Resumen: Es conocida la situación de Argentina respecto a su seguridad alimentaria y sus problemáticas nutricionales, principalmente en la niñez, lo cual se expresa en las elevadas prevalencias que alcanza la malnutrición infantil. En este contexto estructural, la pandemia por Covid-19, ha profundizado los niveles de pobreza y las desigualdades existentes, componentes que, a su vez, habrían incidido en el acceso a los alimentos, comprometiendo así la seguridad alimentaria, principalmente en la infancia. Sin embargo, poco se conoce sobre el protagonismo que habrían tenido instituciones extra-familiares, como comedores comunitarios, para atenuar dicha condición. La provincia de Tucumán, particularmente, presenta distintas evidencias que han demostrado la persistencia de la pobreza y de los problemas nutricionales, entre los que se incluye la inseguridad alimentaria. Constituye, por tanto, un adecuado caso para analizar la problemática, considerando -mediante un abordaje cuali-cuantitativo- cambios y continuidades ante la irrupción de la pandemia.
Palabras clave: Inseguridad alimentaria,Malnutrición infantil,Comedores comunitarios,COVID-19.
Abstract: The situation in Argentina regarding its food security and nutritional problems, mainly in childhood, is known, which is expressed in the high prevalences of child malnutrition. In this structural context, the Covid-19 pandemic has deepened poverty levels and existing inequalities, components that in turn have had an impact on access to food, thus compromising food security, mainly in childhood. However, little is known about the role that extra-family institutions such as community children’s canteens would have had to mitigate this condition. The province of Tucumán, in particular, presents different evidences that have demonstrated the persistence of poverty and nutritional problems, among which food insecurity is included. Therefore, it constitutes an appropriate case to analyze the problem considering changes and continuities in the face of the outbreak of the pandemic.
Keywords: Food insecurity, Child malnutrition, Community children’s canteens, COVID-19.
Artículos científicos
Comedores infantiles e inseguridad alimentaria: emergencias y adaptaciones durante la pandemia por COVID-19 en la provincia de Tucumán(*)
Children’s canteens and food insecurity: emergencies and adaptations during the COVID-19 pandemic in Tucumán
Recepción: 02 noviembre 2021
Aprobación: 07 abril 2022

Es ampliamente conocida la situación de Argentina respecto a su seguridad alimentaria y sus problemáticas nutricionales, principalmente en la niñez (Ministerio de Salud, 2007; Ortale y Santos, 2020). Las investigaciones realizadas, han brindado sólidas evidencias respecto al carácter controversial entre población y recursos, en tanto el país es reconocido como proveedor de alimentos (otrora denominado “granero del mundo”) pero, simultáneamente, presenta niveles elevados de pobreza e indigencia, que condicionan la seguridad alimentaria de su población, lo cual se expresa en las elevadas prevalencias que alcanza la malnutrición infantil. Los factores condicionantes se definirían tanto en un orden macro social, relacionado con el comportamiento económico global y las políticas monetarias; como también en el orden micro social.
En este contexto estructural, la pandemia por Covid-19, ha profundizado los niveles de pobreza y las desigualdades existentes, componentes que, a su vez, habrían incidido en el acceso a los alimentos, comprometiendo así la seguridad alimentaria, principalmente en la infancia (grupo etario donde el acceso inadecuado a alimentos condiciona severamente el crecimiento y desarrollo infantil). Son notables los aportes sobre las relaciones entre el hambre y la pandemia, con evidencias que destacan la marcada vulnerabilidad mundial a crisis alimentarias, lo cual se articula con tres procesos relacionados: interrupciones en las cadenas mundiales de suministro de alimentos, la pérdida de ingresos y medios de subsistencia debido a la recesión económica mundial, y la desigual tendencia de los precios de los alimentos (Clapp y Moseley, 2020). Esto, se enmarca en una crisis financiera sin precedentes, que profundiza, a su vez, la fragilidad de los sistemas alimentarios (van der Ploeg, 2020), fragilidad que, a su vez, exacerba las desigualdades en las condiciones en las que opera el sistema capitalista mundial, favoreciendo el desarrollo y aparición de nuevas amenazas a la salud mundial (Akram-Lodhi, 2021).
Tomando como referencia el marco latinoamericano, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), detectaba que, durante 2019, el 7,4% de la población de América Latina y el Caribe, vivió con hambre, lo que equivalía a 47,7 millones de personas. Tal situación evidenciaría una tendencia al deterioro que, durante los últimos cinco años, habría llevado a un aumento de 13,2 millones de personas con subalimentación (FAO et al., 2020). Esta tendencia dificultaría el cumplimiento de la meta relacionada con el hambre cero, dispuesta como uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Los impactos de estas cuestiones en el espacio alimentario familiar serían notorios, sin embargo, poco se conoce sobre el protagonismo que habrían tenido instituciones extra-familiares como comedores y merenderos sociales, para atenuar dicha condición en este contexto pandémico en particular. La provincia de Tucumán, especialmente, constituye un territorio enclavado en el noroeste argentino, donde distintas evidencias han demostrado -como una de sus características distintivas-, la persistencia de la pobreza y de los problemas nutricionales, entre los que se incluye la inseguridad alimentaria; la que adquirió, además, el calificativo de “Cuna de la desnutrición infantil” luego de la crisis acaecida en 2002/2003 (Demonte, 2011; Tuñón y Salvia, 2012; Longhi et al., 2018; Ortale y Santos, 2020). Constituye, por tanto, un adecuado caso para analizar la problemática, considerando cambios, continuidades e impactos ante la irrupción de la pandemia.
En este trabajo, a partir de un enfoque que articula métodos cuantitativos y cualitativos, se puso la mirada sobre algunos comedores comunitarios, seleccionados por su ubicación en contextos de pobreza, y se pretendió arribar a las principales características de dichas instituciones en Tucumán. Se analizó el impacto de la pandemia en el estado nutricional infantil de niños y niñas asistentes a estas instituciones, a partir de un indicador global de malnutrición e indicadores simples de bajo peso, baja talla, sobrepeso y obesidad. Mediante un enfoque cualitativo, se indagaron atributos y características de dicho impacto a partir de las percepciones de informantes clave sobre las condiciones sociolaborales y ambientales del barrio o localidad, la dinámica del comedor y las características de la asistencia.
