

Artículos
Cartografías del miedo urbano: inseguridad y vida cotidiana en habitantes periféricos de la ciudad de La Plata[1]
Urban cartographies of fear: insecurity and daily life among peripheral residents of the city of La Plata
Delito y Sociedad
Universidad Nacional del Litoral, Argentina
ISSN: 0328-0101
ISSN-e: 2362-3306
Periodicidad: Semestral
núm. 60, e152, 2025
Recepción: 17 marzo 2025
Aprobación: 28 julio 2025

Resumen: La presente investigación aborda la relación entre miedo urbano y vida cotidiana en las periferias de La Plata (Argentina), específicamente en dos sectores socioeconómicos diferenciados: Los Hornos y City Bell. A partir de un enfoque cualitativo, basado en entrevistas en profundidad y observación participante, se examina cómo el miedo urbano reconfigura el habitar en la ciudad, moldeando las percepciones del espacio, el tiempo y la sociabilidad. Los resultados muestran que la inseguridad, lejos de remitir únicamente al riesgo delictivo, opera como un organizador simbólico que territorializa el miedo, modifica las prácticas espaciales y refuerza fronteras tanto materiales como imaginadas. Se concluye que el miedo urbano contribuye activamente a la reproducción de desigualdades, consolidando jerarquías y fragmentaciones en la ciudad contemporánea.
Palabras clave: Miedo urbano, Inseguridad, Periferias urbanas, La Plata, Miedo, Desigualdad.
Abstract: This research explores the relationship between urban fear and everyday life in the peripheral areas of La Plata (Argentina), specifically in two socioeconomically distinct sectors: Los Hornos and City Bell. Using a qualitative approach based on in-depth interviews and participant observation, the study examines how urban fear reconfigures urban dwelling by shaping perceptions of space, time, and sociability. The findings show that insecurity, far from referring solely to the risk of crime, functions as a symbolic organizer that territorializes fear, alters spatial practices, and reinforces both material and imagined boundaries. It is concluded that urban fear actively contributes to the reproduction of inequalities, consolidating hierarchies and fragmentations in the contemporary city.
Keywords: Urban fear, Insecurity, Urban peripheries, La Plata, Fear, Inequality.
1. Introducción
En las últimas décadas, las ciudades latinoamericanas han sido testigo de un creciente protagonismo del miedo urbano y la inseguridad en la vida cotidiana. Aunque no se trata de fenómenos exclusivos de esta región, diversos estudios han demostrado que la articulación entre violencia, temor e incertidumbre adquiere configuraciones particulares en este contexto, afectando la vida cotidiana (Carrión Mena, 2008; Dammert, 2002; Lindón, 2008; Reguillo, 2001; Segura, 2009). Esto ha generado que se transformen tanto las prácticas cotidianas, como también las percepciones y relaciones sociales, redefiniendo la proximidad y el distanciamiento en las ciudades. Las periferias urbanas,[2] en particular, se constituyen como escenarios donde el miedo se experimenta de forma intensificada, interpelando a los habitantes y los lugares, a partir de desigualdades históricas, fragmentación urbana y estigmatización territorial.
En este contexto, la presente investigación indaga la relación entre miedo urbano y vida cotidiana en dos sectores periféricos disímiles de la ciudad de La Plata (Argentina): Los Hornos y City Bell. A partir de un enfoque cualitativo que articula entrevistas en profundidad y observación participante, se analizan las formas en que el miedo estructural transforma tanto las prácticas cotidianas como las percepciones del espacio, el tiempo y la sociabilidad. Para ello, se identifican cuatro dimensiones clave en la experiencia del miedo urbano: i) la relación entre el hogar y la ciudad, donde el miedo oscila entre miedo y resguardo; ii) la espacialización del miedo a partir de la construcción de un «mapa del miedo», en el que ciertos territorios y corporalidades son asociados con el peligro, reforzando dinámicas de estigmatización y diferenciación; iii) las temporalidades del miedo, con un contraste entre el día y la noche; y iv) las prácticas de cuidado, que van desde estrategias individuales hasta respuestas colectivas organizadas.
El análisis revela que el miedo urbano se ha convertido en un factor central en la regulación de la vida cotidiana. A través de procesos de territorialización del miedo, se transforman los usos y sentidos del espacio urbano, al tiempo que se refuerzan las fronteras simbólicas y materiales entre distintos sectores sociales. Asimismo, la vivencia del miedo no puede disociarse de las condiciones materiales de existencia ni de las formas en que ciertos lugares son social y simbólicamente construidos como amenazantes o peligrosos. A modo de conclusión, se muestra cómo las representaciones del miedo, lejos de ser inocuas, contribuyen a reproducir desigualdades, diferenciaciones y jerarquías urbanas, afectando de manera diferenciada los modos de habitar[3] y significar la ciudad.
2. Metodología y casos de estudio
Para el desarrollo de la investigación, se adoptó una metodología cualitativa orientada a comprender las experiencias cotidianas vinculadas al miedo urbano en contextos periféricos. El estudio se centró en dos casos de la ciudad de La Plata: Los Hornos y City Bell, seleccionadas por sus diferentes trayectorias urbanas y sociales. La combinación de entrevistas en profundidad y observación participante permitió captar tanto las prácticas cotidianas como las percepciones y las percepciones y representaciones asociadas al miedo. El trabajo de campo se desarrolló entre los años 2019 y 2024.
Se realizaron 44 entrevistas en profundidad, de las cuales se seleccionaron 28 para el análisis cualitativo, priorizando la diversidad de perfiles sociodemográficos y la riqueza narrativa. La selección de entrevistados se construyó a partir de un muestreo intencional, orientado a registrar voces de habitantes con trayectorias residenciales heterogéneas y distintos niveles de participación institucional. Se procuró equilibrio en términos de género y edad (entre 24 y 80 años), así como diversidad en los perfiles ocupacionales: comerciantes, estudiantes, docentes, artistas, arquitectos, trabajadores públicos y personas jubiladas. Las técnicas de acceso combinaron el contacto directo a través de instituciones locales (sociedades de fomento, asambleas barriales, agrupaciones culturales y asociaciones civiles) con el muestreo en bola de nieve. Esta estrategia permitió alcanzar una pluralidad de perspectivas, sensibles a las diferencias de clase, género y localización territorial.
Las entrevistas fueron de carácter semiestructurado (Marradi et al., 2007) y se analizaron mediante codificación utilizando el software Atlas Ti. El objetivo fue reconstruir prácticas, sentidos y percepciones ligadas al miedo urbano, atravesados por variables como el estrato socioeconómico, género, edad y localización territorial. El análisis se complementó con observaciones participantes en espacio públicos de ambos sectores periféricos, con el fin de registrar las materialidades asociadas a la securitización del entorno y observar las prácticas cotidianas en distintos momentos del día. Asimismo, se incorporaron fuentes secundarias (prensa local y redes sociales) con fines de triangulación de datos. En conjunto, este enfoque metodológico buscó dar cuenta de la densidad simbólica del miedo urbano.
Los Hornos y City Bell representan dos sectores periféricos con lógicas urbanas y sociales diferenciadas de la ciudad de La Plata. Los Hornos, ubicado al suroeste del casco fundacional,[4] es una de las delegaciones más extensas y con mayor densidad poblacional de La Plata. Su estructura urbana está caracterizada por la coexistencia de sectores formalizados y barrios populares, lo que produce una fuerte diferenciación interna. City Bell, en cambio, se localiza a 12 kilómetros al noroeste del casco fundacional y presenta una fisonomía más homogénea, con predominancia de sectores medios y medios-altos, vinculada a procesos de suburbanización y residencia planificada. Estas diferencias permitieron abordar cómo las condiciones materiales, las trayectorias urbanas y las representaciones colectivas inciden en la construcción diferencial del miedo urbano en el habitar desde las periferias.
3. Extrañamiento de la vida cotidiana: Inseguridad y miedo urbano
En las ciudades de América Latina, el «miedo» y la «inseguridad» se han consolidado como dimensiones centrales en el análisis de la vida cotidiana. Su emergencia no sólo responde al aumento de los hechos delictivos y al surgimiento de nuevos tipos de delitos (Carrión Mena, 2008), sino también a transformaciones más amplias en las formas de representación, percepción y vivencia del espacio urbano. Como señala Kessler (2012), en Argentina, luego de la estabilización económica del año 2004, el miedo al delito superó por primera vez al desempleo como principal preocupación ciudadana.
