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Evolución del índice de calidad de vida (ICV) en la Argentina a lo largo de los censos nacionales de 1869 a 2022
Guillermo Velázquez; Adela Tisnés; Juan Pablo Celemín
Guillermo Velázquez; Adela Tisnés; Juan Pablo Celemín
Evolución del índice de calidad de vida (ICV) en la Argentina a lo largo de los censos nacionales de 1869 a 2022
Evolution of the Quality of Life Index (QLI) in Argentina throughout the national censuses from 1869 to 2022
Estudios Socioterritoriales, vol. 36, núm. 2, pp. 17-39, 2025
Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires
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Resumen: El presente trabajo analiza la evolución del índice de calidad de vida (ICV) en la Argentina, desde el Primer Censo Nacional de 1869 hasta el de 2022. El ICV, basado en información censal, integra dimensiones socioeconómicas (educación, salud y vivienda) y ambientales, para medir el bienestar de manera multidimensional y territorial. A lo largo de más de 150 años, el índice muestra una mejora general del bienestar, pero también una persistente desigualdad espacial estructural. Desde los orígenes del Estado nacional, se observa un patrón centro-periferia, con altos valores en el corredor pampeano–metropolitano y bajos en el Norte grande. Los avances educativos y sanitarios no lograron revertir la desigualdad histórica, aunque los censos recientes evidencian cierta convergencia parcial. El estudio destaca la utilidad del ICV como herramienta geográfica para comprender la distribución del bienestar y las relaciones entre territorio, sociedad y Estado en el largo plazo.

Palabras clave: Índice de calidad de vida (ICV),Censos nacionales,Análisis espacial,Desigualdad territorial.

Abstract: This study examines the evolution of Argentina’s Quality of Life Index (ICV) from the first national census in 1869 to 2022. The ICV, derived from census data, integrates socioeconomic (education, health, housing) and environmental dimensions to provide a multidimensional and spatial measure of well-being. Over 150 years, the index reveals a general improvement in living conditions but also a persistent structural territorial inequality. Since the nation’s formation, a clear center–periphery pattern has prevailed, with higher values in the Buenos Aires–Pampas corridor and lower ones in the northern regions. Although progress in education and health has been significant, regional disparities have remained stable. Recent censuses indicate slight convergence, yet the historical geography of inequality endures. The ICV thus serves as a valuable geographical tool to understand the spatial structure of well-being and the relationship between territory, society, and the state throughout Argentine history.

Keywords: Quality of Life Index (ICV), National censuses, Spatial analysis, Territorial inequality.

Carátula del artículo

Nuestra revista: 25 años

Evolución del índice de calidad de vida (ICV) en la Argentina a lo largo de los censos nacionales de 1869 a 2022

Evolution of the Quality of Life Index (QLI) in Argentina throughout the national censuses from 1869 to 2022

Guillermo Velázquez
Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
Adela Tisnés
Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
Juan Pablo Celemín
Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
Estudios Socioterritoriales
Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Argentina
ISSN-e: 1853-4392
Periodicidad: Semestral
vol. 36, núm. 2, 2025

Recepción: 22 agosto 2025

Aprobación: 17 octubre 2025


Introducción

El análisis de la calidad de vida constituye un campo de estudio consolidado dentro de la Geografía humana y la Demografía. Permite examinar las desigualdades socioespaciales y las transformaciones territoriales a lo largo del tiempo.

El índice de calidad de vida (ICV), elaborado a partir de información censal, representa una de las aproximaciones más consistentes a la medición del bienestar y a la expresión espacial del bienestar a diferentes escalas. Su objetivo es sintetizar, en un único valor, las condiciones estructurales de vida de la población, considerando dos dimensiones fundamentales: la socioeconómica (educación, salud y vivienda) y la ambiental. Cada una de estas dimensiones constituye una esfera específica del bienestar, pero su integración permite una lectura más compleja y multiescalar de las desigualdades.

El presente trabajo recorre la evolución del ICV a lo largo de los censos nacionales de población realizados en Argentina entre 1869 y 2022, enfatizando las adaptaciones metodológicas del indicador y las configuraciones espaciales resultantes. La perspectiva histórica y multiescalar permite identificar patrones de desigualdad sobre las bases estadísticas y conceptuales que sustentan el indicador.

