Estudios

Unilateralismo nativista. Continuidades y rupturas en la agenda geopolítica de Es-tados Unidos en la primera mitad del siglo XXI

Nativist Unilateralism. Continuities and ruptures in the US geopolitical agenda in the first half of the 21st Century

Valeria L. Carbone *
Universidad de Buenos Aires, Argentina

Relaciones Internacionales

Universidad Nacional de La Plata, Argentina

ISSN: 1515-3371

ISSN-e: 2314-2766

Periodicidad: Semestral

vol. 34, núm. 69, 2025

revista@iri.edu.ar

Recepción: 29 julio 2025

Aprobación: 14 octubre 2025

Publicación: 29 octubre 2025



DOI: https://doi.org/10.24215/23142766e210

Cómo citar este artículo: Carbone, V. L. (2025). Unilateralismo nativista. Continuidades y rupturas en la agenda geopolítica de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XXI. Relaciones Internacionales, 34(69), 210, https://doi.org/10.24215/23142766e210

Resumen: El presente trabajo propone analizar las continuidades y rupturas en la política exterior de Estados Unidos en el siglo XXI, haciendo hincapié en lo que llamamos unilateralismo nativista impulsado por Donald J. Trump. Desde una perspectiva histórica y estructural, y mediante un enfoque interdisciplinario, se contrasta el multilateralismo de administraciones anteriores con la lógica confrontativa y transaccional del Trumpismo. Lejos del aislacionismo, este unilateralismo se caracteriza por un nacionalismo económico, el abandono del poder blando y una redefinición ideológica del interés nacional en clave nativista. A partir del análisis de documentos oficiales, discursos y fuentes secundarias, se sostiene que este enfoque transforma los fundamentos tradicionales del liderazgo global estadounidense, privilegiando una visión excluyente del norteamericanismo cuyas raíces pueden —y deben— rastrearse y pensarse históricamente.

Palabras clave: Trumpismo, unilateralismo, nativismo, política exterior de Estados Unidos.

Abstract: This paper analyzes the continuities and ruptures in U.S. foreign policy throughout the 21st century, with a particular focus on what we call “nativist unilateralism” as promoted by Donald J. Trump. Adopting a historical and structural perspective and an interdisciplinary approach, the study contrasts the multilateralism that characterized previous administrations with the confrontational and transactional logic of Trumpism. Far from a return to isolationism, this unilateralism is marked by economic nationalism, the abandonment of soft power, and an ideological redefinition of the national interest through a nativist lens. Drawing on official documents, speeches, and secondary sources, the paper argues that this approach transforms the traditional foundations of U.S. global leadership, privileging an exclusionary vision of Americanism whose roots can, and must, be historically traced and critically examined.

Keywords: Trumpism, unilateralism, nativism, U.S. foreign policy.

1. Introducción

En julio de 2024, durante la campaña electoral que concluiría con los comicios presidenciales de noviembre de ese año, el Secretario de Estado del gobierno de Joe Biden (2021-2025), Anthony Blinken, se presentó en el Brooking Institute. Ante los miembros de este think tank de Washington D.C., Blinken habló de los lineamientos de la política exterior y la agenda geopolítica global de Estados Unidos de la Administración Biden, con miras a lo que podía ser un segundo mandato demócrata.

Su primera alusión puso fin a discusiones prevalentes entre analistas y expertos en política exterior concentrados en caracterizar las transformaciones globales del primer cuarto del siglo XXI. Para empezar, no se refirió a la “transición” del orden internacional, ese sistema de reglas, normas y relaciones de poder que regula los asuntos internacionales (Brands y Edel, 2019, p. 42). Según Blinken, este orden ya ha cambiado, y hoy enfrentamos una competencia entre las potencias hegemónicas tanto para liderar como para moldear ese sistema durante las próximas décadas (Brooking Institute, 2024). Así, el rol, estilo de liderazgo global y la orientación estratégica de la política exterior, determinan no sólo las características de ese orden, sino el futuro de Estados Unidos en el mismo ante los peligros que representa el liderazgo de otro actor que “no favorezca los intereses y valores” estadounidenses.

“Ahora bien” - continuó Blinken - “el reverso de esta realidad es el siguiente: existe también una necesidad imperiosa de encontrar nuevas formas de cooperación, colaboración y comunicación. Porque, por más poder que tengamos, no contamos con la capacidad de afrontar eficazmente estos desafíos de manera aislada. Por eso, trabajamos intensamente para reactivar, revitalizar y, en muchos sentidos, reimaginar nuestras alianzas y asociaciones” (Brooking Institute, 2024).

Este enfoque de “competencia, confrontación y cooperación” no desestima que Estados Unidos ve desafiado su liderazgo en lo militar, económico y diplomático por países como China. Recuperando la retórica de la Guerra Fría, esta competencia por el liderazgo global se basa en visiones opuestas del orden internacional, por lo que Washington debe buscar activamente dar forma al futuro del sistema según sus propios paradigmas e intereses (Brooking Institute, 2024). Esta postura orientada al menos desde lo retórico hacia el multilateralismo contrasta con la visión unilateral y nativista que volvió a impulsar el Departamento de Estado con la segunda llegada de Donald J. Trump a la presidencia (2025).

2. La Fortaleza empieza por Casa[1]

En El Auge y Caída de las Grandes Potencias, el historiador Paul Kennedy analiza el ascenso, consolidación y declive de las potencias hegemónicas y los cambios en el equilibrio internacional desde el siglo XVI hasta el siglo XX. A través de un exhaustivo análisis, Kennedy sostiene que la interacción y el progresivo desequilibrio entre los recursos económicos, los avances tecnológicos y el desarrollo militar de una gran potencia lleva, con el tiempo, a su declive relativo, que se potencia cuando ese desequilibrio se combina con el desarrollo de estas dimensiones por parte de otras naciones líderes (Kennedy, 1989). Siendo el poder económico la base del poder militar, cuando hay un desequilibrio entre ambos, la hegemonía de una potencia determinada comienza a resquebrajarse.

Tanto las gestiones demócratas que lo antecedieron como el Trumpismo parten de la base de que Estados Unidos ya no es la potencia que supo ser, justamente por este desequilibrio entre las capacidades económicas, militares y tecnológicas. Su estructura productiva y de acumulación se encuentra en crisis, y para fortalecer su liderazgo internacional debe mejorar exponencialmente los índices económicos y condiciones de vida de su población, además de equilibrar su balanza comercial como precondición para sostener su rol y liderazgo estratégico.

Tomando como referencia los pilares mencionados por Kennedy, las diferencias en los índices de crecimiento económico, compromisos militares y desarrollo tecnológico de Estados Unidos condujeron a una creciente brecha entre este y, por ejemplo, China. Ello influyó en el peso específico que cada uno tiene en el orden internacional. Los índices de crecimiento económico y de participación en la producción y riqueza globales de Estados Unidos han disminuido de manera espectacular desde la década de 1960 (Kennedy, 1989, p. 18). A ello se suma la acelerada carrera tecnológica, dimensión central de la guerra comercial entre ambas potencias, que encuentra a Estados Unidos muy retrasado con respecto a su rival. Hacia fines de la década de 1980, Kennedy anticipaba que, ante estas complejas circunstancias,

Es probable que la gran potencia se descubra gastando mucho más en defensa de lo que gastaba dos generaciones atrás y que, no obstante, observe que el mundo es un entorno mucho menos seguro… simplemente porque otras potencias han crecido más deprisa y se están fortaleciendo (...) las grandes potencias en decadencia relativa responden instintivamente gastando más en seguridad y por lo tanto desvían recursos potenciales del terreno de la inversión y agraven su dilema a largo plazo. (Kennedy, 1989, p. 22)

En el año 2016, en una entrevista con The New York Times, Trump sostenía que Estados Unidos no era el país rico y poderoso de antaño. Haciendo hincapié en la crisis hegemónica, habló de la debilitada economía, el deterioro de las Fuerzas Armadas, y el atraso tecnológico estadounidense:

Somos un país que no tiene dinero... éramos un país rico. Ya no somos un país rico. Éramos un país rico con un ejército poderoso y una capacidad enorme en muchos aspectos. Ya no lo somos. Tenemos un ejército que está gravemente debilitado. Tenemos arsenales nucleares que están en muy malas condiciones. Ni sabemos siquiera si funcionan. No somos el país que fuimos [...] Si uno observa cómo… hemos respaldado a nuestros aliados — no ha sido precisamente con firmeza. Si miramos a distintas regiones del mundo, nuestro rol no ha sido fuerte. Y simplemente no creo que seamos vistos como lo éramos hace 20 o 25 años, o hace 30. Y, bueno, creo que eso es un problema…[...]No creo que estemos tan avanzados como otros países, y creo que probablemente estarías de acuerdo con eso. No creo que estemos avanzando, creo que estamos retrocediendo en muchos aspectos. Creo que estamos retrocediendo también con nuestras Fuerzas Armadas. (Trump, Donald Trump Expounds on His Foreign Policy Views, 2016)

Reforzando su discurso de campaña, Trump afirmó que Estados Unidos no sólo había perdido su posición de liderazgo global y ya no generaba confianza ni seguridad en sus aliados, sino que se había convertido en una nación “pobre” y “deudora” de billones de dólares de países como China y Japón. Asimismo, observó que el gasto militar no beneficiaba directamente a los estadounidenses, sino que servía para actuar como “policía” del mundo en favor de naciones extranjeras, muchas de las cuales eran ricas a expensas de Estados Unidos (Trump, Donald Trump Expounds on His Foreign Policy Views, 2016).

