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SUPREMACÍA BLANCA Y EUGENESIA EN ESTADOS UNIDOS: ¿UNA RELACIÓN NECESARIA?

WHITE SUPREMACY AND EUGENICS IN THE UNITED STATES: A NECESSARY RELATIONSHIP?

Ana Laura Bochicchio
Universidad Nacional de Tierra del Fuego - Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina

Estudios Sociales. Revista Universitaria Semestral

Universidad Nacional del Litoral, Argentina

ISSN: 0327-4934

ISSN-e: 2250-6950

Periodicidad: Semestral

vol. 68, e0102, 2025

estudiossociales@unl.edu.ar

Recepción: 06 agosto 2024

Aprobación: 20 febrero 2025



DOI: https://doi.org/10.14409/es.2025.68.e0102

Resumen: En Estados Unidos la supremacía blanca ha sido un importante factor de imposición por parte de los sectores hegemónicos, que instauraron la concepción de raza como un agente de control social ya que anula la solidaridad de clase. Como tal, implica que las clases blancas pobres acepten su situación subalterna a cambio de argüir una pertenencia identitaria a la «excepcional» raza anglosajona americana. Este excepcionalismo, como aspecto fundante de la identidad blanca estadounidense, posee una carga moral que, desde el siglo XIX, fue explicada por las ciencias que trataban la cuestión racial y hereditaria. Ante ellas surge un dilema al notar que existen personas blancas que no se adecuan al ideal, principalmente pobres, enfermos mentales y delincuentes. La eugenesia, surgida en 1883, fue un paradigma científico-social que instrumentó el excepcionalismo al plantear teorías y métodos purgantes dentro de la propia supremacía blanca.

Palabras clave: Estados Unidos, excepcionalismo, supremacía blanca, eugenesia, blancos pobres.

Abstract: In the United States, white supremacy has been an important factor of imposition by the hegemonic sectors, which established the conception of race as an agent of social control since it nullifies class solidarity. As such, it implies that the white poor classes accept their subaltern situation in exchange of having an identity belonging to the «exceptional» Anglo-Saxon American race. This exceptionalism, as a founding aspect of white American identity, has a moral component that, since the 19th century, was explained by the sciences that dealt with racial and hereditary issues. A dilemma arises before them when they notice that there are white people who do not fit the ideal, especially the poor, the mentally ill and the criminals. Eugenics, which emerged in 1883, was a social-scientific paradigm that implemented exceptionalism by proposing purgative theories and methods within white supremacy itself.

Keywords: United States, exceptionalism, white supremacy, eugenics, poor whites.

I. INTRODUCCIÓN

El rol de la supremacía blanca en Estados Unidos debe ser comprendido partir de la lógica de su contexto socio-histórico formativo y de la tradición identitaria del país, que se auto-considera excepcional. La idea de una supremacía blanca innata ha generado un acervo cultural que impregnó a la población más allá de su clase social ya que los más pobres hacen propio el modelo dominante y aceptan su condición de inferioridad económica y política a costas de ser blanco y, por lo tanto, «superior». Aunque en la práctica, son marginados del sistema e, incluso, despectivamente denominados white trash (basura blanca). Como afirma Richard Perry,

«El racismo es un estado mental que favorece a quienes se encuentran en el extremo más fuerte de las disparidades de poder. Y, quizás de manera más insidiosa, el racismo también ha infectado a quienes tienen poco poder: aquellos que se esfuerzan por elevar su situación desesperada por encima de aquellos que aún están más abajo en la escala social» (Perry, 2007: 17).[1]

El racismo no es más que el resultado de la construcción social de la categoría raza, inexistente en la biología como tal. Se trata de un término que define diferencias entre las personas y refuerza desigualdades y jerarquías sociales que son estructurales. De hecho, ser blancoes una categoría socio-cultural antes que racial (Wray, 2006: 139).

Este artículo tiene como objetivo profundizar la indagación dentro de la corriente de los whiteness studies surgida en la década de 1990. Una de las principales premisas de este marco teórico es la existencia de inequidades asociadas al color de la piel y la relación directa que existe entre las categorías de raza y clase. La primera esconde las desigualdades que impone la segunda entre las personas que tienen el «beneficio» de pertenecer, de algún modo, al sector blanco.

El racismo bajo la forma de supremacía blanca es, por ende, una de las fuerzas más potentes de dominación y se expresa en desigualdades económicas y jurídicas, pero también de acceso a bienes, servicios y necesidades básicas, como la salud, la vivienda, la educación, el trabajo, etc. Además, constituye una carga simbólica sumamente potente a la hora de establecer inequidades. George Lipsitz denomina possessive investment in whiteness al esfuerzo por poseer o preservar tales privilegios:

«se estimula a los estadounidenses blancos a invertir en la blancura, a permanecer fieles a una identidad que les proporciona recursos, poder y oportunidades. Esta blancura es, por supuesto, una ilusión, una ficción científica y cultural que, como todas las identidades raciales, no tiene fundamento válido en la biología o la antropología. La blancura es, sin embargo, un hecho social, una identidad creada y continuada con consecuencias demasiado reales para la distribución de la riqueza, el prestigio y las oportunidades» (Lipsitz, 2006: vii).

Aunque se intente mostrar como natural, la blanquitud como categoría socio-política fue construida históricamente. Y, por eso mismo, quienes son capaces de incluirse dentro de ella han ido modificándose a lo largo del tiempo como consecuencia de lo que Matthew Frye Jacobson llama «alquimia de la raza» (Jacobson, 1998). Tener la piel blanca no significa poseer automáticamente un lugar privilegiado, como demuestra el hecho de que, durante las primeras décadas del siglo XIX, en Estados Unidos los irlandeses eran considerados negros dada su baja condición social (Ignatiev, 1995).

Incluso la supremacía blanca de los anglosajones estadounidenses discrimina a su interior, dejando en evidencia las diferencias de clase que existen entre los supuestos beneficiados. Lo cual la expone una condición sociopolítica antes que biológica. Se trata de un racismo de clase (Balibar, 1988).

En sus orígenes, la supremacía blanca de Estados Unidos incluyó a las personas blancas de origen anglosajón, la mayoría de ellas de ascendencia inglesa. Esta definición no ha sido estática y con el paso de los años se han incluido otros blancos europeos y estadounidenses nativos. Hasta el día de hoy, en gran medida, los supremacistas blancos están orgullosos de su sangre europea pero, sobre todo, de ser blancos estadounidenses, lo cual automáticamente significaría tener ciertas aptitudes superiores al resto de la humanidad, incluso la blanca de otros países.

