

DOSSIER: DIÁLOGOS DE INVESTIGACIÓN: MUJERES LATINOAMERICANAS Y ARGENTINAS EN LA REVISTA «SUR»
IVONNE BORDELOIS Y SU TRABAJO EN LA REVISTA SUR
Ivonne Bordelois and Her Work at Sur Magazine
Gramma
Universidad del Salvador, Argentina
ISSN: 1850-0153
ISSN-e: 1850-0161
Periodicidad: Bianual
vol. 36, núm. 74, 2025
Recepción: 03 febrero 2025
Aprobación: 12 marzo 2025
Resumen: La escritora argentina Ivonne Bordelois, lingüista y poeta, ha sido una colaboradora activa en la revista Sur entre 1960 y 1982. Acercó reseñas para «Notas bibliográficas» (la sección sobresaliente en la publicación bimestral), pero también ensayos y crónicas. En los últimos años, ha traído nuevamente la atención del público al trabajo de Victoria Ocampo (1890/1979) con su libro Victoria, paredón y después. En este artículo, se anticipa una entrevista hecha a Ivonne Bordelois a sus noventa años, donde consigna algunos aspectos del trabajo en la famosa publicación argentina del siglo xx y echa luz sobre las posibles causas del debilitamiento de la revista en su última década.
Palabras clave: Ivonne Bordelois, revista Sur, Victoria Ocampo, entrevista.
Abstract: Argentine writer, poet and linguist Ivonne Bordelois has been a collaborator for Sur magazine from 1960 to 1982. She handed in reviews to appear in «Notas bibliográficas» (the outstanding part of the bimonthly periodical), as well as essays and chronicles. She has lately brought Victoria Ocampo’s (1890/1979) work back to public attention through her book Victoria, paredón y después. This article previews a conversation with the 90-year-old Bordelois, who looks back on the work routine at the famous 20th century Argentine magazine, and sheds light on the possible reasons for its later decline.
Keywords: Ivonne Bordelois, Sur magazine, Victoria Ocampo, interview.
La escritora argentina Ivonne Bordelois nació en Alberdi, provincia de Buenos Aires, donde creció en contacto con la naturaleza y las costumbres de los suyos, una familia de ascendencia francesa y española que poseía una rica biblioteca. Pasó sus tardes de infancia rezando novenas en alegre procesión alrededor de la casa, con su abuela, tías y primos, y las plegarias se mezclaban con el canto de los pájaros de nuestra llanura, y con las carreras furtivas de liebres y de teros. Una envidiable galería de paraísos y hiedras cobijaba a esa familia peregrina y variopinta en su andar bucólico.
Esta y otras memorias igualmente profusas habitan las páginas del texto autobiográfico Noticias de lo indecible (2014). Como era de esperar, de esas experiencias salió una poeta sutil y prolífica. Pero la lírica que inspiraron esos paisajes no fue el único fruto literario que dio Bordelois. Ensayos, crítica bibliográfica y todo tipo de prólogos, artículos y ediciones completan un corpus complejo y generoso.
De su propio puño, tenemos estudios sobre Jorge Luis Borges, Ricardo Güiraldes, Leopoldo Lugones y Victoria Ocampo; un análisis siempre renovado y actualizado sobre el género epistolar en Alejandra Pizarnik[1]; y los libros donde esparce su fascinación por las palabras y la etimología[2], que le valieron éxito de ventas; a esto se suman sus libros de poesía (El alegre apocalipsis, 1995; Torcaza y delantal celeste, 2021). Ángela di Tullio coordinó Una guarida de palabras (2021), volumen de artículos exclusivamente dedicado a Bordelois, e Ignacio Bosque define a nuestra entrevistada con precisión: «maestra en el difícil arte de admirar las palabras» (Di Tullio, 2019, p. 14).
A sus noventa años, Ivonne sigue activa, lúcida, curiosa y trabajadora. Fuera de leer y escribir en forma constante, se mantiene informada y actualizada. Se levanta al alba y recorre, todos los días, las páginas de cuatro periódicos argentinos, además de repasar otros extranjeros. Los sábados, es espectadora firme del programa televisivo de Cristina Mucci[3] y, además, va con frecuencia al cine y al teatro. Esto no le quita ni un minuto de sus ratos ociosos con amigos y colegas, a quienes visita o recibe a diario. Y siempre está dispuesta a ayudar a periodistas, editores e investigadores. Claro está: es alguien de referencia obligada cuando se trata de hablar de la literatura argentina (ciñámonos a esta por el momento) del siglo xx, tanto como protagonista, como en calidad de testigo privilegiada y siempre activa.