Con este abordaje, se pretende aportar conocimiento sobre el papel que desempeñan (y desempeñaron) estas instituciones, como atenuadores de la inseguridad alimentaria infantil, así como sobre su contribución para el abordaje de la malnutrición infantil.
La seguridad alimentaria, ha sido incluida como objetivo en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y constituye una condición para el logro del derecho a la alimentación. En tal sentido, es ampliamente reconocido que, el acceso a la alimentación, suficiente en cantidad y calidad -y de manera socialmente aceptable-, constituye un derecho básico para garantizar, no solo el sostenimiento de la vida, sino una vida saludable. Sin embargo, la disponibilidad y el acceso a los alimentos no serían condiciones suficientes para garantizar la seguridad alimentaria, sería necesario también la utilización efectiva, entendida como la eficiencia del proceso nutricional en términos del estado nutricional (FAO, 2000; Aguirre, 2010).
Esta condición, afecta de manera especial a la niñez, ya que el niño que no logra satisfacer sus necesidades nutricionales en los primeros años de vida, a menudo ve afectado su crecimiento, su desarrollo madurativo y cognitivo, el rendimiento escolar y los procesos de integración social. En este contexto, la inseguridad alimentaria, que en sí misma representa una necesidad no satisfecha, vulnera, a la vez, el ejercicio de otros derechos, como educarse, jugar, participar de la vida cultural, entre otros (Salvia et al., 2012).
Es reconocida, también, la relación existente entre inseguridad alimentaria y malnutrición infantil (Bergel Sanchís et al., 2017; Luna Montaño, 2020). En tal caso, donde la inseguridad alimentaria es mayor, los problemas nutricionales infantiles -expresados como desnutrición, sobrepeso u obesidad- aumentan. Los determinantes de esta problemática se hallan tanto a nivel individual (características de consumo y hábitos saludables), a nivel del hogar (nivel de ingresos, hacinamiento, deposición de excretas, clima educativo) como a nivel macro, relacionados con los niveles de desigualdad y las políticas sociosanitarias (Longhi et al., 2018).
Esta relación discurre de modo más profundo, acuciado y problemático, en contextos de pobreza con acceso limitado a los sistemas de salud y saneamiento. Así, la pobreza, entendida como un fenómeno multidimensional de carencias que compromete -entre otros aspectos- la seguridad alimentaria, resulta un importante condicionante del estado nutricional infantil (Bolzán y Mercer, 2009). Al respecto, cabe destacar también, la estrecha relación que existe entre pobreza extrema por ingresos e inseguridad alimentaria (Salvia, 2010; Tuñón, 2011; Fiszbein y Giovagnoli, 2004).
Para identificar la pobreza, los estudios, habitualmente, fijan la atención en las privaciones severas de bienes y servicios que una parte variable de la población sufre debido a sus magros ingresos. No obstante, plantea Sen (1997) que confiar exclusivamente en la pobreza en términos de ingreso, puede esconder aspectos cruciales de la privación económica. Sen (1997) centra su atención en las potencialidades de la gente y en las condiciones que restringen la libertad de tener lo que cada uno considera racionalmente que vale la pena ser y tener. Así, la pobreza se manifiesta mediante algunas características generales de las familias pobres, tales como sus bajos niveles educacionales, insuficiencias nutricionales, y una menor participación relativa en la actividad laboral, lo que se define, a su vez, por una pertenencia a ocupaciones de más baja productividad, que generan escasos ingresos y que impiden satisfacer integralmente sus necesidades más esenciales, materiales y no materiales. De este modo, el concepto de pobreza, se enmarca bajo un argumento multidimensional (Alkire y Foster, 2007) y se encuentra atravesado por tres matices diferentes, que exponen las múltiples dimensiones mencionadas: la idea de carencia de recursos, bienes y servicios; la idea de insatisfacción de aquellas necesidades que una sociedad o grupo social satisfacen en su globalidad; y la idea de marginalidad o exclusión de aquellos recursos, bienes y servicios que puedan ser compartidos en una sociedad. En estos contextos de privaciones, la inseguridad alimentaria crece, se desarrolla, y en muchos casos se consolida.
Investigaciones recientes han identificado que, los factores asociados a la presencia de inseguridad alimentaria en los hogares, pueden ser exógenos y/o endógenos. Entre los factores considerados exógenos -es decir aquellos que el hogar no puede controlar o influenciar directamente-, se consideran los sistemas y estructuras ecológicas, económicas, y socioculturales del país, región o comunidad, que forman la base contextual donde los factores sociales y de comportamiento se interrelacionan para determinar los patrones de consumo de alimentos y el nivel de seguridad alimentaria del hogar (Dehollian, 1995).
Este complejo marco, opera como condicionante de las características específicas del hogar y sus integrantes (variables endógenas) y determina decisiones y comportamientos relacionados con la alimentación. Aspectos tales como el nivel socioeconómico, la composición y tipo del hogar, la presencia y cantidad de menores de edad, así como también aspectos relacionados a la educación materna y ocupación de la persona de referencia del hogar, son algunos de los condicionantes más ampliamente reseñados (Salvia et al., 2012; Bolzán y Mercer, 2009; Fiszbein y Giovagnoli, 2004).
En contextos territoriales de pobreza e inseguridad alimentaria, la contribución que comedores y merenderos sociales y comunitarios han realizado, como variables a considerar en la seguridad alimentaria del hogar, podrían ser importantes. Se desarrolla a continuación un breve apartado sobre estas instituciones de oferta alimentaria extra-familiar, para luego desarrollar sus características en el contexto territorial de referencia.
Diversas experiencias internacionales han sostenido, como políticas alimentarias, la promoción, presencia y conservación de comedores sociales y/o comunitarios, diferenciados de los comedores escolares, donde la asistencia pública estatal se vehiculiza a través de la escuela, la cual conforma tanto una institución de enseñanza como de asistencia alimentaria. En dicha gestión comunitaria, si bien se proponían combatir el hambre y la inseguridad alimentaria, algunos resultados evidenciarían -como en el caso mexicano- estar supeditados a la conformación de estructuras de poder, en muchos casos bajo un sistema de clientelismo político (Casas Patiño et al., 2021).
