Estudios

Haz historia o sé historia: Lyndon Johnson, Joe Biden y el debate acerca del liderazgo transformacional

Make history or be history: Lyndon Johnson, Joe Biden and the debate on transformational leadership

Nicolás Alesso *
Universidad Nacional de Rosario, Argentina

Relaciones Internacionales

Universidad Nacional de La Plata, Argentina

ISSN: 1515-3371

ISSN-e: 2314-2766

Periodicidad: Semestral

vol. 33, núm. 66, 2024

revista@iri.edu.ar

Recepción: 27 abril 2022

Aprobación: 20 marzo 2024

Publicación: 27 marzo 2024



DOI: https://doi.org/10.24215/23142766e185

Cómo citar: Alesso, N. (2024). Haz historia o sé historia: Lyndon Johnson, Joe Biden y el debate acerca del liderazgo transformacional. Relaciones Internacionales, 33(66), 185, https://doi.org/10.24215/23142766e185

Resumen: Ante el debate acerca del tipo de liderazgo de Joseph Biden, este trabajo sostiene que la división entre liderazgo transformacional y transaccional, y las correspondientes comparaciones presidenciales, remiten principalmente a la política doméstica. Así, el estudio se enmarca en el enfoque en las relaciones internacionales acerca del liderazgo. Se desarrollan dos líneas de análisis. Primero, se establecerán aproximaciones entre el liderazgo de Lyndon Johnson y Joe Biden principalmente en tres aspectos: experiencia previa, contextos doméstico e internacional en los que asumen, y construcción de liderazgo. Luego, se enfocará en el liderazgo de la presidencia de Joe Biden en los niveles doméstico e internacional en tres asuntos: Build Back Better, la gestión de la pandemia y la estrategia America is back.

Palabras clave: Liderazgo presidencial, Joe Biden, Estados Unidos, política exterior, política doméstica.

Abstract: In light of the debate on Joseph Biden’s type of leadership, this article posits that the division between transformational and transactional leadership, and the comparisons among presidencies, mainly focuses on domestic policy. Thus, the theoretical framework for this work is rests on International Relations’ studies on political leadership. The analysis proposed here is twofold. First, a comparison between Lyndon Baines Johnson and Joseph Biden Jr.’s leaderships will be introduced on three axes: previous experience, domestic and international contexts at the time of ascension to power, and leadership building. Second, focus will shift towards Biden’s leadership both at domestic and international levels, regarding three issues: Build Back Better, the COVID-19 pandemic, and the America is back strategy.

Keywords: Presidential leadership, Joe Biden, United States, foreign policy, domestic policy.

“En política exterior, como en medicina, es importante comenzar con el juramento hipocrático: primero, no hacer daño.” (Nye, 2013: 151)

1. Introducción

Por lo general, todo líder que es elegido presidente busca dejar su país mejor de lo que lo encontró al momento de comenzar su mandato. Algunos deciden qué camino seguir ante las bifurcadas del devenir; otros, ayudan a crearlas. Mientras los primeros son llamados transaccionales, los segundos se inscriben en la categoría de transformacionales (Nye, 2013).

Desde el comienzo de la administración Biden se suscitó un debate que propone dos vertientes: por un lado, el carácter transformacional de la presidencia (Milligan, 2021; Moyn, 2021; Brooks, 2021; Edwards, 2021); por otro, la comparación con otros mandatarios considerados como transformacionales: específicamente, Franklin Delano Roosevelt y Lyndon Johnson (Aronoff, 2021; Elving, 2021; Glasser, 2021; Collinson y Hu, 2021; Anderson; 2021). Este trabajo abordará las comparaciones entre el presidente actual y aquel que asumiera tras la muerte de John Kennedy, poniendo la atención en tres áreas: liderazgo, política doméstica y externa. El período analizado de la presidencia de Biden abarca desde su asunción hasta marzo de 2022, cuando este artículo es finalizado.

Este tema reviste importancia académica en tanto el estilo de liderazgo de un presidente impacta dentro del país en cómo encausa sus intenciones y las logra alinear a la identidad nacional, cómo influye a través de sus decisiones e ideas en la sociedad, y cuáles son sus resultados. Además, los elementos “culturales, institucionales y materiales han impactado vigorosamente tanto en la política exterior de Washington como en el sistema internacional” (Busso, 2008, p. 21). Fuera de las fronteras, la influencia de un país en el exterior depende tanto de sus capacidades como de qué es lo que el liderazgo decide hacer con ellas. Poniendo el foco sobre Washington, las orientaciones en la política exterior estadounidense transitan entre un carácter aislacionista (por ejemplo, Hoover o Trump) o internacionalista (Roosevelt[1] o Bush, jr.). Estos son extremos balanceados por “abordajes pragmáticos de la política exterior” (Busso, 2008, p. 23) que suponen cambios coyunturales en posturas presidenciales originales (como Eisenhower, o Clinton y el compromiso selectivo). Tampoco es lo mismo una tendencia a la dialéctica inspiracional (Wilson, Carter o Reagan) o al uso de carrots or sticks[2] (Bush hijo o Trump); o que tienda más a la utilización del poder blando (soft power), el duro (hard power), o una combinación de ambos (smart power) (Nye, 2013). De todas formas, ningún atributo o característica se evidencia de manera “pura” en una presidencia a causa, principalmente, de variables exógenas, así como la toma de decisiones y la formulación de la política exterior. Debido a los atributos de poder de la principal potencia del sistema internacional, el enfoque que adopte determina el aumento, estancamiento o no de su peso e influencia.

La hipótesis propone que las comparaciones entre Joseph Robinette Biden Jr. (JRB) y Lyndon Baines Johnson (LBJ) que les califican como presidentes transformacionales se reducen prácticamente a ciertos asuntos domésticos, tanto por contexto como por decisiones, y a los rasgos identitarios de la política estadounidense invocados. En cuanto a la política exterior, Johnson no alcanzó la transformación, y Biden podría hacerlo si logra fortalecer el rol de Estados Unidos en el mundo, y educa a la sociedad acerca del mismo, generando legitimidad. Así, la salida de Afganistán y el llamado “Giro al Indo-Pacífico” podría ser interpretada como una plataforma para un cambio transformacional. Sin embargo, esta última acción tiende a retomar el paradigma en política exterior adoptado tras el fin de la Guerra Fría y el comienzo del siglo XXI, el cual se vio interrumpido por las políticas y decisiones a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001, con los desafíos propios de este contexto mundial.

