CREACIÓN

RASGANDO LA NOCHE

Tearing the Night

Maricel Pelegrín
Universidad del Salvador, Argentina

Gramma

Universidad del Salvador, Argentina

ISSN: 1850-0153

ISSN-e: 1850-0161

Periodicidad: Bianual

vol. 36, núm. 74, 2025

revista.gramma@usal.edu.ar



Alguien percutía la aldaba en el insondable corazón de la noche destemplada. Eran repiqueteos suaves pero continuos, denotaban insistencia, una inflexible decisión de interrumpir el elocuente sosiego nocturno. Quienes han experimentado estos signos audibles, conocen el significado de esos presagios sombríos que se agazapan para asaltarnos sin piedad durante las oscuras horas. Irrumpen con su fragor quebrando esa quietud aparente que nos cubre cuando caen las primeras sombras. Es precisamente durante su trayecto cuando la vida cobra una dimensión sustanciosa, de plenitud multivocal. Todo puede suceder en el ámbito denso de la nocturnidad. Podría decirse que contiene una condición ontológica, por lo tanto, de sensible materialidad corpórea.

En ese entorno Mora fue presa de un inquietante despertar. Abrió sus ojos en la misma gama insondable de la oscuridad reinante. De forma inmediata tuvo la presunta convicción de que la envolvía un estado de ensoñación y que las huellas sonoras percibidas eran su engañoso producto. Sin embargo, las señales audibles e inequívocas, esta vez, confirmaron una presencia reveladora.

Aunque se esforzó por incidir con su vista los contornos de su habitación, ni un mínimo rayo de luz la estimuló. Transcurría el ciclo de luna nueva. La realidad otra de un descanso suspendido la envolvió. Sus párpados se cerraron solo por un instante. La tenacidad de quien insistía en quebrar la quietud aparente de la noche, convirtiendo sus intenciones en signos vibrantes, logró encender su estado de vigilia. Rápidamente se sacudió el sopor y con la voz aún presa de un tono grave, trató de apaciguar al no convocado visitante en esas avanzadas horas.

—Ya va, un momento por favor.

Ante el resonante eco de estas palabras, el reclamo audible y pertinaz cesó de inmediato. Le insumió apenas un instante tomar conciencia que la separaba una corta distancia del origen del reclamo. Abrió la puerta con decisión. Una racha de aire helado le impactó en el rostro, al mismo tiempo que sentía la presencia acechante de una espectral figura. ¿Por qué la noche es una eficaz e inequívoca portadora de mensajes funestos? Precisamente, no estábamos frente a una excepción. La dama de negro se filtraba clandestinamente, reptaba por los muros sin que mediara invocación alguna.

Regresó a refugiarse entre las delicadas sábanas de algodón egipcio, pero ya el sueño no la congregó para unirse a su estado. El insomnio la flageló como muda rehén, abatiéndola en los pensamientos más paradójicos, transportando su mente por caminos alternativos. ¿Era posible que su fértil imaginación onírica la hubiera confundido al punto tal de conducirla a la puerta y provocar esa alucinación visual fantasmal cuando la entreabrió?

Una dilatada transición derivó en un amanecer brumoso inundando cada recodo del camino por el que finalmente llegó la noticia sobre su abuela paterna. La tristeza fue descendiendo por el grácil cuello de la joven, oprimiéndola con una angustia irreprimible. De inmediato, se abrió el dilatado escenario de los recuerdos y florecieron los relatos que desde niña encendían su fantasía en el sugerente decir de doña Antuca. Uno a uno se dieron cita en su memoria, recuperando su elocuente materialidad.

—Mora, ¿alguna vez te he contado que las almas andan y tienen el don de anunciarnos el porvenir?

Esta pregunta, primera en acudir a la trama enmarañada del pasado, la interpeló con pertinacia. No fue casual sino adecuada a esas circunstancias. ¡Cuántas temporadas de verano, las más felices de sus verdes años, habían transcurrido en la centenaria casa de la madre de su progenitora! Sus firmes cimientos descansaban desde tiempos imprecisos en la transición fronteriza entre el monte y aquella ciudad recóndita, impregnada de un aparente letargo, extendida en las entrañas profundas de Santiago del Estero. Esos vigorosos muros de adobe, pacientemente amasados con recia tierra atiborrada de salitre, fueron inevitables y complacidos escuchas de las innumerables historias a las que Mora se asomó desde su temprana infancia.

