Estudios
Recepción: 27 mayo 2025
Aprobación: 28 noviembre 2025

Como citar este artículo: Salimena, G. (2025). Más allá del Realismo: una propuesta teórica para la transición intersistémica. Relaciones Internacionales, 34(69), 215, https://doi.org/10.24215/23142766e215
Resumen: El mundo que transitamos se encuentra en un constante cambio. La interdependencia, la globalización, la lucha por el poder y la seguridad, así como la centralidad asignada a la tecnología son elementos caracterizadores del sistema internacional. ¿Son suficientes las teorías de las relaciones internacionales para realizar una correcta lectura e interpretación de los acontecimientos actuales? Si el mundo se transforma, ¿No necesitaríamos nuevas visiones que sean capaces de aportarnos elementos adicionales para el análisis de las relaciones internacionales?
Palabras clave: Poder, seguridad, sistema internacional, tecnología, teorías.
Abstract: The world we live in is constantly changing. Interdependence, globalization, the struggle for power and security, and the central role assigned to technology are characteristic elements of the international system. Are international relations theories sufficient to correctly read and interpret current events? If the world is changing, do we not need new perspectives that can provide us with additional elements for analyzing international relations?
Keywords: Power, security, international system, technology, theories.
1. Introducción
El presente escrito tiene por objeto presentar una teoría de la política internacional que incorpore variables de diferentes corrientes para enfrentar una realidad multifacética y polivalente. Pero como toda perspectiva teórica, podrá focalizarse y explicar algunos fenómenos y no todos. El posrealismo es una arquitectura teórica relativamente reciente en el marco de las relaciones internacionales, que ansía aunar diversas posiciones hacia el interior de la tradición del realismo político, a la vez que incorpora elementos de otras vertientes de la corriente de la corriente principal de las relaciones internacionales, tales como la interdependencia y la incertidumbre de los procesos políticos, ambos elementos esenciales e indispensables para pensar el sistema internacional actual.
Las relaciones internacionales enfrentan momentos de tensión y volatilidad creciente. En este marco, la complejidad consolida y proyecta una incertidumbre de los procesos políticos, así una indeterminación con respecto a la conducta de los principales actores del sistema dificultando predecir sus comportamientos. En un ecosistema internacional hobbesiano e incierto, el poder y la seguridad son los determinantes de la conducta de los Estados. Si bien este fundamento sigue siendo el eje de gran parte de los grandes jugadores de la política internacional (me refiero a los Estados más importantes), se requiere incorporar otras variables y factores esenciales producto de la globalización que transitamos, para poder acercarnos a lo que sucede desde un lugar que nos aporte un diferenciador cualitativo que explique no solo lo recurrente sino lo contingente.
El posrealismo busca transformarse en una teoría que suministre problemáticas a desarrollar y sea capaz de brindarnos respuestas sobre la evolución del sistema internacional y el comportamiento de los Estados desde una visión que integre comunidades científicas y epistemológicas, incorporando variables explicativas del realismo con elementos que complementen ese punto de vista sin perder su distintividad, pero que ayude a explicar lo nuevo (o quizás no tan nuevo) en el proceso de transición intersistémico.
2. La eterna rivalidad entre el Realismo y el Idealismo Político
La discusión entre ambas corrientes de pensamiento atravesó la disciplina de las relaciones internacionales en diversos momentos históricos. Más contemporáneamente, a los comienzos del siglo XX (en el período de entreguerras) pasando por la década del setenta y ochenta, y finalmente en la actualidad. Podríamos sostener que esa rivalidad, entre ambas antítesis, sea quizás más antigua de lo que muchos pensamos. Ello supone encontrar reflexiones e ideas filosóficas de distintos autores en relación con las unidades políticas, la seguridad y el poder que datan en diferentes momentos históricos. Es evidente que la confrontación no ha tenido siempre el mismo vigor y tenacidad, pero no puede negarse que ambas corrientes acaparan la atención del estudioso de la disciplina desde hace un tiempo.
En el caso del realismo político y las cuestiones que hacen a la seguridad y el poder, sus orígenes suelen remontarse a la coyuntura espacio temporal de la antigüedad greco-romana. Allí solemos recurrir al historiador ateniense Tucídides y su obra Historia de la Guerra del Peloponeso, como el precursor del paradigma realista de las relaciones internacionales manifestando cierta occidentalización filosófica y luego académica que ha perdurado consistentemente a lo largo de los siglos. Ello equivale a dejar fuera de esta esquematización, otras filosofías orientales que han propuesto ideas en relación con el poder, la guerra y la seguridad y que hoy tienen cierta vigencia. Me refiero a las obras de Sun Tzu y de Kautylia. Por otro lado, como bien manifesté en otro escrito de mi autoría titulado Seguridad Internacional, conceptos, evolución y tablero de comando para la toma de decisiones del siglo XXI (2021), es cierto que “puede ser considerado como válido en cuanto a darle una fecha de iniciación, no podríamos hablar de paradigma en el sentido estricto de la palabra en la antigüedad, ya que este fue acuñado por Thomas Kuhn en la década del sesenta, y extrapolar conceptos de otra época para aplicarlos a una coyuntura distinta nos llevaría a lo que Giovanni Sartori denomina estiramiento conceptual y ello puede traer aparejado confusiones en las connotaciones y en las denotaciones. En contraposición, podemos hablar del inicio de una corriente de ideas del realismo político, que luego otros pensadores profundizarán y transformarán en pensamiento concreto” (Salimena, 2021: p. 116)[1].
La obra de Tucídides sin lugar a duda proyecta con gran saber crítico y práctico, una interpretación de los acontecimientos previos a la Guerra del Peloponeso, así como el conflicto en sí mismo, sin recurrir a dioses ni supersticiones, lo cual consistía en un abordaje novedoso para la época. Complementariamente, sus factores causales se centraron sobre una serie de preceptos, que luego profundizarán gran parte de las construcciones científicas epistemológicas del realismo del siglo XX y XXI, transformándose en el centro teórico duro bajo el cual numerosos autores de esta corriente desarrollarán su pensamiento:
Unidades políticas: los dos actores más importantes de la contienda para Tucídides son Atenas (democracia) y Esparta (oligarquía). La relación entre ambas pasó de ser una alianza militar para contrarrestar una amenaza mayor (el poder persa), a una desconfianza mutua producto de una transformación del vínculo asociada a cambios en la distribución de las capacidades militares de los actores que se tradujo en un incremento de la inseguridad. La mayoría de los autores del realismo, entre los que se destacan Thomas Hobbes, Edward Carr, Hans Morgenthau, George Kennan, Raymond Aron, Kenneth Waltz, Stephen Walt y John Mearsheimer, entre otros, resaltan que las unidades políticas territorialmente organizadas[2] son los actores principales de las relaciones internacionales.
El poder: este factor para el realismo es un determinante clave del comportamiento de los Estados, en este caso de las polis griegas, sobre todo el poder militar[3]. Las modificaciones en las capacidades militares fueron interpretadas como un incremento innecesario del poder de Atenas, ya que las mismas se llevaron a cabo una vez apaciguada la amenaza persa. Si el peligro por la cual se había creado la alianza militar había desaparecido, ¿Cuál era la nueva amenaza por la cual Atenas decide incrementar sensiblemente sus recursos de poder? El foco sobre el poder es central en autores contemporáneos que han desarrollado la disciplina tales como Hans Morgenthau (realismo clásico), Raymond Aron, Kenneth Waltz (neorrealismo) y más recientemente John Mearsheimer(realismo ofensivo).
La seguridad: en la coyuntura espacio temporal de la antigüedad caracterizada por la anarquía y el conflicto permanente, la seguridad es el interés vital de las polis griegas. “La seguridad aparece vinculada a la supervivencia y las alianzas militares entre las unidades políticas, de manera que algunas de ellas puedan enfrentar el dominio de otras y puedan subsistir con su independencia” (Salimena, 2021: p 118). De esta manera, aquellas polis más pequeñas en tamaño y capacidades buscarán el medio de sobrevivir a través de alianzas militares con otras ciudades estado, para buscar un equilibrio frente a las unidades políticas más poderosas. Para el realismo en general, la seguridad es el elemento prioritario en su agenda y si bien el poder se destaca por su centralidad en el contexto anárquico, es un recurso requerido para subsistir o alcanzar otras metas, aunque no todos los Estados podrían buscar el poder sino la seguridad. Ésta es la tesis que nos propuso Stephen Walt hacia finales de la Guerra Fría, cuando manifestó que los Estados buscan la seguridad y no necesariamente el poder partiendo de la sustentación de que las alianzas son claves en el funcionamiento y búsqueda del equilibrio de poder.
