

DOSSIER: DIÁLOGOS DE INVESTIGACIÓN: MUJERES LATINOAMERICANAS Y ARGENTINAS EN LA REVISTA «SUR»
TAGORE Y VICTORIA: AFINIDADES ELECTIVAS Y MUTUOS EXOTISMOS
Tagore and Victoria: Elective Affinities and Mutual Exoticisms
Gramma
Universidad del Salvador, Argentina
ISSN: 1850-0153
ISSN-e: 1850-0161
Periodicidad: Bianual
vol. 36, núm. 74, 2025
Recepción: 03 febrero 2025
Aprobación: 12 marzo 2025
No tuve ocasión de conocer a Victoria Ocampo mientras vivió. Pero a poco de su muerte la encontré en sus libros. Leer su Autobiografía, en la biblioteca bien provista del Instituto de Literatura Argentina de la Universidad de Buenos Aires, donde yo era entonces una joven becaria del CONICET, fue una experiencia deslumbrante. Me reveló a una gran escritora, no solo a una mecenas, una editora, una traductora, como el consenso de la élite universitaria y académica más benévola hacia su figura prefirió verla durante décadas. La que no era tan benévola la había declarado (hasta no hace tanto tiempo) simplemente una esnob coleccionista de celebridades.
Algunos libros de Tagore ya estaban en casa de mis padres antes de que yo naciera. Conservo dos de poesía, en tapa dura forrada de tela azul, publicados por Editorial Hispánica de Madrid en 1943: Ofrenda lírica (que antologa varios poemarios, sobre todo el Gitanjali) y La luna nueva (subtitulado Poemas de niños). Las versiones (del inglés) pertenecen a Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez. Es posible que mi gusto por el poema en prosa, ya que leí a Tagore antes que a los simbolistas franceses (incluido su poco estimado Charles Baudelaire), haya empezado ahí.
Supongo que esas presencias literarias tempranas quedaron en estado latente, listas para emerger cuando alguien las reclamase. En el año 2001 llegó el momento. El sello Sudamericana, de Penguin Random House Argentina, había inaugurado hacía muy poco una nueva colección: «Narrativas Históricas del siglo xx». Su director, Fernando Fagnani, me invitó a unirme a la empresa con una nueva novela. Me hizo algunas propuestas temáticas, pero ninguna me convenció. Le contrapropuse, por mi parte, que la figura histórica central de mi novela fuese Victoria Ocampo y que el tiempo del relato se centrase en sus años de formación, previos a la fundación de Sur. A Victoria se la identificaba sobre todo con las imágenes de sus últimos años: la imponente autoridad de las letras, ya «fuera de moda», en la que (para satisfacción de unos y disgusto de otros), se había convertido; la señora mayor, con el pelo envuelto en una redecilla y anteojos de marco blanco. En vez de leerla, solía «cancelársela» (el término no existía, sí la acción), como también había sucedido con Borges, por sus opiniones referidas a la política argentina. Aunque esta perspectiva empezaba a revertirse, aunque ya había muy buenas biografías publicadas, en la Argentina y en el extranjero, no existía, que yo supiera, ninguna novela que la tuviese como personaje protagónico (solo había asomado, de manera incidental, en algunas ficciones), ni que se ocupara de una epopeya fascinante: la de su autoconstrucción como escritora y editora destinada a dejar un legado monumental. Así surgió mi proyecto de escritura de Las libres del Sur, una novela sobre Victoria Ocampo, publicada en 2004. No puedo decir que, a esa altura de mi vida, no sabía en lo que me estaba metiendo. Pero la pasión literaria (y la pasión en general) siempre suaviza las dificultades, que no serían pocas, porque, a decir verdad, eran muchas mis pretensiones.
