

Estudios
Entendiendo la coexistencia de la globalización y el nacionalismo
Understanding the coexistence of globalization and nationalism
Relaciones Internacionales
Universidad Nacional de La Plata, Argentina
ISSN: 1515-3371
ISSN-e: 2314-2766
Periodicidad: Semestral
vol. 34, núm. 69, 2025
Recepción: 07 noviembre 2023
Aprobación: 05 noviembre 2025

Cómo citar este artículo: Lascurain Fernández, M. (2025). Entendiendo la coexistencia de la globalización y el nacionalismo. Relaciones Internacionales, 33(69), 211, https://doi.org/10.24215/23142766e211
Resumen: La globalización y la desglobalización son procesos sociales que se caracterizan por un aumento o disminución de la interdependencia entre las naciones. En la actualidad, existe un debate sobre si la era de la globalización ha dado paso a una era de la desglobalización. La globalización se asocia con la perspectiva cosmopolita moderna, mientras que la desglobalización se relaciona con perspectivas cada vez más nacionalistas. Aunque estos términos (desglobalización y nacionalismo) están estrechamente interconectados en el contexto de este debate, no se utilizan como sinónimos absolutos, sino como procesos sociales concurrentes que se refuerzan mutuamente. Este debate se ha visto intensificado por la crisis financiera de 2008, que ha llevado a un aumento de actitudes contrarias a la inmigración y en favor del nacionalismo. El propósito de este trabajo es discutir si la globalización y la desglobalización son procesos sociales opuestos, desde la perspectiva histórica y metodológica.
Palabras clave: Globalización, desglobalización, perspectiva cosmopolita moderna, nacionalismo.
Abstract: Globalization and deglobalization are social processes characterized by an increase or decrease in interdependence among nations. Currently, there is an ongoing debate as to whether the era of globalization has given way to an era of deglobalization. Globalization is associated with the modern cosmopolitan perspective, while deglobalization is associated with increasingly nationalist outlooks. Although these terms (deglobalization and nationalism) are closely interconnected in the context of this debate, they are not used as absolute synonyms, but rather as concurrent social processes that mutually reinforce one another. This debate has been further intensified by the 2008 financial crisis, which led to a rise in anti-immigration attitudes and nationalist sentiment. The purpose of this paper is to discuss whether globalization and deglobalization constitute opposing social processes, from both a historical and methodological perspective.
Keywords: Globalization, deglobalization, modern cosmopolitan perspective, nationalism.
1. Introducción
En la actualidad, es común encontrar en las evidencias empíricas el debate respecto a que la era de la globalización, que marcó el siglo XX y la primera parte del siglo XXI, ha dado paso a una era de la desglobalización. La globalización hizo que el mundo se volviera, metafóricamente, más pequeño a medida que se extendían las interconexiones. En el imaginario social, las perspectivas se volvieron más cosmopolitas, incluso las desigualdades sociales persistentes en el mundo. De acuerdo con Gerbaudo (2021), el mundo está presenciando un retroceso a medida que la tendencia hacia la globalización y la cosmovisión se invierten.
De hecho, algunos científicos sociales (Bonanno, 2019; Bonifai et al, 2022; Obstfeld, 2021; Cox, 2021; Lascurain, 2022; Rabinowitz, 2023), han documentado un incremento significativo en las actitudes contrarias a la inmigración y en el resurgimiento de discursos nacionalistas. En este contexto, fenómenos como el referéndum a favor del Brexit en el Reino Unido, la elección de Donald Trump en Estados Unidos, el ascenso de partidos de extrema derecha en Europa y la consolidación de liderazgos populistas en América Latina constituyen expresiones políticas que evidencian una reacción frente a los postulados de la globalización y del modelo neoliberal. Asimismo, estos acontecimientos reflejan la emergencia de nuevos actores y movimientos políticos que, desde diversas posiciones ideológicas, rechazan los efectos de la globalización, cuestionan sus beneficios y promueven agendas centradas en la soberanía nacional, la protección de las economías locales y la reivindicación de identidades culturales frente a los procesos de homogeneización global.
Actualmente existe un debate en el que se discute si la crisis financiera de 2008 fue el momento en que la globalización dio paso hacia la desglobalización (James, 2018; Fan, 2023). Así, la evidencia sugiere que este proceso comienza en 2008, no obstante, hay quienes afirman que existen períodos previos de desglobalización dentro de la era de la globalización, es decir, que los procesos de desglobalización son eventos recurrentes en el sistema económico mundial (Irwin, 2020; Van Bergeijk, 2019).