Dos momentos del día eran los preferidos para compartir con su nieta las experiencias vitales que conservaba estratificadas en su lozana memoria. La siesta y la noche. Cuando las primeras horas de la tarde estival ceñían los cuerpos con un letargo propio de los ardientes trópicos, se acomodaban en la amplia mecedora esterillada. Mora encontraba allí el refugio amoroso de suaves carnes alabastrinas. Se fundía en ellas para que no se desvaneciera ese conjurado aroma a lavanda que desprendían y la inundaba como un dulce bálsamo colmado de placer sensorial. El mismo gozo que le producía durante la cena cada cucharada de la omnipresente sopa. Aún con temperaturas que sugerían preparaciones que resguardaran de los ardores de enero y febrero, cada comida se iniciaba como un ritual, con la presencia de la globosa sopera en el medio de la mesa. El sabor del caldo, espeso, aromático, que volcaba el cucharón de alpaca, era inigualable y el tamaño de los ojos en su superficie ofrecía la certeza de que no se habían escatimado los productos caseros de la matanza. Otra ceremonia narrativa se producía a partir de las diez, cuando la abuela se acercaba con el candelero a la cama de Mora. Los rostros revelados por la luz de la vela insinuaban el agrado mutuo por esa pausa que compartirían y que se prolongaría hasta que la pequeña dejara de repetir la letánica pregunta: «¿Y entonces…?», pronunciada en cada ocasión que Antuca interrumpía el relato. Ya sea porque sospechara que el sueño la había vencido o porque efectuaba una pausa más prolongada en el hilo de la crónica, en este caso, con el fin de escuchar esa vocecita dulce que la estimulaba a continuar.

Un golpe seco que provino del tejado la devolvió inmediatamente al presente. Fueron seguidos de dos impactos más. Todos de la misma intensidad. Nuevamente el incidente nocturno la estremeció. ¿Podrían estar relacionados? Como si su abuela estuviera ahí para interpelarla, regresó a esos inquietantes testimonios vivenciales sobre la capacidad predictiva de las almas. Tantas veces los había escuchado que su mente fue forjando secuencias de algunas escenas. Como un cineasta que debe realizar el montaje del material producido, ella cortaba y pegaba los relatos en su imaginación, creando su propia película. El guion transcurría por variadas historias. Una de ellas vino a recobrar protagonismo por el enigmático acontecimiento reciente.

—Sabes, lo que ahora te contaré, sucedió una de esas noches de verano en que toda la familia dormía protegida bajo el alero. Corría una tenue brisa que lograba atenuar los ardores de febrero. Mirá Mora, si cerrara mis ojos se encendería esa luna plena que inundaba con su láctea luz nuestros cuerpos y los contornos de los inmensos algarrobos que aún ciñen esta casa. ¿Reinaba el silencio? Quien no ha vivido la experiencia de habitar en estos confines podría dejarse seducir por esa idea. Sin embargo, ya conoces cómo son de estrepitosas estas horas envueltas por las sombras. Con el atronador coro de coyuyos, el suelo parece vibrar bajo el ritmo constante, monótono y alborotador que difunden incansablemente. No son los únicos que hacen visible su presencia. Aquí y allí se suceden sonoridades desconcertantes, sobrecogedoras por su incierta procedencia, magnificadas en nuestro imaginario por concentrarse en los tiempos reinantes de la nocturnidad. Habitantes depredadores que salen de sus madrigueras, otros que hacen vuelos rasantes graznando o unas solapadas pisadas que trituran cada rama seca que se interpone ante su firme paso. Un bestiario de seres fabulosos y desconocidos bajo la protección de las tinieblas, ocultos durante el día, pero que ahora deambulan en busca de sus presas.