Esos años clave de la vida de Victoria, previos a la fundación de Sur, comenzaban para mí, claramente, con su primera actuación como anfitriona literaria, en 1924, cuando le ofreció a su admirado poeta Rabindranath Tagore la hospitalidad que necesitaba para restablecer su salud. Tal etapa formativa, y mi novela, concluyen en 1931, año en que el primer número de la revista ve la luz. ¿Por qué hablo de dificultades y pretensiones? Porque, justamente en esos años, la interacción de Victoria con sus «héroes» intelectuales y artistas de diversas culturas y geografías, así como la magnitud de su transformación interior, es vertiginosa. Esa densidad me llevó a bucear en la obra de todos ellos, y en la compleja historia cultural donde fueron actores. El proceso de investigación y escritura duró tres años, pero, como todo emprendimiento intelectual que se hace a fondo, generó más búsquedas, y siguió alimentando mi curiosidad e interés hasta hoy.
Ubicar el comienzo de la novela, y la primera de sus cuatro partes, en la visita de Tagore es también un acto de justicia hacia ese inmenso artista plural (además de educador) que fue el Premio Nobel indio, a quien se recuerda en la Argentina tanto menos de lo que se debería. No se me ocurre mejor manera de presentarlo que insertar aquí el capítulo v de esa primera parte, donde se retrata tanto a Tagore como al contexto que lo rodea al instalarse en la quinta Miralrío, empezando por Victoria, que plantea para él más de un enigma:
Sir Rabindranath Tagore o Thakur, o Gurudev, o Rabi Babu —según la ocasión, el idioma y la familiaridad que empleasen para con él aquellos que lo nombraban— había nacido en Calcuta, populosa y variada como el mundo, segunda gran ciudad del Imperio Británico, el mismo año en que Manuel Silvio Cecilio Ocampo y Regueira, padre de su anfitriona, nacía en la aldeana Buenos Aires, puerto díscolo de una ignota república que —años más tarde— se jactaría de ser, ella también, la perla más preciada de la corona inglesa. Los dos descendían de ricos terratenientes, pero uno se supo siempre miembro de un país oprimido, un pueblo pobre y una cultura antigua; el otro creció en una nación recién hecha y confiada en su fortuna, donde hasta los mendigos andaban a caballo, pero a la cultura había que importarla terminada, como a las porcelanas y los trenes (ninguna otra solución quedaba, dieron en pensar. En ese vasto desierto de nombre fantasioso, casi no había ciudadanos, sino gauchos e indios, seres naturales a quienes les eran forzosamente ajenos los frutos de la industria y la inteligencia). Manuel Ocampo, que creía en Jesucristo por tradición y en el Progreso por convicción ardiente, cursó la carrera de Ingeniería y construyó puentes y caminos en la Tierra Adentro. Rabindranath Tagore, a quien un Dios que no era el Cristo se le había revelado con los primeros ritmos de la poesía, odiaba la educación formal, y sobre todo, la educación británica. Se resistió a las escuelas, pero su padre lo instruyó en los Upanishads y en la lengua sagrada, su hermana Swarnakumari en la imaginación literaria, y otros hermanos mayores en la pintura, la música y la danza. En la adolescencia viajó, no obstante, a Inglaterra, donde estudió la profana lengua inglesa, y leyó y admiró a Shakespeare, que le pareció un escriba del Dios de mil caras, porque era capaz de otorgarles a esas palabras bárbaras un poder mágico y un saber que solo adquiere quien ha vivido ya todas las vidas. También se mostró en exceso sensible a los encantos de las muchachas londinenses, a tal punto que debió regresar, amonestado por su familia, para cumplir un compromiso contraído desde el nacimiento, según la costumbre, con una novia niña. Rabindranath, aunque quizá solo había amado a su cuñada Kadambari, que le estaba prohibida, respetó y educó a su esposa Mrinalini. Cuando tuvo su primer hijo, a los trece años, Mrinalini podía leer el original del Ramayama; más tarde ella misma escribió una versión adaptada para uso de los niños. Donó sus joyas para fundar, con Tagore, la escuela de Santiniketan, pero no vio su crecimiento. Murió antes de cumplir los treinta años, y dejó a su marido el recuerdo de la ternura, los sueños compartidos, y cinco descendientes. Solo dos, Rathi, el primogénito, y una niña, Mira, sobrevivieron a su padre.