En este sentido, la globalización se asocia con la perspectiva cosmopolita moderna, mientras que la desglobalización se relaciona con perspectivas cada vez más nacionalistas. El propósito aquí no es resolver este debate sino, discutir si la globalización y la desglobalización son procesos sociales opuestos. Para ello, el artículo comienza discutiendo la aparente oposición entre la globalización y el nacionalismo en donde se cuestiona si estos dos conceptos son necesariamente contrapuestos o si, de hecho, están interconectados de manera más profunda. Para responder a esta cuestión, el estudio se centra en el análisis de la relación entre la globalización y el nacionalismo. Se parte de la premisa de que, dado que la desglobalización se asocia con el nacionalismo, el análisis del vínculo entre la globalización y el nacionalismo es esencial para entender la dinámica opuesta/concurrentes de la globalización y la desglobalización. Posteriormente, el artículo pone de manifiesto un entrelazamiento histórico y metodológico que ha pasado desapercibido en muchos enfoques convencionales, revelando la compleja relación entre la globalización y el nacionalismo a lo largo del tiempo. En tercer lugar, se conceptualiza el nacionalismo y se exploran sus múltiples manifestaciones a nivel global. En la parte final se analiza la dificultad metodológica para medir el impacto de la globalización y del nacionalismo; así como identificar un mejor entendimiento de las dinámicas complejas entre el cosmopolitismo y el nacionalismo en un mundo cada vez más interconectado.
2. Oposición teórica entre globalización y nacionalismo
La oposición entre la globalización (y el cosmopolitismo asociado) y el nacionalismo se ha arraigado profundamente en las ciencias sociales. A pesar de los intentos por superarla, la interdisciplinariedad resulta insuficiente para demostrar el entrelazamiento del cosmopolitismo y el nacionalismo, ya que fácilmente, es posible encontrar enfoques científicos sociales que vean a ambos procesos como procesos incompatibles y opuestos. De acuerdo con Chernilo (2020), a finales del siglo XX, para muchos teóricos sociales les resultó muy complicado ver más allá de la oposición entre el cosmopolitismo global y el nacionalismo. De acuerdo al mencionado estudio, los científicos sociales consideraban que la globalización y la perspectiva cosmopolita que la acompañaba, eran fuerzas beneficiosas; mientras que el nacionalismo, cuyo papel se había disminuido en el mundo globalizado moderno, tenía efectos negativos.
Esta aprobación del cosmopolitismo global ha persistido hasta el siglo XXI, ya que los valores cosmopolitas de la cultura global no son dogmáticos ni excluyentes, es decir, estos no toleran la supresión de personas o grupos que tienen un punto de vista o una forma de vida diferente del de la mayoría. Por ejemplo, Beck (1992), encaja con la descripción anterior, con su libro Risk Society, En dicha obra, se propone el surgimiento de una nueva forma de sociedad que él llamó sociedad de riesgo. En este sentido, la modernización contiene una “tendencia inherente hacia la globalización” (Beck, 1992. p.36) y la nueva sociedad del riesgo posee una dinámica interna que destruye fronteras y socava las fronteras de los Estados-nación.
Beck (1992) argumentó que esta nueva forma de sociedad sólo podría entenderse mediante una nueva sociología. La vieja sociología weberiana había moldeado la imagen de la sociedad a partir del Estado-nación y estaba limitada por lo que Beck llamaría nacionalismo metodológico. Para Beck y Willms (2003, p.30), era imperativo liberarse de la “presunción de que la sociedad es algo contenido en los Estados-nación”, ya que el cosmopolitismo estaba reemplazando al nacionalismo como perspectiva dominante en el mundo moderno. En esencia, Beck estaba exhibiendo una explicación secuencial, en la que primero se presentaba el nacionalismo y luego el cosmopolitismo globalizado. De esta manera, estaba separando los estados mentales nacionalistas y cosmopolitas.
En la década de los noventa, Beck (1992) formulaba un mensaje seductoramente optimista, asegurando a sus lectores cosmopolitas que el futuro les pertenecía. Hoy en día, dicha teorización de Beck parece algo anticuada. En el actual escenario mundial, se han ido consolidando diferentes personajes autoritarios y nacionalistas, en lugar del triunfo imparable del cosmopolitismo global.
Chernilo (2020) matizó cuidadosamente su afirmación sobre los científicos sociales de finales del siglo XX, argumentando que les resultaba casi imposible ver más allá de la oposición entre globalización y nacionalismo. Por su parte, Robertson (1992), hizo mucho por introducir el concepto de globalización en la teorización social, pero claramente veía la globalización y el nacionalismo como opuestos. Así, argumentó que “la globalización implicaba el desarrollo de una conciencia del mundo como un lugar único” (Ibíd, 1992, p. 193).
En cuanto a las relaciones entre la globalización y el futuro del Estado-nación, Robertson (1992), adoptó una posición diferente a la de Beck. Para Robertson (1992, p.10) “la globalización ha implicado procesos de desglobalización” y afirmó que la sociedad constituida nacionalmente, continuaría en el mundo global. Sin embargo, no describió cómo estos fenómenos opuestos no sólo coexistirían sino que se compenetrarían entre sí. La atención de Robertson se dirigió hacia la globalización, más que hacia la desglobalización, pero también hacia el mundo como un lugar único, en lugar de un mundo dividido en Estados-nación.
Por lo tanto, la interdisciplinariedad es un enfoque prometedor para comprender el entrelazamiento del cosmopolitismo y el nacionalismo, pero no es suficiente por sí sola. Los enfoques científicos sociales que ven a ambos procesos como incompatibles y opuestos siguen siendo predominantes.