Pero, ¿qué ocurre cuando en la práctica este ideal no se cumple?, ¿cómo se explica la existencia de personas blancas estadounidenses que no responden a los caracteres que permiten acceder una hegemonía socio-económica?

Desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX, los hechos que contradecían a los supuestos de la supremacía blanca encontraron explicación en la degeneración como condición hereditaria, lo cual producía personas incapaces de ser beneficiosos para el conjunto social. Estos eran categorizados como enfermos mentales, pobres o criminales por el biopoder de las ciencias médicas, psiquiátricas, el derecho y la criminología.

Bajo esta égida, en 1883 se conformó en Inglaterra una disciplina biopolítica, denominada eugenesia por Francis Galton. Esta tenía como objetivo investigar los orígenes de las degeneraciones mencionadas. Para ello, los eugenistas buscaron raíces hereditarias y/o ambientales. Galton se nutrió de las teorías de la herencia, que suponían que los comportamientos eran tanto aprendidos como heredados, lo cual fortalecía la idea de que existe una diferencia innata entre los seres humanos (Stepan, 1982: 115). En concreto, «aparte del nuevo énfasis dado por la eugenesia a la herencia y la inteligencia, las opiniones de los eugenistas sobre la raza eran claramente variaciones de temas raciales existentes, no nuevas composiciones» (Stepan, 1982: 134).

La hipótesis central de este trabajo es que la eugenesia se trató, en última instancia, de la puesta en práctica del excepcionalismo estadounidense, que predicaba la superioridad innata de aptitudes y caracteres de la rama americana de la raza anglosajona. Si los pobres, enfermos y degenerados contradecían esa superioridad, era necesario depurar la raza, ya sea por medio de la segregación, los controles de población, de reproducción o la educación eugénica. Ante la paradoja de los blancos pobres, una de las astucias que la supremacía blanca encontró para retrotraer o revertir esta problemática fue la implementación de medidas eugénicas desde finales del siglo XIX. Dado que, en definitiva, «si la blancura denotaba pureza y piedad, entonces la pobre basura blanca implicaba una blancura impía, desacralizada y contaminada» (Wray, 2006: 47).

La eugenesia se instituyó como un paradigma científico y social racista, clasista y patriarcal. Como tal, significó una estrategia normalizante que explicaba las deficiencias dentro de la propia supremacía blanca y buscaba erradicar la contradicción.

Más allá del aspecto teórico, la eugenesia requería ser puesta en acción como una táctica purgante. De ahí que funcionó bajo la forma de diversas prácticas que buscaban intervenir en la reproducción de las personas, con el fin de mejorar la calidad de la descendencia. Siempre en pos de un beneficio para la nación. La propia mecánica del pensamiento eugénico convocaba a la acción ya que, el algún punto, se trataba de una utopía (Kevles, 1985) que pretendía alcanzar un estado de sociedad ideal una vez eliminados los elementos defectuosos que producían las distintas problemáticas sociales de la Segunda Revolución Industrial.

El periodo progresista en Estados Unidos (1890-1920) tuvo como intención contener los cambios producidos por la nueva lógica industrial y urbana. Fue, a su vez, un contexto de profesionalización del biopoder liberal que se entrometió en la vida privada y en los cuerpos de las personas en aspectos tales como la higiene, la procreación, la pobreza, la delincuencia y la inmigración (Foucault, [2004] 2007). Las disciplinas normativas recuperaron los principios de las ciencias raciales del siglo XIX, aplicándolos cuestiones tales como la medicina, el derecho y la criminología en pos de garantizar una higiene social lo más amplia posible.

En este artículo el análisis se concentrará en el aspecto cultural de las representaciones e imaginarios asociados a los blancos considerados «no dignos de reproducirse» por la eugenesia. Lo cual da cuenta de la existencia de una supremacía blanca que necesita liberarse de lo que considera defectuoso a su interior.

La concepción de estructura de sentimiento de Raymond Williamsenfatiza no sólo en lo material, si no en el aspecto «emocional», es decir en el mundo de la significación que los miembros de una cultura atribuyen al mundo material, intelectual y espiritual en el que interactúan. Williams se refiere a los «elementos específicamente afectivos de la conciencia y las relaciones… del pensamiento tal como es sentido y el sentimiento tal como es pensado» (Williams, 2009: 180-181), todo lo cual conforma un sentido común a través del cual una sociedad significa el mundo que la rodea y sus relaciones sociales.

La supremacía blanca estadounidense se sostiene gracias a sus aspectos emotivos, es decir, en el modo en que define una identidad nacional y racial. La supremacía blanca no es un elemento aislado en la historia estadounidense, sino algo esencial a la hora de representar lo nativo, lo extranjero, lo diferente y lo minoritario en términos étnico-biológicos. Es, entonces, el mundo de tales representaciones el eje central de este análisis. Entendiendo a las mismas como las define Stuart Hall: «conceptos, ideas y emociones en una forma simbólica que puede transmitirse e interpretarse significativamente…», todo lo cual «moviliza sentimientos y emociones poderosos, tanto de tipo positivo como negativo» (Hall, 1997: 10).

Resulta pertinente el concepto de imaginario social de Bronislaw Baczko, que lo define como las «representaciones colectivas, ideas-imágenes de la sociedad global y todo lo que tiene que ver con ella» (Baczko, 2005: 8). El autor se refiere a las representaciones globales que una sociedad construye y por medio de las cuales se da a sí misma una identidad, identifica a un «otro», significa y modela su pasado, legitima las formas de poder y construye ideas-imágenes para sus miembros (Baczko, 2005: 28).

Los imaginarios de la supremacía blanca cumplen, pues, una función social concreta para el sector hegemónico que, recurre a ella para sostenerse como tal. A lo largo de la historia recurrió a distintas estrategias de naturalización. En este nacionalismo racialista, «lo físico y lo moral están indefectiblemente vinculados» (Todorov, 1991: 128). Se produce, así, una búsqueda de diferenciaciones en los cuerpos, deshumanizados al ser reducidos únicamente a sus partes cognitivas. Como corolario, estas diferenciaciones que actúan en el nivel de los imaginarios, poseen un valor material concreto en el momento en que se materializan en prácticas aplicadas por diversas disciplinas de biopoder (Chinn, 2000: 6-8).

