Introducción

La potencia de lo indeterminado

Giulianna Zambrano Murillo
Universidad San Francisco de Quito USFQ, Ecuador

post(s)

Universidad San Francisco de Quito, Ecuador

ISSN: 1390-9797

ISSN-e: 2631-2670

Periodicidad: Anual

vol. 11, 2025

posts@usfq.edu.ec

Recepción: 27 abril 2025

Aprobación: 27 mayo 2025



DOI: https://doi.org/10.18272/posts.v11i1.3911

Cómo citar: Zambrano, G. (2025). La potencia de lo indeterminado. En post(s), volumen 11 (pp. 12-19). USFQ PRESS.

En Desastre lento, la poeta colombiana Tania Ganitsky escribe: «El mundo va a acabarse antes que la poesía» (2023, p. 46). Su ambigüedad me atrapa. Ante el fin del mundo, ¿dónde reside la poesía?, ¿en qué se afianza?, ¿de qué manera persiste? El poema continúa con una secuencia de nuevos nombres que aparecerán y palabras que irrumpirán en ese vacío. La imagen de ese solar que deja el mundo, mientras diversos matices del lenguaje germinan, me resulta conmovedora. Constituye un ejercicio de atención alrededor de las distintas formas de ser en él: «Y habrá un léxico de los adioses, / porque se dirán de tantas formas / que llenarán un libro entero, que es lo que quedará del amor, / de la literatura» (2023, p. 46). La lista desestabiliza una noción de fin, le hace espacio a todo lo que la poesía y el lenguaje pueden inaugurar sin negar la realidad de la destrucción. Vinciane Despret, en el libro Habitar como un pájaro, define los dispositivos de atención, a partir de estudios de etología, como «aquellos que vuelven perceptibles cosas que antes no se notaban» y que multiplican las maneras de ser, habitar, fabular relaciones y explicar el mundo (2022, pp. 43-44). En los textos de esta edición de post(s), encuentro dispositivos similares que impiden un entendimiento único y cerrado del fin, del colapso, del deterioro, del vacío o del fracaso que abordan. Se fijan en la indeterminación de aquello que se rehúsa simplemente a sucumbir. Como sostiene Anne Tsing (2021), la indeterminación rechaza las narrativas limitantes heredadas de la noción de progreso y permite detectar proyectos de creación de mundos en medio de las ruinas contemporáneas que producen la precariedad y la vida sin promesa de estabilidad. Lo indeterminado responde a nuestra condición de vulnerabilidad, a la vez que constituye una forma de hospitalidad y generosidad que permite que algo más acontezca.

Cuando empezamos a imaginar esta edición, la pregunta por el horizonte —su prueba, su sacudida o su desplazamiento— quería ser una provocación para pensar qué puede existir o surgir ante la catástrofe ambiental, la innegable destrucción de la guerra o el colapso de infraestructuras de progreso o de futuro.

¿Qué potencia de vida existe en escenarios de devastación?

¿Qué mundos y colaboraciones posibles pueden vislumbrarse en los escombros y ruinas de proyectos pasados pero también en aquellos que nunca llegaron a ser o que se abandonaron en su intento?

La potencia de lo indeterminado, que agrieta el vacío dejado por el mundo que se acaba en el poema, resuena con la antesala de esta revista: también una invitación a que se llenase de escrituras, dispositivos de creación, pensamiento y atención, experimentos, metodologías y experiencias. El lenguaje, como nos dice Christina Sharpe en el ensayo «Las formas del duelo», «es una manera de crear y mantener la relación. Las palabras son una forma en la que empezamos el trabajo de deshacer o cambiar la forma del mundo». Entonces, continúa, una búsqueda importante de la escritura hoy frente a la violencia, el genocidio y la catástrofe es participar en la configuración del sentido: «No ceder las palabras, los conceptos, los términos que necesitamos para pensar, imaginar y construir vidas vivibles. Eso es algo de lo requerido en nuestra escritura, algo de lo que puede hacer nuestra escritura, algo del propósito de nuestra escritura». Los ensayos a continuación tejen una relación con el mundo; asimismo, buscan un lenguaje, una experiencia o una memoria para la vida o por ella.