La guerra: este factor aparece como un fenómeno recurrente y hasta normal en las relaciones internacionales en un entorno anárquico y descentralizado. Para el realismo, es un hecho social[4] y su presencia en el tablero internacional a lo largo de la historia ha sido una constante. Su estudio y comprensión como hecho social son indispensables para arribar a un adecuado diagnóstico de las coyunturas internacionales. Eso fue lo que intentó realizar Karl Von Clausewitz con su obra De la Guerra (1832), al aspirar elaborar una ciencia de la guerra. Aunque no logró tal objetivo, se transformó en un referente notable para el pensamiento occidental a través de la elaboración “una teoría de la guerra que sirva a modo de “norma de conducta” para los militares” (Salimena, 2021: p. 126).
La presentación de estos postulados del realismo en la obra del historiador ateniense, constituyen la base de la corriente y son referencias que a posteriori de cada una de las figuras del realismo contemporáneo realizaron, lo cual nos transporta hacia un esquema mental, que si bien tiene progresos y matices a lo largo de diferentes épocas, a grandes rasgos se sustenta sobre estos cuatro pilares enunciados y nos muestran un mundo imperfecto y competitivo. Quisiera volver muy brevemente sobre un punto que subraye con anterioridad en relación con el sesgo recurrente al que solemos apelar, muchas veces en el marco académico, y marca nuestros propios límites a la hora de nutrirnos de otras civilizaciones y obras que nos pueden proporcionar conocimiento y comprensión de las relaciones internacionales, el realismo, la seguridad y la guerra desde lugares complementarios y alternativos al occidental. Me refiero a los aportes de Kautilya en la India o de Sun Tzu en China con su obra El arte de la Guerra, siendo este último quizás más conocido en occidente por sus contribuciones al estudio de la guerra y la estrategia, resaltando entre sus enseñanzas póstumas que “no hay mejor guerra que aquella que se gana sin luchar”. Con esto quiero manifestar que la divulgación de estas filosofías y su conocimiento profundo, han tenido un hondo impacto en la civilización occidental y oriental, sosteniéndose en el devenir histórico y que aún hoy, se encuentran presentes y marcan una bisagra notoria: mientras occidente lee al militar prusiano Karl Von Clausewitz y su enorme legado producto de su obra De la Guerra, la cultura oriental estudia y examina en profundidad la obra de Sun Tzu mucho antes que apareciera el prusiano en escena. Ello denota filosofías, interpretaciones, instrucciones, estrategias y metodologías (entre otras cuestiones) diversas entre los exponentes de estas civilizaciones, pero que tienen una finalidad común: brindar un conocimiento sobre el arte de la guerra.
Retomando el debate entre las corrientes de pensamiento, el idealismo en cuanto a su connotación se asocia con una pluralidad de acepciones filosóficas y políticas. John Herz en su trabajo sobre Realismo e Idealismo Político (1960) aborda la diferenciación entre ambos desde un lugar polifacético. En el plano filosófico, a través de la concepción del estado de naturaleza, los idealistas sostienen “que el hombre o al menos la mayoría de los hombres, es básicamente “bueno”, “considerado”, pacífico, o que es al menos moralmente incoloro de modo que la educación, el medio ambiente, o la estructura de la sociedad puede hacerlo bueno” (Herz, 1960: p. 45). El contraste con la concepción del realismo es notable. No solo no reconoce la incompatibilidad de intereses, y la conflictividad, sino que su visión del mundo se orienta sobre lo perfectible o maleable de la naturaleza humana y como la conducta puede ser modificada por el rol de las instituciones. Sus focos sobre las luces de la razón y su impacto sobre la conducta humana la conducen sobre un optimismo desmedido en sus previsiones y a la realización de valores morales y éticos en función de la posible construcción de una realidad más armoniosa.
El realismo es toda una antítesis de lo anterior. Reconoce la conflictividad de la política internacional como una constante y que el mundo no es un ente perfectible. La complejidad de la realidad supone evitar la búsqueda de soluciones simples y rápidas a problemáticas complejas e inciertas. La naturaleza humana reconoce al ser humano como un ser egoísta en un mundo signado por la anarquía, donde los recursos son escasos y el estado predominante es de guerra. En plano teórico o de las ideas como sostiene Herz, se refleja también con claridad el contrastante entre ambas, “el término “realismo político” ha sido empleado en relación con las teorías que sostienen estar interesadas en la observación y el análisis de los “hechos” políticos, del frecuentemente grave e inflexible “lo que es” de la historia y la política, mientras que el término “idealismo político”, en este uso se ha referido a aquellas teorías que se han ocupado de los ideales de un mundo “mejor”, de un estado “mejor”, de una política “mejor”, en suma del frecuentemente utópico “lo que debería ser de la historia y la política” (Herz, 1960 : p. 30). Esta rivalidad en el plano filosófico y teórico no es otra cosa que una profunda batalla que decidieron trazar los realistas clásicos[5] en los comienzos de la disciplina, en una especie de cruzada internacional contra un enemigo común: el utopismo. Sin embargo, falta abordar una cuestión más que resulta ser el nudo de la cuestión desde lo teórico: “El realismo reconoce y toma en consideración las implicaciones que tienen para la vida política aquellos factores de seguridad y de poder, que son inherentes a la sociedad humana” (Herz,1960: p.31), lo que no hace más que reforzar la siguiente idea: es “expresivo del realismo en nuestro sentido con tal que reconozca los obstáculos que los fenómenos básicos observados ponen en el camino de cualquier solución racional” (Herz, 1960: p. 30). De esta manera, la seguridad y el poder constituyen el epicentro de las discusiones teóricas entre ambas corrientes, pero también con otros movimientos teóricos (como el constructivismo) que le discuten el lugar de estos y su importancia.
Creemos que “el mundo actual no puede ser pensado sin los constructos teóricos del realismo, que nos conducen a focalizarnos sobre los factores del poder y la seguridad, y de lo que procede de ello” (Salimena, 2024: p.117). Una teoría de orientación realista de la política internacional debe asumir los preceptos básicos, esto es el centro duro de esta corriente, pero examinar con espíritu crítico otros constructos no solo en pos de guiarnos sobre una mayor capacidad explicativa, sino a través de la incorporación de factores que deben integrarse en una misma construcción teórica. A la vez, debe asumirse que “nunca una teoría es enteramente realista, es decir, las construcciones suelen contener algún elemento normativo” (Salimena, 2024: p. 117).
La política internacional enfrenta una serie de transformaciones, algunos denominamos a este momento histórico proceso de transición intersistémico, me refiero a “la evolución del sistema internacional en la cual hay cambios y transformaciones en lo económico, político, militar-estratégico, cultural y social, que se producen en un marco convulsionado por el conflicto entre Estados, pero también entre agentes no estatales y estatales, que lejos de matizarse se potencia y abre nuevos horizontes de conflictividad” (Salimena, 2024: p.15). Es decir que hacemos mención a una “etapa que media entre la “decadencia” de un sistema y la “emergencia” de uno nuevo” (Dallanegra Pedraza, 1998: p. 231) o bien podríamos asemejarlo a una repolarización (Rial, 2024). La transición en la cual vivimos supone que la política internacional de nuestros días no goza de un orden específico y que los mismos no suelen construirse de manera automática. El interregno (como suelen llamarla también al proceso de transición) representa una lucha entre diversas fuerzas que representan a lo viejo y lo nuevo, y que las mismas interaccionan en post de la visualización de algo diferente. “El momento que transita la política internacional hace evidente que lo antiguo continúa teniendo un peso destacado para explicar gran parte de lo que acontece. En otras palabras, parece que hasta el momento a lo nuevo le cuesta nacer y a lo viejo morir, lo que significa en términos teóricos que el realismo continúa siendo la teoría dominante de las relaciones internacionales, pero la complejidad conlleva la incorporación de condiciones iniciales y de factores necesarios para explicar los accidentes” (Salimena, 2024: p.120). Con esto quiero manifestar la necesidad de una teoría que incorpore factores que puedan ampliar su capacidad explicativa, pero que ello no debe ir en detrimento de la perdida de distintividad del centro duro y de intentar explicarlo todo. Debe recordarse que una teoría no puede abarcar todos los aspectos de la realidad, sino aquellos fenómenos que se buscan analizar y que resultan trascendentales para la comunidad académica y epistemológica en general. Palabras más palabras menos, las corrientes se focalizan sobre porciones de la realidad y no sobre realidad como un todo. Desde este punto de vista, estamos frente a una visión reduccionista de la política internacional nos diría Kenneth Waltz.