Cuando llegó a Buenos Aires en 1924, Rabindranath Tagore, que había escrito poemas y canciones, novelas, cuentos y piezas teatrales, críticas literarias y obras para niños, que componía música y dirigía teatro y sabía cantar con una bella voz de tenor, era también un hombre solitario, sorprendido por su fama occidental, que disfrutaba y soportaba dos distinciones problemáticas para un patriota de la nueva India: el premio Nobel de Literatura y, sobre todo, el título de Caballero del Imperio Británico.
En 1924 Manuel Ocampo era un caballero argentino, cuyos lejanos títulos de hidalguía gallega habían sido borrados, tiempo ha, por las actas de la nueva república. Pero su orgullo de fundador, miembro exclusivo del selecto club de fundadores de esa nación que prosperaba y prosperaría mientras Dios y las buenas cosechas lo quisiesen, sí estaba intacto, lo mismo que su familia y su patrimonio. Solo sufría, por entonces, una preocupación seria: su hija mayor, voluntariosa y mal casada, que muchas veces daba escándalos en la calle, empeñada en conducir ella misma su automóvil, aunque tenía chofer, y que también daba escándalos en los diarios. Únicamente a Victoria podía ocurrírsele publicar, nada menos que en el suplemento literario más importante del país, un artículo sobre el Canto v de la Divina Commedia: Paolo y Francesca, ¡dos amantes condenados al Infierno por adulterio! Manuel Ocampo prefería no pensar (y prefería sobre todo, que nadie en Buenos Aires lo pensase) qué nombres reales y presentes se escondían bajo aquella clave ficticia y prestigiosa.
Desde su arribo a Montevideo y, luego, al puerto de Buenos Aires, Rabindranath Tagore, que solo había querido un tránsito rápido y casual para salir después rumbo al Perú, se sentía literalmente capturado como una mariposa exótica en una red de coleccionista. Había sido mirado y admirado como si se tratase de un insecto decorativo y exuberante, y si lo hubiesen permitido las buenas costumbres también hubiera sido tocado, acariciado y estrujado, no obstante el riesgo de hacerle perder, en esos contactos abusivos, el polvillo de oro que recubre las alas de las mariposas y les permite el vuelo. Mujeres y varones habían hablado de su belleza como solo se habla, para no despertar sospechas escabrosas, de las esculturas o los animales de exposición. Gracias al cronista de LaNación que lo abordó en el último tramo de su viaje y logró entrevistarlo en su camarote de enfermo, todo Buenos Aires había podido contemplar y reconstruir, por anticipado, la noble cara oscura sin una arruga que interrumpiera la perfección de sus líneas, la noble frente, los ojos profundos de dulzura inolvidable, la voz, tan musical como sus poemas.
Al menos, el refugio de Miralrío lo eximía de la carga constante de la mirada ajena. En la casa blanca de San Isidro el personal doméstico no creía percibir aromas poéticos en sus túnicas de suave color naranja, que no eran objeto de adoración reverente sino de escrupulosos lavados y zurcidos, y en persona, por parte de Fani. Ninguno de esos sensatos trabajadores lo había llamado peregrino de mundos invisibles, a ninguno de ellos se le había ocurrido que su inteligencia bañara en suave luz los más insondables misterios, como habían escrito damas (la señora Abella de Caprile) y caballeros (el señor Ruiz López), para deleite de un público sensitivo. Aquí, en San Isidro, Rabindranath Tagore podía, al menos a intervalos, vivir como cualquiera. Podía mirar, no solo ser mirado.