Ahora bien, desde el 2002, con la consecución de la Guerra contra el Terrorismo en el exterior y la implementación de la Ley Patriótica a nivel doméstico, Estados Unidos viene aumentando gradual y exponencialmente sus gastos destinados al complejo militar industrial, y para el presupuesto del año fiscal 2026-2027, Trump propone un incremento de gastos de más de 1.01 trillón de dólares. Este incremento del 13.4% con respecto al presupuesto 2025-2026 apunta a “fortalecer la seguridad y la soberanía nacional, disuadir la agresión china en el Indo-Pacífico, y revitalizar la base industrial de defensa estadounidense” (U.S. Department of Defense, 2025). Para ello, la Administración Trump planea aumentar el piso de la deuda externa, realizar recortes masivos en programas educativos, científicos, de asistencia social (entre ellos, Medicare y Medicaid), y en sectores productivos, además de implementar una nueva reforma fiscal (a través de la One Big Beautiful Bill) que profundizará los recortes impositivos de 2017 y beneficiará principalmente a los sectores de mayores ingresos.[2]

Como fue referido, China ocupa un lugar central en la estrategia geopolítica, de defensa y presupuestaria de Estados Unidos. La preocupación por el gigante asiático ha estado presente desde fines del siglo XIX con la implementación de la Política de la Puerta Abierta. Adoptando un lugar prioritario luego de la Revolución china (1927-1949) y maoísta (1949-1976) y la consecución de la política de contención del comunismo, durante décadas, la definición de la estrategia hacia China ha gozado de consenso bipartidista, reforzando la continuidad entre gestiones más allá de sí Beijing era considerado un “adversario”, un “rival”, un “competidor y colaborador estratégico”, o un “enemigo”.

Entre 2016 y 2025, China no sólo consolidó su lugar en el orden internacional, sino que superó a Estados Unidos como principal competidor en importantes mercados, se posicionó como el mayor inversionista en sectores clave de países estratégicos y se convirtió en uno de los mayores acreedores de la deuda externa estadounidense. Según el Bureau of The Fiscal Service, para abril de 2025, China era el tercer tenedor de deuda (US$ 757.2 millones), después de Japón (US$ 1134.5 millones) y Gran Bretaña (US$ 807.7 millones) (US Department of the Treasury, March 2025).

La Administración Biden - al igual que el Obamismo - buscó encarar este problema con una estrategia multilateral desde lo formal, para coordinar “el desafío que plantea el modelo de sobreproducción y exportación china” con el que este país “procura exportar su salida a sus dificultades económicas… saturando nuestros mercados y sectores estratégicos con bienes subvalorados cuyo objetivo esencial es desplazar a nuestros fabricantes de sectores e industrias en los que Estados Unidos está invirtiendo” (Brooking Institute, 2024). Esta estrategia subrayó un enfoque de competencia estratégica con el país asiático, proteccionista en lo económico y cooperativo en lo diplomático, basado en alianzas globales con países europeos y del indo-pacífico para afrontar el desafío chino en forma conjunta. En palabras de Blinken,

Una cosa es librar este combate en solitario —con Estados Unidos representando apenas el 20% o 25% del PIB mundial— y otra muy distinta es hacerlo en estrecha coordinación con otros actores. Cuando nos alineamos con Europa, con socios asiáticos y con otros aliados que afrontan desafíos semejantes, y de pronto movilizamos el 50% o 60% del PIB mundial para enfrentar este problema, nuestra capacidad de acción resulta considerablemente más eficaz. (Brooking Institute, 2024)

Sin abandonar estas premisas, Trump se alejó de esta estrategia y recurrió a la abierta “guerra comercial”. Utilizando las presiones diplomáticas y la imposición de exorbitantes tarifas como forma de coacción para negociar condiciones, su approach ha sido - como profundizaremos más adelante - unilateral y basado en la confrontación, una suerte de táctica de choque con el propósito de imponer su voluntad y reducir los márgenes de competencia.

3. La batalla por la definición del interés nacional

Richard Barnet, ex asesor del gobierno de John F. Kennedy (1961-1963), hablaba en su obra Roots of War (1972) sobre las instituciones responsables de la política exterior estadounidense y los hombres encargados de definirla, a los que denominó “burocracia de la seguridad nacional”. Esta burocracia está compuesta por actores y fuerzas domésticas en torno a la estructura de poder que determinan la política exterior, establecen sus parámetros, y definen el debate sobre qué es el interés nacional (Barnet, 1974, p. 223). Este aparato - compuesto por el Pentágono, el Departamento de Estado, agencias de inteligencia y seguridad, contratistas y lobistas de defensa, universidades, think tanks, y agencias creadas luego de la publicación de la obra, como el Departamento de Seguridad Nacional (2002) — opera en estrecha alianza con las grandes corporaciones transnacionales y promueve una visión del mundo orientada a la expansión de mercados, la estabilidad geopolítica y la primacía militar de Estados Unidos.

Este aparato se rige por el “credo de la empresa privada”, una jerarquía de “valores tradicionales norteamericanos”, identificados con el American Way of life. En esta jerarquía de valores, los más básicos tienen que ver con la propiedad, la libertad y el orden. El primer principio de este credo relaciona indisolublemente la libertad individual con la libre empresa, y postula que es esencial para la democracia y la práctica política porque un “capitalismo dinámico tiene la mejor oportunidad de producir el alto nivel de vida en que puede florecer una democracia con éxito” (Barnet, 1974, p. 233). Dado que la libertad es indivisible, este sistema sólo puede florecer dentro de un sistema de estados capitalistas, por lo que hay que protegerlo y asegurar su expansión. Asimismo, las instituciones y administradores de la seguridad nacional se apoyan en sus raíces o impulsos económicos para decidir qué “amenazas” e “intereses vitales” deberían ocupar la atención del estado en un momento dado y para seleccionar las “respuestas” y “opciones” apropiadas, según un contexto dado.

Más allá de las similitudes, una diferencia entre el modelo analítico de Barnet para el contexto de la crisis del sistema de posguerra desde 1960 en adelante y la actualidad es que las grandes corporaciones - ahora multinacionales, transnacionales y de alcance global -[3] tienen un interés propio, que no necesaria ni indefectiblemente coincide con el “interés nacional” de un país determinado, en este caso, Estados Unidos. El interés corporativo es absolutamente autónomo y supranacional. Liderando el proceso de globalización, las megacorporaciones no necesitan ya “seguir a una bandera” que les abra mercados, aunque sí dependen de las decisiones económicas de los gobiernos nacionales para continuar con un crecimiento que supera ampliamente sus fronteras territoriales.

En este marco, la llegada de Trump a la presidencia supuso una disrupción de este devenir. Desde una perspectiva nacionalista y proteccionista, Trump impugna en alguna medida el compromiso de Estados Unidos con los principios fundamentales del orden liberal del sistema de posguerra de Barnet y la forma que adquirió en este mundo globalizado, mientras propone reconfigurar lineamientos tradicionales de la política exterior.[4] Acciones como la retirada de acuerdos delineados por los mismos Estados Unidos, las críticas a organismos internacionales que lideró desde su constitución (la Organización de las Naciones Unidas, la Organización del Tratado del Atlántico Norte y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), la imposición de altos aranceles a aliados y rivales por igual, y la promoción del principio America First, de la mano con una revisión de la relación costo-beneficio de mantener su poderío global, parecen evidenciar esta nueva lógica.

Esto resalta que el interés nacional es un campo en disputa que se va transformando según la dinámica de los bloques de poder en pugna. Por un lado, la asentada burocracia de la seguridad nacional de Barnet y las élites transnacionales, que defienden la continuidad de un orden liberal que atiende sus intereses, que tienen que ver con la acumulación concentrada de capital. Este sector promueve una estrategia de contención hacia China basada en alianzas multilaterales, la preservación de mercados abiertos y la promoción de la gobernanza global. A pesar de las tensiones internas que pueden experimentar, esta coalición encontró un espacio de (re)articulación durante la administración de Barack Obama (2009-2017) y de Biden, que si bien mantuvo elementos centrales también al trumpismo (como la rivalidad estratégica con China), buscó valorizar el multilateralismo y la diplomacia tradicional.

