Secciones
Referencias
Resumen
Servicios
Buscar
Fuente


Revisitar-reivindicar a Henri Lefebvre. Apuntes sobre la producción del espacio
Revisit-reclaim Henri Lefebvre. Notes on the production of space
Analéctica, vol. 11, núm. 67, p. 23, 2024
Red de Esfuerzos para el Desarrollo Social Local, A.C

Analéctica
Red de Esfuerzos para el Desarrollo Social Local, A.C, México
ISSN-e: 2591-5894
Periodicidad: Bimestral
vol. 11, núm. 67, 2024

Recepción: 16 mayo 2024

Aprobación: 09 octubre 2024

Resumen: El objetivo de este trabajo es exponer los principales postulados de la teoría de La Producción del espacio de Henri Lefebvre, la cual devino en una ruptura teórico conceptual de largo alcance, gracias a sus innovadores planteamientos en los campos de la sociología urbana, la geografía crítica, y los estudios sobre el espacio urbano en general. Se trata de una investigación de carácter teórico documental basada en el análisis sintético y argumentativo de tres de sus obras más importantes: La producción del espacio, Espacio y política y El derecho a la ciudad. El trabajo se encuentra estructurado en tres partes. En la primera, se abordan los antecedentes teóricos e históricos de la obra de Lefebvre. En la segunda, se exponen los postulados más relevantes de su teoría de La producción del espacio. En tanto en la tercera y, última parte, se profundiza en la explicación de dos de sus conceptos centrales: los espacios diferenciales o contraespacios y el derecho a la ciudad.

Palabras clave: Henri Lefebvre, producción del espacio, contraespacios, derecho a la ciudad. .

Abstract: The aim of this paper is to expose the main postulates of Henri Lefebvre's theory of The Production of Space, which became a far-reaching theoretical and conceptual breakthrough, thanks to its innovative approaches in the fields of urban sociology, critical geography, and urban space studies in general. This is a documentary theoretical research based on the synthetic and argumentative analysis of three of his most important works: The Production of Space; Space and Politics and The Right to the City. The work is structured in three parts. The first part deals with the theoretical and historical background of Lefebvre's work. The second part presents the most relevant postulates of his theory of The Production of Space. The third and last part of the article explains two of his central concepts: differential spaces or counter-spaces and the right to the city.

Keywords: Henri Lefebvre, production of space, counterspace, right to the city..

Introducción

El objetivo de este trabajo es exponer los principales postulados de la teoría de La Producción del espacio (1974 [2013]) de Henri Lefebvre, la cual devino en una ruptura teórico conceptual de largo alcance, gracias a sus innovadores planteamientos en los campos de la sociología urbana, la geografía crítica, y los estudios sobre el espacio urbano en general. El contexto sociopolítico en el que emerge su obra se refiere a la etapa de la segunda posguerra (1950), momento en el que la reconstrucción urbana de Europa hacía visibles diversos conflictos sociales latentes que propiciaron un giro al análisis de la ciudad y lo urbano a partir de una base teórica marxista (Nuñez, 2009, p. 38).

En concordancia con este enfoque, la teoría de Lefebvre busca establecer, por un lado, el uso capitalista del espacio urbano y, por el otro, comprender al espacio como objeto de disputa entre las clases, además de destacar la presencia del Estado como su principal administrador. Por ello, para Lefebvre, el espacio no puede ser considerado como una categoría neutral o apriorística, sino que debe ser entendido como un componente implícito en la estructuración de lo social. Es decir que, el espacio, es siempre resultado de las prácticas, las relaciones y las experiencias sociales, pero también es parte de ellas. “Su concepto no puede, pues, aislarse y quedar estático. Se dialectiza: producto productor, soporte de relaciones económicas y sociales” (Lefebvre, 1974 [2013], p. 56).

A partir de estas premisas, Lefebvre propuso uno de los modelos teórico-metodológicos sobre el espacio más influyentes hasta hoy. Su teoría parte de elaborar un fuerte cuestionamiento a las concepciones que en el campo de la epistemología moderna habían adoptado una noción en la que el estatus del espacio se reducía al de un lugar mental, distinto de sus dimensiones física y social. De modo que, contra las tradiciones filosóficas reduccionistas donde el espacio es considerado como vacío, homogéneo y mental, y por ello alejado abismalmente del espacio práctico-empírico, o en palabras del Lefebvre del espacio vivido, su propósito central se orienta en la búsqueda de una teoría unitaria del espacio que articule lo físico, lo mental y lo social, al considerar que sólo de esta forma será posible analizar el espacio real, es decir, aquél de las prácticas sociales. Así plantea la multidimensionalidad y unicidad del espacio a través de una tríada de elementos que implicarían a su vez tres dimensiones interconectadas en la que cada una refuerza el carácter de las demás: 1. La práctica espacial (lo percibido), 2. Las representaciones del espacio (lo concebido); y, 3. Los espacios de representación (lo vivido).

Con base en esta tríada, Lefebvre no sólo concibe a los individuos interactuando en el espacio, sino que produciéndolo a través de las acciones sociales y las prácticas espaciales por medio de las cuales los usuarios se apropian o re-apropian del espacio. Así, las categorías de uso y apropiación adquieren una importancia sustancial en el proceso de producción del espacio. Como se hará patente más adelante, la propuesta de análisis crítico del espacio esbozada por Lefebvre se encuentra estrechamente relacionada con la teoría de los modos de producción de Karl Marx, si bien ésta es traducida en una economía política del espacio.

Otra de sus contribuciones más relevantes, se refiere a su comprensión del espacio como un producto político, ideológico e histórico, particularidad que otros enfoques de la geografía o la sociología urbana habían considerado sólo de forma periférica o institucionalizada. Específicamente, para Lefebvre, el espacio no es un objeto científico separado de la ideología o la política, siempre ha sido político y estratégico. Así reconoce el papel instrumental que el espacio ha desempeñado en el ámbito de la sociedad capitalista y en el conjunto de estrategias llevadas a cabo para orientar y definir los procesos de urbanización y estructuración espacial de las ciudades. De modo que, para llevar a cabo el estudio de un espacio urbano específico, resulta indispensable tener cuidado de no caer en el falso supuesto de que tanto los agentes, como los elementos y los procesos que lo conforman, son neutrales o apolíticos, todo lo contrario. Las acciones de los grupos sociales nacen siempre de unas necesidades de tipo material o formal y por ello no pueden tomarse como neutrales ni sus acciones, ni los métodos que utilizan de forma estratégica con el fin de apropiarse del espacio en cuestión. Esto significa que el espacio, además de ser un medio de producción, es también un medio de control y, por lo tanto, de dominación. El espacio es al final una fuente de conciencia política y un campo de acción de la lucha social. Así también es medio y condición de la reproducción del capital, de ahí su carácter estratégico.

