

La fiesta de los muertos en México: una aproximación fenomenológica a la muerte y la identidad cultural
The festival of dead in Mexico: a phenomenological approach to death and cultural identity
A festa dos mortos no México: uma abordagem fenomenológica da morte e da identidade cultural
Revista Presença Geográfica
Fundação Universidade Federal de Rondônia, Brasil
ISSN-e: 2446-6646
Periodicidad: Frecuencia continua
vol. 12, núm. 1, 2025
Recepción: 12 enero 2025
Aprobación: 19 febrero 2025
Resumen: La muerte es una experiencia inevitable para todo ser humano. Aunque la ciencia aún no puede explicarla completamente, la relación de los vivos con la muerte deja huellas profundas, muchas veces vinculadas al dolor. Este trabajo tiene como objetivo explorar la manifestación cultural mexicana de la muerte, con énfasis en la festividad celebrada por las familias mexicanas entre el 28 de octubre y el 2 de noviembre. Durante este período, se realiza un reencuentro con los seres queridos fallecidos, reviviendo el luto y honrando sus memorias. El enfoque de la investigación es fenomenológico, y las estrategias metodológicas utilizadas incluyen revisiones bibliográficas, entrevistas y observación participante en hogares, panteones y calles de México durante la celebración de los muertos.
Palabras clave: Fiesta de los muertos, vida, muerte, símbolos, fenomenología, identidad cultural.
Abstract: Death is an inevitable experience for every human being. Although science cannot yet fully explain it, the relationship of the living with death leaves deep traces, often linked to pain. This work aims to explore the Mexican cultural manifestation of death, with emphasis on the festivity celebrated by Mexican families between October 28 and November 2. During this period, a reunion with deceased loved ones is held, reliving mourning and honoring their memories. The focus of the research is phenomenological, and the methodological strategies used include bibliographic reviews, interviews, and participant observation in homes, cemeteries, and streets of Mexico during the celebration of the dead.
Keywords: Festival of the Dead, life, death, symbols, phenomenology, cultural identity.
Resumo: A morte é uma experiência inevitável para todo ser humano. Embora a ciência ainda não possa explicá-lo completamente, a relação dos vivos com a morte deixa traços profundos, muitas vezes ligados à dor. Este trabalho tem como objetivo explorar a manifestação cultural mexicana da morte, com ênfase na festividade celebrada pelas famílias mexicanas entre 28 de outubro e 2 de novembro. Durante este período, é realizado um reencontro com entes queridos falecidos, revivendo o luto e honrando suas memórias. O foco da pesquisa é fenomenológico, e as estratégias metodológicas utilizadas incluem revisões bibliográficas, entrevistas e observação participante em casas, cemitérios e ruas do México durante a celebração dos mortos.
Palavras-chave: Festa dos Mortos, vida, morte, símbolos, fenomenologia, identidade cultural.
INTRODUCCIÓN
La festividad de los muertos en México está impregnada de símbolos que reflejan expresiones culturales profundamente arraigadas en las comunidades a lo largo de distintos períodos históricos (Cassirer, 1998). Para los pueblos indígenas del centro-sur del país, estas prácticas y tradiciones que honran a los muertos o antepasados no solo constituyen costumbres vivas y dinámicas, sino también eventos sociales de gran relevancia y trascendencia en la vida comunitaria. En regiones como las maya, nahua, zapoteca y mixteca, esta celebración no solo marca eventos ceremoniales y festivos, sino que representa una conexión fundamental con la identidad cultural y la memoria colectiva (Conaculta, 2006, p. 15).
La relación con la muerte para estas comunidades no se limita a un momento de dolor por la pérdida de seres queridos. Con el tiempo, la muerte se transforma en una oportunidad para recordar y celebrar, constituyendo una tradición que está profundamente enraizada en la cultura mexicana. Las festividades de los muertos permiten un recorrido por la memoria individual, familiar y colectiva, y durante el período del 28 de octubre al 2 de noviembre, México se distingue por esta festividad, que es un momento tanto para el recuerdo como para la convivencia alegre con los seres queridos fallecidos.
El concepto central de esta celebración para las familias mexicanas es el "no olvido". Este principio implica mantener viva la memoria de los difuntos, ya sea a través de un acto personal de recuerdo o como un símbolo de resistencia y lucha por los derechos. Recordar a los muertos asesinados en la búsqueda de justicia, o aquellos fallecidos debido a la inseguridad pública, se convierte en un acto de memoria activa y una llamada a la acción para evitar futuros sufrimientos.
La festividad de los Muertos en México es un fenómeno cultural profundamente vivo que ha evolucionado a lo largo de los siglos, integrando elementos de prácticas indígenas prehispánicas y las influencias católicas introducidas durante la conquista española. Este artículo se propone explorar la manifestación contemporánea de esta celebración, conocida por su capacidad para transformar el dolor de la pérdida en una festividad y una oportunidad para el reencuentro con los seres queridos fallecidos.