—En este ambiente donde predomina el estímulo de sones intensos, el sueño abraza de forma intermitente. La vigilia me mantenía más o menos en alerta cuando fui sobresaltada por la sucesión de tres objetos que cayeron sobre el ángulo derecho de la galería. —Mora se sobresaltó nuevamente al evocar el eco reciente de la caída de inexplicable origen. Sintió que una punzante espina de itín atravesaba su pecho, pero su memoria continuó reproduciendo la narración de doña Antuca. —Comprobé que alrededor de mí, todos continuaban entregados al reposo, indiferentes a mi alerta auditiva. ¿Cómo era posible? ¿Acaso mi nivel de conciencia estaba alterándose, tal vez como producto del prolongado desvelo? De ninguna manera. Menos aún, cuando con certeza sentí a continuación un persistente y agudo silbido que rasgó el aire. Mis ojos, impávidos, se atrevieron a posarse sobre las ramas del algarrobo bajo cuyo magno porte reposaba el telar de mi madre. Desde allí procedía el intimidante sonido. ¡Fiuuuuu! ¡Fiuuuu! Se repitió un par de veces más y en cada una, fue disminuyendo su intensidad, como si motivado por una extraña cualidad se debilitara. Era imposible que sus ejecutores fueran un crespín o un kakuy. Ya te he contado Mora que estas aves, por su génesis mitológica, tienen dilatada fama por estos lugares y han inspirado a numerosos músicos y poetas. Estaba bien segura al excluirlos. El árbol resplandecía impactado por la luminosidad lunar como un candelabro de plata de intrincados brazos y en ninguno de ellos se observaba su malhadada presencia.

—En ese momento, más imágenes acudieron para ofrecerme su asistencia y, como si se tratara de un rompecabezas, fui uniendo las piezas que imprimieron cierta coherencia a los hechos. Durante la víspera, mi perrita Huaira, a la que casi casi podrías decir que la conociste por todas las veces que te la he mencionado, tuvo un comportamiento desacostumbrado. Habíamos ido juntas hasta el cerco, como lo hacíamos cada mañana, para comprobar el crecimiento del maíz y los ancos. Aunque fueran escasamente perceptibles las transformaciones de un día hacia el otro, siempre encontraba alguna satisfacción: una incipiente hoja, un brote nuevo o la sensación de que esa temporada tendríamos una copiosa cosecha a juzgar por las flores que iban cuajando. Mientras estaba concentrada, examinando escrupulosamente esos detalles, sentí que Huaira estaba alborotada. Presa de agitación, iba y venía de un lado al otro, hasta que se colocó antarca sobre uno de los surcos. Movida por una llamativa inquietud no dejaba de mirarme fijamente. Seguramente no has olvidado que en quichua usamos esta palabra cuando un animal se apoya en el lomo, colocando sus patas hacia arriba.— Mora asintió con un solo y breve gesto, no deseaba ni por un segundo interrumpir el palpitante relato de su abuela.

—Incorporada totalmente en mi cama ya que era en vano luchar contra el sueño cada vez más esquivo me perturbó otro suceso, ocurrido hacía unos pocos días atrás, que había relegado en un rincón del pensamiento, quizás por estar esos días concentrada en tratar de aprender a tejer mi primera faja, cuya lana también había hilado. Sucedió más o menos así. Ayudaba a mi madre a poner la mesa, ya que se acercaba el mediodía y tendríamos invitados de la ciudad, cuando Huaira comenzó a ladrar y aullar al mismo tiempo que se dirigía hacia un montecito, próximo a la parte posterior de la casa en el que se concentraban tres o cuatro mistoles. Tenía la cola entre las patas, clara evidencia que algo la atemorizaba. Muy pronto descubrimos el motivo de su anómalo comportamiento. Un formidable ejemplar de lampalagua se desplazaba serpenteante en dirección al patio. Me atrajo inmediatamente el preciso dibujo impreso en su piel y recordé que, en la escuela, había encontrado en la biblioteca un precioso libro donde se hablaba de la cultura arqueológica local, llamada sunchituyoj. Uno de los motivos ornamentales que decoraban las piezas era el de ofidios. El grito de alarma que escuché me alejó de este pensamiento. Afortunadamente el intimidante reptil no logró paralizarnos. A pesar de la conmoción de todas las mujeres, quienes en ese momento éramos las únicas presentes, mi madre tuvo el valor de actuar bien rápida de reflejos. Corrió a buscar la pala que descansaba sobre la puerta de alambre de la entrada al gallinero. Sin dudarlo se acercó temerariamente a la víbora constrictora y, sin dudarlo, le asestó un certero golpe en la cabeza que la obligó a replegarse sobre sí misma para seguidamente quedarse inerte. Es la misma cuyo cuero está expuesto en una de las paredes del corredor que comunica con las habitaciones.