Su esfuerzo por analizar e interpretar la inserción del espacio dentro de la práctica social capitalista, al señalar la idea de un espacio no neutral y sí político, renovó la reflexión de los procesos urbanos contemporáneos. Develar el carácter político del espacio resultó de vital importancia para hacer evidente el sistema de dominación, despojo y exclusión, así como la homogeneización, fragmentación e instrumentalización por la que atraviesa el espacio en el marco de la sociedad capitalista.

Como podrá mostrarse en este trabajo, cada uno de sus conceptos proporciona aproximaciones importantes para la comprensión de la ciudad contemporánea y para el entendimiento de los actuales procesos de urbanización. No se pretende realizar aquí un análisis completo o exhaustivo de toda su obra. En contraste se intenta visibilizar la potencialidad y vigencia de su teoría de La producción del espacio. Ello por cuanto se ha considerado que, a pesar de los años transcurridos, su pensamiento sigue teniendo validez, en tanto se anticipa a muchos de los escenarios que experimentan las ciudades en el presente.

En la actualidad, su teoría se ha convertido en una referencia obligada e indispensable para todos aquellos estudiosos del espacio urbano y de sus diferentes procesos asociados. La producción espacio, que saliera a la luz originalmente en Francia en el año 1974 y cuya repercusión tardía en el mundo anglosajón, -luego de su demorada traducción al inglés en 1991, y, en Latinoamérica, al español apenas en el año 2013-, ha influido significativamente sobre distintas corrientes de la geografía y la sociología urbana, así como en numerosos autores, entre ellos, el inglés David Harvey, los estadounidenses Edward Soja y Mike Davis, el barcelonés Jordi Borja y, en América Latina, los brasileños Milton Santos y Ana Fani Carlos. Es preciso señalar que los postulados desarrollados por Lefevbre en torno a La producción del espacio, en efecto, pueden hallarse de manera más acabada en su obra del mismo nombre. No obstante, existen otros textos en los que trabajó de manera previa lo relativo a esta teoría, estos son: El derecho a la ciudad (1968) y Espacio y política (1972). Por esta razón, para la exposición y el desarrollo del presente artículo se recuperan básicamente estos tres estudios, pues en ellos Lefebvre reflexiona sobre la producción del espacio en sus diferentes dimensiones. Se trata de una investigación de carácter teórico documental basada en el análisis sintético y argumentativo de las principales ideas y conceptos que el autor formula en las obras mencionadas.

El trabajo se encuentra estructurado de la siguiente forma. En el primer apartado se abordan los antecedentes teóricos e históricos de la obra de Henri Lefebvre. En la segunda sección, se exponen los principales postulados y los núcleos argumentativos más relevantes de su teoría de La producción del espacio. En tanto en la tercera y, última parte, se retoma la explicación de dos de sus conceptos centrales, esto es, los espacios diferenciales o contraespacios y el derecho a la ciudad. El artículo cierra con un apartado de reflexiones finales donde se destaca la importancia de recuperar y reivindicar su propuesta de acuerdo con sus planteamientos originales. Dicha insistencia se refiere en particular al derecho a la ciudad, noción que a causa de su sobreexposición e instrumentalización, en el presente se ha vaciado del sentido radical y transgresivo que le dio Lefebvre.

Antecedentes teóricos e históricos de la obra de Henri Lefebvre

Para comenzar, debe señalarse que la importancia de Henri Lefebvre1 radica en su notoria capacidad de anticipación frente a muchos de los escenarios de las sociedades actuales, resultado de un corpus conceptual vasto en el que es posible encontrar conceptos que no sólo fueron innovadores en su época, sino que continúan siendo vigentes para la explicación de los fenómenos urbanos contemporáneos. Entre sus aportaciones más relevantes se encuentra su concepción del espacio como un producto social, político e ideológico, sumado a sus reflexiones sobre la vida cotidiana en las urbes modernas industrializadas.

Estas ideas fueron desarrolladas y profundizas por Lefevre a lo largo de toda su obra y en la actualidad lo han convertido en un referente indispensable para el análisis del espacio urbano. En su momento, contribuyeron también a la fundación y consolidación de la denominada Escuela Francesa de Sociología Urbana (EFSU), a la que igualmente pertenecen autores como, Alain Touraine, Christian Topalov, Nicos Poulantzas y Manuel Castells. Sin duda, la EFSU representa uno de los esfuerzos más significativos por explicar los problemas sociales propios de la sociedad moderna cuyo ámbito de expresión primario es la ciudad.

Este movimiento, con Lefebvre como precursor mediato y con Castells como su autor más conocido, efectúa una de las rupturas más significativas en el pensamiento urbanístico al reformular muchos de los enunciados y propuestas analíticas referentes a la ciudad y a los llamados problemas urbanos. En conjunto, esta empresa tenía una conexión implícita con el análisis del enfoque marxista, a través del cual los autores de la EFSU intentaban superar los supuestos funcionalistas. En palabras del propio Castells, la Escuela Francesa revigorizó internacionalmente la investigación urbana al colocar el poder y el conflicto en el centro de la dinámica urbana, y al cuestionar implícita y explícitamente la larga influencia de la Escuela de Chicago en la sociabilidad y la integración social (Castells, 1998, p. 3).

Así, a partir de la segunda posguerra (1950), en los países europeos comenzaron a renovarse los estudios urbanos, pues la reconstrucción hizo visibles diversos conflictos latentes que propiciaron un giro al análisis. Lo relevante de situar la obra de Lefebvre en ese contexto de urbanización intensiva, es que el autor “va a vivir, después de la Segunda Guerra Mundial, una etapa de acelerada transformación del territorio capitalista que incidirá en nuevas formas urbanas, asistiendo a la transformación progresiva de la sociedad de un mundo rural a otro plenamente urbanizado” (Hiernaux, 2004, p. 13). Lo anterior explicaría por qué el eje temático del pensamiento de Lefebvre pasó a inicios de los setenta, De lo rural a lo urbano (1971), título de una de sus obras más representativas. De hecho, esta etapa de modernización radical del territorio se volverá uno de los temas centrales de sus trabajos posteriores.

Una línea que marcó enormemente el pensamiento de Lefebvre se refiere a la expansión del Estado y su intervención creciente en ámbitos tales como la planificación, el ordenamiento territorial y la producción del espacio urbano. En este contexto, Lefebvre hablaría de capitalismo monopolista de Estado, en el que destaca su presencia como organizador y articulador del espacio, concepción que lo conducirá a acuñar, entre otros, los conceptos de espacio abstracto y espacio instrumental para calificar una particular forma de espacio fuertemente marcada por la racionalidad de la expansión capitalista (Hiernaux, 2004, p. 14).