El ICV se diferencia de las mediciones tradicionales de pobreza por su concepción multidimensional y su expresión territorial del bienestar. Mientras los indicadores de pobreza —ya sea por ingresos o por necesidades básicas insatisfechas (NBI)— se centran en la identificación de carencias mínimas o umbrales de subsistencia (Feres y Mancero, 2001; Boltvinik, 1995), el ICV se orienta a representar niveles relativos de bienestar a partir de la integración de dimensiones estructurales como educación, salud o vivienda. Su lógica no es dicotómica (pobre/no pobre), sino gradual y continua, lo que permite analizar la heterogeneidad espacial del bienestar en términos de jerarquías y contrastes territoriales. Desde una perspectiva geográfica, el ICV se ubica en el cruce entre los enfoques distributivos y estructurales (Sen, 1981; Pizarro, 2001), al combinar la cuantificación de las condiciones materiales con la lectura espacial de esas desigualdades, revelando patrones persistentes de diferenciación regional que las métricas de pobreza absolutas tienden a invisibilizar (Velázquez, 2008; Otero, 2016).

En términos epistemológicos, la diferencia central radica en que el ICV no busca medir la pobreza, sino describir el bienestar relativo, inscribiendo la dimensión social en una trama espacial. Los indicadores de pobreza, especialmente los basados en la línea de ingreso o en las necesidades básicas insatisfechas (NBI), operan bajo una lógica normativa y de corte socioeconómico, centrada en umbrales definidos a nivel nacional (Beccaria y Minujin, 1985; Kessler, 2014). El ICV, en cambio, se construye sobre una escala comparativa y relacional, en la que cada unidad territorial es evaluada en función del conjunto nacional (Velázquez, 2001; Velázquez et al., 2014). Esto permite captar desigualdades intra e interregionales y comprender la pobreza como parte de un continuo de desigualdad estructural. En este sentido, el ICV no sustituye las mediciones de pobreza, sino que las complementa, al incorporar la dimensión espacial del bienestar y al situar las desigualdades dentro de procesos históricos de estructuración territorial (Buzai, 2006; Santos, 1996). Su valor analítico reside precisamente en vincular la medición del bienestar con la configuración del territorio, mostrando que las formas de desigualdad son, a la vez, sociales y espaciales (Harvey, 1973; Massey, 2005).

En los enfoques más recientes de medición del bienestar —como el índice de pobreza multidimensional (IPM), el índice de desarrollo humano (IDH) o los indicadores de desigualdad territorial propuestos por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)— se reconoce explícitamente la necesidad de superar las limitaciones del ingreso como único criterio de evaluación (Alkire y Foster, 2011; CEPAL, 2019; Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo [PNUD], 2020). Estos modelos, comparten con el ICV una visión multidimensional del bienestar, aunque difieren en su orientación normativa y en su grado de espacialización. Mientras los índices globales priorizan la comparabilidad internacional y la evaluación de políticas de desarrollo, el ICV enfatiza la dimensión territorial y relacional del bienestar dentro del espacio nacional (Velázquez, 2008; Velázquez et al., 2014), con la posibilidad de desagregar a nivel de radio censal el análisis.

En este sentido, el ICV puede entenderse como una traducción geográfica de los enfoques de desarrollo humano, adaptada al contexto censal argentino y orientada a la comprensión de los procesos históricos de estructuración socioespacial. Su potencial analítico reside en articular la perspectiva de la pobreza multidimensional con una lectura geográfica crítica, en la que el bienestar no se concibe solo como resultado de las capacidades individuales (Sen, 1999), sino como producto de las condiciones territoriales de reproducción social (Santos, 1996; Massey, 2005).

El desarrollo de los estudios sistemáticos sobre calidad de vida en América Latina tuvo un impulso decisivo en la década de 1990, cuando comenzaron a consolidarse metodologías comparables a escala regional. Desde entonces, este campo se ha expandido con fuerza, generando un corpus de investigaciones que combinan el análisis estadístico con la perspectiva espacial, y que en la Argentina han alcanzado un notable grado de madurez (Lucero et al., 2007; Mikkelsen et al., 2013; Velázquez, 2001, 2008; Velázquez et al., 2014).

A pesar de las limitaciones empíricas inherentes a las fuentes censales del siglo XIX, el interés histórico por las condiciones de vida ha crecido de manera sostenida. Desde la historia económica y social, las discusiones han girado en torno a los efectos territoriales de la integración de la Argentina a la economía atlántica, destacando cómo dicho proceso acentuó las disparidades regionales y redefinió las jerarquías espaciales del desarrollo. Estos debates, aunque centrados en la historia económica, ofrecen un valioso marco de referencia para pensar la desigualdad como una estructura territorial persistente, más que como una simple brecha social (Hora, 2010; Otero, 2016).