El nacionalismo y el cosmopolitismo son fenómenos complejos y multifacéticos que no pueden reducirse a una sola explicación. Ambos procesos pueden coexistir y, en algunos casos, incluso complementarse. Por ejemplo, el nacionalismo puede ser un factor motivador para la cooperación internacional, y el cosmopolitismo puede ayudar a promover la tolerancia y la comprensión entre diferentes culturas. Para superar la visión dicotómica del nacionalismo y el cosmopolitismo, es necesario adoptar un enfoque integrador. Este enfoque debe considerar las dimensiones históricas, culturales, políticas y económicas de ambos procesos. También debe tener en cuenta la diversidad de formas en que el nacionalismo y el cosmopolitismo se expresan en la práctica.
En el contexto actual, caracterizado por la globalización y la interdependencia creciente, es más importante que nunca comprender las relaciones entre el nacionalismo y el cosmopolitismo. Este entendimiento puede facilitar a la construcción de un mundo más pacífico y justo.
3. Entrelazamiento histórico y metodológico
La relación entre el nacionalismo y la globalización es compleja, además, los enfoques metodológicos para estudiar estos fenómenos también están interrelacionados. La mayoría de los analistas económicos reconocen que la era de la globalización abarca gran parte del siglo XX, y no sólo los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo con Irwin (2020), desde 1870 ha habido cinco períodos de globalización, medidos por la relación entre las exportaciones e importaciones mundiales y el Producto Interno Bruto (PIB) mundial. En consecuencia, la retracción de la economía mundial posterior a 2008, no ha sido la única, ha habido otras cuatro caídas fácilmente identificables.
Actualmente es imposible asegurar que la caída de la economía mundial seguirá el curso de las anteriores o si resultará en algo permanente, pero lo que sí es posible entender es que la era de la globalización, junto con el ascenso del capitalismo neoliberal, coincide con la consolidación global de los Estados-nación (Lascurain y Rodríguez-Gabarrón, 2021). De acuerdo con Wimmer (2018), en 1900, sólo el 40% de la masa terrestre habitable del mundo estaba compuesta por Estados-nación independientes, gran parte del resto eran territorios gobernados por imperios. Para inicios del siglo XXI, los Estados-nación independientes constituían prácticamente el 100% de la tierra habitable del mundo. Por lo tanto, el crecimiento de la globalización ha sido acompañado por el surgimiento y fortalecimiento de los Estados-nación independientes, sin embargo, es importante tener en cuenta que este mismo proceso ha contribuido a la crisis actual del Estado-nación.
La creación del sistema de Estado-nación implica una serie de cambios políticos, sociales y culturales. Estos cambios incluyen la institucionalización de un gobierno central; la formación de una identidad nacional y la puesta en marcha de un mercado nacional (Rodríguez-Gabarrón, 2021). Los cambios políticos implican la creación de un aparato estatal que tiene el monopolio de la fuerza legítima. Este aparato estatal está compuesto por un ejército, una policía y una burocracia. Los cambios sociales implican la creación de una identidad nacional que une a los ciudadanos de un Estado-nación. Esta identidad nacional se basa en una serie de factores comunes, como la lengua, la cultura y la historia. Los cambios culturales implican la creación de un mercado nacional que facilita el intercambio de bienes y servicios entre los ciudadanos de un Estado-nación. Este mercado nacional se basa en una serie de normas y regulaciones que facilitan el comercio y la inversión.
La creación del sistema de Estado-nación ha tenido un impacto significativo en la historia del mundo moderno y que se ha consolidado desde la segunda mitad del siglo XIX. Este sistema ha sido responsable de la creación de un orden internacional relativamente estable.
Uno de los rubros que ha tenido un mayor impacto en el debate globalización y desglobalización, ha sido el de la identidad nacional (Manfredi-Sánchez, 2021). La creación del sistema de Estado-nación implica el reconocimiento de extranjeros que no pertenecen a la nación (Butler, 2016). Por ejemplo, los medios de comunicación, especialmente en los Estados-nación más ricos, dan gran importancia a la migración (Karner, 2016). Normalmente, las notas periodísticas y los discursos de políticos de derecha sobredimensionan el fenómeno migratorio como un conflicto, sin embargo, los hechos son algo diferentes. De acuerdo con Wimmer (2018), solo el 3% de la población mundial vive fuera de su país de nacimiento. A partir de estas cifras, Wimmer concluye que la era postnacional aún no ha llegado, ya que el mundo este sigue siendo un basado en los estados-nación.
Aunque los procesos históricos de construcción del Estado-nación y de la globalización han transcurrido de manera simultánea, su distinción analítica es posible en el plano teórico. Sin embargo, dicha separación corre el riesgo de simplificar excesivamente la realidad, alejándose de las complejas dinámicas mediante las cuales los individuos interactúan, se expresan y configuran sus prácticas sociales en contextos concretos (Cardona y Cardona, 2011). Cualquier desarticulación se ve dificultada por la metodología cuantitativa (generalmente en términos económicos), para medir la globalización y la desglobalización. Estos métodos constituyen un tipo de nacionalismo metodológico, pero no el que se basa en la imagen weberiana de una sociedad.