El objetivo principal de este estudio es analizar cómo la festividad de los Muertos en México refleja la compleja relación de la sociedad con la muerte, destacando su significado cultural, social y emocional. A través de un enfoque fenomenológico y el uso de fuentes primarias, como testimonios y observaciones participativas, este artículo busca ofrecer una comprensión más profunda de cómo los mexicanos enfrentan y celebran la muerte como parte integral de su identidad cultural.
Los pueblos indígenas que preservan estas tradiciones culturales se localizan en áreas específicas de 20 de los 31 estados que componen México, además de la Ciudad de México (Conaculta, 2006, p. 17). Esta distribución geográfica subraya la diversidad y riqueza de estas prácticas culturales en todo el país (Figura 1).

Un marchar entre la vida y la muerte
El contacto humano con la muerte es recurrente, aunque aún persiste como un tabú hablar abiertamente sobre ella. A pesar de que somos seres destinados a enfrentar la muerte, tanto emocional como culturalmente, seguimos careciendo de una preparación adecuada para vivirla plenamente. La vida está llena de desafíos y oportunidades, una amalgama de fenómenos y emociones que dan significado a nuestras vidas. Sin embargo, la muerte sigue siendo un tema culturalmente complejo y poco explorado, lo que justifica el trabajo de las doulas de la muerte (Rafael, 2023) y el creciente campo de la tanatología, que busca preparar dignamente a las personas enfermas para el tránsito hacia la muerte, acompañándolas en sus últimos momentos con respeto y proporcionando una adecuada preparación para lo que viene después.
La tanatología promueve el "derecho a una muerte digna", reexaminando y resignificando lo que se considera una muerte adecuada (Mondragón, 2009, p. 31). En la cultura mexicana, no existe una cosmovisión única que facilite enfrentar y vivir la experiencia post-mortem. No obstante, la celebración del Día de Muertos es un elemento clave en este proceso, alentando a los mexicanos a superar el miedo a la muerte y a confrontarla directamente, dado que la sensación de pérdida para los sobrevivientes es omnipresente. Por otro lado, las diversas causas de muerte ya sean prematuras, violentas o por falta de atención, generan diferentes niveles de dolor, tristeza y descontento con la dinámica de la vida, cuyo ciclo está marcado entre el nacimiento y la muerte.
A lo largo de la historia, diversas civilizaciones han abordado la muerte de maneras particulares (Geertz, 2003; Eliade & Couliano, 1999; Claval, 2007), desde el sacrificio humano en rituales religiosos hasta la incorporación de simbolismos en los calendarios festivos contemporáneos. Aunque estas prácticas ancestrales han evolucionado y cambiado de significado, aún perduran en nuestras sociedades como legados culturales significativos que se transmiten a través de las generaciones.
La celebración de los Muertos en México tiene sus raíces en los antiguos pueblos indígenas mesoamericanos (Funari, 2009). Los aztecas, por ejemplo, realizaban sacrificios como parte de su devoción a deidades como Huitzilopochtli, mientras que la llegada de la colonización española y el catolicismo transformaron estas estructuras religiosas en mitología (Funari, 2009). Por otro lado, los mayas expresaban su religiosidad a través de la organización arquitectónica, reflejando esquemas cognitivos que respondían a prácticas rituales específicas (Navarro, 2009, p. 124).
En la tradición náhuatl, Quetzalcóatl está relacionado con la creación del Quinto Sol y la aparición de la nueva humanidad. En la tradición mixteca, también se vincula con el dios Ehécatl-Quetzalcóatl, quien reunió en su manifestación las cualidades civilizadoras, dios y sumo sacerdote de Tollán, que muchos creen que es el Tula arqueológico, el "lugar maravilloso" donde Quetzalcóatl difundió su doctrina y proclamó sus bienes (traducción de los autores).
La festividad de la cultura indígena prehispánica fue celebrada por distintos pueblos como los Mexicas, Mayas, Zapotecas y Mixtecas. En el periodo colonial, esta celebración se sincretizó con elementos del catolicismo, dado que las manifestaciones no podían ser simplemente suprimidas debido a su gran fuerza expresiva; era necesario incorporarlas para facilitar el proceso colonial (Hall, 2006; Canclini, 2008; Burke, 2013). Las estrategias coloniales también "adoptaron" tanto como fuera posible las prácticas de los pueblos colonizados para facilitar su aceptación. Muchos pueblos, como estrategia de resistencia, sincretizaron sus tradiciones con el proceso colonial. La celebración del Día de Muertos es una forma de recordar diferentes períodos y pueblos, con significados, formas y visiones variadas. Aunque estas representaciones evidencian el poder de transmisión e interacción de los pueblos originarios hasta la actualidad, también refuerzan sus tradiciones ancestrales y el ritualismo que une la vida y la muerte.