Entre sus múltiples actividades, se cuenta la de recibir reconocimientos y premios, aunque no le parece relevante mencionarlos, «porque la vida de un escritor ―y la de todo el mundo, aclara― está tejida de alegrías, logros, silencios y fracasos, y resulta engañoso y vanidoso citar unos y ocultar los otros» (Bordelois, 2021, p. 64).
En esta particular mañana de viernes, Ivonne Bordelois es toda sonrisas. Sus ojos azules se mueven con ligereza, aunque miran fijo, indagadores, cuando algo la inquieta. La situación cultural y moral del país la apena e intranquiliza, pero se ilumina y quiere saber más al enterarse de que Victoria Ocampo y el grupo Sur siguen despertando inquietud en los jóvenes ―o no tanto― que se dedican a las Letras.
Esto último no es de extrañar, ya que, en su larga vida, Ivonne ha bebido de las fuentes, luego se ha ido por los caminos llevada por su capacidad y su tesón; y, finalmente, ha vuelto a su lugar de origen para ver en carne propia qué quedaba de todo aquello que tanto la desveló.
Se formó en la Universidad de Buenos Aires. Fue colaboradora de la revista Sur entre 1960 y 1982, y alternó sus estadías entre Buenos Aires y París, porque hizo estudios en la Sorbonne. Más tarde, su perfeccionamiento la llevó a Massachusetts. Allí se doctoró bajo la dirección de Noam Chomsky. Una oportunidad nada despreciable la llamó desde Holanda, donde residió muchos años como catedrática en la Universidad de Utrecht.
En 1994, volvió a su país. Dejó de lado la lingüística y los claustros. Se abocó a su nunca abandonado oficio de poeta, a la vez que seguía investigando, por cuenta propia, temas que siempre la apasionaron: la etimología (con un compañero sempiterno, Miguel Mascialino) y el devenir de la obra de Victoria Ocampo. La gesta ―hoy casi considerada heroica― de la directora de Sur la sigue fascinando, y a esto dedicamos nuestra conversación.
La entrevista, riquísima, será publicada próximamente en forma completa. No obstante, algunos extractos nos pueden iluminar hoy acerca de una época específica en el devenir de Sur: desde la caída del peronismo por la Revolución Libertadora hasta comienzos de la década de 1970, cuando la revista interrumpe su tirada bimestral, y solo procede a reeditar colaboraciones anteriores en números especiales.
En esta presentación, se dan a conocer tres aspectos de la entrevista: el modo en que los jóvenes colaboradores son reclutados en Sur; la distribución y juicio de las colaboraciones; y la brecha generacional cuando la publicación vislumbra su creciente marginación.
Marcos Montes Welch [en adelante, M. M. W.]—¿Cómo llegaste a la revista Sur?
Ivonne Bordelois [en adelante, I. B.]—Fue así: yo estaba en la facultad, y ahí había un grupo de gente. Éramos católicos, en general. Había una revista que sacaba María Esther de Miguel, que se llamaba Señales[4]. María Esther era una chica encantadora, era judía. Es decir, su madre era judía: eran de Entre Ríos. Pero María Esther era muy católica y se hizo paulina. ¿Has oído hablar de los paulinos? Eran laicos consagrados. Tenían un grupo que más bien apuntaba a lo intelectual. Y María Esther tenía mucha polenta; tuvo, en un momento, un éxito loco, semejante al de Beatriz Guido, pero de otra manera, porque lo que hizo María Esther fue la novela histórica: fue la que rompió la primera frontera de desinterés que había sobre eso, y empezó a sacar libros que tuvieron un éxito loco. Pero, en aquel tiempo, ella dirigía esta revista, Señales, en donde lo único que se publicaba eran reseñas. Todo ese grupo de la facultad, de actividad cristiana, digamos, interveníamos ahí. Y yo escribía ahí.