Como ya se ha mencionado, la globalización/desglobalización económica se mide por la relación entre las exportaciones e importaciones mundiales y el PIB mundial. La Organización Mundial del Comercio (OMC) publica un examen estadístico anual del comercio mundial y en la edición de 2022, define el comercio general como todos los tipos de movimiento de entrada y salida de mercancías a través de un país o territorio. Afirma que “las mercancías incluyen todas las mercancías que se suman o restan a la reserva de recursos materiales de un país o territorio al entrar (importaciones) o salir (exportaciones) del territorio económico del país” (OMC, 2022, p. 42).
Estas definiciones, en las que se basa el cálculo de la globalización y la desglobalización, dan por sentado un mundo compuesto por estados-nación y/o territorios con límites. Por lo tanto, el comercio también presupone fronteras nacionales, ya que se refiere a los bienes que salen o entran en el territorio económico del país. Así, el comercio dentro de una nación no se suma a esta cifra, lo que excluiría el movimiento de mercancías de un extremo a otro de un país como Rusia, pero incluiría el movimiento de mercancías mucho más corto a través de las fronteras de dos pequeños estados-nación adyacentes, como Luxemburgo y Bélgica.
La definición de comercio general de la OMC no se refiere a nación, estado-nación, ni tampoco hace referencia a nacionalismos. Mantiene su distancia semántica de nación utilizando términos como país, territorio o simplemente se refiere a ellos como economías. La OMC usa conceptos que se aplican a todos los países, sin importar su historia o cultura, para describir algo que es específico de un período histórico determinado: la existencia de estados-nación.
4. El concepto de nacionalismo
Para entender el concepto de nacionalismo, es crucial reconocer que éste, al igual que el cosmopolitismo, son conceptos intrínsecamente debatibles. Por ejemplo, Hobsbawm y Ranger (2012) y Gellner (1983) ven al nacionalismo como un fenómeno antiguo, en oposición a los modernistas, que vinculan el nacionalismo a la era del Estado-nación. Según los modernistas, el nacionalismo es la ideología que permitió la creación y preservación del Estado-nación moderno. Calificar al nacionalismo (y al cosmopolitismo) como ideologías podría complejizar aún más el análisis, dado que el concepto de ideología constituye, en sí mismo, un ejemplo paradigmático de noción controvertida, caracterizada por su ambigüedad teórica y su uso polisémico en las ciencias sociales. En este sentido, de acuerdo con Eagleton (1991), el concepto de ideología tiene toda una gama de significados y es inútil comprimir esta riqueza de significados en una sola definición completa. Además, es importante reconocer, que el Estado-nación moderno no podría haber sido creado sin la ideología del nacionalismo (Billig, 1995).
Describir el nacionalismo como una ideología en este sentido, significa adoptar una visión amplia del nacionalismo. No se interpreta como un fenómeno único, una identificación irracional de grupo, una emoción profunda o una forma de política. En cambio, el nacionalismo se comprende como una visión globalizada e imperceptible del mundo. Para adoptar uno de los sentidos más importantes de la ideología de Eagleton (1991), el nacionalismo, en su sentido amplio, es el conjunto de rutinas, supuestos y perspectivas que hace que los estados-nación parezcan algo inevitable y permanente.
El nacionalismo, visto como una forma extrema de política, disminuyó durante la globalización, no obstante, está experimentando un aumento durante la etapa de desglobalización. Los líderes políticos como Giorgia Meloni (Italia), Donald Trump (EE.UU.), Vladimir Putin (Rusia), Recep Tayyip Erdoğan (Turquía), Rodrigo Duterte (Filipinas), Jair Bolsonaro (Brasil), Narendra Modi (India), Viktor Orbanen (Hungría), Alexander Gauland y Alice Weidel, en Alemania, Jussi Halla-aho en Finlandia, Jean Marie Lepenen en Francia, Heinz-Christian Strache en Austria, Petro Poroshenko en Ucrania, Jaroslaw y Lech Kaczynski en Polonia, por solo citar algunos ejemplos, encajan en el patrón de los nacionalistas autoritarios (Lascurain, 2022). Estos líderes abogan por fronteras nacionales estrictas para mantener fuera a los migrantes, tratan a sus oponentes políticos como traidores nacionales y expresan desprecio por el cosmopolitismo liberal (Mounk, 2018; Roberts-Miller, 2017; Wodak, 2021).
Equiparar el nacionalismo con el populismo autoritario puede ser engañoso, ya que también existen formas menos extremas de nacionalismo que se pasan por alto cuando el término nacionalismo se reserva para las formas extremas. En efecto, parece que no existe una palabra para designar estas formas más ordinarias de nacionalismo. En este sentido, Nussbaum (2019, p. 11), sostiene que “el cosmopolitismo nacional es compatible con una forma de patriotismo que no es excluyente ni agresiva”. La autora argumenta que la nación puede ser un lugar de pertenencia y compromiso cívico, a la vez que reconoce la dignidad y los derechos de todos los seres humanos, independientemente de su nacionalidad.[1]
En el caso particular de Estados Unidos, existen diferencias políticas entre Donald Trump y los presidentes que lo precedieron y el actual presidente Joe Biden. Si el planteamiento sobre política exterior de Trump fue America First, ¿entonces también es nacionalista declarar que Estados Unidos es una gran nación? Los presidentes estadounidenses, independientemente de sus políticas o partidos específicos, suelen hablar de la grandeza de Estados Unidos. Por ejemplo, cuando Joe Biden anunció a su equipo de gobierno poco después de derrotar a Trump en las elecciones presidenciales de 2020, se pronunció a favor posicionar a Estados Unidos como líder mundial, después del desencanto de la política exterior trumpista. Este tipo de mensajes no se suelen considerar ejemplos de nacionalismo, pero declarar que Estados Unidos está listo para liderar el mundo o que es actualmente grande no es, al menos retóricamente, distinto de declarar Make America Great Again. Ambos comparten la presunción de la grandeza de Estados Unidos, ya sea pasada, presente o futura, y, por lo tanto, se puede escuchar a cosmopolitas liberales, como Obama y Biden, expresándose de manera nacionalistas.