Los símbolos en la fiesta de ánimas
Los símbolos en la celebración del Día de Muertos son diversos y cargados de significados profundos. En los hogares, el altar ocupa un lugar central. Su preparación no solo involucra la disposición de elementos como papel picado, flores, velas, copal y dulces, sino que también fortalece los lazos familiares y de amistad al renovar los recuerdos en la memoria colectiva y personal. Las ofrendas en el altar son un símbolo de amor y respeto hacia los difuntos. Aunque muchas familias mantienen las tradiciones originales, algunas han integrado elementos de otras culturas, como Halloween, en su práctica.
La fenomenología (Bello, 2004; Bello A. A., 2018) ofrece un enfoque útil para comprender lo trascendental y las experiencias que no pueden ser fácilmente categorizadas, así como los símbolos locales que ayudan en esta comprensión. Estos símbolos migran con las personas y adquieren nuevas formas y significados en su trayecto, pero siguen siendo representaciones de experiencias íntimas y relaciones específicas en diferentes contextos. Cassirer (1998) sostiene que los símbolos son polisémicos, a diferencia de los signos unívocos. Por ejemplo, el símbolo de la muerte refleja nuestra propia finitud (Cassirer, 1973, p. 14), “las formas simbólicas especiales no son imitaciones, sino órganos de la realidad, puesto que solo a través de ellas lo real puede convertirse en objeto de captación intelectual y, como tal, hacerse visible para nosotros.”
Los paisajes y la naturaleza son elementos fundamentales en las representaciones y manifestaciones culturales de los pueblos. Estos no solo reflejan el entorno físico, sino también la temporalidad y los desafíos vividos en diferentes etapas de la vida. La manera en que se estructuran y veneran a los seres queridos, y cómo mantienen el vínculo con el cosmos y su cosmología, son aspectos esenciales. Según Bello (2004, p. 82), "el método fenomenológico consiste en poner de manifiesto que podemos captar inmediatamente el sentido de la esencia (Eidos) de las cosas". Para estos pueblos, lo vivido (Erlebnis), la experiencia desde la esencia del fenómeno conlleva un profundo ritualismo, simbología y organización. Esta compleja manifestación habla por sí misma, expresando una conexión ritualista ancestral que a menudo los vivos no pueden articular completamente con palabras.
La celebración de las ánimas trasciende las vivencias materiales y corpóreas; la esencia de las personas fallecidas se representa a través de lo vivido, las experiencias pasadas y la memoria. El Erlebnis, el haber vivido en el momento presente es el marco de esta festividad. En San Jerónimo Purenchécuaro, Michoacán, se celebra el reencuentro entre vivos y muertos. Las sensaciones experimentadas en el momento se manifiestan simbólicamente en la ofrenda, un rito para el gran evento de cruzar del mundo de los muertos al de los vivos y luego regresar. Aunque la vida en ambos mundos permanece en su orden, el vínculo se renueva y se esperan nuevos reencuentros, proporcionando diversas sensaciones a quienes los experimentan.
La esencia de las personas es única y se expresa en la memoria colectiva, que es fundamental para la organización social. Las sensaciones y la consciencia provocan que cada lugar, cada familia y cada persona personifiquen la celebración, originada en las culturas indígenas, y que, con el tiempo, buscan vivificar la conexión entre vida y muerte. En la práctica, esta relación no es la misma en todo el territorio mexicano, ni lo es en cada hogar o para cada individuo. Es necesario reducir la esencia y la experiencia a lo personal para comprender las sensaciones y lo vivido en la particularidad de los fenómenos, que también son representaciones étnicas y culturales, ejercitadas y expresadas a lo largo y ancho de México.
La naturaleza del acontecimiento en la celebración de muertos o ánimas es una vivencia tanto exterior como interior. Remite a la percepción de lo externo, de los elementos del otro ser, pero también incorpora lo vivido en la manifestación. La vivencia personal interioriza la esencia percibida, en este caso, la vivificación de la muerte y el reencuentro con el ser querido que ya no vive en la Tierra. La capacidad de captar las cosas ya sea por conocimientos previos o experiencias anteriores, es esencial. Los símbolos que componen la ofrenda y el altar buscan preservar la memoria a través de experiencias colectivas, vinculando relaciones sociales para no olvidar, y reflejan respeto y afecto.
El símbolo no es una representación de la verdad absoluta; es un fragmento del fenómeno que en cada parte de México se vivencia con elementos y marcas que remiten a sus ancestros. La experiencia de la muerte, con sus fragmentos, referencias y memorias, constituye un marco de transmisión cultural, herencia y vínculos con los orígenes. Esto se hace visible en las demostraciones de las familias por mantener vivas las memorias de sus antepasados: sus caminos, trayectorias, risas, dolores y vida. Mantener este vínculo es una forma de honrar a los ancestros y seres queridos que ya habitan el otro mundo. La festividad no consiste en olvidar y empezar de nuevo, sino en renovar los vínculos y continuar con la vida (Deloya, 2016, p. 160). “En este contexto, el Día de Muertos se presenta como un espacio de convergencia cultural, una herencia cuya valoración para los mexicanos es una marca simbólica que permite expresar la diversidad de México en torno a esta celebración”.