Si bien los comedores fueron concebidos, en sus inicios, como acciones transitorias, los mismos lograron consolidarse territorialmente a partir de los apoyos recibidos del Estado (Ierullo, 2013). En el caso particular argentino, el surgimiento de comedores comunitarios en barrios pobres, forma parte de un conjunto de acciones de asistencia alimentaria junto con la incorporación, de manera heterogénea y fluctuante, de las organizaciones de la sociedad civil, en la implementación y ejecución de programas y políticas sociales (Santarsiero, 2013). Estas iniciativas, se han ido configurando como una respuesta orientada a la satisfacción de necesidades alimentarias, en el contexto de la asistencia social estatal. De esta manera, este autor identifica, en los comedores, aspectos de una triple dimensión. Por un lado, destaca aspectos políticos (dado que evidencia un espacio para la politicidad barrial, vinculado con la política social territorializada); sociales (porque refiere a lazos de solidaridad y de interacción cotidiana en el espacio comunitario, surgidos en las prestaciones y acciones de los comedores); y alimentaria (porque procura brindar alimentos y recursos en la cotidianeidad del espacio barrial).
Un punto de anclaje para definir la presencia de comedores comunitarios en Argentina, refiere a la crisis hiperinflacionaria de 1989. Ante el deterioro de los ingresos de importantes segmentos de la sociedad, surgieron –en algunas áreas geográficas con alta presencia de sectores pobres-, acciones precarias y espontáneas, autogeneradas por los vecinos y, en algunos casos, con la participación de ONG’s, bajo el nombre de “ollas populares” o “comedores comunitarios”, con el objeto de contener los apremios alimentarios más urgentes, aunque con una cobertura y una capacidad de ofrecer alimentos muy limitadas (Sordini, 2014). Estas tendencias, se habrían consolidado durante la década de 1990, como consecuencia de los procesos de pauperización, incrementándose la presencia estatal y articulación con organizaciones sociales, luego de la crisis de los años 2001/2002.
La pandemia por Covid-19 -con sus reconocidos impactos en términos de empobrecimiento, precarización y debilitamiento de las economías-, habría incrementado la demanda alimentaria sobre estas instituciones, sumando a otros sujetos, además de modificar la dinámica y forma de la respuesta a esa demanda.
En este contexto, la comensalidad, entendida no solo por la cantidad y calidad de los alimentos, sino como la forma específica que adopta el comer (Aguirre, 2011), se habría transformado también. Menciona esta autora que, los niños que asisten a comedores sociales, desconocerían la comensalidad familiar. Es decir, entiende a tal asunto como un proceso que supera la mera distribución de alimentos, incorporando también dimensiones relacionadas con la enseñanza de valores, la transmisión de vínculos, la socialización, entre otros. En la proliferación de la asistencia alimentaria extra-familiar se perderían, posiblemente, todas estas posibilidades.
Además, Aguirre (2010), sostiene que, en los comedores sociales, se intensifica la noción de una alimentación orientada a mantener un cuerpo fuerte. Para ello, se elegirán productos que reflejen esta fortaleza, denominados en Argentina “alimentos rendidores”, que, para cumplir esta condición, deben ser al mismo tiempo gustosos, tales como los azúcares baratos como los hidratos de carbono y dar sensación de saciedad como las grasas. Asimismo, su comensalidad es colectiva, es decir, se cocina y consume en grupo (guisos y sopas) todo lo que se pueda, “porque hay que disfrutar de la comida cuando hay, ya que no se sabe que penas traerá el mañana” (Aguirre, 2010, p. 20). Este proceso, se relacionaría sustancialmente con el déficit de recursos, los problemas presupuestarios, pero sobre todo con el marcado crecimiento de la obesidad, principalmente infantil y de mayor incremento en sectores pobres de la población. En efecto, la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, realizada en 2018, distinguía prevalencias de sobrepeso y obesidad infantil del 41% en la población de niños, niñas y adolescentes de entre 5 y 17 años (Ministerio de Salud y Desarrollo social de la Nación, 2019).
Estos aspectos se analizan a continuación, donde el eje de la mirada se sitúa en el impacto que, los comedores comunitarios, habrían tenido sobre la inseguridad alimentaria y la malnutrición, en un contexto de acuciante empobrecimiento en el marco territorial de una provincia cuyos niveles de pobreza previos a la pandemia ya eran elevados.
Nuestra propuesta abarca dos instancias: la primera, con un enfoque cuantitativo, analiza, por un lado, la inseguridad alimentaria en Tucumán o el Noroeste Argentino (según el caso), considerando las dos únicas fuentes disponibles para tal análisis: las bases de la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA) serie bicentenario (2010-2016) y las bases del Programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea (PISAC) relevadas entre 2014 y 2015. Por otro lado, a partir de un relevamiento antropométrico realizado entre diciembre de 2020 y febrero de 2021, por el Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (ISEPCI, 2021), se detectó el estado nutricional en niños y niñas de 2 a 18 años, asistentes a comedores comunitarios de la provincia.
En el primer caso, se obtuvo una mirada sobre la inseguridad alimentaria en la provincia y/o región, en el momento previo a la irrupción de la pandemia, según las siguientes fuentes:
a). La EDSA, dependiente del Observatorio de la Deuda Social Argentina, elabora indicadores de inseguridad alimentaria desde el año 2010. Estos, permiten una aproximación al fenómeno de la inseguridad alimentaria en la infancia que, en su expresión más severa, considera la percepción de “hambre” entre los niños/as entre 0 y 17 años1. Desde el 2010, la EDSA mide la inseguridad alimentaria a través de un índice que computa la cantidad de respuestas afirmativas de una escala de seis preguntas que refieren a aspectos subjetivos y objetivos de los “últimos 12 meses” (tal como se recomienda en la literatura, a fin de evitar la influencia de los efectos estacionales). Luego precisa la seguridad alimentaria del hogar en un rango que va desde una situación de seguridad alimentaria grave o severa, a la seguridad alimentaria (Salvia et al., 2012; Tuñón y Salvia, 2012; Tuñón et al., 2017). Asimismo, utilizando esta base de datos y las bases del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas (INDEC, 2010), fue posible establecer el indicador de “riesgo de inseguridad alimentaria” el cual, operando sobre un análisis factorial, pudo clasificar en diferentes categorías cada radio censal del país (Márquez y Salvia, 2019)2.