Fundamentos conceptuales y metodológicos del índice de calidad de vida

En este escrito, presentamos cómo la calidad de vida —entendida como categoría socioespacial— ha sido medida, interpretada y representada a lo largo de casi un siglo y medio de historia censal, y de qué manera los cambios metodológicos y contextuales posibilitaron la lectura de los contrastes territoriales.

En ese sentido, medir la calidad de vida ha implicado construir un indicador sintético, que integre un conjunto de dimensiones sociodemográficas, económicas y ambientales, capaces de reflejar las condiciones materiales y simbólicas de reproducción social en un tiempo y lugar determinados. Este tipo de medición permite, no solo establecer diagnósticos sobre el bienestar de la población, sino también interpretar la organización espacial de las desigualdades, lo cual otorga especial relevancia a su aplicación en la formulación de políticas públicas y en los estudios históricos orientados a comprender la evolución del territorio nacional.

Como se mencionó anteriormente, el ICV se define como un índice compuesto: una medida sintética construida a partir de indicadores parciales estandarizados que expresan distintas dimensiones del bienestar. Las variables seleccionadas en cada dimensión, varían según las posibilidades que ofrece la fuente censal de cada período. En los censos más antiguos, las limitaciones de información redujeron el número de variables disponibles; en los más recientes, la ampliación de los relevamientos permitió incorporar indicadores más precisos y desagregados.

El procedimiento general consiste en la normalización de las variables entre 0 y 1, asignando el valor 1 a la situación más favorable y 0 a la más desfavorable dentro del conjunto de unidades espaciales analizadas. De esta manera, se elimina el efecto de las unidades de medida originales y se facilita la comparación entre variables heterogéneas.

A partir de la década de 1980, con la expansión de los sistemas de información geográfica (SIG) y de los métodos de análisis espacial, la estimación del ICV incorporó técnicas estadísticas avanzadas, permitiendo comparaciones multitemporales y la construcción de cartografías homogéneas. El paso de las unidades provinciales a las departamentales o de partido, implicó una mejora sustancial en la resolución espacial del análisis, haciendo posible captar microdesigualdades intra e interregionales.

Si bien el carácter sincrónico del presente estudio limita las comparaciones diacrónicas, el análisis del Primer Censo Nacional de 1869, permite captar las configuraciones espaciales iniciales del bienestar en el territorio argentino, en un momento clave de su constitución estatal y de su inserción en el sistema mundial. Utilizamos el concepto de «calidad de vida» en un sentido amplio y relacional, equivalente a las nociones de «condiciones de vida» o «bienestar», entendidas como expresiones territoriales de procesos sociales.

En este contexto, el objetivo propuesto es reconstruir la geografía de la calidad de vida durante el Primer Censo Nacional, aportando una lectura integral de las diferencias socioespaciales que estructuraban el país hacia mediados del siglo XIX. El análisis busca contribuir a la comprensión histórica de las desigualdades en el bienestar y a la discusión metodológica sobre los modos de representar y medir el espacio social en perspectiva temporal.

El índice de calidad de vida y los censos nacionales de población y vivienda de Argentina
Índice de calidad de vida durante el censo de 1869

El censo de 1869 constituye el primer relevamiento sistemático de la población argentina y refleja las condiciones de vida en una sociedad predominantemente rural, con grandes disparidades regionales. El Estado argentino no ejercía aún el control total del territorio, por lo tanto, la interpretación de los resultados debe hacerse atendiendo ese contexto: se observa una dualidad geográfica entre aquel territorio con soberanía teórica (áreas ocupadas por pueblos originarios), para la que solo existen estimaciones inciertas sobre el número de habitantes, y un área de ocupación efectiva en la que se llevó a cabo el censo. La elaboración del ICV para este año, se apoya en tres variables principales: tasa de alfabetismo (educación), proporción de población enferma y médicos por habitante (salud), y tipo de material de las viviendas y número de personas por unidad (vivienda).

En el plano educativo, la tasa de alfabetismo alcanzó apenas el 14,7% a nivel nacional. La ciudad de Buenos Aires registró el valor máximo, con un 73%, seguida por algunos núcleos urbanos del litoral. En contraste, las provincias del noroeste y del nordeste no superaban el 5%. Esta disparidad, expresa el carácter fuertemente concentrado del acceso a la educación formal y la incipiente consolidación de la escuela pública.