Este giro estimulado por narrativas mediáticas, revela una creciente centralidad del miedo como organizador de la cotidianeidad. En el contexto de la ciudad, el «miedo urbano» se ha vuelto un dispositivo estructurantes de las prácticas y representaciones de los habitantes al convertirse en un elemento recurrente de la vida social (Pegoraro, 2003). La llamada crisis del espacio público (Sznol, 2006) debe ser vista, en buena medida, por el aumento tanto de los delitos[5]como del miedo en la ciudad. Esto se evidencia en el creciente abandono de los espacios públicos por distintos grupos sociales (Dammert, 2002).
La ciudad de La Plata no es la excepción a esta situación (Segura, 2009, 2018; Vélez, 2018). Para el abordaje analítico de esta problemática, es necesario distinguir los diversos registros conceptuales en relación al miedo en la ciudad. En primer lugar, al posicionarse desde la inseguridad, Pegoraro (2000) realiza una distinción entre dos tipos. La «inseguridad objetiva» remite a «la probabilidad de ser víctima de un delito, probabilidad que debe relacionarse con el tipo de delito y por lo tanto con variables como edad, género, vivienda, trabajo, rutinas personales, pertenencia a una clase o sector social, etc.». Si bien estas variables pueden establecer la probabilidad de ser víctima de un delito, no se reflejan en el segundo tipo, la «inseguridad subjetiva», la cual remite al miedo «a ser víctima de un delito (...) producto de la construcción social del miedo asociado a diversos factores, en especial a las noticias escritas o visuales que recogen los medios de comunicación» (Pegoraro, 2000, p. 120).
Desde esta última concepción, se podrían encontrar ciertas relaciones con lo Kessler (2011, 2012) definió como «sentimiento de inseguridad», una sensibilidad social difusa que, aunque se organiza en torno al delito, concentra problemáticas más amplias: precarización laboral, desconfianza institucional y temor al desorden social. Este sentimiento se podría presentar como una forma de interpretar cotidianamente el entorno urbano, reforzada por discursos mediáticos y políticos que reinstalan la inseguridad como problema central. Más que una reacción individual, constituye una estructura afectiva que condiciona las prácticas, representaciones y relaciones sociales en la ciudad.
Asimismo, desde un enfoque cultural y simbólico, Reguillo (2000, p. 65) propone entender el «miedo» como «una experiencia individualmente experimentada, socialmente construida y culturalmente compartida», en donde los habitantes experimentan los miedos, pero es la sociedad quien crea «las nociones de riesgo, amenaza, peligro y genera unos modos de respuesta estandarizada, actualizando ambos, nociones y modos de respuesta». Desde esta perspectiva, el miedo es examinado como un operador simbólico que modifica los usos y sentidos de la ciudad y, aunque es la sociedad la que genera las percepciones, es la cultura la que establece diferencias en la percepción y termina por conformar un «nosotros» desde donde se relaciona con el espacio urbano.
En la relación con la ciudad, Lindón (2008) propone analizar el «miedo» y la «violencia» como fenómenos que, en vinculación, abordan procesos divergentes. A diferencia de la violencia, que remite a comportamientos concretos, el miedo es un «sentimiento frente a posibles conductas o comportamientos que pueden agredir o dañar» (p. 8) y se inscribe en las trayectorias espaciales y afectivas de los sujetos. Este se espacializa tanto en formas materiales que configuran territorios del miedo, como en espacios abiertos asociados a la vulnerabilidad, especialmente en las periferias urbanas. Desde esta perspectiva, estos lugares no sólo condensan memorias individuales o colectivas de peligro, sino que orientan prácticas de evitamiento que profundizan las diferenciaciones urbanas.
En esta perspectiva epistemológica, la presente indagación se concentra en los miedos urbanos como el «lugar metodológico desde el cual mirar y analizar modos de representar y practicar la ciudad» (Segura, 2010, p. 243). El miedo urbano entendido como un dispositivo simbólico que proyecta y reproduce diferencias sociales, afectivas y espaciales, debilitando el carácter heterogéneo de la vida urbana. Se hará especial énfasis en las prácticas, las percepciones y la conformación que los habitantes realizan de un «ellos», donde se erigen fronteras materiales y simbólicas que contienen una alteridad amenazante, responsable del deterioro social y el caos urbano (Reguillo, 2008). Límites que, como estrategias para afrontar la incertidumbre urbana, nunca son estables. En este sentido, Bauman (2006) afirma que en cada decisión que se toma, los miedos urbanos se perpetúan y se refuerzan cada vez más, tomando impulso propio.
A partir de observar el fenómeno desde situaciones periféricas del espacio urbano, se prestara especial atención, siguiendo a Reguillo (2008), a «considerar las diferencias y similitudes perceptivas e interpretativas que (...) involucra relaciones de poder, procesos de adscripción cultural e identitaria, memoria y competencias diferenciadas de lectura» en la indagación sobre «quién percibe, interpreta y actúa». En este sentido, Pegoraro (2003, p. 3) afirma, que el miedo —en este caso, urbano— es vivido y sufrido «con diferencias apreciables entre las clases sociales, grupos, comunidades».
En particular, para el análisis de los miedos urbanos, diversos estudios han dejado en evidencia la importancia de observar el tiempo y el espacio, en vinculación a mediaciones de clase, género, etnia, edad, entre otras. Para Lindón[6] (2008), implica tres niveles de complejidad crecientes: «la consideración de la violencia junto al miedo, la inclusión del sujeto social y la espacialidad en cuestión»(p. 9). Carrión Mena (2008) encuentra una relación dialéctica entre la violencia y la ciudad que, yendo de la primera a la segunda, destaca cuatro impactos: la ciudadanía, el tiempo, el espacio y la estructura urbana. Según Reguillo (2008), en la realización de un análisis sociopolítico y cultural del miedo en la ciudad intervienen tres factores: la proximidad como referente espaciotemporal, la idea del daño inminente como miedo a la pérdida, al perjuicio material o al dolor físico o moral, y la imbricación entre lo que tiene existencia efectiva y lo que es representado. Por su parte, Segura (2010) conforma tres ejes de análisis para el miedo urbano: uno espacial sobre la casa, el barrio, el afuera; otro temporal entre el pasado y el presente, el día y la noche; uno último sobre identidad y alteridad.
Al pensar el miedo como relación entre lo urbano y lo social, que más allá de permear todo el espacio urbano, se vive y se percibe en los lugares locales de forma diversa,[7] se analizará bajo cuatro vinculaciones: i) desde la casa hacia el espacio urbano; ii) entre la localización particular y las causas globales; iii) las temporalidades, entre el resguardo y el riesgo; iv) prácticas de cuidado: de lo individual a lo colectivo. Se opta por analizar a partir de relaciones —espaciales, temporales, sociales— para que el entendimiento de las situaciones periféricas particulares esté vinculadas a un marco general de comprensión: no hay hogar sin espacio urbano. Allí, en la casa, se inicia el recorrido, desde la mirada de los miedos.
3.a. Desde la casa hacia el espacio urbano
Hace más de medio siglo, Bachelard (2000, p. 28) afirmó que la casa «es nuestro rincón del mundo», el primer universo con el que se entablan lazos afectivos. Pero este rincón, este espacio de intimidad, no siempre supone un lugar de plena seguridad. Los estudios de géneros, aseguran que el espacio de la casa, como principio femenino, para las mujeres «puede significar un claustro, un lugar de encierro, de restricción y de violencia» y la percepción del miedo se encuentra vinculada «con la alta presencia de violencia en la esfera privada» (Segovia, 2009, p. 150). Si bien esta violencia intrafamiliar queda por fuera de la capacidad de análisis de este artículo, el sentimiento de miedo producido en el espacio urbano permea los límites del hogar, generando dificultades para establecer fronteras estables (Reguillo, 2008).
En este sentido, son las mujeres de barrios populares quienes expresan un mayor grado de miedo dentro del espacio doméstico. Cuando a Elisa,[8] habitante de Los Hornos, se le preguntó si el miedo que sentía en la ciudad se mantenía dentro de su casa, ella dio la siguiente respuesta:
Si, acá en mi casa sí, me pasa que por ejemplo estoy pensando que el tejido está viejo, que el poste está roto, y que cualquiera puede entrar y sí, me pasa. Te da miedo (...) me pasa eso, creo que es una situación constante.
El sentimiento continuo que refiere Elisa es el trasvasamiento del miedo urbano del espacio público al privado. Una respuesta similar dio Clara, otra habitante de Los Hornos, durante una charla sobre los miedos en el hogar, el barrio y la ciudad:
J: ¿Qué sentís cuando salís de tu casa?
Clara: Cuando salgo de mi casa tengo miedo
J: ¿En tu casa no?