Por otro, el bloque nacionalista trumpista, que rechaza las consecuencias perniciosas de la globalización, desconfía de - y hasta rechaza - las instituciones multilaterales y privilegia el proteccionismo, el control migratorio y la independencia económica (por sobre la interdependencia prevalente del sistema actual). Este bloque encuentra respaldo en sectores económicos en retroceso hace décadas (manufactura, energía fósil, agroindustria) y en una base social que percibe que el orden liberal ha beneficiado a élites urbanas y extranjeras en detrimento del trabajador estadounidense promedio. Para este bloque, que cuenta con el apoyo de los empresarios tecnológicos más importantes y monopólicos (Tesla, Meta, Amazon, Apple, OpenAI) (Davis, 2025), el interés nacional consiste en la restauración del poder económico doméstico y la renegociación de los términos del liderazgo internacional de Estados Unidos, aún si ello implica una ruptura con aliados tradicionales.[5]

Joseph Nye refiere a lo que podríamos identificar como un tercer bloque, compuesto por individuos y empresas privadas relacionados con la tecnología de la información y la biotecnología, “desde WikiLeaks hasta corporaciones globales, ONGs, grupos terroristas y movimientos sociales espontáneos, todos ellos facultados para cumplir roles directos en la política mundial” (Nye, 2020, p. 181). Ante los complejos desafíos de la globalización, Nye sostiene que estos sectores tienen el poder de influenciar la agenda política de los gobiernos gracias a la velocidad de la transmisión de información. Con esa ventaja, deben apuntar a estrategias multilaterales “y utilizar el poder blando para desarrollar redes y construir regímenes e instituciones para abordar amenazas y desafíos compartidos” (Nye, 2020, p. 184), relacionados con el avance de la tecnología, la estabilidad financiera global, el terrorismo, el cambio climático y la salud global. Este bloque apuesta a una política exterior en términos de multilateralismo y cooperación, que considere el uso de estrategias de soft power (poder blando), sin que ello implique - agregamos - que el proceso redistributivo llegue a los extremos. Si bien no lo explicita, el autor deja entrever que este bloque tiene menos peso político en el contexto del auge del Trumpismo y su visión coexiste de manera ambivalente, y hasta conflictiva, con la de los bloques previamente referidos. Esto evidencia que, amén de los puntos coincidentes, la noción de interés nacional es una categoría en disputa, no susceptible de funcionar como consigna unificadora. Barnet ya había advertido que el interés nacional no refleja necesariamente un consenso democrático, sino la imposición de una racionalidad determinada al servicio de intereses corporativos y estratégicos específicos.

Esto se conjuga con un proceso de extrema fragmentación política a nivel doméstico. La “batalla cultural” y lo que Jorge Arguello denomina la “calcificación de posiciones” han extremado la polarización, lo que se resume en los dos eslóganes de los bandos en pugna: Make America Great Again o America First de Trump y America is back de Biden (que también tiene algo de America First). Por un lado, America is back representó un intento de renovación y recuperación de un liderazgo y primacía no perdidos, pero sí cuestionados y disputados. Por su parte, la propuesta del Trumpismo apunta a la restauración de un pasado glorioso para grupos específicos, que parte de la referida premisa de que Estados Unidos ha visto su primacía debilitada e incluso se ha visto desplazado del centro de poder internacional.

A pesar de estas instancias de posiciones (des)encontradas donde la grieta parece hacer eclosión, el “bipartidismo” se ha impuesto en espacios de consenso y continuidad, sobre todo en lo que refiere a la política exterior y el approach hacia el orden internacional:

Hoy, demócratas y republicanos siguen coincidiendo en gran medida en el marco y los objetivos generales de la política exterior estadounidense. Apoyan la participación activa en el Mundo, las alianzas de seguridad, las bases militares en el extranjero y el comercio internacional. Pero las diferencias se han agudizado a la hora de definir el rol de las instituciones multilaterales, por ejemplo. La polarización sobre cuáles son las amenazas para Estados Unidos como país creció en los últimos años a la vista de todos. Los republicanos lucen más preocupados en cuestiones de seguridad planteadas por el ascenso de China y el terrorismo internacional, mientras los demócratas se centraron en los riesgos que supuso la pandemia, el cambio climático y la desigualdad racial y económica. (Arguello, 2024, pág. 223).

Veamos en detalle algunos de estos espacios de consenso y disenso.

4. El Arte de la confrontación

El America First de Trump es un poco diferente del de George W. H. Bush (2001-2009). Si bien Bush sostenía una visión unilateralista y nacionalista en un orden unipolar, luego del 11 de septiembre de 2001, las alianzas se convirtieron en una estrategia esencial para volver a dividir el mundo en dos. El objetivo era el de (re)posicionar el liderazgo estadounidense frente a un enemigo más amorfo, vago y con identificaciones estaduales indeterminadas y cambiantes,[6] bajo la égida de una legitimidad de acción unilateral por parte de la gran potencia.

La National Security Strategy de 2002 estableció la noción de que Estados Unidos tenía el derecho de actuar en forma preventiva, incluso sin respaldo nacional (el Congreso) o de organismos internacionales, frente a amenazas emergentes no estatales con acceso a armas de destrucción masiva. Este principio de acción preventiva y unilateral que John Ikenberry calificó de unipolar, unilateral y neoimperial[7], constituyó un giro respecto a estrategias de gobiernos anteriores “que sugerían [la existencia de] una potencia mundial madura que busca la estabilidad y persigue sus intereses de maneras que no amenacen fundamentalmente las posiciones de otros estados” (Ikenberry, 2002, p. 60). Ello reforzó una noción de America First como supremacía y autonomía estratégica global en la que “La misión debe determinar la coalición y no la coalición determinar la misión” (Ikenberry, 2002, p. 54). Ideológicamente planteado en términos de “cruzada” moral y religiosa (Phillips, 2006), Bush justificó intervenciones militares en Afganistán (2001) e Irak (2003). Así, puede identificarse una política hegemonista, unilateral y con carácter de cruzada basado en el excepcionalismo estadounidense, en la que los aliados son un medio para alcanzar un fin imperial.

El America First de Trump se presenta como una reconfiguración de esta idea.[8] Si bien conserva la preeminencia del unilateralismo, adopta caracteres que sugieren una retracción de ciertas esferas del orden internacional. Esto no significa que Estados Unidos privilegie el aislacionismo. Lejos de ello. Como plantean Hal Brands y Charles Edel, ni Trump ni el electorado estadounidense están abandonando el orden internacional liberal ni rechazan los pilares del liderazgo global estadounidense. De hecho, continúan respaldando y sosteniendo las alianzas, el libre comercio y la primacía del poder militar. Sin embargo, se resisten a los costos y sacrificios que implica sostener ese orden. Así, más que de aislacionismo deberíamos hablar de una creciente ambivalencia frente a los compromisos que demanda el rol de potencia hegemónica, especialmente a medida que se desvanecen de la memoria colectiva los eventos fundacionales del sistema de posguerra (Brands y Edel, 2019, p. 109).

Ello no quita que el objetivo continúe siendo el de liderar y dar forma al orden internacional, en los términos y condiciones de la Administración de turno. Ya en 2016, Trump afirmaba:

No soy aislacionista, pero soy partidario de "Estados Unidos Primero". Me gusta la expresión. "Estados Unidos Primero". Durante muchos años, personas más inteligentes, astutas y duras nos han faltado al respeto, se han burlado de nosotros y nos han estafado. Hemos sido el gran bully (matón), pero no fuimos liderados con inteligencia. Hemos sido el gran bully, el gran estúpido bully, y hemos sido sistemáticamente estafados por todos. (...) Seremos amigables con todos, pero nadie se aprovechará de nosotros. No seremos aislacionistas; no quiero hablar de eso porque no creo en eso. Creo que seremos muy conservadores, pero ya no nos estafarán. Piénsenlo. Tenemos 21 billones de dólares, y muy pronto, tendremos una deuda de 21 billones de dólares. Gran parte de eso se debe a horribles decisiones. Otra cosa. Hablé de la OTAN y financiamos desproporcionadamente a las Naciones Unidas. No obtenemos nada de las Naciones Unidas, salvo buenos precios inmobiliarios. No obtenemos nada de las Naciones Unidas. No nos respetan, no hacen lo que queremos, y, aun así, los financiamos desproporcionadamente. ¿Por qué siempre somos nosotros los que financiamos a todos desproporcionadamente? (Trump, Donald Trump Expounds on His Foreign Policy Views, 2016).