b). La Encuesta Nacional sobre Estructura Social (ENES), llevada adelante por el programa PISAC, tuvo alcance urbano nacional y sus dominios de estimación fueron ocho regiones. Se realizó entre 2014 y 2015, y estuvo centrada en las dimensiones estructurales de la heterogeneidad social. Sus ejes de indagación fueron, por un lado, la estructura de clases, estratificación y movilidad social; y por otro, las condiciones de vida de los hogares (Maceira, 2015). Este relevamiento, incorporó una aproximación a la inseguridad alimentaria, la cual siguió sugerencias conceptuales y metodológicas realizadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). La unidad de análisis de esta subdimensión fue el hogar (posibilitando un análisis discriminado para los menores presentes en el hogar, a partir de distintas unidades de observación). El cuestionario incluyó preguntas que refieren a situaciones de insuficiencia alimentaria por causas económicas, percibidas por los hogares durante los tres meses previos al relevamiento; con lo cual se orientan a medir la reducción involuntaria de la porción de comida o la supresión de alguna comida durante el período de referencia y la percepción de experiencias de hambre (Ortale y Santos, 2020)3.
A partir de estas preguntas, se elaboraron tres indicadores sintéticos que dan cuenta de la intensidad con que se presenta la inseguridad alimentaria, destacando el caso de los hogares de adultos, de aquellos que incluyen población infantil:
a) Inseguridad Alimentaria leve: presencia de alguno de los tres indicadores
b) Inseguridad Alimentaria moderada: presencia de dos de los tres indicadores
c) Inseguridad Alimentaria grave: presencia de los tres indicadores.
Por otro lado, en el caso del análisis de la malnutrición, el relevamiento realizado por el ISEPCI, derivado del Índice Barrial de Situación Nutricional, incluyó, en el caso tucumano, el análisis antropométrico de 4.735 niños y niñas, distribuidos en diferentes comedores de la provincia, los cuales, analizados con los criterios propuestos por la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (Ministerio de Salud y Desarrollo Social de la Nación, 2019) avalada a su vez por la Organización Mundial de la Salud, permitieron calcular cuatro indicadores individuales (bajo peso para la edad, baja talla para la edad, sobrepeso y obesidad) y un indicador global de malnutrición (ISEPCI, 2021)4. Asimismo, bajo un enfoque con mirada territorial, permitieron indagar sobre la distribución espacial de estos niños y niñas agrupados en 112 comedores comunitarios.
La segunda instancia de esta propuesta, incluyó la aplicación de métodos cualitativos, en particular se utilizó la entrevista semiestructurada, a referentes comunitarios encargados de la gestión de comedores y/o merenderos sociales, en contextos de pobreza. Buscamos así, analizar las dimensiones extrafamiliares de la inseguridad alimentaria. Para la aplicación del instrumento, se seleccionaron doce casos de referentes sociales a cargo de comedores o merenderos, en territorios de pobreza, en Tucumán. Los mismos, abarcaron distintos tipos de gestión y distintos ámbitos territoriales de la provincia. Las entrevistas se realizaron telefónicamente durante el mes de marzo de 2021 y nos aproximaron al análisis de diferentes dimensiones, así nos acercamos a la comprensión del impacto que la pandemia y las restricciones implementadas tuvieron sobre la vida familiar, comunitaria, y en el funcionamiento de los espacios de alimentación.
En primer lugar, caracterizamos los barrios indagando sobre las siguientes dimensiones:
1) Condiciones sociolaborales y ambientales del barrio o localidad: características ocupacionales de los jefes de hogar de las familias asistidas por el comedor, dinámica y adaptaciones con la pandemia, estados anímicos y transformaciones, emergencias suscitadas con la pandemia
2) Dinámica del comedor: fuentes de los recursos, estado y financiamiento, asistencia, servicios brindados, problemáticas emergentes en la niñez con la pandemia, preparación de alimentos, distribución y frecuencia, insumos, rupturas y continuidades
3) Características de la asistencia alimentaria: funcionamiento del comedor, población objetivo, cantidad de personas a las que asiste, periodicidad, comidas, gastos, infraestructura y herramientas para desarrollar la tarea, personal que realiza las tareas, articulación con el Estado y otros organismos de la sociedad civil, criterios de selección y listas de espera, gusto y palatabilidad, cambios a raíz de los confinamientos por la pandemia por Covid-19 y programas alimentarios.
En segundo lugar, buscamos comprender algunas particularidades del funcionamiento e impacto de los comedores a partir de las actividades alimentarias, las actividades extra-alimentarias y el consumo problemático de sustancias.
De esta manera, la propuesta se halla enmarcada dentro de una aproximación multimétodo (cuantitativa y cualitativa), buscando una complementación de estrategias y técnicas que nos permitan arribar a un mejor entendimiento del problema. Se espera que, la multiplicidad de dimensiones consideradas y la complementación de técnicas metodológicas, permitan arribar a una explicación de las relaciones entre inseguridad alimentaria, malnutrición y la presencia de comedores infantiles en una provincia definida por la pobreza.
La inseguridad alimentaria en Tucumán alcanza umbrales preocupantes, según distintas fuentes de información. Esto no constituye un hecho novedoso; Bolzán y Mercer (2009) han informado la alarmante cifra que alcanzaba este problema en la provincia en 2003, abarcando al 54,5% de la muestra (considerando el indicador “percepción de hambre grave”), mostrando, además, su relación con condiciones estructurales de pobreza y su expresión en mayores prevalencias de niños con baja talla.
Esta condición, propia de las consecuencias de la crisis socioeconómica argentina de 2001/2002, habría sido atenuada con distintos programas5.
Según los datos relevados por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) a nivel nacional, la inseguridad alimentaria severa se habría reducido entre 2010 y 2015, pasando de afectar a un 11,2% de los hogares en 2010, al 8,9% en 2015. A partir de entonces, habría comenzado un proceso de crecimiento, alcanzando su pico en 2019, con el 14% de los hogares involucrados en esta situación (Tuñón, 2020). Considerando la categoría “resto urbano del interior”, donde se encuentra el Aglomerado Gran San Miguel de Tucumán, los datos muestran un proceso similar, pero con magnitudes mayores, alcanzado el pico en 2019, con una proporción del orden del 27,5%, registro que duplica el valor nacional mencionado con anterioridad. Si bien la desagregación de la información no alcanza a ser representativa de la provincia, sí brinda indicios para suponer un proceso similar -o más agudo incluso- por las características de pobreza que caracterizan a Tucumán.