Como se dijo anteriormente, este trabajo partirá desde la teoría del liderazgo para abordar una identificación de similitudes entre los dos presidentes mencionados, para luego enfocarse en el liderazgo de Joe Biden, si bien también se tomarán en cuenta algunas características de otros mandatos con el fin de enriquecer el contraste, entendiéndose como una de las formas más efectivas de analizar la identidad de un líder político nacional (Jervis, 2013).

Aunque un análisis e identificación de similitudes del liderazgo y contexto de ambas presidencias necesitaría del final del mandato del actual presidente, se abordarán los tres ejes mencionados –liderazgo, política doméstica y externa– lo que permitirá establecer aproximaciones y diferencias. Estas consideraciones permitirán alcanzar el objetivo general de este trabajo, el cual es comprender mejor el contexto y las acciones de la presidencia de Biden, tanto a nivel doméstico como externo. Para ello, se partirá desde la perspectiva teórica del liderazgo transformacional y su relación con la identidad de la política estadounidense. Luego, se analizarán las similitudes de cada presidencia en el contexto político-social de sus épocas y las iniciativas propuestas para transformarlo: The Great Society, y Build Back Better. En la sección siguiente, se hará lo propio con la política exterior de cada presidencia, haciendo especial foco en los esfuerzos de la actual presidencia por fortalecer el liderazgo estadounidense. Finalmente, se presentarán las conclusiones.

2. Liderazgo transformacional

Para comenzar, este trabajo propone como definición de política exterior al proceso que instrumentaliza decisiones y planes concretos a los intereses del liderazgo, el contexto externo y doméstico, y las pautas tradicionales –escritas o no– que han modelado el relacionamiento con el mundo “por espacio de muchos años” (Lasagna, 1995, p. 391). De esta manera, las relaciones internacionales abordan continuamente –directa o indirectamente– el liderazgo, sea de países, actores no estatales, o, como en este caso, los líderes de los estados que toman las decisiones respecto a cómo éste se relacionará con el mundo. En distintas corrientes de pensamiento, conceptos como la estructura del sistema internacional (Waltz, 2001) han quitado en parte la atención respecto de la capacidad del liderazgo de los actores. Por su parte, Morgenthau (1946) afirma que la sabiduría y la fuerza moral del líder son mucho más necesarias que la racionalidad científica. Putnam (1988), en su trabajo acerca del juego de doble nivel, otorga a la élite política un rol preponderante en la formulación de las políticas doméstica y exterior, así como de “intérprete de las posibilidades” (Kane, 2016, p. 8). El estadista –o “líder político nacional”, para Putnam (1988), está posicionado para discernir las dificultades y oportunidades del contexto, y tomar decisiones para gestionarlas. Nye (2013) propone que todo líder nacional debe poseer inteligencia contextual para decidir acciones en política exterior: interpretar el mundo, entender el cambio, establecer objetivos y alinear estrategias con dichos objetivos, a fin de tomar decisiones acertadas ante nuevos escenarios.

El cambio de políticas siempre requiere antes un cambio de paradigma (Ashbee y Hurst, 2020). Este concepto es definido por Hall como “un marco de ideas y estándares que especifica no sólo los objetivos de la política y el tipo de instrumentos que pueden ser usados para lograrlos, pero además la naturaleza misma de los problemas que están destinados a abordar” (1993, p. 279). En este sentido, MacGregor Burns plantea que las ideas del líder se fundamentan en un poder moral (1978). Nye (2020) amplía esta noción a través del concepto de ética, la cual se compone de tres dimensiones: intenciones (a los cuales MacGregor llama motivos), medios y consecuencias.

A partir de sus estudios sobre el liderazgo de Franklin Delano Roosevelt, MacGregor Burns (1978, 2007) desarrolla el concepto de liderazgo transformativo (transforming leadership). Así, el término se origina en los campos de la historia y ciencia política, para luego ser retomado por Bass (1985) en la psicología organizacional, donde adopta el nombre de liderazgo transformacional (transformational leadership). Para MacGregor Burns, el liderazgo es el proceso en el cual se integran dos componentes esenciales: poder y motivo. El primero consiste en la capacidad de un actor para lograr su voluntad más allá de la resistencia, teniendo en cuenta los recursos y limitaciones que le otorgan la estructura institucional de su país. Así, y especialmente en los sistemas democráticos, el poder posee un alto componente relacional. Por ello, los motivos del líder deben ser relevantes a las motivaciones y aspiraciones morales de la sociedad que le elige y legitima, desarrollando o afirmando el sentido de propósito.

En este sentido, Jervis (2013) propone que, por lo general, existen valores y creencias que son compartidos por todos los líderes que puedan aspirar al poder en una sociedad en tiempos determinados. En la Casa Blanca, las intenciones presidenciales están alineadas a la identidad de Estados Unidos como nación, que, ante un carácter transformacional van acompañados de una dialéctica inspiracional. En este sentido, cada presidente de los siglos XX y XXI que ha colaborado con la expansión de la influencia de este país en el sistema internacional demostró a través de palabras y acciones su fidelidad al excepcionalismo estadounidense “y el bien que los valores americanos podrían traer al resto del mundo. (…) También creían que la primacía de Estados Unidos era algo bueno” (Nye, 2013, p. 133).

El anterior argumento resalta la idea de nación excepcional. Esto se debe a que es un componente de la identidad del liderazgo estadounidense, el cual posee significancia doméstica a la vez que fuerte impacto en el rol autopercibido en el mundo como líder, faro y ejemplo (Winthrop, 1630). Entonces, tanto el aislacionismo o distanciamiento (Restad, 2012) –“liderazgo a través del ejemplo”– como el internacionalismo –“misionero”– son expresiones del “sentimiento de misión americano de liderar el mundo hacia lo que ellos consideran las mejores formas de relaciones políticas, económicas y sociales” (Busso, 2008, p. 24). Así, “el excepcionalismo estadounidense –y la política exterior enmarcada en él– tiene un aspecto teleológico: lo que hoy es Estados Unidos, el mundo lo será mañana” (Restad, 2012, p. 70).

Partiendo, entonces, de una fuerza profunda que evoca liderazgo del mundo, y habiendo planteado sus expresiones extremas, también se contrastan dos improntas o comportamientos para instrumentar dichas expresiones: transaccional y transformacional. Behm (2016) las propone, brevemente, de la siguiente manera: “una política exterior transaccional trata con los asuntos mientras ocurren. (…) Es más pragmática que propositiva, reactiva más que visionaria. Una política exterior transformacional, por otro lado, está dirigida, prefiere los principios antes que el pragmatismo, dirección antes que la simple respuesta, prolongando los beneficios”.