En esta línea, lo que ha caracterizado las presidencias de Trump ha sido el resquebrajamiento de alianzas tradicionales, el abandono de organismos internacionales y la ruptura de acuerdos multilaterales gestados por el propio gobierno estadounidense. Esto ha llevado a la revisión de acuerdos con aliados estratégicos - más que con rivales - como México y Canadá; la reducción de ayuda o la suspensión de programas de asistencia humanitaria (el más notorio de ellos, la U.S Agency for International Development, USAID) (U.S. Department of State, February 2025), la amenaza de sanciones a gobiernos que avancen con acuerdos con China (principal inversor en Sudamérica y segundo en América Latina (Castellanos, 2025)[9]; y la abierta violación de acuerdos internacionales como el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, el Plan de Acción Integral Conjunto con Irán, el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio con Rusia, el Pacto Mundial para la Migración, y el Protocolo Opcional de la Convención de Viena con la Corte Internacional de Justicia.

En menos de 100 días, el co-autor junto a Tony Schwartz de The Art of the Deal (1987), deshizo una estrategia de larga data de Estados Unidos que se basó en la negociación y la diplomacia: la construcción de alianzas estratégicas con aliados “tradicionales”. El nuevo paradigma trumpiano se basa en “enemistarse con los amigos y enfurecer a los enemigos”. Algunos autores han dado en llamar esta estrategia strategic antagonism o antagonistic diplomacy, en la que un líder apuesta a la confrontación o la reacción negativa externa como una forma de reforzar su legitimidad interna (Matush, 2023) y obtener concesiones a través de la amenaza y la presión, en lugar de hacerlo a través del consenso y la negociación. La elección del actor externo - en este caso, los aliados vistos como competidores - también es estratégica, al igual que los términos del mensaje, para hacer que el costo sea significativo, pero aun así manejable, especialmente en términos retóricos. Según Kelly Matush,

Aunque los líderes probablemente se enfrentan a cierta incertidumbre sobre cómo reaccionarán los actores extranjeros ante la provocación, cuentan con herramientas para ajustar la magnitud y el alcance de la reacción negativa según sus necesidades. En primer lugar, los líderes eligen cuidadosamente el tono y el tema de sus declaraciones diplomáticas. De esta manera, evitan cuestionar valores u objetivos extremadamente sensibles o importantes para el público extranjero. En segundo lugar, los líderes pueden ajustar el costo de una reacción negativa según la posición del actor extranjero del que deciden distanciarse. El costo de una reacción negativa será mayor cuando el país extranjero sea crucial para la agenda internacional del líder, ya sea como socio cooperativo o posible adversario. Una reacción negativa de un aliado estratégico importante podría poner en riesgo su cooperación en un momento crítico en el futuro. (...) En otros casos, agravar la situación de un adversario particularmente conflictivo podría conllevar un alto riesgo de aumento de la tensión y un potencial conflicto. (Matush, 2023, p. 907)

Agravar la relación con un adversario podría conllevar un alto riesgo de aumento de la tensión y un potencial conflicto. El arte de la negación de Trump consiste en no admitir que Estados Unidos no puede aspirar a ocupar su lugar de Primus Inter Pares. En su paradigma internacionalista hay un Primus, pero no Pares, lo que lleva a ensayar políticas de “mucho palo, sin zanahoria”[10], en un mundo en el que su dominio unilateral ha quedado en el pasado

5. La Política del Rechazo

Algunos autores han caracterizado la política exterior de Trump como una política de "nacionalismo económico", es decir, que prioriza los intereses económicos y financieros estadounidenses, a menudo mediante medidas proteccionistas. La pregunta que nos surge de esta lectura es: ¿cuándo la política exterior norteamericana no ha adquirido estas características? ¿Cuándo el gobierno estadounidense no ha puesto a “¿los Estados Unidos primero”, sobre todo en lo que hace a sectores clave por su carácter competitivo? Siguiendo a Doug Stokes, “La primacía geopolítica estadounidense ha permitido a las élites de ese país remodelar el mundo de maneras favorables a los intereses de Estados Unidos” (Stokes, 2018, p. 135), más allá de que otros centros también hayan florecido bajo este sistema.

En La tragedia de la diplomacia norteamericana, el historiador William Appleman Williams sostenía que la política exterior de Estados Unidos desde 1890 en adelante se guió por el interés en asegurar el acceso económico preferencial y la conquista de mercados y recursos fuera de sus fronteras continentales, en un intento por impedir el estancamiento y las crisis económicas, y evitar el aumento de la conflictividad social (Appleman Williams, 1960). Este interés, junto a las nociones de excepcionalismo y Destino Manifiesto, fue particularmente importante en la elaboración de la política exterior, ya fuese en forma directa (presión política o acción militar) o indirecta (resultado de la actividad económica estadounidense en el extranjero) (Appleman Williams, 1960, pp. 50-51)[11]. Ello fue particularmente notorio en relación con América Latina[12] y la región Asia-Pacífico, lo que encaja en una visión nacionalista y expansionista de su economía a través de su política exterior. ¿Qué es entonces lo que particulariza la política exterior de la actual gestión?

Matthew Hill y Steven Hurst sostienen que, en lugar de la visión de suma positiva del internacionalismo liberal, Trump “propuso una visión transaccional y de suma cero, en la que las ganancias de otros eran identificadas como pérdidas para Estados Unidos. Su solución fue ‘ocuparnos primero de este país antes de preocuparnos por todos los demás en el mundo” (Hill y Hurst, 2020, p. 1). Y en este sentido, Trump utilizó tanto en su primera y sobre todo en su segunda gestión, “el comercio como moneda de cambio”.[13]

En la guerra por los aranceles, el 47° presidente estadounidense propuso una revisión de las tarifas de importación, con el objetivo de reducir el extremo desequilibrio fiscal y comercial de Estados Unidos, y fomentar la producción nacional. Su lógica se centra en la idea de que previamente Washington impuso aranceles perjudiciales o escasos a sus propios intereses. La inverosimilitud de esta premisa pone en segundo plano indagar sobre cómo la estructura social de acumulación actual de ese país se apoyó en un modelo de crecientes importaciones de bienes de consumo y materias primas por sobre menores exportaciones y producción para un mercado interno que supo de épocas de autoabastecimiento.

Adicionalmente, la política exterior de Trump ha sido catalogada como "unilateral", es decir, que actúa de forma independiente y no consensuada en lugar de hacerlo mediante la negociación, la cooperación y los acuerdos internacionales. Esta postura se ha evidenciado en acciones como la retirada del North American Free Trade Agreement (NAFTA), del nuevo Tratado entre Estados Unidos, México y Canadá (T-MEC) y la imposición de aranceles sin consulta previa con sus socios, particularmente los latinoamericanos. Luego de esa imposición unilateral, Estados Unidos suspendió sus amenazas de incremento de tarifas - que solo aumentan los costos a los importadores y por ende los precios a los consumidores - “a cambio de medidas de control fronterizo que Canadá y México estaban aplicando de todos modos o habían aplicado antes” (Frum, 2025).

Esta amenaza arancelaria supuso una redefinición de la relación estratégica y comercial de Estados Unidos con sus dos principales aliados y socios comerciales, considerando además que por ejemplo Canadá es un aliado militar y diplomático clave, en su carácter de miembro de la OTAN, del G7 y de la alianza de defensa NORAD (North American Aerospace Defense Command). Por su parte, México se posiciona como el primer socio comercial de Estados Unidos, con un intercambio total de más de US$669.5 mil millones. Este último importa de México (US$382.1 mil millones) más de lo que exporta a ese país (US$273.9 mil millones). Canadá se posiciona como su segundo socio comercial (con un total de $669.5 mil millones), con una situación similar. Las exportaciones (más de $298.5 mil millones) son menos que las importaciones estadounidenses ($371 mil millones). (Foreign Trade Department, 2022)[14].

Ahora bien, Estados Unidos lejos está de pretender que otros países - sobre todo los de su patio trasero - copien su modelo, prácticas o estrategias económicas. La pretensión es que cada país cumpla el rol u ocupe el lugar que la potencia le asigna. De esta manera, implementar políticas de reciprocidad arancelaria (como hizo Canadá, México o incluso Brasil) o adoptar medidas retaliatorias (como hizo China) no entra dentro del American Playbook.

China es, actualmente, el tercer socio comercial de Estados Unidos, país con el que tiene el mayor déficit comercial (la diferencia entre importaciones y exportaciones), equivalente a más de US$ 330 mil millones (Foreign Trade Department, 2022).[15] A ello se suma la diferencia en las políticas exteriores de ambos hegemones hacia Latinoamérica. Estados Unidos sigue la línea establecida hacia 1823 con la política que derivó de la Doctrina Monroe y sus reformulaciones posteriores, y tiene una idea de control o esfera de influencia exclusiva y excluyente. Por su parte, siguiendo a Gabriel Merino, “China está abierta a la competencia política y económica, no impone que un acuerdo o una inversión tenga como condición que un país no acuerde o detenga una inversión con Estados Unidos ni define que una inversión en infraestructura de Estados Unidos en un país sea vista como una amenaza a su seguridad nacional. Se trata de dos lógicas diferentes” (Merino, 2025, p. 31).