De esta manera, el interregno hegemónico que se caracteriza por la interacción de flujos entre lo “viejo” y lo nuevo, debería proyectar un escenario que desemboque en la construcción de un nuevo orden. En el ámbito de las relaciones internacionales, las teorías interactúan con la realidad, intentado aportar herramientas para una lectura de esta, lo más aproximada posible y ser el centro de la explicación de los fenómenos internacionales. De esta manera y dado el contexto de rivalidad creciente, lo antiguo goza aún de gran capacidad explicativa, lo que significa que la lectura del realismo político es indispensable en sus diversas versiones, ya que sigue explicando gran parte de lo que acontece en política internacional, aunque no todo. La complejidad de la realidad exige la incorporación de factores adicionales que complementen la visión del realismo para ampliar la visión de los prismáticos.
Lo que se intenta proponer, “es algo similar a aquello que sucede cuando se intenta “integrar” aspectos de una teoría con otra. Algo análogo a lo que propusiera Robert Keohane en su mencionada obra[6], la combinación que se busca es fundamentalmente entre algunas visiones hacia el interior del realismo político, con elementos de otras corrientes del mainstream, como el neoliberalismo. Por tal razón, la exploración que llevaremos a cabo tiene como objetivo “un sincretismo hacia dentro del realismo, pero a la vez una posible integración con algún elemento de otras visiones, con la finalidad de concretar una visión más abarcativa, que denominaremos posrealismo en relaciones internacionales” (Salimena, 2024: p. 120). El neoliberalismo en sus diferentes modalidades, proporcionan variables claves que se proyectaron oportunamente fines de la década del setenta y principios del ochenta, pero que hoy subsisten y se han consolidado como factores que no pueden faltar en una construcción teórica seria de las relaciones internacionales.
Por lo tanto, el término posrealismo busca aunar posturas hacia el interior de la corriente del realismo, con elementos que hacen al pluralismo político y su influencia sobre las construcciones teóricas.

3. El Posrealismo
Condiciones iniciales
Denominamos condiciones iniciales en términos epistemológicos, a un conjunto de variables que tienen incidencia en la confección teórica del centro duro de una teoría. Muchas de ellas nos acompañan desde hace un tiempo en las relaciones internacionales, y hoy en día su papel se vio reforzado por el contexto de transición que estamos recorriendo. Estas variables están imbricadas entre sí, y elaboran un diagnóstico clave del presente que nos encontramos transitando.
Anarquía y bajo nivel de institucionalización de la política internacional
Robert Keohane sostenía que “para entender la política mundial, debemos mantener en mente tanto la descentralización como la institucionalización” (Keohane, 1993: p. 14). Por su parte, Stanley Hoffmann nos dice que las relaciones interestatales es un reino que tiene que ver con la preservación de la propia existencia y la seguridad” (Hoffmann, 1991: p. 95). Son dos posturas antitéticas, pero que buscan integrar una idea común: Keohane postulando que la anarquía puede coexistir con la institucionalización y un Hoffmann, que pregona que la anarquía condiciona la conducta de las unidades políticas.
No puede negarse el vínculo entre ambas, en la cual notoriamente la anarquía saca ventajas sobre una baja institucionalización, ya que ella no solo representa el principio ordenador del sistema (como diría Waltz) sino que tiene incidencia sobre la manera en la cual las unidades políticas se comportan. Ambas pueden coexistir, pero sin dudas que en esa asociación, tiene más peso la anarquía. Ésta debería entenderse como descentralización, falta de una organización formal que se presente como una especie de autoridad superior que conduzca a regular las relaciones entre las unidades políticas. Dentro de ese marco, también debería incluirse en la connotación del término, el poco respeto a las reglas y normas, a la vez que un profundo deterioro del proceso político llevado a cabo en los organismos internacionales que proyectan límites para resolver cuestiones en este ambiente institucional (Salimena, 2024). Sociedad de Naciones y Naciones Unidas (hasta nuestros días), han sido ejemplos de intentos de ordenamientos internacionales sobre la base de un enfoque universalista, que han sabido mostrar claras limitaciones, entre ellas, no ser un gobierno mundial.
Todos estos elementos descriptos con anterioridad nos dejan una evolución histórica del sistema internacional, desde la antigüedad hasta nuestros días, que refuerzan la convicción de que los Estados se comportan de manera egoísta y en un ecosistema anárquico, celosos de las capacidades de las otras y que la seguridad se configura como la principal preocupación. Las relaciones internacionales representan el reino de lo anárquico, lo cual no está tan lejos de aquella enseñanza que nos dejó Waltz, cuando planteó que en la política internacional “ninguno tiene derecho a mandar; a ninguno se le exige que obedezca” (Waltz,1979: p. 88). “La anarquía es a las relaciones internacionales lo que la justicia es al letrado” (Salimena, 2024: p.122).
La existencia de un bajo nivel de institucionalización permitiría hablar de un cierto orden relativo en el funcionamiento del sistema, aunque la política internacional se caracteriza más por el desorden que por el orden, y la experiencia histórica producto de las prácticas de los Estados nos demostrarían lo contrario a esta tesis. Por lo tanto, el bajo nivel de institucionalización se puede asociar con la ausencia de intereses, valores, objetivos y normas comunes entre las unidades (desde un punto más constructivista e institucional) que atentan contra la confección de un orden y refuerzan la idea de un desorden y de una anarquía que sin llegar a potenciarse en un caos absoluto, configuran una desorganización relativa y repercuten sobre la incertidumbre.
Al respecto, creo que la filosofía antigua puede aportar un ejemplo sobre lo que venimos hablando. La sabiduría de la filosofía griega nos hablaba de “una concepción cíclica del tiempo, cuando afirmaban que el ser era “eterno” y que su existencia se asoció con el Khaos o el Kosmos” (Etchegaray y García, 2001), “siendo el primero entendido como aquello “que carece de forma y orden” (Etchegaray y García, 2001: p. 24) pero que a la vez, era el origen del Kosmos, ya que este representa la forma y al orden. Esto equivale a plantear que del Khaos se originaría el Kosmos jerarquizado y ordenado, pero a la vez que en el marco de éste las fuerzas del dike-hybris[7] interactúan transformando al Kosmos a un orden dinámico producto de perturbaciones y cambios, resultado de esta ligadura entre ambos poderíos. De esta idea filosófica se desprenden dos interrogantes:
“¿Es posible en la política internacional pensar en un Kosmos que dé forma y ordene las relaciones entre las naciones?” ¿Podríamos pasar de un estado de Khaos a un Kosmos en la política internacional, en el cual interactúen las fuerzas contrapuestas de la paz y la guerra pero que el sistema se reordene hacia un estado armónico?” (Salimena, 2024: p. 122). Pensar en un Kosmos que se traduzca en un papel protagónico de las instituciones internacionales suena utópico en la ausencia de un conjunto de valores, normas e intereses comunes entre los Estados. La transición hacia un reordenamiento más pacífico requiere una aceptación de la diversidad como un valor, y la construcción de una moralidad compartida que desemboque en el abandono de un “sistema” por una “sociedad”, y difícilmente logre plasmarse en el actual contexto, donde los Estados tienden a reafirmar su soberanía interna y externa, y la agenda se configura sobre el rol protagónico de la seguridad.
El poder y las capacidades económicas y militares
John Mearshemer sostiene que la “international politics has always been a ruthless and dangerous business, and it is likely to remain that way” (Mearsheimer, 2001: 17). Maquiavelo consideraba el contexto en el cual desarrollaba sus obras en términos similares a Mearsheimer, un entorno hostil y conflictivo donde “el partido más seguro es ser temido antes que amado” (Maquiavelo,1994: p.105). De ambas caracterizaciones se desprende que si la anarquía es el principio rector de las relaciones internacionales y el entorno se caracteriza por un estado de conflictividad y competitividad, donde la guerra es una realidad, los vínculos entre los actores se encuentran regidos por la desconfianza y el egoísmo. Si el contexto es de anarquía y baja institucionalización, ello condiciona los lazos entre las unidades porque garantizar la seguridad se transforma en el objetivo clave de la política exterior y por ende “el poder constituye un elemento esencial e indispensable que marca el ritmo de los vínculos entre los Estados en la política internacional” (Salimena, 2024: p. 122). La búsqueda de poder se transforma en una constante universal de espacio y tiempo. Morgenthau lo graficó con mucha claridad cuando dijo que “la relación de las naciones con la política internacional tiene una cualidad dinámica. Cambia junto a las vicisitudes del poder” (Morgenthau, 1986: 42). Requerimos del poder para garantizar nuestra seguridad, ya que “el poder es el interés del Estado” (Salimena, 2022: p. 101).