Mora había escuchado este relato en otras oportunidades, aunque, es oportuno destacar que, cada vez, el testimonio iba adquiriendo renovadas variantes, pero invariablemente le seguía produciendo la misma fascinación. Forjaba en su mente una y otra vez la secuencia de acciones que convertían a su abuela en un impensado personaje épico, digno de las semblanzas de Salgari que nutrían su espíritu libresco de hazañas en tierras remotas. No obstante, las temporadas transcurridas en ese monte, embebido de asombrosas presencias mágicas: la salamanca, la umita, el almamula o el runauturunco, por ejemplo, contenían un caudal infinito de inspiración para ella. Mucho más que las de Sandokán en las selvas de la lejana Malasia. La abuela continuó la trama de los hechos.

—Comenzó a amanecer. El sol fue ascendiendo con cierta parsimonia, mientras se recortaba en fragmentos dorados por el horizonte de cardones, dispuestos como un sólido muro erizado en dirección al levante. Ya se advertía en el ambiente, tendríamos otro día abrasador. Contemplé el espectáculo con renovados ojos. Cada día era la prueba irrefutable de una creación que me acercaba desde este territorio a los orígenes mismos del universo. La tortilla estaba asándose al rescoldo, desprendiendo una fragancia noble y prístina, cuando llegó la imprevista noticia. A medida que su infausto portador, don Sixto, nuestro solícito vecino más próximo, se fue acercando a esta casa, no hicieron falta las palabras que siguieron para comprender aquello que nos comunicaría. La expresión de su rostro, pálido, compungido, con su mirada dirigida hacia el suelo, transmitían que una gran angustia lo embargaba. Nos fue difícil hacerlo romper el mutismo en que se había encerrado. La noticia lo consumía por dentro. Julia, mi amiga con la que me unía ese sentimiento de genuino afecto recíproco e incontables complicidades montaraces y escolares, había sufrido un fatal accidente. Se apoderó de mí cuerpo un estado de turbación. Temblaba sin poder controlarme. Mis oídos se negaban a escuchar la noticia. Al principio dudé sobre su veracidad. ¿Podría ser un producto engañoso del agotamiento por una noche de desvelo? Ojalá hubiera sido así, pero los penosos detalles de cómo habían sucedido los trágicos acontecimientos, me certificaron lo que mi sensatez se negaba a aceptar. Finalmente terminaron siendo concluyentes los augurios que habían ido sumándose sin que los hubiera tenido en consideración. ¿Cuáles eran esos eslabones de incidentes que se confabularon para anunciarnos tan funesto desenlace? ¿A qué naturaleza o potencia anímica obedecían? Intentaré que puedas seguir el proceso de mis reflexiones.

La abuela produjo intencionalmente una pausa orientada a crear suspenso en su reducido auditorio.

A esta altura del relato, Mora sentía tal agitación interna que el ritmo de su respiración parecía detenerse por momentos en su pecho, tal vez intentando inconscientemente que esta actividad fisiológica vital no interfiriera en el hilo de la apasionante historia que llegaba a sus oídos. Era tal la conmoción producida en su cuerpo, muy seguramente, incrementada por la calidad de la retórica de la emisora. Sin lugar a dudas, doña Antuca dominaba el arte de la oratoria. Con sabiduría imprimía matices sorprendentes al tono de su voz, recreando con maestría las formas del habla de los personajes que protagonizaban la exhumación de esos sedimentos dejados por el pasado. Portadora de un lenguaje gestual que incluía cada parte de su cuerpo, creaba hábilmente un escenario dramático del que a su auditorio le resultaba imposible sustraerse. Transcurrido el intervalo que evaluó indispensable continuó, mientras escrutaba con satisfacción el rostro expectante de su nieta, prueba incontrastable de la eficacia de sus virtudes que la legitimaban como soberbia narradora.

—Fueron tres los golpes contundentes, sin repercusión, que me sobresaltaron aquella noche, como ya te adelanté. Hilvané en mi mente varias conjeturas sobre su posible génesis, pero al principio ninguna me conformó. El alero al igual que la cubierta protectora de esta casa fueron cuidadosamente cimentados con tierra apisonada, más la estructura inferior de tirantes de quebracho blanco y su entramado de cañas. Debido a su volumen, solo la caída de un objeto de gran tamaño podía provocar un efecto audible. Condición poco probable en este caso porque, como habrás notado, la vivienda fue pensada para descansar en un lugar a buen resguardo de los árboles circundantes. Cuando se desencadenan las tormentas bravas, con vientos impetuosos, acompañadas de lluvias torrenciales en el verano, entrañan un alto riesgo las ramas que quedan expuestas a merced del aluvión.

