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La loza y porcelana de Felipe II. Una aproximación a su colección a través de la documentación conservada

The earthenware and porcelain of Philip II. An approach to his collection through the preserved documentation

Eva Calvo
Universitat Jaume I, España

Avances del Cesor

Universidad Nacional de Rosario, Argentina

ISSN: 1514-3899

ISSN-e: 2422-6580

Periodicidad: Semestral

vol. 22, núm. 32, 2025

revistaavancesdelcesor@ishir-conicet.gov.ar

Recepción: 15 marzo 2023

Aprobación: 21 septiembre 2023

Publicación: 05 junio 2025



DOI: https://doi.org/10.35305/ac.v22i32.1776

Resumen: Durante el siglo XVI la cámara del tesoro de la Edad Media, donde los objetos de gran valor eran custodiados en lugares cerrados, evolucionó hacia una cámara de maravillas donde los objetos adquirieron unas connotaciones diferentes al ser presentados en espacios abiertos con el propósito de ser admirados. A través de esta nueva perspectiva, surgieron espacios de exhibición renovados que albergaban una variedad de piezas de distintas naturalezas, las cuales actuaron como símbolos de ostentación del prestigio personal de sus propietarios.

Esta transformación avivó el interés por los objetos exóticos que llegaban al Continente europeo a través de las nuevas rutas marítimas, bajo el control de las monarquías portuguesa y española. Esto convirtió a Lisboa y Sevilla en las nuevas puertas de entrada de lo “raro” y lo “extraordinario” en Europa. Este flujo de bienes dio lugar a que objetos de marfil, plumas, huesos, conchas y, entre otros, la porcelana, enriquecieran las excepcionales colecciones de los monarcas portugueses y españoles, otorgándoles una singularidad incomparable frente a las demás cortes europeas.

En el marco de esta investigación, focalizaremos nuestra atención en las lozas y porcelanas que Felipe II de España y I de Portugal adquirió y coleccionó. Para ello, llevaremos a cabo un análisis exhaustivo de los tres inventarios de bienes post mortem, preservados con el propósito de develar su colección perdida y subrayar la destacada contribución del monarca al ámbito del coleccionismo de cerámica en la dinastía de los Austrias.

Palabras clave: Felipe II, porcelana, cerámica, loza, inventarios reales.

Abstract: During the 16th century, the treasure chamber of the Middle Ages, where objects of great value were kept in enclosed spaces, evolved into a chamber of wonders where objects took on a different connotation as they were presented in open spaces for the purpose of admiration. Through this new perspective, renovated exhibition spaces emerged that housed a variety of pieces of different nature, which acted as symbols of ostentation for the personal prestige of their owners.

This transformation fuelled interest in exotic objects arriving in the Old Continent via the new maritime routes under the control of the Portuguese and Spanish monarchies. This turned Lisbon and Seville into the new gateways for the "rare" and the "extraordinary" into Europe. This flow of goods resulted in objects made of ivory, feathers, bones, shells and, among others, porcelain, enriching the exceptional collections of the Portuguese and Spanish monarchs, granting them an incomparable uniqueness compared to other European courts.

Within the framework of this research, we will focus our attention on the faience and porcelain that Philip II of Spain and I of Portugal acquired and collected. To this end, we will carry out an exhaustive analysis of the three postmortem inventories of his possessions, preserved with the aim of uncovering his lost collection and highlighting the monarch's outstanding contribution to the field of ceramic collecting in the Habsburg dynasty.

Keywords: Philip II, porcelain, ceramics, earthenware, royal inventories.

Introducción

Durante la Edad Moderna se consolidó un nuevo concepto de posesión y función de las obras de arte en el entorno de la dinastía de los Habsburgo. Este enfoque se distanció de la concepción medieval centrada en la acumulación de tesoros, al conferir a las obras un papel fundamental en la representación del poder, destacando su magnificencia y esplendor. Sin embargo, la mera acumulación de obras de arte no convertía a alguien en un coleccionista en el sentido moderno, por lo que Carlos V, aunque reunió un fantástico tesoro, no puede considerarse como tal ya que no se involucró en el mecenazgo artístico, sino que acopió un conjunto de objetos de gran riqueza, lujo y suntuosidad (Checa, 2010a, p. 22; Checa, 2010b, pp. 39-45).

En los nuevos espacios de exposición, los objetos artísticos pasaron de estar custodiados, guardados y protegidos en lugares exclusivos y accesibles solo para algunos privilegiados, a ser expuestos en espacios abiertos con la finalidad de ser admirados. Así, aquel individuo que los reunía, el coleccionista, demostraba una clara disposición para apreciar y valorar la belleza estética de las obras de arte (Checa, 2010a, p. 22).

Este cambio se produjo en un momento en el que aumentó el afán por el conocimiento, por lo que el interés por productos de diversas procedencias se intensificó debido a los descubrimientos de tierras desconocidas, por la posibilidad de emprender viajes organizados hacia estos territorios y por la apertura de nuevas rutas marítimas que conectaron la Península Ibérica con Asia y América durante el siglo XVI,[1] lo que impulsó el comercio oriental.[2] De este modo, los nuevos espacios de exhibición se llenaron de objetos de diferente naturaleza, que sirvieron como manifestación de ostentación del prestigio personal (Ruiz Gutiérrez 2016, pp. 279-281).

Fue relevante el papel desempeñado por los Avis de Portugal en la apertura de las rutas marítimas desde Portugal hasta Asia, a través del cabo de Buena Esperanza, en la primera mitad del siglo XVI. Este acontecimiento convirtió a Lisboa en la principal puerta de acceso de productos orientales a Europa durante este periodo (García-Ormaechea, 2003, p. 25) Además, durante el reinado de los Austrias en España, –inicialmente con América y posteriormente con el proyecto que conectaba Filipinas y España culminado–, se generaron grandes expectativas para una Corona española, que tenía un ferviente interés en adquirir sus propios productos orientales.[3] Este hecho marcó el inicio de un importante itinerario de intercambio comercial y cultural entre Asia, América y Europa, y lo hizo coincidiendo con el reinado de Felipe II –gran mecenas de las artes–, quien supo aprovechar su posición privilegiada. Esta le brindaba la oportunidad de incorporar a su colección –que ya contaba con objetos americanos destacables–, las grandezas artísticas de Asia.

Por lo tanto, el control de los puertos comerciales en Oriente permitió a las cortes de Portugal y España acceder a productos asiáticos. Además, la influencia de una sólida cultura renacentista en la educación de sus casas reales impulsó la formación de fascinantes colecciones, que incluían un significativo número de objetos orientales, gracias a la iniciativa de algunos de sus miembros destacados (Alfonso Mola y Martínez Shaw, 2012b, p. 225). En este contexto, los integrantes de la Casa de Austria, al frente de ambos imperios, se erigieron como notorios mecenas de la riqueza material de Oriente, y proporcionaron productos de esta procedencia a los representantes de la familia real que residían en diversas cortes europeas. Su constante envío de obsequios contribuyó a la creación de colecciones excepcionales en términos de su gran valor artístico (Jordan Gschwend y Pérez de Tudela, 2003, p. 30).