Los datos del programa PISAC no se alejan de estos procesos y magnitudes. En los adultos, la inseguridad alimentaria en los hogares del Noroeste Argentino, alcanzaba al 16,1% de su población, considerando tanto manifestaciones leves, moderadas o graves. Esta evidencia, ubicaba al NOA y al NEA como las regiones con mayores problemas. Sin embargo, si el análisis se centraba en la población infantil, las magnitudes reseñadas se sostenían, alcanzando, en el NOA, la proporción del 14,6%6.
Un estudio reciente de Márquez y Salvia (2019) permitió estimar el riesgo de inseguridad alimentaria a nivel de radios censales (Mapa 1) y ubicar allí los comedores/merenderos sobre los que se aplicó la entrevista en profundidad7.

Se observa la concentración de los núcleos de mayor criticidad en el área montañosa de la provincia (todo el sector occidental), destacándose también el sudeste y el nordeste provincial. Sobre estas áreas de criticidad, se seleccionaron los comedores sobre los que se aplicó el instrumento de la entrevista y sobre el cual se profundizará luego.
Existen notorias evidencias respecto al crecimiento, en los últimos años, de la obesidad infantil, problema al que la Organización Mundial de la Salud ha catalogado como una pandemia mundial (Elgart et al., 2010). En este doble contexto pandémico, nos interesa indagar entonces, sobre las características que asume el estado nutricional infantil, bajo circunstancias de confinamientos, escuelas con clases suspendidas, aumento de horas frente a pantallas y sedentarismo, disminución de la actividad física, estrés, incertidumbre, pérdida de espacios de sociabilidad, empobrecimiento, aumento sostenido del precio de los alimentos, entre otros. A priori, podríamos conjeturar claramente un empeoramiento, pero no sabríamos indicar en qué medida, bajo qué características ni dónde se concentraría.
Las estadísticas para conocer el estado nutricional infantil provincial son, en la actualidad, inaccesibles para el ámbito académico. Los resultados de la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNYS), realizada en 2019, solo ha difundido información a nivel regional, destacando que, en el Noroeste Argentino, las prevalencias de malnutrición alcanzaban al 43,9% de los niños y niñas de 5 a 17 años. Los datos públicos tanto del Programa Sumar que registra datos antropométricos de niños y niñas asistentes al sector público o de PROSANE (Programa de Salud Escolar) -que registra también datos antropométricos de niños y niñas de primer y sexto grado de escuelas públicas, no han podido ser considerados, dada la determinación de los órganos oficiales de no compartir dichas bases. De igual manera, tampoco se ha podido acceder a los datos del Registro Nacional de Comedores y Merenderos Comunitarios (RENACOM), iniciativa nacional surgida luego de la irrupción de la pandemia.
No obstante, el ISEPCI ha realizado su relevamiento anual de niños y niñas asistentes a comedores comunitarios y analizó su estado nutricional de acuerdo a los mismos parámetros considerados en la ENNYS, de allí que estas bases se constituyan en el principal insumo para analizar estas problemáticas.
Utilizando estas bases, podemos observar que, durante la irrupción de la pandemia en Tucumán, la malnutrición afectó al 40,9% de los niños y niñas asistentes a comedores comunitarios. Comparativamente con el resto de provincias del NOA, los registros tucumanos se hallan en el extremo más bajo, el cual alcanza su punto más alto en Jujuy con el 47,5% de niños malnutridos (Figura 1).

Un breve examen al interior de la malnutrición, permite identificar otras particularidades del fenómeno. Los indicadores de bajo peso y baja talla para la edad, relacionados con situaciones estructurales de carencias, han perdido protagonismo en detrimento del sobrepeso y la obesidad. La Figura 1 permite detectar las diferencias en el estado nutricional entre las provincias del NOA, destacando el caso tucumano como uno de los menos problemáticos en el contexto regional. Paralelamente, la comparación con los registros nacionales, coloca a Tucumán, también, en una situación beneficiosa, ya que en todos los indicadores considerados, exhiben menores prevalencias que las nacionales. Sin embargo, más allá de lo positivo del examen comparativo, se destaca que las prevalencias son demasiado altas, que la malnutrición afecte a cuatro de cada diez niños, evidencia una situación en extremo preocupante, que se agudiza incluso en algunas provincias de manera más acuciante. Asimismo, en un contexto de pandemia –con las características reseñadas anteriormente-, estas prevalencias podrían incrementarse sustancialmente, con todos los riesgos en la salud que esto implica, tanto en problemáticas actuales como futuras.
Con el objeto de profundizar el análisis del problema en escalas menores y siguiendo los postulados clásicos de la Primera Ley de Tobler (Tobler, 2004) -la cual establece la íntima relación entre la ubicación espacial de determinados objetos y el territorio-, analizamos la distribución espacial de esta muestra de comedores en relación a las problemáticas nutricionales abordadas. Cabe aclarar que el marco de acción de ISEPCI está desarrollado con mayor amplitud en ámbitos urbanos, de allí que la conformación de la muestra bajo estudio, represente ampliamente este tipo de ámbitos, mayormente localizados en los sectores marginales del Aglomerado Gran San Miguel de Tucumán y las ciudades de Monteros, Concepción y Aguilares, al sur de la provincia.
En el Mapa 2 se observa la distribución de estos comedores en el marco provincial. Sobre un total de 112 comedores comunitarios (lo cual implica un total de 4.650 niños y niñas evaluadas entre 2 y 18 años de edad), se destaca que el 25% se ubican dentro de barrios populares identificados por el Registro Nacional de Barrios Populares (RENABAP), lo cual mostraría con claridad un universo intencionado dominado por extremas carencias. Aun así, las prevalencias de malnutrición son levemente superiores (1,7%) en los espacios ubicados fuera de estos barrios populares.