Sostener el paisaje, disputar el vacío

Gastón Gordillo, en Rubble: The Afterlife of Destruction (2014), afirma que es el escombro, más que la ruina, la sedimentación material de la destrucción. Aquello que ha sido reducido a escombros difícilmente sostiene las relaciones sociales y espaciales que existían; el escombro es la evidencia de la desintegración de las formas reconocibles. Pero, tal negación es más fuerte si esa materia residual, si esos fragmentos no son entendidos en su contexto de producción y en la memoria. ¿Qué son las pilas de cascajo que deja la guerra? ¿Las montañas de restos de arquitecturas colapsadas después de un terremoto? ¿Qué significa el acto de sostener un pedazo de pared en medio de un lote vacío como remanente de lo que fue una casa? ¿Qué conforman los cuerpos que entran a estos espacios y buscan la vida ahí? Son algunas preguntas e imágenes que aparecen en esta edición.

Escribo esto, y pensar en Palestina es inevitable. Nicholas Mirzoeff abre su libro Mirar en la oscuridad. Palestina y el activismo visual desde el 7 de octubre con una sentencia de Silvia Federici cuya reiteración es fundamental: «Palestina es el mundo». No para que el mundo hable por el pueblo palestino, sino para reconocer en él al sujeto de un movimiento global de emancipación frente al colonialismo de asentamiento, la violencia estatal, la vigilancia y la regulación que arruina las condiciones de vida digna en varios territorios y, de manera genocida, en Palestina. Para Mirzoeff, mirar a Palestina en apoyo de su liberación implica una particularidad que llama «mirar en la oscuridad». Esta oscuridad tiene un fundamento material que es el escombro, ese que «tiene su propia escala: desde el polvo gris que lo satura todo, hasta los fragmentos de las construcciones que sepultan a los vivos y a los muertos y los escombros de las palabras e imágenes». Por eso, cualquier rechazo a la «voluntad de escombro»[1] (Error 1: La referencia: [1] está ligada a un elemento que ya no existe) del colonialismo de asentamiento y la guerra implica prestar atención a esa oscuridad: «recoger escombros, ya sean fragmentos de palabras, videos encontrados o formas materiales». Esos restos nos permiten dar testimonio de lo que ocurre, cuestionar lo que la pantalla colonial quiere dejarnos ver y movilizar la solidaridad global por Gaza que Mirzoeff describe en detalle. Es reconocer y acoger los esfuerzos de quienes sobreviven y logran documentar lo que están viviendo, desde sus dispositivos hacia los nuestros, más allá de los muros y la vigilancia. Es contrarrestar la mirada de los drones que visualizan recuadros vacíos como objetivos. Es disputar ese vacío.

Encuentro en las contribuciones a esta edición una insistencia en ese gesto de rechazo a la sistemática generación de escombros. Por ejemplo, en un lote baldío del ensayo visual «Estéticas de lo imperfecto: la ruina frente a lo anónimo y clandestino», de Ángel Hernández y el colectivo Teatro para el fin del mundo, frente al cual se pregunta a personas que pasan qué ven ahí, y contestan «nada». Luego, en ese mismo espacio, una mujer levanta una puerta; sostiene la casa. Este colectivo, basado en Tampico (México), se aproximó inicialmente a la ruina como «un intersticio»: como una estructura que despliega «un archivo expresado en los restos materiales de sociedades cambiantes», como potencia de aquello separado del contexto de utilidad y norma. Las ruinas intervenidas en México se conectan en su trabajo con otros contextos de desplazamiento, guerra y desastre, como Mosul, Palestina y Japón. Sin embargo, la acelerada demolición de las arquitecturas que venían documentando por años dirige el ensayo de esta edición hacia preguntas que tienen que ver con las implicaciones políticas de la demolición y la consecuente aparición de limbos atrapados en su condición de fracaso e inutilidad. La demolición es entendida como una práctica de expulsión: la sistemática destrucción del espacio como estrategia de desplazamiento y apropiación territorial. El colectivo se pregunta entonces por los cuerpos y las memorias de estos espacios, por aquello que resiste la anulación en la potencia material del escombro. Resistir es hacer presente. Los escombros de edificaciones demolidas siguen siendo testigos de lo que fue, escribe Hernández: «las casas demolidas impunemente en los territorios ocupados en la antigua Cisjordania son un cuerpo presente que mantiene aldeas completas». Estos cuerpos constituyen reclamos de pertenencia a cartografías incompletas, enterradas y, de alguna forma, fantasmales.