M. M. W.—Pero todavía eran todos estudiantes.
I. B.—Sí, todavía. En un momento dado, yo tenía la colección completa de la revista Señales, después fue una de las tantas cosas que se perdieron con las mudanzas. La historia es que yo no recuerdo quién de ese grupo ―puede haber sido César Magrini― le comentó a Pepe Bianco que mis reseñas en esa revista eran muy buenas. Pepe le había dicho «es que nosotros necesitamos sangre joven en Sur, porque estamos todos ya promediando más de sesenta; necesitamos gente joven para tener una visión más fresca de lo que está pasando, y saber cómo leen los chicos de hoy». Y, entonces, Pepe me llamó para conocerme, para ver si yo estaba dispuesta: para ver si yo era elegible. Porque las recomendaciones que te hace la gente, vos no sabés nada hasta que ves a la persona. Entonces, en ese momento, Pepe vivía en un departamento muy coqueto, muy lindo, en la calle Cerrito, cuando estaban abriendo la [avenida] 9 de Julio, ya te digo, habrá sido en el cincuenta y siete o el cincuenta y ocho ―entré en Filosofía y Letras en 1952 (a los dieciocho años) y egresé en 1958, con veinticuatro―. La cuestión es que me presento. Yo, en esa época, parecía mucho más joven de lo que era. Estaba en mis veintes, y parecía de quince. Pepe abre la puerta, ve una nena, y dice: «Pero usted es muy joven, como diciendo “ya va mal”».
M. M. W.—Él había pedido gente joven, pero no jardín de infantes.
I. B.—Entonces me hizo pasar. Charlamos. Parece que lo impresioné bien. De todos modos, mi primera colaboración fue un drama. Ya conté esto en un texto que publiqué sobre él[5]. Me dio una novela. Yo leía [la revista] Sur: sabía cómo era el tono de las reseñas. A mí me parecía que Sur era un poco demasiado guardada, sobria; que podían experimentar cosas de mayor ruptura. La cuestión fue que con ese primer libro, yo, ¡páfate!: palo que va, palo que viene. Muy orgullosa de mi hazaña, la mandé a Pepe. Él me llama y me dice que es demasiado. Me propuso omitir esa nota. Me pulseó para saber cómo me caería a mí que no la publicasen. Era mi primera colaboración. Y yo estuve a punto de decir: bueno, entonces yo aquí no voy a colaborar, porque si no tengo libertad… estuve a un segundo de hacer eso. Pero pensé: no. Yo era tan joven, estaba en esa edad de la furia. Pero supe que tenía que cerrar el pico. Yo me daba cuenta, por lo que leía que se publicaba y por lo que se decía, que colaborar en Sur era lo mejor que te podía ofrecer en ese momento la cultura porteña. Era medio kamikaze mi actitud.
M. M. W.—Aquí veo que tu primera reseña publicada, en 1960 (tuve que buscar el librito porque no lo conocía), fue sobre El tiempo más hermoso, de Jorge Vocos Lescano.
I. B.—Ah, sí.
M. M. W.—Miré un poco de qué se trataba. Es que yo a Vocos Lescano lo conozco como poeta y deduje que, al dedicarte vos también a la poesía, era lógico que te lo entregasen para reseñar, pero veo que no era eso.
I. B.—No. Era un libro de prosa.
M. M. W.—Al haber escuchado unos extractos de ese libro, porque hicieron en Córdoba un video muy lindo sobre ese texto…
I. B.—Allí es un autor totalmente olvidado. Cuando hablo de él, en Córdoba, nadie lo recuerda.
M. M. W.—¡Justo! Este libro cuenta su experiencia en Río Segundo, y entendí que vos podrías haber encontrado una gran similitud entre sus recuerdos de infancia y los tuyos en un ambiente provincial.
I. B.—Es que yo lo quería mucho a Vocos Lescano, aunque no lo conocía personalmente. Después me contaron que era muy picaflor y muy alcohólico; en la Academia no lo querían mucho por eso, porque los hacía quedar mal. Pero era un gran poeta, algunos de sus sonetos son preciosos.
M. M. W.—Vos hiciste muchas colaboraciones para Sur entre 1960 y 1965. Salvo alguna publicación que habías hecho con Alejandra Pizarnik, el resto son todas reseñas. ¿Vos aún no habías editado trabajos propios? ¿Ya escribías poesía?