En este artículo se analizará cómo la concepción eugénica de finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX contribuyó al ya existente imaginario excepcionalista estadounidense al conformarse como una instrumentación de la supremacía blanca contra los ciudadanos blancos considerados defectuosos. Para ello, en un primer lugar se explicará el rol de la eugenesia en su contexto formativo como una disciplina científica racialista. A su vez, se desarrollará una aproximación al imaginario de la identidad excepcional estadounidense para, finalmente, concentrarse en el caso de los blancos pobres.

II. EUGENESIA: UN PARADIGMA RACIALISTA

Hacia finales de la década de 1850 ocurrió un cambio cualitativo en el pensamiento científico, dado por la publicación de El origen de las especies, de Charles Darwin. A lo cual Darwin sumó la publicación The Descent of Man en 1871. Allí, el naturalista aplicó su hipótesis de la supervivencia del más fuerte a la historia de la evolución humana. Lo cual tuvo como consecuencia que la teoría darwiniana se aplicase a nivel social, constituyéndose en una perspectiva que:

«hizo posible especular sobre el futuro genético de la humanidad así como explicar diferentes cuestiones referidas al comportamiento social de los seres humanos pudiendo, por tanto, ser considerado como un buen fundamento para determinados programas sociopolíticos» (Wolowelsky, 2005: 59).

Como sugiere Dora Barrancos, en este contexto las ciencias sociales se volvieron fuertemente deterministas al ser influenciadas por las ciencias naturales, de una supuesta cualidad incuestionable (Barrancos, 2004: 10). Esta teoría evolutiva novedosa instauró una racionalidad en relación a los argumentos raciales sobre la inferioridad y la superioridad de ciertos individuos, pero sin modificar la esencia: «la lucha entre las especies en el mundo animal inferior se convirtió, cuando se aplicó a los hombres, en una lucha entre razas» (Gossett, 1997: 175). Se trató de una confluencia entre las ciencias sociales y naturales, lo cual condujo a la «inmediata reducción del ser humano a la condición de objeto» (Todorov, 1991: 38). Así, el determinismo naturalista, del que se nutrieron las ciencias decimonónicas, avalaba las desigualdades sociales otorgándolo una impronta «científica» al racismo.

La concepción racialista de la población blanca como superior se estableció entre los siglos XVIII y XIX en el marco eurocentrista. Concretamente, durante estos siglos se creó la noción de raza caucásica, casi como sinónimo de la humanidad blanca de origen europeo. Lo cual no significa que no existan diferencias entre ellos, entendidas como variedades étnicas más que raciales (Baum, 2006: 6). A su vez, es la fase en la que se instalaron las ideas del republicanismo moderno. Como explica Nancy Stepan, el racismo científico fue increíblemente fuerte durante el siglo XIX, sobre todo a partir de la Ley de Emancipación de la esclavitud de 1833 (Stepan, 1982: 1), dictaminada por el Parlamento del Reino Unido.

El siglo XIX fue escenario de la hegemonización del paradigma racialista, que guió las interpretaciones científicas y se impuso en prácticas políticas sistematizadas. Entre estas ciencias se destaca la biología y sus derivados, pero no fue la única disciplina encargada de establecer el racismo cientificista. A ella se sumaron la filología, la antropología, la criminalística, la psiquiatría y la frenología. Este conjunto de disciplinas fueron fundamentos de valor cientificista que brindaban legitimidad racional a la categoría de raza. Formaron parte, pues, de un pensamiento biológico racial que brindaba supuestos datos objetivos y un conocimiento profundo sobre las diferencias biológicas humanas (Stepan, 1982: 46).

La eugenesia, pues, puede entenderse como un derivado de la teoría evolucionista darwiniana, cuya pretensión era brindar respuestas científicas. Fue definida en la Inglaterra victoriana por Francis Galton – primo de Charles Darwin –, en su obra Inquires into Human Faculty and its Developement (1883) como la ciencia que se ocupa del cultivo de la raza, aplicable al hombre, a las bestias y a las plantas (Galton, 1883: 24-25). Galton planteó la necesidad de una filosofía moral para mejorar la raza humana por medio de la selección reproductiva y la calidad de la descendencia (Carlson, 2001: 9). Sin embargo, recién para la década de 1900 Galton escribió abiertamente sobre la nueva disciplina, a la que pasó a definir de manera concreta como «la ciencia que se ocupa de todas las influencias que mejoran las cualidades innatas de una raza; también aquellas que las desarrollan al máximo» (Galton, 1909: 35). Una vez logrado este objetivo, «la raza en su conjunto sería menos tonta, menos frívola, menos excitable y políticamente más providente que ahora... Deberíamos estar mejor preparados para aprovechar nuestras vastas oportunidades imperiales» (Galton, 1909: 37-38).

Como es posible observar a partir de tal fragmento, la eugenesia tiene como finalidad el bienestar social. Sus políticas y aplicaciones, más allá de que afecten a individuos, pretenden beneficiar a la sociedad en su conjunto, con perspectiva de futuro. Por eso mismo, además de un paradigma científico, es una doctrina socio-política. En el caso de Galton, se puede apreciar el interés colonialista que absorbía a su Inglaterra contemporánea. Lo cual refleja simétricamente el imperialismo estadounidense, que a partir de 1898 estaba comenzando a forjar su propia expansión. De ahí, el éxito de la eugenesia en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX como método de instrumentación de dicha excepcionalidad.

El propio hijo de Charles Darwin, Leonard, fue un propulsor del nuevo paradigma, en el que tenía una fe profunda ya que afirmaba que «la creencia en la evolución nos ofrece posibilidades de un perfeccionamiento casi ilimitado del hombre en un porvenir lejano… Y la Eugenesia nos dirá la manera de realizarlo» (Darwin, 1929: 35).

Sin embargo, es necesario tener en cuenta que la eugenesia implica la aplicación de una selección artificial. Esta ha sido influida enormemente por imaginarios culturales sobre la herencia biológica y la capacidad de imponer cambios mediante políticas que modifiquen tanto los cuerpos como las conductas de las personas. Se pretende imponer una superioridad biosocial allí donde se cree que la selección natural ha fallado (Darwin, 1929: 227).

Estos planteos eugénicos fueron el marco teórico que dominó desde los primeros años del siglo XX hasta 1945 de manera hegemónica, conformando un nuevo paradigma que guío las interpretaciones de las ciencias naturales y sociales. A su vez, era un movimiento político liderado por las burguesías y clases medias (Hobsbawn, 1998: 261), cuyo objetivo era desligar a los estados de seres improductivos o perjudiciales para la sociedad.