Escudriñó, una vez más, el horizonte chato e inagotable como el río mismo. Por ese lado aparecía y desaparecía la huella luminosa de las ropas —seda, linón o muselina— de las dos muchachas en flor junto a las barrancas, y el rastro, más lejano aún, de algún velero que no se detendría a rescatarlo. Del otro lado estaba la galería, el camino de grandes piedras rectangulares, el senderito de grava y, por fin, el portón y la libertad. ¿La libertad...? ¿Existía tal cosa en este mundo? Quizá no, tal como la entendían los egocéntricos occidentales. La libertad más alta no era sino cumplir con el deber. El poeta caminó, por enésima vez, de uno a otro lado del balcón. Si él tenía un deber, era recoger donativos y entusiasmar filántropos para su escuela de Santiniketan, para su Universidad de Visvabharati, para los proyectos agrícolas de Shilaidaha, de Potisar, de Surul. Esa era su obra, tanto como las poesías y las novelas y hasta las piezas teatrales que por misteriosos motivos (o quizá solo por ese amor a lo exótico que es una forma de la insatisfacción o la frivolidad) parecían gustarles a los europeos, y también a la extraña gente de América del Sur. Tan extraña como los macizos de cactus —cercados de espinas, llenos de agua secreta— con los que tropezaba su mirada cada vez que se ponía a meditar en alguna salida decorosa.
¿Era su salud realmente tan frágil como los médicos lo aseguraban? ¿O se trataba más bien de una ambigua conspiración donde confluían los dispares intereses de la señora Ocampo, que a toda costa deseaba retenerlo a él, y de Leonard Elmhirst, no menos desesperado por atraer hacia sí mismo la atención de su anfitriona? Dejó vagar el catalejo en un vuelo impreciso, hasta que un punto áureo en la distancia —la melena corta y rubia de Miss Brey, ajustada a la cabeza como un casco— lo encendió con una promesa de alivio. ¿Podía ser ella el punto neutral de su rescate? Tal vez se dejara convencer para acompañarlo clandestinamente hasta la Embajada del Perú. Pero, ¿y si el cruce de la cordillera resultaba ser un trance mortal para su corazón, como le habían asegurado? Habría que volver a Europa y de allí a la India. Todo se complicaba. No iba a pretender que el país o la dama de los que deseaba huir, le consiguiesen el pasaje de retorno, y menos aún quería solicitar dinero de los suyos, en Santiniketan. Ya era demasiado llegar a casa con las manos vacías. Tendría que esperar a que una Fuerza Suprema (¿el Señor? ¿la reina Victoria?) decidiera en su lugar.
Por lo demás, ¿no estaba ejerciendo su captora un dulce reinado? No podía ser tan malo abandonarse a ese halago. Se dejó caer en un sillón de alto espaldar y fuertes brazos de mimbre tejido que le gustaba especialmente. Un sobresalto en la respiración le confirmó lo que su catalejo le estaba anunciando. Victoria se acercaba. Había prometido llevarlo al jardín de rosas de la quinta paterna, allí mismo, en San Isidro. Aspiró el aroma, abrumador a veces, como Victoria misma, de tantos perfumes confundidos. Si la vida le ofrecía ese regalo inesperado, ¿por qué rechazarlo? ¿A qué hombre en sus cabales, como no fuese un pastor calvinista, podía molestarle la constante adoración de una mujer joven, refinada y hermosa, que no hacía sino brindarle las más exquisitas atenciones? Ya había estado demasiado tiempo solo. Santiniketan, sus hijos y sus nietos podían esperarlo un poco. Hasta su inspiración poética, mortificada y marchita después de tanto viaje y contratiempo, había resurgido en San Isidro con esplendor verdaderamente primaveral. Repitió los últimos versos de un poema que había estado componiendo para Victoria (o Vijaya, como la llamaba para sí mismo, en bengalí): Así, con la misma voz fuerte me gritaste: / «Te conozco». / Y aunque ignoro tu idioma, Mujer, / lo escuché expresado en tu música: / «Tú eres siempre nuestro huésped en esta tierra, / poeta; el huésped del amor». (Lojo, 2004, pp. 39-44)
Para cuando Victoria Ocampo se convierte en anfitriona del maestro Tagore, ya era, desde hacía por lo menos una década, su ferviente lectora. Atrapada en un matrimonio erróneo, contraído, paradójicamente, por el deseo de independizarse, Victoria había encontrado, poco después, al amor de su vida en Julián Martínez, un primo de su propio marido. Le fue imposible blanquear esta relación, que hubiera implicado (para la mentalidad de su época y clase) la deshonra de la familia. Debía seguir atada a una legitimidad vacía y falsa, mientras ocultaba su relación con Martínez como un delito bochornoso. En ese momento, la lectura de Tagore implicó para Ocampo una absolución implícita, a través de una idea del amor tanto más generosa que la de la religión familiar.