Frente a ello, considerando que la amenaza retaliatoria supone una redefinición de las relaciones comerciales, Estados Unidos evidenció que no actúa de manera pragmática. El pragmatismo podría definirse como el “enfoque flexible para la formulación de políticas que oscila libremente entre múltiples teorías, adaptándolas a las condiciones específicas de la situación internacional y ayudando a los profesionales a crear herramientas que resuelvan o mitiguen problemas globales específicos” (Ralston, 2011, p. 73). Trump optó por desestimar el enfoque de la respuesta flexible, ignorar condiciones específicas que hacen tanto al contexto histórico como al posicionamiento de Estados Unidos en el orden internacional actual, desestimar condiciones, compromisos y acuerdos establecidos por Washington y crear nuevos problemas globales en el proceso, al priorizar la racionalidad ideológica de su plataforma política y sus preferencias, simpatías y odios personales hacia líderes internacionales.

En este sentido, Stokes apela al concepto de bilateralismo transaccional (transactional bilateralism) para referir al rechazo de Trump del multilateralismo global y de una política exterior basada en ideales como los derechos humanos o la promoción de la democracia, privilegiando en su lugar relaciones bilaterales fundamentadas en cálculos costo-beneficio orientados al interés económico y político percibido por el Poder Ejecutivo. Desde esta perspectiva, los regímenes internacionales son vistos como estructuras que restringen la libertad de acción y generan costos injustificados para Estados Unidos. Por ello, el bilateralismo transaccional busca maximizar la ventaja negociando acuerdos uno a uno, y capitalizando su preponderancia relativa en lugar de comprometerse con arreglos multilaterales considerados onerosos o ineficientes (Stokes, 2018, pp. 135-136). En este sentido, se observa que el accionar de Washington es primordialmente ideológico, en un proceso en el que Estados Unidos no sólo no obtiene claros beneficios, sino que tiene efectos contraproducentes.

A ello se suma uno de los aspectos más destacados de la dinámica de política exterior actual: el abandono del soft power, una estrategia que contribuyó a que Estados Unidos consolidara su poder luego de la segunda guerra mundial. La proyección de poder y sostenimiento de la hegemonía por parte de las potencias globales se ha basado históricamente en altos niveles de coerción y violencia. En el caso de Estados Unidos, esta práctica de imposición del hard power se ha combinado con estrategias de persuasión y legitimación, como el uso intensivo de la propaganda y lo que Joseph Nye denominó poder blando (soft power): el atractivo cultural, político y moral de una potencia, y la capacidad de generar confianza en otros países. En palabras del autor, el soft power es

La habilidad de obtener lo que quieres a través de la atracción antes que a través de la coerción o de las recompensas. Surge del atractivo de la cultura de un país, de sus ideales políticos y de sus políticas. Cuando nuestras políticas son vistas como legítimas a ojos de los demás, nuestro poder blando se realza. (...) Cuando puedes conseguir que otros admiren tus ideales y que quieran lo que tú quieres, no tienes que gastar mucho en palos y zanahorias para moverlos en tu dirección. La seducción es siempre más efectiva que la coerción, y muchos valores como la democracia, los derechos humanos y las oportunidades individuales son profundamente seductores. (...) Pero la atracción puede volverse repugnancia cuando actuamos de forma arrogante y destruimos el mensaje real de nuestros valores más profundos. (Nye, 2010, pp. 118-119)

Nye plantea que, en lo referente a los medios para alcanzar sus objetivos, los líderes deben decidir cómo combinar el poder duro con el poder blando. Y lo grafica recuperando las palabras del ex Secretario de Defensa, General James Mattis, ante el Congreso: “si no financian el poder blando del Departamento de Estado, tendrán que comprarme más municiones. Usar el poder duro cuando bastaría con el poder blando, o recurrir únicamente al poder blando cuando es necesario emplear el poder duro para proteger ciertos valores, plantea serias preguntas éticas sobre los medios utilizados” (Nye, 2020 , pp. 23-24).

Ante este intríngulis, al mismo tiempo que Trump propuso la asignación del equivalente a más de un trillón de dólares para “comprar más municiones”, procedió a debilitar, modificar o desmantelar importantes iniciativas del soft power estadounidense. Desde el retiro de Estados Unidos de organismos y tratados internacionales —algunos ya referidos—, hasta el desmantelamiento de programas de trabajo, humanitarios, de defensa de los derechos humanos y promoción de la democracia y de diplomacia pública del Departamento de Estado, incluyendo recortes al presupuesto de intercambios internacionales con instituciones educativas dentro y fuera del país. A ello se suma la eliminación o reducción de fondos destinados a la cooperación científica y cultural, así como el retiro del apoyo al desarrollo científico y tecnológico en todos los niveles. Se potenciaron medidas de persecución y hostilidad hacia estudiantes internacionales —como la suspensión de visas estudiantiles, trabas migratorias o la negativa a otorgar permisos de ingreso al país a científicos, intelectuales y académicos extranjeros—, ataques directos a universidades, amenazas de revocación de acreditaciones institucionales y la promoción de una narrativa que socava el valor de la educación superior como herramienta de movilidad social, proyección y posicionamiento estratégico global. Este abandono sistemático de un mecanismo central de la hegemonía estadounidense basado en su “capital simbólico”, se traduce también en un desfinanciamiento de programas históricos de asistencia exterior, como la USAID o el Programa Fulbright, que durante décadas contaron con consenso bipartidista por su rol en el avance de los objetivos de política exterior (Rogero, 2025).

Finalmente, cabe señalar el discurso abiertamente hostil hacia inmigrantes, particularmente provenientes de América Latina y de países de mayoría musulmana que pone en jaque aún más la legitimidad de la política exterior al promover una ideología racial nativista bajo la que esta se justifica.

6. La ideología racial del Trumpismo

Como mencionamos en el apartado anterior, el soft power de una nación se basa en el “atractivo” y en la legitimación de su cultura, valores y políticas a ojos de otros. Según Nye, dicha legitimación puede reforzarse mediante la retórica discursiva que un presidente utiliza para explicar su política exterior. “Kennedy, Reagan y Obama, por ejemplo, formularon sus políticas de forma que atrajeron apoyo tanto dentro como fuera de Estados Unidos. Nixon y Trump tuvieron menos éxito a la hora de atraer a quienes estaban fuera de Estados Unidos. Trump se declaró nacionalista, pero existe una diferencia moral entre un patriotismo nacional que incluye a otros y un nativismo que los excluye” (Nye, 2020 , p. 34)..

Trump se ha caracterizado por basar tanto su discurso como sus políticas en una plataforma de supremacía blanca simple y pura. La misma incluye diferentes elementos que consideran tanto cuestiones socioeconómicas, como políticas, histórico-culturales, ideológicas e identitarias. Como se plantea en (Carbone, 2024), el primer aspecto a destacar es el relacionado a la noción misma de ciudadanía, tanto desde la perspectiva de derechos (civiles, políticos y sociales) asociados a la misma, como de los privilegios de pertenecer al conjunto formado por los miembros de una nación.

Esto dio forma a una cosmovisión del mundo que defiende una noción de “[nort]americanismo” restrictiva, excluyente y definida en términos raciales - cuyos caracteres identificatorios son la condición de ser blanco, la ascendencia anglosajona y la profesión de la religión cristiana (no así católica) -, además de compartir una específica orientación político-económica (conservadores de derecha procapitalistas). Todo lo que se encuentre por fuera de este espectro es racializado en términos de “foráneo”, antiestadounidense y antipatriótico, una amenaza y un peligro para el conjunto social. Así, la lógica detrás de las decisiones de política migratoria que derivaron en la prohibición del ingreso a Estados Unidos de inmigrantes de países de mayoría musulmana y refugiados, los ataques a funcionarios –particularmente mujeres– como las demócratas Ilhan Omar (la primera mujer de origen somalí de confesión musulmana que logró un escaño en la Cámara de Representantes), la palestino-estadounidense Rashida H. Tlaib, la representante de familia puertorriqueña Alexandria Ocasio-Cortez, y más recientemente, el candidato demócrata a Alcalde por la ciudad de Nueva York Zohan Mamdani, musulmán de origen ugandés, sumado a su violenta retórica anti-inmigratoria, y la criminalización y estigmatización de las comunidades latina, asiática y de origen africano se nos presenta como una clara evidencia de ello.