De esta manera, la anarquía en un contexto hostil acarrea a la búsqueda de capacidades militares que son los medios esenciales para dar presencia y lucha en las relaciones internacionales, ya que su maximización conduce a garantizar nuestra seguridad, y a gozar de un diferencial de poder. ¿Cuánto poder requerimos para garantizar nuestra seguridad en el entorno anárquico internacional de nuestros días? Si el poder es el determinante de la conducta de las unidades, y ello es indispensable para garantizar nuestra supervivencia, quizás nunca tengamos el poder suficiente en función del tamaño y de la amenaza que enfrentemos. Por ejemplo, en el caso de una potencia media que pudiese estar atravesando posibles conflictos territoriales frente a un hegemón, en este caso la acumulación de poder se transforma en un fin en sí mismo, así como recurrir a posibles alianzas que ayuden a garantizar su seguridad. Pero en el ámbito internacional, “cuando hablamos de grandes jugadores del sistema y la política internacional es de números chicos, pero muy poderosos”, como decía Kenneth Waltz, estos quizás no ven amenazada su supervivencia, y de ahí que el poder se transforme en algo más que un fin en sí mismo útil para garantizar esa supervivencia, en principio” (Salimena, 2024: p. 123). Aquí el tamaño cumple un papel distinto al igual que las amenazas. En la actualidad, “el poder oscila entre una diarquía que nos habla del poder como fin en sí mismo y el poder como un medio que ayuda a la consecución de objetivos de política exterior. O quizás sea ambas cosas” (Salimena, 2024: p. 123).
No se puede pensar el poder militar sin un desarrollo económico. Están imbricados. El desarrollo económico y productivo en ciertas áreas conlleva mejoras en las capacidades tecnológicas, que tienen un impacto sobre la esfera militar. Ambas son decisivas en el actual escenario conflictivo y turbulento. Aunque quizás nunca dejaron de serlo (Salimena, 2024), ya que los grandes actores de las relaciones internacionales son aquellos que poseen ambas dimensiones.
Incertidumbre, imprevisibilidad e indeterminación
Estas condiciones iniciales gozan de una gran repercusión en el mundo turbulento de hoy porque si bien no son nuevas, han alcanzado niveles inusitados que potencian amenazas y riesgos. En relación con la incertidumbre, es claro que el realismo nos habla de ella en lo asociado a lo militar estratégico. Como bien sostenía Hans Morgenthau, la incertidumbre de establecer con precisión los recursos de poder de los otros actores nos conduce a una irrealidad sabiendo que “lo máximo a lo que puede aspirar es a incrementar mis recursos, y de esta manera intentar mantener un mínimo de seguridad y un mínimo de error” (Salimena, 2022: p. 105). El concepto planteado se vincula a un equilibrio en un contexto de confrontación por el poder, donde las naciones deben limitar esas “aspiraciones” a través de un balance defensivo. Ángel Tello propició un término interesante, que acuño en el escenario controversial post 11-S denominado incertidumbre estratégica. La misma sostiene que “no estamos en condiciones de determinar con exactitud cuáles son estas amenazas y si existe una principal y otras secundarias. Debemos pensar estratégicamente sin enemigo designado” (Tello, 2002: p.4), es decir sin poder precisar claramente una hipótesis de conflicto, trayendo como resultado que haya actores que vean probables amenazas en otros de su misma naturaleza, así como otras unidades políticas se focalicen sobre un conjunto de amenazas más heterogéneas, como las amenazas complejas o una agenda que introduzca elementos que hacen a la composición tanto de elementos tradicionales como complejos.
Ahora bien, la incertidumbre también puede ser asociada con la corriente neoliberal de las relaciones internacionales que nos transmite que la gran cantidad de variables que interactúan entre sí, atenta contra una mejor capacidad predictiva y que la falta de previsibilidad (resultado de este proceso) se traduce otro tipo de incertidumbre, me refiero a “la dificultad de establecer de manera más o menos precisa el resultado de los procesos políticos internacionales llevados a cabo en un mundo interdependiente” (Salimena, 2024: p. 124).
La combinación de incertidumbres conlleva a una imprevisión, fenómenos recurrentes de nuestros días y que parecen brindar un diagnóstico incierto. El gran teórico francés Raymond Aron, coincide con este juicio al transmitir coherencia en su adhesión al paradigma interpretativo sociológico, cuando nos recuerda que “nunca se eliminará la incertidumbre que surge de la imprevisibilidad de las reacciones humanas, del secreto que rodea a los Estados y de la imposibilidad de saberlo todo antes de comprometerse con la acción” (Aron, 1963: p. 36), lo cual es coherente con su pensar acerca de que “la conducta diplomático-estratégica no estará nunca determinada racionalmente” (Aron, 1963: p.44), ya que la principal búsqueda de la seguridad por parte de los Estados en el sistema internacional, los arroja a considerar la indeterminación de los actores, que no es otra cosa que decir que las unidades políticas no actúan racionalmente o que “no se puede establecer con precisión la conducta de los principales actores” (Salimena, 2024: p. 123).
De esta manera, si en el escenario internacional “states can never be certain about other states’ intentions. Specifically, no state can be sure that another state will not use its offensive military capability to attack the first state” (Mearsheimer, 2001: p. 40) y la lucha se concentra en la búsqueda de poder entre los principales Estados, ya sea por la supervivencia o por la obtención de objetivos vitales de política exterior, el temor generalizado a la reacción de otros actores del sistema conduce a conductas egoístas y desconfianzas que atentan contra la cooperación. En síntesis, la incertidumbre, la imprevisibilidad y la indeterminación, son tres variables que se relacionan e incrementan la complejidad de los procesos internos e internacionales, potenciando interacción de factores que dificultan su estudio en profundidad debido fundamentalmente a que los acontecimientos son tan repentinos, como fugaces y distan de poder acercase a ellos en profundidad. Enfrentamos una nueva era en relaciones internacionales con tres protagonistas que han venido para quedarse.
Interdependencia y Transnacionalización
El concepto de transnacionalización fue definido por los mentores de la interdependencia compleja Keohane y Nye a principios de la década del setenta, como resultado de cambios en la política internacional. Para ellos la transnacionalización es “movimiento de elementos tangibles e intangibles a través de las fronteras estatales, en el cual al menos uno de los actores involucrados no pertenece a gobierno u organismo internacional alguno” (Keohane y Nye, 1971: 332). Si bien es cierto que la definición incluye “otros actores”, muchos vieron en ella la rivalización del protagonismo del Estado en la política internacional, éste no dejó de ser actor protagónico para ser de reparto. Hoy inclusive, luego de la pandemia sigue regulando la vida política y económica tanto en lo doméstico, como en el ecosistema internacional. En esa misma época, el término interdependencia asumió un lugar clave en la globalización a través de “efectos de costos recíprocos entre países o actores de diferentes países” (Keohane y Nye, 1988: p. 22). Esta interdependencia no se caracteriza por la simetría de los costos, sino que “la asimetría en la dependencia proporciona fuentes de influencia a los actores en su manejo con los demás” (Keohane y Nye, 1988: 24). Para exponerlo con claridad, “aquellos actores tornen menos dependientes y menos simétricos pueden proyectar la interdependencia como una “fuente de poder” contra otros actores, es decir, pueden usar o manipular las sensibilidades o las vulnerabilidades de sus enemigos a su favor. Este es el meollo de la cuestión en el mundo actual. Saber cómo usar o manipular la interdependencia que otros tienen en relación con nosotros como una ventaja que permita un posible reposicionamiento en la estructura de poder internacional o regional (si es que soy un actor importante en el sistema internacional) y en relación directa con nuestras amenazas a la seguridad” (Salimena, 2024: p. 126).