El Mapa 3 analiza la malnutrición infantil, según estos espacios de alimentación. Se observa que las prevalencias alcanzan sus magnitudes más elevadas en el sector oriental del Gran San Miguel de Tucumán, en áreas colindantes al río Salí, pero también se destacan como problemáticos algunos sectores del norte, próximos a Tafí Viejo y en Aguilares.

El Mapa 4 exhibe -en una composición cartográfica-, los indicadores simples de malnutrición. Si bien la desnutrición infantil ha mostrado un descenso sostenido en la provincia, sobre todo desde la crisis de 2001, cuando Tucumán fuera expuesta mediáticamente como “cuna de la desnutrición infantil” (Demonte, 2011; Longhi y Del Castillo, 2017), los indicadores de bajo peso y baja talla, para la edad, muestran prevalencias bajas, pero no dejan de ser preocupantes8. En efecto, el 2,5% de los niños analizados, presenta bajo peso, mientras la baja talla asciende al 4,6%, evidenciando, de alguna manera, la convivencia de problemáticas nutricionales de déficit con las de exceso. Para el bajo peso se destacan valores extremos en el caso del comedor Manitos limpias de Aguilares (departamento Río Chico), donde casi el 25% de los niños asistentes, posee este indicador de malnutrición, el cual comporta como un indicador de desnutrición global9.
Se observa además, en el Mapa 4, la distribución espacial de la baja talla para la edad, un indicador clave de la desnutrición crónica en la infancia10. Si bien existen antecedentes que muestran la antigüedad que posee este problema en la provincia (Bolzán y Mercer, 2009; Abeyá Gilardon y Lejarraga, 1995) las magnitudes muestran que, si bien han disminuido, condicionan de manera importante tanto la salud actual como futura de los niños. La concentración en este caso vuelve a instalarse en ámbitos marginales del sur de la capital tucumana y de Yerba Buena, un área altamente fragmentada, donde conviven sectores de grandes recursos junto a espacios de pobreza crónica y estructural. Las prevalencias de baja talla alcanzadas en estos espacios críticos fueron de 20% en el Comedor La Picada (Barrio San José III - Yerba Buena) y de 18,3% en el Comedor Esperanza de los niños (Barrio Ampliación Miguel Lillo - San Miguel de Tucumán).

Como se ha mencionado anteriormente, los problemas relacionados con el exceso de peso han tenido un crecimiento sorprendente en los últimos años, agravados claramente en el contexto de la pandemia. El Mapa 4, en su margen inferior izquierdo, permite distinguir los puntos más críticos en materia de sobrepeso infantil. Se observan, además de prevalencias mucho más altas que los indicadores analizados, un patrón de mayor dispersión espacial. El caso más extremo se encuentra en Lules, una ciudad distante 25 km al sur de la capital, donde tal prevalencia alcanza al 35% de sus niños.
No obstante, la manifestación más extrema del exceso de peso, la constituye la obesidad infantil. Mucho se ha desarrollado sobre esta patología, que afecta no solo la integridad física de los niños, sino también su salud emocional. En tal caso, puede observarse, además, un patrón de concentración en dos núcleos espaciales, uno hacia el norte del aglomerado capital y otro hacia el sector oriental, en sectores próximos a las riveras del río Salí. En el primero de estos, se destacan los comedores San Agustín (Capital) y Gotitas de Agua (Tafí Viejo), el primero de ellos con una prevalencia de obesidad infantil del 36% y el segundo con 37%. En el segundo núcleo se enfatizan los comedores Esperanza, El Trébol y Niños Unidos, los dos primeros enclavados en el contexto del barrio Costanera, uno de los más pobres del Aglomerado (Del Castillo, 2012). En estos tres espacios, la obesidad infantil alcanza al 37,5%, 44% y 36% respectivamente.
Las implicancias que estas prevalencias generan en la salud infantil no son pocas. Además de situaciones angustiantes de salud emocional y niños objeto de bullying (Chaparro, 2020), se agregan impactos nocivos en la salud futura, ya que esta condición aumenta el riesgo de desarrollar diabetes tipo II, hipertensión, hipercolesterolemia, enfermedades vasculares y coronarias e hígado graso, entre otros (Barker, 2007; Begum et al., 2013). En un contexto de pobreza crónica, con clima educacional bajo, salarios deficientes, escaso y deteriorado acceso al sistema de salud, principalmente en lo relacionado a salud preventiva, los riesgos se agravan.
Tal como menciona Aguirre (2000, p. 13) “se puede afirmar que los pobres no comen lo que quieren, ni lo que saben que deben comer, sino lo que pueden”, de tal manera que, en el contexto de la pandemia actual, donde la pobreza se ha incrementado, la inflación ha sido sostenida, la inseguridad alimentaria se agravó, el tiempo frente a pantallas aumentó junto con el sedentarismo y el consumo de alimentos ricos en grasas, harinas y azúcares y pobres en proteínas y vitaminas, no hace menos que generar un horizonte donde se conjetura un nuevo impulso para el crecimiento de la pandemia de obesidad infantil.
En muchos barrios pobres, donde las familias en muchos casos no pueden asegurar la alimentación de sus integrantes, surgieron, en algún momento, comedores y merenderos de gestión comunitaria. Si bien son espacios con varias décadas de presencia e intervención en el territorio, en muchos casos, la permanencia ha estado condicionada por el fortalecimiento de vínculos comunitarios y extracomunitarios. De esta manera, supo cobrar relevancia la intervención de organizaciones sociales, de grupos religiosos y de algunas instituciones del Estado que contribuyeron con insumos y recursos a través de políticas y programas sociales.
Como señalamos anteriormente, la pandemia representó profundos cambios en las condiciones de habitabilidad del barrio y los hogares, así como en las formas de vinculación entre diferentes actores e instituciones. Sin duda, esos cambios marcaron y definieron nuevos desafíos para la cotidianeidad y la sociabilidad de los vecinos y diversos actores vinculados al espacio comunitario.
Las dimensiones que analizamos, sintetizamos y presentamos en el Cuadro 1, buscaron un acercamiento a esas variaciones, a la vez que nos permitieron identificar aspectos que atraviesan, en mayor o menor grado, los espacios de alimentación.
