Historia

Cómo citar este artículo: Kreibohm, P. (2025). A 80 años de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Una interpretación desde la perspectiva de las Relaciones Internacionales. Relaciones Internacionales, 34(68).
Han transcurrido ocho décadas desde que terminó la contienda más destructiva de la historia; una guerra emblemática que transformó al mundo y produjo un giro rotundo en la evolución de las relaciones internacionales. De hecho, esta guerra marcó un punto de inflexión en la historia contemporánea, tanto para los países del centro, como para los de la periferia, pues sus alcances, efectos y consecuencias se dieron en todos los órdenes de la vida y se proyectaron largamente en el tiempo.
Desde nuestro punto de vista, esta trascendencia hace que debamos analizarla a través de diversos enfoques. En este artículo, proponemos, concretamente, una visión teórica que proviene del campo de las Relaciones Internacionales.
1. La Segunda Guerra Mundial como el punto de máximo de maniobra en el proceso de polarización por la hegemonía mundial
Dentro de las teorías de esta disciplina, los Enfoques Sistémicos cobraron importancia a partir de los años 60, debido a que fueron percibidos por los especialistas como muy fructíferos y adecuados para analizar e interpretar la anatomía y la fisiología de las relaciones internacionales. Como sostiene Esther Barbé:
“La noción de sistema internacional es sumamente útil ya que nos ofrece un provechoso marco conceptual que contribuye a enriquecer los análisis, debido a que es una línea que proporciona un encuadre amplio y, a la vez, complejo, que facilita la comprensión de las relaciones internacionales, tanto a nivel del todo, como de sus partes.”[1]
Desde esta perspectiva, la visualización de dichas relaciones parte del concepto de Sistema Internacional; un concepto que se sostiene sobre una premisa básica: si bien la sociedad internacional es -y ha sido siempre- anárquica, esto no significa que sea caótica. Dicho de otra manera, aunque en el mundo no existe - ni ha existido nunca - un gobierno centralizado, a lo largo de la historia sí se han gestado determinados Modelos de Orden; es decir, formas de organización que se han configurado a partir de la distribución de poder entre los Estados y que se implementaron para alcanzar determinadas metas y objetivos. Según los especialistas, dichos Modelos - o Sistemas - no deben ser entendidos como estructuras justas y equitativas que velan por el bienestar de todos los miembros de la sociedad internacional, sino simplemente, como una configuración de poder específica, que solo puede ser percibida a través de sus efectos y de los principios que la ordenan.
Estas afirmaciones tienen estrecha relación con las teorías de la hegemonía; es decir con aquellos análisis que procuran explicar la capacidad y la voluntad que han tenido determinados Estados para dominar a otros. De hecho, estas conductas hegemónicas, han sido una constante a lo largo de la historia y, por lo tanto, los Sistemas se han gestado desde los primeros tiempos. Sin embargo y debido a una serie de limitaciones vinculadas a cada etapa histórica, la mayoría de ellos fueron regionales; es decir que solamente alcanzaron a ciertas áreas del planeta[2]. No obstante, en 1648, y con la Paz de Westfalia - firmada después de la finalización de la Guerra de los Treinta años- nació el primer Sistema Internacional Global: el Sistema Multipolar Europeo, que estuvo liderado por cinco potencias: Francia, Austria, Prusia, Inglaterra y Rusia. Este modelo se mantuvo en vigencia hasta 1914 cuando colapsó, a raíz del estallido de la Primera Guerra Mundial.
Uno de los teóricos que más ha trabajado estas ideas es Kenneth Waltz, quien afirma que los Sistemas Internacionales nacen en una coyuntura específica y en virtud de una serie de variables; se desarrollan durante un tiempo y, finalmente, entran en una crisis que, finalmente, los aniquila. Examinemos brevemente cómo explica Waltz la gestación de un Sistema.
Partiendo de la premisa de que el mundo es anárquico y está integrado por una serie de actores independientes (los Estados), el autor postula que cada uno de ellos buscará obtener la mayor cantidad de ganancias posibles, pues todos sobreviven, progresan, decaen o mueren, en función de su propio esfuerzo y de las decisiones que toman frente a las circunstancias. En este contexto, es normal que los intereses de uno se contrapongan con los de otro u otros y, por lo tanto, que se desencadenen conflictos entre ellos.
Con el correr del tiempo -y en virtud de la manera en que cada uno ha gestionado sus capacidades y recursos- empiezan a marcarse profundas diferencias entre ellos. En efecto, mientras algunos se desarrollan y fortalecen su poder, otros desaparecen y la mayoría, se mantiene en una posición más débil. Así, en esa atmosfera anárquica, irá surgiendo, paulatinamente, una jerarquía que habrá de ser determinante.
