Entrevistas

Investigador Principal del CONICET y Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Quilmes, donde integra el consejo de dirección de Prismas, revista de historia intelectual. En 2008 fue Profesor Invitado en la Universidad de Harvard. Publicó varios libros Peronismo y cultura de izquierda; Bajo el signo de las masas, 1943-1973; Para un programa de historia intelectual; Intelectuales. Notas de investigación sobre una tribu inquieta. Tuvo a su cuidado la dirección del diccionario Términos críticos de sociología de la cultura y la Historia de los intelectuales en América Latina, Ensayos argentinos: De Sarmiento a la vanguardia (con Beatriz Sarlo), Peronismo y cultura de izquierda: Bajo el signo de las masas (1943-1973), Frondizi, o el hombre de ideas como político. Escribió Conceptos de Teoría Literaria (con Beatriz Sarlo) y dirigió el volumen colectivo, Términos críticos de Sociología de la Cultura. Coordinó el proyecto que dio como frutos los dos volúmenes de Historia de los intelectuales en América Latina y, más recientemente, dirigió la obra La Argentina como problema: Temas, visiones y pasiones (con Adrián Gorelik) entre otros trabajos. Obtuvo la Beca Guggenheim en 2004 y la Robert F. Kennedy Foundation en 2008. En 2011 la Universidad Ricardo Palma del Perú le otorgó el título de Profesor Honorario de dicha casa y, en el 2013, la Universidad Nacional de Mar del Plata le concedió también la distinción de Profesor Honorario.
En 2024, en el marco de la XVIII edición del Argentino de Literatura, la Universidad Nacional del Litoral (UNL) lo distingue como Profesor Honorario y en noviembre del 2025 Ediciones UNL publica Leer y escribir, libro que reúne textos que recorren la trayectoria crítica del profesor Altamirano y retoman una línea de trabajo que cruza historia intelectual, política y sociología de la literatura. Con motivos de la distinción realizada por la UNL y la presentación de su libro, mantuvimos un intercambio de preguntas y respuestas, por correo electrónico y presencial, que fue conduciendo y dando forma a la entrevista que publicamos a continuación.
Entrevista
Estudios Sociales (ES) - Su formación superior universitaria inicial se da en la Universidad Nacional del Nordeste -en su Corrientes natal-, ¿cómo recuerda esos primeros años de formación? ¿cuáles fueron las principales influencias intelectuales de esa época?
Carlos Altamirano (CA) - Mi primer paso por la universidad fue en Rosario, en la Facultad de Medicina de la Universidad del Litoral.[1] Después de comprobar que mis inquietudes no iban por ese lado, dejé los estudios de medicina y marché hacia las humanidades. Pero esto ya ocurriría en la Universidad del Nordeste. El primer año de lo que se llamaba Humanidades era un ciclo básico común a todas las carreras que se cursaban en aquella facultad. Me atraían por igual la de letras y la de filosofía. Finalmente, me incliné por la de letras. Para entonces ya era un militante de izquierda, de modo que mis inquietudes sobre el saber de las letras estaban marcadas también por mis inquietudes político-intelectuales. En la memoria de aquel tiempo me quedan dos grandes libros: Mímesis, de Erich Auerbach, y La originalidad artística de La Celestina, de María Rosa Lida, una gran filóloga argentina.
ES - Luego se traslada a Buenos Aires, en uno de los períodos autoritarios de nuestro país ¿con que grupo(s) intelectual(es) y político(s) se vincula y comienza a dialogar en ese período?
CA - Después del golpe de Estado del general Onganía, la situación se volvió difícil para quienes éramos identificados como militantes comunistas. De hecho, perdí el empleo que tenía en la enseñanza. Me mudé a Buenos Aires en 1967 para pasar inadvertido y conseguir trabajo. Me acerqué a la editorial Centro Editor de América Latina, recientemente creada por quienes habían renunciado a Eudeba tras el golpe. Comencé por entonces una colaboración con el CEDAL que duraría más de diez años y en que hice de todo un poco: traducir, escribir prólogos, armar antologías, dirigir colecciones. Pero el CEDAL no fue sólo un lugar de trabajo, sino de amigos, por lo general personas jóvenes de izquierda como yo. Para dar algunos nombres conocidos: Beatriz Sarlo, Jorge Lafforgue, Susana Zanetti. A raíz de un proyecto de editorial que duró muy poco tiempo, conocí a Ricardo Piglia y José Sazbón, con quienes hice una amistad que duraría toda la vida.
Todos nos identificábamos con el espíritu de lo que en los sesenta se llamaba “nueva izquierda”. El nombre de culto era Antonio Gramsci, sobre todo para quienes estábamos interesados en las cuestiones de la cultura, la hegemonía en la vida política y el papel de las élites intelectuales.