El poeta indio fue en realidad un visitante involuntario. Se dirigía al Perú, invitado por el gobierno con ocasión de festejos patrióticos, y el Río de la Plata era solamente una escala del viaje. Pero había contraído gripe durante la travesía, y al llegar a Buenos Aires las eminencias médicas que lo atendieron en el Hotel Plaza le aconsejaron desistir del periplo peruano, porque el cruce de los Andes podía perjudicar su corazón debilitado. Victoria se apresuró a ofrecerle la posibilidad de una temporada de descanso, en las afueras de la capital. Era una mujer rica, entonces no del todo independiente. Sus padres no le permitieron hospedar al ilustre huésped en la residencia familiar de San Isidro: Villa Ocampo. Pidió primero prestada a una pariente una quinta cercana y luego, cuando la estadía del poeta empezó a prolongarse, malvendió una tiara de brillantes para pagar el alquiler de la propiedad durante el tiempo que fuera necesario.
En Buenos Aires, Tagore fue recibido con intensa expectativa. Tenía muchos lectores, a través de las traducciones francesas e inglesas, en las clases altas, mientras que las traducciones españolas debidas a Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, que ya mencioné, circulaban entre un público más extenso. Formado en Inglaterra durante su adolescencia, hablaba y escribía fluidamente el inglés y a este idioma autotraducía sus textos, compuestos en bengalí.
Entre nosotros, Tagore no podía sino ser leído y admirado en clave exótica. Su barba blanca, su aspecto de santón, su belleza física combinada con un porte dulce y venerable (las mismas crónicas de los diarios, no solo los recuerdos de Victoria Ocampo, la resaltaban) revestían todas las seducciones de lo lejano y misterioso. El misticismo de sus poemas y su ropa talar lo transformaban en una figura sapiencial, con ecos de profeta y de taumaturgo. Así, la modista francesa a la que Victoria Ocampo le había encargado túnicas nuevas para Gurudev (el Divino Maestro, como lo llamaban sus seguidores), se empeñó en probárselas personalmente para poder acariciarle la barba, que le recordaba la imagen de Dieu le père; una señora, concurrente, como tantos «peregrinos», a Miralrío, le pidió que interpretara un sueño suyo de la noche anterior. Tagore, que no hablaba ni entendía el castellano, no percibía muchos de estos equívocos. O los tomaba con paciencia y bonhomía. Quizá porque no menos exótica le resultaba a él la Argentina misma, además de inesperada.
Los desencuentros y malentendidos con la propia Victoria pasaban en parte por los huecos de información de Tagore sobre su anfitriona. La notoria asimetría en cuanto al conocimiento mutuo signó sin duda esa relación. Pero también, específicamente, tuvieron que ver con lo estético y lo lingüístico, con las expectativas (frustradas) que el poeta indio alimentaba sobre una Argentina que no vio tan americana como lo hubiera querido, y, en general, con la recepción (más bien pobre) que esperaba de todos los lectores occidentales en cuanto a la cabal inteligencia de sus obras.