Mapa de las provincias de China y Manila, y ciudades comerciales. Diseño de la autora
Imagen 1
Mapa de las provincias de China y Manila, y ciudades comerciales. Diseño de la autora

A pesar de que la mayoría de las piezas cerámicas reunidas en las colecciones reales del siglo XVI eran porcelanas de origen oriental, también adquirieron otras cerámicas de diferentes características y apariencia, aunque en una cantidad mucho menor.

Esta preferencia por la porcelana se fundamenta en su posición destacada dentro del ámbito de la cerámica universal, atribuida a su composición a base de caolín —del chino gaoling, ‘colina alta’— y feldespato —baidunzi—. Estos componentes favorecían el desarrollo de las cinco cualidades esenciales de la porcelana: blancura, translucidez, impermeabilidad, sonoridad y dureza. Como consecuencia, los monarcas a priorizaron la adquisición de objetos de esta procedencia debido a su excelencia.

Aparte de la porcelana, también se encontraban objetos de gres –carentes de caolín y que requerían un vidriado para suavizar sus imperfecciones– y las "terracotas" o las lozas –fabricadas a partir de arcillas secundarias– que también precisaban ser revestidas con vidriado para obtener una superficie uniforme. Con estos últimos tipos de cerámica también se dio forma a piezas de destacado valor artístico y que fueron admiradas por las monarquías europeas durante la segunda mitad del siglo XVI (García-Ormaechea, 2003, p. 236). No obstante, el escaso número de estas en comparación con las de origen asiático refleja la clara preferencia por los productos provenientes de ultramar, ya que estos eran considerados novedosos y raros, lo que estaba en consonancia con la moda de la época.

Las primeras creaciones de porcelana china datan del siglo III, y numerosos relatos –entre otros, los de Marco Polo– testimonian la gran valoración que recibía el trabajo de sus artesanos y la fascinación que sus obras de arte causaban en quienes apreciaban este destacado material. Durante la dinastía Ming (1368-1644), la producción de porcelana se concentró en la localidad de Jingdezhen, situada en la provincia de Jiangxi. La elección de esta ubicación se debió a varios factores clave, como la disponibilidad de yacimientos de caolín, la abundancia de madera para alimentar los hornos, la mano de obra local y la proximidad a vías navegables que facilitaban el transporte de las mercancías. Así pues, a partir del siglo XVI, la ciudad de Jingdezhen se convirtió en el principal centro productor de porcelana.

Las piezas de porcelana de Jingdezhen, una vez horneadas, eran adquiridas por comerciantes de Huizhou, quienes se encargaban de llevar el material a los puertos de Swatow, Xiamen, Zhangzhou y Quanzhou (Imagen 1). De todos estos, los tres últimos comercializaron con la ciudad que fundaron los españoles en la isla de Luzón –Manila– en 1571. Llegada la mercancía por los Huizhou hasta el puerto, las porcelanas se cargaban en juncos chinos y se transportaban con cestas o cajas en martabanes hasta el sureste asiático y Filipinas (Junco y Fournier, 2008, p. 8) (Imagen 2).

Caja de traslado de piezas de porcelana
Imagen 2
Caja de traslado de piezas de porcelana
Detalle de: anónimo, Porcelana llegando al almacén de Cantón, 1770-1780, Victoria and Albert Museum, Londres. Núm. inv. E.58-1910. https://collections.vam.ac.uk/item/O68053/porcelain-arriving-at-canton-warehouse-painting-unknown/

Antes del siglo XIV, los comerciantes venecianos ya habían introducido en Europa el llamado "oro blanco de China" a través de la Ruta de la Seda. Este producto asombró a Occidente debido a sus características excepcionales, por lo que la sociedad europea ya estaba familiarizada con estos objetos artísticos. Inicialmente, su alto precio y, sobre todo, su escasez, hicieron que la porcelana fuera un producto al que solo tenían acceso los miembros de la realeza y un pequeño número de élites europeas (Moratinos García y Villanueva, 2013, p. 158).[4] Sin embargo, con la apertura de nuevas rutas marítimas, la llegada de porcelanas al continente aumentó significativamente a partir de la última década del siglo XVI, por lo que fue accesible a un mayor público.

Felipe II de España [5]

Si hay una figura que destaca en la Casa de Austria en relación con el coleccionismo en general, y especialmente en lo que respecta a la cerámica, es Felipe II. De acuerdo con Cano de Gardoqui (2001), las características distintivas del verdadero coleccionista se centraban en aquel individuo que adquiría obras de arte, objetos suntuarios, literatura y elementos naturales –entre otros– motivado exclusivamente por el placer de poseerlos. Estos coleccionistas forjaban sus propios criterios y convicciones en relación a los valores formales y económicos de las obras que adquirían, y ejercían un juicio personal e intuitivo, sin atender necesariamente a la crítica oficial (p. 22). Si observamos desde una perspectiva actual, queda claro que Felipe II –quien ascendió al trono de España tras la abdicación de su padre Carlos V en 1556– no solo cumplía con todos los atributos de un auténtico coleccionista, sino que también fue el primer gran coleccionista de la dinastía de los Austrias españoles.

Un momento fundamental en el interés de Felipe II por el coleccionismo tuvo lugar en 1558, tras el fallecimiento de Carlos V, y de sus tías, María de Hungría y Leonor. Como resultado, el monarca español, quien ya había comenzado su colección, heredó las obras de arte más destacadas de su progenitor y sus tías, con lo cual se dio inicio a lo que Jonathan Brown ha denominado el "megacoleccionismo" de Felipe II.

Este soberano siempre tuvo una profunda apreciación por el valor cultural de las obras de arte y los objetos suntuarios, los cuales reflejaban su manera de exhibir el poder político, religioso y cultural. Esta perspectiva se evidencia claramente en la abundante y diversa recopilación de piezas que reunió a lo largo de su reinado (Checa, 2020, pp. 35, 37-38).

Las circunstancias de la época marcadas por una posición excepcional en el comercio asiático y su ferviente pasión por el coleccionismo, llevaron a que las colecciones del monarca se destacaran por el amplio repertorio caracterizado por su gran diversidad y opulencia (Alfonso Mola y Martínez Shaw, 2012b, p. 226). Entre todas sus adquisiciones, su extraordinaria colección de porcelana, que constaba de más de tres mil piezas, lo consagró en Europa como el poseedor del acopio más rico de "oro blanco" de China durante la segunda mitad del siglo XVI. Sin embargo, su aprecio no se limitó únicamente a las porcelanas, sino que también abarcó la cerámica en general, la cual coleccionó de diversas formas y procedencias.

El conjunto de piezas se enriqueció gracias a varias herencias directas, incluyendo la de su madre Isabel de Portugal –quien repartió sus bienes entre sus tres hijos–, la de su padre Carlos V y, significativamente, la de su propia hermana Juana, quien había acumulado una destacada colección de porcelanas tanto de Oriente como de otras procedencias.[6] Además de ampliar su acervo de objetos cerámicos mediante la adquisición de algunas de ellas en las subastas de los bienes de su propia familia –como en el caso de su hijo, el príncipe Carlos de quien consiguió sesenta porcelanas–,[7] el monarca contó con el respaldo de sus agentes establecidos en ciudades con un activo comercio oriental y colaboró con comerciantes especializados en la venta de objetos exóticos. Su pasión por estas porcelanas se mantuvo hasta su fallecimiento, ya que Felipe II de España y I de Portugal compró sus últimas ciento veinticuatro piezas de porcelana en Lisboa, apenas cuatro días antes de su muerte (Krahe, 2016a, p. 137).