Clara: También pero menos
J: ¿Miedo a qué?
Clara: Por toda cosa, por los autos que pasan rápido, no podemos estar en la vereda porque no tenemos. Por chorro, por auto, por choque.
J: ¿Qué sentís cuando salís del barrio?
Clara: Miedo
J: ¿Por fuera de tu casa nunca estás tranquila?
Clara: Nunca estoy tranquila.
Una pregunta similar, «¿te sentís inseguro dentro de tu casa?», se le realizó a Marcelo, un habitante del mismo barrio que Clara, y respondió: «no, del barrio soy el que menos seguridad tiene, acá venís y saltas de una». Aunque Marcelo describe su situación como la más desventajosa en comparación al resto de las viviendas, su percepción de inseguridad es negativa. Esto produce que la transferencia de las cualidades del espacio público al espacio doméstico, matizados por los límites de la casa, sea particular a cada vivencia, en este caso, condicionado por la mediación de género. De esta manera, el miedo urbano puede convertirse para las mujeres en una variable atemporal para la vida cotidiana. En este sentido, si por un momento se piensa la persistencia del miedo en los diversos espacios de la ciudad, la indagación pertinente debería ser sobre los resguardos y los riesgos, como dos polos en los que se desarrollan las prácticas cotidianas.
En los tipos de actos delictivos, se observa una de las claves para la comprensión del miedo urbano en el espacio doméstico. En la zona céntrica de Los Hornos, las entraderas se relataron como uno de los modos en que se produjeron los eventos de inseguridad. Si bien la mayoría de los habitantes mencionaron acontecimientos, el relato de Agustina es ejemplificador. Ella narró su experiencia personal: «la cantidad de entradas que yo tuve en mi cuadra, te estoy hablando a nivel cuadra. No podíamos creer como tantas entraderas, también otro tipo de hurtos así, pero no, no, no, terrible». Esto produjo que la transición entre el espacio doméstico y el espacio público esté condicionada por la tensión de una posible situación delictiva. Para revertir el acto punible, conformó una serie de prácticas cotidianas —o tácticas, bajo la mirada de De Certeau (1996)— al momento de realizar dicha transición:
Mirar ambos lados, por ejemplo [cuando] se entra el auto. Yo tengo el portón y tengo la puerta, mi marido entra el auto y yo por la puerta estoy con la alarma en la mano mirando para ambos lados. Y la nena ya está acá adentro. Entonces es como que en ese sentido es estar observando continuamente los movimientos que se dan alrededor.
Esta situación encuentra similitudes y diferencias con City Bell. Si bien es evidente la percepción del miedo por parte de los habitantes citybellinos, los actos delictivos difieren en gran medida con los de Los Hornos. Aunque existe un traspaso sobre la propiedad privada, residencial o comercial, no se evidencia un encuentro directo entre los habitantes y quienes delinquen. La mayoría de los casos de inseguridad son relatados en los siguientes fragmentos: «puntualmente más que entrar un par de veces al fondo de casa y llevarse una bicicleta y alguna que otra pavada, no nos ha tocado» (Gustavo); «a mi hace poquito me entraron a un galpón que tengo y me robaron herramientas eléctricas, una bicicleta (Joaquín); «saltar la pared para llevarte la bicicleta o algo que tengas en el jardín» (Horacio); «a locales comerciales los robos que hay son vandálicos: te revientan la puerta de Blindex, te entran, te sacaron dos lucas de la caja, una Coca Cola de la heladera y se fueron» (Matías); «que te saquen el medidor de gas o que te saquen cable o que roben el timbre, como esas cosas sí, o no sé, una vez nos entraron al patio, saltaron la pared y nos robaron una escoba y una pala» (Sofía). Se puede apreciar que la mayoría de los eventos delictivos están asociados a hurtos, en donde la utilización de la violencia, la fuerza o la intimidación están ausentes. Si bien se nombran hechos vandálicos en el centro comercial, estos suceden por la noche cuando los locales permanecen cerrados.
Al superar los límites de la casa, la inseguridad se establece primero en el barrio y luego en el espacio urbano. En el entorno inmediato a la vivienda, dos tipos de miedo urbano surgen. El primero se relaciona con el sentimiento de temor al tránsito. En las zonas periféricas de Los Hornos, la ausencia de veredas es recurrente, pero no se traduce en un problema cuando las calles son de tierra. En cambio, cuando son asfaltadas la situación cambia drásticamente y el efecto de inseguridad es constante, como lo expresa Clara cuando dice: «camino por la calle porque no hay vereda, yo siento que me va a chocar un auto o una moto donde sea porque no hay vereda». No sólo por la integridad propia sino para la del resto de los habitantes, como menciona Guadalupe: «hay veces que me siento en la vereda y pasan caminando los chicos por la calle para ir al colegio y pasan los colectivos y va a terminar alguno debajo de las ruedas». Esta percepción no se reduce sólo al transitar a pie el espacio urbano, también se produce al hacerlo en medios que no encuentran una forma segura. En relación a esto, Elisa cuenta que: «a [mi hija] la busco en el jardín en bici, ella ya quiere andar en bici, pero es muy chiquita y la calle es muy peligrosa». Si bien estos miedos urbanos no responden a la inseguridad delictiva, suponen una incapacidad de resguardo ante posibles riesgos cotidianos.
Este sentimiento se produce en City Bell de manera análoga, paradójicamente por las distancias sociales y urbanas, debido a una materialidad similar. Aunque en menor medida, diversos habitantes expresaron la peligrosidad al transitar el espacio público. En este sentido, José afirma:
A mí me gusta mucho salir en bicicleta, cada vez salgo menos porque está más peligroso, no porque te roben la bicicleta, sino que te den un palo los autos que van más ligero de lo que tienen que ir, no respetan al que va en bicicleta o al que va a pie.
Y aunque siente la exposición también reconoce que «no hay tantos accidentes». En este sentido, pero en la diferencia entre el pasado y el presente, Adrián expresa que: «no se puede salir a la calle a jugar a la pelota, (...) por una cuestión de seguridad o de que te pise un auto».
El segundo, en cambio, se vincula con la percepción de sufrir un delito. Los relatos de situaciones de inseguridad en el espacio público de Los Hornos son recurrentes: «a una chica hace dos o tres semanas ahí en la parada le robaron la mochila, la tiraron al piso» (Elisa); «en la 137 hubo una banda de pibes que salieron como bandada en moto e hicieron desastres, pero al mediodía, 12,1, 1 y media. Robaron negocios, robaron ruedas de autos» (Agustín). El miedo principal en el espacio público se encuentra asociado a la posibilidad de sufrir un hurto. Pero esta contingencia se superpone con otra percepción vinculada al reconocimiento de hechos delictivos en otras viviendas: «Acá a dos casas, le afanaron el lavarropa, garrafa, moto, bicicleta» (Marcelo); «En el jardín sacaron y rompieron todo» (Rocío); «me cruzo con un amigo que vive a la vuelta (…) charlando me dice: no sabes lo que me pasó [a mi papá] a principio de año, a las 8 de la mañana salió con el auto para llevar los pibes a la escuela y se le metieron cuatro monos, lo cagaron a palos, lo reventaron todo, las costillas, le pegaron con una Essen en la cabeza, tiene un tajo acá así. Fue acá boludo, a una cuadra de la comisaría, a las 8 de la mañana» (Fausto). Así, la percepción de resguardo se tensiona ante la acumulación de actos delictivos, entre el espacio público y el espacio doméstico, tanto propio como ajeno.
En City Bell, «uno vive con miedo por el arrebato» al salir de la vivienda y transitar por el espacio público, según Joaquín. Los hechos que se registran son los siguientes: «si vas andando en bicicleta (...) el riesgo de que te roban la bicicleta, el celular y el reloj si tenés y el dinero» (Horacio); «a chicos chicos le han robado, iba con una guitarra, y se la han robado, con la mochila, se la han sacado» (María); «hemos sabido de algunos ataques a gente en la calle también» (Gustavo). Si bien son reconocidos por sus habitantes, estos son nombrados como posibles, pero también esporádicos en el tiempo. Los relatos se realizan en tercera persona dado que no fueron experimentados por quienes han desarrollado la narración. Sin embargo, la percepción de inseguridad es constante. El testimonio de Adrián es ejemplificador, no por el miedo propio sino hacia las personas cercanas:«Mi mujer viene caminando de su trabajo (...) siempre estamos con miedo de que le pase algo (...) siempre mirando para todos lados. Ya no se puede manejar tan libremente, tan tranquilo, eso se ha transformado clarísimamente».