Llegando a esta altura del relato, Mora pronunció otra vez con voz ansiosa: «¿Y entonces?». Su carácter empírico necesitaba menos detalles descriptivos para arribar más rápido al desenlace. Sin darse por aludida, la abuela prosiguió con renovada calma.

—Otro signo advertido creó un estímulo rotundo en mi cerebro, el silbido, cuyo desconocido productor, animal, humano o quizás de sustancia inmaterial, procedía del árbol que cobijaba al telar. Y, como te anticipé, hubo un punto de inflexión que me fue exponiendo los hechos con una traslúcida claridad y congruencia. A las señales acústicas se incorporaron el episodio de la lampalagua y mi perro que varias veces se cruzaba delante de mí para que estuviera obligada a verlo, mientras se colocaba con sus patas apuntando hacia arriba, arrastrándose con la cola. «¡Huañujruna, huañujruna!», grité.

Mora se sobresaltó de tal modo que sus ojos no se atrevían a parpadear, no fuera cosa que al hacerlo perdiera algún detalle sustancial de su histriónica abuela. Ni siquiera se atrevió a interrumpirla para que le explicara esta palabra que no comprendía.

—¡Huañujruna! —repitió doña Antuca, como si hubiera tomado repentinamente cuenta que en esta expresión de «la quichua» radicaba el secreto mejor guardado, la piedra de toque que contenía—. Es el espíritu del finado o del que va a morir que sale a despedirse de sus espacios domésticos y de los seres queridos. El alma de Julia abandonó su cuerpo en días previos al trágico desenlace que nos alejó para siempre de su presencia. Acá cobraban sentido pleno las dos pruebas que rompieron los ruidos corrientes de esa noche y que solo yo parecía haber percibido. Estábamos unidas por una genuina amistad y sentía urgencia por anunciarme su inminente partida de este mundo. He escuchado por estos montes que ciertos animales son «tapia», es decir, que tienen capacidades proféticas. «Presagian sepultura», contaba doña Laureana.

Mora sabía por otros episodios escuchados que, la recién mencionada, había sido una afamada rezadora de esos pagos, por tal motivo hizo una pregunta retórica:

—¿Y sobre las víboras que se acercan a la casa, tenía alguna creencia?

—¡Claro que sí! Me acuerdo de una vez… había venido a casa doña Laureana, 22 de mayo era. Puedo afirmarlo con precisión porque mi madre la había llamado para que le rezara a santa Rita para pedirle por la salud de su comadre que la preocupaba. Como era la hora de la oración y estaba destemplado, dispusimos en esta misma habitación algunas sillas y una pequeña mesa que cubrimos con un lienzo blanquísimo. Prendimos dos velas que impactaban en el rostro diáfano de la imagen. Todos acá le guardábamos especial devoción por su poder de mediación en causas de difícil resolución. Sucedió algo inesperado mientras casi concluíamos el primer misterio del rosario. Movida por un estímulo desconocido, la rezadora elevó sus ojos, dirigiéndolos hacia la puerta. Una exclamación ahogada brotó de sus labios: «¡atoj!». Un pequeño zorro nos miraba curioso. Ese día la escuché decir que cuando los animales dejan sus hábitats originarios en el monte y se los halla en inmediaciones de poblados o ingresan al perímetro de una vivienda, representan mal agüero. Notifican con su anómala aparición que pronto habrá un cuerpo presente de algún pariente o amigo. La señal oracular fue inequívoca, escasos días después, asistíamos al velorio de la apreciada vecina y cuma.

Regresó Mora a su presente noche sin luna que le reveló con certidumbre quién le había hecho una visita póstuma.

Notas

[1] Doctora en Antropología Cultural, docente, investigadora y ensayista. Correo electrónico: maricel.pelegrin@usal.edu.ar
Modelo de publicación sin fines de lucro para conservar la naturaleza académica y abierta de la comunicación científica
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