardín de la Casa Blanca para firmar una orden ejecutiva sobre el mismo tema, que era totalmente intranscendente a los efectos de cambiar el estado de cosas en cuanto a una violencia policial creciente, en especial contra los afroamericanos y el resto de las minorías. Fue otra acción para intentar modificar la percepción del problema, pero en ningún caso para transformar la esencia del mismo.
El tsunami social provocado por el asesinato de George Floyd, y otros sucedidos en los días subsiguientes, los efectos de la COVID-19 y la situación económica, demostraron una vez más el agotamiento del sistema político estadounidense y las dificultades para reinventarse. Las manifestaciones se replicaron durante largas semanas en varias importantes ciudades y el Presidente dispuso el envío del ejército y de fuerzas represivas de agencias federales a centros urbanos gobernados por políticos demócratas, creando prácticamente las condiciones para la ocurrencia de una guerra dentro de fronteras.
En ese contexto Trump asumió otra vez como lema de campaña en el 2020 “Hacer América Grande de Nuevo”, lo cual era una aceptación tácita de que nada se había logrado en ese sentido en sus cuatro años de gobierno. Respecto al Partido Demócrata afirmó de manera repetida que, en caso de asumir el gobierno, aquellos “destruirían el país”, amenaza que tenía cada vez menos sentido, pues él ya lo estaba logrando con sus errores reiterados.
Conclusiones
En términos históricos, han vuelto a coincidir en tiempo una acumulación inusitada de problemas sociales, con una nueva crisis multidimensional en una coyuntura en que el sujeto internacional nombrado Estados Unidos abandona el liderazgo en los temas multilaterales y ve disminuida su capacidad económica y militar para continuar modelando las relaciones internacionales según sus intereses. Estas tendencias no serán reversibles en el corto plazo y se continuarán manifestando bajo el gobierno de Joe Biden.
Las posibilidades de que los estadounidenses puedan superar esta coyuntura, o que la misma se convierta en un escenario permanente de decadencia, dependerá de la capacidad que puedan mostrar sus líderes e instituciones para comprender que las llamadas amenazas a su modo de vida no provienen desde el exterior, sino que son parte intrínseca del modelo de sociedad que han construido.
En consecuencia, las fuerzas políticas estadounidenses tendrán por delante la tarea de reestructurar su modelo económico o continuar haciendo reformas parciales, que generen mayor productividad, eficiencia e inclusión social. No cumplir tal objetivo generará aún mayor deterioro.
Si ese fuera el caso, se hará cada vez más significativa la distancia entre las etiquetas con las que se ha publicitado el experimento americano y la realidad objetiva. Después de la Segunda Guerra Mundial ese país se vio a sí mismo como “líder del mundo libre” y “faro de libertad”, lo cual ha sido paulatinamente una percepción menos compartida. El relativo “excepcionalismo” americano es cada vez más cierto, pero con un sentido negativo.
Como actor de política exterior, Estados Unidos se continuará debatiendo en el futuro mediato entre el nacionalismo más estéril o la participación en ejercicios multilaterales, en los que le resultará cada vez más difícil hacer alianzas, liderar estas y concretar acuerdos que puedan ser percibidos como trascendentes.
Referencias Bibliográficas
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Kagan, R. (2013). The World America Made, Vintage Books.
Kollman, K. (2017). The American Political System (3ra. Ed.). W. W. Norton & Company.
Richardson Jr., y Glenn W. (2016). Social Media and Politics: A New Way to Participate in the Political Process (vol. 2). The Book Depository.
Tyller, G. (2018). Billionaire Democracy: The Hijacking of the American Political System. Benbella Books.
Wolny, P. (2018). US Political Parties: Development and Division. Lucent Press.
Notas
tuvieron que ver con el ascenso de Donald Trump al poder y que transcurrieron durante su Presidencia