En esta configuración, dice Waltz, los conflictos más importantes van a empezar a producirse entre los poderosos, pues cada uno de ellos aspira a dominar a los demás. Dichos conflictos -que pueden ser violentos o no violentos- pueden interpretarse como un enfrentamiento o una competencia cuya finalización dará origen a la gestación del Sistema. De hecho, dice el autor: es este proceso de polarización el que determinará quien o quienes ganarán y quien o quienes, serán derrotados.
Dicha polarización finaliza cuando los contendientes alcanzan un punto máximo de maniobra o de imposición de poder; es decir, cuando llegan a un suceso final en el que despliegan todo su potencial para alcanzar el triunfo. De hecho, será el resultado de este último acto el que definirá a los lideres que habrán de gobernar el nuevo Sistema. Así, si el vencedor es solo uno, el Sistema será Unipolar; si son dos, será Bipolar y si son tres o más, Multipolar.
Desde nuestra perspectiva, la Segunda Guerra Mundial fue, justamente, ese punto máximo de maniobra o de imposición de poder en el que, tanto los Aliados como las potencias del Eje, forzaron al límite sus capacidades para derrotar al otro.
De esta manera, se comprenden muy claramente, las razones por las cuales esta guerra fue tan atroz, tan larga y tan destructiva. Una guerra en la que participaron casi 60 países - cuando en el mundo existían aproximadamente 90 – y en la que murieron entre 50 y 70 millones de seres humanos. Una guerra impiadosa, cuyos efectos, alcances y transformaciones, marcaron a fuego el escenario político, económico, social y cultural del planeta.
De hecho, la Segunda Guerra fue una Guerra Total en la que ya no hubo límites - ni materiales ni morales - para eliminar al otro, pues la absolutización de los objetivos y de los medios, dictó el ritmo de las acciones[3].
“La guerra total es un tipo de contienda en la que los países fuerzan al máximo todos sus capacidades y recursos, ya sean humanos, militares, industriales, agrícolas, naturales, tecnológicos, científicos, o de cualquier otra índole, para destruir totalmente a su oponente. Así, en este modelo, todo queda subordinado a la conducción y a los objetivos de la guerra y la política se transforma en un instrumento más para conducir a las tropas a la victoria”.
También por eso, la contienda se extendió a cuatro de los cinco continentes; insumió una increíble cantidad de recursos y de tecnología; se desplegó en los tres océanos y en decenas de mares, y afectó a una enorme cantidad de pueblos y de territorios de todo el planeta[4]. Con ella, se perdió definitivamente la antigua mística de los valores nobles, pues las acciones militares fueron perdiendo todo vestigio de hidalguía para convertirse en actos sangrientos y despiadados que afectaron profundamente a la población civil, la cual sufrió sus estragos como nunca antes. De hecho, los dos bandos hicieron de los civiles blancos militares, a los que atacaron de manera sistemática; provocaron desplazamientos forzosos de población absolutamente inéditos que fracturaron a comunidades enteras y llevaron a cabo todo tipo de atrocidades. Un claro ejemplo de esto es el lanzamiento de las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki que mataron, instantáneamente, a más de doscientas mil personas.
Pero, además, esta contienda provocó un giro extraordinario en la política internacional.
En primer término, porque fue la Segunda Guerra la que dio origen al Sistema Bipolar; un Sistema signado por la incompatibilidad ideológica de sus polos y en el que la distribución final de poder se concentró entre los EE. UU. y la U. R. R. S, según la ecuación fifty/fifty[5]. Sin embargo, los nuevos hegemones no se enfrentaron solos, sino que conformaron dos bloques en los que participaron una gran cantidad de Estados menores. De esta manera, el conflicto se plasmó en base a un esquema de fuerzas colectivas en pugna; un esquema que expandió notablemente el dinamismo de las relaciones internacionales.
En segundo lugar, porque el uso de las armas atómicas puso al mundo al borde del abismo, iniciando una era basada en el equilibrio del terror, cuya hipótesis más difundida fue la de la Mutua Destrucción Asegurada (MAD).
Finalmente, porque también fue esta guerra la que disparó el proceso de descolonización, que habría de conducir a la gestación del Tercer Mundo, que se convirtió en uno de los escenarios más dramáticos del conflicto bipolar.
Cuando Japón firmó la rendición, el 3 de septiembre de 1945, el mundo respiró aliviado, pensando que, a partir de entonces, todo iba a ser distinto. Sin embargo, de esta guerra emergió un mundo más dividido y más peligroso; un mundo que vivió durante 46 años conteniendo el aliento frente a la posibilidad de una hecatombe. Sin embargo, esto no sucedió.
El colapso del Sistema Bipolar llegó en diciembre de 1991, cuando la U. R. S. S. se desintegró. Desde entonces y hasta hoy, nos encontramos – una vez más – en un proceso de polarización. Cuando éste finalice habrá de configurarse un nuevo Sistema.
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