Tal como sugiere Marisa Miranda, «diversos países occidentales… fueron atraídos casi compulsivamente por la nueva receta con la que, desde los albores del siglo XX, se dotó a la exclusión» (Miranda, 2012: 19). Esto conllevó el forjado de redes eugénicas internacionales, en las que Latinoamérica no quedó excluida. Por el contrario, la región fue un importante propulsor de estrategias eugénicas integradas en una red biopolítica internacional cuyo objetivo era la imposición de una moralidad reproductiva en función de la «mejora de la raza». Países como Argentina, México, Brasil, Colombia y Perú «constituyeron eslabones fundamentales en la organización de una red de alcance continental… Esta red, dotada de cierta hibridación teórica entre las versiones eugénicas anglosajona y latina, expresó empero cierta preferencia por esta última» (Miranda, 2012: 52).

En Latinoamérica estas estrategias eugénicas suelen denominarse por la historiografía como de tipo latino, es decir influenciadas mayormente por la Iglesia católica y, por lo tanto, contrarias a la intervención directa sobre los cuerpos. El ámbito latino se preocupó principalmente de fomentar la educación eugénica entre los considerados «aptos» para la reproducción. Fue el fascismo italiano uno de los principales ejes ideológicos que sostuvo esta eugenesia latina (Miranda, 2012: 21).

Como puede notarse, tempranamente los eugenistas se dividieron en dos tendencias. Por un lado, la eugenesia negativa (atribuida por la historiografía al ámbito anglosajón) buscaba intervenir sobre los cuerpos de las personas mediante legislaciones restrictivas para eliminar los considerados genes defectuosos, evitando el nacimiento de los menos aptos. Por otro lado, la eugenesia positiva (aquella del mundo latino) planteaba la necesidad de fomentar los caracteres considerados deseables para incrementar el nacimiento de los «más aptos» (Kevles, 1986: 85). Las diferentes medidas eugénicas oscilaron entre la propuesta de esterilización de criminales y enfermos mentales o la separación de los cónyuges enfermos por disposición del Estado, hasta la implantación del certificado médico prenupcial y el control inmigratorio. Por su parte, la eugenesia positiva tuvo gran incidencia en la revalorización del modelo heteronormativo de familia tradicional, lo cual garantizaría la conformación de hogares «saludables».

En tal sentido, la discursividad eugénica a nivel trasatlántico se organizó en torno a la implementación de diversos mecanismos de control que implicaron una tendencia a una normalización de la sociedad, legitimada desde ámbitos académicos. Para ello, se desarrolló un tipo específico de producción de saberes que tuvieron como objetivo imponer un modelo disciplinario específico. Se establecieron prácticas de castigo, corrección o exclusión de todo aquel individuo o comportamiento que no respondiera a la normalización estandarizada (Foucault, [1975] 1976). Así, las estrategias positivas y negativas actuaban en conjunto, como mecanismos complementarios que apuntaban al control de la reproducción humana debido a que existía un consenso en que los no aptos eran producto de entornos que provocaban una degeneración hereditaria (Carlson, 2001: 52).

Hacia la década de 1920, la eugenesia ya estaba establecida en Estados Unidos como un paradigma dominante a la hora de encontrar explicaciones científicas a diferentes ansiedades sociales y como estrategia de intervención estatal a la hora de resolverlas. En dicho país la eugenesia convocaba al Estado a realizar prácticas controladoras de población con el fin de evitar su reproducción y erradicar posibles futuros ciudadanos que no respondiesen a la lógica de la supremacía blanca excepcional.

Uno de los principales difusores del novedoso paradigma en Estados Unidos fue Charles B. Davenport, biólogo fundador de la Eugenics Record Office de Cold Spring Harbor, Nueva York. Davenport tenía una especial preocupación por la cuestión hereditaria. Para ello su institución desarrolló una serie de investigaciones estadísticas encargadas de obtener «registros de la herencia en características de salud, capacidad y temperamento de familias típicas americanas» (Davenport, 1910: 29). El presupuesto era evitar los crímenes y enfermedades hereditarias entre las familias ideales, prototípicamente definidas por la supremacía blanca.

El objetivo último de estas investigaciones era alcanzar medios para una intervención en la reproducción de la población. Davenport consideraba a la educación eugénica como un elemento central de su campaña. Proponía que «a medida que se adquieren conocimientos precisos, deben exponerse en artículos de revistas populares, en conferencias públicas, en direcciones dirigidas a los trabajadores de los campos sociales: en cartas a médicos, profesores, clérigos y legisladores» (Davenport, 1910: 33). Se percibe, pues, una hibridación del discurso que fomentaba tanto una estrategia pedagógica como una intervencionista. Las disciplinas que aplicaron la eugenesia son aquellas asociadas a los ámbitos de poder: educativo, religioso, político y jurídico. Este último caso es fundamental puesto que el conocimiento y su difusión, entendía Davenport, debían ser acompañados por la legislación: «la sociedad debe protegerse a sí misma... se establecerá la legislación adecuada en favor de la eugenesia y de la creación de una sociedad más sana y cuerda en el futuro» (Davenport, 1910: 34).

Las leyes eugenésicas fueron de fundamental importancia a la hora de aplicarla. Entre ellas se encuentran las ordenanzas estatales de esterilización forzosa de criminales y enfermos mentales, controles inmigratorios, deportaciones, restricciones y exámenes prenupciales y la institucionalización de personas no aptas.

III. UNA IDENTIDAD RACIAL/NACIONAL EXCEPCIONAL

Muy tempranamente las colonias británicas norteamericanas en el territorio que se consolidó como Estados Unidos, conformaron una identidad basada en la creencia de un destino esplendoroso. Esto derivó en el imaginario del excepcionalismo, es decir, una estructura de sentimiento que asocia la identidad estadounidense a una supuesta superioridad innata del pueblo de raíces británicas en el territorio americano. En la génesis de este imaginario colaboró la ausencia de un pasado feudal con vínculos estratificados de tipo nobiliario, lo cual en cierto modo facilitó la conformación de clases modernas, no inamovibles. A ello se sumó la supuesta posibilidad de obtención de recursos y tierras ilimitadas gracias a la existencia de una frontera móvil hacia el oeste. En dicho contexto, se experimentó la sensación de que las personas podían se artífices de su propio destino de manera igualitaria.