Esta caracterización, fue complementada con preguntas que buscaron conocer las percepciones respecto al impacto que la pandemia por Covid-19, tuvo en tres esferas de la vida cotidiana: las actividades alimentarias, las actividades extra-alimentarias y el consumo problemático de sustancias. La indagación a partir de estas dimensiones, brindó elementos que, sistematizados, permitieron profundizar la comprensión de las acciones que los espacios de alimentación popular desplegaron para enfrentar la crisis devenida de las medidas de confinamiento. Asimismo, nos aproximaron a las modificaciones experimentadas a nivel de las rutinas, las expectativas y el volumen de la demanda por asistir. Interrogantes como ¿cuánta gente asistirá mañana?, ¿tendremos comida suficiente? o ¿de qué manera distribuir lo que se tiene para que alcance para más personas? son interrogantes emergentes del campo que muestran la experiencia de incertidumbre, el avance de la pobreza sobre los sectores más vulnerables de la sociedad y la insuficiencia de la ayuda gubernamental, aun cuando diversas políticas fueron reforzadas en presupuesto y ampliadas en su alcance poblacional.

Al principio de la pandemia, cuando las medidas restrictivas alcanzaron su pico máximo, muchos comedores cerraron sus puertas, incluso algunos no pudieron abrirlas nuevamente. Sin embargo, aquellos que resistieron, lo hicieron con una dinámica totalmente novedosa. El nuevo contexto de los comedores, enfrentó a sus responsables con cuatro situaciones: 1) responder a una mayor demanda alimentaria; 2) no poder cubrir la alimentación para todos los días de la semana; 3) implementar un sistema de viandas para evitar que la gente permanezca en los comedores y; 4) incorporar al resto de la familia como demandante de alimentos. Mencionan José y Charo:
Yo veo que con la pandemia la gente está más preocupada por la salud. También se ve más necesidad, en la convocatoria de los merenderos. Cada vez más chicos vienen al merendero. Antes de la pandemia eran menos chicos, eran cuarenta más o menos, pero comían acá en mi casa, yo tengo una galería grande y ponía los tablones banquitos, chicos del lado de la vía del lado del canal, algunos pedían para llevar para su mamá o abuelo y llevaban la bandejita. Ahí antes de la pandemia lo hacíamos martes, jueves y sábado hacíamos la comida, lunes miércoles y viernes la merienda… […] Antes de la pandemia venían ellos solitos, ahora vienen con la mamá, hay más pobreza parece, no sé si lo de la Tarjeta les alcanza. (José y Charo, comunicación personal, junio de 2021)
Este aumento en la presión sobre los recursos, tuvo un impacto directo en la cantidad de porciones ofrecidas, la frecuencia de los alimentos y la calidad de los mismos. En este sentido, las alitas de pollo, hígado o milanesas de carne molida, fueron la principal carga de proteínas en los platos ofrecidos, las frutas prácticamente desaparecieron de los menús y las verduras fueron sustancialmente disminuidas, reduciéndose en casi todos los casos a papa, tomate y zapallo. El impacto que esto podría haber generado, claramente se articula con el crecimiento de la obesidad reseñado anteriormente.
Los comedores son espacios híbridos en los que confluyen las políticas sociales, los repertorios organizativos populares y las estrategias familiares de sobrevivencia (Pereyra Cousiño, 2016). La preparación de alimentos es colectiva, y eso requiere de una organización que involucra a diversos actores y que, a la vez, otorga identidad en el territorio. Es precisamente ese anclaje territorial, el que permite a estos espacios desarrollar otras actividades a partir de las cuales se constituyen ámbitos de sociabilidad y de interacción social. Son espacios que, muchas veces, rompen con el aislamiento y límites que impone el contexto doméstico vulnerable, para extender la sociabilidad hacia otras esferas, principalmente en el caso de niños, niñas y madres (Pereyra Cousiño, 2016). Para las mujeres, los espacios de alimentación y la vinculación con diversos tipos de organizaciones sociales, fue una condición de posibilidad para dejar atrás el aislamiento social al que muchas estaban sometidas.
Lamentablemente, con el confinamiento, se pospuso la continuidad de diversas actividades, situación que impactó diferencialmente según la realidad social de las familias demandantes. Muchos de esos espacios, cerrados abruptamente, ofrecían juegos, actividades de apoyo escolar, la oración (en el caso de comedores de gestión religiosa), el sostenimiento de las huertas, o talleres específicos como pintura y tejido, orientados para las madres. La posibilidad de interactuar con otras mujeres, de contar con un espacio para la reflexión y el abordaje de situaciones individuales, grupales o incluso comunitarias, tal vez haya sido lo más difícil de sobrellevar para las familias y los responsables de los comedores.