Los símbolos y las representaciones no son dos formas de referirse a lo mismo. El símbolo es un intento de representación que posee un valor y significado que varía según quien lo utiliza o lo crea. Por ejemplo, los pueblos antiguos de México que rendían culto a los muertos utilizaban la "cruz" con la simbología de los puntos cardinales. Con la colonización católica española, este elemento continuó en uso, pero con un nuevo significado: la cruz cristiana. Así, la simbología adquirió otra representación, incorporando nuevos significados en un intento de fijar memorias y experiencias.
La simbología, en sus infinitas formas de clasificación, es una manera de fijar la memoria, los recuerdos y las experiencias de un pueblo. Una inmersión en los símbolos puede revelar muchos elementos sobre cómo vivían, sus formas de creencias, métodos de trabajo, vida cotidiana y movimientos humanos, ya que son fragmentos de los vestigios que quedan. Los símbolos expresados en las ofrendas tienen significados relacionados con la tierra o la naturaleza, según su sistema de creencias, la dinámica profunda entre vida y muerte, y los elementos que permiten la vinculación de un plano a otro (figura 2). La figura muestra un altar con una ofrenda que, a pesar de su simplicidad, contiene elementos que establecen la relación entre vida y muerte.

El mito de la Serpiente Emplumada, Quetzalcóatl, es una de las expresiones más ricas y fundamentales dentro de la cosmovisión mesoamericana, particularmente en las culturas náhuatl y otras civilizaciones prehispánicas. Esta figura representa una unión simbólica de opuestos y una comprensión profunda de los ciclos cósmicos, la vida y la muerte, la tierra y el cielo.
Quetzalcóatl, que en náhuatl significa "serpiente emplumada" (de quetzal que se refiere a la pluma preciosa, y cóatl, serpiente), está vinculado a las fuerzas de la naturaleza y a las dinámicas del cosmos. Su simbolismo aborda no solo la fertilidad y la renovación, sino también la capacidad de transitar entre diversos planos de existencia, como el cielo, la tierra y el inframundo. Este movimiento transdimensional sugiere la interacción constante entre mundos aparentemente opuestos y muestra cómo lo sagrado puede ir más allá de las fronteras terrenales. En este sentido, el mito de Quetzalcóatl refleja la visión de que la vida y la muerte están profundamente entrelazadas, formando un ciclo eterno de renacimiento y transformación.
Este mito es una clave central para entender cómo los pueblos mesoamericanos concebían el universo y la existencia humana. A través de Quetzalcóatl, se representaba la idea de que la muerte no era el fin, sino parte de un proceso continuo que aseguraba la renovación de la vida. En muchas de las tradiciones de Mesoamérica, la muerte no era algo que debía temerse, sino que debía ser entendida y respetada como parte esencial de la continuidad cósmica. La serpiente emplumada no solo es una deidad creadora, sino también una entidad vinculada a la transformación, capaz de conectarse con lo divino y lo humano, de trascender los límites de lo material y lo espiritual.
Además, este mito tiene implicaciones profundas para la organización social y ritual de los pueblos mesoamericanos, quienes en sus celebraciones y ceremonias reverenciaban a Quetzalcóatl como el protector de la tierra y de los ciclos vitales. El paso entre mundos de la serpiente emplumada se reflejaba en la práctica ritual, donde la relación entre vida y muerte se entendía como un proceso cíclico que iba más allá de lo físico, conectando a los vivos con los muertos, como ocurre durante la celebración del Día de Muertos, en la que las almas de los difuntos transitan temporalmente desde el inframundo para reunirse con sus seres queridos en el mundo de los vivos.
El mito de Quetzalcóatl, por lo tanto, no solo es una expresión religiosa, sino también una estructura simbólica que sustenta la visión del mundo de los pueblos mesoamericanos, reflejando su comprensión de la muerte como una puerta a la renovación, y su creencia de que los seres humanos están en constante interacción con las fuerzas cósmicas que dan forma al universo.
Turismo y la Celebración de los Muertos
El Día de los Muertos, además de ser una festividad profundamente cultural y espiritual en México, ha emergido como un importante atractivo turístico, tanto para nacionales como para visitantes internacionales. Esta celebración, que se lleva a cabo anualmente entre el 28 de octubre y el 2 de noviembre, ha atraído a miles de turistas interesados en experimentar la riqueza de las tradiciones y rituales que se desarrollan en diferentes partes del país.
México es reconocido mundialmente por su particular enfoque hacia la muerte, que combina el respeto y la celebración de los difuntos en una festividad llena de colores, sabores y sonidos. Lo que originalmente era una práctica indígena que marcaba el reencuentro con los muertos, ha evolucionado con el tiempo, incorporando nuevos elementos, adaptándose a las demandas del turismo y, en muchos casos, transformándose en una fiesta que trasciende las fronteras del país. Esta evolución no solo ha favorecido la popularidad de la festividad, sino que también ha permitido a las comunidades mexicanas compartir su patrimonio cultural con el mundo.