Es por ello que, en el ámbito de la teoría, la principal influencia de Lefebvre se refiere a la tradición marxista. Es decir que su teoría se desarrolla en permanente diálogo con los escritos de Marx, aunque: “en muchos casos, en clara oposición con las lecturas dominantes, fueran las del marxismo ortodoxo del Partido Comunista francés en las décadas de 1940-1950, fueran las del estructuralismo marxista de los años 1960” (Stanek y Schmid, 2011, p. 61). La búsqueda de un marxismo abierto, no determinista, era la respuesta de Lefebvre a lo que percibía como parte de una crisis de reconocimiento del paradigma marxista. A diferencia de estas corrientes, Lefebvre defendió constantemente el carácter no reduccionista del pensamiento de Marx, insistiendo en la necesidad de comprender la sociedad como un todo, sin reducir la heterogeneidad de sus fenómenos y procesos:

[…] el pensamiento marxista mantiene la unidad de lo real y del conocimiento, de la naturaleza y del hombre, de las ciencias de la materia y de las ciencias sociales. Este pensamiento explora una totalidad en su evolución y en su actualidad, totalidad que comprende aspectos y niveles que a veces son complementarios, a veces distintos e incluso opuestos (Lefebvre, 1966, p. 16).

En consonancia con estas ideas, Lefebvre se propone teorizar al espacio como parte de una teoría social general que, en este caso, se encuentra estrechamente relacionada con la teoría de los modos de producción de Marx; si bien ésta es traducida en una economía política del espacio que viene a formar parte de una teoría más amplia: la de La producción del espacio. De igual modo, recupera los conceptos elaborados por Marx tales como valor de uso y valor de cambio, transformándolos o transfiriéndolos a una escala más amplia, al aplicarlos al análisis del espacio urbano. En este sentido afirma: “se podrá decir, ya se puede decir del espacio (bien sea un segmento, bien sea un conjunto espacial) lo que de cada cosa producida decía y explicaba Marx: que encierra y oculta, en tanto que cosa, relaciones sociales” (Lefebvre, 1972, p. 99). También recupera su método destacando la importancia de la historicidad, insistiendo en que desterrar la dimensión temporal equivale a eliminar las raíces de entendimiento de los procesos espaciales. Es sólo a partir de la visión diacrónica que se puede entender al espacio como proceso, como producción que no se realiza de un día para otro, lo que implica revelar: “en qué forma y siguiendo qué estrategia ha sido producido tal o cual espacio comprobable (…) explorando la práctica social en el marco de una historicidad considerada como producida” (Lefebvre, 1972, p. 47; 1974, p. 289).

Por ello, para Lefebvre, el enfoque marxista se encuentra abismalmente distante de los reduccionismos funcionalistas donde el principal rasgo de la ciudad sería definido por el caos que pretende ser corregido a través de la acción planificadora. De esta forma, mientras que desde la visión de la planificación funcionalista se proponen distintas salidas al desorden urbano, en contraste, la tendencia marxista subraya la existencia de un orden muy bien definido: el orden que tiene como motor la reproducción del capital. Es decir que, desde la concepción marxista, el estudio de la ciudad desborda los límites formales de las relaciones funcionales y de sus componentes, afirmando en su lugar, la complejidad del entramado urbano como una manifestación determinante de las relaciones sociales que se producen en el seno de la sociedad capitalista. Para Lefebvre, la principal cualidad de este enfoque es que se aleja de las lecturas funcionalistas propias del urbanismo de corte tecnocrático, el cual criticó con particular ímpetu en otra de sus obras más significativas, Contra los tecnócratas (1972).

Al respecto, es preciso anotar que la búsqueda de un urbanismo racional y modernizador se sintetiza en el espíritu que guio al programa ideológico del CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna), predominante hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Esta perspectiva dominó de forma significativa al urbanismo de la primera mitad del siglo XX y se caracteriza por una aproximación reduccionista a los problemas de la ciudad. En su acta fundacional conocida como Carta de Atenas (1933), promovía la eficiencia por sobre cualquier otra cualidad y apuntaba al desarrollo de un urbanismo centrado en sus aspectos físicos, ocupándose exclusivamente de los problemas de organización y orden, usos de suelo, zonificación y transporte, alineándose a la idea racionalista de la que sería conocida como Ciudad Funcional. Este modelo urbano riguroso y cientificista prometía ser la solución a todos los problemas urbanos y fue promovido como figura central por Le Corbusier. Se sustentó en una idea abstracta de la ciudad que al final fue sintetizada conceptualmente a partir de la interacción de cuatro funciones básicas -la vivienda, el trabajo, el esparcimiento y la circulación-, cuya gestión eficiente aseguraría un óptimo funcionamiento urbano (Stutzin, 2006, pp. 15-16). De acuerdo con Lefebvre, esta visión ideológica parte de conocimientos parciales sobre los problemas reales de la ciudad, negando toda posibilidad de una vivencia política y cotidiana pues: “el funcionalismo reduce la sociedad urbana a la ejecución de algunas funciones prescritas por la arquitectura” (Lefebvre, 1968, p. 60) y responde más al control y a la expresión del poder político del Estado que a las manifestaciones de la sociedad.

El urbanismo normal opera como ideología manipuladora, disimulando bajo una disposición racional la alienante realidad de un espacio homogéneo, fragmentado y jerarquizado. Para ese urbanismo normalizado y normativo, la significación de la vida del hombre y de la ciudad, toda la Existencia se reduce a mera función, al rigor inhabitable. Y, sin embargo, ¿dónde queda el deseo, lo transfuncional, lo lúdico y lo simbólico? (Lefebvre, 1974 [2013], p. 44).

A propósito de estos temas, hay que decir que los análisis del marxismo estructuralista descuidaron la pertinencia de los sujetos sociales y los análisis de la vida cotidiana, por lo que es en este aspecto donde el pensamiento de Lefebvre adquiere mayor relevancia. Para el autor, en su preocupación por las estructuras y, en particular, por las determinaciones económicas, dichos análisis desdeñan los elementos particulares y singulares de la vida cotidiana: “en efecto, lo cotidiano y lo urbano, vinculados de forma indisoluble, a la par producto y producción, ocupan un espacio social generado a través de ellos inversamente” (Lefebvre, 1972, p. 5). En virtud de lo anterior, es posible aseverar que la obra de Lefebvre inaugura una manera distinta de apropiarse de los textos de Marx, no obstante, esta misma forma fue la fuente de las duras críticas que tuvo que enfrentar el autor por parte del Partido Comunista Francés del cual decidió separarse en 1958. La crítica que pudo haber sido un estímulo para la discusión, se sustituyó por una extensa lista de descalificaciones de los trabajos de Lefebvre y sus continuadores, no obstante, hoy en día “lo que más se aprecia de ella es justo lo que le fue criticado: haber centrado la discusión en el habitante urbano, la cotidianidad y el espacio” (Salinas, 2004: 35).