Ahora bien, es cierto que el término interdependencia económica que plantea Keohane y Nye se traduce en una tipología en particular asociado a lo económico-comercial. Pero en la conflictividad que transitamos, donde los conflictos armados son moneda común, importa también la interdependencia estratégico-militar. Dicho de otra manera, puedo brindar “seguridad mediante un acercamiento hacia aquellos que hoy son “amigos” otorgando una interdependencia militar, pero el día de mañana puedo quitársela en función del vínculo que tenga, aprovechando sus vulnerabilidades y explotándolas como una “fuente de poder” a mi favor. Es así como la interdependencia militar también puede ser usada para “manipular” (Salimena, 2024: p. 126-127). La interdependencia estratégica militar acerca interoperabilidad a una posible alianza militar reduciendo sensibilidades y vulnerabilidades, para unos, pero aumentando dependencia de otros, y “la incertidumbre y la indeterminación de la política internacional nos puede llevar a considerar que los aliados de hoy pueden ser las amenazas del mañana” (Salimena, 2024: p. 127) con esto remarco que además de estas condiciones, debemos considerar que los recursos materiales poseen un significado a partir de un conocimiento compartido y que las connotaciones mutan asiduamente y se someten a una resignificación (Salimena, 2022).
En síntesis, la interdependencia militar y económica son dos factores del sistema internacional que pueden emplearse con fines diversos, trayendo ayuda económica y proveyendo mayor seguridad, pero a la vez pueden ser empleados y manipulados para ejercer más poder e influencia sobre otros, y afectarlos más de lo que ellos pueden hacerlos con nosotros. De ahí que la asimetría sea valor importante en nuestros días.
La centralidad de la tecnología
“El poder económico y militar son llaves que abren a pensar la trascendencia que siempre tuvo la innovación, la capacidad de inventar y adaptar tecnologías en las confrontaciones por el poder mundial” (Salimena, 2024: p. 127). Este valor asignado a lo económico y militar, así como al vínculo entre ambas, podemos encontrarlos en las ideas propiciadas George Kennan, quien sostenía que, en pleno auge de la conflictividad pos segunda guerra mundial que “el acceso de los centros de poder industrial, a las fuentes de materias primas y a los puntos defensivos cruciales de todo el mundo” (Gaddis, 1989: 45), lo cual suponía que, “de todas las variedades de poder existente dentro de la escena internacional, el poder industrial militar era el más peligroso y por lo tanto era necesario poner un énfasis primario en el hecho de mantenerlo bajo control” (Gaddis, 1989: 45).
El poder industrial militar y el desarrollo de la tecnología se encuentran asociados no solo al denominado poder duro sino también al poder blando. En las últimas décadas y debido a su inclusión en la agenda de seguridad, “la tecnología ha pasado de considerarse un mero instrumento operativo facilitador del desarrollo y uso de productos y servicios avanzados requeridos para el funcionamiento de la sociedad a constituirse en un elemento clave para el posicionamiento de los países en el contexto internacional formando parte intrínseca de la batalla geopolítica mundial” (León Serrano y Da Ponte: 2023 17).
Esta transformación se está acelerando en el actual proceso de transición intersistémico, producto de la creciente rivalidad económica entre China y Estados Unidos, siendo la innovación y la capacidad de inventar y adaptar tecnologías los elementos claves que definirán la batalla tecnológica. La rivalidad tomará la forma de una bifurcación que delinee distintas geopolíticas tecnológicas. Si bien es cierto, como decía el gran teórico de las relaciones internacionales Hans Morgenthau, que el concepto de interés entendido como poder nos permite definir la conducta del Estado en el sistema internacional, “hoy el interés del Estado es la capacidad de innovar y el poder debe ser definido en términos tecnológicos” (Salimena, 2024: p. 128).
4. Centro duro del Posrealismo
Pasaremos a exponer los cuatro constructos teóricos que forman parte del posrealismo.
Los Estados son los actores claves y “la política internacional implica una lucha por poder” (Morgenthau, 1986: 41) entre los Estados más poderosos, que ocupan una posición clave en la estructura y por ende en el sistema internacional regido bajo el principio ordenador de la anarquía, la descentralización y por el marcado descenso del grado de institucionalización de las organizaciones internacionales.
En un mundo esencialmente conflictivo, el poder y la seguridad son los dos factores más importantes que determinan la conducta de los Estados en el sistema internacional y ello tiene impacto en las relaciones entre las unidades políticas. Por tanto, en un contexto de confrontación política, económica y tecnológica, el interés definido como poder al igual que la seguridad deben redefinirse e incluir la tecnología, como un componente esencial del poder y la seguridad.
Como consecuencia de la lucha por el poder en un entono anárquico y la búsqueda de poder y la seguridad como determinantes de la conducta de los Estados, la agenda de política internacional que se deriva de este supuesto se caracteriza por una marcada prevalencia de los asuntos de seguridad internacional, donde la alta política se ve mezclada con una baja política, lo cual acentúa la heterogeneidad y la multidimensionalidad.
En un mundo de recursos escasos, intereses contrapuestos, conflictividad, interdependencia y transnacionalidad, la política exterior debe estar orientada a evitar el espíritu de cruzada, a la defensa de los puntos vitales y a la custodia de un equilibrio de poder defensivo que garantice la estabilidad y la integración del sistema internacional de la diversidad sin destruir el elemento distintivo que lo compone: su heterogeneidad.
Los actores primordiales en las relaciones internacionales son los Estados. Desde la construcción de un sistema de unidades políticas incipiente luego de la paz de Westfalia en 1648 hasta nuestros días, los Estados han dominado la escena internacional, la cual se caracterizó por una lucha constante por el poder entre las naciones más importantes, coincidiendo la misma con una fuerte presencia de potencias occidentales y un sistema multilateral con cierta homogeneidad hasta la segunda guerra mundial, y que luego se modifica en pos un sistema bipolar heterogéneo (Aron, 1963), que introduce nuevos Estados no occidentales importantes en tamaño y capacidades que hoy pretenden jugar un papel aspiracional relevante como alternativas de poder a occidente. Esta heterogeneidad tiene un punto débil que Kissinger en su libro La Diplomacia (1995) lo subrayaba con claridad al manifestar ninguno de los países más importantes que deben construir un nuevo orden mundial ha tenido alguna experiencia en el sistema multiestatal que hoy está surgiendo (Kissinger, 1995). Esto va en consideración de los casos de Rusia, China e India, que han presentado características particulares. En el caso del primero, no logró ser un Estado Nación similar al europeo, sino un imperio. China por su parte, no tuvo una soberanía en los términos occidentales y tampoco elaboró un sistema diplomático permanente. Finalmente, en el caso hindú, el estado nación es muy reciente (Kissinger, 1995). Estas potencias que hoy luchan por la supremacía y la configuración del mundo nuevo del siglo XXI no gozan de una extensa experiencia y la heterogeneidad es una característica que en nuestros días, puede profundizar más las diferencias entre las grandes potencias alimentando la fragmentación.
De esta manera el mundo siempre ha sido una confrontación por el poder. Sin embargo, lo que ha cambiado fueron los escenarios, los intereses y los actores que participan de esa disputa, así como la mayor interdependencia e incertidumbre de los procesos políticos que transitamos, siendo el siglo XXI a diferencia de los anteriores, una instancia con mayor presencia de poderes orientales, que buscan tener peso para reposicionarse en la estructura. El sistema internacional de esta manera ha pasado por diversas etapas, que Raymond Aron explicó muy bien, cuando mencionaba al mundo pos westfaliano como multipolar homogéneo y la ruptura de este luego de la segunda guerra mundial, con el posterior diseño bipolar heterogéneo (Aron, 1963). La estructura actual del siglo XXI muestra una tendencia hacia una transición intersistémicacon un sistema caracterizada por conductas de los Estados que buscan el poder y la seguridad y, por ende, el resultado ha sido la conflictividad y la competitividad.
Una mirada a los datos actuales publicados recientemente por SIPRI (Instituto Internacional de Investigación para la paz de Estocolmo) refuerzan esta tesis al sostener que el “gasto militar creció en todas las regiones del mundo, destacando el fuerte aumento registrado en Europa y Oriente Medio. Los cinco países con mayores presupuestos militares —Estados Unidos, China, Rusia, Alemania e India— representaron el 60 % del total mundial, con un gasto conjunto de 1.635 mil millones de dólares[8]” (Sipri, 2025). Otro dato que no pasa desapercibido y el cual mencionamos con anterioridad, se refiere a la fuerte presencia de oriente en el gasto militar mundial producto de modernización de equipamientos estratégicos, así como por conflictos latentes, como el caso de Ucrania. El poder y la seguridad son los objetivos primordiales de las unidades y diseñan una estructura conflictiva y competitiva donde la distribución de las capacidades materiales militares, conjuntamente con el desarrollo económico y tecnológico de punta, se transforman en aquellos elementos deseados por los Estados. Como bien indiqué con anterioridad, si bien la búsqueda de poder es el elemento esencial y distintivo del sistema internacional y de los grandes jugadores, hay potencias medias que pueden requerir de seguridad y no de poder. Pese a ello, como decía Morgenthau, “cuando intenten cumplir sus metas recurriendo a la política internacional se verán embarcados en la lucha por el poder” (Morgenthau. 1986: p. 41).