Sin embargo, el aumento del turismo también ha generado una serie de retos y conflictos. Un ejemplo claro se observa en lugares como Pátzcuaro, Michoacán, donde la llegada masiva de turistas durante la festividad pone en tensión las tradiciones locales. En los panteones de la región, algunas familias expresan preocupaciones sobre la interferencia de los turistas en los rituales íntimos y personales que realizan para honrar a sus seres queridos. Para muchos, el Día de los Muertos sigue siendo un acto de profundo respeto y un momento de conexión espiritual, y no desean que la presencia masiva de visitantes altere el significado de la celebración.
Por otro lado, uno de los eventos más discutidos en la reciente evolución del Día de los Muertos es el desfile de la Ciudad de México, inaugurado en 2016. Influenciado por la película Spectre de James Bond, que presentó un desfile ficticio de Día de los Muertos, este evento ha sido tanto aclamado como criticado. A pesar de las controversias sobre la comercialización y la transformación de una tradición en un evento público, el desfile ha logrado revitalizar ciertos aspectos culturales y ofrecer una plataforma de visibilidad para las diversas expresiones artísticas relacionadas con la festividad. Además, ha servido para atraer a turistas internacionales que desean ver de cerca el espectáculo de las calaveras, los disfraces y las coloridas representaciones del Día de los Muertos.
A pesar de las críticas sobre la comercialización de la festividad, el turismo relacionado con el Día de los Muertos ha desempeñado un papel en la preservación y promoción de las tradiciones mexicanas a nivel global. Las comunidades locales han aprendido a equilibrar el respeto por sus prácticas ancestrales con las oportunidades que ofrece el turismo, adaptando las celebraciones de manera que se mantenga la esencia de la festividad sin perder su conexión espiritual y cultural. De esta manera, el Día de los Muertos continúa siendo un símbolo poderoso de la identidad mexicana, tanto para los locales como para los turistas que vienen a experimentar este evento único en el mundo.

Según un reporte de La Jornada (Ramírez, 2022), se estima que, durante los cinco días de la festividad del Día de los Muertos, alrededor de 410 mil turistas llegan a México, lo que beneficia significativamente diversos sectores económicos del país. Este fenómeno turístico ha impulsado la economía local y nacional, especialmente en regiones donde la celebración es más destacada, como Michoacán, Oaxaca, y la Ciudad de México. Las actividades vinculadas a la festividad, como la preparación de altares, la venta de productos típicos y la organización de desfiles y eventos culturales, han generado empleo y han estimulado el consumo en sectores como la gastronomía, el transporte y la artesanía.
Sin embargo, este auge turístico también plantea interrogantes sobre cómo la llegada masiva de visitantes puede influir en la autenticidad cultural y el significado tradicional de la celebración. A medida que la festividad se adapta para satisfacer las expectativas de los turistas, algunos temen que ciertos elementos de la tradición se vean diluidos o comercializados de forma superficial. Por ejemplo, el auge de eventos masivos, como el desfile en la Ciudad de México, podría transformar la festividad en una experiencia más enfocada en el entretenimiento que en la conexión espiritual y ritualista que originalmente caracteriza al Día de los Muertos.
Este fenómeno genera un debate entre quienes argumentan que la visibilidad internacional de la celebración favorece su preservación y promoción cultural, y quienes sostienen que la comercialización puede diluir su esencia. Las comunidades locales, especialmente aquellas que mantienen prácticas tradicionales y ceremoniales, deben encontrar un equilibrio entre mantener la autenticidad de la festividad y adaptarse al interés global por el Día de los Muertos.
El desafío, entonces, radica en cómo gestionar el turismo de manera que se respeten las tradiciones y se evite la transformación superficial de una celebración profundamente significativa para los mexicanos. La clave está en preservar el respeto hacia las prácticas culturales mientras se aprovechan los beneficios del turismo de forma responsable y sostenible.
Vivencias Fenomenológicas y Significado Cultural del Día de Muertos en México
La investigación, de naturaleza fenomenológica, se basó en una inmersión en campo, observación directa y vivencia personal. Cada fragmento del trabajo fue resultado de la observación en ambientes cotidianos de la manifestación cultural mexicana, particularmente en los hogares y panteones de distintas regiones de México, como la Ciudad de México, Oaxaca y Michoacán (Bonnemaison, 2012; Carballo, 2009; Bachelard, 2008; Cassirer, 1998). Las narrativas y las prácticas cotidianas evidencian un profundo vínculo con la ancestralidad, con los muertos y con los pueblos que habitaron este territorio en tiempos pasados. Esta tradición sigue viva porque se experimenta tanto en los hogares como en los panteones. A su vez, la mezcla con otros elementos culturales es parte de las interacciones y de los procesos sincréticos e híbridos que se viven constantemente.