Las cartografías contemporáneas definidas por la precariedad, como sugiere Tsing, están llenas de ruinas. Por ello, continúa, nos compete recuperar la curiosidad para entender ahí escenarios para la supervivencia colaborativa (2021, p. 21). Recuperar esa curiosidad implica prestar atención: poner el cuerpo. En las imágenes del ensayo visual «Fin de Temporada», de Leonor Martín Taibo y Aida Navarro Redón, las enormes estructuras abandonadas de parques acuáticos en la península ibérica son visitadas por una persona que persigue la posibilidad de sumergir su cuerpo entero en agua, en el presente de escasez de este recurso vital. Las ruinas de aquellos paraísos de ocio y diversión, la melancolía del recuerdo del parque acuático como «oasis al que huir» —otrora muestra del dominio tecnológico y la canalización del agua para simular aquello que existía afuera— y la ausencia del agua revelan la ironía de nuestro propio deseo y los límites de nuestra imaginación. Da cierto alivio encontrar que estos lugares son ahora guarida de algo más: pequeñas presencias registradas por aquel cuerpo que recorre el espacio, reflexiona sobre su realidad material y piensa que quizás el agua recuperó su cauce vital. Manuel Vásquez Ortega, por su parte, en «Hacer de escombros, paisajes: hacia otra lectura de la ruina en el arte contemporáneo en Venezuela», aborda obras de catorce artistas visuales y encuentra en su acercamiento a las ruinas gestos para ir más allá de la nostalgia reaccionaria de un tiempo mejor o de la romantización de un paisaje ileso al que se anhela volver. El deterioro es abordado sin fuga a otras temporalidades. La ruina en el paisaje y la ruina del paisaje constituyen en su escrito formas de entender el presente y sus corporalidades, vitalidades y subjetividades. Así, la manera en que su escritura entreteje las obras procura detectar una narrativa que entiende el paisaje, y específicamente en su conexión con la ruina, no como algo que se contempla, sino que se habita y da cabida a otras formas de existencia, sin negar los problemas medioambientales ni el impacto de la actividad humana sobre él. Las obras muestran el colapso, el paso del tiempo y la precariedad cotidiana; a veces usan materialidades residuales o descartadas. En todos los casos, Vásquez repara en esta relación paisaje-ruina desde lo heterogéneo, lo superviviente y lo posible.

En «La rebelión de las ánimas, o seis tesis sobre la tierra prometida», Fernando Martín Velazco se enfoca también en las ruinas y encuentra en ellas una trinchera, una grieta frente a la imposición de los asentamientos, la agroindustria y la idea de dominio sobre la naturaleza. Su escritura es el resultado de una práctica expedicionaria y articula filosofía, historia y narraciones orales recopiladas en diferentes regiones para formular seis tesis —haciendo eco de las «Tesis sobre la historia» de Walter Benjamin— que figuran la ruina como un territorio de ánimas en resistencia frente al ethos expansivo y mesiánico de lo que conocemos como Occidente. La ruina es el paradigma del fracaso de su teleología. En el ensayo, Velazco especula alrededor de los conflictos de un mundo sin refugio para la errancia, lo indómito y aquellas ánimas que existen más allá de lo que queremos controlar. La rebelión a la que alude entiende lo silvestre, o lo que está en proceso de asilvestrarse, como una dimensión fundamental en la vitalidad del mundo y coherente con formas de habitar rastreables aún después de ser expulsadas de lo humano o lo político. Las imágenes que acompañan su escritura, aquellos sitios casi desprovistos de presencia humana, contrastan con las que encontramos en «Infancias resilientes en el desastre: video participativo en albergues comunitarios», de Nicolás Schvarzberg, las cuales, aunadas a registros audiovisuales, dan cuenta de las prácticas de cuidado, formas de organización y resiliencia colectiva en las secuelas del terremoto del 16 de abril de 2016 en Ecuador. La cámara, a través de metodologías de video participativo, permite que niños y niñas en albergues comunitarios cuenten su experiencia como agentes en espacios autogestionados a través de narrativas digitales. El ensayo de Schvarzberg sitúa y narra esta experiencia metodológica para cuestionar desde dónde se piensan las políticas de gestión de desastres y qué posibilidades existen de generar redes comunitarias más allá y en ausencia del Estado. De tal forma, los escombros se presentan como todo lo contrario a la nada: los cuerpos que documentan, registran, recorren, habitan, reconfiguran y piensan esa materia residual atestiguan los impactos de la violencia, el colonialismo, la crisis climática o la desigualdad, a la vez que reconfiguran relaciones con lo vital y el tiempo.