Haciendo énfasis en la actualidad, Unger (2016, p. 16) sostiene que una política exterior transformacional en los Estados Unidos del siglo XXI significa “transformar aspectos clave de las estructuras institucionales y la mentalidad que surgieron de la Guerra Fría y transformaron a los Estados Unidos en una especie de estado de guerra permanente que tiene problemas para reconocer la diferencia entre los verdaderos intereses vitales y el simple desafío molesto de las preferencias políticas estadounidenses”.

De cualquier modo, un enfoque transaccional no significa menor efectividad o mayor uso de atributos de fuerza. De la misma manera, una postura transformacional en el liderazgo presidencial no es garantía de que su política exterior sea buena –en términos éticos o de efectividad ante la solución de los desafíos percibidos–.

Ahora bien, en una democracia, el atributo transformacional también implica el condicionante doméstico de reeducar a la sociedad que elige a sus gobernantes y convencer al resto de la élite política, o llegar a un consenso respecto los objetivos del liderazgo. Estos objetivos no sólo se enlazan a una coyuntura, sino también a la identidad y misión del país. Es aquí donde las ideas del liderazgo concentran mayor poder de atracción si el contexto las legitima. Por lo general, la sociedad estadounidense estuvo atenta a la política exterior del país ante momentos de ataques externos, o de percibida amenaza a su forma de vida. Para MacGregor Burns (1978), el liderazgo es parte de esa dinámica conflicto y poder, donde busca moldear el propósito colectivo que cataliza las fuerzas profundas. Así, el cambio se transforma en una cuestión de gradualidad (Nye, 2013), en el marco del proceso de decisiones de la política exterior.

Por lo tanto, es lógico pensar que el carácter transformacional de la política exterior sea un mayor desafío –tanto por objetivos como por la mayor dificultad de que impacte en la sociedad a largo plazo–, en comparación con la política doméstica, ya que dependen del consenso y la continuidad más allá del mandato presidencial. Sin embargo, ciertos hechos pueden cambiar de manera drástica la opinión pública a favor de la percepción presidencial, o en contra. Esto ocurrió a favor de Franklin D. Roosevelt y su defensa de un enfoque internacionalista de política exterior tras el ataque a Pearl Harbor en 1941 (Saad, 2016). El cambio en la opinión pública luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001 no fue previamente presentado por el presidente George W. Bush, quien había propuesto una estrategia de política exterior no intervencionista conocida como “la América humilde” (Bush, 2000[3]; McCormick, 2004, p. 189).

Así, el atributo transformacional de un líder no depende solamente de cuánto intente cambiar, sino cuántas de sus ideas y acciones concretas se transforman en “sentido común”, otorgándole mayor legitimidad. De cualquier manera, el objeto de este trabajo no es colocar al líder por sobre la estructura, sino solamente hacer foco en él. Queda claro que las situaciones externas, entendidas como oportunidad o “la oposición de los eventos”, poseen su peso relativo. Lo mismo el contexto doméstico, que, después del inicio del mandato, es en parte provocado y en parte heredado. Por ello la continuidad o no de las acciones realizadas por un predecesor puede darse por oportunidad o por contracción de la elasticidad presidencial y su libertad de acción (Jervis, 2013).

3. Política Doméstica: La Gran Sociedad y Build Back Better

Para la dimensión doméstica, los indicadores propuestos son el contexto político-social doméstico, la fórmula electoral y composición del equipo presidencial, y el rol del Estado.

Tanto la presidencia de Lyndon Johnson como la de Joe Biden se contextualizan en épocas tempestuosas de la sociedad americana. Mientras la primera se encuentra signada por una polarización social ante el recrudecimiento de la lucha por los derechos civiles, la segunda se caracteriza por una polarización social y política, marcada por la desigualdad, la violencia y la antipatía ideológica (Pew Research Center, 2014). Ambos presidentes comienzan sus mandatos enfrentando conmociones simbólicas a la democracia[4]. En 1963, Johnson juraba como presidente horas después del asesinato de John F. Kennedy, el cuarto presidente estadounidense en sufrir esa suerte. En 2021, Biden asumía días después del primer asalto al Capitolio en más de doscientos años, ocupado por manifestantes ­donde el presidente saliente, Donald Trump, tuvo una influencia determinante (House of Representatives, 2022) del cual resultaron cuatro personas fallecidas.

Tanto LBJ como JRB fueron parte, en términos políticos y en mayor o menor medida, de la creación de los contextos que enfrentaron al llegar a la presidencia, tanto como miembros del Congreso, así como vicepresidentes. Updegrove (citado por Elving, 2021) señala que ambos “son criaturas del senado, que entienden el proceso legislativo y la importancia de las relaciones”. Sin embargo, el contexto partidario con el que Lyndon Johnson comienza a ejercer su gobierno fue distinto al que le tocó a Joe Biden. En la década de 1960, aún existían dos partidos demócratas (el Partido Demócrata y el Partido Demócrata del Sur), y los proyectos de ampliación de derechos hacia la población negra –tras los vientos de cambio iniciados por el fallo “Brown contra el Consejo de Educación” a principios de los cincuenta– los habían dividido aún más[5]. De todas maneras, Johnson ya había sido paladín de leyes de reforma en el Congreso durante el gobierno de Eisenhower.

En cuanto a la elección de compañero de fórmula, mientras Johnson, identificado con el ala liberal del partido, tuvo como compañero de fórmula a alguien con similares credenciales –Hubert Humphrey–, Joe Biden eligió a alguien que pudiera captar electores que le fueran potencialmente reacios. Así, un católico blanco de 78 años identificado con el establishment demócrata –y, en general, político– tiene como vicepresidenta a Kamala Harris, una mujer bautista afroasiática de veintidós años menos, identificada en ocasiones con el ala más liberal de la política estadounidense, a la vez que con una posición de centro dentro del actual partido gobernante.

Lyndon Johnson, como se mencionó algunas líneas atrás, se convierte en presidente tras la muerte de John Kennedy. Este hecho fue parte del impulso que le permite ganar ampliamente las elecciones de 1964 –Landslide Lyndon–, gozando de una mayoría parlamentaria demócrata. El presidente utilizó los recursos económicos que en la década de 1950 habían crecido sinigual, sus amplios márgenes de aceptación y su capacidad para generar consensos, para transformar Estados Unidos con reformas sociales a través de sus instituciones. Previamente a ganar las elecciones, el presidente oriundo de Texas (mayoritariamente demócrata en ese momento) envió nuevamente un proyecto de Ley de Derechos Civiles[6], que fue sancionado tras vencer la oposición de los demócratas del sur. Dicha ley prohibió la segregación –de cualquier tipo, pero, especialmente, la racial– en espacios públicos y privados, así como los despidos por cuestiones raciales o religiosas, habilitó medidas que impulsen la integración en los establecimientos educativos de los distintos niveles y la reducción de las brechas de acceso y logro.