I. B.—Sí. Pero los poemas míos yo los circulaba entre un grupito de amigos míos solamente. Mi hermano Gastón, que me llevaba un año y medio nada más, estaba en [la facultad de] Derecho, allí era compañero de Mariano Grondona. Tenía un grupito y nos juntábamos a leer poesía: a Neruda, a otro muchacho boliviano muy interesante, los poetas de ese momento. Ahí también leíamos nuestros propios poemas, pero ya te digo, algo de grupito pequeño. Luego, una amiga mía de la facultad, sin pedirme permiso, lo publicó en una hoja. Creyó que si me consultaba, yo le iba a decir que no. Era una hojita que sacaban los estudiantes católicos cristianos ―que después fuimos humanistas, naturalmente―. Era un poema de lo más inocente, pero muy lindo. Se llamaba «Viaje al país de las aguas». Fue muy impresionante: me sorprendió verme en letras de molde, en ese momento eso no me identificaba. La madre de una amiga mía me llamó por teléfono para darme su interpretación del poema. Y a mí, tan chica, me impresionó muchísimo, salir con ese poema y tener inmediatamente una devolución: que yo le había hablado al corazón de una persona. Porque cuando sacás un artículo crítico, enseguida recibís algún rebencazo.
M. M. W.—Para ese momento, este poema era lo único que tenías publicado de escritura creativa, digamos. Alicia Jurado recordaba que entró a Sur para reseñar libros. Años después, consideró que no era tan atinado confiar a la gente joven criticar libros cuando ellos mismos aún no habían publicado ninguno[6].
I. B.—Es verdad eso.
M. M. W.—¿Vos qué opinión tenés? ¿No lo considerabas un impedimento, o quizás hoy lo pensás distinto?
I. B.—No, porque te voy a decir que, en la facultad, lo que en ese momento cundía mucho era la lectura crítica; no como ahora, que te encajan parvas de bibliografía y no te preguntan jamás qué te parece esto o hay poco espíritu de reflexión. Lo que hacíamos en la facultad, justamente, en gran medida, tenía que ver con eso de reseñar, de criticar: si nos daban un texto de Virginia Woolf, tenías que decir qué pasaba con ese texto en relación con su momento y con otros autores. La mía fue una generación de mucha pericia o al menos de mucha intención crítica, de mucho afán y ahínco en trabajar las herramientas para hacer crítica. Eso era lo que se te pedía en los exámenes de la facultad. Sobre todo, en el grupo mío se daba mucho eso.
M. M. W.—¿Tus contemporáneas Alejandra Pizarnik, Alicia Dujovne Ortiz, Sylvia Molloy, entraron con vos en la misma época a Sur?
I. B.—No. Yo fui la primera. Sylvia vino después. Yo las presenté a Sur. Es decir, a Pepe y a Enrique [Pezzoni], que eran como una dupla. Ellos habían sido pareja en un momento, decirle a uno era como decirle al otro. Yo era muy amiga de Sylvia y de Alejandra. Pero eso fue después de mi segundo viaje a París. Yo fui a París entre 1958 y 1959, después volví en 1960.
M. M. W.—¿Las reseñas te eran encargadas por Pepe o Pezzoni, o vos proponías sobre qué libro querías escribir?
I. B.—No, nunca se me ocurrió.
M. M. W.—¿Había cuestiones de espacio para las reseñas? Había tanta diferencia…
I. B.—¿Viste? ¡Algunas eran muy largas!
M. M. W.—Y otras muy cortas.
I. B.—Después hubo una muy importante de Syria Poletti (1961).
M. M. W.—Sí, sí. Gente conmigo.
I. B.—Gente conmigo. Que yo también le di palo. Y a Bianco no le gustó que yo hiciera eso. Entonces, le hizo toda una reseña a mi reseña y me mostró cómo era yo de esnob, y decía que yo en la facultad había tomado aires de gran inquisidora y que había cosas que yo señalaba como cursis. Entonces él apuntaba: «¿Esta frase le parece cursi? Ahora le voy a mostrar una frase de Balzac…». Me animaba a no juzgar por las primeras apariencias y que me fijase un poco más lo que había detrás. Me frenó; me enseñó mucho. Aprendí muchísimo de Pepe. Era cierto: tenía razón. Yo era medio amanerada, y todo tenía que ser intelectual, denso, simbólico, borgeano, y esta escritora iba por otro lado. Pepe tenía un dial muy amplio y quería que la revista no fuera solamente por un canal, sino que hubiera varias tendencias.