En la dimensión salud, la información disponible era limitada. La proporción de población enferma fue de 1,31% y la relación de médicos por cada mil habitantes, de 0,49‰, valores que evidencian la escasa cobertura sanitaria. Los médicos se concentraban casi exclusivamente en Buenos Aires y algunos centros regionales como Córdoba o Mendoza.

En cuanto a la vivienda, la precariedad era la norma: más del 70% de las unidades estaban construidas con paja o barro, especialmente en las áreas rurales. Solo en las ciudades principales se registraban materiales de mayor calidad (azotea, teja). El hacinamiento, con un promedio de 6,4 personas por vivienda, refuerza la imagen de precariedad estructural.

La síntesis espacial del ICV de 1869 (Figura 1) revela una polarización extrema: el territorio ocupado por Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Misiones y las principales ciudades provinciales, alcanzaban valores superiores a 8 puntos, mientras que amplias áreas del noroeste —Jujuy, Catamarca, Santiago del Estero— se mantenían por debajo de 2 puntos. Desde el inicio, se configura un patrón centro-periferia que se reproducirá a lo largo de todo el siglo XX.

Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 52)


Figura 1
Calidad de vida en Argentina en 1869
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 52)

El índice de calidad de vida en el censo de 1895

El censo de 1895 se desarrolló en un contexto de modernización económica y expansión del modelo agroexportador. La mejora en las fuentes estadísticas, permitió una mayor precisión en la definición e implementación de las variables censales, lo que se tradujo en una estimación más robusta del ICV, respecto del generado con el censo anterior. La tasa de alfabetismo ascendió a 44%, con notables avances en el litoral y en las principales capitales provinciales. Sin embargo, el norte y parte de Cuyo seguían rezagados, con valores inferiores al 20%. En salud, la proporción de médicos se duplicó respecto de 1869 (0,9 ‰), aunque la concentración en Buenos Aires seguía siendo dominante.

La vivienda experimentó mejoras limitadas: las casas de paja descendieron al 55% del total nacional, pero persistían como forma dominante en el norte y el oeste. Se observan, por primera vez, diferencias urbano-rurales más marcadas, vinculadas a la expansión del mercado laboral y al proceso de urbanización.

El ICV promedio nacional aumentó a 4,6 puntos (Figura 2), con un rango espacial que iba de 1,5 en el norte santiagueño, a más de 8 en el entorno metropolitano. Las desigualdades regionales permanecen, pero el avance educativo y sanitario indica el inicio de una lenta convergencia en los sectores urbanos.


Figura 2
Calidad de vida en Argentina en 1895
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 72)

El índice de calidad de vida durante el censo de 1914

El Tercer Censo Nacional de Población (1914) constituyó un hito en la consolidación del aparato estadístico argentino, aunque presentó importantes limitaciones para el estudio de las condiciones de vida. La información censal carecía de desagregación departamental y omitía datos sustantivos sobre vivienda y salud, por lo que el ICV debió construirse a partir de las variables más representativas y disponibles, únicamente a escala provincial: analfabetismo (educación), médicos por habitante (salud) y proporción de propietarios de bienes raíces (riqueza material y vivienda).

Desde el punto de vista espacial, el mapa de síntesis del ICV de 1914 revela un territorio profundamente desigual, con contrastes marcados entre las provincias del centro y las periféricas. El análisis regional muestra que las disparidades eran ya muy pronunciadas hacia comienzos del siglo XX. La Agrupación del Este (que incluía Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos) alcanzaba un promedio de 5,38 puntos, mientras que la Agrupación del Norte descendía a 3,06, evidenciando un diferencial de más de dos puntos entre ambas macroregiones. El grado de inequidad interregional era, por lo tanto, mayor que el que podría suponerse para una etapa temprana de la modernización argentina, configurando una estructura espacial jerarquizada y dependiente.

La estructura espacial del bienestar reflejada por el ICV de 1914 (Figura 3) se correspondía con el modelo de desarrollo agroexportador: las áreas de mayor articulación al mercado mundial —el litoral pampeano y los territorios australes de reciente colonización— exhibían mejores indicadores de educación y presencia médica, mientras que las provincias del norte y el oeste, caracterizadas por economías tradicionales y menor acceso a servicios, concentraban los valores más bajos.

Aun con sus restricciones, el índice logra evidenciar una matriz de desigualdad territorial persistente, que anticipa los patrones socioespaciales observados en censos posteriores: un núcleo central de bienestar en torno al corredor pampeano y una periferia norteña y cordillerana con rezagos estructurales.