Es importante señalar que el racismo en el discurso de Trump no es reciente ni constituye un elemento inédito de su estrategia de comunicación política actual. Ya en la década de 1970, el Departamento de Justicia demandó a la Corporación Trump por hacer lo que históricamente habían hecho incontables agentes inmobiliarios antes y después que él: negarse a alquilar propiedades a personas negras. Esta práctica, conocida como redlining, implica la negación sistémica de servicios esenciales (financieros, de acceso a la salud y a la vivienda, educativos, alimenticios, etcétera) a determinados colectivos por parte de agencias del gobierno federal, gobiernos locales y el sector privado, en forma directa o a través del aumento selectivo de precios (Rothstein, 2017). Años después, en 1989, luego de que una mujer blanca fuera violada en el Central Park de Nueva York, Trump sacó una solicitada en los principales periódicos locales en la que exigía la pena de muerte para los Central Park Five, los cuatro adolescentes negros y el joven latino inicial e injustamente acusados por la fiscalía, en lo que fue uno de incontables casos de racismo en el sistema de justicia penal estadounidense. Trump los continuó atacando incluso después de que pruebas de ADN demostraran su inocencia y fueran exonerados. Incluso décadas después, ya ocupando el Poder Ejecutivo Federal, Trump aún los trataba de culpables (Ferner, 2016).

Además de la existencia de múltiples registros públicos - y anécdotas privadas - de Trump expresando prejuicios y referencias abiertamente racistas, en los años 2000, se sumó a la colectiva obsesión de la derecha republicana con la autenticidad del certificado de nacimiento de Barack Obama. Su adhesión al Birther Movement, del que se convirtió en un notable vocero, derivó en la avanzada política de su segundo gobierno sobre el derecho a la ciudadanía por nacimiento, avalado por la Decimocuarta Enmienda de la Constitución de Estados Unidos (1868), que modificará de plano el estatus y derechos de las personas nacidas en territorio estadounidense hijos de padres inmigrantes.

El Birther movement sostiene que Obama no nació en territorio estadounidense (Hawái) sino en Kenia, de donde era originario su padre biológico. Su condición de “extranjero” lo hacía ilegible para el más importante cargo de gobierno, por lo que su elección había sido un fraude. Además de reclamar incesantemente que “mostrara su certificado de nacimiento”, para luego denunciar su fraudulencia, Obama fue “acusado” de profesar la religión musulmana y - como consecuencia directa – de mantener contactos con la organización terrorista Al Qaeda.

Los elementos que conformaron el Birtherismo –la creencia de que el derecho de ciudadanía está dado en virtud tanto del jus soli (derecho de nacimiento por territorio) como del jus sanguinis (derecho de nacimiento por nacionalidad de los padres) - se construyeron históricamente en base a criterios identitarios sobre quién pertenece a Estados Unidos y quién no, y quien tiene el derecho de disfrutar de los privilegios de pertenecer.[16] El birtherismo volvió a manifestarse en todo su esplendor cuando se anunció que la senadora Kamala Harris, de ascendencia afroasiática, sería la compañera de fórmula de Joe Biden, y luego con las denuncias de “ilegitimidad” de selectivos votos –de distritos mayoritariamente negros y latinos que votaron por el Partido Demócrata– en la elección presidencial de 2020.

Un elemento no menor de esta ideología es la orientación política. Parte central del discurso trumpista lo constituye el vapuleo al progresismo político (the libs), a los que luchan en pro de la expansión de derechos sociales y económicos cuyos reclamos, entienden, atentan contra las identidades de género tradicionales, la heteronorma y la supremacía blanca (wokeness), e incluso a los partidarios de movimientos expresamente antifascistas (Antifa). Un informe del Congressional Research Service– una oficina del Congreso de Estados Unidos dedicada a la investigación y análisis de políticas y cuestiones legales para la Cámara Baja y el Senado– definió “Antifa” como una tendencia cuyos seguidores “se oponen a las opiniones de personas que consideran fascistas o supremacistas blancos. Se ven como parte de una tradición de protesta que se remonta a grupos de oposición en la Alemania nazi y la Italia fascista” (Sacco, 2018). Sin embargo, para el trumpismo, “Antifa” es sinónimo de grupos paramilitares, “agitadores militantes de izquierda que han sido descritos por altos funcionarios de la administración Trump como terroristas nacionales” (Swan, 2020).

Otro aspecto para incorporar a la caracterización de esta ideología racial en constante evolución es el académico. Ello se ha corporizado en la arremetida contra la investigación y educación superior no sólo en general, sino en relación a la “teoría crítica de la raza” (Critical Race Theory), un abordaje teórico crítico del funcionamiento de sistemas socio-políticos y económicos que se organizan en base a la idea de que el poder debe estar concentrado en un grupo con determinadas características, y que otros deben ser excluidos o marginados del orden social por su raza, género, origen nacional, identidad u orientación sexual, clase o discapacidad.[17] Para Trump, esta “teoría racista y de izquierda”, y por ende antiestadounidense, pregona que Estados Unidos es un país “sistemáticamente malvado”, en lugar de “ayudar a los jóvenes a descubrir que Estados Unidos es la nación más grande, más tolerante y más generosa de la historia (Trump, A Plan to Get Divisive y Radical Theories Out of Our Schools, 2021).

Todo esto se ha trasladado a la articulación retórica que justifica aspectos clave tanto de la política doméstica como exterior. Además de lo referido previamente relacionado con alianzas multilaterales, sanciones, aranceles y confrontación discursiva, este enfoque incluye la construcción de un “otro” que retoma sus premisas de estos elementos de la ideología racial que se orientan a construir un discurso nativista aplicado a la política de seguridad nacional.

El Nativismo es una construcción ideológica en torno a la estructura de sentimientos[18] de un determinado grupo que se autoidentifica como nativo u originario de un territorio en relación con grupos inmigrantes o que consideran foráneos por cuestiones etnorraciales. Los sentimientos nativistas suelen exacerbarse cuando surge o se crea una necesidad con fines políticos de “proteger” a la comunidad de una “amenaza externa”. A este respecto, Aitana Guía sostiene que para que una lógica nativista funcione y se convierta en hegemónica, se requiere que los nativistas “construyan un enemigo interno o externo claro y convincente, la eliminación de las diferencias internas a nivel social e ideológico en el seno de la población “nativa” y una narrativa de pertenencia categórica e incontestada” (Guia, 2016, pág. 111).

Si bien, según Guía, el nativismo no se basa necesariamente en criterios étnicos tanto como en una narrativa de pertenencia excluyente, en el caso del Trumpismo, la cuestión etnorracial es central para entender a qué segmento de la población está dirigido el discurso de “nosotros vs ellos” que sostiene su retórica nativista. El objetivo primordial no es tanto restringir el flujo de inmigrantes para mantener el statu quo cultural, racial, religioso o político (Guia, 2016, p. 111), sino el de grupos específicos migrantes, independientemente de la condición de ciudadanía que hayan adquirido a lo largo de los años.

La bandera nativista que ha levantado Trump ha establecido una relación directa entre inmigración irregular (sobre todo la proveniente de ciertos países o regiones) y criminalidad, con la cual ha legitimado una serie de medidas migratorias restrictivas y coercitivas. Entre ellas, se destacan la modificación de los criterios para la aceptación de refugiados o asilados políticos provenientes de ciertos países, la intensificación de las actividades – legales e ilegales - del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (en inglés, U.S. Immigration and Customs Enforcement, ICE) bajo prácticas de racial profiling, la retórica abiertamente racializada en torno a la construcción del muro fronterizo, para nombrar solo algunas.

Esta construcción del “otro” racializado lo posiciona como una amenaza a la seguridad nacional —ilustrado en frases de Trump que retratan a los inmigrantes como criminales, violadores o incluso degradan su humanidad—, y como un obstáculo para el desarrollo económico del país. Bajo esta lógica, el “otro” es presentado como un enemigo interno que atenta contra los intereses nacionales, los valores culturales, el American Way of Life, la seguridad y estabilidad económica, y la integridad de los “verdaderos estadounidenses”, desde una perspectiva etnorracial amparada en el discurso de la seguridad nacional.

En apartados anteriores recuperamos la advertencia de Nye sobre cómo “la atracción puede volverse repugnancia”. Según un informe del Pew Research Center realizado entre enero y abril de 2025, la imagen de Estados Unidos se ha visto erosionada significativamente a nivel global, con un 62% manifestando tener poca o ninguna confianza en que Trump “haga lo correcto en los asuntos mundiales” (PEW Research Center, 2025). Asimismo, en 15 de los 24 países comparados con el año anterior, la imagen favorable de Estados Unidos ha disminuido, particularmente entre los aliados tradicionales de Occidente entre los que se percibe una fuerte desconfianza: en Canadá, México y Europa occidental, más del 80 % desconfía del liderazgo de Trump, sus políticas y su discurso.