No es sorprendente que, en un mundo constituido por estados-nación, el nacionalismo tenga un alcance internacional. El nacionalismo a menudo se percibe como la corriente ideológica que fusiona la pasión y la creatividad para forjar nuevos estados-nación (Gordon, 2013). Hoy en día, los movimientos que buscan formar nuevas naciones o extender las existentes generalmente se denominarán y se autodenominarán nacionalistas.[2]
Los movimientos separatistas generalmente se oponen a los estados nación existentes de los cuales desean independizarse. El estado existente puede movilizar sus recursos, como las fuerzas armadas, para combatir a los separatistas. Los líderes de los estados existentes no suelen ser llamados nacionalistas porque desean defender las fronteras existentes. Pareciera como si el nacionalismo fuese un movimiento de cambio radical o extremo; mientras que la defensa del estado-nación, en su forma actual, es tan evidente y natural al cual se le ha denominado como nacionalismo banal[3] (Billig, 1995). Por lo tanto, el nacionalismo, expresado en la retórica de Obama y Biden sobre la grandeza estadounidense y en las banderas que llevan en las solapas de sus chaquetas, es tan banal que sus rutinas, símbolos y discursos no suelen ser reconocidos como nacionalistas.
Este nacionalismo superficial se manifiesta a simple vista. Se hace evidente cuando los líderes políticos, como parte de su narrativa, proclaman la grandeza de sus naciones. Sin embargo, esta manifestación común del nacionalismo sienta las bases para esos momentos de fervor nacionalista, sacrificio y conflicto. Así, el nacionalismo banal es importante porque prepara el terreno para episodios más extremos de nacionalismo, como la violencia y el sacrificio (Koch y Paasi, 2016). Cuando los ciudadanos están constantemente expuestos a símbolos y mensajes nacionalistas, se vuelven más susceptibles a ser manipulados por líderes nacionalistas.
4.1. Nacionalismo en un contexto internacional
Si los estados-nación se crean y se consolidan a través de la ideología más amplia del nacionalismo, entonces, dado que los estados-nación son una presencia global, la ideología nacionalista también debe tener un alcance global. Es decir, la ideología nacionalista no se limita a una mera identificación emocional con una nación específica, sino que también implica una serie de supuestos sobre la naturaleza de los estados-nación y su lugar en el mundo (Kettunen, 2018). Por ejemplo, los sentimientos nacionales de los mexicanos o los italianos pueden ser diferentes, pero ambos comparten la creencia de que sus países son naciones legítimas y que merecen existir como tales. Además, cualquier sentimiento de identificación existirá dentro del contexto ideológico del que toma su significado específico y su fuerza social.
La teoría de la identidad social, propuesta por Tajfel y Turner (1986), presupone que los principios comunes, como la búsqueda de una identidad positiva, subyacen a todas las formas de identidad social. En su búsqueda de principios generales, la teoría trata las identidades nacionales como cualquier otra identidad social, ya sea que se base en la religión, la profesión, la afición, etc. Sin embargo, el nacionalismo es más que un sentimiento que puede o no satisfacer necesidades personales. El nacionalismo posee contenido ideológico, significado histórico y sustancia social que lo convierten en una fuerza global única y poderosa en el mundo moderno (Dekker, Malová y Hoogendoorn, 2003). Lo mismo puede decirse del cosmopolitismo, que también puede considerarse principalmente como una identidad social (Reese et al., 2019). En este sentido, Gao (2023) propone que la pertenencia y la no pertenencia, no pueden entenderse adecuadamente en términos del individuo; en cambio, la identidad, incluida la identidad nacional y cosmopolita, debe establecerse en su contexto sociopolítico.
El nacionalismo ya no es un fenómeno que ocurre en un país determinado, sino que se ha convertido en una ideología global que es compartida por personas de todas las naciones. Esto significa que, incluso cuando las personas se identifican con su propia nación, también son conscientes de que su nación es parte de una comunidad internacional más amplia. Esta universalización del nacionalismo tiene una serie de implicaciones. Por un lado, puede ayudar a promover la paz y la cooperación entre las naciones. Si todos los pueblos del mundo se identifican con sus propias naciones y al mismo tiempo reconocen que forman parte de una comunidad internacional más amplia, es más probable que sean capaces de resolver sus diferencias pacíficamente.