Por último, debe señalarse que esta particular visión sobre la vida cotidiana de Lefebvre se encuentra fuertemente influida por el movimiento situacionista, un grupo de artistas de vanguardia de base surrealista y dadaísta con el cual recorrió un largo camino de 1957 a 1961. Este movimiento pretendía analizar el mundo moderno desde el ángulo del arte centrándose en la proyección de un urbanismo libertario. La influencia que los situacionistas ejercieron sobre Lefebvre es indiscutible, al igual que la que él tuvo sobre este movimiento. El situacionismo consideraba que los planteamientos funcionales del CIAM y de Le Corbusier, a quien condenaban especialmente por su aspiración a suprimir la calle, conducirían finalmente al aniquilamiento de la vida urbana. Por ello, junto con Lefebvre, interpretaban el afán funcional de la ciudad moderna como un mecanismo de control y alienación.

Con Guy Debord como guía, este movimiento se enfrentó al desafío de crear nuevas realidades urbanas que sirvieran como escenario para una redefinición de las relaciones sociales y la instauración de nuevas estructuras políticas. Al final, los situacionistas pretendían visibilizar la interrelación de los diferentes aspectos culturales y cotidianos de la ciudad con el fin de alcanzar el desarrollo de una sociedad que estuviera basada en el juego y en el conocimiento multidisciplinar, pues consideraban que el elemento lúdico es fundamental para el desenvolvimiento de la ciudad. Por esta razón, el proyecto situacionista es esencialmente urbano y antimodernista. Las ideas que definían esta nueva ciudad fueron unificadas bajo la noción de un programa ideológico radical que se oponía a la separación funcional, buscando en cambio la superposición de actividades de manera lúdica, fomentando la vida de la calle como manifestación esencial de la vida política, lo que explica porque el situacionismo ha sido considerado como una de las principales influencias ideológicas del llamado “Mayo francés” ocurrido en 1968 (Stutzin, 2006, pp. 20- 22)

La teoría de la producción del espacio

Uno de los principales aportes de Lefebvre se refiere a su teoría de La producción del espacio (1974 [2013]), a partir de la cual lo considera como un producto político, ideológico e histórico. Esta es una premisa que el autor fue desarrollando a lo largo de su obra, dedicando al tema otras publicaciones, tales como Espacio y política (1972) y El derecho a la ciudad (1968). Como se mencionó en la introducción, para la exposición del presente apartado se recuperan básicamente estos tres estudios, pues en ellos Lefebvre reflexiona sobre la producción social del espacio en sus diferentes dimensiones, lo que le confiere una gran importancia para el desarrollo de la sociología urbana contemporánea.

Para comenzar, Lefebvre elabora un fuerte cuestionamiento a las concepciones del espacio propuestas tanto por la razón filosófica cartesiana como por la geografía positivista y la llamada revolución cuantitativa, paradigmas que consideraban al espacio como un mero recipiente o contenedor. Este tipo de conceptualizaciones se derivan de que por largo tiempo el espacio ha sido sujeto de una intensa reflexión filosófica que, sin embargo, ha generado ciertas deficiencias para su comprensión. Entre otras, la de su reiterada adscripción al concepto geométrico y abstracto de las matemáticas:

¡El espacio! No hace muchos años este término tan sólo evocaba un concepto geométrico, el de un medio vacío. En los círculos instruidos se acompañaba en seguida de algún epíteto culto como ‘euclidiano’, ‘isotrópico’ o ‘infinito’. En general se pensaba que el concepto de espacio incumbía a la matemática y sólo a ella. Hablar del espacio social habría causado no poca extrañeza. (…) El esquema según el cual el espacio vacío preexiste a aquello que lo ocupa sigue conservando aún mucho vigor (Lefebvre, 1974 [2013], pp. 63, 76).

Como explica Lefebvre, a esta insistencia de manejar la dimensión espacial a partir de un modelo supeditado al supuesto euclidiano, habría que agregar también la comprensión del espacio absoluto heredada de la razón filosófica cartesiana donde el espacio pertenecía a priori al reino de la conciencia (es decir, del ‘sujeto’) y participaba de esa estructura interna e ideal, con lo cual entró de lleno en el reino de lo absoluto (Lefebvre, 1974 [2013]: 63-64). Para Lefebvre, debates como estos se han prolongado por largo tiempo y han sido la fuente de numerosas confusiones cuya principal implicación es que en el campo de la epistemología moderna se ha adoptado una noción en la que el estatus del espacio es el de una cosa mental o el de un lugar mental, distinto de sus dimensiones física y social.

Sobre la base de estos cuestionamientos, Lefebvre dirige sus críticas a señalar el reduccionismo con que estas tradiciones han intentado comprender al espacio al considerarlo como: vacío, homogéneo y mental y, por ello, alejado abismalmente del espacio social, es decir, del espacio práctico-empírico o, en sus palabras, del espacio vivido.

¿Cómo designar la división que mantiene a distancia, unos respecto a otros, a los diferentes espacios (físico, mental y social)? ¿Acaso podemos usar el termino de distorsión? ¿O bien los de desfase, ruptura, corte? Poco importa el nombre que empleemos, lo que cuenta es la distancia que separa el espacio ‘ideal’, que responde a categorías mentales (lógico-matemáticas), del espacio real, esto es, el de la practica social. Cada uno de esos espacios implica, sostiene y presupone al otro (Lefebvre, 1974 [2013], p. 75).

De aquí en adelante y, contra todas estas tendencias reduccionistas, el propósito central del filósofo francés se abocará en la búsqueda de una teoría unitaria del espacio que articule lo físico, lo mental y lo social, al considerar que sólo de esta forma será posible analizar el espacio real, es decir, aquél de las prácticas sociales. Sólo así será posible superar definitivamente al espacio abstracto e ideal de las categorías mentales. Esta teoría unitaria sería un proyecto que no aspiraría a producir un (o el) discurso sobre el espacio, sino a revelar la producción actual del espacio al reunir sus diversos tipos y modalidades en el interior de una teoría única, la de La producción del espacio. En virtud de lo anterior, para Lefebvre los tipos de espacios -mental (ideal) y real (físico y social)- se sustentan o presuponen uno al otro, por lo que intentar disociarlos resulta una tarea estéril. En ese sentido plantea la multidimensionalidad y unicidad del espacio (real y mental), que es a la vez expresión de lo físico (que implica la naturaleza), lo mental (que incluye las abstracciones lógicas y formales), y lo social (que es la manifestación de las prácticas sociales).

A partir de estas ideas emerge una de sus propuestas más sugerentes e influyentes hasta hoy: el espacio debe ser analizado a partir de una triplicidad o una tríada de elementos que implicarían a su vez tres dimensiones interconectadas en la que cada una refuerza el carácter de las demás: 1. La práctica espacial (lo percibido), 2. Las representaciones del espacio (lo concebido), y, 3. Los espacios de representación (lo vivido).