En 1580, Felipe II fue nombrado rey de Portugal, por lo que su situación con el comercio oriental fue todavía más privilegiada al dominar los cuatro puertos más importantes: Macao y Manila en Oriente, y Lisboa y Sevilla en Europa. Fue desde la capital lusa donde el monarca amplió considerablemente sus porcelanas y envió muchas de ellas a miembros de su familia como, por ejemplo, las que remitió a su hija, Isabel Clara Eugenia, “para nuestro servicio y de vuestros hermanos y una ba dentro della con otras porcelanas de nueva manera, a lo menos yo no las he visto sino ahora” (Pleguezuelo, 2003, p. 133).

Con la coronación de Felipe como rey de Portugal, algunos de los productos asiáticos que antes llegaban a la península ibérica a través de la ruta del cabo de Buena Esperanza comenzaron a ser transportados en los galeones de Manila y alcanzaron las costas de los virreinatos y difundieron así los productos indoportugueses por las tierras americanas (Alfonso Mola y Martínez Shaw, 2003, p. 87). Sin embargo, la riqueza de sus colecciones privadas no se debió únicamente al control de las rutas marítimas, sino que también fue resultado del incremento de las relaciones diplomáticas, facilitado por la expansión territorial de su imperio. Durante estos encuentros diplomáticos, se intercambiaron una amplia variedad de objetos que mejor reflejaban las culturas respectivas y contribuyeron así al aumento de la diversidad de bienes en posesión del monarca (Martínez Shaw, 1999, p. 117).

A pesar de contar con referencias dispersas en diversos documentos históricos, son los registros detallados de sus bienes lo que nos permitirán aproximarnos a la colección de cerámica que ha desaparecido con el tiempo. Este tipo de documentación histórica era una práctica común desde los primeros años del Renacimiento para registrar el inventario de los bienes muebles de reyes y reinas, y servían tanto para proteger las obras de arte contra robos y pérdidas como para preservar la integridad del patrimonio que sería heredado por sus sucesores. Por lo tanto, se elaboraban periódicamente y estaban relacionados con la necesidad de controlar todos los objetos de arte en una corte itinerante que estaba constantemente en movimiento.

Además de los inventarios realizados durante la vida de sus propietarios, también existen registros posteriores a la muerte y particiones testamentarias que eran el método más común para distribuir los bienes entre los herederos de la dinastía Habsburgo. Estos documentos nos proporcionan información valiosa sobre las colecciones de bienes, así como sobre la evolución del sistema artístico en la corte de los Austrias. También nos permiten investigar cómo los Habsburgo manipularon los objetos que reunieron y comprender sus motivaciones y preferencias, que se caracterizaban por una serie de rasgos distintivos que se transmitieron de generación en generación a lo largo del siglo XVI (González García, 2013a, pp. 43-44). Además, estos documentos son de vital importancia porque nos brindan la oportunidad de conocer objetos que, debido a su fragilidad, han desaparecido con el tiempo como es el caso del material que nos ocupa.

La testamentaria, almoneda y libro de remates de los bienes de Felipe II. Fuente de conocimiento para una colección desaparecida

Felipe II formó su colección en el Palacio Real del Alcázar de Madrid y en la Casa del Tesoro (Imagen 3), un nuevo espacio construido en la misma estructura que funcionaba como residencia para pintores de la corte, dignatarios y diplomáticos durante sus visitas a la ciudad, por lo que fue el entorno perfecto para exhibir su tesoro asiático, que ejemplificaba el carácter cosmopolita del reinado del monarca (Jordan Gschwend, 1998, p. 217).[8] En particular, el camarín de la torre nueva, también conocida como Torre Dorada, fue el lugar elegido por el rey para colocar su repertorio de porcelana y loza fina sobre bases y estanterías (Sánchez-Cabezudo, 2015, p. 65).[9] La información proporcionada en su testamento nos permite ubicar con certeza algunas de las piezas de porcelana en la Casa del Tesoro, ya que son mencionadas en el registro de objetos que se encontraban en ese lugar. Entre estas menciones se incluyen las ollas, barriles, cantarillas, tinajuelas, doscientos ocho brinquillos y doscientos siete búcaros realizados en Estremoz, entre muchos otros más (Checa, 2018b, pp. 513-514).

Palacio Real de Madrid y la Casa del Tesoro
Imagen 3
Palacio Real de Madrid y la Casa del Tesoro
Detalle: de: Antonio Mancelli, La Villa de Madrid Corte de los Reyes Católicos de Espanna, 1614-1622, Instituto Geográfico Nacional, Madrid. [10] http://www.memoriademadrid.es/buscador.php?accion=VerFicha&id=41924

Existen diversos documentos conservados en los archivos nacionales que confirman el profundo interés del rey “prudente” por la cerámica de diferentes procedencias. Por ejemplo, en los sucesivos expedientes relacionados con el oficio de guardajoyas, que se encuentran resguardados en el Archivo General del Palacio Real, se evidencia cómo en numerosas ocasiones se solicitaban piezas de loza y porcelana para el uso del monarca. Un ejemplo de ello es el registro del 11 de febrero de 1591, cuando se menciona un pago a Jaques Delatorre, asistente del guardajoyas real de “nueve Reales y otros tantos (…) por seys Ramilleros de barro bidriado de talavera pintados de azul” que se compraron para “Servir en la camara del pe N. Señor a donde se pusieron para el servicio del próximo Felipe III”.[11]

El 27 de julio de 1597, también se alude el pago a Antonio Miguel platero por piezas de porcelana de plata que, entendemos, se trataban de vajillas elaboradas con dicho material: “(…) dos porcelanillas de plata pequeñas al talle de las de Portugal con sus pies bajos que pesan quatro oncas y ocsana y media (…)”, así como “otras dos porcelanillas (…) de plata doradas por dentro y por fuera” por las que se pagó a Antonio Miguel 666 reales.[12] Entre los diferentes registros, también se mencionan porcelanas que, por la diferencia de importe, nos confirman que era del material de nuestro estudio: “seis escudillas de porcelana y seis platillos de lo mismo finaspara su alteza. Costaron 55 reales”.[13] Es importante señalar que en el siglo XVI y XVII, el término "porcelana" se utilizaba para referirse a aquellas piezas del servicio de mesa que, debido a su delicada elaboración, poseían un destacado valor artístico. Entre ellos encontramos la loza, porcelana y gres, pero también otros materiales como la plata, el cristal y la ágata, entre otros. Por lo tanto, al analizar la documentación, debemos ser precisos para evitar interpretaciones erróneas.[14]

Entre toda la documentación conservada, encontramos tres inventarios post mortem en los que se reproduce las colecciones de Felipe II: su testamentaria, donde se registran todos los bienes del recién fallecido monarca español, la almoneda de sus bienes y el libro de remates. El soberano español murió el 13 de septiembre de 1598, y, un mes después, Antonio Voto, guardajoyas del rey difunto, expuso todas las cosas que estaban a su cargo para elaborar un inventario de tasación de los bienes de Felipe II, tarea que se prolongó durante los once años siguientes (Vázquez, 2020, pp. 78-79). Estos documentos se conservan en el Archivo de Palacio Real de Madrid, concretamente, en los libros 235 y 236 de la sección de Registros con el título “Bienes u alajas de los Quartos de SSMM”.[15]