7. Reflexiones finales

A lo largo de las páginas precedentes, abordamos aspectos que consideramos relevantes para reflexionar, (re)pensar y discutir continuidades y rupturas en la agenda de política exterior de Estados Unidos. Partiendo de una mirada que pondera los procesos históricos, propusimos un abordaje que incorpora análisis de largo plazo, al igual que dinámicas y transformaciones actuales del orden internacional. Asimismo, planteamos visiones contrapuestas y discusiones al interior de la clase política, esa “burocracia de la seguridad nacional” encargada de orientar la dirección y consecuente devenir de Estados Unidos y del mundo.

A pesar de sus visiones dispares, dicha burocracia parece estar de acuerdo en un punto central: el orden internacional que supo organizar el mundo desde la segunda posguerra ya ha cambiado, y en ese escenario Estados Unidos no es el primus inter pares que supo ser. El consenso indica que Estados Unidos está enfrentando una crisis hegemónica debido al medio siglo de progresivo deterioro de sus capacidades económicas, militares y tecnológicas, y de su estructura productiva y de acumulación, que se dio en paralelo al desarrollo de estos pilares por parte de otras naciones. En lo que discrepan es en las estrategias “defensivas”, tanto para enfrentar la consolidación de otras potencias como para frenar su desarrollo, y preservar y renegociar el poder hegemónico de Washington.

Como toda potencia que se precia, Estados Unidos ha tenido y tiene el objetivo de imponer su visión del orden internacional, a la que considera hegemónica y consensuada. Hacerlo desde el multilateralismo le ha permitido sostener vestigios de poder en un orden mundial en proceso de transformación en el que “actores secundarios” comenzaron a desafiar su posición de liderazgo global.

Es en este contexto en el que se evidencian los aspectos más disruptivos de las Administraciones de Donald J. Trump. Su unilateralismo tiene las mismas dosis de nacionalismo (antes que globalismo) y proteccionismo, que de confrontación e impredecibilidad. El objetivo no son los “adversarios tradicionales”, tanto como los aliados históricos: aquellas naciones que, desde la perspectiva de Trump, “se beneficiaron a expensas de Estados Unidos” y de ese orden internacional promovido por este último a costa de sus propios intereses. La lógica subyacente parecería ser: si Estados Unidos fue el artífice de dicho orden, y del ascenso y consolidación de ciertos “pares”, hoy rivales, también puede desmantelarlo. En este sentido, el bienestar, la estabilidad y el crecimiento de otras naciones dejan de ser componentes fundamentales de la seguridad nacional estadounidense, redefiniendo las prioridades estratégicas del país en el escenario global.

El unilateralismo trumpista está lejos de ser aislacionista. Su política exterior no implica una retirada del escenario internacional. Trump no repudia las alianzas per se, tanto como busca su reconfiguración. No reniega del orden internacional tanto como la erosión y desafío a la primacía estadounidense dentro de ese orden. No rechaza el libre comercio ni el libre mercado, sino los términos del intercambio y la pérdida del lugar de Estados Unidos como centro económico que se hizo grande “exportando su salida a sus dificultades económicas… saturando mercados y sectores estratégicos”, tanto en mercados emergentes como en aquellos destruidos por guerras de diferente calibre y conflictos bélicos de distinta índole. Ciertamente, no desestima la primacía militar, sino que la considera como un factor clave para recuperar posiciones a través del “poder duro” y motorizar una economía en decadencia. En este marco, el aislacionismo no sólo aparece como ineficaz para recuperar la hegemonía, sino como contradictorio con la pretensión de conservar el liderazgo global mediante la imposición de términos y condiciones en el proceso de “dar forma” al orden internacional.

Este unilateralismo se caracteriza por ser altamente ideologizado y se sustenta en las premisas excluyentes del nativismo. La ideología racial del trumpismo revaloriza el supremacismo blanco como eje central, rescatando elementos históricos del excepcionalismo estadounidense y la doctrina del Destino Manifiesto. Esta dimensión ideológica no es meramente discursiva, sino que articula de manera concreta cuestiones socioeconómicas, políticas, histórico-culturales e identitarias, aspectos centrales para la redefinición de la política exterior. En este marco, el nativismo opera como la premisa que define el vínculo entre “lo nacional” y “lo internacional”, reforzando una visión jerárquica del mundo en la que la centralidad estadounidense debe ser restaurada y protegida frente a amenazas percibidas como externas —ya sean migratorias, comerciales, diplomáticas o geopolíticas. En todos estos casos, se articula una visión del mundo donde Estados Unidos debe proteger su “pureza” racial y su American Way of Life, y su autonomía estratégica, frente a un entorno internacional concebido como amenazante y perjudicial.

Esto no es inédito en la historia de Estados Unidos. El supremacismo blanco, el racismo, las prácticas de exclusión etnorracial y de institucionalización del nativismo son tradiciones históricas cuyos antecedentes pueden rastrearse en la esclavitud racial, las cuotas migratorias raciales de principios del siglo XX dirigidas a trabajadores provenientes de la región de Asia-pacífico, en los campos de detención para ciudadanos estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial, en las leyes y políticas de segregación racial sostenidas hasta mediados de la década de 1960, así como en la expulsión masiva de trabajadores chicanos durante la Gran Depresión. En todos estos momentos, el nativismo funcionó como articulador de una estructura de sentimiento profundamente arraigada en ciertos sectores de la sociedad, que conciben el liderazgo global del país como inseparable de una noción excluyente de identidad nacional.

Este nativismo se ve exacerbado por el abandono casi total de una de las herramientas más poderosas de la proyección de poder y sostenimiento de la hegemonía estadounidense: el capital simbólico construido a través del soft power. El Estados Unidos actual ya no genera atracción ni confianza, no apela a la persuasión, y sus políticas están perdiendo rápidamente legitimidad frente a aliados y enemigos en espacios de negociación y búsqueda de consenso.

A modo de cierre, es importante resaltar que las políticas que dan forma a este unilateralismo nativista no han surgido en un vacío. Las consideraciones de Trump sobre política exterior anteceden en al menos 30 años a su primera presidencia. En 1987, el ahora presidente estadounidense publicó una carta abierta en el New York Times, el Boston Globe y el Washington Post, tres de los medios más importantes de la costa este de Estados Unidos. En An Open Letter from Donald J. Trump on Why America Should Stop Paying to Defend Countries That Can Afford to Defend Themselves, Trump se dirigió a “la ciudadanía estadounidense”, expresando frustración sobre los gastos del gobierno de Ronald Reagan (1981-1989) destinados a la defensa de países como Japón y Arabia Saudita, mientras estos “se aprovechaban” del decadente poder militar estadounidense. En la misiva, Trump hablaba de la necesidad de una política exterior más asertiva, proponía una renegociación de acuerdos y aumento de impuestos a estas naciones en aras de reducir el déficit fiscal, y terminaba con un llamado patriótico: “No permitamos que nuestro gran país siga siendo motivo de burla” (Trump, An Open letter from Donald J. Trump on why America should stop paying to defend countries that can afford to defend themselves, 1987):

La saga continúa sin tregua mientras defendemos el Golfo Pérsico, una zona de importancia meramente marginal para Estados Unidos en cuanto al suministro de petróleo, pero de la que dependen casi totalmente Japón y otros países. ¿Por qué estas naciones no están pagando a Estados Unidos por las vidas humanas y los miles de millones de dólares que estamos perdiendo para proteger sus intereses?

Arabia Saudita, un país cuya existencia misma está en manos de Estados Unidos, se negó la semana pasada a permitirnos usar sus barreminas (que, lamentablemente, son mucho más avanzados que los nuestros) para patrullar el Golfo. El mundo se ríe de los políticos estadounidenses mientras protegemos barcos que no son nuestros, que transportan petróleo que no necesitamos, con destino a aliados que no nos ayudan.

Con el tiempo, los japoneses, sin el obstáculo de los enormes costos de defenderse a sí mismos (mientras Estados Unidos lo haga gratis), han construido una economía fuerte y vibrante con superávits sin precedentes. Han logrado brillantemente mantener un yen débil frente a un dólar fuerte. Esto, sumado a nuestro gasto monumental para defenderlos a ellos —y a otros—, ha llevado a Japón a la cima de las economías del mundo.

Ahora que la marea cambia y el yen se fortalece frente al dólar, los japoneses se quejan abiertamente y, como de costumbre, nuestros políticos reaccionan ante estas quejas injustificadas. Es hora de acabar con nuestros enormes déficits haciendo que Japón, y otros países que pueden permitírselo, paguen. Nuestra protección mundial vale cientos de miles de millones de dólares para estos países, y su interés en esa protección es mucho mayor que el nuestro.

Que Japón, Arabia Saudita y otros paguen por la protección que les brindamos como aliados. Ayudemos a nuestros agricultores, a nuestros enfermos, a nuestros desamparados, tomando de algunas de las mayores máquinas de generar ganancias jamás creadas —máquinas creadas y alimentadas por nosotros.