ES - En su recorrido post - 83´ ¿dónde comienza su carrea como investigador y cómo vio las transformaciones de la Universidades Nacionales y las agencias científicas?
CA - Mi carrera como investigador comenzó al margen de toda institución formal. En colaboración con Beatriz Sarlo, con quien escribí dos largos estudios: La Argentina del Centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos y Una vida ejemplar: la estrategia de Recuerdos de provincia. Los dos trabajos se publicaron originalmente en revistas latinoamericanas que se editaban fuera del país. Para entonces, a quienes hacíamos la revista Punto de vista la experiencia de la dictadura ya nos había enseñado el valor de la democracia pluralista. Mi ingreso en un centro de investigación se produjo en 1983 como resultado de una beca del Social Research Council para una investigación sobre el peronismo y la cultura de izquierda en la Argentina. En 1984 ingresé como investigador del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES) y uno o dos después en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Los años que siguieron a la recuperación de la democracia fueron años de grandes expectativas, también en el terreno de la producción de conocimientos y de la puesta al día de lo que se estaba haciendo, tanto en Europa como Estados Unidos. Fue un tiempo de puesta al día. La historia social perdió la posición hegemónica que tenía desde los años sesenta y cobraron vuelo una renovada historia política y la historia cultural.
ES - Por fuera del ámbito universitario ¿qué producciones y emprendimientos seleccionaría como referentes del campo intelectual y por qué?
CA - Creo que las revistas culturales jugaron un papel importante en los diez, quince años, que siguieron a la restauración democrática. Pienso principalmente en Punto de vista, de la que fui uno de sus miembros fundadores, y en El Ojo Mocho, su contrincante ya en democracia. En las páginas de las publicaciones periódicas se ventilaron debates políticos, literarios, intelectuales.
ES - Uno de los textos que integran el libro de su autoría Leer y Escribir -recientemente publicado por Ediciones UNL-, se titula “Sobre Edward Said”, el reconocido crítico y teórico palestino-estadounidense. En la ocasión del panel que tuvimos en nuestra Universidad con motivo de la presentación de su libro, usted se refirió a ese texto como un escrito que tenía como excusa entablar una conversación, una conversación entre argentinos que estuvieron exiliados y aquellos que se quedaron en el país.
CA - Efectivamente, ese texto fue leído en ocasión de un homenaje que se hizo al estudioso palestino en el rectorado de la Universidad de Buenos Aires, en el año 2004, justo un año después de su fallecimiento. Entre otros que participaron del panel, estuvieron el director Daniel Barenboim, amigo de Said, Adriana Rodríguez Pérsico y el rector de la UBA.
Los textos de Said no tenían mucha difusión por esos años como lo tienen ahora, no estoy seguro de esto, pero algo de eso ocurría porque no era un nombre que circulara por entonces. Después llegaron los bestsellers con varios de sus libros, entre ellos Orientalismo y Cultura e Imperialismo. Quiero decir, poco después se hizo su nombre, se hizo conocido, y se editó en español. Se han editado en español varios de sus libros. Así que esa fue la ocasión.
En oportunidad del panel, hicimos un uso político del mensaje que él tenía, un uso político para nosotros, es decir, para los argentinos que habíamos estado separados en los años de la dictadura –quienes se exiliaron, quienes nos quedamos- para producir y alentar una conversación entre nosotros.
ES - Me interesaría retomar ese punto de la idea de conversación que usted trabajó en la presentación de su libro en el Consejo Superior de la Universidad y acaba de rememorar. ¿Cómo era la conversación en aquellos años sesenta en donde usted sitúa algunos de sus libros? Antes de la dictadura y en medio del clima de las revoluciones, como usted lo denomina en Bajo el Signo de las Masas, a los procesos argentinos.
CA - ¿Cómo era la conversación ahí? Bueno, mucha conversación en ese momento no había precisamente. Cada uno estaba envuelto en su verdad o la verdad de su grupo. Sí, el espíritu era un espíritu combatiente. Creíamos que teníamos que tomar las armas, algunos de hecho, otros si no de hecho, por lo menos sí consideraban que no había otro camino que el de la lucha armada. O estaban los que consideraban que no era lo deseables, pero tal vez eran inevitables. Había diferentes versiones respecto del asunto de que el poder nace del fusil. Y que, si uno quería el poder, digamos en ese caso era un poder popular, un poder que estaría en servicio del pueblo, un poder que realizaría o respondería a las necesidades de las clases populares. Bueno, no había otro camino que ese. El poder para hacer esas cosas requería el empleo de las armas. En mi horizonte, esa representación de la lucha política como la verdad o el núcleo último de la lucha política hizo crisis. Justamente en los años de la dictadura comenzó, no solo para mí, para mucha otra gente, una reflexión. Una reflexión destinada a reconsiderar ese tiempo, ese tiempo que fue un tiempo de otros, pero también un tiempo nuestro, también un tiempo mío. Es decir, no podía poner la reflexión solo bajo la responsabilidad de los otros. Estaba la mía y me parecía que yo era una persona ya grande como para poder asumir lo que era mi responsabilidad. Bueno, eso animó a un grupo, el grupo que hizo la revista Punto de Vista, bueno, ahí la figura central fue Beatriz Sarlo, fue una intelectual importante en la Argentina, no solo en ese tiempo, sino muchos años después, una persona que renovó el modo de encarar la crítica de las literaturas argentinas, el ensayo argentino. Otros que también fueron miembros de ese núcleo de la revista fue Ricardo Piglia, una rosarina, María Teresa Gramuglio, que fue una gran crítica. Bueno, un núcleo que primero se juntó para conversar. Aparece de nuevo la palabra conversar.