La simpoiesis[2] de lo vital

Este número de post(s) reúne también una serie de textos que proponen incisiones en forma de diálogos, prácticas y escrituras expandidas que, como las plantas que se abren paso en el concreto para tomarse la ruina, producen una zanja que desplaza los dispositivos de atención y reorganiza la relación entre diversas vitalidades o materialidades. Por ejemplo, la conversación entre editores de la Plataforma Latinoamericana de Humanidades Ambientales gira en torno a las preposiciones y, con ello, pone la atención en ese elemento articulador de diferencias para construir sentidos relacionales cambiantes. Afirman que pensarlas les permite entender territorios y explorar formas de activismo ambiental-gramatical al ser las que nos sitúan en relación con nuestro entorno, los problemas y los demás —humanos y más que humanos—. El recorrido de su texto por las implicaciones políticas de diferentes preposiciones de manera crítica e íntima, conectado a la conversación sobre su trabajo colectivo en la Plataforma, es una provocación para articular —o preposicionar— puntos de encuentro hacia lo común. Siguiendo esa ruta, hay en esta edición prácticas que provocan un descentramiento, en el sentido expansivo, del sustantivo a la preposición, del individuo a la relación posible en lo colectivo, de las acciones a la relación con sus efectos: distintos movimientos que rastrean proyectos de creación de mundos que existen-con la destrucción y la indeterminación.

María/Rosario Montero, en «Fracturas expuestas: representación de la naturaleza en la cordillera de los Andes en Chile», opone un sentir con la cordillera a la representación de esta como una muralla diferenciadora y distante. A partir de exploraciones en tres archivos —el del Sernatur en Chile, el de su padre y el suyo propio— articula una contramirada de esa cadena montañosa y, por tanto, de la naturaleza. Dicha contramirada habilita una interrelación en que la cordillera deja de ser el fondo o el escenario de lo humano e interpela a quien la recorre o la habita. La lectura cuidadosa de las imágenes de estos archivos ligada al montaje de otras voces que han pensado el paisaje y la cordillera sugiere un desplazamiento: de la representación de la montaña como tierra baldía —territorio dispuesto al extractivismo— a la cordillera que se lleva tatuada en la piel como registro sensible de una mutua afectación. Ese registro da cuenta de lo que existe cuando dos cuerpos se tocan. La relación con la naturaleza es, por tanto, simpoiética, un ser-con. Rosa Inés Padilla, en «El aura arruinada: cuerpos muertos en tiempos contemporáneos», resuena con esa pulsión relacional para abordar la muerte desde los cambios en el ritual funerario y su mercantilización. Propone que, más allá del cuerpo muerto, es fundamental entender los ensamblajes y parches, siguiendo los conceptos de Tsing (2021), de una industria que se configura alrededor de él y que, de cierta manera, ha limitado las agencias —de muertos y deudos— y la posibilidad de duelo. La muerte involucra. Como afirma Padilla: «Se vuelve esencial entender cómo la muerte conecta, con qué, para qué, con quién. Es decir, para pensar en la muerte se debe pensar en la vida». Los ciclos de vida-muerte, el duelo, de ninguna forma pueden entenderse aislados, son parte de nuestra condición de vulnerabilidad y de la vida en relación.