Esta auto-percepción se ha conformado como la base de la experiencia histórica de Estados Unidos, abalando tanto sus prácticas racistas como imperialistas. Desde mediados del siglo XIX la expansión del país hacia el territorio norteamericano fue entendida como prueba contundente de la superioridad innata de la raza anglosajona americana. La victoria frente a la corona británica durante la Guerra de Independencia, luego contra México en 1848, el avance sobre los pueblos originarios, la consolidación del sistema esclavista en el Sur y la conformación de una democracia republicana fueron hechos que se conjugaron para brindar evidencia empírica a los estadounidenses de su posición privilegiada. La misma fue comprendida en términos biológicos. Como afirma Reginald Horsman, hacia mediados del siglo XIX

«dos ideas estaban firmemente arraigadas en el pensamiento estadounidense: que los pueblos de gran parte del mundo eran incapaces de crear gobiernos eficientes, democráticos y prósperos; y que el crecimiento económico estadounidense… el triunfo de la civilización cristiana occidental y un orden mundial estable podrían lograrse mediante la penetración comercial estadounidense en áreas supuestamente atrasadas» (Horsman, 1981: 298).

Se sumó, así, la idea de un destino mesiánico para Estados Unidos como propulsor del sistema republicano. La religión cristiana ocupó un rol central en esta ecuación, sobre todo a partir del primario imaginario del pueblo elegido. Las raíces de este imaginario son puritanas y se remontan al siglo XVII, durante la instalación de las primeras colonias británicas en Nueva Inglaterra. Esto se resignificó a partir del siglo siguiente (Bercovitch, 1978: 136), sobre todo entre la generación de líderes políticos y religiosos revolucionarios. Estos intelectuales entendían que era Dios quien había escogido a los anglosajones americanos para encarnar su misión en la tierra y establecer el ejemplo a seguir por el resto de la humanidad. En los orígenes del imperialismo estadounidense se encuentra una raíz racialista con componentes religiosos bien marcados.

Dado que las identidades poseen un alto grado de desigualdades a la hora de ser reforzadas, como contracara al excepcionalismo de carácter cristiano maniqueo, se generó una otredad significada no sólo como inferior, sino también como peligrosa para la excepcionalidad. Una tradición que ve en los extranjeros y/o minorías étnicas una intrusión en la «tierra prometida» (Bennett, 1995: 2), compuso distintos tipos de prácticas y expresiones discursivas que impiden asimilar a todo aquello que no se empata a la hegemonía blanca.

La mixtura del imaginario puritano con el conjunto de ciencias raciales explicó conjuntamente por qué esta nueva nación era tan esplendorosa que avanzaba sobre el continente norteamericano al mismo tiempo que vislumbraba un veloz avance técnico. Tanto Sur como Norte expresaron prácticas discriminatorias, ya sean nativistas, genocidas o esclavistas: «la nueva ideología racial podría usarse para obligar a los nuevos inmigrantes a adaptarse al sistema político, económico y social predominante y también podría usarse para justificar los sufrimientos o muertes de negros, indios o mexicanos» (Horsman, 1981: 5).

La ciencia y la religión interactuaron para legitimar y confirmar una estricta supremacía blanca en la que la raza caucásica, identificada con los europeos blancos, se colocaba en la cima, siendo los anglosajones de rama americana los superiores (Horsman, 1981: 43-44). Durante el siglo XIX, en el Norte la revolución tecnológica y de las comunicaciones supuso el crecimiento del sistema capitalista, que fue acompañado del incremento de grandes ciudades plagadas de inmigrantes europeos. Amenazados por el aumento de esta población, los estadounidenses nativos practicaron un racismo de tipo nativista que potenciaba sus cualidades frente a las de los extranjeros.

La inmigración fue un factor desencadenante de ansiedades para la estructura de sentimiento de la supremacía blanca. Sobre todo, al crecer fervientemente a finales de la década de 1820, con números crecientes hasta 1850, sobre todo en las grandes ciudades industriales. Esto generaba una contradicción ya que la «visión de una América edénica, llena de individuos autosuficientes, no cuadraba con las duras realidades que enfrentaban muchos agricultores y trabajadores en las nuevas fábricas» (Bennett, 1995: 31). Se reforzó, en consecuencia, la imagen del pueblo elegido entre los americanos nativistas, que se auto-identificaban con la supremacía blanca, rechazando todo aquello que la ponía en jaque.

Este nativismo se puede definir como «un intento colectivo por parte de los auto-identificados nativos de asegurar o retener derechos previos… frente a los desafíos supuestamente planteados por las poblaciones residentes o potenciales sobre la base de su percepción de extranjería» (Fry, 2007: 5). El nativismo, al ser un rechazo étnico, reafirma la supremacía anglosajona y la idea de que la excepcionalidad norteamericana es producto de una razaexcepcionalinstalada en un territorio nacional excepcional.

La eugenesia se preocupó especialmente por la cuestión inmigratoria. Hasta las primeras décadas del siglo XX, las tasas de inmigrantes crecían considerablemente, incluyendo irlandeses católicos en un primer momento y, posteriormente, una gran cantidad de personas de Europa del este. Si bien estos inmigrantes eran blancos, los eugenistas veían con preocupación el fenómeno.

Harry Hamilton Laughlin fue quien encaró una campaña destinada a controlar la inmigración bajo los parámetros de la eugenesia. Estaba convencido que el incremento de la población europea representaba un daño en el vigor físico y moral de la sangre anglosajona americana (Bird Y Allen, 1981: 339). De hecho, las argumentaciones de Laughlin constituyeron el marco teórico para la sanción de la Ley de restricción inmigratoria denominada Johnson Act (1924). Esta limitaba la cantidad de inmigrantes que podían llegar a Estados Unidos por año, a su vez que restringía las cantidades por países de origen en base a la calidad física, moral y mental de sus pobladores.

En noviembre de 1922, Laughlin participó como especialista en las sesiones del Congreso. Entre las clases inadecuadas socialmente se encontraban, según el eugenista, enfermos mentales, criminales, epilépticos, enfermos con patologías infecciosas o venéreas, ciegos, sordos, huérfanos y pobres, entre otros. Todos ellos compartían una característica común: «en comparación con las personas normales, no logran mantenerse como miembros útiles de la vida social organizada por el Estado» (Laughlin, 1923: 730).