Ese mismo año, las acciones domésticas del gobierno fueron enmarcadas bajo el proyecto de “La Gran Sociedad” planteada por el presidente, que proponía que “el desafío de la próxima mitad del siglo es si tenemos la sabiduría para usar esa riqueza para (…) hacer avanzar la calidad de nuestra civilización estadounidense” (Johnson, 1964). La Gran Sociedad incluía programas de reforma educativa y acceso a la universidad, cobertura de salud, eliminación de prácticas raciales, paliación de la pobreza extrema, reformas migratorias, entre otras. Durante su presidencia, el concepto fue el marco discursivo para que numerosas leyes sean aprobadas y se vuelvan parte de la institucionalidad –y el debate– estadounidense: Derecho al Voto, Oportunidad Económica, Educación Primaria y Secundaria (orientada especialmente a la ayuda de escuelas en áreas con bajos ingresos), Educación Superior, Educación Bilingüe, Estándares de Trabajo Justo, y varias leyes medioambientales, entre otras. Si bien sus resultados son discutidos hoy en día, y el devenir ha mostrado que su alcance ha sido limitado en áreas como las prácticas raciales, sus decisiones marcaron la sociedad y muchas de las decisiones políticas de sus sucesores (Zelizer, 2015). Incluso, la llamada estrategia sureña del partido republicano que modificó el tablero electoral en los Estados Unidos desde fines de los ‘60 fue una iniciativa luego de las reformas sociales del gobierno de Johnson.

Sin embargo, su liderazgo y capacidad de acción fueron limitados principalmente por una variable doméstica, a describir primero, y una externa, la cual versará sobre las consecuencias de la Guerra de Vietnam y será desarrollada en la siguiente sección. En cuanto a la primera, los disturbios violentos de la década de 1960 provocaron que el discurso inspiracional y conciliatorio del presidente tenga que reemplazarse por elementos transaccionales para intentar imponer el orden. Los disturbios de Watts de 1965, el “Largo y Caliente Verano” de 1967, las protestas tras el asesinato de Martin Luther King, Jr. y durante la Convención Demócrata en Chicago en 1968, son unos pocos ejemplos del estado de agitación durante la presidencia de Johnson.

Respecto la expansión del rol del estado hacia asuntos sociales durante el gobierno de LBJ, medidas similares no son ajenas a otras presidencias demócratas posteriores, como las de Clinton y Obama –big government–, así como otros mandatos de Post Guerra Fría, como el de Bush padre, o el primero de Bush hijo[7]. Sin embargo, el abordaje de las desigualdades sociales durante la administración Johnson –y Clinton– se dan durante épocas de crecimiento económico que se sostienen o incrementan durante sus gobiernos. Las reformas que busca Biden –y las que buscó Obama– se hacen tras períodos de crisis que requieren reconstrucción.

El actual presidente ingresa a la Casa Blanca en lo que puede considerarse como el momento más álgido de la Guerra Civil Cultural de las últimas tres décadas. Este conflicto es definido por Garton Ash (2008) como una lucha por el modelaje de las normas, creencias y valores en los cuales la sociedad vive, donde el liderazgo político y los medios se vuelven actores indispensables, al suscitar rasgos positivos o negativos en los sectores de la sociedad que les siguen. Estas rupturas sociales se integran con otros procesos como disparidades de ingreso, altas tasas de desempleo en algunas regiones, violencia policial, y los conflictos étnicos y raciales aún vigentes, lo que ha llevado a la polarización y surgimiento de movimientos, nuevas protestas y movimientos con menor o mayor violencia, y con mayor o menor justificación, como los Antifa, Occupy Wall Street, Unite the Right, Alt-ight, Black Lives Matter –con mayor impulso tras la muerte de George Floyd en mayo de 2020–, o el asalto al Capitolio en enero de 2021[8], por citar algunos casos. En su discurso de asunción, Biden (2021) dedicó varias líneas acerca de la necesidad de pacificación, planteando que “nuestra historia ha sido un conflicto constante entre el ideal americano de que todos somos creados iguales y la dura, horrible realidad que el racismo, nativismo, miedo y demonización nos han separado mucho (…). La política no necesita ser un fuego violento destruyendo todo a su paso. (…) Y debemos rechazar una cultura donde los hechos mismos son manipulados y manufacturados”.

Una respuesta a esta problemática puede encontrarse en la conformación del gabinete del presidente, el cual posee diversidad de orígenes. Por citar algunos casos, Mayorkas (Seguridad Interior) es inmigrante cubano; Cardona (Educación) cursó su escolaridad primaria como ELL[9]; y Haaland (Interior) es la primera mujer indígena que funge como Secretaria.

Los símbolos son también evidencia de la identidad de un liderazgo en relación con la historia de su país. Más allá de las comparaciones realizadas en medios y la academia, parte de la estrategia de imagen de Biden es ser asociado al liderazgo en tiempos de crisis, especialmente a la década de 1960 y sus cambios sociales, lo que se observa en los cuadros y bustos de Eleanor Roosevelt, Rosa Parks, Martin Luther King y Cesar Chávez colocados por su decisión en el Despacho Oval, en ocasión de la redecoración ante el arribo de un nuevo presidente.