M. M. W.—Le interesaba que vinieran los reseñistas jóvenes con su nuevo decir, pero tampoco que se ufanasen…
I. B.—Que no fueran inquisidores ridículos.
M. M. W.—¿Con Pezzoni tuviste un intercambio parecido?
I. B.—Enrique no tachaba tanto como Pepe. Pero hacía comentarios; te ayudaba a mirar quién era todo el grupo que no aparecía en la facultad porque eran todos escritores muy contemporáneos y que podían ser muy interesantes. Eso era muy lindo.
Moviéndonos a otro tema, no podemos desaprovechar la oportunidad de hablar, en los albores del siglo xxi, de cuestiones relacionadas con el feminismo ―que tanto defendió Victoria―, con una perspectiva temporal, remontándonos a la década de 1960.
M. M. W.—Es notable que escritoras nacidas cuarenta años después que Victoria, o después del año de inauguración de la revista, también vuelven los ojos a la literatura francesa con gran fruición. Vos, Alejandra Pizarnik, María Elena Walsh. Bueno, de hecho, María Elena, Sylvia Molloy y Alicia Dujovne se van a vivir a Francia, vos y Pizarnik pasan mucho tiempo allí también. La francofilia siguió enhiesta entre todos en Sur, aun en distintas generaciones. Además de este punto en común, ¿cómo podemos describir el feminismo visto por ustedes a diferencia del que esgrimían Victoria y Alicia Jurado, por ejemplo, que clamaban por divorcio y aborto, pero con una gran diferencia de edad?
I. B.—Victoria, en particular, por haber sido líder del movimiento feminista, estaba más en las cosas concretas como el divorcio, aborto ―de aborto habló una sola vez, me parece, no se jugaba tanto con ese tema―, la patria potestad. Todo eso para ella fue muy importante. Nosotras estábamos menos en esos asuntos; es que a nosotras nos agarró la gran ola de la revolución cubana. Estábamos más en la parte del socialismo. En la guerra fría; concentradas en ver cómo Estados Unidos avanzaba. Eso fue superior en nuestro tiempo al tema feminista. Alejandra, en realidad, participa de una encuesta sobre la situación de la mujer en Sur, y ahí se la ve muy decididamente feminista, pero, en partes de su diario, asegura detestar a las feministas. Toda la parte combatiente, militante, a ella le resultaba muy ajena. Sylvia era demasiado sutil para entrar en eso; a ella le interesaba discutir lo que ocurría con Deleuze, Foucault, las cuestiones de los textos autobiográficos, el yo, Borges, era muy sofisticada. Y yo estaba más metida en la parte del socialismo cristiano, el humanismo, me interesaba el material de Teilhard de Chardin, ese tipo de ideas.
En 1968, Bordelois hace la última colaboración para la revista en vida de Ocampo. Volverá a publicar allí recién en 1982, cuando Sur homenajea a su fundadora y a otros colaboradores en forma póstuma. Nuestra entrevistada, siempre atenta al devenir de los tiempos, ha vivido en persona la desorientación de la vieja guardia de la revista con el cambio de paradigma social argentino. Como bien expuso John King, el final de la década de 1950 fue determinante en el ocaso de Sur:
Puede considerarse que los años posperonistas anunciaron un proceso de modernización, pero Sur no se encontraría en la vanguardia del movimiento. Explicar por qué esta élite modernizadora fue desplazada por otras fuerzas requerirá una ojeada más minuciosa a los acontecimientos de la Argentina desde la caída de Perón hasta 1970, cuando [el país] estaba experimentando las consecuencias del Cordobazo, el desarrollo de la protesta juvenil y la violencia de las guerrillas. Era un clima cultural que Sur ya no podía influir, y ni siquiera comprenderlo: sus sueños de reconstrucción nacional se evaporarían […]. (King, 1986, p. 207)
Por su parte, al repasar aquella crisis del liberalismo en la Argentina, el investigador Pedro Sondereguer expone lo siguiente:
En 1960, la dirección de Sur dirigió a sus colaboradores y allegados una carta en la que les pedía una reflexión sobre el estado del país. El número se llamaría «Examen de conciencia» y saldría para evocar los 150 años transcurridos desde la Revolución de Mayo. Son, esos años de 1960, tiempos incómodos para la conciencia argentina. Aunque muchos de los convocados eluden la cuestión o sencillamente no envían sus trabajos, los escritos de Ernesto Sábato, Enrique Anderson Imbert, Jorge A. Paita, Luis Emilio Soto, Wladimiro Acosta expresan juicios y esbozan análisis que suponen, en realidad, una ruptura. (Sondereguer, 1992, p. 422)