En cuanto a los miedos en el espacio urbano, la superación de los límites del barrio, genera percepciones diversas. Dos formas de apreciación se tienen al respecto. Por un lado, existen algunas narraciones que perciben inseguro todo el espacio urbano, tanto el entorno inmediato a la vivienda como el centro de la ciudad: «No me da seguridad ni acá ni en el centro» (Fiorela, Los Hornos); «Es un caos el centro / ¿Sentís la misma inseguridad? / Si, creo que sí, a mí todos los tipos me dan cara de sospecha. Y las mujeres también (...) creo que es una situación constante. A mí me da lo mismo salir acá de mi casa que salir allá en el centro» (Elisa, Los Hornos). Este sentimiento es expresado únicamente por las mujeres y en particular la de barrios populares, en una superposición de desigualdades estructurales de existencia, tanto en la casa como en el espacio urbano. En este sentido, el espacio urbano, público o privado, es el soporte físico y cultural donde se despliegan, viven y sufren el miedo y las violencias las mujeres (Falú, 2009).
Por el otro, a diferencia de lo mencionado donde la experiencia personal tiene un rol preponderante, la percepción de miedo se vincula con la posibilidad de localizar lugares de inseguridad en el espacio urbano. Adrián comenta que «mi mujer en su trabajo ha sido víctima también de gente que viene de (...) la zona de El Mercadito o de Florencio Varela, Berazategui» (City Bell). De manera similar, Agustín afirma que en su tránsito por la ciudad evita lugares como «la zona de 122 y 90 o la zona del dique, el Mercadito, el Mercado, esas zonas si las evito» (Los Hornos). En particular, este proceso de localización del miedo en el espacio, se profundiza a continuación.
3.b. Entre la localización particular y las causas generales
Si se piensa por un momento la espacialidad del miedo urbano como un «mapa» (de Certeau, 1984), es posible ver un orden de los lugares desde la perspectiva de los habitantes. En esta relación entre miedo y espacio, Reguillo (2008) asegura que la capacidad de localización «cumple un papel central para establecer las diferencias y demarcaciones entre lo inseguro y lo seguro, entre lo bueno y lo malo» (p. 65), y conforma un mapa de los miedos que opera en una triple lógica. El primero es el espacio tópico el cual alude «al territorio propio y reconocido, es el lugar «seguro» pero al mismo tiempo amenazado». El segundo es el espacio heterotópico que referencia «al territorio de los otros; representa esa geografía atemorizante en la que se asume que ‘suceden cosas’». El tercero es el espacio utópico el cual «habla de un territorio que apela a un orden que se admite no sólo como deseable, sino que funciona como dispositivo orientador en la comprensión del espacio tópico en sus relaciones con el espacio heterotópico» (p. 72).
Al analizar las percepciones de los habitantes bajo esta matriz, sus relatos sobre el miedo urbano localizan en la ciudad los espacios delictivos. La visualización de la pobreza como una alteridad amenazante (Reguillo, 2008) que se vincula con la inseguridad se refleja en las narrativas de las periferias. En diversos relatos de Los Hornos, fomentados desde medios de comunicación, vinculan a lugares de la delegación con hechos delictivos. Principalmente, existe una relación entre las tomas de tierra, con foco en la realizada en el Club de Planeadores en año 2020, con las problemáticas de la inseguridad. Algunos ejemplos de esto son: «desde que tenemos la toma se ha acrecentado de forma importante la inseguridad» (Lorenzo); «El cambio más brusco fue cuando arrancó todo el tema de la toma» (Manuel); «El otro día salió en el diario un vecino que está enfrente a la toma que se le metieron en la casa, lo molieron a palos, los mismos tipos que viven ahí enfrente» (Agustín); «De toda la gente que está ahí [en la toma], el 90% debe ser gente de laburo pero son las madrigueras para el que se escondan tres, cuatro, diez hijos de puta» (Cristian); «yo la vez que tenía acá autoridades policiales o de la DDI que venían y nos decían eso, que ellos podían llegar hasta ahí y no podían porque en realidad la policía más allá de eso [de la toma] no podía ingresar» (Agustina).
En este modo de construcción de una espacialización del miedo, el caso más emblemático se produjo con la conformación del «Mapa delictivo de Los Hornos», como se observa en la Figura 1. La iniciativa se dio cuando un habitante diseñó un mapa virtual, a partir de información que la comunidad fue proporcionando sobre hechos delictivos sufridos. El mapa presenta diferentes referencias localizadas en Los Hornos: eventos delictivos denunciados (indicador de color morado) y no denunciados (indicador de color rosa), eventos delictivos en la vía pública realizados por personas que se movilizan en moto (indicador de color verde), sitios donde la infraestructura vial es deficitaria (indicador de color naranja), cuadrículas (de color amarillo, verde, celeste y violeta) de los recorridos de las patrullas de la policía y un cuadrante especial (de color naranja) referenciando la toma de tierra del Club de Planeadores del año 2020.

Mientras que en la zona céntrica de Los Hornos es donde más denuncias se registran, en la lectura que Agustina hace sobre el mapa, la colocación del cuadrante naranja delimitando la toma de tierra del año 2020 tiene un especial significado. Para ella, es el lugar donde se encuentran la menor cantidad de denuncias sobre robos y hurtos, y afirma: «si vos ves ese mapa, fíjate a dónde se centran los hechos delictivos y fíjate qué lugar queda como descubierto de esos hechos (...) parece que fue elegido para no». Una respuesta similar dio el creador del mapa: «es fabuloso, entras y dentro de la megatoma prácticamente no hay robos. Todos los robos están por fuera».[9] Bajo esta mirada sobre el espacio urbano, la falta de denuncias dentro de los límites de la toma de tierra supone que este es el lugar donde habitan quienes delinquen. La asociación de la toma con una alteridad amenazante se refuerza en la lectura del mapa: una lectura homogénea hacia la totalidad de la toma. Pero, para matizar esta perspectiva, también valdría hacerse algunas preguntas al respecto: ¿Los habitantes de la toma no sufren hechos delictivos? ¿Tienen acceso a denunciar los hechos en el mapa delictivo? Efectivizar una denuncia en contra de los propios vecinos, ¿no supondría un riesgo para quienes la realizan y viven allí? Al fin y al cabo, ¿todos los lugares del espacio urbano donde no existen denuncias están asociados a quienes delinquen?
Asimismo, esta perspectiva de localización de la alteridad amenazante no sólo está vinculado a los lugares de pobreza, sino que también existen otros espacios donde se adjudican como inseguros. En el espacio público urbano, y en particular las plazas, es donde la otredad se localiza. Para algunos habitantes de Los Hornos, como Marcelo, estos lugares no son habitados porque «están los muchachos drogándose»; espacios verdes de uso público que, bajo la visión de Agustina, antes eran «lugares donde los niños jugaban y (...) ahora ese mismo lugar, debido a las condiciones aledañas, por ejemplo, falta de luz, de luminaria en el caso del parque Julio López, es el lugar ideal para una reunión donde uno va a planificar lo que puede salir a robar mañana».
La situación en City Bell no difiere de lo narrado en su par periférico. En los siguientes relatos se puede observar: «hay unos pequeños bolsones de pobreza en algunos sectores de City Bell y alrededores, hay miseria, la miseria ayuda a la necesidad y cuando la reincidencia no importa porque hacen 2, 3, 5 robos, entran 5, 7 veces a la policía y de ahí a estar presos, vuelven a salir» (Horacio); «es gente de City Bell, los tenemos identificados en el barrio Savoia, atrás de la vía, y en el barrio Santa Ana» (Matías). En este sentido, aunque son barrios de larga data, la vinculación entre inseguridad y sectores de pobreza se replica en la periferia norte de la ciudad.
Pero también, la conformación de una alteridad amenazante no siempre responde a una localización espacial fija. La vinculación entre pobreza e inseguridad produce que las características atemorizantes se transfieran a los cuerpos, en particular, de las clases subalternas. En este sentido, Reguillo (2000, p. 66) observa que el miedo «al desorden, a la desestructuración de lo conocido, el miedo al otro distinto, a la contaminación cultural y la pérdida de la tradición, encontró en la figura del migrante el mejor de los ‘chivos expiatorios’». Al pensar que, para este caso, el chivo expiatorio no es el migrante (o no sólo) sino el pobre, emerge otro análisis de los relatos. Si para ciertos habitantes de Los Hornos la alteridad amenazante residía en el lugar, en City Bell, diversos relatos sobre la inseguridad dejan entrever que los hechos delictivos son realizados por personas que no habitan en la delegación, pero con características compartidas. A continuación, se reproducen narraciones que describen la extranjeridad de lo amenazante. Para Adrián:
no hace falta ser ningún sabio para pararse en Cantilo y Centenario y ver bajar la gente del tren y después son los mismo que vas a ver afanando por todos lados (...) A vos te afanan hoy una bicicleta en City Bell y salen corriendo para la estación sí o sí.