Cobremos impuestos a estas naciones ricas, no a Estados Unidos. Terminemos con nuestros enormes déficits, reduzcamos nuestros impuestos y dejemos que la economía estadounidense crezca libre, sin el peso del costo de defender a quienes pueden pagar fácilmente por la defensa de su libertad. No dejemos que se rían más de nuestro gran país. Atentamente, Donald J. Trump”.

Luego de la publicación de la carta, la Associated Press, publicó un pequeño artículo en el que mencionaba que Trump había pagado $94.801 dólares por los espacios de publicación y que, si bien el hoy presidente no tenía “aspiraciones políticas”, el nombre de Trump había sido mencionado “para varios cargos públicos, incluidos los de alcalde de la ciudad de Nueva York, gobernador y presidente.” (Smith, 2019).

El abordaje histórico nos ofrece una mirada de proceso que nos permite entender que nada, menos aún figuras como Donald Trump, surge por generación espontánea. En otras palabras, la política exterior que para más de un analista parece “improvisada”, “imprevisible” y carente de una estrategia y racionalización que la sustente, tiene al menos 30 años desarrollándose para su implementación.

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Notas

1 “Nuestra fortaleza en casa se manifiesta directa y claramente en nuestra fortaleza en el extranjero”. Anthony Blinken (Brooking Institute, 2024).
2 “De acuerdo con estimaciones preliminares de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO), el plan otorgaría un alivio promedio de u$s2.800 por contribuyente en 2026. Sin embargo, más del 67% de ese beneficio se concentraría en hogares con ingresos anuales superiores a los u$s217.000, mientras que casi una cuarta parte iría a quienes ganan más de u$s1,1 millones al año. (...) Los contribuyentes con ingresos más bajos —especialmente quienes ganan menos de u$s51.000 al año— verán una disminución neta en sus recursos, producto de fuertes recortes en programas sociales clave. (...) En conjunto, las medidas incluidas en el proyecto elevarían el déficit fiscal en unos u$s3,8 billones entre 2026 y 2034, según proyecciones de la CBO, debido a la caída de ingresos y al aumento de créditos fiscales reembolsables” (Ámbito Financiero, 2025).
3 Para una caracterización del nivel de interconexión e interdependencia del sistema actual impulsado por la transnacionalización del capital comandado por redes financieras ver (Merino, 2025, p. 27).
4 “Despite tactical differences between global political elites, a postwar commitment to maintain the LIO (Liberal International Order), even in the context of deep structural shifts in international relations, has remained resolute—until today (...) More destabilizing to the foundations of the LIO has been the election of President Trump. His administration has actively encouraged the breakup of the EU, questioned enduring US global security alliances such as NATO, and seen the advocacy of an economic nationalism that threatens to reverse globalization. If the dominant cultural paradigm of the early post-Cold War period was the end of history as a triumphant liberal internationalism flattened global geopolitical space, Trump’s victory represents the end of this interregnum: a rearticulation of the primacy of the nation-state, a fracture in the postwar liberal internationalist consensus and a hardening of geopolitical revisionism” (Stokes, 2018, p. 133).
5 Esta caracterización constituye unas reconstrucciones analíticas elaboradas a partir de discursos de Donald Trump, expresiones de apoyo de referentes empresariales y políticas, grandes donantes, y los lineamientos presentes en el documento Project 2025, adoptado como plataforma programática de la campaña presidencial de Trump en 2024.
6 Un ejemplo paradigmático es el de Osama bin Laden y la organización Al Qaeda, cuyo crecimiento y consolidación fue producto del apoyo Washington durante la guerra en Afganistán contra la Unión Soviética (1979–1989). Los muyahidines fueron aliados de Estados Unidos en la lucha contra el comunismo en los años ‘80, considerados por el Departamento de Estado como “luchadores por la libertad”. Inicialmente funcional a los intereses geopolíticos estadounidenses, Al Qaeda se transformó en el principal enemigo, cuándo se adjudicó la autoría de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Este viraje evidencia la transformación y ambigüedad de las lealtades y adscripciones referidas.
7 “American unilateral and preemptive, even preventive, use of force, facilitated, if possible, by coalitions of the willing—but ultimately unconstrained by the rules and norms of the international community. At the extreme, these notions form a neo-imperial vision in which the U.S. arrogates to itself the global role of setting standards, determining threats, using force, and meting out justice. It is a vision in which sovereignty becomes more absolute for America even as it becomes more conditional for countries that challenge Washington’s standards of internal and external behavior. It is a vision made necessary—at least in the eyes of its advocates—by the new and apocalyptic character of contemporary terrorist threats and by America’s unprecedented global dominance” (Ikenberry, 2002, p. 44).
8 En el discurso inaugural de su primera presidencia, Trump afirmó “From this day forward, a new vision will govern our land. From this day forward, it’s going to be only America first. (...) We will seek friendship and good will with the nations of the world, but we do so with the understanding that it is the right of all nations to put their own interests first. We do not seek to impose our way of life on anyone, but rather to let it shine as an example—we will shine—for everyone to follow. We will reinforce old alliances and form new ones and unite the civilized world against radical Islamic terrorism, which we will eradicate completely from the face of the Earth” (Trump, Inaugural Address, 2017).
9 El comercio entre China y América Latina aumentó de 7 mil millones de USD en 2022 a 480 millones de USD en 2023, proceso que también se ve en materia de instalaciones de empresas y préstamos por parte de China (Merino, 2025, p. 51).
10 La política del palo y la zanahoria (carrot and stick policy) fue una estrategia de política exterior que pretendía combinar “recompensas” y castigos para influir en el accionar de actores internacionales.
11 “Los hombres de negocios y los políticos pensaban en la política exterior norteamericana en términos del funcionamiento del sistema económico y veían la expansión económica hacia ultramar como el elemento clave de semejante seguridad y bienestar” (Appleman Williams, 1960, p. 66).
12 “Era necesario controlar y mitigar la oposición de la región al predominio de los Estados Unidos y, al mismo tiempo, extender y racionalizar el sistema de autoridad norteamericana. El esfuerzo para ampliar las exportaciones norteamericanas, desarrollar y controlar las materias primas e iniciar empresas corporativas - en tanto que al mismo tiempo se desarrollaba un sistema político basado en gobernantes locales leales a los intereses fundamentales de los Estados Unidos - hizo de América Latina el laboratorio de la política exterior norteamericana para todas las zonas subdesarrolladas” (Appleman Williams, 1960, p. 143).
13 “But I will tell you this. This is the one aspect I can tell you. I would use trade, absolutely, as a bargaining chip” (Trump, Donald Trump Expounds on His Foreign Policy Views, 2016).
14 Los últimos datos disponibles en la página oficial del Foreign Trade Department del U.S. Census Bureauson del año 2022. Al intentar acceder a datos de 2023 en adelante, nos encontramos con la siguiente leyenda: “Lo sentimos, la página solicitada ha sido movida o ya no está disponible en este servidor”, coincidiendo con políticas de restricción de acceso a la información pública implementadas por la actual administración.
15 El segundo país con el que Estados Unidos mantiene un mayor déficit comercial es México.
16 Para un análisis del proceso histórico en el que se construyeron estos criterios considerando su dimensión legal e ideológica desde el siglo XVII en adelante, ver: (Carbone, 2024, pp. 126-130).
17 Para una caracterización de lo que es la CRT y su apropiación por parte del discurso Trumpista, ver (Carbone, 2024, pp. 133-137 ).
18 Raymond Williams ha desarrollado el concepto de estructura de sentimiento para designar formas colectivas e históricamente situadas de percibir, imaginar y sentir que no están plenamente institucionalizadas, pero que moldean la manera en que las personas comunes experimentan su vida cotidiana, sus vínculos sociales y sus conflictos. Se trata de un principio afectivo que media entre lo estructural y lo individual, permitiendo captar atmósferas sociales emergentes que aún no han cristalizado en discursos oficiales o políticas establecidas. Al respecto, véase (Vanke, 2024).

Notas de autor

* Doctora en Historia (Universidad de Buenos Aires). Cátedra de Historia de los Estados Unidos de América (Universidad de Buenos Aires), Instituto Interdisciplinario de Estudios e Investigaciones sobre América Latina (INDEAL, UBA), Cátedra Libre de Estudios de Estados Unidos (Instituto de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de La Plata. Grupo de Trabajo sobre Estados Unidos (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales). Academic Manager, IFSA BUTLER Arg.

Información adicional

Cómo citar este artículo: Carbone, V. L. (2025). Unilateralismo nativista. Continuidades y rupturas en la agenda geopolítica de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XXI. Relaciones Internacionales, 34(69), 210, https://doi.org/10.24215/23142766e210

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