1. La práctica espacial (lo percibido): es primordialmente un proceso de creación que permite la producción y reproducción de la forma material del espacio. Es decir, la práctica espacial permite la producción y reproducción de los determinados conjuntos espaciales característicos de cada formación social, ‘lugares, ‘escenarios’ que cada sociedad produce lentamente, a la vez que se apropia de ellos, asegurando así la continuidad y cierto grado de cohesión. Desde el punto de vista analítico, la práctica espacial de cada sociedad se revela a través del desciframiento de su espacio.

2. Las representaciones del espacio (lo concebido): corresponden al espacio concebido por las estructuras de poder a partir de un saber técnico y racional. Las representaciones del espacio están además atadas a las relaciones de producción y al orden que ellas imponen. Este orden se construye a través del control sobre el conocimiento de ciertos signos y códigos verbales y materiales, que a su vez producen la simplificación del espacio por medio de su legibilidad, la cual se expresa, por ejemplo, bajo la forma de mapas o estadísticas que buscarían producir visiones normalizadas del espacio ligadas a las representaciones dominantes.

3. Los espacios de representación (lo vivido): Se refieren al espacio vivido directamente por los habitantes y usuarios a través de sus imágenes y símbolos asociados, por ello son dinámicos, flexibles y están saturados de significados. Encarnan simbolismos complejos ligados también al arte. En este sentido, son los espacios dominados por el poder que la imaginación buscaría cambiar y apropiárselos. El espacio de representación se vive, contiene los lugares de la pasión, de la acción, y de las situaciones vividas (Lefebvre, 1974 [2013], p. 97-98).

Sobre la caracterización de esta tríada Lefebvre apunta que deberá ser entendida a partir de una relación dialéctica en la que participan estas tres dimensiones formando parte de un todo interconectado e interdependiente que supone esencialmente el carácter social del espacio. Es decir que, a pesar del reconocimiento de la relativa autonomía o de la consideración de cada uno de sus componentes en sí mismo, no debe perderse de vista la relación dialéctica que los determina. Es sólo a partir de esta relación de implicaciones mutuas que se pueden observar las contradicciones del espacio dentro la práctica social.

En el mismo sentido, la triada percibido-concebido-vivido pierde toda su fuerza si es entendida como un modelo abstracto: “O bien capta lo concreto (como algo distinto de lo ‘inmediato’) o entonces sólo tiene una importancia limitada, la de una mediación ideológica entre muchas otras”, es decir que la triada no es un modelo abstracto o empírico sino la suma de ambas dimensiones (Lefebvre, 1974 [2013], p. 99).

Para Lefebvre, abordar el análisis de esta forma implica una operación muy específica en la que: “No se trata de localizar en el espacio preexistente una necesidad o una función, sino al contrario, de espacializar una actividad social, vinculada a una práctica en su conjunto” (Lefebvre, 1972, p. 9). En consecuencia, no sólo concibe a los individuos interactuando en el espacio, sino que, antes bien, produciéndolo por medio de las acciones o de las prácticas sociales a través de las cuales se apropian o re-apropian del espacio. Es por ello que las categorías de uso y apropiación adquieren una importancia sustancial en el proceso de producción del espacio. La categoría de uso refiere en primer término a la perspectiva de apropiación, es decir, a la posibilidad de apropiarse del espacio instrumental que, orientado básicamente a la reproducción de capital, impone el valor de cambio sobre todo el espacio, suprimiendo los diversos usos que los habitantes harían de la ciudad.

Conforme a estas ideas, Lefebvre reconoce que en el ámbito de la sociedad capitalista el espacio ha desempeñado un papel o una función decisiva, es el espacio y por el espacio donde se produce la reproducción de las relaciones de producción capitalista. El espacio deviene cada vez más un espacio instrumental (Lefebvre, 1974 [2013]: p. 43). Bajo la hipótesis instrumental plantea que el espacio es a la vez producto y condición de las relaciones de producción, es decir que es producido como mercancía, pero simultáneamente es medio y condición para la reproducción del capital. En estos términos, el espacio debe ser entendido como un intermediario (en todas las acepciones de ese vocablo), esto es, “como un procedimiento y un instrumento, un medio y una mediación” (Lefebvre, 1972, p. 30).

De lo anterior se deriva una de sus aportaciones más relevantes, es decir, el claro reconocimiento de la condición política e ideológica del espacio, particularidad que los diferentes enfoques de la geografía y la sociología urbana habían considerado sólo de forma marginal o institucionalizada. En cambio, para Lefebvre, espacio y política son co-sustanciales, el espacio ha sido formado y modelado por procesos políticos e ideológicos y, por tanto, hay conflictos y disputas en su entorno:

En esta hipótesis, el espacio viene a ser un instrumento político intencionalmente manipulado, incluso si la intención se oculta bajo las apariencias coherentes de la figura espacial. Es un procedimiento en manos ‘de alguien’, individuo o colectividad, es decir, de un poder (por ejemplo, un Estado), de una clase dominante (la burguesía) o de un grupo que puede en ciertas ocasiones representar la sociedad global y, en otras, tener sus objetivos propios. En dicha hipótesis, la representación del espacio estaría siempre al servicio de una estrategia, siendo a la vez abstracta y concreta, pensada y apetecida, es decir, proyectada (Lefebvre, 1972, p. 31).

En segundo término, el carácter político del espacio se relaciona directamente con la interpretación epistemológica que da sustento al racionalismo tecnocrático característico de la práctica urbanística moderna que insiste en considerar al espacio como algo dado, es decir, como un mero dato o una dimensión específica y estática de la organización social. Este postulado solapa la supuesta objetividad y pureza del espacio urbano que se ostenta como objeto de ciencia y conserva de este modo un carácter neutro o inocuo, luego entonces, apolítico: “En el campo de dicha problemática, el espacio es un ‘puro’ objeto de ciencia. Por lo que se refiere a lo ‘vivido’, el espacio jamás es ni neutro, ni ‘puro’” (Lefebvre, 1972, p. 27)

Así, de acuerdo con Lefebvre, la representación de este tipo de espacio estaría siempre al servicio de una estrategia o de un proyecto político específico. El espacio ha sido formado y modelado a partir de elementos históricos o naturales, pero siempre políticamente. El espacio es político e ideológico. “Es una representación literalmente plagada de ideologías. (Lefebvre, 1972, p. 46)”. En su condición de instrumento o mediación permite imponer por la fuerza una cierta cohesión, además de ocultar bajo una aparente coherencia racional y objetiva todas sus contradicciones, de ahí su carácter abstracto. No obstante, dichas contradicciones del espacio no serían producto de su forma racional, sino del contenido práctico y social y, más concretamente, del contenido capitalista. A pesar de que existen diferentes contradicciones secundarias, la contradicción más importante señalada por Lefebvre se refiere a la capacidad de conocer, de tratar, de transformar el espacio a una escala global, mientras, simultáneamente, a escala local, el espacio se halla fragmentado por la propiedad privada con el único fin de ser comprado y vendido (Lefebvre, 1972, p. 42).