«Lo argentino» se le escapaba, le parecía una impostación, una mistificación, una copia. Vio, en principio, una gran ciudad traidora de su pasado, vaciada de memoria histórica. Y en el campo, a donde finalmente fue llevado por su anfitriona, después de mucha insistencia por su parte, llegó al colmo del desencanto. Si algo imaginaba antes de tocar la costa del Plata, era el país decimonónico y pastoril de William Henry Hudson, cuyos libros había leído con placer e interés. Desde luego, en el campo de los Martínez de Hoz no iba a encontrar la pampa de Hudson, ni la «tapera» de Martín Fierro, ni araucanas descalzas con cascabeles de plata en las trenzas, ni ranchos de adobe perdidos en la llanura inmensa. El casco de estancia de esta acaudalada familia era una construcción de estilo inglés, amueblada también a la inglesa, con piezas de época, auténticas, que provocó la sorpresa del poeta, y un disgusto que se limitó a expresar con sobriedad. Pero si en aquel momento dijo solo: «This house is full of unmeaning things», ampliaría su dictamen negativo en conversaciones con Romain Rolland, publicadas más tarde, que afligirían retroactivamente a la mecenas argentina:
La gente se ha enriquecido de repente, y no ha tenido tiempo de descubrir su alma. Es lastimoso ver su absoluta dependencia de Europa para sus pensamientos, que deben llegarles totalmente hechos. No les avergüenza enorgullecerse de cualquier moda que copian, o de la cultura que compran a aquel continente. (Ocampo 1961, p. 69)
La estadía en la mansión de Chapadmalal incluyó otros desencuentros: entre ellos la traducción de un poema escrito por Tagore sobre un motivo pampeano. Victoria comprobó que la versión oral —una versión directa al inglés recitada para ella in situ por Tagore— era muy superior a su versión final escrita, simplificada para occidentales, a los que su autor no juzgaba capaces de captar ciertas sutilezas.
Asimismo, él se mostraría obstinadamente refractario a quien era, para ella, el supremo poeta occidental o, al menos, su preferido: Charles Baudelaire. La lectura y subsiguiente traducción al inglés de «L’invitation au voyage» por parte de Victoria, provoca un cortocircuito comprensivo. La descripción del cuarto de los amantes con raros perfumes, fragancias de ámbar, muebles pulidos por los años y esplendor oriental no suscita en Tagore sino una observación de ironía lapidaria: «Vijaya, I don’t like your furniture poet» (Ocampo, 1961, p. 96). Algo similar sucede con los compositores preferidos por Victoria: Debussy, Ravel, Borodin, cuyas obras hace tocar para el maestro indio por sus amigos, los hermanos Castro. Tagore los escucha desde dentro de su cuarto, con la puerta entornada, pero la música (sobre todo la de los dos franceses) le parece oscura y confusa (Ocampo, 1961, p. 72).
Las heridas en el amor propio de su anfitriona se profundizarían más tarde, en Miralrío, con la lectura de los apuntes del secretario de Tagore, Leonard K. Elmhirst, tomados durante la fiesta de Navidad (ese día Ocampo no estaba presente). La homilía del bengalí no alcanza solo a los occidentales en sentido amplio, sino muy específicamente a lo que ha visto en la Argentina: un país cuya clase alta, orgullosa de su riqueza y de su supuesta civilización, se entrega a gozos superficiales y vive dentro de una «prisión mental», sin verdadera libertad de espíritu (Kushari Dyson, 1988, pp. 176-178). La andanada crítica había comenzado ya el 24 de diciembre (y esta vez Tagore se dirigió en persona a Victoria). El poeta, que era también un educador y a esa tarea dedicaba, en Santiniketan, buena parte de sus afanes, le hace una serie de observaciones agudamente críticas acerca de la crianza de los niños de las clases dirigentes, y que solo Ketaki Kushari Dyson (1988) ha recogido. ¿Cómo podrán esos niños sentirse argentinos —se pregunta— si se los educa fuera del país y se los atiborra de libros? Tienen que conocer, ante todo, su propia tierra y para eso hay que enviarlos, ya adolescentes, a viajar por ella con mínimos medios materiales, para que, como nuevos Robinson, aprendan a sobrevivir en la naturaleza, y a amar su territorio. Victoria, que años más tarde mostrará esa patria al mundo a través de Sur, tanto en la geografía como en sus creaciones estéticas, sin duda no habrá sido indiferente a estas palabras.