Al mismo tiempo, se tenían en mente las consecuencias sociales negativas que estos caracteres hereditarios podían suponer para el futuro de la nación y la raza americana. Laughlin aseguraba que

«la inmigración no debe considerarse puramente como un problema económico para la generación actual… La cuestión de la solidez del linaje familiar debe añadirse a la balanza cuando esta nación evalúa el valor de sus inmigrantes, porque muchos se convierten en padres y, al transmitir sus propios rasgos hereditarios a sus descendientes influyen, en la dirección de sus propias cualidades innatas, en el carácter del estadounidense del futuro» (Laughlin, 1923: 748).

Los argumentos de la eugenesia en relación a la política inmigratoria pretendían, por un lado, mejorar la calidad de la descendencia del país y, por otro, reducir los gastos estatales en el mantenimiento de los recién llegados. Se trataba, en última instancia, de limitar la incorporación de extranjeros en alguna de las instituciones encargadas de contención social: hospicios, psiquiátricos, presidios o asilos. Se consideraba que el Estado sostenía una pesada carga económica como consecuencia de atender las necesidades de personas consideradas no aptas socialmente – los unfit (Carlson, 2001: 1). Esta categoría incluía degeneraciones físicas, psíquicas, morales – criminalidad, prostitución, alcoholismo, comportamiento sexual indebido, masturbación, etc. – y económicas – la pobreza era entendida como consecuencia de una incapacidad personal. Todas estas condiciones estaban emparentadas en el paradigma eugénico.

Es posible comprobar que la supremacía blanca también jerarquiza racialmente al interior de sí misma, como expresión de desigualdades culturales. En última instancia se trata de establecer diferentes tipos de sujetos políticos (Baum, 2006: 244). Esto significó el ocultamiento de las diferencias de clases entre blancos. Lo cual deja en evidencia que la raza constituye un imaginario social cargado de nociones políticas antes que una realidad biológica – aunque el biopoder intente demostrar lo contrario.

De este modo, la raza blanca es una construcción tanto teórica como cultural que, en definitiva, se conforma como una estructura de sentimiento que moviliza altamente el aspecto emotivo en un nivel social amplio. Lo cual permite la explotación y discriminación de todo aquel considerado inferior, ya sea blanco o no.

En Estados Unidos con el fin de justificar tanto prácticas discriminatorias contra los inmigrantes como la sangrienta esclavitud de africanos en una supuesta sociedad igualitaria, la raza cobró un fuerte sentido político ya que, en definitiva, «las identidades racializadas... son principalmente una manifestación de la desigualdad de poder entre grupos» (Baum, 2006: 11). Así, si la raza anglosajona americana estaba produciendo un superior modo de gobierno, ello debía deberse, sin lugar a dudas, a una superioridad biológica innata. «La ideología racial proveyó el medio para explicar la existencia de la esclavitud a personas cuyo terreno era una república fundada en doctrinas radicales de libertad e igualdad de derechos» (Fields, 2013: 41).

En una nación que nació de las ideas republicanas de libertad individual, era necesario que algo explique por qué existían blancos pobres y esclavos negros a quienes se les negaban esos derechos naturales. En el caso de los esclavos, la ideología racial explicó biológicamente las diferencias entre negros y blancos para poder justificar su esclavitud. Tal como afirma Edmund Morgan, «el ascenso de la libertad y la igualdad en Norteamérica había sido acompañado por el ascenso de la esclavitud», siendo esto la paradoja principal de la historia de Estados Unidos (Morgan, 2009: 18).

En Estados Unidos, hacia 1830 se comenzaron a desarrollar apologías esclavistas que tenían el formato de estudios académicos (Gilpin Faust, 1981: 4). Estas obras tenían pretensiones academicistas y defendían la existencia de un orden natural en el que existían razas inferiores y razas superiores. Se justificaba la esclavitud como parte integral de ese orden natural. La eugenesia no hizo más que sumarse a este racismo científico.

IV. EUGENESIA COMO EXCEPCIONALISMO INSTRUMENTADO: EL DILEMA DE LOS BLANCOS POBRES

Los blancos pobres han constituido una clase social marginalizada en la historia norteamericana. Recibieron una serie de apodos despectivos, tales como waste people, red necks o white trash. Generalmente han sido identificados con el sector rural sureño, pero no exclusivamente. Se trata de las clases trabajadoras blancas más pobres. Como afirma Tasha R. Dunn, «la blancura mantiene ese privilegio a través de la marginación de aquellos que no son blancos y/o que no poseen estándares asociados con la blancura, como la riqueza» (Dunn, 2019: 26).

Este sector tiene una vinculación directa con la servidumbre blanca de la Colonia británica. Desde principios del siglo XVII, dicha institución consistía en que convictos o personas muy pobres de Gran Bretaña trabajasen en plantaciones americanas por una serie de años a cambio de eventualmente obtener una parcela de tierra. Continúo, incluso, luego de la Independencia hasta 1788. Se la definió en 1785 como «todas las personas blancas que no sean ciudadanos de ninguno de los estados confederados de América y que entren a esta comunidad bajo contrato para servir a otros en cualquier comercio u ocupación» (Curtis Ballagh, 1895: 324).

Algunos de estos sirvientes blancos iban a América voluntariamente y otros de manera forzada. Se trataba de depurar elementos indeseables del territorio de la Corona, que en se veía preocupada por el crecimiento de pobres y de las tasas de criminalidad como consecuencia del enorme crecimiento poblacional desde principios del siglo XVI (Jordan y Walsh, 2007: 21-22).

La terminología white trash comenzó a popularizarse hacia 1850 y lo que los caracterizaba eran sus defectos físicos, su suciedad, su ignorancia, vagancia y la piel curtida por el sol – todas pruebas de pobreza más que de su condición biológica. Además, se suponía que tenían una tendencia natural al alcoholismo y la delincuencia, todo lo cual les impedía acceder a la movilidad social de los blancos hegemónicos (Isenberg, 2016: 135-136). En su gran mayoría se trataba de personas blancas sureñas que no eran dueñas de esclavos y, por lo tanto, ocupaban un lugar inferior entre las clases blancas propietarias.