Es precisamente esa condición a la vez global y fragmentada, unida y desunida del espacio, la que revela la estrategia de clase que intenta asegurar la reproducción de las relaciones de producción a través de la totalidad del espacio. En términos políticos, esta contradicción se traduce en la oposición entre el valor de uso de la ciudad, de la vida y del tiempo urbano y el valor de cambio. Esto significa que, el espacio, además de ser un medio de producción es también un medio de control, y, por lo tanto, de dominación (Lefebvre, 1974 [2013]: p. 86). Esta pretensión de dominación absoluta del espacio en la sociedad capitalista ha desembocado en la planificación o gestión del espacio. De acuerdo con Lefebvre, si es verdad que la planificación del espacio es necesaria, se debe comenzar por aceptar que este acto no se da de forma neutral, ya que implica necesariamente un juego de poder en el que algunos sectores resultan beneficiados, mientras otros tantos son perjudicados o excluidos. En el marco de la sociedad capitalista la instrumentación de este proceso se halla básicamente en manos de los tecnócratas, que al servicio de la clase en el poder manipulan el espacio en busca de beneficios propios.

Para Lefebvre, la importancia que supone la planificación espacial para los agentes hegemónicos resulta sustancial. Ésta ha representado una base segura para su acción debido fundamentalmente a su relación con la forma de propiedad inherente al sistema capitalista: la propiedad privada del suelo. Lejos de constituir un obstáculo para el crecimiento dentro del capitalismo, la propiedad privada del suelo en manos de los planificadores y tecnócratas ha supuesto su principal punto de apoyo, de ahí su tesis central: “las relaciones sociales en el seno del capitalismo se mantienen por y en la totalidad del espacio, por y en el espacio ‘instrumental’” (Lefebvre, 1972, p. 137).

Un último punto relevante relacionado con la planificación espacial es que, bajo sus efectos, el espacio instrumental ha permitido la segregación generalizada de los grupos, de las funciones y de los lugares. Esto es así porque los puntos fuertes de la ciudad, es decir, los centros de poder y decisión política, así como los mercantiles y financieros, son puntos de confluencia de flujos diversos que la planificación espacial buscaría controlar y apropiárselos, debido a su complejidad extrema. Por ello, aclara Lefebvre, la planificación espacial es una estrategia que trata básicamente del control de los flujos y sus conexiones y, como resultado, tanto estratégica como prospectivamente, la clase obrera queda repartida en el espacio según las exigencias de los demás flujos y los constreñimientos de las redes de distribución, situación que devela que, en muchos casos, el espacio también es producido y modelado, incluso a partir de la desposesión (Lefebvre, 1972, pp. 153-154).

La producción de espacios diferenciales y el derecho a la ciudad

Para Lefebvre, si consideramos que toda práctica espacial es en principio una práctica de apropiación, existe entonces la posibilidad de alterar o revertir el sentido de las representaciones dominantes, produciendo en consecuencia espacios de resistencia o, en sus palabras, espacios diferenciales o contraespacios. Esta posibilidad de revertir las representaciones dominantes significa al mismo tiempo que el espacio puede ser discutido o disputado en sus usos, lo que revela el carácter de tensión continuo del que participa. Lo anterior también confirma que el espacio nunca puede ser completamente apropiado por el poder o por las representaciones dominantes. La dominación se presenta así, como hegemónica, en el sentido expresado por Gramsci, nunca como absoluta. En términos espaciales, la hegemonía puede ser entendida como la naturalización de una dominación material del espacio a través de la imposición de ciertas percepciones (espacio percibido) o representaciones (espacio concebido) relativas a las formas en que el espacio puede ser usado, vivido y apropiado.

Refiriéndose a la sociedad capitalista, Lefebvre anota que ésta, como un todo, continúa siendo sometida por la práctica política, que no es más que la afirmación de la hegemonía de la clase en el poder. Anota que el concepto de hegemonía lo introdujo Gramsci para describir el futuro papel de la clase obrera en la construcción de una nueva sociedad, pero también es útil para analizar la acción de la burguesía y así la del proletariado:

La hegemonía implica más de una influencia, incluso más que el uso permanente de la violencia represiva. Se ejerce sobre la sociedad como un todo, incluidos el conocimiento y la cultura, y generalmente a través de la mediación humana: políticas, líderes políticos, partidos, también una buena cantidad de intelectuales y expertos. Se ejerce, por tanto, sobre las instituciones y las ideas. La clase gobernante persigue mantener su hegemonía por todos los medios disponibles, y el conocimiento representa uno de esos medios (Lefebvre, 1974 [2013], p. 71).

Sobre el asunto Lefebvre se cuestiona la posibilidad de que la hegemonía pueda dejar algún espacio intacto o libre de su lógica. Opina en cambio que, al parecer, el espacio instrumental está destinado a convertirse en el lugar pasivo donde se reproducen las relaciones de producción capitalista, el entorno en el cual sus contradicciones toman cuerpo. Sin embargo, esta intencionalidad no ha podido ser del todo consumada o de otra manera el sistema haría una demanda legítima de inmortalidad (Lefebvre, 1974 [2013], p. 72). De modo que, más allá de poder cristalizarse como un espacio cerrado y homogéneo, el espacio instrumental emerge en realidad como un espacio de constante interacción y lucha entre prácticas de apropiación, dominación y resistencia. Según anota: “Las contradicciones sociopolíticas se realizan espacialmente. Dicho de otro modo, las contradicciones del espacio ‘expresan’ los conflictos entre las fuerzas y los intereses sociopolíticos; sólo en el espacio esos conflictos tienen efecto y lugar, convirtiéndose en contradicciones del espacio” (Lefebvre, 1974 [2013], p. 397).

Serán justamente estas contradicciones las que darán lugar a un nuevo tipo de espacio, es decir un espacio diferencial, pues no podrá producirse un nuevo espacio a menos que se acentúen las diferencias, a menos que se elimine la reducción que afecta sus posibilidades de producción, las cuales desembocan en el espacio homogéneo de la racionalidad instrumental:

[…] se puede mostrar que el espacio abstracto alberga contradicciones específicas. La reproducción de las relaciones sociales de producción en el seno de este espacio no acontece sino por una doble tendencia: disolución de viejas relaciones y generación de otras nuevas. De tal modo que el espacio abstracto, a pesar de su negatividad (o más bien precisamente en razón de esa negatividad) engendra un nuevo espacio que portará el nombre de ‘espacio diferencial’. La razón por la cual podemos llamarlo así estriba en que el espacio abstracto tiende hacia la homogeneidad, reduce las diferencias o particularidades existentes mientras que el nuevo espacio no puede surgir (o producirse) sino acentuando las diferencias (Lefebvre, 1974 [2013], p. 110).