En esta edición, encontramos también impulsos de desguarnecer un entramado de relaciones sociopolíticas, históricas y afectivas a través de conceptos —en el caso de Alejandra Sáez Araya, el territorio— y objetos —en el caso de Adriana Linares, los kamaviiles, objetos antiguos, en Guatemala—. En «Hacer un poema: We Are All Writing a Poem», Sáez despliega una serie de registros, cuadernos, escrituras y memorias que dan cuenta del sentido de un territorio. La escritura dramatúrgica y de la revisión del proceso de la obra Cartografías humanas, una cartografía geopoética que conecta Palestina, Wallmapu y Chile, sacude la definición de territorio, la articula a las formas de vida que lo habitan y las estructuras de opresión que lo circunscriben. La escritura desde el cuerpo, específicamente el cuerpo que se desplaza por estos lugares, habla tanto de la articulación de sentido como de la creación de redes de solidaridad y colaboraciones que surgen en los procesos de investigación-creación y que constituyen eso que puede hacer nuestro trabajo y escritura ante la violencia del colonialismo de asentamiento, el desplazamiento y el genocidio. En «Ambivalencia del objeto antiguo: kamaviiles y discursos nacionales», Linares, desde su práctica de investigación como arqueóloga, atiende a los kamaviiles y escinde su ensayo en dos lecturas de estos objetos que hablan también de violencias coloniales y desarraigo. Por un lado, está la lectura que se le impone ante una visita al Museo Nacional de Arqueología y Etnología de Guatemala, y que los extrae de su contexto social específico al igual que de la multiplicidad de historias en su entorno, tanto antiguas como contemporáneas. Por otro lado, está aquella que detecta en los registros de su trabajo de campo y en la interacción con los usos rituales cotidianos de estos objetos en la región Ixil, donde implican «una conexión a la energía creadora de su cultura, el esfuerzo de los antepasados depositado en ellos, una relación activa e íntima». Esa relación se cuida; está protegida por cierta opacidad, fuera del furor expositivo del museo. Es una relación viva intergeneracional. El objeto deja de ser solo un sustantivo. En ambas contribuciones, los cuadernos de campo registran la relación íntima con los procesos de investigación, creación, acción y escritura. Volver a los cuadernos es también volver a aquella huella intuitiva, sensorial y afectiva de lo indeterminado.

Sharpe escribe que «la mala pronunciación puede reorganizar el lenguaje y abrirlo; la distorsión podría ser una herramienta de creación de caminos que deshace los vocabularios disponibles». Y esto resuena con la manera en que los relatos de dirección única aparecen fuertemente desafiados en esta edición desde las formas de escritura y de producción de conocimiento que persiguen fugas. Por ejemplo, en «Una geografía febril nos ablanda lx cuerpx», Carolina Velasco, Santiago Ávila Albuja y David Jarrín (aka Davartis) abordan el fracaso en su potencia de desvío a través de una escritura polifónica donde la autoría se desdibuja para privilegiar el intercambio, el afecto y la complicidad. Lo deshilachado, como falla y como indeterminación, es una imagen que aparece recurrentemente en la obra de Jarrín y que en el texto es explorada como resistencia al encauzamiento de la identidad y de la percepción de corporalidades enfermas o disidentes. Fallar permite la experimentación, la imaginación y la «motivación para soñar que se puede ser blandx, que se puede imaginar en estados febriles, que las redes y los afectos sobrepasan la noción de autoría porque no traducen sino comparten estrategias para sobrellevar la vida». En la misma línea, Pablo Aguirre, en «Re-imaginar la discapacidad: el potencial subversivo del Anarchivo», busca agitar los límites del capacitismo siguiendo las rutas de aquello que ha sido considerado incorrecto, no apto o disidente. En el texto, las prácticas artísticas ligadas a la escucha, lo performativo o el registro, y que exploran la percepción de manera multisensorial y colaborativa, abren espacio a pensar la discapacidad como una forma de ser en transformación, despatologizándola y desnormativizándola. La pulsión de la escritura de Aguirre es expansiva; lleva a la conversación que toma tiempo, al recuerdo que se impregna, a las texturas que comunican, y así involucra otras epistemologías posibles de la corporalidad disidente. Esas potencias epistemológicas del cuerpo, en «Portar cadáver encima de los hombros», de Paola Correa, son el punto de partida de prácticas artísticas que se aproximan a la ruina como cadáveres de la Modernidad latinoamericana. En la Estación de la Sabana y el Hospital San Juan de Dios en Bogotá y en la Antigua Central Camionera en Guadalajara, Paola Correa y Olga Gutiérrez llevaron a cabo encuentros y laboratorios desarrollados alrededor de una metodología de superposición, tanto de los espacios elegidos como de ciertas prácticas performativas situadas y de capas de sentido. El relato que presenta en esta edición es un recorrido por dicho proceso que indaga en lo que se descompone, se transforma y se acuerpa en los proyectos vitales del presente en diálogo con esas ruinas de la Modernidad. La memoria que se gesta en el cuerpo, el conocimiento que se singulariza en él y que brota en experiencias al mirar, recorrer y habitar estas ruinas, apunta al fracaso de ciertos emblemas de la Modernidad y a la vez a la urgente necesidad de descomponernos y rehacernos.