La eugenesia no fue tímida a la hora de encarar estudios sobre este sector de la población. De hecho, resultó un recurso de gran utilidad ante las pruebas de que la supremacía blanca no era tan natural como se suponía y que, por el contrario, era necesaria la intervención externa para sostener su rígida estructura de jerarquías. Por ello en el último cuarto del siglo XIX surgieron estudios académicos de biopolítica, destinados a analizar y comprender la estructura hereditaria de ciertas familias blancas consideradas inferiores. Como tales, se suponía que poseían conductas contrarias al beneficio social, tales como alcoholismo, delincuencia y enfermedades mentales. A estos estudios le preocupaban, especialmente, la propagación de estos caracteres degenerados, es decir, la supervivencia de los menos fuertes (Rafter, 1988: 5).

En la década de 1870, Elisha Harris realizó uno de los primeros estudios sobre la degeneración de las familias blancas en Estados Unidos. En el condado de Ulster (Nueva York) encontró el objeto de estudio al que denominó Jukes,[2]una serie de individuos relacionados genéticamente entre sí y que le brindaban información sobre la relación entre la criminalidad y la pobreza. Este trabajo fue profundizado por Robert Dugdale en 1874. Complementó la investigación al analizar la genealogía completa de los Jukes hasta seis generaciones, concluyendo que la cuestión ambiental fue la principal influencia en la degeneración moral del linaje (Carlson, 2001: 168). Este es un antecedente para la eugenesia, que respondía a una hibridación de concepciones, donde lo ambiental y lo hereditario estaba íntimamente relacionados y, por ende, las estrategias preventivas no eran sólo de intervención negativa. Afirmaba Dugdale que «herencia y medio ambiente son los paralelos entre los que se extiende la cuestión de la delincuencia y la dependencia pública y su tratamiento juicioso: el objetivo es determinar cuánto de cada uno resulta de la herencia, cuánto del medio ambiente» (Dugdale, 1891: 12).

De todas maneras, la importante presencia de la eugenesia negativa en Estados Unidos significó un reforzamiento de las teorías hereditarias y de la búsqueda de instrumentaciones intervencionistas. El mismo Dugdale cambió su posición en la década de 1880, al entender a la criminalidad como una cuestión hereditaria. Lo cual fue profundizado por la aparición en 1888 de The Tribe of Ishmael: A Study in Social Degradation, de Oscar Carleton McCulloch, ministro congregacionalista de Indianápolis. El autor amplió el estudio a 250 familias de blancos pobres y aplicó los principios de sus estudios sobre parasitología al comportamiento humano. El trabajo negaba la caridad a favor de estas personas y fue precursor del establecimiento de la primera ley de esterilización forzosa en el estado de Indiana en 1907.

El estudio de Henry H. Goddard, The Kallikak Family (1912) fue muy importante para el avance de los análisis de los white trash y la biologización de la delincuencia. Ya bajo predominio del paradigma eugénico, el autor analizó la descendencia de una familia de criminales y retrasados mentales que se remontaba Martin Sr. Kallikak, un soldado de la Guerra de Independencia. Así son descriptos por el autor: «son descarriados, se meten en problemas y dificultades, sexuales y de otro tipo, y sin embargo estamos acostumbrados a explicar sus defectos sobre la base de la crueldad, el ambiente o la ignorancia» (Goddard, 1912: 11). La única manera de mantenerlos alejados de los vicios sería, afirma, institucionalizarlos debido a que el defecto es hereditario, por lo tanto, inmodificable.

Una de las conclusiones más interesantes del trabajo es que, al encontrar familias apellidadas de igual manera pero que carecían de defectos mentales, el autor supuso que la rama estudiada del linaje Kallikak «debe ser un vástago degenerado de una familia más antigua y de mejor origen» (Goddard, 1912: 16). La degeneración provino de una especie de feble-minded Eva, la primera mujer con la que uno de los hombres Kallikak tuvo descendencia, todos ellos ilegítimos, sexualmente inmorales, alcohólicos, epilépticos y/o criminales. Estos se casaron con personas similares, promoviendo los genes defectuosos (Goddard, 1912: 18-19). Por el contrario, el resto de la descendencia de Martin Sr. fue irreprochable – hubo doctores, abogados, jueces, comerciantes, etc. –, lo cual demostraría que fue la intromisión del gen defectuoso de aquella muchacha desconocida lo que generó el declive de una de las ramas de la familia Kallikak (Goddard, 1912: 29-30).

La explicación de los argumentos de Goddard es prácticamente una expresión académica de los imaginarios de la supremacía blanca estadounidense. Y, al mismo tiempo, un llamado a no descomponerla mediante uniones conyugales o sexuales inapropiadas. Todo desde una perspectiva bio-racial que ignora el componente ambiental: «Tenemos aquí una familia de buena sangre inglesa de clase media, asentada en las tierras originales compradas a los propietarios del estado en la época colonial, y a lo largo de cuatro generaciones manteniendo una reputación de honor y respetabilidad» (Goddard, 1912: 50).

El argumento asegura la persistencia de genes honorables entre los anglosajones americanos pioneros y, a su vez, reconoce explícitamente el rol de la clase en la ecuación, lo cual da a entender que son las clases bajas quienes provocan un daño en la respetabilidad original, lo cual se asocia directamente con lo no apto mentalmente: «Entonces, un vástago de esta familia, en un momento de descuido, se aparta de los caminos de la rectitud y, con la ayuda de una niña débil de mente, inicia una línea de deficientes mentales» (Goddard, 1912: 50).

Al ser Martin Sr. una persona hegemónica, su error podría ser remendado simplemente al casarse con una mujer de su nivel – lo cual también demuestra la enorme carga de género detrás de este pensamiento: «Después de este error, regresa a las tradiciones de su familia, se casa con una mujer de su misma calidad y, a través de ella, continúa una línea de respetabilidad igual a la de sus antepasados» (Goddard, 1912: 50).

Como ambas progenies vivieron en la misma área durante más de seis generaciones, Goddard ignorando los parámetros culturales, concluye que el ambiente no tuvo incidencia en los caracteres, sino que estos dependían meramente de lo hereditario (Goddard, 1912: 51).

Es por eso que la eugenesia cobró un rol fundamental como estrategia purgante de la propia supremacía blanca ya que, en este caso, la familia analizada ni siquiera tenía sangre inmigrante europea, si no que prevenía directamente de los colonizadores británicos (Zenderland, 2004: 178). Este conjunto de estudios, con un manto de legitimidad objetiva, justificaban la negación de libertades para ciertos individuos a quienes se les coartaban sus derechos reproductivos (Rafter, 1988: 16).