Figura 3
Calidad de vida en Argentina en 1914
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 88)

El índice de calidad de vida en el censo de 1947

El censo de 1947 introdujo por primera vez indicadores de vivienda, familia y salud, lo que permitió una aproximación más completa del bienestar. La educación formal se expandió y el analfabetismo descendió a menos del 14%, pero la desigualdad regional persistía. Las políticas públicas del primer peronismo aumentaron la cobertura sanitaria y mejoraron las condiciones de vivienda en zonas urbanas, aunque las disparidades rurales se mantuvieron elevadas. La región pampeana, Cuyo y el norte patagónico, mostraban los valores más altos del índice, mientras que el noroeste (NOA) y el nordeste (NEA) continuaban en los tramos inferiores. La brecha interdepartamental se mantuvo alrededor de 5,5 puntos (Velázquez y Celemín, 2020a).

El censo de 1947 refleja la transición hacia una economía industrial y una sociedad más urbanizada. En este contexto, el Estado adquiere un rol central en la provisión de servicios sociales. El alfabetismo supera el 80% a nivel nacional, mientras que la expansión de la infraestructura sanitaria y educativa permite mejorar los indicadores de salud. Se registra un aumento notable en la cantidad de médicos, hospitales y camas por habitante, especialmente en la región central y litoral. La vivienda presenta los mayores avances de la serie: el porcentaje de unidades con materiales sólidos y acceso a agua corriente crece significativamente. No obstante, el déficit habitacional rural persiste, en particular en el norte.

El ICV promedio nacional asciende a 6 puntos (Figura 4), marcando un salto estructural respecto del período anterior. La brecha entre el norte y el centro se reduce, aunque no desaparece. El mapa del bienestar muestra un patrón de anillos concéntricos, con la metrópolis bonaerense como núcleo de máxima calidad de vida.


Figura 4
Calidad de vida en Argentina en 1947
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 110)

El índice de calidad de vida durante el censo de 1960

El Quinto Censo Nacional de Población (1960) constituyó un punto de inflexión en la medición de las condiciones de vida en la Argentina. A diferencia de los censos anteriores, introdujo innovaciones tecnológicas (procesamiento mediante tarjetas perforadas) y amplió la cobertura territorial a 22 provincias y un territorio nacional (Territorio Nacional de Tierra del Fuego). Desde una perspectiva geográfica, este censo permite reconstruir un panorama general de las desigualdades socioespaciales de mediados del siglo XX, en un contexto marcado por la urbanización acelerada, la expansión del sistema educativo y la consolidación del modelo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI).

Los resultados del ICV 1960 muestran una marcada desigualdad territorial. Las regiones pampeana y patagónica austral, concentraban los valores más elevados, mientras que las provincias del NOA y del NEA se ubicaban en los estratos inferiores. La ciudad de Buenos Aires registró el valor máximo (9,64), seguida por Buenos Aires (8,93) y el territorio nacional de Tierra del Fuego (8,78). En el extremo opuesto, Jujuy alcanzó apenas 0,92 puntos, constituyendo el nivel más bajo del país, seguida por Salta (2,37) y Neuquén (2,50). La brecha entre la mejor y la peor situación alcanzaba 8,72 puntos, lo que evidencia una estructura socioespacial profundamente polarizada.

En términos regionales, la región pampeana mantenía una clara primacía en los tres componentes del bienestar: bajos niveles de analfabetismo, menor mortalidad infantil y mejores condiciones habitacionales. La Patagonia austral (Santa Cruz, Tierra del Fuego y Chubut) también presentaba niveles elevados de calidad de vida, aunque con particularidades vinculadas a su escasa población y fuerte presencia del Estado. En cambio, el NOA (Jujuy, Salta, Santiago del Estero, Catamarca y Tucumán) mostraba déficits simultáneos en educación, salud y vivienda, reproduciendo patrones de desigualdad de larga duración.

Metodológicamente, el índice de 1960 supuso un avance sustantivo al aplicar criterios de ponderación comparables con los del IDH y al incorporar la perspectiva territorial del bienestar. La selección de variables permitió mantener consistencia temporal, posibilitando comparaciones con censos posteriores (1970, 1980 y 2001).

En términos interpretativos, el ICV 1960 (Figura 5) revela una configuración centro–periferia muy nítida, resultado de un modelo de desarrollo concentrador y urbano-industrial. Las disparidades interregionales se acentuaron por el sesgo estatal hacia la infraestructura y los servicios en el eje pampeano, en detrimento de las economías tradicionales del norte. Este patrón, se consolidaría en décadas posteriores, configurando una estructura espacial del bienestar que combina la concentración metropolitana con una periferia estructuralmente desigual, rasgo persistente en la geografía social argentina del siglo XX. La calidad de vida se convirtió, en este período, en una manifestación espacial de las desigualdades del desarrollo industrial (Velázquez y Celemín, 2020a).