Diciembre, último mes en Buenos Aires, se hace arduo para Tagore. Le preocupan la escuela y la universidad que dirige y de las cuales se halla ausente ya hace tiempo; le entristece no poder llevar las donaciones que esperaba para esos emprendimientos educativos; llega a sentirse casi prisionero, y le perturba la cercanía de Victoria: por momentos, la cree enamorada de él, llevado sin duda por la pasión verbal de sus cartas y por el misterio que rodea su vida (se trata de una mujer separada y, por lo tanto, aparentemente sola). Quizá teme también sus propios sentimientos hacia ella; no quiere comprometerse demasiado con una extranjera mucho más joven, hermosa e inteligente, cuya devoción es indudable, pero a la que sería difícil incluir en su mundo.
Pese a sus declaraciones poéticas «…deja que me vaya con las manos vacías», a Tagore las manos se le fueron llenando de hermosa poesía. Un amor germinal que no llega a explicitarse (salvo en la refinada simbolización de sus poemas) es el saldo más importante de su visita. En cualquier caso, entre Tagore y Victoria Ocampo, el grado de cercanía y comprensión excedió las distancias. Aunque de algún modo fue un amado prisionero, Tagore se enamoró de su cárcel florida en San Isidro y también, un poco, de su enigmática carcelera. El río, el jardín de vegetaciones para él extrañas en el margen de la ciudad, se fundirían en una ensoñación perdurable que habría de iluminar toda su obra posterior, y que ya le inspira, de inmediato, un libro: Puravi. La correspondencia cruzada con Victoria da cuenta del creciente valor que adquiere para Tagore la experiencia argentina, a medida, también, en que el regreso se ve como imposible y las distancias crecen en el residuo insoluble de las lenguas que los separan:
Por desgracia, los caminos [...] nunca podrán reandarse y cuando el corazón anhela recorrerlos de nuevo, descubre que se han perdido para siempre. La imagen de esa casa cerca del gran río donde nos hospedó, en extraña vecindad con los macizos de cactos que exageraban sus gestos grotescos en una atmósfera de remoto exotismo, a menudo vuelve en mi memoria como una invitación lanzada a través de una infranqueable barrera.
Hay algunas experiencias que son como islas desprendidas del continente de la vida inmediata: sus mapas quedan siempre vagamente descifrados. Y mi episodio argentino es una de ellas. Posiblemente sepa usted que el recuerdo de aquellos días de sol y tiernos cuidados ha sido circundado por algunos de mis versos, los mejores en su género. Los fugitivos han sido capturados y permanecerán cautivos, estoy seguro, aunque no visitados por usted, separados por un idioma extranjero. (Ocampo, 1982, pp. 65-66)
Referencias
Kushari Dyson, K. (1988). In Your Blossoming Flower Garden, Rabindranath Tagore and Victoria Ocampo. Sahitya Akademi.
Lojo, M. R. (2004). Las libres del Sur. Una novela sobre Victoria Ocampo. Sudamericana.
Ocampo, V. (1961). Tagore en las Barrancas de San Isidro. Sur.
Ocampo, V. (1982). Autobiografía iv. Viraje. Sur.
Notas