Por otro lado, la universalización del nacionalismo también puede conducir al conflicto. Si las personas se identifican con su propia nación y ven a otras naciones como hostiles, puede ser más probable que se produzcan conflictos entre naciones. En última instancia, el impacto de la universalización del nacionalismo dependerá de cómo se desarrolle en el futuro. Si se puede utilizar para promover la paz y la cooperación, será un desarrollo positivo. Pero si conduce al conflicto, será un desarrollo negativo.
Por ejemplo, si se entiende la globalización como la intensificación de la conciencia del mundo como un todo (Robertson, 1992), se puede decir que el nacionalismo implica una conciencia paralela pero opuesta, es decir, la conciencia de que el mundo global es un mundo dividido en estados-nación separados y únicos. Desde el estado-nación más grande del mundo hasta el más pequeño, cada nación comparte la propiedad especial de ser una nación única. Para Chernilo (2020), todas las naciones invierten fuertemente en la producción y reproducción de su propio excepcionalísimo, y esto constituye la paradoja clave del nacionalismo. En el discurso cotidiano, esta propiedad especial de la nacionalidad no se encuentra definida, ni siquiera es definible, pero se acepta como si fuera un hecho natural.
Los nacionalistas que apoyan la creación de un nuevo Estado-nación, en realidad, aceptan la existencia de un sistema de Estado-nación basado en la idea de que hay ciertos grupos sociales que merecen tener un Estado y otros que no. Esto se debe a que los nacionalistas buscan unirse a este sistema, no a crear uno nuevo. Dado que el Estado-nación forma parte de un orden internacional, la era del nacionalismo también ha sido una era internacional (Billig, 1995). Las naciones independientes dependen funcionalmente de organizaciones internacionales como la OMC para facilitar y regular el intercambio comercial. Asimismo, requieren instrumentos como pasaportes, embajadas y tratados internacionales para gestionar sus relaciones exteriores. Además, se apoyan en organismos multilaterales como las Naciones Unidas para enfrentar las crisis, los conflictos y las guerras internacionales que inevitablemente surgen en el sistema global. La conciencia de la singularidad nacional ha ido históricamente de la mano de la conciencia internacional.
La simultaneidad de la conciencia, tanto nacional como internacional, se puede observar en los eventos deportivos, como los Juegos Olímpicos o la Copa del Mundo de fútbol. La mayoría de los deportes tienen sus competiciones internacionales y campeonatos mundiales, que brindan un escenario para manifestaciones externas de nacionalismo e internacionalismo. Los Juegos Olímpicos, organizan exhibiciones nacionalistas con marchas, banderas y uniformes nacionales, mientras que el Comité Olímpico Internacional (COI), protege su marca olímpica y reconocida internacionalmente. Los atletas victoriosos se convierten en héroes nacionales, mostrando su nacionalismo al colocarse la bandera de su país, escuchar su himno y adoptar la pose tradicional de triunfo frente a una audiencia global, lo que se ha convertido una situación habitual de los eventos deportivos internacionales.
5. Metodología cosmopolita y nacionalismo metodológico
La interpenetración de la globalización y el nacionalismo no solo se refleja en los eventos deportivos o en la conducta global de la política, sino que también puede detectarse en los pequeños detalles de la metodología de las ciencias sociales. Por ejemplo, el trabajo de Arnett (2002), sobre los efectos psicológicos de la globalización, sostiene que la globalización ha tenido un impacto significativo en la identidad, dado que su influencia se extiende por todo el mundo, si bien la manera en que las diferentes culturas han experimentado ese impacto, éste varía considerablemente. Arnett sugiere que la globalización ha llevado a que muchas personas desarrollen una identidad que es tanto local como global. Esta identidad bicultural se manifiesta en diferentes formas, por ejemplo, personas que se identifican con su cultura local y sus valores tradicionales, al mismo tiempo que adoptan valores y prácticas de la cultura global.
Arnett (2002), no presta suficiente atención a la identidad nacional como un concepto distinto de la identidad cultural. Para él, la identidad nacional es solo un medio para identificar el lugar de las culturas. Sin embargo, hay quienes consideran que su identidad nacional es una parte importante de quiénes son, y no se puede reducir simplemente a su identidad cultural. Por ejemplo, una persona puede ser mexicana de origen japonés. Su identidad cultural puede ser tanto mexicana como japonesa, pero su identidad nacional es mexicana. Esto no significa que no se sienta orgullosa de su herencia japonesa, sino que se identifica como mexicana. La identidad nacional es un concepto complejo, y Arnett no le da el peso que se merece en su teoría. Se considera que esto es una limitación importante de su trabajo, ya que la identidad nacional es una parte importante de la vida de muchas personas en el mundo globalizado moderno. En este sentido, la nacionalidad no es simplemente una variable que pueda añadirse a un estudio para explicar las diferencias culturales. Más bien, la nacionalidad y la cultura están entrelazadas de manera compleja. Por lo tanto, los estudios que simplemente añaden la nacionalidad como una variable adicional, no pueden capturar plenamente esta complejidad.