Por esta razón, para Lefebvre, el papel de la lucha de clases en la producción de espacios diferenciales resulta capital. En la práctica, sólo las clases, las fracciones de clases y los grupos representativos de clases tienen la capacidad de producir este tipo de espacios: “La lucha de clases puede leerse en el espacio actualmente más que nunca. Sólo ella impide la extensión planetaria del espacio abstracto disimulando todas las diferencias. Desde luego, las acciones políticas de las minorías forman parte de esa lucha” (Lefebvre, 1974 [2013], p. 113). Así, en términos espaciales, la lucha de clases se instituye a partir de numerosas prácticas de resistencia a través de las cuales los usuarios se reapropian del espacio abstracto y homogéneo que, al tiempo que se orienta a la reproducción del capital, impone el valor de cambio sobre todo el espacio y suprime los diversos usos que los habitantes harían de la ciudad. De modo que, las categorías de uso y apropiación adquieren una importancia sustantiva en el proceso de producción de espacios diferenciales.

Asimismo, el proceso de apropiación recién narrado implicaría en última instancia la afirmación de lo que Lefebvre enunciara en su momento como El derecho a la ciudad (1968). Este no se trata de un derecho natural, ni tampoco contractual (Lefebvre, 1972, p. 18), sino del derecho de los ciudadanos urbanos a figurar en todas las redes y circuitos de comunicación, de información, de intercambios, etc. lo que no depende de una ideología urbanística, ni de una intervención urbana arquitectónica, sino de una de las cualidades y propiedades esenciales del espacio urbano: la centralidad-simultaneidad. “Lo urbano es una forma, la del encuentro y de la reunión de todos los elementos que constituyen la vida social (…) Quien dice ‘espacialidad urbana’ dice asimismo centro y centralidad” (Lefebvre, 1972, p. 68; 1974 [2013], p. 156).

Por consiguiente, para Lefebvre, no puede existir realidad urbana si no existe un centro, sin agrupamiento de todo cuanto puede nacer en el espacio y producirse en él, la centralidad se define por la reunión y el encuentro de todo lo que coexiste en un espacio (Lefebvre, 1974 [2013], p. 366). En tal sentido, el derecho a la ciudad legitima el rechazo a dejarse apartar de la realidad urbana, pues el hecho de excluir de lo urbano grupos, clases o individuos, viene a ser como excluirlos también de la sociedad:

Ese derecho del ciudadano (si de esta forma se requiere expresar: del ‘hombre’) proclama la crisis inevitable de los centros basados en la segregación: centros de decisión, de riqueza, de poder, de información, de conocimiento, que rechazan hacia los espacios periféricos a todos aquellos que no tienen participación en los privilegios políticos. Estipula igualmente el derecho a poderse encontrar y reunir; lugares y objetos deben responder a determinadas ‘necesidades’ por lo general no tenidas en cuenta, a determinadas ‘funciones’ menospreciadas y, por cierto, transfuncionales: la ‘necesidad’ de vida social y de un centro, la necesidad y la función lúdicas, la función simbólica del espacio (Lefebvre, 1972, p. 19).

Así, para Lefebvre, el derecho a la ciudad se encuentra inextricablenente ligado con el derecho a la centralidad, no obstante, el avance paulatino de la industrialización ha conducido a su crisis. Dicha crisis de la centralidad se debe a una organización urbana segregativa “que la destruye en la misma medida que suscita la acción de aquellos a quienes excluye y a los que expulsa hacia las zonas periféricas” (Lefebvre, 1972, p. 69). Por tal motivo, el derecho a la ciudad representa ante todo la proclamación y la realización de la vida urbana como el reino del uso y del encuentro, desprendidos del valor de cambio y “se inscribe por consiguiente en las perspectivas de la revolución bajo la hegemonía de la clase proletaria” (Lefebvre, 1968, p. 167).

Según refiere Lefebvre, esta constatación de la capacidad que tienen las clases subalternas de construir espacios diferenciales trasciende cualquier situación social o tiempo histórico, por lo que debe ser comprendida como un continuo, no obstante, bajo el capitalismo ha podido expresarse de forma más clara que en periodos anteriores de la historia. En el marco contemporáneo se ha hecho manifiesta, por ejemplo, a través de las violentas apropiaciones del espacio urbano realizadas por los obreros organizados durante las rebeliones ocurridas a lo largo del siglo XIX, Estos movimientos no solo buscaban mejorar sus condiciones de vida en la ciudad, sino también redefinir el espacio urbano y su significado.

Después de 1848 la burguesía francesa se ve cercada por la clase obrera. Antiguos obreros (de los oficios artesanos) y nuevos proletarios penetran (…) Uno de los logros que dieron sentido a la Comuna de París, fue el retorno por la fuerza al centro urbano de los obreros rechazados a los arrabales y la periferia, su reconquista de la Ciudad, ese bien entre los bienes, ese valor, esa obra que les habla sido arrebatada (Lefebvre, 1968, pp. 30, 32).

Por consiguiente, esta relación entre espacio y violencia en las sociedades capitalistas puede ser atribuida en primer término a la forma dominante del espacio: “esa de los centros de riqueza y de poder que se esfuerza por moldear los espacios que domina y busca, a menudo de forma violenta, reducir los obstáculos y la resistencia que allí encuentra” (Lefebvre, 1974 [2013], p. 108).

Simultáneamente, esta relación violenta revelaría las enormes dificultades que la burguesía y el sistema capitalista encuentran para dominar lo que es a la vez producto e instrumento de su control. Es decir que, a pesar de que el espacio abstracto se instala como el espacio de poder, las contradicciones que surgen en su seno eventualmente conducirían a su propia disolución. Esto sólo será posible bajo la condición de elaborar una estrategia adecuada, la cual implica en primer término la apropiación colectiva del espacio por parte de los movimientos de diversas índoles de usuarios, incluidos entre ellos, las reivindicaciones referentes a los alquileres, los transportes, las expropiaciones, etc. que formen parte integrante de un movimiento político general. Así propone: “una estrategia opuesta en todo punto a la de la burguesía podría ser la socialización, es decir, que el pueblo en su totalidad, transgrediendo las relaciones de propiedad, ocupase y se apropiase del espacio social” (Lefebvre, 1972, p. 141).

Dicha socialización trataría básicamente de apartarse de la racionalidad homogeneizante, acentuando las diferencias, es decir, creando espacios con la capacidad de generar formas y contenidos diferenciados, relacionados siempre con la idea del espacio apropiado como el lugar de la realización de los deseos, o como la posible reapropiación del espacio para otros usos. Para Lefebvre, sólo de esta forma sería posible superar la segregación de los centros de decisión, de riqueza, de poder, de información, de conocimiento, que rechazan hacia los espacios periféricos a todos aquellos que no tienen participación en las prerrogativas de las clases dominantes.