M. M. W.—En ese año, en el número 267, publicaste «Memorias de un sesquicentenario formal».
I. B.—El número del sesquicentenario fue muy criticado. Porque en ese número salía todo el tema de la crítica al peronismo, de cómo hasta 1955 «habíamos estado sojuzgados»… ese número marcó un poco la defenestración de Sur por parte de la prensa biempensante. Entonces, Victoria se inquietó y organizó dos reuniones de colaboradores de Sur. Me invitaron a mí porque me consideraban como representante de la generación joven de Sur. Debía hacerme cargo de esas críticas, tratar de saber en qué Sur había descarrilado. Y yo me peleé con Murena en esa reunión. Él defendía la política de Sur, y yo advertía que no se habían dado cuenta de lo importante que era lo que estaba ocurriendo, que anunciaba un tiempo nuevo y una manera diferente de ver las cosas. Y yo salvé, si bien no totalmente, casi todo el contenido de una de esas reuniones, lo tengo en algún lado, unas fotocopias. Eso muestra hasta qué punto Victoria tuvo el presentimiento de que la cosa ya no funcionaba; y hasta qué punto yo estaba también imbricada en eso. Se marcó una distancia entre Victoria y yo; yo venía a decirle que tenía razón en estar preocupada, porque los problemas eran ciertos. Porque yo me daba cuenta de que todo el grupo estaba muy acantonado en una reacción antiperonista y en no querer abrirse a lo que estaba ocurriendo. Si tengo tiempo y tengo suerte de encontrarlo, te lo voy a pasar.
La entrevista completa a Bordelois analiza varios otros aspectos de la revista y de su comité de colaboradores: la indudable supremacía cultural de sus hacedores; los prejuicios que los condicionaban y con los que eran vistos; la clara libertad con que las mujeres publicaban en sus páginas; la personalidad de Victoria y su enfrentamiento tácito con Borges, Bianco y Pezzoni, en cuanto a gustos literarios; la llegada de Pizarnik a la revista; el panorama teatral argentino visto por los redactores de Sur; y una valoración, al día de hoy, de la figura de Victoria Ocampo y de su legado.
Referencias
Balderston, D. (Comp.). (2006). Las lecciones del maestro. Homenaje a José Bianco. Beatriz Viterbo.
Bordelois, I. (1995). El alegre apocalipsis. Grupo Editor Latinoamericano.
Bordelois, I. (2003). La palabra amenazada. Libros del Zorzal.
Bordelois, I. (2005). El país que nos habla. La Nación-Sudamericana.
Bordelois, I. (2006). Etimología de las pasiones. Libros del Zorzal.
Bordelois, I. (2009). A la escucha del cuerpo: puentes entre la salud y las palabras. Libros del Zorzal.
Bordelois, I. (2010). Del silencio como porvenir. Libros del Zorzal.
Bordelois, I. (2014). Noticias de lo indecible. Edhasa.
Bordelois, I. (2021). Torcaza y delantal celeste. Nudista.
Bordelois, I. (2024a). Bonnefoy y Pizarnik, una amistad con la poesía. Abisinia.
Bordelois, I. (2024b). Aquí estoy, todavía. Correspondencia Ivonne Bordelois-Alejandra Pizarnik. Las furias.
Di Tullio, A. (coord.). (2019). Una guarida de palabras. Homenaje a Ivonne Bordelois. El Zorzal.
Jurado, A. (1990). El mundo de la palabra. Emecé.
King, J. (1986). Sur. Estudio de la revista argentina y de su papel en el desarrollo de una cultura. 1931-1970. Fondo de Cultura Económica.
Poletti. S. (1961). Gente conmigo. Losada.
Sondereguer, P. (1992). La crisis del liberalismo argentino: su expresión en la revista Sur. 1960-1961. América. Cahiers du CRICCAL, (9-10), 421-427.
Vocos Lescano, J. (1959). El tiempo más hermoso. Losada.
Notas