Un asunto que ha requerido a la Casa Blanca de un liderazgo que articule elementos transaccionales, a la vez que búsqueda de consenso y educación política hacia la sociedad, es la vacunación ante la pandemia por covid-19. El fenómeno que comenzó en 2020 llevó a Estados Unidos a pasar el umbral de los setecientos mil fallecimientos en octubre de 2021, más de cuarenta millones de infectados y sólo el 55% de su población con un esquema completo de vacunación (France24, 2021). La reticencia de ciertas poblaciones a vacunarse fue potenciada por voces políticas, mediáticas y sociales que fueron multiplicadas por las redes sociales. Esta situación ha requerido un liderazgo que maniobre entre el interés nacional por la crisis sanitaria y la interpretación del derecho a la privacidad y libertades individuales frente a la injerencia del gobierno. La confrontación no sólo se dio entre los ciudadanos de a pie, instituciones intermedias, los medios y el gobierno, sino también entre distintos niveles de este. Así, amparado bajo el concepto de elasticidad del poder presidencial, además de la campaña de vacunación, se exigió que los trabajadores estatales y contratistas estén vacunados –con excepciones por salud o motivos religiosos puntuales–. En septiembre, la Casa Blanca promulgó un mandato que obliga a que las empresas con más de cien empleados se aseguren de que los mismos estén vacunados o sean testeados semanalmente. Cuando sectores de la sociedad –incluso algunos gobernadores– amenazaron con llevar a la justicia una acusación por exceso de autoridad constitucional, el gobierno se justificó en que “un presunto derecho a rechazar una vacuna […], no se traduce en un derecho constitucional a exponer a otros a un patógeno potencialmente letal” (Golden, 2021).

Biden –en el corto tiempo que lleva en la presidencia– no ha conseguido leyes que sean comparables en términos transformacionales a las de Johnson. Sin embargo, pueden mencionarse ciertos logros legislativos considerados indispensables para la recuperación económica de Estados Unidos. Por un lado, consiguió aprobar en marzo el Plan de Rescate Americano –American Rescue Plan– a través del cual Washington invertirá 1.9 billones de dólares en ayudas directas, fondos de desempleo, ayudas para hipotecas, compra de vacunas para covid-19, y ayudas a gobiernos locales y estatales. Además, logró que el Senado apruebe con apoyo bipartidario una ley de infraestructura que prevé una inversión de un billón de dólares en la reconstrucción de puentes, rutas y ferrocarriles, así como la construcción de centrales de carga de baterías para autos eléctricos y extensión de la red 5G. Esta ley es parte del plan Build Back Better que incluye también una reforma impositiva; mayores subvenciones parciales para el acceso a la educación superior, mayor inversión en formación docente y equipamiento escolar, cuidado infantil, medicamentos, e impulso de los empleos verdes (White House, 2021). Por su parte, la Ley Por el Pueblo –For the People Act–, que proponía reformas electorales como la prohibición de prácticas como el filibusterismo, gerrymandering, o aprobar la inscripción automática de votantes, fue bloqueada en el Senado. Ante contextos de crisis que requieren decisiones inmediatas, pero la polarización no permite elegir estrategias de premio o castigo, los consensos intrapartidarios e interpartidarios se vuelven indispensables.

4. Política Exterior: Vietnam y America is back

Como se planteó anteriormente, más allá de intenciones transformacionales, resultados de esa índole son difíciles de conseguir en una política exterior. Según Nye (2013), sólo Truman, Reagan y Bush padre reunieron estas condiciones desde 1950 –lo hayan buscado o no–. Para el abordaje de esta dimensión, los indicadores a considerar son el contexto internacional, contexto doméstico y condicionantes geoestratégicos.

En el caso de LBJ, su liderazgo en política exterior ha sido eclipsado por la derrota en la Guerra de Vietnam. Bajo el paradigma de la Teoría del Dominó desarrollada por Dean Acheson durante el Gobierno de Harry Truman –corolario de la estrategia de contención–, LBJ decidió sumar tropas e intervenir en el conflicto de una manera mucho más directa que sus predecesores (Germany, s.f.). Para 1968, alrededor de 550 mil soldados estadounidenses se encontraban en Vietnam, y las bajas se contaban alrededor de las 30 mil. La Ofensiva Tet de Vietnam del Norte, la necesidad de mantener posiciones que consensuen entre halcones –sector duro del senado– y palomas –sector del congreso y su gabinete que buscaban negociaciones con Hanói–, los costos de la guerra y la caída de su imagen positiva hicieron que Landslide Lyndon abandonase su carrera por la reelección. La intervención en República Dominicana en 1965 tampoco tuvo resultados positivos.

A pesar de ello, LBJ tuvo ciertos logros diplomáticos que favorecieron la posición de Washington a largo plazo. En primer lugar, la Cumbre con Alexei Kosiguin, Presidente del Consejo de Ministros durante el gobierno de Brezhnev, en 1967, tras la Guerra de los 6 Días en Medio Oriente, permitió mantener una política de distensión en el área en conflicto durante más de una década[10]. Además, su gobierno firmó el Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares en 1968.

Aun así, la Guerra de Vietnam hizo retroceder el liderazgo y credibilidad de Estados Unidos (Nye, 2013), al perder una guerra extensa y costosa en términos de vidas y recursos, así como a un aliado. Según Mueller y Stewart (2001), las secuelas de Vietnam y la contracción de Washington tras la retirada probaron la teoría del dominó, ya que ayudaron a que países como Camboya, Laos y Afganistán se incorporen a la órbita soviética.

A diferencia de LBJ, la política exterior de JRB no tiene, de momento, una impronta de expansión militar, sino de retracción. En este punto, el curso de sus decisiones posee más afinidad con el segundo mandato de Clinton. Aquí el contexto histórico influye, puesto que, mientras Johnson comienza a ocupar el despacho oval durante el final de la etapa de contención en la Guerra Fría –y en buena parte provoca la distensión–, Biden lo hace durante el fin a la guerra contra el terrorismo que se inició en los albores del siglo XXI. La competencia con China no tiene, de momento, enfrentamientos armados directos o indirectos, aunque sí condicionamientos geopolíticos.

En cuanto al contexto internacional, LBJ llega a su primer mandato electo tras presidentes que creían en un orden internacional liberal liderado por Estados Unidos. Biden llega al poder tras cuatro años de una presidencia con carácter aislacionista y de intenciones, medios y consecuencias que socavan la concepción del liderazgo estadounidense en el orden internacional –al menos, tal y como se lo conoce desde la Segunda Guerra Mundial–. Si bien algunas medidas de Biden son la continuación de la idea de Come home America (Rose, 2020) de su predecesor, especialmente en asuntos militares, el orden internacional liberal es uno de los pilares sobre los que se apoya la estrategia de reconstrucción del liderazgo de Washington, resumido en la frase “America is back. Diplomacy is back at the center of our foreign policy” (Biden, 2021).

El intento de sanear las desigualdades cada vez más polarizadas puertas adentro, puede también utilizarse como elemento de soft power y “ejemplo”, tal y como plantea el presidente en su artículo publicado en 2020: “la habilidad de Estados Unidos de ser una fuerza para el progreso en el mundo y movilizar la acción colectiva comienza en casa”. Sin embargo, en épocas de desafío a la primacía, este no puede aumentarse bajo una estrategia aislacionista, si bien los recursos implementados deben administrarse mejor que en épocas de bonanza.