Una visión similar a la de Horacio que, durante una charla en el espacio público, llega una persona a ofrecer productos:
Después tiene todo este atractivo que vos no sabes en qué momento se trata de robo o se trata de… ¿entendés? Porque es una problemática eso también, la visita, que no sabes quién viene a ver qué cosa. Está comprobado que muchas de estas personas están haciendo logística, investigación ¿no?.
Pensar el miedo urbano y su espacialidad, deja ver que la pobreza opera «como espejo de una realidad que la sociedad se niega a ver», o, mejor dicho, «se mira con temor y rechazo» (Reguillo, 2008, p. 67). En la ciudad y en los cuerpos, el espacio heterotópico localiza la amenaza en un registro acotado de posibilidades, principalmente ante la pobreza, y funciona como orientador para las prácticas cotidianas produciendo distancias físicas hacia quienes encarnan este estereotipo. De este modo, el miedo urbano no solo modela la percepción de la ciudad, sino que también refuerza las jerarquías sociales al trazar fronteras simbólicas que separan a aquellos que se perciben como habitantes legítimos de quienes son considerados una amenaza en los sectores periféricos.
Ahora bien, paradójicamente las causas de la inseguridad no recaen sobre las particularidades de los lugares, sino que se relaciona con problemas estructurales y generales de la sociedad. Dentro de Los Hornos, para Agustín la solución no se encuentra en «poner un vigilante cada cuatro personas» sino que se
tiene que pensar en educar a la sociedad, formar a la sociedad, que el pibe vaya a la escuela a aprender y que haga una carrera, que siga estudiando en la universidad o que aprenda una especialidad, que se incorpore al mundo laboral, que se dignifique.
Para Cristian, el aumento de la inseguridad urbana se da por
la decadencia social, como se incrementa en todos lados, no en Los Hornos, en todos lados (...) [en los] barrios donde son más las carencias, más la necesidad que los derechos que se garantizan. Es un combo: droga, desocupación, la educación que no se sabe bien para qué carajo sirve, si sirve para algo, generaciones de familias que ya están atadas a la dádiva.
Al ser vista la inseguridad como un efecto de causas generales, entre las causas que los habitantes de City Bell encuentran, se puede observar una relación con elementos estructurantes de la vida social. Entre ellos, Adrián encuentra vinculaciones «con la educación, con la droga, lo social» dado que «todo tiene que ver con todo (...) Después los quilombos de la inseguridad si son un resultado, claramente, es cantado que va a pasar y me parece un horror». En la misma línea, los habitantes se preguntan por el inicio de este fenómeno. Por un lado, Horacio duda «si es la miseria por malas políticas económicas y productivas, si es la justicia por mala implementación de las leyes, si es la policía por degradación y corrupción o si es desde las leyes que se ablandaron y la poca presión de los políticos para que se arregle» lo que lleva al aumento de la inseguridad. Por el otro, Matías reflexiona que «el gran ausente en esta pelea es la justicia, no sabe qué hacer con los menores. Y yo no digo que a los menores hay que tratarlos como un delincuente, hay que tratarlo como un menor que delinque, hay que darle recursos, estudio, contención. Y la pérdida de la familia, se perdió la familia (...) Hoy no hay respeto por la policía, por los docentes, por los padres, por los adultos».
En este sentido, la localización particular del miedo urbano y las causas generales de la inseguridad parecen dirigirse en sentido opuesto. Si por un lado se tiene la capacidad de localizar en el espacio a la alteridad amenazante, tanto sobre el territorio como sobre los cuerpos esgrimiendo donde se halla el problema de la inseguridad, por el otro, las causas de dicha inseguridad se encuentran en un plano general de problemas sociales que excede al lugar localizado como amenazante. Ante esto, se presenta la pregunta sobre una potencial interpretación: si las causas de la inseguridad remiten a causas generales, ¿existe una posible idea de que no hay maldad en quienes delinquen sino una condición estructural que los llevó a realizar dichos actos?
3.c. Las temporalidades, entre el resguardo y el riesgo
Indagar sobre el miedo urbano sólo desde una perspectiva de la espacialidad (Lindón, 2008), podría apartar del análisis de la vida cotidiana un elemento de importancia como la temporalidad. Esto puede producir que los espacios vedados no sean estáticos, o, en otras palabras, puede que las prácticas que se producen en ciertos momentos del día, no se realicen en otro. La diferenciación temporal que se evidencia con mayor notoriedad se encuentra vinculada a la oscuridad. Mientras que Reguillo (2008) afirma que uno de los sentidos asociados a la violencia en la ciudad y a la percepción de inseguridad es el tiempo nocturno, Segura (2009, p. 67) confirma que «la noche es el tiempo del miedo». Por esto, se inicia este recorrido desde el momento nocturno, como un comienzo para comprender las divergencias en las percepciones temporales de la inseguridad.
La diferenciación entre día y noche es más notoria en los barrios populares de Los Hornos. Ante la pregunta sobre el miedo durante el día y la noche, Elisa relató: «de día no tanto, no me fijo tanto en esas cosas. Algún día me van a robar de día. A mí me robaron de noche una vez, en el centro, así que por eso». El día es representado como un momento de mayor relajación en contraposición con la experiencia personal y la asociación del delito producida por la noche: «acá a la noche es zona liberada totalmente», afirma Fiorela. La temporalidad y el conocimiento también se conjugan en la percepción de inseguridad. En esta conjunción, Elisa asegura lo siguiente:
tengo la suerte que todos acá en el barrio me conocen y me saludan. Tendría que ser alguien que no sea del barrio para tener miedo, o ser algún lugar que no sea dentro del barrio para salir, tampoco me muevo muy lejos de acá, tampoco me voy a ir a las 8 o 9 de la noche tan lejos.
La falta de miedo durante el día está asociado a la capacidad de conocer el espacio, además de ser Elisa también una habitante reconocida por el resto del barrio. En este sentido, queda a la vista que el desconocimiento de las personas o de los lugares genera una sensación de inseguridad. Asimismo, si bien la nocturnidad se encuentra asociada a la inseguridad, precisamente dentro de los límites del barrio, es la oscuridad uno de los elementos más recurrentes. Los siguientes relatos describen la situación. Por un lado, Fiorela afirma: «si voy a la casa de mi hermana no vengo por acá, está oscuro, me tengo que dar toda la vuelta por 72, y es más peligroso, pero está iluminado», por el otro, Elisa asegura: «yo nunca esperaba en la esquina el micro porque era oscuro, una boca de lobo».
La narración de los habitantes centrales de Los Hornos no difiere en gran medida. Agustín relata el panorama de su situación dependiendo del momento del día: «Los Hornos después de las 6 de la tarde es tierra de nadie, las escuelas nocturnas no cierran más allá de las 8 de la noche, los negocios más atrevidos cierran a las 6 de la tarde». El ocultamiento del sol produce dos momentos: de día un lugar habitado, por la noche «tierra de nadie». Esta diferenciación se observa principalmente en las circulaciones a pie. Según Agustina, son las avenidas[10] donde «es más probable que se circule después de las 7 de la tarde, que circular por la calle 58», una vía de circulación interna. Esto se produce porque las avenidas «dan más seguridad, hay más luminaria y más circulación de gente». Lo mismo sucede por la mañana: «si es muy temprano» o «si es muy tarde» también se circula por Avenidas. En este sentido, en un proceso acumulativo de las negatividades urbanas, la tranquilidad urbana, expresada en la menor cantidad de tránsito y de transeúntes, no representa tranquilidad. Por el contrario, en el momento de mayor serenidad, «después de las 13 horas y antes de las 16 horas», las calles internas son evitables, donde «uno se siente más expuesto y vulnerables». Sin embargo, estas prácticas se invierten cuando la movilidad es mediante el automóvil: «cuando uno anda en el auto las evita [las avenidas] porque están detonadas».