Inglehatt (1977), a través del Índice de Valores Mundiales o Escala Inglehart,[4] intenta medir y comparar los valores culturales y políticos de las personas en diferentes países, lo que ayuda a comprender las actitudes de las personas hacia cuestiones políticas y sociales en todo el mundo. Inglehart desarrolló esta escala como parte de su teoría de la transición de valores, la cual medida que las sociedades avanzan económica y tecnológicamente, las prioridades y valores de las personas tienden a cambiar. Inglehart (1977), identificó una transición de valores de una orientación tradicional (valores relacionados con la religión, la familia y la autoridad) a una orientación más secular y posmaterialista (valores relacionados con la autoexpresión, la igualdad de género y la participación política).
A pesar de la implementación de dichos instrumentos, los resultados suelen ser confusos, ya que las personas que se identifican como cosmopolitas utilizan un lenguaje nacionalista banal para expresar su cosmopolitismo. Por ejemplo, cuando un cosmopolita se considera ciudadano del mundo, está implícitamente afirmando que su nación es parte de un mundo más grande y que él o ella, no está limitado por las fronteras nacionales. Sin embargo, al utilizar el término mundo, el cosmopolita también está dando por sentado que existe una unidad global que es distinta de las naciones individuales. Este tipo de lenguaje nacionalista banal es a menudo invisible para las personas que lo utilizan, pero es importante reconocerlo para comprender mejor la relación entre cosmopolitismo y nacionalismo.
Para Appiah (2007) y Miller (2009) el cosmopolitismo y el nacionalismo no son mutuamente excluyentes, sino que pueden coexistir en una misma persona. Para estos autores, los cosmopolitas nacionalistas tienen una identidad dual integrada que encarna tanto el nacionalismo como la ciudadanía mundial, y que esta identidad dual es compatible con las obligaciones patrióticas. En este sentido, los cosmopolitas nacionalistas no tienen que elegir entre su amor por su país y su compromiso con los valores universales. Por el contrario, pueden combinar estos dos aspectos de su identidad en una sola visión coherente.
Las ideas presentadas por Appiah (2007) y Miller (2009) en relación a la importancia de la identidad nacional en la sociedad actual, coinciden con la idea de que el nacionalismo, como doctrina, tiende a conferir una sensación de naturalidad al Estado-nación en la percepción de sus miembros. Es decir, que el nacionalismo es una ideología muy poderosa porque hace creer que el Estado-nación es una entidad natural e inevitable, cuando en realidad es una construcción social. Esta construcción social tiene una gran influencia en la forma de ver el mundo y en la forma en que se relacionan las personas.
En conclusión, el lenguaje del nacionalismo y del cosmopolitismo banal, está tan presente en nuestro discurso cotidiano que incluso los expertos en estos temas pueden tener dificultades para reconocerlo en sus propias prácticas de investigación. Esto se debe a que estos lenguajes se han vuelto tan naturalizados y aceptados que a menudo no son cuestionados.
6. Hacia un mejor entendimiento del cosmopolitismo y el nacionalismo
Lo anterior sugiere que los científicos sociales necesitan ir más allá de los confines metodológicos tradicionales si desean examinar el profundo entrelazamiento del cosmopolitismo y el nacionalismo. La investigación sobre el cosmopolitismo y el nacionalismo, discutida en la sección anterior, típicamente busca diferencias entre aquellos a quienes los científicos sociales categorizan como cosmopolitas y aquellos a quienes categorizan como nacionalistas. Sin embargo, como señala Arnett (2002), la mayoría de las personas son tanto cosmopolitas como nacionalistas.
De acuerdo con Schlenker, y Blatter (2014), las personas oscilan entre ser cosmopolitas y excluyentes en la vida moderna. Esto no es necesariamente un movimiento a través del tiempo, pero en el mismo momento pueden invocar los valores del cosmopolitismo y hacer comentarios racistas o excluyentes. Para comprender tal entrelazamiento de estados mentales aparentemente opuestos, Schlenker, y Blatter utiliza la noción de dilemas ideológicos, es decir, que la ideología es dilemática porque incorpora valores que se contradicen fácilmente entre sí, creando así dilemas para quienes viven dentro de la ideología (Billig et al., 1981).
Pareciera sencillo para los científicos sociales cosificar la noción de identidad, como por ejemplo la identidad cosmopolita como algo diferente de la identidad nacional, con ambas identidades ocupando un lugar central respectivamente en el cosmopolitismo y el nacionalismo. En contraste, ideología puede ser utilizada de manera amplia y flexible para abarcar varios aspectos de la vida social al combinar diferentes elementos en un solo concepto. Las identidades, como las identidades nacionales o cosmopolitas, tienen sus características ideológicas. El nacionalismo incluirá expresiones relacionadas con la identidad y la nacionalidad.
Debido a que el nacionalismo y el cosmopolitismo abarcan tantos momentos diferentes de la vida social, no pueden ser examinados por una sola metodología. Para Fox (2017), los instrumentos de investigación convencionales de las ciencias sociales podrían ser inapropiados para estudiar el nacionalismo banal y, por implicación, el cosmopolitismo banal. Los cuestionarios sondean las creencias conscientes, mientras que el nacionalismo banal a menudo puede estar en el borde de la conciencia. Además, los cuestionarios incluyen elementos que atraen una gama de opiniones y, por lo tanto, son inadecuados para estudiar presunciones que son generalmente compartidas. Según Fox, se requieren métodos observacionales e interpretativos. Estos incluirían métodos que se utilizan para estudiar los detalles cercanos del lenguaje, especialmente el lenguaje en la interacción natural y no en situaciones creadas por los investigadores, como las entrevistas.