Como se afirmaba antes, la libertad de acción de un líder está ligada al contexto que hereda de su predecesor. LBJ tuvo como fin de sus aspiraciones políticas la Guerra de Vietnam, la cual heredó a la vez que impulsó. No sabemos si a largo plazo Afganistán observará cuestiones similares, pero no parece tener la misma consecuencia a priori. La retirada en Kabul no es una victoria directa para el principal adversario de Washington en este momento, como si lo fue en Vietnam. De todas maneras, es posible establecer otra relación. Así como Johnson recurrió al incidente del Golfo de Tonkín para acrecentar la presencia militar en Vietnam, Biden justificó la salida de Afganistán afirmando que Al Qaeda se había retirado del territorio. Si bien la segunda narrativa no tuvo las consecuencias inmediatas de la primera, lo cierto es que un líder justificó retóricamente la profundización por un conflicto con falsedades, mientras otro, la salida.

Aún es muy pronto para saber si la presidencia de Joe Biden logrará reeducar la opinión pública acerca de asuntos domésticos y externos de Estados Unidos y el rol del gobierno en ellos –como lo hicieron Franklin D. Roosevelt, Ronald Reagan o George H. W. Bush–, o si sus efectos serán vistos años después de que abandone la Casa Blanca –como en los casos de Woodrow Wilson o Jimmy Carter–. De momento, la política exterior de Biden integra elementos más transaccionales que transformacionales –excepto por el giro al sudeste asiático, el cual se abordará al final de este apartado–.

En cuanto a la oposición partidaria, la polarización de la política norteamericana es también un obstáculo en política exterior. Si bien existe un consenso bipartidario tácito de un giro de la sobreextensión a la introspección y los asuntos domésticos –aunque cada uno tenga un enfoque distinto para abordarlo–, las rispideces en torno a ciertas formulaciones de política exterior continúan marcando una grieta. Esto se da especialmente en las áreas en las que el poder legislativo aplica el sistema de frenos y contrapesos. Por ejemplo, cerca de sesenta embajadores nominados por la presidencia para ocupar representaciones aún no han sido aprobados por el Senado[11]. Al momento de desarrollar este análisis, algunas de las embajadas que continúan sin máximo representante y son particularmente relevantes para los intereses de Washington: Corea del Sur, Ucrania, Australia, Arabia Saudí o Sudáfrica, entre otras. Este retraso, junto a decenas de representaciones que siquiera se le han designado candidatos, puede considerarse como una ambigüedad frente a la ya citada idea de “Diplomacy is back”.

Pero, la reintegración al Tratado de París y las donaciones de vacunas e insumo médico para combatir la pandemia por covid-19 de manera bilateral y a través del mecanismo COVAX son muestras firmes del reentendimiento de Estados Unidos en los asuntos globales urgentes. En menos de un año Washington se convirtió en el mayor donante de vacunas del mundo –más que los nueve segundos combinados (Duke Global Health Innovation Center, 2022). Por otro lado, la falta de decisiones humanitarias contundentes y la continuación de la aplicación del llamado Título 42[12] ante la crisis migratoria en la frontera sur ha sido objeto de críticas por parte de la comunidad internacional. Lo mismo sucedió por parte del gobierno canadiense tras la cancelación del proyecto de ampliación del oleoducto Keystone –llamado Keystone XL.

Si bien la primacía de Washington es objetivo de la política exterior de Biden, este responde más a una percepción de amenaza a sus intereses que a una “urgencia por dominar” (Nye, 2013, p. 134). Así, un balance entre pragmatismo y principios es lo que JRB está demostrando en su liderazgo. Mientras orienta la política exterior al fortalecimiento de la primacía, se abordan las urgentes problemáticas domésticas. Esta afirmación posee tres ejemplos recientes. Por un lado, la retirada de Afganistán, en la cual Biden decidió cumplir lo más estrictamente posible con los plazos pactados por su predecesor, causando fricciones con los países aliados que aún permanecían en Kabul como parte de las operaciones –iniciadas, cabe recordar, veinte años antes por el propio Estados Unidos–, así como graves consecuencias humanitarias. Por otro lado, puede mencionarse la firma del AUKUS entre Canberra, Londres y Washington. Con este acuerdo, este último demuestra cómo mientras busca fortalecer los vínculos con los aliados tradicionales, puede desafiar a Francia al firmar un acuerdo con Australia por submarinos de propulsión nuclear –provocando que Canberra diera por tierra el acuerdo con París de 2016– con el objetivo de dar un paso más en la contención geopolítica de Beijing en la región indopacífica. Otro movimiento en esta dirección son las nuevas reuniones con el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral –Quad– entre Estados Unidos, Japón, Australia e India, continuación de las gestiones iniciadas durante la administración Trump, tras el breve recorrido que tuvo el primer capítulo de esta incitativa entre 2007 y 2008.

Por otro lado, la Cumbre por la Democracia, realizada en diciembre de 2021 –y enérgicamente anunciada por la Casa Blanca– tenía por objetivo consolidar esfuerzos para la lucha contra el autoritarismo y la corrupción y para la promoción de los derechos humanos. Lo trascendente de la misma para este trabajo es que, entre líneas, la Cumbre tuvo dos objetivos más específicos. En primer lugar, fortalecer y ampliar el Occidente ideológico a fin de obstaculizar la política exterior china y rusa –quienes no estuvieron, desde luego, invitadas–. Segundo, reconstruir la imagen y liderazgo de Estados Unidos entre las naciones como paladín del “mundo libre” luego de la política exterior de su antecesor y los eventos domésticos como los tiroteos masivos, el debate respecto la violencia policial y el asalto al Capitolio en enero de 2021.

Sin embargo, la misma tuvo resultados que, cuanto menos, son objeto de debate. Respecto al primer objetivo, la elección de invitados ocupó más lugar en los medios del mundo que el contenido específico de la cumbre. Mientras el concepto de democracia fue justificado como la variable independiente para las invitaciones, países como Filipinas, Ucrania o Pakistán –entre otros– fueron elegidos en base a los intereses geopolíticos del país anfitrión. La decisión de invitar a Irak es interpretada como una solución ante la posibilidad de que sólo Israel sea convidada entre los países de Medio Oriente (Feldstein, 2021). De hecho, el Ministro de Europa y de Asuntos Exteriores francés Le Drian manifestó que su país asistiría por la defensa de los valores democráticos, pero está en contra de establecer una lógica de bloque contra bloque (citado por Clemenceau, 2021). Respecto al segundo objetivo, los elementos de la guerra civil cultural mencionados, la creciente desigualdad y brechas de acceso, y los eventos recientes hacen que Estados Unidos no sea visto como un líder íntegro de la democracia, perdiendo legitimidad y demostrando cómo los procesos domésticos necesitan ser atendidos de manera eficiente para que la credibilidad en la comunidad internacional que es formada por fuera de los recursos duros de poder pueda crecer.