Aunque la noche se muestra insegura para la mayoría de los habitantes, el día no se presenta como su contracara. Para los habitantes de Los Hornos, principalmente aquellos que residen en su zona céntrica, el día también presenta la percepción de miedo para la realización de ciertas prácticas cotidianas. Rutinas como cortar el pasto o el lavado del automóvil en la vereda son puestas en duda para su realización. Sobre la primera de las rutinas, Mateo relata que para
cortar el pasto: hay vecinos que se compraron la maquinita para no andar con el cable. A uno le duró 1 día, al otro le duró 2 o 3 creo y le llevaron la máquina y bastante que le llevaron la máquina nada más.
O Agustina, quien afirma una situación similar: «no se corta el pasto en cualquier horario (...) porque o me roba lo que tengo ahí, que puede ser mínimo, o se convierte en una entrada y es mucho peor». El robo de las herramientas con las cuales se realiza la tarea se percibe como un acto pequeño ante otras posibilidades delictivas. Lo expresado en los relatos deja en evidencia que la práctica en las inmediaciones de la vivienda, particularmente en los límites entre el espacio doméstico y el público, también son evitadas en momentos del día.
El posible franqueamiento del límite interior y exterior genera riesgos y, en efecto, el aumento de la percepción del miedo urbano y de la posibilidad de sufrir hechos delictivos también se observa en la segunda rutina. Agustín afirma que antes «sacabas el auto a lavar a la vereda con manguera con el portón abierto, hoy ni lo intentes». Por su parte, Agustina asegura que su«marido solía [lavar el auto] a cualquier hora» y ante esta situación, ella prefiere que se produzca: «de esta hora hasta esta hora». En este sentido, ella observa que
a veces no tiene que ver con la hora (...) le digo; mira tal vecino lo está lavando el auto, si querés hacelo también porque por lo menos no está solo. Es más, no es nuestro caso, pero sé que hay grupos que se organizan en qué momento van a sacar la basura.
Dos situaciones de lo periférico se deducen de los relatos. El primero emerge desde una diferenciación temporal que no fue nombrada hasta el momento, pero sí evidenciada en la comparación con las prácticas históricas. Hay un antes y un después, un pasado y un presente que se contraponen por la forma en que fue y es habitado el espacio urbano. Tranquilo e intranquilo, seguro e inseguro son pasajes temporales que los habitantes utilizan para diferenciar la historia con la actualidad. El segundo profundiza el sentimiento de inseguridad y desestabiliza la temporalidad día y noche al incorporar otro escenario al habitar: no estar sólo. Ir de lo individual a lo colectivo donde reconocerse es representado como una posibilidad de resguardo.
La noche —y la oscuridad, en asociación al transitar solitario del espacio público— es el momento de mayor inseguridad para la mayor parte de los habitantes. Pero no para todos. Mientras que los adultos muestran un mayor miedo urbano a la noche, son principalmente los jóvenes quienes habitan este momento. Esta situación la expresa claramente Lucas: «nosotros los grandes no salimos» y en cambio, quienes son jóvenes sí. En referencia a las movilidades que desarrollan los jóvenes, cuando la actividad es por el barrio «van caminando» y «si se van a la fiesta, se van en remis». Desde esta perspectiva, como afirmó Margulis (1997), mientras los adultos duermen, en la otra ciudad, la de los jóvenes, existe un empleo del tiempo para conquistar el espacio y es que, al refugiarse en la noche, la ciudad se resignifica.
La percepción de miedo de los jóvenes dista de los adultos, no sólo en referencia a la noche, sino al habitar en general. En City Bell, para Sofía, habitante de 24 años, la inseguridad es «medio una locura que tiene la gente grande que vive en City Bell, es muy miedosa, y por eso también es tan cerrada y por eso también quieren quedarse como en el pasado». Esto lo justifica a través de una anécdota personal al contar que para sus padres «se supone que nos entraron a robar cuando nos robaron una escoba y no estaban, se llevaron lo que vieron. Por eso digo que siento que hay mucha paranoia por el lado de la gente adultas que dice: sí, City Bell es re peligroso. Y vos vas y escuchas pajaritos, hay árboles». Los sentidos y significados sobre la inseguridad varían temporalmente, no sólo en cuestiones de día y noche, sino también según la edad del habitante.
En cambio, los habitantes mayores de City Bell observan ciertas temporalidades con temor. En cuanto a la noche como un lugar evitable, el caso ejemplar es el de Marcos, quien relata: «obviamente evito meterme en los lugares feos durante la noche. Eso es lo que evito. No hay otra cosa. Si me decís lo que evito, eso es lo que evito». La temporalidad también es en City Bell una variable que modifica las negatividades urbanas: si bien hay zonas evitables, estas se producen —o quizás se profundizan— «durante la noche». En cambio, si bien existe un miedo recurrente sobre las prácticas cotidianas, se presentan con menor preocupación que Los Hornos y, en menor medida, durante el día. De esta manera, en City Bell la noche ha sido expresada como el momento en que el miedo aumenta, en contraposición al día que se ha manifestado en muy pocos casos.
Para finalizar, se vuelve sobre una cuestión de género. Para Sofía, el miedo no se configura en relación lineal con la noche sino con lugares imprevisibles, donde pueden esperarla. Desde su perspectiva, el bajo nivel de City Bell, «en la parte de peatones, no tanto en la estación de tren si no el bajo nivel literal, tiene una curva súper rara que me ha pasado que te pueden esperar ahí». Tanto en los relatos de Los Hornos como en City Bell, en el espacio público urbano el sentimiento de inseguridad aumenta para las mujeres cuando no pueden prever qué sucederá. Mientras que los hombres afirman que, salvo en la toma de tierra, «después en Los Hornos uno camina por todos lados» (Sebastián) o «no hay barrios por los que no pueda pasar» (Claudio), para las mujeres caminar por el espacio urbano supone un riesgo, principalmente, en las temporalidades o lugares que se encuentran solas.
3.d. Prácticas de cuidado: de lo individual a lo colectivo
Para buscar revertir el miedo urbano, los habitantes periféricos han generado una serie de transformaciones, tanto en la fortificación de la vivienda como en las prácticas cotidianas. El primer cambio se vincula a la materialización del límite de la vivienda para sentirlas «más seguras». En el caso del sector central de Los Hornos, como cuenta Ana, en el pasado tenían una «reja hacia adelante, ahora hay un tapial» con lo cual «se afeó toda la casa, pero por seguridad». De igual manera, Agustina relata: antes «tenía rejas blancas, ahora tengo pared alta, no puedo ver más allá de las cámaras (...) uno tiene que modificar también formas de vida». En este último relato, se observa también la incorporación de cámaras de seguridad, elemento repetido en diversos relatos junto a portones automáticos por su facilidad para el ingreso del automóvil.
En el caso de City Bell, los cambios son similares. Los habitantes perciben las modificaciones entre el pasado y el presente, y si bien se han visto algunas diferencias en torno a los hechos delictivos, la fortificación de la vivienda es un cambio similar y persistente. Como afirma Lautaro, el City Bell «abierto de la parecita bajita»ya no existe y en cambio ahora «te hacen pared con púas para arriba, cuatro cámaras, portón eléctrico». Esta se presenta como una posible solución, como relata Gustavo, cuando afirma que
hoy no solamente cerramos los frentes de las casas, por temas de seguridad, sino que ya no tenemos casi ni alambrados ni ligustrinas o cercos verdes que nos separan con el vecino de un costado o del fondo, tenemos que poner paredes y hasta con las púas.
Estos casos son nombrados por parte de los habitantes y se encuentran con frecuencia en las nuevas tipologías residenciales incorporadas en el último tiempo, en los procesos de renovación y densificación urbana.
En otros casos, todavía persiste una conexión visual entre el espacio privado y el público, ya no mediante una pared baja, sino que a través de rejas. Como afirmó José, si bien «todos odiamos las rejas», las tuvo «que poner», además de «tener alarmas, [que] es espantoso, pero tengo toda clase de alarma». Esta forma de resguardo se repite en diversas viviendas y en los relatos de los habitantes de City Bell: «en mi casa, tengo la alarma de mi casa privada, tengo rejas en todas las aberturas» (Adrián); «en general hay alarma y perros» (María); «alarmas, alarmas vecinales, rejas, perros, algunos se han armado, no es lo más aconsejable, pero algunos se han armado y todo» (Horacio). Aunque las transformaciones materiales que se dan en el ámbito doméstico parecieran individuales, la similitud de las respuestas demuestra lo contrario y se evidencia una estandarización de fortificación en la búsqueda por aminorar el miedo urbano. En algunos casos, con la permeabilidad visual, mientras que otros no.