¿De qué íbamos a hablar? Bueno, de aquello que a nosotros nos interesaba, nos gustaba. ¿Qué nos gustaba? Hablar de literatura, de cultura argentina. Entonces, armamos un grupo para sentarnos a conversar de lo que a nosotros nos gustaba. Le dimos un nombre a ese grupo, un nombre irónico, ¿no? Era Salón Literario, para recordar, como digo irónicamente, el Salón Literario en 1837. Queríamos de alguna manera continuar la empresa, no de la gente de 1837, pero sí de otra revista, por ejemplo la revista Contorno, inscribirnos en una tradición crítica y reanudar la empresa de una revisión de la lectura de la literatura argentina, pero en general de la cultura intelectual argentina. Eso es lo que estuvo presente, con variantes, porque después estaban los intereses personales, cada uno tenía su propio proyecto personal. Ricardo Piglia, por ejemplo, tenía una empresa narrativa por delante, otro como Hugo Vezztti, el psicoanálisis, y cada uno tenía un interés individual, personal, pero todos convergíamos en ese punto… releer, reexaminar nuestro pasado, el de la Argentina. Uno podría decir, continuábamos la empresa de la revista Contorno, quizás era cierto, que los instrumentos con los que ahora emprendíamos esta tarea de revisión ya no eran los mismos…, si uno tiene que dar un nombre para identificar cuál era la figura de referencia para la gente de Contorno, el intelectual, que ellos, de alguna manera, tenían como referencia central, y el nombre sería el de Sartre, el de esa esa conjunción de existencialismo de espíritu de izquierda, digamos, existencialismo y marxismo. Esos ya no eran los instrumentos que íbamos a activar nosotros para eso…, aparecen otros nombres, más ligados a lo que iba a ser una empresa que, de alguna manera, continuó siendo la de varios de nosotros, una revisión con el espíritu de una sociología de la cultura argentina. Y, bueno, eso es más o menos lo que hicimos, o lo que queríamos hacer, y algo de eso hicimos en esas conversaciones.
ES - Una de sus más cercanas preocupaciones de estos años es pensar la Argentina como problema ¿Cuáles serían para usted los principales tópicos de esta cuestión?
CA - Con Adrian Gorelik editamos un libro con el que creo que hicimos un aporte a este gran tema, me refiero a La Argentina como problema, publicado por Siglo XXI editores.
ES - Cuando usted trabaja y recupera a Tulio Halperin Donghi me viene al recuerdo un texto de él, El lugar del peronismo en la tradición política argentina. La pregunta sería, además del peronismo, ¿qué lugar ocupa el radicalismo y el socialismo en la tradición política argentina?
CA - Bueno, para el radicalismo no fue un nudo problemático, el radicalismo fue uno de los grandes partidos políticos argentinos. Fue un gran partido, mientras estuvo bajo la dirección de Yrigoyen, fue un gran partido con el gobierno de Alvear, fue un gran partido en la oposición al peronismo, fue un gran partido con Frondizi, es decir, fue uno de los grandes partidos. Si alguien me pregunta “contame algo de los grandes partidos de Argentina”, yo comenzaría por el radicalismo. No diría lo mismo en el caso del socialismo. Y acá no se trata de pensar, bueno, si el socialismo hubiera hecho esto, o hubiera hecho aquello. Pero esto siempre es fácil decirlo, y si yo miro a toda la izquierda que ha criticado al socialismo, a esa izquierda no le ha dicho nada contra el socialismo.
Uno tendría que preguntarse, ¿qué tipo de sociedad era la argentina? Una sociedad en que la cuestión social iba a ser expresada más por la vía del radicalismo que por la vía del socialismo. Yo no me pondría a dar lecciones sobre por qué el socialismo no hizo tal o cual cosa. Porque hubo muchos esfuerzos. No hubo un socialismo, hubo varios socialismos. Ninguno de los otros, los que criticaban al socialismo para hacer realmente el socialismo era igual a ninguno de los grupos más populares. Si yo tomo ahora la historia tal cual es, tal cual fue, tengo que decir, bueno, si hubo una vía para la expresión de la cuestión social, esa apareció más por las filas y la acción del radicalismo que por la del socialismo. Y no es un hecho exclusivo de la Argentina. Ocurre en varios países de América Latina. ¿Era obligado que fuera así? No diría no. No diría sí. No había otra que ese camino. Fue así.