Figura 5
Calidad de vida en Argentina en 1960
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 125)

El índice de calidad de vida en el censo de 1970

El Censo Nacional de Población de 1970 se realizó en un contexto de expansión del Estado social y crecimiento urbano acelerado, marcado por la consolidación del modelo industrial sustitutivo y la extensión de la cobertura educativa y sanitaria. Estos procesos se vieron reflejados en una mejoría general de los indicadores de bienestar, aunque sin modificar la estructura territorial de índole estructural de las desigualdades, observada en censos previos.

Los resultados del ICV de 1970 (Figura 6), muestran un incremento generalizado de los niveles de calidad de vida, con una reducción de las brechas extremas, si se compara con el ICV de 1960. La ciudad de Buenos Aires continuó en la posición más alta (9,71), seguida por la provincia de Buenos Aires (9,05) y Santa Cruz (8,53), mientras que Jujuy (2,36), Santiago del Estero (2,54) y Formosa (2,68) mantuvieron los valores más bajos. La distancia entre los polos se redujo levemente, aunque persistió la estructura centro–periferia característica: el bienestar más alto en el núcleo pampeano–metropolitano y el más bajo en las provincias del NOA y NEA.


Figura 6
Calidad de vida en Argentina en 1970
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 138)

A escala regional, la región pampeana y la Patagonia austral conservaron los promedios más elevados, mientras que el noroeste continuó rezagado, particularmente en los indicadores educativos y habitacionales. El analfabetismo descendió al 7,4%, consolidando una tendencia de mejora sostenida desde 1947, y la mortalidad infantil mostró una reducción significativa, aunque aún con diferencias espaciales notables. En vivienda, el déficit sanitario se mantuvo como el componente de mayor desigualdad.

Metodológicamente, el índice de 1970 reafirmó la consistencia del enfoque multidimensional del ICV y permitió evaluar la evolución temporal del bienestar en términos relativos. El mapa resultante refleja un proceso de modernización parcial, donde la expansión del bienestar avanzó más rápido en las regiones centrales que en las periféricas. En síntesis, el ICV de 1970 confirma una tendencia de mejora general sin convergencia territorial, consolidando el patrón espacial desigual heredado de mediados del siglo XX.

El índice de calidad de vida durante los censos contemporáneos: 1980, 1991, 2001 y 2010

El censo de 1980, en un contexto de crisis económica y dictadura, incorporó por primera vez la noción de necesidades básicas insatisfechas (NBI). La comparación con el ICV permitió identificar la coexistencia de mejoras relativas en educación, con un deterioro en las condiciones habitacionales y sanitarias. Las provincias del norte mantuvieron su desventaja estructural, y el índice reveló la fragmentación espacial del bienestar. A pesar del crecimiento económico selectivo, la desigualdad territorial permaneció estable (Velázquez y Celemín, 2020a).

El censo de 1980 introduce, por primera vez, una metodología moderna y homogénea, lo que permite reconstruir el ICV con mayor precisión. Las variables incluyen escolarización, infraestructura sanitaria, tipo de vivienda y acceso a servicios. En 1980, los mayores valores se concentraban en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), Córdoba, Santa Fe y Mendoza. El noroeste y el noreste presentaban los niveles más bajos, evidenciando un patrón estructural de desigualdad regional (Figura 7).

En 1991 (Figura 8), la metodología del ICV se amplió e integró variables ambientales, demográficas y de servicios. El resultado fue una mayor capacidad explicativa del índice para detectar desigualdades locales. Los departamentos de la región pampeana y patagónica alcanzaron valores medios superiores a 7, mientras que amplias zonas del NEA y el NOA permanecieron por debajo de 4. En algunas provincias, como Córdoba, Mendoza y Río Negro, se observaron fuertes contrastes internos: departamentos urbanos con ICV alto junto a periferias rurales con valores muy bajos (Velázquez y Celemín, 2020a).