Cabe agregar a este punto, que el poder no es solo un fin en sí mismo necesario para llevar a cabo esa lucha y sobrevivir en el plano internacional, sino también un medio para lograr intereses nacionales u objetivos de política exterior, así como tampoco podemos olvidarnos que el poder económico y el poder militar están coligados y que ser poderoso en el siglo XXI involucra considerar el rol protagónico que debe tener la tecnología como un componente esencial del poder y la seguridad. El tercer constructo teórico nos sumerge sobre una agenda internacional marcada por las cuestiones de seguridad. La inclusión de temas que hacen a la alta políticatiene una fuerte presencia y se posicionan en lugares estratégicos para los Estados, lo cual está dado por la conflictividad y la competitividad interestatal de la estructura que hace que los Estados deban invertir en cuestionesmilitares-estratégicas. Sin embargo, el siglo XXI muestra la presencia de elementos que hacen a la baja política tales como cuestiones económicas, energías alternativas a las tradicionales, medio ambiente y alimentarias entre otras, que interactúan y coexisten conformando una agenda heterogénea y multidimensional. En este sentido, el posrealismo planeta un concepto de seguridad nacional ampliado en cuanto a los temas, que podrían contener cuestiones que hacen a la migración y temas conexos. Por lo tanto, es claro para este enfoque, que la agenda está gobernada por temas de seguridad que corresponden a la alta y baja política, integrándose en pos de una ampliación del término seguridad nacional. La configuración de la agenda en un mundo interdependiente no es rígida y se debe realizar en función de la evaluación real y potencial amenazas y riesgos, mediante una valoración de las capacidades estatales para dar respuesta a las problemáticas que subyacen, incluyendo un diagnóstico acertado del sistema internacional y regional. Éste es el diálogo inteligente que debe existir entre las cuestiones de seguridad y la política exterior en pos de la seguridad nacional del siglo XXI.
Cómo manifesté oportunamente y siguiendo la línea de los clásicos de la disciplina que se nutrían de la idea manifiesta de que una teoría no es enteramente realista, sino que suele tener aspectos normativos, de todos los constructos expuestos, el último podría ser aquel que expone una dimensión más praxeológica en referencia al sociólogo francés. Aquellos Estados que han sido muy poderosos desde un punto de vista multifacético del poder, han buscado exportar su modelo moral a otras sociedades. Morgenthau nos decía que “el realismo político se niega a identificar las aspiraciones morales de una nación en particular con los preceptos morales que gobiernan el universo” (Morgenthau, 1986: p. 22). Las palabras del padre del realismo contemporáneo no quieren expresar otra que “las comunidades políticas tienen diversas culturas que generan diferentes derechos (leyes), por esta razón los principios de una sociedad no se pueden aplicar como preceptos morales universales” (Salimena, 2024: p. 143). Morgenthau le habla particularmente a los Estados Unidos en función de evitar que caiga nuevamente bajo esta mala política que opera en contra de una política exterior racional. Kissinger también se referencia a ello en su obra La Diplomacia cuando menciona que Estados Unidos ha “insistido con mayor firmeza en lo inadmisible de la intervención en los asuntos internos de otros Estados, ni ha afirmado más apasionadamente que sus propios valores tenían aplicación universal” (Kissinger, 1995).
Otras grandes naciones a lo largo de la historia sintieron tentadas de exportar sus modelos exitosos a otras sociedades. Un ejemplo claro lo constituyó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), que luego de la Segunda Guerra Mundial se sintió en el contexto propicio para exportar su modelo político y económico fomentando su implementación por medio de la persuasión o el uso de la fuerza en diferentes regiones. Otro caso que se nos viene a la cabeza fue la Alemania nacionalsocialista de Hitler, que pretendió hacer universalizable su nacionalismo y exportarlo como una verdad revelada. En el contexto actual, los riesgos de que estallen conflictos impensados son altos, por esta razón debemos despojarnos de política principistas para elaborar una correcta política exterior y abrazar la heterogeneidad como un valor a preservar. El marco de conflictividad e interdependencia nos recuerda que debemos ser selectivos con nuestros intereses vitales. Debemos tener claro hacia dónde vamos y cuáles son los medios disponibles para transitar ese camino. Por tal razón y en virtud de los expuesto, en el mundo de hoy al igual que en contextos anteriores, la defensa de los puntos fuertes cobra particular importancia frente al abandono de la estrategia de perímetro defensivo. Acuñado esta terminología por el prestigioso asesor norteamericano George Kennan en el marco de la estrategia de contención, parte del supuesto “jamás se logrará una seguridad completa ni la perfección del entorno” (Gaddis,1989: p.41). El enfoque particularizado seleccionado por Kennan para hacer frente al mundo pos Segunda Guerra Mundial, consideraba este hipotético como parte de la lucha por el poder como una constante y a los organismos internacionales como un fiel reflejo de cierto parlamentarismo internacional que poco aportaba a los Estados (Gaddis, 1989). La escasez de recursos económicos y financieros y la multiplicidad de conflictos que comenzaron a estallar, avizoraban la selección de los recursos y las áreas disponibles para la defensa de los intereses. Aunque faltaba en ese esquema, ante todo promover la recuperación económica de las zonas en cuestión, para evitar caer bajo el miedo psicológico que podría implicar el dominio soviético. Otro elemento que Estados Unidos analizó para desplazarse de una estrategia a otra fue que “podía elegir el terreno más favorable para enfrentar a los rusos” (Gaddis,1989: p. 74), conjuntamente con un elemento más, a saber: seleccionar hábilmente “estos instrumentos”.
Otra idea persistente del pensamiento norteamericano sobre los asuntos internacionales en el siglo XX ha sido la de utilizar “recursos económicos y tecnológicos, pero no poder humano para mantener el equilibrio transatlántico” (Gaddis, 1989: p. 76). Por estas razones, la presencia norteamericana debía ser selectiva sobre Europa y Asia, dos áreas vitales que encerraban tras de sí un pensamiento de la época ya proyectado en las ideas de Hartford Mackinder, quien avizoraba “una íntima relación entre la geografía y la tecnología” (Dougherty y Pfaltzgraff, 1993: p. 72). Para el autor, la creciente conflictividad por el poder en las primeras décadas del siglo XX entre Alemania y Rusia suponía “el control de las tierras de importancia decisiva y las zonas adyacentes de la masa territorial euroasiática” (Dougherty y Pfaltzgraff, 1993: 73). Por eso era de crucial importancia que ningún Estado fuera capaz de establecer un control hegemónico sobre la zona de “Eurasia”, ya que quien fuera lo suficientemente hábil para proyectar un poder efectivo sobre esta zona, podría dominar otras áreas del mundo. Este era el análisis correcto para la administración norteamericana en la segunda posguerra, que reflotaba las ideas de Mackinder, al ver poco viable que “ninguna de las ‘tierras bordes’ podía estar segura si la ‘tierra central de Eurasia’ se hallaba bajo un único poder hostil” (Gaddis,1989: p.72). Este ejemplo que se trae a colación ayuda a comprender el accionar de los Estados en cuanto al contexto en el cual estamos inmersos y requiere de una presencia selectiva en diversas áreas geográficas en función de los recursos económicos y financieros, así como los intereses vitales que nos proponemos defender y promover. En política internacional lo que hoy puede ser un área vital y estratégica puede mañana dejar de serlo y ello requiere de una reconfiguración inteligente de la política exterior y de la seguridad. De modo que “si el escenario internacional está marcado por la lucha por el poder y la seguridad, y esto determina la conducta de las unidades políticas –como bien ya decían algunos teóricos de la política internacional–, la manera de matizar o limitar esa historia recurrente es mediante una configuración de poder defensivo” (Salimena, 2024: p. 146).