Estas encuadernaciones contienen documentación escrita relacionada con los bienes del monarca, la cual, como parece, fue reunida y encuadernada en el último cuarto del siglo XVIII. Llegamos a esta conclusión debido a que en su interior se incluyeron por error documentos que presentan la misma caligrafía y estilo que los realizados por Domenico Maria Sani, quien elaboró el inventario de la difunta reina Isabel de Farnesio (1692-1766).[16]

Los tres inventarios han sido publicados por el profesor Fernando Checa (2018b) pero el primero de ellos –“Inbentario Real de los bienes que se hallaron en le Guardajoyas del Rey Don phelipe segundo nuestro señor que Santa Gloria aya”–,[17]ya fue divulgado parcialmente por Francisco Javier Sánchez Cantón (1956-1959). Asimismo, en lo que la cerámica se refiere, la profesora Cinta Krahe (2014), ya había hecho uso de los mismos en su tesis doctoral y en su destacable publicación Chinese porcelain in Habsburgo Spain (2016a).

Tras el análisis del inventario post mortem de Felipe II, podemos observar como las fabulosas colecciones del monarca se exhibieron, sobre todo, en sus dos espacios más significativos –El Escorial y el Real Alcázar de Madrid–, lugares donde se mezclaron lo “maravilloso raro” y lo “maravilloso artificial”, es decir, naturaleza y artificio, el llamado en su época como lo “raro del orbe”. Además, estos documentos también ofrecen información adicional, como el origen de algunas de estas piezas. Es destacable que muchas de ellas provienen de herencias de varios miembros de su propia familia real como su tía María de Hungría, don Juan de Austria, su padre Carlos V, su tía Juana de Austria, el príncipe Carlos (Checa, 2018a, p. 15.), e incluso se mencionan algunas que pertenecieron a Isabel la Católica.[18] Asimismo, se registra la presencia de lozas y porcelanas que fueron legadas a sus hijos, siendo Isabel Clara Eugenia y Felipe III quienes recibieron la mayor cantidad de estas (Checa, 2018b, pp. 502-526). Sin embargo, en la publicación de la almoneda, no se hace mención al catálogo de loza y porcelana de Felipe II, ya que este documento no estaba incluido en el libro titulado Bienes u alajas de los Quartos de SSMM que fue transcrito. Este registro fue localizado en la sección de Administración General del mismo archivo, y en él se enumeran las propias piezas que se encontraban en el inventario posterior a su fallecimiento, con la excepción de aquellas que fueron enviadas a sus hijos.[19]

En el testamento de Felipe II, fechado el 7 de marzo de 1594, se establece que todos los bienes muebles que estuvieran presentes al momento de su fallecimiento debían ser entregados por su heredero a los ejecutores testamentarios, con el propósito de saldar inmediatamente las deudas contraídas. En consecuencia, se requería la elaboración de un inventario, que se llevaría a cabo después de la defunción del monarca, para evaluar sus riquezas con el fin de facilitar su venta. Este documento complejo comenzó con el inventario de los bienes que estaban bajo la custodia del guardajoyas de su majestad y se completó 11 años después de su inicio. Durante ese período, dos personas ocuparon este cargo: Antonio Voto, quien falleció en 1607, y Hernando de Espejo (Checa, 2018a, pp. 10-11).

Barro, loza y porcelana en la testamentaria de Felipe III y del libro de remates de sus bienes

En nuestro análisis de la documentación conservada encontramos como en la testamentaría del monarca difunto, aparece un elevado número de piezas de barro, loza y porcelana que reunió durante su reinado y su tasación en 1602. Entre todas cabe resaltar, por su valor:

Diez y siete ollas redondas, todas con tapadores, unas un poco mayor que las otras, de porcelana azul y blanca por de fuera y por de dentro blanca, con botones en los tapadores, tasadas en cien reales cada una, dos duernos grandes de porcelana, a manera de media tinaja, azules y blancos por de fuera, y por dentro blancos, sin tapadores tasados ambos en cuatrocientos reales y del mismo valor que estos encontramos dos ollas muy grandes de porcelana, azules y blancas, con sus tapadores con un botón por remate, guarnecidas de unas sogas de cáñamo con dos asas de la misma soga con que se asen, tasadas a doscientos reales cada una.[20]

En este documento, se mencionan los búcaros procedentes de Estremoz, Portugal. Sin embargo, la mayoría de las referencias corresponden a porcelanas chinas, especialmente objetos de servicio de mesa, como cántaros, cantarillas, ollas, fuentes, garrafas, aguamaniles, jarras, albornías, una gran cantidad de escudillas, salserillas, más de mil platos de diversos tamaños, saleros y vasos, entre otros artículos variados. Es importante destacar las cinco garrafas aceiteras de porcelana mencionadas en el escrito. Dos de ellas presentaban un dorado combinado con otros colores, mientras que las demás estaban decoradas con pigmento cobalto y tenían un pico en la parte inferior, similar a una "teta", por donde se vertía el aceite. Además, se mencionan veintidós garrafas con cuellos altos y algunas de ellas con tapaderas. Se han identificado varias piezas que se ajustan a la descripción de garrafas con esta característica en las colecciones museísticas, como se puede apreciar en la imagen 4. Estos recipientes eran conocidos como Kendi y funcionaban como una especie de botijos para contener líquidos y verterlos con precisión desde una cierta altura.

Kendi
Imagen 4
Kendi
Jingdezhen, 1590-1615, Victoria and Albert Museum, Londres. Núm. inv. C.570-1910.[21] https://collections.vam.ac.uk/item/O179521/kendi-unknown/

Además, en el inventario se mencionan piezas con un notorio valor artístico, como cinco barquillos de porcelana dorados y verdes, cada uno de ellos con una figura de un indio en la parte superior, valorados en cuatro reales cada uno. También se incluye una figura de elefante de porcelana con una figura humana sobre él, decorado con tonos dorados y de colores, valorado en doce reales, y otra de David coronado con el gigante Goliat entre sus pies. Esta última debió de ser una de las más apreciadas en las colecciones del monarca español, ya que posteriormente se encuentra mencionada en los inventarios de los guardajoyas de los reyes que le sucedieron.[22] También se alude a un vaso de gran tamaño, de colores y con una tapa, que tiene la forma de una calabaza y está adornado con una garra de águila en su base que tiene un valor de 24 reales. Además, se incluyen dos aguamaniles de porcelana completamente blancos, descritos como, “hechos de dieciseiavos, con asas que atraviesan la boca y sus picos a un lado, hechos de un mascarón”. Estas descripciones se asemejan a las de los objetos de mayólica italiana que se producían en Urbino, conocidos por tener formas de garras de rapaces sosteniendo el recipiente superior y mascarones en las asas, así como detalles decorativos similares.