En tal sentido, Mariela y Silvana manifiestan:
No es solo satisfacerles el hambre, es ofrecerles afecto también. Con la pandemia perdimos mucho el contacto con la gente, es muy frio […] antes nos contaban cosas, si había violencia de género se descargaban. Creo que aumentó la violencia en este tiempo, lo emocional también está afectado por la falta de trabajo. Los problemas del contexto familiar empeoraron con la pandemia. Cuarentena y hacinamiento no es buena combinación. El comedor también es un ámbito de sociabilidad. Nos enteramos que algunas chicas adolescentes del comedor se embarazaron ahora en la cuarentena. En esto también queremos poder llegar, no solo aportando un plato de comida […] Los chicos que van al comedor van a la escuela también. En el comedor se les ayudaba con los deberes y se les estimulaba entregándole carpetas, colores. (Mariela y Silvana, comunicación personal, junio de 2021)
La interrupción de la cotidianeidad con las familias, ha llevado a que muchos informantes duden al responder las preguntas que buscaban conocer características de la vida de las familias. Justamente el hecho de no verlos, de no dialogar con la frecuencia de antes, los colocó en el rol de meros expendedores de viandas. Asimismo, la aparente pérdida del lazo social y la falta de apoyo en las tareas de la escuela, habrían repercutido desfavorablemente en los desempeños educativos de los niños, situación que se vio agravada por las dificultades de conectividad y de recursos necesarios para la educación virtual. Mariela señala:
Creemos que los niños más pequeños sufrieron la continuidad de la escuela en la pandemia. Si costaba que vayan cuando era presencial ahora más. (Mariela, comunicación personal, junio de 2021)
En este punto no existe consenso entre todos los entrevistados. Una parte de ellos considera que los problemas de drogas y alcohol son altos, pero no notan modificación desde la irrupción de la pandemia. Sin embargo, otros informantes relatan cuadros estructurales de mayores problemas respecto a esto, Cristina dice:
Hay un niño desnutrido, pero la mamá me dice está bajo de peso, el padre no trabaja, se droga y la familia la ayuda un poquito, si el padre roba tienen para comer… (Cristina, comunicación personal, junio de 2021)
Refieren además, un aumento de las violencias intrafamiliares, derivadas de estos consumos problemáticos, con impactos preocupantes en términos de abuso de autoridad (se han señalado padrastros como responsables de estas violencias en algunos casos). Sostiene Ayelén:
La contención de los chicos ha empeorado un montón, hay mucha droga y alcohol, la franja de edad ha bajado para el consumo; he visto chicos de catorce años drogándose o en el robo, vimos mucho en el merendero que tratamos de ayudarlos. (Ayelén, comunicación personal, junio de 2021)
Estos consumos problemáticos se asocian a determinados comportamientos familiares y círculos de amistad, donde muchos de los lazos afectivos se encuentran deteriorados. Ayelén relata:
La droga tiene que ver mucho con el grupo de pertenencia, con los amigos de la esquina. Hay chiquitos de diez años que estando en el merendero me robaron el celular, después el mismo chico se arrepintió y me lo volvió a dar, pero eso pasa porque lo mandan los más grandes que ya están perdidos en la droga y no saben de dónde sacar plata y los mandan a los más chicos a que roben. (Ayelén, comunicación personal, junio de 2021)
Queda claro que, ante un evento como la pandemia, los espacios de alimentación se vieron superados, no solo por el incremento de la demanda de alimentos, sino también por el agravamiento de las problemáticas sociales. En contextos de extrema desigualdad social, las medidas adoptadas por la nación y las provincias, para ralentizar los contagios, no solo impactaron en la posibilidad de comer todos los días, también dislocaron la continuidad de la socialización de niños y adolescentes por fuera del hogar.
En esta contribución, que se enmarca dentro del conjunto de aportes que buscan analizar los impactos de la pandemia en la salud nutricional de la infancia, se puso en el centro del análisis, a los comedores comunitarios, como instituciones que podrían contribuir a paliar los problemas derivados de la inseguridad alimentaria. En efecto, los comedores comunitarios, como espacios de alimentación alternativa -en el contexto de una provincia pobre como Tucumán, con antecedentes notorios de problemas de desnutrición infantil, alto riesgo de inseguridad alimentaria de su población (principalmente infantil) agravados en el contexto crítico de impactos por la pandemia de Covid-19 y la pandemia de obesidad infantil-, podrían haber adquirido un protagonismo especial.
Bajo esta premisa y con un abordaje que articuló métodos cuantitativos y cualitativos, se estudió este problema social. Desde una mirada cuantitativa, se distingue la persistencia y extensión territorial del riesgo de padecer inseguridad alimentaria en la población tucumana. Las dos únicas fuentes que indagaron sobre este problema en nuestro país -las bases de la Encuesta de la Deuda Social Argentina (EDSA) serie bicentenario (2010-2016) y las bases del Programa de Investigación sobre la Sociedad Argentina Contemporánea (PISAC) realizada entre 2014 y 2015-, evidencian claramente este problema y destacan sus magnitudes.
También, desde un enfoque cuantitativo y mediante el uso de estadísticas relevadas por el ISEPCI -luego de nueve meses de la irrupción de la pandemia-, se pudieron identificar prevalencias relacionadas con el estado nutricional infantil de la niñez asistente a comedores comunitarios. Si bien son datos derivados de una encuesta, permiten inferir con gran precisión -fundada en el valor de la muestra que constituye el estudio- el nivel, características y distribución espacial que asume el problema de la malnutrición infantil en la provincia.
El análisis destacó la existencia de inseguridad alimentaria como un problema estructural en la provincia, tanto en la pre-pandemia como luego de la irrupción de esta. Las implicancias de esta situación no son menores; estudios realizados en otros contextos mostraron la relación entre inseguridad alimentaria y la generación de estrategias familiares para hacer frente a este problema, donde se destaca tanto la supresión de alimentos por parte de algunos integrantes de la familia, como la adaptación a la situación y el uso de alimentos más rendidores, llenadores y saciadores.
Una situación muy similar opera en el universo de comedores comunitarios, la disminución de las partidas y donaciones, en un contexto de constante empobrecimiento e inflación, conduce a abaratar los menús mediante la implementación de alimentos ricos en grasas, harinas, azúcar y sal, mucho más baratos en el mercado. En efecto, la inflación anual acumulada del año 2020 fue del 42%, pero algunos productos alimentarios, como la carne, alcanzó subas del 46%, mientras frutas y verduras superaron el 50%. En 2021, la situación fue aún más apremiante, superando la inflación anual acumulada el 50%, y algunos productos como carnes y lácteos concentraron las mayores subas (INDEC, 2021).
Es clara, entonces, la orientación obesogénica de la alimentación actual, profundizada además por el confinamiento, los altos niveles de sedentarismo, la falta de actividad física y la elevada cantidad de horas frente a pantallas.
En este contexto, se destaca el principal rol de los comedores, no como oferentes de alimentos, sino como espacios de sociabilidad, de construcción de vínculos, de implementación de talleres educativos, tareas asistenciales, apoyo escolar y recreación. La pandemia inhabilitó todas estas actividades, comprometiendo el lazo social en estas comunidades definidas por la pobreza en un contexto de emergencia de consumos problemáticos y violencias.
El panorama futuro no se presenta alentador, al debilitamiento del lazo sociocomunitario como consecuencia del aislamiento social obligatorio y el contexto obesogénico que se dispara (el cual funciona como una “hipoteca” para la salud física y emocional presente y futura), se agregan los impactos socioeconómicos de la pandemia, en términos de precarización laboral, empobrecimiento e inflación, los cuales generan todo el sustento para el agravamiento, aun mayor de esta condición, con nocivas consecuencias en la salud infantil.