Aunque la fortificación de la vivienda es uno de los métodos para el resguardo doméstico, también existen otros. Al salir del espacio doméstico, los habitantes han conformado una serie de prácticas cotidianas para revertir los temores de la ciudad. Reiterado en diversas narraciones, el objetivo principal de las modificaciones es tener mayores cuidados en sus prácticas. La profundidad de los cambios varía según cada relato y van desde cuestiones más elementales como: «ahora pongo llave a las cosas que antes no ponía (Joaquín, City Bell)»; hasta un conjunto amplio y variado de acciones que no sólo convierten la manera de transitar el espacio urbano sino el sentimiento que esto conlleva:
No lleves el celular en la mano, la bolsa colgada del brazo no, cruzado y adelante, no te sientes y dejes el celular arriba de la mesa, cerrá la puerta, trata de entrar el auto antes de determinada hora y, sino que quede afuera si tenés seguro, entra marcha atrás en tu garaje que es más seguro, pone un portón automático, enreja la periferia. (Horacio, City Bell)
Tratas de entrar el auto temprano, de sacar la basura temprano (...) tenés que andar con cuidado. Yo salgo y salgo sin reloj, a veces llevo el celular, a veces no, salgo con la plata en el bolsillo, no salgo con la mochila. (María, City Bell)
Estar pendiente a realizar todas las acciones nombradas tiene por si la alteración del habitar, pero también conlleva la naturalización del miedo urbano en la vida social, la cual se convierte en una problemática que es vivida con mayor énfasis por los habitantes de Los Hornos. En una conversación que se mantuvo con integrantes de la Asociación de Comerciantes, relataron que se encontraban en la construcción de un folleto preventivo para los hechos delictivos, un manual de buenas prácticas para prevenir la inseguridad en el centro comercial. El siguiente fragmento de la charla refleja la intención de este manual:
Sebastián: A partir de lo que cuenta cada uno es que podemos hacer un resumen de algunas cosas y de cómo prevenir un hecho de inseguridad porque tenemos mecheras, tenemos ladrones que tienen ya una banda más organizada.
Manuel: (...) Hablar, sacar un comunicado de decir: pongan una reja del lado de adentro, del lado de afuera, para que tomen medidas para estar un poco más seguros.
Sebastián: Si, no dejar mercadería en exposición en la puerta sin que uno la pueda controlar, es decir, tratar de poner sensores a la mercadería para que no se la puedan robar tan fácil porque tenemos todo tipo de robo.
Pero la reversión de la inseguridad no es un asunto únicamente individual, o, expresado de otra manera, es un asunto individual que puede ser canalizado bajo una respuesta colectiva. Como ha sido mencionado por diversos habitantes de Los Hornos, fue la instalación de alarmas comunitarias un método que buscó reforzar la seguridad en las viviendas. Para la adopción de este sistema, los habitantes han tenido que ponerse de acuerdo entre sí y, en la mayoría de los casos, conformar un grupo de comunicación virtual. En su utilización, la alarma suele ser empleada de dos formas distintas y complementarias. Por un lado, ante un hecho consumado que se está viviendo y, por el otro, es utilizada de forma preventiva y disuasoria. Esta última manera es la empleada con mayor recurrencia, como se observa a través del relato de una experiencia personal de Agustina:
veníamos acá a la vuelta y venían dos encapuchados, obviamente uno se deja llevar por las apariencias, venían con un paso muy acelerado cuando vieron que nosotros doblamos acá, y dijimos: bueno, qué hacemos, ¿entramos el auto? Dijimos no, hagamos sonar la alarma. Hicimos sonar la alarma, obviamente [por el grupo de WhatsApp preguntaron] ¿Qué pasó? ¿Qué pasó? Y los vecinos suelen salir por esas circunstancias.
A esta manera de utilizar la alarma, Ana (Los Hornos) la entiende de manera generalizada como: «[ante] cualquier cosita que ves, suena la alarma». Este modo de maniobra se produce ante situaciones particulares (autos desconocidos, personas merodeando, «algo extraño», etcétera) en la cuadra donde vive cada habitante. Como afirma Agustina (Los Hornos), esta forma de usar la alarma se ha producido a partir de un acuerdo entre todos los habitantes. Sin embargo, este manejo no está exento de conflictos entre quienes utilizan la alarma, dado que los habitantes deben comunicar de manera explícita las visitas que reciben para evitar que no sean confundidas con extraños.
En el caso de City Bell, la alarma comunitaria o vecinal fue un elemento por el cual también optaron diversos habitantes para intentar aumentar la percepción de resguardo urbano. Como cuenta María, hay diversas calles «que se juntan los vecinos y tienen la alarma vecinal», lo cual, en la experiencia de José, ha colaborado mucho con la vida en el barrio ya que los mantiene «comunicados a todos, por lo menos 150 metros, 200 metros que es lo que da la alarma. Entonces estamos todos ocupados y si alguien le pasa algo, hay cierta solidaridad que se ha creado a partir de eso, antes ni sabíamos cómo se llamaba ni nada, ahora nos llamamos todos por el nombre». Lo mencionado en el relato de José es vivido por diversos habitantes de la delegación. Esto se produce debido a que la puesta en funcionamiento de la alarma comunitaria trae consigo el «armado un grupo de WhatsApp».
De manera virtual, los habitantes toman este medio como una manera de aminorar el sentimiento de inseguridad, pero también como medio de comunicación urbana y una forma de conocerse entre ellos. Según Gustavo, este medio es utilizado cuando
vemos algo raro o cuando alguien hace algo diferente en la casa. La otra vez alguien dijo: miren, yo voy a viajar, pero va a venir un amigo a quedarse en la casa; otro dice: estoy trabajando ahora, pero van a ver alguien que va a saltar en mi reja, es el albañil, no se preocupen, está todo bien, tiene una camioneta de tal color. Nos cuidamos de esa manera.
Se puede deducir que, si bien existe un distanciamiento físico en las vivencias en el espacio público periférico, hay un acercamiento virtual comunicacional a partir de las redes sociales.
Esta situación no niega lo que algunos habitantes periféricos expresan sobre las consecuencias del sentimiento del miedo urbano: desde un barrio popular de Los Hornos, Fiorela reflexiona: «te obligan a estar encerrados, parece que estás en la cárcel», y desde el centro de City Bell, Horacio se expresa en el mismo sentido:
entonces, vos estás preso por ser decente y el otro está libre por ser delincuente. O sea, la ecuación es esa: si sos delincuente, sos libre porque sos dueño de lo tuyo y de lo del otro, si sos decente, no sos dueño de lo tuyo porque te lo pueden sacar y vivís preso en tu propia casa.
En este sentido, aunque el miedo trasciende del espacio urbano hacia el espacio doméstico, en la mayoría de los habitantes, este último todavía es sentido como refugio; y, paralelamente, se desarrollan prácticas para revertir el temor de la ciudad, buscando hacer de la periferia un lugar conocido.
Para finalizar, de acuerdo a los últimos relatos, ¿se podría pensar lo periférico desde la agorafobia, en otras palabras, el miedo «que experimenta el sujeto en los lugares abiertos, pudiendo llegar a impedirle estar en ellos» (Reguillo, 2008, p. 11)? Si bien Borja y Muxi (2003) definen la agorafobia desde el temor que tienen las clases acomodadas a habitar el espacio público, y por esto, se producen procesos de privatización crecientes, esta mirada nos permite ver sólo un extremo de la realidad urbana. No todos los habitantes pueden —y se podría indicar que otros no quieren— vivir en el refugio de la casa. Allí, el conocimiento desde lo periférico se presenta como una forma particular de vinculación entre los habitantes y el espacio que puede reducir la sensación de inseguridad, pero lejos está de anularla.
4. Conclusiones
La investigación ha permitido comprender cómo el miedo atraviesa la realidad urbana de manera particular y situada. El análisis ha mostrado como la percepción del miedo no sólo transforma las prácticas cotidianas, sino que también refuerza las jerarquías sociales y espaciales de la ciudad. A través de los relatos de los habitantes, se observó que el miedo no es homogéneo, sino que varía dependiendo de cada contexto territorial, las temporalidades y las estrategias de cuidado desarrolladas. En este sentido, la percepción de amenaza en el espacio público no aparece como un reflejo de la criminalidad, sino como un fenómeno socialmente construido que opera mediante narrativas de exclusión. La territorialización del miedo en vínculo con la asociación a la pobreza, refuerzan las fronteras simbólicas en el espacio urbano.