En el inventario de la testamentaria de Felipe II,[23] encontramos muchas otras cerámicas que dan forma a animales diferentes. Junto a las citadas previamente, podemos añadir los “torillos de porcelana echados dorados, con una figura de un hombre encima de cada uno”, tres caracoles de mar de diferentes tamaños, un anade de barro pintado, con su asa, de la cual sale un pico para echar el agua tasado y una garrafa con cuello alto con cabeza de elefante por pico, de porcelana azul y blanca. Una pieza conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid (Imagen 5) puede ajustarse a la descripción de esta última, se trata de una botella en forma de elefante con cuerpo cuadrangular —donde se plasma el “Ruyi”, símbolo que representa el poder, la protección y el deseo en muchas de las culturas orientales—, cuello alto y pico que, sin afirmar que se trataba de la que formó parte del acervo de Felipe II, nos ayuda a acercarnos a como fue la forma de la del monarca español. Este estilo de piezas era frecuentemente producido en la región de la India, con el sapo como uno de los animales más recurrentes en su diseño. Sin embargo, los recipientes con formas de animales utilizados para contener líquidos también se fabricaron en los talleres de Jingdezhen y ganaron gran popularidad en Europa, Oriente Medio y el sudeste asiático, y fueron exportadas de manera constante desde finales del siglo XVI en adelante.

Botella de porcelana
Imagen 5
Botella de porcelana
Jingdezhen, ca. 1575-1600, Museo Arqueológico Nacional, Madrid. Núm. inv. 64108.[24] https://ceres.mcu.es/pages/ResultSearch?txtSimpleSearch=Kendi&simpleSearch=0&hipertextSearch=1&search=simple&MuseumsSearch=&MuseumsRolSearch=9&listaMuseos=null

Aunque abunde la porcelana china con decoración azul sobre fondo blanco, también encontramos de “barro negro de la China” como una garrafa, cuatro búcaros con tapador y dos jarros tasados en cuatro reales cada uno. Asimismo, se menciona una fuente y una escudilla de barro verde oscuro, “que dicen que es de Persia”,valorado en dieciséis reales. La actividad alfarera en la Antigua Persia fue constante durante toda su historia y, gracias a su agitado comercio, sus piezas llegaron hasta el continente europeo. No conformes con la forma y pigmento cerámico, fueron los artífices más destacados de las prótesis de oro y plata que se colocaron sobre las lozas y las porcelanas. Sin embargo, la descrita en el inventario del monarca español no menciona ningún añadido en material precioso y tampoco se refleja un alto valor en la tasación de la misma, por lo que entendemos que únicamente disponía del cuerpo cerámico.[25] De su estudio, podemos deducir que las tonalidades azules y verdes fueron las más predominantes en toda su tradición cerámica, lo que indica que las piezas reunidas por Felipe II eran representativas de esta paleta de colores.

La cerámica de la almoneda del monarca difunto

Otra fuente de documentación interesante para estudiar la colección del monarca es el listado elaborado para llevar a cabo su almoneda. El documento que examinamos en este trabajo está datado dieciséis años después de su fallecimiento y contiene un registro de numerosas piezas de porcelana, loza y cerámica conservadas en el libro de cuentas del Archivo General de Palacio.[26] En este escrito, se mencionan algunas que ya se consignan en la testamentaría del rey, y aunque sus descripciones son prácticamente idénticas, generalmente no se incluyen aquellas que fueron heredadas por los hijos de Felipe II.

Además, al llevar a cabo una comparación entre los dos registros de bienes, identificamos algunas piezas de cerámica que no figuran en la testamentaria, tales como: “una porcelana de cristal labrada por de fuera de unas rayas y por de dentro lissas con pie vajo de plata dorada”, [27] “una porcelana de piedra pasta de una fesma de diámetro con pie baxo de plata dorada con unas quentecillas y en el vorde una guarnición (..)” y “una porcelana de calsidonia”.[28] Entendemos que en todos estos casos se emplea la palabra "porcelana" para referirse a los géneros de vajilla en lugar del material en sí. El inventario continúa con una sección dedicada exclusivamente a “porcelanas bedriadas bucaros y jarras”[29] que fueron incluidas para su venta en la almoneda, lo que demuestra la amplia variedad que acumuló el monarca, al punto de requerir una sección específica para estos objetos, y cómo, tras su fallecimiento, muchas de estas piezas dejaron de formar parte de las colecciones reales. Al analizar detenidamente, podemos destacar porcelanas de un gran valor artístico, entre ellas aquellas con un trabajo escultórico excepcional, como:

dos cantaros (…) con quatro figuras de angelicos tocando flautas y un remate de flores que salen del tapador y en las assas y picos quatro figuras al grutesco, y de este mismo estilo los cantaros de porcelana (…) con dos assas hechas de dos figuras de hombres al grutesco con un pico y tapador remate con un escudo de las armas reales en el cuerpo.[30]

Estas formas grotescas fueron ampliamente utilizadas en la creación de las piezas producidas en Urbino, al igual que las garras de águila que mencionamos anteriormente. La fama de Urbino en la producción cerámica se basó en el estilo "istoriato" introducido por Nicola Pellipario, también conocido como Nicola da Urbino. Con este género, los objetos de uso cotidiano se transformaron en obras maestras artísticas denominadas "Piatta de Pompa", platos ornamentales en los que la pintura y la escultura compartían protagonismo. La magnificencia de los objetos fabricados en las regiones italianas hizo que muchos de ellos fueran incorporadas a las colecciones de la alta sociedad y la realeza europea.[31]

Dentro de las piezas utilitarias con formas específicas que se mencionan en las colecciones del monarca, destaca el diseño en forma de calabaza en las botellas (Imagen 7). Estos recipientes para líquidos a menudo estaban rematados con tapaderas de oro o plata, e incluso se les añadían otros adornos del mismo material, lo que incrementaba su valor. Este tipo de garrafas de doble panza se usaban principalmente en la mesa y durante el siglo XVII fueron uno de los géneros más populares para la exportación en el mercado europeo y americano. También se exportaron ampliamente a Oriente Medio, especialmente a Turquía e Irán, donde se les añadían elaboradas decoraciones realizadas con materiales preciosos que aumentaban su valor artístico y económico.[32]

Entre las piezas de este tipo que se incluyen para su venta en la almoneda se menciona una calabaza de porcelana decorada en azul y blanca “con un tapador de plata que parece aber tenido agua de olor con una cadenilla de plata (…) al tapador”,[33] descripción que se ajusta a la pieza conservada en el Victoria and Albert Museum (Imagen 6). Durante el siglo XVI, era común rociar agua de olor en camas, textiles y muebles en general, y para este propósito se crearon objetos como vasijas donde se mezclaba el agua con pétalos de flores u otras sustancias fragantes. Estos recipientes solían incluir varillas, hechas de cristal o cerámica, llamadas "almarraxa", que se utilizaban para esparcir el líquido directamente desde la botella (Pleguezuelo, 2000, p. 126). Para cumplir con esta función, las botellas debían tener una boca ancha para permitir la introducción de pétalos y varillas, lo que llevó a que muchas de las botellas que habían sido decoradas con adornos de materiales preciosos pudieran ser utilizadas de esta manera.