La presente edición responde al llamado a la detección de la pulsión de lo vital con un bosque de dispositivos de atención y búsqueda de sentido que atestiguan la violencia, la destrucción y el fracaso en nuestro presente; mientras configuran lenguajes necesarios, formas acordes, intercambios precisos, colaboraciones y solidaridades urgentes frente a lo que la vida necesita. El poema de Ganitsky que abre este escrito ofrece una línea final que se suma a la antes mencionada: «El mundo va a acabarse antes que la poesía / y la poesía continuará afirmando su devoción a lo perdido» (2023, p. 46). Esa tensión entre lo perdido y lo que está por venir enuncia nuestro presente. Reconoce el duelo colectivo que nos atraviesa por la violencia y la devastación de las que somos testigos; pero, también, nos da rutas posibles para que germinen otras relaciones y otros mundos resultantes de ellas. Los ensayos que vienen nos invitan a mirar en la oscuridad, a sentir con otras vitalidades, a escuchar las intuitivas advertencias frente a nuestra dirección y nuestro deseo, a procurar formas suaves y cuidadosas para relacionarnos, a colectivizar nuestra memoria ahí donde se insiste en eliminarla, a situarnos y prestar atención. La atención, dice Mary Oliver (2016), es el inicio de la devoción. Y en optar por esa forma de respeto y cuidado a la materia del mundo quizás radique la posibilidad de su transformación, expansión y continuidad. post(s)

Referencias

Benjamin, W. (2008). Ensayos escogidos. Ediciones Coyoacán.

Despret, V. (2022). Habitar como un pájaro. Modos de hacer y de pensar los territorios. Editorial Cactus.

Ganitsky, T. (2023). Desastre lento. Himpar editores.

Gordillo, G. (2014). Rubble: The Afterlife of Destruction. Duke University Press.

Haraway, D. (2019). Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno. Consonni.

Oliver, M. (2016). Upstream. Penguin Press.

Tsing, A. (2021). La seta del fin del mundo. Capitán Swing.

Notas

[1] Mirzoeff usa esta expresión haciendo referencia a Nasser Abourahme («In tune with their time», Radical Philosophy216, verano de 2024), quien habla de la producción de lo inhabitable o la voluntad de escombro (will to rubble) en Gaza como la liberación de una energía exterminadora reprimida que debe ser entendida históricamen-te y que está diseñada para destruir la base de la vida colectiva.
[2] Aquí me refiero al término que explora Donna Haraway en Seguir con el problema: generar parentesco en el Chthuluceno(2019, p. 174) para entender las formas de vida simbióticas, colaborativas y con los demás que sostienen la configuración de mundos: «Los bichos —humanos y no humanos— devienen-con mutuamente, se componen y descomponen unos a otros, en cada escala y registro del tiempo y de las cosas, en marañas simpoiéticas, en configuraciones y desconfigura-ciones de mundos terrenales ecológicos, evolutivos y del desarrollo».

Información adicional

Cómo citar: Zambrano, G. (2025). La potencia de lo indeterminado. En post(s), volumen 11 (pp. 12-19). USFQ PRESS.

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