Es posible que la percepción del desfile sea vista como una estrategia que va en contra de la tradición. Sin embargo, la esencia humana es cambiante, y el desfile podría considerarse una estrategia útil para el territorio mexicano, no solo con fines económicos, sino también para aliviar la alta demanda de visitantes en lugares como Pátzcuaro, Michoacán, que quedan saturados durante las fechas clave. En lugares como los panteones, la capacidad para recibir a las familias es limitada debido al intenso movimiento de turistas. El desfile puede convertirse en un aliado para las familias que desean experimentar el vínculo con sus muertos en los panteones, al mismo tiempo que abre una oportunidad para que quienes no tienen un contacto tan cercano con la tradición se acerquen a ella. Además, es una oportunidad para que los turistas aprecien la potencialidad cultural del país.
La manifestación cultural del Día de Muertos en la Ciudad de México es una experiencia vivida intensamente por los ciudadanos, especialmente en sus hogares y panteones. Los vínculos familiares se evidencian en las conversaciones sobre los abuelos, quienes, aunque ya no están presentes físicamente, son parte de las memorias compartidas. Para muchos, la casa de los abuelos es el centro de la festividad, y aunque la presencia física de los antepasados se ha perdido, la temporalidad de la vida y la muerte se transforma en un espacio de adaptación y aceptación. La organización de la ofrenda permite que se reviva un vacío simbólico, transformado por la celebración que renueva el contacto con los muertos.
Un residente de la Ciudad de México (2022) compartió lo siguiente sobre su experiencia:
La festividad del Día de Muertos para mí es una fecha de gran importancia con una carga simbólica muy especial. Representa un encuentro espiritual con mis antepasados, recordarlos y mantener viva su memoria. La idea de que exista un momento en el que el mundo de los muertos y los vivos conviven en tiempo y espacio me parece fascinante, además de que es un momento de alegría y celebración lleno de color, olor y sabor. El primer recuerdo que tengo de la celebración es desde la infancia, cuando en la escuela nos explicaban el contexto histórico de la festividad y su importancia cultural para México, así como los elementos que deben conformar el altar y la fusión de creencias católicas y prehispánicas. Pero esta festividad cobró un nuevo significado para mí al perder a mis abuelitos. Desde ese momento comencé a montar un altar en mi casa, en mi espacio privado, y cada año que pasa se ha convertido en una tradición que no falta en mi hogar, y que ahora se extiende a familiares cercanos. Este momento me conecta con mis ancestros y con mi historia, que inicialmente es personal y familiar, pero que se extiende al ámbito colectivo, reforzando mi identidad como mexicano. (Anónimo, comunicación personal, 28 de octubre de 2022)
En esta narrativa, se alude a los marcos de representación emocional, los cuales están intrínsecamente conectados a la memoria afectiva, las experiencias vividas, y las sensaciones experimentadas. Como menciona el entrevistado, los colores y los sentimientos surgen a través del ritual, que lo conecta con un tiempo distinto al presente, evocando los momentos de su infancia y la presencia de sus abuelos. La importancia de la festividad no solo se encuentra en el acto de recordar a los muertos, sino en la forma en que esa memoria activa el vínculo familiar, el cual es un componente fundamental de la cultura mexicana.
La tradición del Día de Muertos refuerza la profunda relación familiar que existe en México, caracterizada por la necesidad de estar juntos, convivir y compartir. Durante estos días, lo que se revive es ese vínculo que une a las personas, pero de manera simbólica: al recordar a los muertos, se renuevan los lazos afectivos y familiares. Este proceso se ve reflejado en la construcción del altar y en la organización de la ofrenda, que no solo es un acto de respeto, sino también una resignificación de la relación que perdura a través del tiempo. Por ejemplo, uno de los recuerdos que se menciona es el siguiente: “Mi mamá estaba enferma y quería jugo de naranja, pero no lo tomó” (Anónima, comunicación personal, 28 de octubre de 2019).
Este acto de hacer la ofrenda es también un gesto de amor, de respeto y de reconocimiento a la ciclicidad de la vida y la muerte, en la que lo efímero se perpetúa a través del recuerdo y la celebración.
Elementos Simbólicos de la Ofrenda
La manifestación cultural del Día de Muertos ha sobrevivido a lo largo del tiempo, atravesando diferentes épocas y resistiendo las luchas y sobreposiciones culturales. A lo largo de la historia, esta celebración se ha convertido en un marco de expresión de las raíces culturales, los cultivos, la alimentación y los recuerdos de la población. La relación de las personas con el proceso productivo, especialmente en lo que respecta al maíz, sigue siendo central. A pesar de que muchas personas ya no están directamente relacionadas con los procesos agrícolas, la festividad sigue vinculada a estos elementos, y el maíz, junto con otros alimentos como tamales, tortillas, elotes y pan de muerto, continúa siendo fundamental en las ofrendas.
Los colores, olores y sabores juegan un papel esencial en la composición de los altares. Uno de los elementos clave es el cempasúchil, una flor de gran significado simbólico. En náhuatl, su nombre, Cempohualxochitl, hace referencia a la abundancia de sus flores. Se cree que estas flores, de color amarillo vibrante, guían a los muertos hacia su hogar. Además, se asocia con el sol, la vida y la productividad de la tierra, y tiene propiedades curativas según la tradición popular.