Botella con tapador y cadena
Imagen 6
Botella con tapador y cadena
finales del XVI e inicios del XVII, Victoria and Albert Museum, Londres. Núm. inv. C.103-1956. https://collections.vam.ac.uk/item/O33542/ewer-unknown/

Botella de porcelana
Imagen 7
Botella de porcelana
siglo XVI, Victoria and Albert Museum, Londres. Núm. inv. 1573-1876. https://collections.vam.ac.uk/item/O33554/bottle-unknown/

A pesar de que no se describen en los inventarios, se han conservado al menos dos botellas que presentan el escudo de armas personal de Felipe II junto con el de la Orden de San Agustín. La presencia de esta decoración nos plantea la posibilidad de que estas botellas formaran parte de los bienes del rey y, por lo tanto, que la documentación donde se reflejan los bienes del soberano es incompleta. La utilización de los escudos de armas personales como elemento decorativo en objetos cerámicos fue común, especialmente cuando se trataba de regalos personales o cuando se buscaba impresionar a invitados o visitantes.[34] Aunque hay numerosos ejemplos de esta práctica en la cerámica de mayólica italiana, no es tan común en la porcelana oriental del siglo XVI, período al que se remontan las botellas conservadas, lo que nos lleva a pensar sobre su posible conexión con el monarca, aunque carecemos de evidencia documental que lo respalde (Alfonso Mola y Martínez Shaw, 2012a, pp. 165-168).

Las albornías, que son grandes recipientes en forma de taza, y los platos en sus diversas dimensiones, son los géneros más recurrentes en la almoneda de Felipe II. En la mayoría de los casos, se hace mención de que estaban decorados con tonalidades azules sobre fondo blanco, y en algunas ocasiones se añadía un ornamento dorado, como se detalla en las descripciones. Por ejemplo, podemos citar los 912 de porcelana en los que se indica “parte dellos dorados y de colores y los demas azules y blancos.[35]Estas piezas, al disponer de grandes superficies, se prestaban a una decoración más minuciosa y de mayor precisión, por lo que encontraremos diferentes ejemplos en los que los escudos de armas del monarca se repiten. Por ejemplo, se mencionan doce cántaros de barro vidriado “los ochos blancos y quatro azules y blanco, hecho a manera de xina los cuellos largos con assas y escudos de las armas reales”.[36]

En los bienes incluidos en la almoneda de Felipe II existe tambiénun elevado número de aguamaniles referenciados en el inventario: “beyntisiete aguamaniles de porcelana con asas picos y tapadores de diferentes (…) colores” y otros con un mayor trabajo escultórico como las dos figuras de “muger de china que son aguamaniles doradas y de colores, y otros con assas que atraviesan sobre la boca y sus picos a un lado hechos en un mascaron”.[37]Los aguamaniles eran recipientes que se empleaban como depósitos para el agua y su uso estaba dirigido tanto para la limpieza de manos en los banquetes, como en las habitaciones para el aseo personal. En ocasiones, se cita junto a los aguamaniles grandes fuentes que hacen referencia a las vasijas que se colocaban para que el agua no se vertiera en el suelo como:

una fuente grande y un aguamanil del dicho barro la fuente con dos figuras en el medio y una labor por la falda azul y el aguamanil todo blanco con assa pico y tapador y otras dos fuentes y dos aguamaniles de dicho barro las fuentes con unas laborcillas en el medio y alrrededor della Los aguamaniles todos blancos.[38]

Aguamanil
Imagen 8
Aguamanil
Jingdezhen, ca. 1600, The British Museum, Londres. Núm. inv, 1973,0726.380. https://www.britishmuseum.org/collection/object/A_1973-0726-380

Aguamanil
Imagen 9
Aguamanil
Jingdezhen, siglo XVI, The British Museum, Londres. Núm. inv., PDF.704 https://www.britishmuseum.org/collection/object/A_PDF-704

Estos aguamaniles que mostramos en las figuras 8 y figura 9, conservados en The British Museum en Londres, podrían aproximase a los de forma de mujer que aparecen reflejados en la documentación citada. Ambos fueron realizados en los hornos de Jingdezhen en un período aproximado al del reinado de Felipe II. De su estudio observamos como el brazo derecho que forma un pico es por donde se vierte el líquido que se introduce por la cabeza.

La documentación no solo menciona el género de pieza, sino que también proporciona información sobre su origen. Durante este período, la porcelana oriental era altamente apreciada, ya que no solo se trataba de un objeto de gran valor, sino también demostraba un conocimiento del arte mundial por parte de su poseedor. Su auge llevó a que los centros de producción en toda Europa, e incluso en el continente americano, comenzaran a crear productos inspirados en los que llegaban de tierras lejanas. Estos nuevos diseños incorporaban elementos vegetales orientales sobre un fondo blanco, con tonos azules en un principio y más tarde, rosados y verdes, dependiendo de la época.

Sin embargo, el auge de la loza en ese período no se limitó a la mera imitación de las piezas llegadas de tierras lejanas. También se impulsaron nuevas formas y colores, gracias al apogeo que experimentaba este material en el siglo XVI. De esta manera, en las colecciones reales se reunieron lozas finas procedentes de diversas regiones geográficas como obsequio regio de aquellos que deseaban promocionar sus centros productores. Así pues, la apreciación de Felipe II por la cerámica se evidenció en la diversidad de objetos que reunió, provenientes de distintos lugares, como aquellos elaborados en Talavera de la Reina, los virreinatos americanos, los estados italianos y Estremoz (Portugal), entre otros.

Estos son registrados en diferentes ocasiones, algunos ya los hemos mencionado anteriormente, pero también hay otros como “un barrenon grande de faenza todo agallonado con dos assas hechas de unos mascarones con pico”, “una botella de barro de estremoz (…) un brinco amanera de basso de porcelana dorado y berde con un hombre hecha de en Lima quebrada la cabeca con un pico (…) tres leones de barro de talabera que sirben de perfumadores” y “doce tinajuelas de barro de badajoz seis mayores que las otras con quatro barreñones y once pucheros del dicho barro todos con piedras blancas”, entre muchos otros ejemplo más.[39]

Tras el estudio de la almoneda del monarca español, podemos observar como los recipientes sobre los que se describe una mayor variedad de formas son aquellos utilizados para colocar diferentes líquidos en la mesa. Así encontramos un ánade de barro[40] pintado en el que se vierte agua por su asa, cinco garrafas de porcelana, dos de ellas doradas y de colores, y las otras azules y blancas con un pico que sale de la barriga a manera de teta por donde se hecha el aceite” y otras veintidós “con cuellos altos algunas con tapadores y otras sin ellos las tres doradas de colores y las diez y nuebe azules y blancas”.[41]

En ocasiones, estos cacharros aumentaban su trabajo escultórico añadiendo nuevos elementos en sus basas, asas o pico, como por ejemplo el “basso grande de calabaza hecho en la china con una garra de águila por pie con tapador pintado de colores”que encontramos entre los bienes del monarca español.[42]

Para finalizar, cabe resaltar que, entre las piezas de loza y porcelana que reunió el soberano español, existe un destacado número de ornatos para diferentes fines. Podemos destacar los conjuntos escultóricos como: “quatro torillos de porcelana hechados dorados con una figura de hombre hechado encima de cada uno”, “cinco Barquillos de porcelana dorados y berdes con una figura de yndio encima de cada uno”[43]y “una figura de Mujer de la china de porcelana blanca y dorada”.[44]

Algunas de estas piezas fueron heredadas por los sucesores Austrias en el trono español, lo cual manifiesta su alto valor. Por ejemplo, de los cinco torillos dorados con un hombre sobre ellos citados anteriormente, tres se quedaron a cargo del guardajoyas de Felipe III y la figura de David “de barro de diferentes colores puesta sobre una peana con corona en la cabeza y entre los pies la cabeza de un gigante Goliat”[45]aparece descrita en la almoneda de Felipe II donde se menciona que Felipe III la tomaba para su servicio y, posteriormente, se hace referencia a ella en el inventario del guardajoyas de Felipe IV y en la testamentaria de Carlos II.[46] No obstante, su numerosa colección se dispersó tras su muerte entre sus hija Isabel Clara Eugenia y Felipe III, en subastas estatales, en agasajos regios y “se distribuyeron como obsequios reales en los conventos cercanos al alcázar de Madrid” (Krahe, 2018, p. 223).