Para compenetrarnos más en este aspecto volvemos sobre la obra principal de Hans Morgenthau. El pensador alemán no recuerda que el propósito del equilibrio de poder “es mantener la estabilidad del sistema sin destruir la multiplicidad de elementos que lo componen” (Morgenthau, 1986: 211); de esta manera, “se debe evitar que ninguno cobre ascendencia por sobre los demás” (Morgenthau, 1986: 211). “Un sistema así no busca necesariamente el quiebre o la implosión, sino tal vez alcanzar un cierto statu quo que se redireccione u oriente sobre una nueva configuración de la estructura o del sistema donde no prevalezca una hegemonía” (Salimena, 2024: p.146). Este punto podría asemejarse al sistema multipolar homogéneo, que según Raymond Aron se modela luego de 1648 y que tuvo una duración hasta el siglo XX. “En un sistema homogéneo los Estados pertenecen a un mismo tipo y al mismo concepto de la política” (Aron, 1963: 142) y “los líderes políticos están de acuerdo acerca de los objetivos que se deben perseguir; el conflicto se produce dentro del sistema, pero la existencia constante del sistema mismo no está en juego” (Dougherty y Pfaltzgraff, 1993: p.127-128).
Distinta fue la realidad de la segunda posguerra, donde la multipolaridad homogénea se pasó a una bipolaridad heterogénea, donde Estados revisionistas cuestionaban la política, los valores y principios tradicionales que habían regido hasta ese momento, poniendo en tela de juicio el sistema mismo y potenciando la heterogeneidad como foco de conflicto. Al respecto Aron manifestaba que “la violencia de las guerras crea la heterogeneidad del sistema o, muy por el contrario, esta heterogeneidad es si no la causa, al menos el marco histórico para las grandes guerras” (Aron, 1963: p. 141). Hay diferencias entre Morgenthau y Aron en relación con el uso del término heterogeneidad, aunque puede exhibir una aproximación, cuando el académico alemán menciona “sin destruir la multiplicidad de elementos que lo componen”, donde podríamos hipotetizar y hacer estiramiento conceptual (como diría Giovanni Sartori) sabiendo que allí habría una diversidad que es necesario preservar. Esta idea de conservar los elementos que componen el sistema y la estabilidad de este, estaríamos dentro de un equilibrio de poder defensivo, el cual se conoce con el nombre balancing en contraposición del denominado bandwagoning. Ambas terminologías se expusieron con claridad en la obra The origins of the Alliance (1987) de Sthepen Walt. Allí el autor desarrolla la hipótesis en la cual proyecta que “balancing is far more common than bandwagoning” (Walt, 1987: 5) y que a su vez “states ally to balance against threats rather tan against power alone” (Walt,1987: p. 5). En síntesis, ello implica que balacing se asocia con “allying” y bandwagoning con “alignment” (Walt, 1987), lo que dentro de esta corriente algunos realistas denominaron “realismo defensivo”.
“El mundo actual, que categorizamos anteriormente en las condiciones iniciales de anárquico, interdependiente e incierto (entre otras cuestiones), requiere de la configuración de un equilibrio de poder defensivo” (Salimena, 2024: p. 148). Kissinger en su obra Orden mundial (2017) sostiene algo similar, aunque sin categorizarlo en esos términos, cuando dice que “se impone realizar una reevaluación del concepto de equilibrio de poder. En teoría, el equilibrio de poder debería ser totalmente calculable; en la práctica ha resultado extremadamente difícil armonizar los cálculos de un país con los de otros Estados” (Kissinger, 2017: 428). En este proceso de transición intersistémico, hay que evitar la configuración de una hegemonía que atente contra una posible destrucción de la heterogeneidad, valor esencial de las relaciones internacionales. De configurarse una posible hegemonía en la instancia histórica que vivimos, la heterogeneidad corre un serio peligro, al buscar imponerse un poder que pudiera “ir más allá de la victoria” como diría Karl Von Clausewitz. Estas conductas tales como “la deshonra, la destrucción más allá de los límites permitidos, la posible humillación que puede proyectarse sobre los vencidos y la expansión del poder sobre zonas de influencia de otros actores pueden acarrear consecuencias incalculables, como el surgimiento de nacionalismos extremos, carreras armamentísticas y enfrentamientos geopolíticos” (Salimena, 2024: p. 149). No olvidemos lo que significó para Rusia la expansión de la OTAN hasta casi sus fronteras y la poca repuesta que pudo dar en la década del 90 y 2000 a ciertos desafíos tales como los bombardeos a Serbia y Montenegro en 1999 o las intervenciones militares en Afganistán (2001) e Irak (2003) que adquirieron un silencio connivente (Taibo, 2017). Versalles fue otro ejemplo claro. Las reparaciones solicitadas por los vencidos y la firma del tratado calaron hondo en la sociedad alemana del período de entreguerras (1919-1939), fomentando nacionalismos extremos, que pregonaban entre sus reclamos la reivindicación de Versalles y sus humillaciones con consecuencias catastróficas para Europa y el mundo.
Las transformaciones, económicas, estratégicas militares, sociales entre lo nuevo que no termina de aparecer y lo viejo que aún subsiste y resiste al cambio, proyectan incertidumbres estratégicas e incertidumbres a los procesos políticos. La indeterminación de las conductas abruptas de los Estados, que no se comportan de manera racional, aportan un granito de arena más a esta incertidumbre generalizada. Por esta razón, en el actual contexto de conflictividad y competitividad entre las grandes potencias el sistema internacional requiere de tendencias mesuradas tales como evitar las políticas principistas, buscar un equilibrio de poder defensivo que proteja la heterogeneidad y preservar intereses vitales. Reflexiono finalmente que bajo esta fórmula propuesta, India podría ser un futuro articulador entre oriente y occidente que establezca un equilibrio de poder. Actualmente se encuentra entre los principales gastos militares del mundo, posee capacidad nuclear y ha desplegado un programa espacial ambicioso. Es así como posee todo aquello que se requiere para posicionarse aún más en la estructura de poder mundial en los próximos años y jugar un rol de primer orden.
5. Reflexiones finales
“El mundo que transcurre no puede ser pensado y analizado sin el realismo político. Aunque parece que esta corriente es capaz de subsistir a través de diversas épocas y contextos históricos por su capacidad explicativa de los sucesos que acontecen en el mundo y la conflictividad, el paradigma tradicional debe incorporar algunas adaptaciones en forma condiciones iniciales y constructos teóricos que nos ayuden en su adaptación, pero sin dejar su esencia, es decir, la distintividad que lo caracteriza en cuanto a su centro duro. Este intento tuvo algunos antecedentes, quizás el más relevante fue llevado a cabo por Robert Keohane” (Salimena, 2024: p. 149-150).
“El mundo sigue siendo peligroso, inseguro y conflictivo, por esta razón quizás aún el realismo continúe siendo una corriente teórica vigente, que más allá de matices entre sus principales exponentes continúa gozando de homogeneidad y capacidad explicativa, pero sobre todo porque la realidad actual puede ser pensada y proyectada en los términos en que gran parte de los clásicos la interpretaron. La visión de la anarquía y su efecto sobre el comportamiento de la unidad política, el rol determinante de la naturaleza humana, el rol central del poder en las relaciones internacionales, la lucha por el poder y la seguridad, con el consecuente requerimiento de instauración de un equilibrio de poder, así como la incorporación de nuevas variables domésticas e internacionales proyectan ser elementos complementarios más que sustitutos unos de otros. Una visión amplia del realismo debería incluir aquellas variables explicativas en su conjunto combinadas con una interdependencia económico-militar y con una visión transnacional” (Salimena, 2024: p. 150).
“Más allá de lo expuesto, el primer condicionante sin lugar a dudas es la anarquía. Como principio ordenador, en el marco del desorden mundial, la anarquía es sinónimo de falta de gobierno central y descentralización, de ella se desprende el ecosistema en el cual se insertan los Estados y sus conductas. En las relaciones internacionales de hoy, así como a lo largo de gran parte de la historia, el poder también fue un factor determinante de la conducta de las unidades políticas. No por casualidad, Morgenthau sostenía que “la relación de las naciones con la política internacional tenía una cualidad dinámica. Cambia junto a las vicisitudes del poder” (Morgenthau, 1986: p. 42). El poder es el núcleo central a través del cual se relacionan los Estados, y ello es así porque el poder, ya sea como un fin en sí mismo o como un medio, otorga cuestiones de mínima (como la supervivencia) y de máxima (el posible domino sobre los otros), que son factores indispensables para transitar el ecosistema de las relaciones internacionales” (Salimena, 2024: p. 150-151).