ES - ¿Qué marcas de la historia argentina podrían resaltarse para comprender mejor el fenómeno del ascenso de las “nuevas derechas”?
CA - Creo las “nuevas derechas”, como dice la pregunta, son efectivamente nuevas, tanto en el mundo como en nuestro país. Su emergencia parece marcar el fin del período que siguió a la terminación del orden de la segunda posguerra, cuando se derrumbó la Unión Soviética, con sus dominios en el este europeo. Desde hace unos cuantos años se habla de “guerra” o “batalla cultural”. Tal vez no prestamos oído a algunos de sus contendientes.
ES - En el mismo sentido ¿cuál es el porvenir que vislumbra para el peronismo?
CA - Esta sí que es la pregunta del millón: ¿qué va a pasar con el peronismo? Se la formula cada tanto desde 1955. Hoy aparece muy dividido, en crisis. ¿Cómo descartar, sin embargo, que una vez más se reordene y se vuelva protagonista de la escena? Siempre ha sido un animal político de poder
ES – Una última pregunta, más que una pregunta, una reflexión. Usted, tanto esta vez que vino a presentar el libro como el año pasado cuando le dimos el título de Profesor Honorario, rescató mucho la figura de Tulio Halperin Donghi. De acuerdo con su mirada, ¿qué podemos rescatar de la figura de Halperín Donghi?
CA - Bueno, Tulio era bastante mayor que yo, pero cuando comencé, o me dispuse, o asumí una labor de, no de afirmar cosas, sino de interrogarme cosas, a querer saber, no a presumir que sabía, el nombre que apareció en mi horizonte era el de Tulio Halperin Donghi. Jamás hubiera él aceptado que se lo considerara un maestro, lo hubiera tomado irónicamente, así hubiera respondido ante eso. Yo lo veía todas las veces que él venía a Buenos Aires y nos sentábamos a tomar un café, si yo lo hubiera transmitido algo así, seguramente hubiera respondido con una ironía. Eso fue de hecho para mí, y de verdad, no solo para mí, fue un maestro que enseñaba sin adoptar actitudes magistrales. Él venía todos los años, y todos los años era objeto de entrevistas, y había dos grandes cuestiones, una relativa a la historia, a su oficio, y otra relativa a la actualidad argentina, y sobre las dos respondía siempre con agudeza, ingenio, escapaba, pero nunca asumió el papel de un personaje, eso era notable en él.
En la revista Estudios Sociales escribí ahí una nota, un artículo[2], cuando apareció su autobiografía, sus memorias, y allí hice así una serie de consideraciones, sobre por qué alguien entrega sus memorias, por qué alguien dice voy a escribir una memoria. Y bueno, uno puede decir que ahí cuenta la historia de su familia, de él, de ese medio al que él pertenecía, que era un medio intelectualmente saliente, el medio del Colegio Libre de Estudios Superiores, nombraba una institución que tuvo ese papel, una institución entre socialista y radical, que durante décadas desempeñó un papel de centro cultural importante, no solo en Buenos Aires, también tuvo representaciones en otros lugares, en Rosario, y en algunos otros lugares que ahora no me vienen a la memoria.
En resumen, ¿cómo sacarse el sombrero ante alguien a quien se admira sin ponerlo en el lugar de que tuviera que responder con una ironía? Eso fue lo que traté de hacer al escribir esa nota. No fue la primera vez que dejé ver mi agradecimiento hacia él. Lo consigné también en el prólogo para el libro conjunto con Beatriz Sarlo, Ensayos Argentinos. Allí puse los tres nombres a los que nosotros saludábamos. Uno era Adolfo Pietro, quien fue un gran profesor y un gran amigo. Él me llevaba unos cuantos años, era de la generación de Contorno, pero nos hicimos y fuimos amigos, tal como pueden ser las personas que se llevan años, y donde uno, que en mi caso tenía más un papel, ¿cómo decir?, de discípulo, siendo que él nunca había sido mi profesor, nunca…, pero, de todos modos, a mis ojos, para mí, subjetivamente, él funcionaba como un maestro, como funcionaba Tulio, como un maestro. No un maestro que hubiera pretendido ser un maestro, no, un maestro que yo adopté como maestro sin que ellos lo supieran. Bueno, eso fue lo que hice cuando escribí esa nota ahí, en la revista, que dirigía Darío Macor, gran persona.
Notas