Por lo tanto, Felipe II acumuló un impresionante repertorio de porcelana oriental para decorar sus estancias reales y embellecer las mesas de sus celebraciones más destacadas. Sin embargo, su aprecio por la cerámica no se limitó únicamente a la importada del lejano Oriente; también mostró interés por la fina loza española como material utilitario en diversas ocasiones. Una prueba de su gran estima por esta cerámica se encuentra en un encuentro que tuvo con Sebastián, el rey de Portugal y sobrino suyo, en el monasterio de Guadalupe. En esa ocasión, Felipe II utilizó loza de Talavera decorada con las armas de Portugal para servir al monarca luso (Sánchez-Cabezudo, 2015, p. 48).

Conclusiones

Tras llevar a cabo el trabajo de investigación observamos como la documentación histórica se convierte en la fuente fundamental para conocer el objeto artístico desaparecido. Sin embargo, es importante tener en cuenta que estos manuscritos no reflejaron completamente todos los objetos que formaron parte de las colecciones reales. Esto se debe a que las obras artísticas no fueron reunidas con la intención de perdurar eternamente, sino que tenían un carácter mucho más efímero. En otras palabras, formaban parte del conjunto artístico debido a adquisiciones propias, regalos recibidos con diversos propósitos y, de igual manera, eran obsequios protocolarios y personales para terceros. Además, la fragilidad de los materiales utilizados en la elaboración de algunos de estos objetos artísticos, junto con los eventos históricos y el desgaste causado por el uso personal, contribuyeron a la pérdida de muchas de estas piezas. Por esta razón, en muchas ocasiones, los inventarios son las únicas herramientas disponibles para comprender el propósito, el valor y la función de estas obras de arte, así como para identificar aquellos objetos que ya no existen en la actualidad.

En este contexto, para acercarnos a las colecciones de cerámica, debemos considerar que la información proporcionada por la documentación es a menudo el único rastro de su existencia, aunque no siempre sea completa. Tanto la loza, la porcelana como el gres se utilizaron para crear objetos tanto decorativas como utilitarias, utilizando materiales que, por sus características, podían ser utilizados como regalos personales. Por lo tanto, además del carácter efímero de estos objetos en la colección, su desaparición puede deberse a pérdidas o regalos, lo que sugiere que la cantidad de piezas creadas con estos materiales y que formaron parte de las colecciones reales podría haber sido mucho mayor de lo que se refleja en los diversos inventarios realizados. Sin embargo, la relevancia de esta documentación es innegable, ya que arroja luz sobre los gustos e intereses de quienes formaron estas colecciones. Además, estos registros nos permiten situar las cerámicas en su contexto histórico y geográfico, lo que a su vez nos habilita para realizar comparaciones con las piezas que han sobrevivido hasta nuestros días, ayudándonos así a comprender mejor la grandeza de las colecciones de lozas y porcelanas de la época.

Si debemos destacar una figura de la dinastía de los Austrias con una fuerte conexión al coleccionismo de cerámica en general, indudablemente sería Felipe II. Este monarca no solo empleó cerámica para embellecer la arquitectura real, sino que también desempeñó un papel fundamental en la promoción de la cerámica en la corte española. A través del análisis de los diferentes inventarios que hemos examinado en este estudio, podemos apreciar una amplia variedad de objetos realizados con este material, tanto de loza como de porcelana, destinados tanto a fines utilitarios como decorativos. La cantidad de estas piezas fue tan significativa que se realizó un registro específico en la Almoneda tras la muerte del rey, exclusivamente dedicado a la sección de cerámica. Este hecho pone de manifiesto la importancia que alcanzó este tipo de objetos en la época, así como la magnitud de la colección reunida por un monarca.

Felipe II mostró una clara preferencia por las piezas de porcelana china de la dinastía Ming, caracterizadas por su decoración en azul sobre fondo blanco. Esto refleja el prestigio que alcanzó la "porcelana blanca" de Oriente durante el siglo XVI, con el azul como pigmento distintivo por excelencia. Sin embargo, también encontramos en su colección un número significativo de mayólicas italianas, lo que pone de manifiesto cómo la cerámica italiana logró ganarse un destacado reconocimiento y equipararse al prestigio de la porcelana china en las preferencias del monarca.

En lo que respecta a las categorías de objetos, es notable que la mayoría de las piezas que Felipe II reunió en su colección correspondían a servicios de mesa. Esto se debe en gran parte a que, en aquellos tiempos, la comida se convertía en un verdadero espectáculo cuando el rey tomaba asiento en la mesa. En este contexto, el soberano no era considerado como una figura privada, sino como la representación de la Corona misma; así pues, cuando el rey comía, lo hacía en nombre de la institución real. Por esta razón, se desarrolló un elaborado ritual en torno a las comidas reales, que en muchas ocasiones se convirtieron en eventos públicos, siempre regidos por un estricto protocolo de etiqueta. El rey podía comer solo, en familia o rodeado de una gran número de personas, fuese como fuese, todo era cuidado y organizado hasta el último detalle, siguiendo un ritual que requería el trabajo de numerosos servidores quienes tenían sus propias funciones tanto en los preparativos alimenticios como en el servicio de la comida. Con la llegada de los Austrias se aplicó la Etiqueta de la Casa de Borgoña, la cual aumentó la ostentación y lujo alrededor de la mesa, y convirtió el arte de comer en una acción más ceremonial.[47] Esta Etiqueta precisó de un mayor número de cargos y sirvientes, y de material para llevar a cabo la función, por lo que el acto de comer simbolizó la riqueza de un país dueño de medio mundo como fue España en el reinado de Felipe II. Esto justifica que, el monarca español, reuniera servicios de mesa elaborados con diferentes materiales para ser cuidadosamente expuestos en los banquetes y convites organizados que convirtieron a la mesa en el mejor escaparate donde mostrar las riquezas de las artes decorativas que atesoraban sus colecciones privadas y, entre ellos, la cerámica ocupó un papel prioritario. Por un lado, la exhibición de la porcelana les hacía conocedores del arte mundial puesto que era el objeto artístico más valorado en el lejano Oriente, y por otro, porque se convirtieron en el soporte idóneo donde plasmar acontecimientos históricos relevantes o elementos simbólicos y emblemáticos de los anfitriones e invitados.