En algunas regiones, el cempasúchil se utiliza no solo para adornar las ofrendas, sino también con fines medicinales. En Brasil, por ejemplo, plantas de la misma familia se emplean en infusiones para aliviar los síntomas del dengue. En México, la flor se usa en medicina tradicional para tratar problemas digestivos y emocionales, un claro reflejo de la conexión entre el bienestar físico y emocional en las creencias populares.
Organización del Altar
La organización del altar sigue una estructura simbólica, influenciada por la cosmovisión mexica. Tradicionalmente, los altares pueden tener tres o siete niveles, siendo el altar de tres niveles el más común. Los niveles representan la división entre el mundo de los muertos y la tierra: los primeros dos niveles representan la vida y el tercero el Mictlán, el inframundo. En algunos casos, el altar de siete niveles se utiliza para representar la Trinidad o los siete pecados capitales. Cada elemento del altar, como las flores, las velas y las fotos, tiene un significado profundo que conecta el mundo de los vivos y los muertos.
En la organización de la fiesta, se sigue un proceso ritual en el que cada día se dedica a un grupo específico de difuntos. El 28 de octubre inicia la colocación del altar, comenzando con la flor blanca y una vela para todas las almas solitarias. Durante los días siguientes, se van añadiendo elementos, como frutas, pan de muerto y bebidas, dependiendo de la tradición local y las creencias familiares. El 1 de noviembre está dedicado a los niños difuntos, mientras que el 2 de noviembre es el día en que los vivos celebran con los muertos, compartiendo comida, música y danzas.
Variación de la Celebración
No todos los mexicanos viven el Día de Muertos de la misma manera. Mientras algunos lo celebran con altares en sus hogares, otros lo hacen de manera más pública. En lugares como la Ciudad de México, los desfiles y las ofrendas públicas han ganado popularidad, convirtiéndose en un atractivo turístico. Si bien estas actividades pueden parecer una modificación de la tradición, también sirven para revitalizarla y fortalecer la economía local. Aunque algunos critican la comercialización de la festividad, el Día de Muertos sigue siendo una de las celebraciones más importantes y vibrantes de México, evolucionando para incluir nuevas formas de expresión sin perder su esencia fundamental.
En el estado de Michoacán, la celebración del Día de Muertos se vive con gran intensidad, tanto en el ámbito familiar como en el comercial. En muchas localidades, especialmente alrededor del lago de Pátzcuaro, se pueden observar numerosas tiendas adornadas con catrinas, velas, flores y calaveritas, que conforman un vibrante universo de colores y olores característicos de la festividad. Además, los pueblos que rodean el lago son un centro de interacción entre diferentes comunidades, y cuentan con una rica variedad de actividades económicas, como la pesca, el turismo y la producción artesanal. El lago, de gran significado simbólico para el pueblo purépecha, se asocia estrechamente con las nociones de vida y muerte, elementos fundamentales en la cosmovisión de la región.

Basado en una experiencia investigativa en el pueblo de San Jerónimo Purenchécuaro, se entrevistó a una joven en el panteón de la localidad:
(…) Yo tengo raíces en este pueblo, soy de San Jerónimo Purenchécuaro. Toda mi vida he vivido en Cherán, que está en una meseta, en otra región de este asentamiento purépecha, el cual se subdivide en cuatro regiones. Esta región corresponde al lago, y aquí celebramos lo que llamamos la fiesta de ánimas, que comienza el 31 de octubre y continúa el 1 y 2 de noviembre. Para nosotros, la noche del 31 es cuando esperamos a las almas jóvenes que partieron, y las recibimos aquí con ellos. Se les trae flores y ofrendas para que puedan encontrar el camino y venir a visitarnos. En el primer año que les toca estar aquí, la gente acostumbra a acompañarlos con música, especialmente si son jóvenes. También, en las casas, las personas recuerdan a quienes han fallecido durante el año y llevan ofrendas al lugar de descanso de los difuntos. La comida que preparamos en casa generalmente son tamales y atoles, es como un trueque: tú traes tu ofrenda y ellos te dan lo que puedan. La tradición consiste en estar aquí, comer juntos, pasar todo el día celebrando, sintiendo que nuestros seres queridos están de vuelta con nosotros. Es algo que hacemos cada año. Ahora las condiciones son diferentes, pero siempre estamos aquí, atentos y esperando. Lo que se observa, como el cempasúchil, es tradicional; esta flor ayuda a las almas a encontrar su camino. Incluso, con los pétalos de esta flor, hacemos un camino en las casas para guiarlos. También, las veladoras siempre deben estar encendidas; las velas, las veladoras, son para orientarlos, decimos nosotros. Así es como celebramos aquí.