El censo de 2001 (Figura 9), en el contexto de la crisis económica, marcó una inflexión negativa en la tendencia histórica. Los departamentos del Gran Buenos Aires y de las provincias del norte, redujeron sus valores promedio y la desigualdad intraurbana se amplió. En términos espaciales, el patrón centro-periferia se mantuvo: la región pampeana y la Patagonia conservaron los niveles más altos, pero la brecha con el norte aumentó. En algunos departamentos urbanos, el retroceso fue equivalente a una década de mejoras perdidas (Velázquez y Celemín, 2020a). El censo de 2001 registra avances importantes en cobertura educativa y salud: la tasa de alfabetismo supera el 97% y la mayoría de los hogares accede a servicios básicos. Sin embargo, las desigualdades urbanas se intensifican, especialmente en la periferia metropolitana y en los departamentos rurales del Norte Grande.

En 2010 (Figura 10), el uso de SIG permitió un análisis espacial más detallado y comparaciones intercensales robustas. El ICV promedio nacional muestra un ascenso generalizado, pero la brecha entre las provincias del norte (menores a 5,5 puntos) y las del litoral-pampeana (superiores a 7,5) se mantiene casi constante.

El último período analizado, correspondiente al censo de 2010, representa una etapa de recuperación y reconfiguración territorial del bienestar. La incorporación de variables ambientales y la medición a escala de radios censales permitieron un análisis más fino de las desigualdades. Los resultados muestran una mejora generalizada del ICV y una leve convergencia entre regiones. No obstante, persisten contrastes profundos entre los departamentos del norte y los del centro-sur del país. El promedio nacional alcanzó su valor más alto desde 1869, pero la heterogeneidad interna demuestra la persistencia de una estructura de desigualdad de larga duración (Velázquez y Celemín, 2020a).


Figura 7
Calidad de vida en Argentina en 1980
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 153)


Figura 8
Calidad de vida en Argentina en 1991
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 168)


Figura 9
Calidad de vida en Argentina en 2001
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 191)


Figura 10
Calidad de vida en Argentina en 2010
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 264)

El indicador revela una convergencia relativa, donde las mejoras absolutas no implican una reducción proporcional de las desigualdades espaciales. En términos de estructura territorial, el eje Buenos Aires-Córdoba-Santa Fe, continúa actuando como corredor de alta calidad de vida mientras el noroeste mantiene los valores más bajos, pese a los avances en algunas de las dimensiones constitutivas.

El último índice de calidad de vida: censo 2022

El ICV correspondiente al procesamiento de datos provenientes del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de 2022 (Figura 11), refleja con nitidez la persistencia de un patrón territorial de desigualdad estructural que, pese a las transformaciones socioeconómicas recientes, mantiene continuidades históricas con la configuración centro-periferia observada desde comienzos del siglo XX. La distribución espacial del indicador, muestra una Argentina polarizada, donde las áreas con mejores condiciones de vida se concentran en el corredor pampeano-metropolitano, mientras que los valores más bajos predominan en las regiones del NEA y el NOA.


Figura 11
Calidad de vida en Argentina en 2022
Fuente: elaboración personal

A escala departamental, los valores más altos se observan en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el Gran La Plata, Rosario, Córdoba y algunos departamentos patagónicos (especialmente de Santa Cruz y Tierra del Fuego), donde se combinan mejores indicadores educativos, sanitarios y habitacionales. En contraste, los departamentos del norte de Santiago del Estero, Chaco, Formosa y parte de Misiones, registran los niveles más bajos del ICV, configurando un continuo de rezago estructural asociado a condiciones de menor infraestructura, acceso a servicios y oportunidades laborales. Las provincias del oeste argentino (Catamarca, La Rioja, San Juan) presentan una situación intermedia, con contrastes internos entre áreas urbanas con indicadores favorables y zonas rurales más desfavorecidas.

Desde una lectura espacial, el mapa evidencia una gradiente norte-sur y centro-periferia: el bienestar relativo decrece conforme se avanza desde la región pampeana hacia los bordes norteños y hacia los departamentos rurales interiores. La Patagonia mantiene su tradicional posición ventajosa, con valores altos que reflejan mejores condiciones de vivienda y cobertura sanitaria, gracias a la intervención activa del Estado mediante diversas políticas públicas (sobresueldos por zona, tarifas subsidiadas, políticas de vivienda, entre otras), aunque con fuertes disparidades internas entre las áreas urbanas y los espacios de baja densidad.