“Poder y seguridad no pueden pensarse por separado porque suponen una intrínseca correlación de proximidad entre ambos, y en el entorno internacional en el cual vivimos siempre “es preferible ser temido que ser amado”. Por lo tanto, el análisis del poder y la seguridad que aporta el realismo sigue siendo el elemento duro que no puede dejar de considerarse, así como la condición de anarquía. No se pueden establecer con precisión las conductas de los principales actores, la irrealidad conduce a la falta de precisión sobre los recursos del resto de los actores, lo cual guía hacia una incertidumbre que conlleva imprevisibilidad de las acciones humanas, el no saberlo todo a la hora de comprometerse con el accionar” (Salimena, 2024: p. 151). “La indeterminación de la política internacional y sus procesos políticos acentúa más los temores y las inseguridades, lo que conduce a los actores a llevar a cabo acciones sin un conocimiento acabado de las circunstancias en las cuales transcurren. Esto nos envuelve en materia de seguridad internacional en una incertidumbre estratégica, lo cual significa pensar sin un enemigo designado posibles hipótesis de conflicto, donde los riesgos del hoy pueden ser las amenazas del mañana” (Salimena, 2024: p. 151).
“La interdependencia ayuda a potenciar el contexto al aportar mayores asimetrías y, de esta manera, cuanto menor sea la dependencia mayor será el poder que puedo tener sobre el otro. Esta manipulación no solo se da en la esfera económica, sino también en la militar, ya que la incertidumbre y la indeterminación con tales que podemos pensar que los aliados de hoy son los enemigos del mañana. Por lo tanto, todo el conocimiento que se pueda tener sobre ese actor se puede usar como un arma para vulnerar más a los otros de lo que puedan vulnerarnos a nosotros” (Salimena, 2024: p. 151).
“La tecnología puede ser esa herramienta que nos brinde desarrollo, pero sobre todo posicionamiento en este contexto de bifurcación geoeconómica y tecnológica, aportando un elemento esencial que puede torcer la rivalidad entre Oriente y Occidente. Dependerá de la capacidad de innovar más rápida y a un bajo costo. El poder y la seguridad en el siglo XXI están atados a la capacidad de innovación tecnológica” (Salimena, 2024: p. 151-152).
“Estas condiciones iniciales del realismo político y del neoliberalismo nos proyectan un centro duro que conserva aquellos constructos que se encuentran aún vigentes y que son útiles para la lectura actual, y nos permiten introducir pequeñas modificaciones. Los Estados continúan siendo los actores más importantes, y aquello que aún define a la política internacional es la lucha por el poder en un entorno anárquico con bajo grado de institucionalización. Esto tiene sus condicionantes. El determinismo que se encuentra presente en esta corriente de pensamiento lo continuamos valorando como un factor elemental, ya que la lucha por el poder es una constante en la política internacional y no una contingencia, y las tendencias de hoy en lo internacional todavía gozan de capacidad explicativa con base en esta ley. Los factores recurrentes son importantes, pero también las contingencias, que deben ser observadas y estudiadas en detenimiento, ya que son más complejas. Por lo tanto, la indeterminación y la incertidumbre no son incompatibles con el determinismo. Pueden coexistir y alimentarse mutuamente, de hecho, fue Raymond Aron quien primero, en la década del sesenta, nos habló de indeterminación desde una visión realista, y luego de interdependencia compleja, desde otra construcción diferente. La lucha por el poder y por alcanzar más seguridad no solo determinan la conducta de los Estados, sino que plantean un escenario donde el poder es necesario para garantizar la supervivencia y un mínimo de seguridad, así como para proyectar objetivos de política exterior, pero donde a la vez ser poderoso y más seguro requiere de una centralidad de la innovación del proceso tecnológico. Por tal razón, el poder, al igual que la seguridad, debe redefinirse e incluir la tecnología, y la tecnología debe ser el interés del Estado. de innovación tecnológico. Por tal razón, el poder, al igual que la seguridad, debe redefinirse e incluir la tecnología, y la tecnología debe ser el interés del Estado.” (Salimena, 2024: p. 152).
“Se desprende, entonces, que la agenda de política internacional incluye la seguridad internacional, en la cual coexiste una alta política y una baja política, aunque en los datos aportados recientemente se observa un aumento generalizado en las distintas regiones del gasto militar, lo que ayuda a reforzar el constructor de un sensible reposicionamiento de la alta política. Ello no implica la pérdida de heterogeneidad y multidimensionalidad, las cuales están presentes, sino un cambio de ubicación y presencia en la agenda. En el entorno internacional, donde la seguridad internacional es clave, la política exterior debe evitar el espíritu de cruzada, defender los puntos vitales y la custodia de un equilibrio de poder defensivo que garantice la estabilidad y la integración del sistema internacional de la diversidad sin destruir el elemento distintivo que lo compone: su heterogeneidad. Los Estados deben evitar una política principista tendiente a imponer una visión moral o política a otra sociedad. El gran teórico alemán de las relaciones internacionales lo planteó bien cuando se cuestionó: “¿Quién puede saber qué es el bien o el mal en las relaciones entre las naciones? (Morgenthau, 1986: p. 22). ¿Qué autoridad superior puede erigirse con mandato moral para marcar qué es lo bueno y qué es lo malo? Evitar esas políticas tampoco ha llevado a una moralidad consensuada en el sistema internacional. De hecho, su carencia proyecta diversas concepciones sobre el valor de la paz y la importancia de la estabilidad del sistema, que continúan percudiendo el alcance del consenso. Aún estamos lejos de una moralidad que represente el sendero hacia una idea de sociedad internacional” (Salimena, 2024: p. 153).
“Dejando de lado el espíritu de cruzada, el reconocimiento por parte de los Estados de la conflictividad los debe llevar a un enfoque particularizado que tenga en cuenta el rol de poder y por ende la necesidad de un equilibrio de poder. Dentro de esta perspectiva, la defensa de puntos fuertes se plantea como una estrategia apropiada que prioriza áreas y posibles conflictos por sobre otros y acorde con una concepción de escasez, donde la presencia y la defensa de estos intereses no pueden ser universales en tiempo y espacio, requieren un proceso de selección por parte de la elite política tomadora de decisiones. La estrategia permite no solo “elegir el terreno más favorable” sino a la vez “seleccionar los instrumentos”, como decía John Gaddis. Esta posible “elección del terreno” y la “selección de los instrumentos” brinda más flexibilidad a los actores en el ecosistema de hoy, conscientes de la escasez de recursos y de la imposibilidad de brindarse una seguridad completa. No puede pensarse en la idea de puntos vitales sin una de equilibrio de poder detrás que acompañe, ya que ambas tienen por finalidad evitar la configuración hegemónica. La lucha por el poder requiere ser contenida a través de un constante equilibrio de poder con orientación defensiva, ya que como bien nos decía Kenneth Waltz, “los equilibrios de poderes se constituyen de manera recurrente” (Waltz, 1988: p. 189). hay un único equilibrio de poder que brinde estabilidad sostenida en el tiempo, sino varios equilibrios que se forman a lo largo del tiempo, que son distintos unos de otros por las circunstancias de su configuración, así como por los actores involucrados en relación con el poder que ostentan y el papel que juegan en la estructura. Es clave la estabilidad del “balancing” porque supone un reconocimiento del “otro” y su correspondiente heterogeneidad, sin necesidad de la humillación y la destrucción del otro, evitando “traspasar los límites de la victoria” y sosteniendo la heterogeneidad en lo político, moral y cultural” (Salimena, 2024: p. 153-154).
“En síntesis, lo que nos propusimos aquí es presentar una visión que denominamos posrealista de las relaciones internacionales, que integre elementos de diversas corrientes del realismo con otras variables introducidas por vertientes fuera de la visión tradicional, que nos ayuden a observar e interpretar mejor lo que transcurre en el mundo de hoy, que es semejante para muchos al que pensaron “otros clásicos del realismo”, pero que también posee contingencias que deben ser estudiadas en detenimiento para su mayor conocimiento. El mundo es la combinación de regularidades y accidentes”. (Salimena, 2024: p. 154-155)
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Notas
Notas de autor
Información adicional
Como citar este artículo: Salimena, G. (2025). Más allá del Realismo: una propuesta teórica para la transición intersistémica. Relaciones Internacionales, 34(69), 215, https://doi.org/10.24215/23142766e215