Respecto al nuevo capítulo en la crisis de Ucrania, la Casa Blanca tomó decisiones que eran las esperadas tras la divulgación de un documento de inteligencia publicado por el Washington Post a principios de diciembre que alertó acerca de la posibilidad real de que Rusia esté a las puertas de una invasión a este país limítrofe. Ante la invasión comenzada el 24 de febrero, pueden distinguirse el despliegue de una estrategia en cuatro vías: fortalecimiento de las capacidades bélicas de Ucrania –las cuales incluyen transferencia de armas[13], insumos, tecnología e inteligencia–, negociar decisiones en común con Europa, la recuperación del liderazgo activo en la OTAN, y sanciones a Rusia.

Finalmente, el giro al Indo-Pacífico es la mayor iniciativa aparentemente transformacional en la política exterior de Biden. Este tiene como causas el ascenso de China como actor relevante en el escenario internacional, y la “creciente importancia de Asia oriental como nuevo centro geográfico del poder mundial” en términos económicos, tecnológicos y militares (Vidal Pérez, 2022, pp. 54-55). Sin embargo, la hipótesis de la competencia con China a partir de la relación entre su crecimiento económico y su búsqueda de poder en el escenario internacional comienza en la década de los 90 (Krauthammer, 1995), trazando una estrategia para su contención. Si bien las primeras acciones para fortalecer la presencia de Washington en la región comienzan con George W. Bush (como las negociaciones por el TPP[14]), en 2011, el entonces presidente Obama anuncia el fin de la Guerra de Irak y el retiro de las tropas remanentes. Al mismo tiempo, la Secretaria de Estado Hillary Clinton (2011a, 2011b[15]) anuncia el comienzo del “Siglo del Pacífico” para Estados Unidos (America’s Pacific Century) y el giro de la atención de la política exterior hacia la región (pivot to Asia). Esta estrategia plantea como ejes el incremento de capacidades diplomáticas, económicas, estratégicas y militares en la región para fortalecer el liderazgo de Estados Unidos en la región; expandir la calidad democrática y el comercio; afianzar las alianzas de seguridad; y estrechar lazos con las potencias emergentes y organismos multilaterales. Por su parte, la administración Trump tuvo dificultades para conciliar la visión de America First con los objetivos de un “Indo-Pacífico libre y abierto” –como fue definido en el documento homónimo de 2019–, especialmente si se tienen en cuenta las acciones enmarcadas en la llamada “guerra comercial” con China, el incremento de tarifas arancelarias a India y el abandono del TPP.

Ya durante la actual administración, se recuperaron los cuatros ejes trazados durante el gobierno de Obama, los cuales aparecen en la Estrategia del Indo-Pacífico, publicada en febrero de 2022. Dentro de los mismos, pueden destacarse ajustes por coyuntura, como el compromiso explícito de apoyar la autodefensa de Taiwán, el fortalecimiento de India como potencia regional y la colaboración con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). Por lo tanto, desde la perspectiva del liderazgo transformacional, el giro al Indo-Pacífico no es una política iniciada por la administración Biden, ni es la primera que la retoma en este siglo. Sí le pertenece la decisión de continuar con el plan de Trump en cuanto al cierre de las intervenciones en Medio Oriente y la gradualidad de los cambios en la estrategia.

Estados Unidos pudo entonces desprenderse de la intervención militar sobreextendida, pero no de la misión de la dispersión de valores democráticos, producto de ser parte de sus fuerzas profundas como sentido de su liderazgo. Así, JRB continúa haciendo hincapié en la diferencia entre los regímenes democráticos y autocráticos, como quedó de manifiesto en el discurso ante la 76 Asamblea General de Naciones Unidas (2021) y en la Cumbre por la Democracia.

Así, la presidencia de Biden –tal y como él lo sostuvo (2021)– se encuentra ante un punto de inflexión en la historia de Washington en el mundo. Algunos de los indicadores son el desafío al liderazgo, el ascenso del resto (Nye, 2013), el abandono del paradigma militarista que definió en buena parte la política exterior norteamericana del siglo XXI (Mueller y Stewart, 2021), y la opinión pública cada vez menos dispuesta a las intervenciones en el extranjero. Esta aversión al intervencionismo por parte de la sociedad es consecuente con el fin de las intervenciones militares en Medio Oriente –sin mediar en costos–, lo que permitirá el contexto para transformar el carácter de la política exterior de su país, no sólo relocalizando recursos y objetivos, sino creando una nueva percepción –ya sin el paradigma militarista que se inició con Bush hijo y del cual ni Obama ni Trump se pudieron desprender completamente. Sin embargo, esta política evoca a la perseguida tras el fin de la Guerra Fría y previa al 11S, definiendo completamente una nueva era con nuevos desafíos y nuevas rivalidades.

5. Reflexiones finales

Sin dudas, las similitudes a nivel doméstico entre ambos presidentes son más simples de realizar. Ambas presidencias muestran una visión progresista, con un discurso inspiracional y dispuestas a cerrar brechas y conciliar, pero capaces de decidir transaccionalmente cuando fuese necesario. En este sentido, las consecuencias inmediatas y a largo plazo de las decisiones de gestión de Johnson parecen ser un faro para el liderazgo de Biden y las expectativas del sector de la opinión pública más afín a esta idea. Para el actual presidente, la oposición de los eventos (conflictos sociales, polarización política, desigualdad y coyuntura económica) es tal que sus decisiones para cambiar de rumbo tienen características que pueden llevar a pensarlo como un presidente transformacional si logra los resultados deseados, así como si logra reeducar a la sociedad y las relaciones políticas. De todas maneras, como propone Jervis, “a cualquier administración le lleva al menos un año encontrar sus piernas, y este período es casi siempre difícil” (2013, p. 159).

Luego de este breve análisis, puede inferirse que las decisiones, acciones o cambios en la política exterior no son suficientes para transformar su carácter y reeducar la sociedad respecto la misión de Estados Unidos en el mundo y los medios para cumplirla. Vale recordar que a Barak Obama no le alcanzó con eliminar al mismo Osama Bin Laden para cerrar la etapa de intervención en Medio Oriente.