En términos metodológicos, el censo de 2022 introdujo un modelo operativo mixto (virtual y presencial) que representó un cambio significativo respecto de los censos anteriores. Por primera vez, se implementó el Censo Digital, que permitió a los hogares completar el cuestionario de manera anticipada a través de una plataforma web. Esta modalidad buscó agilizar el relevamiento y mejorar la cobertura, especialmente en zonas urbanas de alta conectividad. El día del operativo presencial (18 de mayo de 2022), los censistas verificaron y completaron los datos en los hogares que no habían participado virtualmente, garantizando la representatividad nacional. Esta estrategia combinada, fortaleció la eficiencia operativa y la calidad de los datos, aunque introdujo desafíos analíticos relacionados con la comparabilidad temporal de ciertas variables y con la brecha digital regional, que afectó de modo diferencial la participación censal.

El ICV 2022, construido a partir de estas nuevas fuentes y metodologías, confirma tanto cierta mejora general en los niveles medios de bienestar —resultado de la expansión educativa, la urbanización y las políticas sociales del siglo XXI— como la persistencia de las desigualdades espaciales históricas. Las provincias del norte continúan ubicándose en los estratos más bajos del índice, mientras que los ejes metropolitano y patagónico concentran los valores superiores. En este sentido, la geografía del bienestar argentino mantiene su estructura de larga duración: una modernización desigual, donde los avances en las condiciones de vida no implican necesariamente una homogeneización territorial del bienestar.

Resumen final del índice de calidad de vida a nivel provincial (1869-2022)

A lo largo de más de 150 años de historia censal, el ICV en la Argentina evidencia un proceso de mejora generalizada en los niveles medios de bienestar, acompañado de una persistente desigualdad territorial estructural (Tabla 1). Desde el Primer Censo Nacional de 1869, cuando las disparidades entre el litoral y el norte eran ya pronunciadas, hasta el censo de 2022, el patrón espacial del bienestar se ha mantenido relativamente estable: un núcleo pampeano–metropolitano de alta calidad de vida y una periferia norte y oeste rezagada. Los avances en educación, salud y vivienda —especialmente entre 1947 y 1970, durante el auge del modelo de industrialización por sustitución de importaciones— impulsaron un aumento sostenido del ICV nacional, aunque sin homogeneizar el territorio. La introducción de políticas redistributivas y la expansión del Estado social, mejoraron la cobertura de servicios básicos, pero las brechas regionales persistieron e incluso se ampliaron durante las crisis de fines del siglo XX. En las últimas décadas, los censos de 2010 y 2022 muestran una leve convergencia en algunos indicadores, reflejo de la urbanización extendida y de la expansión de políticas sociales, pero el mapa del ICV continúa expresando una geografía del bienestar históricamente desigual, donde el desarrollo social y económico sigue reproduciendo las asimetrías del territorio nacional.

Tabla 1
Evolución del ICV en las provincias argentinas a lo largo de los censos nacionales

Fuente: elaboración personal

Reflexiones finales

El seguimiento histórico del ICV demuestra que las desigualdades territoriales en la Argentina son estructurales y persistentes. A lo largo de los censos, se observan mejoras generalizadas en las condiciones de vida, pero también una continuidad en la jerarquía espacial del bienestar. El litoral y la región pampeana concentran los mayores niveles de calidad de vida, asociados a procesos de urbanización, infraestructura y políticas públicas. El Norte Grande y parte de Cuyo, en cambio, mantienen indicadores bajos en vivienda y servicios, aunque con progresos educativos sostenidos.

Desde la geografía, el ICV constituye una herramienta valiosa para la comprensión de las estructuras espaciales del desarrollo, permitiendo analizar los vínculos entre territorio, sociedad y Estado. Su evolución metodológica también ilustra cómo las categorías estadísticas son construcciones históricas que responden a modos de concebir el bienestar y construir el territorio nacional.

Material suplementario
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Notas

Figura 1
Calidad de vida en Argentina en 1869
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 52)

Figura 2
Calidad de vida en Argentina en 1895
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 72)

Figura 3
Calidad de vida en Argentina en 1914
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 88)

Figura 4
Calidad de vida en Argentina en 1947
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 110)

Figura 5
Calidad de vida en Argentina en 1960
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 125)

Figura 6
Calidad de vida en Argentina en 1970
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 138)

Figura 7
Calidad de vida en Argentina en 1980
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 153)

Figura 8
Calidad de vida en Argentina en 1991
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 168)

Figura 9
Calidad de vida en Argentina en 2001
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 191)

Figura 10
Calidad de vida en Argentina en 2010
Fuente: extraído de Velázquez y Celemín (2020b, p. 264)

Figura 11
Calidad de vida en Argentina en 2022
Fuente: elaboración personal
Tabla 1
Evolución del ICV en las provincias argentinas a lo largo de los censos nacionales

Fuente: elaboración personal
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