(Anónima B, comunicación personal, 1 de noviembre de 2021)
La convivencia familiar en el panteón fue profundamente significativa. La dedicación de la familia, la energía elevada, la tranquilidad y la celebración se entrelazaban con una nueva dinámica familiar, establecida tras la pérdida de un hijo en un accidente, un joven de 15 años. La seguridad de convivir, comer, limpiar y embellecer el espacio; las visitas que llevaban flores, velas y comida; la convivencia con los demás y con los suyos en el panteón. Desde una mirada externa, el encuentro es vibrante, pero la narrativa revela esa atmósfera de la ciclicidad de la vida, la renovación y el vínculo familiar que se mantiene.
La celebración de los muertos tiene un fuerte vínculo con la cultura mexica, y Michoacán es uno de los estados donde se celebran de manera más expresiva el Día de Muertos. En esta región se asentaron los nahuas, y hoy sigue siendo uno de los estados con mayor defensa y autonomía de los pueblos indígenas. Un ejemplo de ello es Cherán, un pueblo en la meseta purépecha que se levantó contra el estado y que, hasta el día de hoy, mantiene su autonomía.
El lago de Pátzcuaro atrae a muchos turistas que buscan conocer cómo se celebra esta festividad, lo que dificulta la convivencia de las familias locales en el panteón, ya que deben disputar el espacio con los curiosos. Para los pueblos ubicados en la orilla del lago, la fiesta de ánimas, conocida como Animecha Kejtzitakua en purépecha, es de gran importancia, como explicó Anónima B.

La celebración, con toda su tradición y carga simbólica, es una manifestación que busca ser un alivio individual, pero la matriz simbólica trasciende la dimensión personal. El recogimiento con los demás se convierte en una representación colectiva y ancestral de un pueblo que, por diversos factores, percibe la correlación entre la vida y la muerte. Vivificar a los muertos es un momento de honor, respeto, amor y el mantenimiento de un vínculo que, incluso después de cruzar el puente de la vida hacia la muerte, sigue conservando toda la energía que un día se vivió con la misma intensidad.
La festividad va más allá de una simple referencia cultural, religiosa o turística; es un evento que retoma el orden de la vida y la muerte para los pueblos que aquí permanecen. En ella, buscan fuerza y energía para seguir viviendo con la misma dignidad con la que esperan que sus seres queridos vivan en el mundo de los muertos.
CONSIDERACIONES FINALES
La celebración de los muertos es un hecho social y una demostración de las cargas simbólicas heredadas a lo largo del tiempo, así como de los procesos de resistencia ante las superposiciones culturales, fusiones y los procesos híbridos que se dan hoy en día a través de diversas interacciones. Estas interacciones ya no llevan las cargas pesadas de las imposiciones violentas, sino que surgen de la facilidad de contacto y el intercambio de experiencias culturales.
La celebración de los muertos es un recorte en el tiempo, como un momento mágico o fantástico que genera la oportunidad de reconstruir, resignificar y mantener el vínculo con los seres queridos que ya no están en este plano, a través de un ritual marcado por la ofrenda de comida, los olores, colores y sabores, compartidos entre vivos y muertos, según las creencias.
Los fenómenos son diversos, y la esencia de lo que se manifiesta revela mucho de la tradición, el valor de la oralidad y la preservación de algunos elementos transmitidos a través de la palabra hablada. En el territorio mexicano, es posible experimentar las dimensiones de esta manifestación tan simbólica, como la preparación de comidas, las salsas, y la ornamentación de las casas y panteones. La celebración ritual no solo se vive como un recibimiento de los seres queridos ya fallecidos, sino también como una oportunidad para dar un nuevo sentido al vínculo familiar, poner más atención a la familia y cuidar las relaciones de afecto, que son fundamentales para la continuidad de la vida.
Los elementos que componen el altar tienen una carga simbólica que complementa todas las representaciones que, año tras año, dan un nuevo sentido a los hogares y panteones. Ahora, estos elementos también se emplean en demostraciones públicas para que los turistas y curiosos que no conocen la tradición puedan integrarse en el fenómeno en su magnitud. Esto ofrece otras fuentes de ingreso para un país cuya economía depende del turismo. Esta dinámica fortalece las manifestaciones de los lazos familiares y contribuye a una nueva espacialidad, expresada en la diversidad de la festividad de los muertos, con pequeñas representaciones de lo que se vive en cada estado de México. Además, el desfile también involucra a otro segmento: las artes, que encuentran un espacio para mostrarse, ofreciendo pequeñas inmersiones en lo que representa México.
La celebración de los muertos ha experimentado un notable incremento en el turismo, impulsado por la creciente demanda de visitantes que buscan experimentar esta manifestación cultural única. Este fenómeno no solo ha fortalecido la economía local a través del turismo, sino que también ha amplificado la visibilidad internacional de la festividad. El cine y otros medios han desempeñado un papel crucial al mostrar la riqueza y profundidad de las tradiciones mexicanas relacionadas con la vida y la muerte. Estas representaciones han contribuido a aumentar el interés global y a consolidar la celebración del Día de Muertos como un evento de relevancia cultural y turística a nivel mundial.
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