De ahí su preponderancia una vez establecida como una disciplina científica derivada del más estricto biopoder. El mismo Goddard aseguraba que «hasta que no nos ocupemos de esta clase y nos aseguremos de que sus vidas sean guiadas por personas inteligentes, no eliminaremos estas llagas de nuestra vida social» (Goddard, 1912: 71). La eugenesia brindaba herramientas para erradicar esos caracteres indeseados, ya sea por medio de técnicas intrusivas como la esterilización, segregación o mediante pedagogías prematrimoniales que promovían las uniones y reproducciones deseadas. Ambos tipos de estrategias debían actuar en paralelo para que la intervención fuese efectiva al nivel colectivo de promoción del bienestar social.

Una de las más graves consecuencias de este entramado de imaginarios sobre la degeneración física y moral de la población blanca pobre y su vínculo con la eugenesia ocurrió en 1927. En mayo, la Corte Suprema falló a favor de la esterilización forzosa en el caso Buck vs. Bell, en el estado de Virginia. Carrie Buck era una adolescente pobre diagnosticada como imbécil moral en 1924 y confinada en la Colony for Epileptics and Feebleminded en Lynhburg. Su madre había sufrido el mismo destino desde 1920.

Carrie tuvo una hija previamente a su institucionalización. La dirección médica decidió que esta niña también era deficiente mental – aunque nunca se pudo comprobar – y, por lo tanto, ordenó la esterilización de Carrie. La orden fue avalada en 1927 por la Corte Suprema, que argumentó a favor de los preceptos de la heredabilidad de la condición mental y la necesidad de evitar su propagación. En un triunfo claro para la eugenesia, el Juez Oliver Wendell Holmes sostuvo en el infame fallo que «tres generaciones de imbéciles son suficiente» (Kevles, 1986: 110-111).

Esta cruel sentencia fue un punto culmine para la historia de la eugenesia en Estados Unidos, sobre todo en relación a la supuesta necesidad de limpiar moral, espiritual y físicamente a la raza blanca. El primario imaginario excepcionalista asociado a una supremacía innata de la población hegemónica estadounidense, instrumentó atroces tácticas de purificación para auto-sostenerse. Bajo el paradigma clasista, racista y patriarcal eugénico, no resulta extraño que los blancos pobres hayan sido de los sectores más afectados por las prácticas de la disciplina. Sobre todo las mujeres fueron víctimas de las esterilizaciones forzosas dado su importante rol como seres reproductores y criadores de futuros ciudadanos. Todo este imaginario, como pudo observarse en el caso de los Kallikak, suponía que las mujeres eran las principales responsables de la degeneración ya que sobre ellas recaía con mayor ímpetu el compromiso de garantizar el bienestar social mediante una buena crianza de hijos, que debían ajustarse a los parámetros de la supremacía blanca y, por ende, al desarrollo de la potencialidad estadounidense.

V. CONCLUSIÓN

La raza es un constructo social que nada tiene que ver con la biología. Como tal, es un concepto adaptable y modificable a lo largo de la historia. Ser blanco, por lo tanto, no asegura un natural lugar privilegiado en Estados Unidos. La supremacía blanca incluso jerarquiza a su interior, imponiendo aptitudes y caracteres deseados e indeseados (degenerados).

La supremacía blanca estadounidense conforma una estructura de sentimiento que esconde las relaciones de clase, que sí existen y son poderosas, tal como demuestra el fenómeno de la actitud despectiva hacia los blancos pobres, considerados white trash. Este sector de la población representa un escollo que contradice el pretendido orden biosocial natural que supone la supremacía blanca.

Incluso la otredad también se establece al interior de la identidad hegemónica. Esto ocurre cuando la realidad demuestra que el idilio es, en efecto, un artificio. Pero el poder, en este caso el bipoder, se niega a someter a prueba su propio sistema de dominación y para ello recurre a estrategias purgantes. Puede hacerlo, justamente, debido a que el racismo científico hegemónico desde el siglo XVIII le ha permitido reducir los cuerpos a meros instrumentos al servicio de ese poder.

La eugenesia, preeminente desde finales del siglo XIX hasta al menos 1945, fue la principal estrategia del biopoder. Se instituyó como el paradigma científico y social hegemónico que trabajó en función del sostenimiento del racismo de clase analizado. En la teoría y la práctica empleó principios y métodos de limpieza étnica, clasista y patriarcal. Todo en un contexto de afianzamiento del estilo de vida urbano, con las nuevas consecuencias que conllevó: incremento de la pobreza, delincuencia, alcoholismo y aislamiento social.

Estos fenómenos fueron entendidos como un desgaste moral y espiritual por los eugenistas durante el periodo progresista en Estados Unidos. Practicaron, de tal modo, el excepcionalismo al estudiar las causas de de la degeneración blanca y tratar de encontrar soluciones de tipo normativo. La eugenesia es, entonces, un esfuerzo de ese biopoder por purificar los elementos indeseados de la supremacía blanca con un fin de bienestar social general, a partir del direccionamiento de los comportamientos reproductivos, ya sea de manera negativa o positiva.

En Estados Unidos los métodos negativos fueron preponderantes, por lo que los eugenistas se dedicaron a imponer variados controles de población. Los estudios científicos realizados, entre los que se destacaron los estudios hereditarios de familias blancas pobres/degeneradas, legitimaron dichas políticas. Cabe destacar que estas genealogías reconstruidas pertenecían a familias descendientes de antiguos colonizadores británicos o de blancos anglosajones del periodo independentista. La inmigración europea entraba en otra categoría porque no era descendiente directa de la supremacía blanca anglosajona americana. A estos simplemente se les restringía el ingreso al país, con el fin de que eviten reproducirse con los nativos e incrementen la degeneración.

Si bien es tema para un estudio más amplio, es necesario acentuar que, como se observa en el caso de Carrie Buck, las mujeres fueron un principal target de la eugenesia, que les afectó directamente en sus cuerpos y conductas. Dado su deber reproductivo y de crianza, en una cultura victoriana, sobre ellas recaía la responsabilidad con respecto al futuro, cuestión central para el pensamiento eugénico que, en última instancia, se trataba de una utopía que tenía como eje el porvenir. Ya sea mediante la intromisión directa sobre los cuerpos femeninos, la segregación o la educación eugénica – a través de manuales de puericultura o de comportamiento hogareño y matrimonial –, sobre las mujeres recaía la persistencia de la hegemonía blanca estadounidense.

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Notas

[1] Las traducciones del inglés al español son propias.
[2] El término se convirtió en sinónimo de familias degeneradas.
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