Como sostiene Haass (2021), Washington, a pesar de una influencia disminuida en capacidades –y en competencia con China– y de las profundas divisiones domésticas, enfrenta un mundo con amenazas geopolíticas tradicionales, a la vez que desafíos vinculados a la globalización. Por ello, el siglo XXI trajo consigo complejidades mayores que las que tuvo la Guerra Fría o la década de los ’90. Según Nye (2010), hay una cierta transición de poder entre países (del Oeste hacia el Este), mientras que una difusión del poder desde los estados a actores no estatales (sin importar si son del Oeste o del Este).

Para adaptarse a estos desafíos y demostrar que “está preparado para liderar de nuevo” (Biden, 2020), Estados Unidos vuelve a una etapa de buscar mantener o amplificar su liderazgo apoyándose en las alianzas tradicionales, mientras atiende sus asuntos domésticos –aquel paradigma de Post Guerra Fría que los sucesos del 11S interrumpieron. En este sentido, la estrategia de compromiso selectivo de Clinton o la “América humilde” planteada por Bush Jr. previo a septiembre de 2001 tuvieron eco en los intentos de Obama y Trump de disminuir el rol de intervención en el mundo.

La retirada de Afganistán es la simbología que se utilizará para afirmar que Washington se encuentra en una nueva página de su relación con el mundo (Biden, 2021). En Biden existe una intención transformacional, aunque los medios mostrados son más bien transaccionales hasta aquí, comprobando la hipótesis planteada al principio de este trabajo. Así, el concepto de liderazgo transformacional resulta útil para el análisis de ambas presidencias ya que permite establecer relaciones entre el contexto doméstico e internacional, las aspiraciones del liderazgo y sus resultados. Sin dudas, su principal limitación es que, la mayoría de las presidencias requieren de una revisión tiempo después de finalizadas para ser incluidas dentro de la categoría de transformacionales, si bien es posible identificar elementos de este tipo durante las mismas.

En este sentido, el cambio de paradigma de Biden en política exterior respecto a su antecesor es un cambio gradual y selectivo. Mientras se buscan restituir las alianzas tradicionales con una identidad occidental y el giro hacia el Indo-Pacífico es cada vez más pronunciado, se tensa una relación cada vez más pragmática con China y Rusia, se afirma el abandono del paradigma militarista sobre Medio Oriente y se busca resolver la administración de los recursos en política exterior para una mirada más introspectiva.

A la luz de las preguntas e inquietudes de cada generación, la historia, como lo hace con cada líder que ocupó el cargo de presidente en Estados Unidos, contrastará las intenciones transformacionales de Joe Biden con las consecuencias de sus decisiones.

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Notas

1 Si bien FDR no logró convencer al Congreso y a la opinión pública de romper con el aislacionismo hasta el incidente de Pearl Harbor, sus ideas abogaban por un mayor envolvimiento de Estados Unidos en los asuntos internacionales, como la propuesta enviada al Congreso en 1933 para que el presidente tenga mayor libertad para establecer alianzas para presionar a Estados agresores en conflictos internacionales, o el Discurso de las Cuatro Libertades de principios de 1941.
2 Equivale en español a “recompensa o castigo”.
3 “(…) humildes en cómo tratamos a otras naciones que están resolviendo cómo trazar su propio camino” (Bush, 2000).
4 Más allá de la gravedad de los hechos en términos legales, no afectaron la institucionalidad del país; por ello el adjetivo “simbólicas”.
5 Las primarias previas a las elecciones de 1968 –H. Humphrey y R. Kennedy- y de 1972 –G. McGovern y G. Wallace- son un ejemplo de ello.
6 Había sido presentada por Kennedy el año anterior.
7 Mientras el primero fue el precursor del cambio en el sistema de ayuda social -tomando recursos de cash assistance [asistencia en efectivo] y transfiriéndolos a nuevas propuestas de noncash assistance [asistencia a través de programas]-, el segundo cosechó los resultados de la ley bipartidaria de 1996 sobre este tema, ampliando el programa, una vez finalizado en 2002, hasta 2005.
8 Aún hoy se manifiestan personas que descreen de la victoria de Biden en las elecciones nacionales pasadas, como lo sucedido en Idaho en septiembre y en Connecticut en octubre de 2022, en ocasión de la visita del presidente.
9 ELL se refiere a English Language Learners (“aprendices del idioma inglés”). Son estudiantes, en su gran mayoría dentro de la educación primaria o secundaria, que, siendo inmigrantes o ciudadanos estadounidenses hijos de la primera generación de inmigrantes, crecen en un hogar donde se habla una lengua distinta al inglés, por lo que deben aprenderla en la escuela.
10 La conformación de Yemen del Sur bajo un gobierno comunista ya se encontraba en proceso. De igual forma, este país no participó en las guerras árabes-israelíes.
11 Al momento de escribir este trabajo, Biden sólo ha conseguido establecer tres embajadores elegidos por él: ante Naciones Unidas, México e Israel. Muchos de los propuestos por Trump fueron confirmados para continuar en funciones.
12 El Título 42 refiere a la sección con el mismo nombre del Código de los Estados Unidos de América que permite la deportación rápida de extranjeros que busquen ingresar al territorio, con el fin de prevenir el esparcimiento de enfermedades. Este mecanismo excluye a los menores de edad que llegan a los puestos fronterizos sin compañía de un adulto.
13 Es probable que, ante el abandono del paradigma intervencionista, la transferencia de material militar en conflictos sea cada vez más común por parte de Estados Unidos.
14 Trans-Pacific Partnership (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica). Tras unirse a las conversaciones en 2005 y firmar su ingreso en su inicio en 2016, Washington abandona el acuerdo en 2017.
15 Discurso en Honolulu, Hawái.

Notas de autor

* Licenciado en Relaciones Internacionales, Universidad Católica de Santa Fe. Maestrando en International Education Policy, University of Maryland. Investigador Auxiliar del Centro de Investigaciones en Política y Economía Internacional (CIPEI), Universidad Nacional de Rosario. Miembro del Departamento de Eurasia, Instituto de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de La Plata (IRI, UNLP).

Información adicional

Cómo citar: Alesso, N. (2024). Haz historia o sé historia: Lyndon Johnson, Joe Biden y el debate acerca del liderazgo transformacional. Relaciones Internacionales, 33(66), 185, https://doi.org/10.24215/23142766e185

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