En este sentido, la vinculación entre miedo, delito y pobreza funciona como triada de extrañamiento que reafirma narrativas de distanciamiento. Como señala Reguillo (2008, p. 67), los pobres «traen a la ciudad, espacio del progreso y del olvido del pasado, las imágenes borradas por una modernidad de aparador», representando a la pobreza «como el residuo de un tiempo antiguo, al que se mira con temor y rechazo». Esta territorialización del miedo en zonas estigmatizadas no solo alimenta el extrañamiento hacia estos habitantes, sino que también convierte ciertos lugares del espacio público en símbolos del miedo urbano. Si la contracara de esta tríada es la aparente búsqueda de una comunidad homogénea, Sennett (1997, p. 382) afirma que «la diferencia provoca inevitablemente un repliegue mutuo» lo que «significa decir que una ciudad multicultural de ese tipo no puede tener una cultura cívica común».
Asimismo, a partir del análisis del miedo urbano se pudo observar que la relación entre prácticas cotidianas y fronteras —materiales y simbólicas— es inherente a cualquier espacio urbano y, por esto, también se produce dentro de las periferias. Separar y unir son parte de la misma relación (Simmel, 2015/1908), donde las características del espacio urbano condicionan la forma en que las prácticas se desarrollan y donde el movimiento es parte fundamental: si por un lado el miedo exige un retraimiento generalizado sobre el espacio urbano, por otro lado, se ponen en evidencia diferentes lugares donde los habitantes se reconocen.
En este sentido, el barrio aparece como el lugar del conocimiento, siempre individual, cercano a la residencia. Sus límites se terminan cuando se agota el conocimiento, o visto de otro modo, el movimiento: a diferencia del flâneur, aquel paseante baudeleriano que, bajo la lectura de Benjamin,[11]se pierde en las calles de la modernidad, el habitante periférico no camina por placer o contemplación, sino principalmente por necesidad, enfrentando las desigualdades espaciales, los límites físicos y simbólicos del territorio y las exigencias de la movilidad. Y principalmente a los miedos de andar que, paradójicamente, la manera de contrarrestarlo es el conocimiento a través del movimiento (Careri, 2014).
Referencias
0221. (2024). Un vecino de La Plata creó su propio mapa del delito y ya sumó alrededor de 400 denuncias. Recuperado En Octubre de 2024 de Https://Www.0221.Com.Ar/Policiales/Un-Vecino-La-Plata-Creo-Su-Propio-Mapa-Del-Delito-y-Ya-Sumo-Alrededor-400-Denuncias-N90652.
Arripe, D. (2024). Mapa delictivo de Los Hornos [Mapa en línea]. Recuperado En Octubre Del Año 2024 de Https://Www.Google.Com/Maps/d/u/0/Viewer?Hl=es&mid=11VKBdNUnz1E-Owxmd6pW-AuayZD-Cw4&ll=-34.97502487611991%2C-57.97328953669629&z=13.
Bachelard, G. (2000). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica.
Bauman, Z. (2006). Refugiarse en la caja de Pandora o miedo y seguridad en la ciudad. In Vida Líquida. PAIDÓS.
Borja, J. y Muxi, Z. (2003). El espacio público, ciudad y ciudadanía. Electa.
Careri, F. (2014). Walkscapes ten years after. URBS: Revista de Estudios Urbanos y Ciencias Sociales, 4(1), 207–213.
Carrión Mena, F. (2008). Violencia urbana: un asunto de ciudad. Eure, 34(103), 111–130.
Curtit, G. (2003). Ciudad, gestión local y nuevos desafíos ambientales. Reflexiones a las políticas neoliberales y sus efectos sobre nuestros territorios. Espacio Editorial.
Dammert, L. (2002). La inseguridad urbana en Argentina, Diagnósticos y Perspectivas. In F. Carrión Mena (Ed.), Seguridad ciudadana, ¿espejismo o realidad? (p. 283). FLACSO.
de Certeau, M. (1984). La práctica de la vida cotidiana. University of California Press.
de Certeau, M. (1996). La invención de lo cotidiano. Artes de hacer. Universidad Iberoameticana.
Falú, A. (2009). Violencias y discriminaciones en las ciudades. In A. Falú (Ed.), Mujeres en la ciudad. De violencias y derechos (1st ed., pp. 16–38). Red Mujer y Hábitat de América Latina - Ediciones SUR.
Giglia, Á. (2012). El habitar y la cultura. Siglo XXI.
Hiernaux, D. y Lindón, A. (2004). La periferia: voz y sentido en los estudios urbanos. Papeles de Población, 10(42), 101–123.
Kessler, G. (2011). La extensión del sentimiento de inseguridad en América Latina: Relatos, acciones y políticas en el caso Argentino. Revista de Sociologia e Politica, 19(40), 83–100. https://doi.org/10.1590/S0104-44782011000300007
Kessler, G. (2012). Delito, sentimiento de inseguridad y políticas públicas en la Argentina del siglo XXI. In J. A. Zavaleta Betancourt (Ed.), La inseguridad y la seguridad ciudadana en América Latina (pp. 19–40). CLACSO.
Kohan, M. (2023). Zona urbana: ensayo de lectura sobre Walter Benjamin. Eterna Cadencia Editora.
Lindón, A. (2008). Violencia/miedo, espacialidades y ciudad. Casa Del Tiempo, 4, 8–15.
Lindón, A. (2020). La periferia: fragmentos inestables de la ciudad vivida. Perspectiva Geográfica, 25(2), 15–33. https://doi.org/10.19053/01233769.10548
Margulis, M. (1997). La cultura de la noche. In M. Margulis (Ed.), La cultura de la noche: la vida nocturna de los jóvenes en Buenos Aires (pp. 11–30). Editorial Biblo.
Marradi, A., Archenti, N. y Piovani, J. I. (2007). Metodología en las ciencias sociales (1st ed.). Emecé Editores.
Pegoraro, J. S. (2000). Violencia delictiva, inseguridad urbana. Nueva Sociedad, 167, 114–131. http://www.gmjei.com/index.php/GMJ_EI/article/view/55%5Cnhttp://www.redalyc.org/articulo.oa?id=68718411001%0Ahttp://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=716309&info=resumen&idioma=SPA%0Ahttps://doi.org/10.1016/j.chb.2017.08.047%0Ahttp://www.redalyc
Pegoraro, J. S. (2002). El Eslabón Perdido: Teoría Sociológica y Delito Organizado. Encrucijadas, 19, 1–12.
Pegoraro, J. S. (2003). Una reflexión sobre la inseguridad. Argumentos. Revista de Crítica Social, 1(2).
Reguillo, R. (2000). Los laberintos del miedo. Un recorrido para fin de siglo. Revista de Estudios Sociales, 5, 63–72. https://doi.org/10.7440/res5.2000.06
Reguillo, R. (2001). Imaginarios globales, miedos locales: construcción social del miedo en la ciudad. Estudios: Revista de Investigaciones Literarias, 17, 47–64.
Reguillo, R. (2008). Sociabilidad, inseguridad y miedos Una trilogía para pensar la ciudad contemporánea. Alteridades, 18(36), 63–74. http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=74716004006
Segovia, O. (2009). Convivencia en la diversidad: una mirada de género al espacio público. In A. Falú (Ed.), Mujeres en la ciudad. De violencias y derechos (1st ed., pp. 145–159). Red Mujer y Hábitat de América Latina - Ediciones SUR.
Segura, R. (2009). Paisajes del miedo en la ciudad. Miedo y ciudadanía en el espacio urbano de la ciudad de La Plata. Cuaderno Urbano, 8(8), 59–76.
Segura, R. (2010). Representar. Habitar. Transitar. Una antropología de la experiencia urbana en la ciudad de La Plata. Universidad Nacional de General Sarmiento.
Segura, R. (2015). Vivir afuera. Antropología de la experiencia urbana (1ra ed.). Universidad Nacional de General San Martín.
Segura, R. (2018). De casas y de inseguridades. “Arreglos de protección” a través de las clases sociales en la ciudad de La Plata. Etnografías Contemporaneas, 53–62.
Sennett, R. (1997). Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Alianza Editorial.
Simmel, G. (2015). Sociología. Estudios sobre las formas de socialización. Fondo de Cultura Económica. (Primera edición publicada en 1908).
Sznol, F. E. (2006). Geografía de la Resistencia. Protesta social, formas de apropiación y transformación del espacio urbano en la Argentina (1996-2006) Florinda. Revista THEOMAI. Estudios Sobre Sociedad y Desarrollo, 15, 21–34. http://www.revista-theomai.unq.edu.ar/numero15/ArtSznol.pdf
Vélez, J. (2018). Suelos securitarios. Hacia una antropología urbana de las asociaciones vecinales por la seguridad en la ciudad de La Plata, Argentina. Territorios 39, 39, 47–70.
Notas