Para estudiar las presunciones ideológicas, es importante prestar atención a lo que no se dice en un discurso a fin de comprender su ideología. Esto se debe a que las ideologías a menudo se naturalizan, es decir, se aceptan como dadas e inevitables. Esto hace que sea difícil cuestionarlas o incluso darse cuenta de que existen. En este sentido, los métodos cualitativos y discursivos son herramientas útiles para estudiar las presunciones ideológicas, ya que permiten analizar el discurso en profundidad y comprender sus significados latentes (Van Dijk, 2013; Scott, 2019). Por ejemplo, un análisis discursivo podría revelar cómo un discurso determinado utiliza el lenguaje para excluir ciertos puntos de vista o para presentar ciertas ideas como naturales e inevitables. Si los científicos sociales son conscientes de los desafíos históricos y metodológicos asociados con el nacionalismo y la globalización, deben ir más allá de simplemente ampliar su arsenal de metodologías. Deben desarrollar también una conciencia crítica e histórica.
Lo anterior nos regresa al punto de inicio. Aunque no podemos prever con certeza cómo se entrelazarán el globalismo y el nacionalismo, al menos tenemos conocimiento de dos hechos. Ninguna jerarquía, sin importar su aparente solidez, es eterna; y, además, el cambio es una constante. Por ello, Teo (2023) distingue entre desglobalizadores y antiglobalizadores, y se dirige a estos últimos, no a los primeros, para lograr un cambio social genuino. Si, como se ha argumentado aquí, la globalización está entrelazada con la existencia de los Estados-nación y, por tanto, con el nacionalismo, entonces los antiglobalizadores, que desean cambiar radicalmente las desigualdades de la globalización, también son antinacionalistas; y deben buscar más allá de la existencia de un mundo de Estados-nación.
En las últimas cuatro décadas, se ha presenciado cómo el mundo de los Estados-nación se globaliza cada vez más, pero aún no se atestigua la desaparición de éstos. Se pueden observar tensiones crecientes que resultan insostenibles a largo plazo.[5] Sin embargo, aún es prematuro determinar cuándo ocurrirá la gran crisis del cambio y cuál será su desenlace.
7. Conclusión
La globalización y el nacionalismo son dos procesos sociales complejos que han coexistido a lo largo de la historia. En los últimos años, esta coexistencia ha sido objeto de un intenso debate, principalmente en torno a si la globalización, caracterizada por la creciente interdependencia entre naciones, ha dado paso a un proceso opuesto, la desglobalización, ya que se ha observado un aumento global de actitudes nacionalistas y un rechazo a la globalización. La oposición teórica entre globalización y nacionalismo es evidente. La globalización se asocia con una visión cosmopolita, que promueve la interconexión y la cooperación entre las naciones, mientras que el nacionalismo, por otro lado, se asocia con una visión local, que enfatiza la soberanía y la independencia de las naciones. Sin embargo, esta oposición teórica no se refleja necesariamente en la realidad. Es decir, la globalización ha traído consigo un mayor intercambio entre las naciones, pero también ha generado nuevos desafíos y tensiones, que han llevado al auge del nacionalismo.
En este contexto, resulta fundamental apreciar la interconexión histórica y metodológica existente entre globalización y nacionalismo. La globalización no es un proceso nuevo, sino que ha tenido lugar a lo largo de la historia.[6] El nacionalismo, por su parte, también ha tenido una larga historia, y ha adoptado diversas formas a lo largo del tiempo. El nacionalismo puede manifestarse en el ámbito político, a través de la defensa de la soberanía nacional. También puede manifestarse en el ámbito cultural, a través de la promoción de las tradiciones y valores nacionales. La comprensión de la coexistencia de la globalización y el nacionalismo es esencial para el desarrollo de un mundo más equitativo y sostenible. Para ello, es necesario superar la oposición teórica entre globalización y nacionalismo y comprender el entrelazamiento histórico y metodológico entre estos procesos. De esta manera, se responde a la pregunta de si la globalización y la desglobalización son procesos sociales opuestos.
En el presente artículo se ha sostenido que la globalización y el nacionalismo no son opuestos, sino que están estrechamente relacionados, tanto en términos históricos como metodológicos. Esta interrelación es clave para entender que la globalización y la desglobalización no son necesariamente procesos opuestos. La naturaleza nacional de la globalización se manifiesta en la manera en que las naciones aprovechan la globalización para impulsar sus propios objetivos, al mismo tiempo que la dimensión global del nacionalismo se revela en cómo los movimientos nacionalistas utilizan plataformas a nivel mundial para difundir sus ideales.
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Notas
Notas de autor
Información adicional
Cómo citar este artículo: Lascurain Fernández, M. (2025). Entendiendo la coexistencia de la globalización y el nacionalismo. Relaciones Internacionales, 33(69), 211, https://doi.org/10.24215/23142766e211