En definitiva, con el estudio de la documentación conservada observamos como la colección de cerámica del monarca tenía un valor incalculable por lo que estuvo formada por todo tipo de objetos. Dentro de esta recopilación, se identifican géneros procedentes de diversos centros de producción, adornados con una amplia gama de decoraciones, algunos con incrustaciones de materiales preciosos y otros sin ellas, presentando filigranas de oro en algunos casos o careciendo de color en otros, elaborados con distintos tipos de pastas y destinados a diversas funciones, ya fueran historiadas o carecieran de decoración alguna, entre otras características.

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Notas

1 Estas recientes rutas comerciales no marcaron el inicio de la conexión entre Asia y Europa. Muchos siglos antes, la Ruta de la Seda había sido la principal vía para transportar mercancías desde Oriente hasta el Continente europeo. Sin embargo, debido al control otomano sobre estas tierras, las monarquías europeas exploraron la posibilidad de establecer otras vías comerciales que conectaran ambos continentes.
2 Destacar el papel de los Avis de Portugal durante la primera mitad del siglo XVI, lo que convirtió a Lisboa en la principal puerta de acceso de productos orientales a Europa (García-Ormaechea, 2003, p. 25) y los Austrias en España con América en un principio y, desde la segunda mitad del siglo, con la conexión entre Filipinas, los virreinatos americanos y España a través del puerto de Sevilla.
3 Sobre estudios de las relaciones entre Asia (China y Japón), Filipinas y España, Tremml-Werner (2015).
4 Para reparar la prácticamente imposible obtención de las piezas para el resto de la sociedad, se empezó a dar forma a una loza fina con la que se moldearon imitaciones que satisficieron a quienes se quedaron fuera del reparto inicial. Esto es muy interesante para la historiografía de la cerámica puesto que este periodo se caracterizó por el progreso de su técnica y ornato que dio forma a piezas suntuarias y de distinguida calidad artística. Como resultado, los servicios de mesa, así como decorativas y utilitarias de loza, gres y porcelana fueron exhibidas junto a objetos de destacado valor artístico y cargado significado personal en las colecciones de los diferentes miembros de las monarquías europeas.
5 Sobre el coleccionismo, uso y encargos de cerámica de Felipe II: Calvo (2019).
6 Las colecciones de su cuarta esposa, Anna de Austria, también se vieron ampliadas por objetos procedentes de la almoneda de la princesa Juana que adquirió expresamente Felipe II para ella (Pérez de Tudela Gabaldón, 2005, p. 198). Sobre la colección de porcelana de Juana: Calvo (2021).
7 Se indica en el margen derecho que las sesenta porcelanas del príncipe Carlos son vendidas para su majestad. Almoneda y tasación de la hacienda del príncipe Don Carlos. 28 de diciembre de 1569. Leg. 1092. Contaduría Mayor de Cuentas. Archivo General de Simancas en Valladolid (en adelante, AGS). El inventario de bienes del príncipe: 1565-1568. Legajo 1051. Contaduría Mayor de Cuentas, 1ª época. AGS.
8 Sobre su colección en el alcázar ver: Sáenz (1994). Estudios reciente sobre la colección del monarca en el alcázar Krahe (2020).
9 Al igual que Felipe II, también otros Habsburgo incluyeron en sus residencias espacios donde exhibir sus colecciones. Por ejemplo podemos nombra como el castillo de Ambras fue transformado por el archiduque Fernando de Austria, segundo hijo del emperador Fernando I y hermano de Maximiliano II, en 1563 para convertirlo en su residencia, lugar donde se custodiaron sus colecciones. Su biblioteca, cámara artística y armería podía ser visitado por todos aquellos que se acercaban a Tirol como si de un Museo se tratase (Cano de Gardoqui, 2001, p. 109).
11 11 de febrero de 1591, Madrid. Expediente sobre guardajoyas: 1579-1608. Administración General, legajo 902/1, expediente 5. Archivo General de Palacio (en adelante, AGP).
12 27 de julio de 1597, Madrid. Expediente sobre guardajoyas: 1579-1608. Administración General, legajo 902/1, expediente 7. AGP
13 Mayo-Agosto 1596. Expediente sobre guardajoyas: 1579-1608. Administración General, legajo 902/1, expediente 6. AGP.
14 Cuando se menciona "porcelana de ágata", entendemos que "ágata" se refiere al material y, por lo tanto, no está relacionado con el objeto de estudio que nos ocupa, por lo que no se incluye en nuestra consideración.
15 Sección de Registros, libros 235 y 236. AGP.
16 Testamentaria de Isabel de Farnesio. 18 de octubre de 1772. Caja 137. AGP.
17 Sección de Registros. Libros 235 y 236. AGP.
18 Sobre las colecciones artísticas de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón: Francisco Javier Pizarro (2016).
19 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42. AGP.
20 Testamentaria del Rey Felipe II. 1602. Sección Registros. AGP. s.f.
21 Piezas como esta son representadas en la obra de Jan Brueghel el Viejo y Pedro Pablo Rubens La Vista conservada en el Museo del Prado, Madrid. Núm. inv. P001394.
22 Se menciona la pieza durante época de Felipe IV: Inventarios de las Alhajas y de todos los demás efectos de que se hacían cargo los jefes de este real Oficio. Años: 1664 a 1700. 5 de noviembre de 1669. Guardajoyas. Administración General. Legajo 905, ff. 128-129. AGP. También durante la época de Carlos II: Fernández Bayton (1975).
23 Testamentaria del Rey Felipe II. 1602. Sección Registros. AGP. s.f.
24 De esta forma pero diferente decoración encontramos algunas conservadas en el The Metropolitan Museum of Art, núm. inv. 2003.232 y nº inv. 68.180.
26 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42. AGP.
27 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 152. AGP.
28 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, fol. 164. AGP.
29 Cargo de las porcelanas Bedriado bucaros y barros que ha incluido para bender en la almoneda (CPBBB). 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, ff. 346-359. AGP.
30 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 346. AGP.
31 Sobre la colección de mayólica italiana de Felipe II: Calvo (2022, pp. 435-459).
32 Interesante trabajo sobre las artes decorativas islámicas de Robert Hillenbrand (2019) y sobre la cerámica en particular: Simeon (2020).
33 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 346. AGP.
34 Sobre la decoración de armas ver Rocío Díaz (2010).
35 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 348. AGP.
36 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 346. AGP.
37 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 349. AGP.
38 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 349. AGP.
39 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, ff. 349, 355, 357. AGP.
40 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 347
41 CPBBB 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 353.
42 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 356.
43 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 355.
44 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 355.
45 CPBBB. 1617. Administración General. Legajo 903, expediente 42, f. 351.
46 Se menciona la pieza durante época de Felipe IV: Guardajoyas. Inventarios de las Alhajas y de todos los demás efectos de que se hacían cargo los jefes de este real Oficio. Años: 1664 a 1700. 5 de noviembre de 1669. Administración General. Legajo 905, ff. 128-129.AGP. También queda reflejada en las colecciones de Carlos II (Fernández Bayton, 1975, p. 171).
47 Sobre el ritual de comer en los Austria (Pérez Samper, 2014).
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