Reflexiones Finales

Como se ha mostrado en este trabajo, abordar la obra de Henri Lefebvre puede resultar una tarea ardua y desafiante. La profundidad y extensión de su teoría, junto con la compleja y rigurosa forma en que desarrolla sus preceptos teóricos, requiere de un esfuerzo significativo por parte de quienes deseen comprenderla y acercarse a ella. Tal como se hizo patente, Lefebvre buscó explícitamente reconstruir una teoría unitaria que logrará dar cuenta de la complejidad de la vida social, no de manera fragmentaria, sino comprendiéndola como totalidad, razón por la cual se vinculó a los horizontes de la tradición marxista. Por esta razón, sus aportaciones son el reflejo de la influencia del pensamiento dialéctico, el cual el filósofo movilizó contra el avance del estructuralismo, cuya naturaleza funcionalista pretendía desenmascarar. Fue así como, oponiendo la lógica dialéctica a la lógica formal mecanicista, Lefebvre propuso su teoría sobre La producción del espacio, una teoría unitaria que, como se explicó, busca articular lo físico, lo mental y lo social. De ahí la importancia del método dialéctico que permite restituir la unidad concreta del espacio analizándolo en todos sus aspectos.

A nivel general, es posible afirmar que el de Lefebvre se trata de un pensamiento global que integra tanto lo micro y lo macrosocial, la perspectiva histórica, así como la voluntad de intervención para transformar la vida social que ha sido sometida por la lógica del capitalismo contemporáneo. Sin duda, su propuesta supuso una de las aportaciones más importantes para el urbanismo, la geografía y la sociología urbana y, por lo mismo, hoy en día continúa siendo una referencia obligada para estas disciplinas.

Su visión política del espacio permite comprender que no se trata de un mero objeto científico, ni de un contenedor neutral dentro del cual la vida social simplemente se desarrolla. Todo lo contrario, luego de la exposición de sus principales postulados ha quedado claro que en el marco de la sociedad capitalista el espacio es resultado de procesos ideológicos, fuente y objetivo de conflictos políticos. Es decir que es producido no sólo por las fuerzas y las relaciones de producción y de propiedad, sino que también es producto de relaciones de dominación y de estrategias políticas diversas. Esta interpretación resulta interesante, ya que permite dar un giro al análisis, focalizando la atención en los agentes políticos y sociales, (incluido el Estado), y en las interrelaciones de los grupos de poder que finalmente lo producen.

La posibilidad de distinguir entre la ciudad y lo urbano es otra de sus aportaciones más significativas. Lo urbano en tanto que forma lleva un nombre, la simultaneidad y se manifiesta como el proceso negativo de la dispersión y la segregación, lo que supone el encuentro que sólo puede realizarse a través de otra de las propiedades esenciales del espacio urbano: la centralidad. La comprensión de este principio conduce a otra de sus contribuciones más relevantes: El derecho a la ciudad. Un derecho que en los términos más simples puede ser interpretado como el derecho a la centralidad, es decir, a la posibilidad de intervenir y participar en todas las redes y circuitos de producción y reproducción de la vida social.

Para terminar y, en camino a su reivindicación, es preciso insistir en que Lefebvre desarrolló este concepto como parte de un programa político que promovía el despliegue de una ciudad autogestionada, una ciudad liberada de la alienación y de la racionalidad impuesta por las relaciones de producción capitalista, no una ciudad normalizada institucionalmente y ofrecida sin alternativa a sus usuarios y subordinada a la planificación urbana tecnocrática. A pesar de ello, en la actualidad, se observa “una ola de urbanistas y arquitectos, que se adueñaron de esta noción, para vaciarla de sus intenciones revolucionarias” (Pulgar, 2016, p. 19).

Ahora somos todos seguidores de Lefebvre. Su nombre es invocado de forma sistemática en los debates. Un buen ejemplo es la reciente popularidad del concepto ‘Derecho a la Ciudad’, que actualmente es un lugar común en el mundo de los estudios urbanos, el planeamiento y la arquitectura -invocado tanto por David Harvey como por el Banco Mundial-, con intenciones radicalmente divergentes. Nos debemos preguntar: ¿cómo ha podido el Banco Mundial domesticar el Derecho a la Ciudad en un marco de democracia (neo)liberal, cuando de hecho el programa político específico de Lefebvre era sencillamente cambiar la ciudad para cambiar el mundo? Aproximándonos a Lefebvre de una forma holística, vemos, veinte años después de su muerte, cómo argüiría que algunos más que usar sus ideas han abusado de ellas y dejaría claro por qué no es amigo de todos, ni puede justificar cualquier ideología (Goonewardena, 2011, p. 26).

En efecto, en el marco de las políticas que hoy gestionan la ciudad neoliberal salta a la vista la forma en que el derecho a la ciudad ha sido no sólo domesticado, sino también despolitizado y neutralizado en tanto ha sido reducido a un mero instrumento técnico de “participación ciudadana”. Es decir, que ha sido instrumentalizado bajo la lógica tecnocrática de la planificación urbana y la llamada democracia participativa. Nada más alejado de la propuesta de Lefebvre. De hecho, tal como se mostró a lo largo de la exposición, el autor jamás habla de “participación” pues, en sus términos, no se trata sólo de “participar” para legitimar lo que otros, desde su posición hegemónica, deciden que es mejor para los habitantes de la ciudad. Se trata en cambio de “intervenir” sin ninguna mediación, para reconfigurar y transformar radicalmente el espacio urbano, para liberarlo de la racionalidad capitalista, y habilitar en su lugar las apropiaciones fundadas en el valor de uso, lo cual sólo es posible a través de la acción política directa de las clases subalternas.

Por ello, para cerrar, se destaca aquí la importancia de recuperar y reivindicar su propuesta conforme a con sus planteamientos originales. Como se evidenció, la ciudad para Lefebvre no solo es el producto de la valorización capitalista, es ante todo, una oportunidad para transformar el espacio social por medio de la participación activa de quienes la viven y la experimentan cotidianamente, creando con ello, espacios diferenciales. La ciudad es el espacio propicio para la apropiación liberadora, una apropiación no subordinada a los intereses particulares sino orientada a la producción de lo común. En tal sentido, para Lefebvre la ciudad constituye un espacio potencialmente liberador, un espacio en el que a través de la apropiación y de los usos diferenciados los ciudadanos pueden desafiar y transformar el orden social dominante.

Sin duda, en la actualidad, los ecos del derecho a la ciudad siguen presentes en las distintas formas de resistencia que se articulan contra la racionalidad de un espacio global cada vez más competitivo y sometido por las lógicas de la reproducción del capital. En este marco, las ideas de Lefebvre respaldan las luchas presentes en pro de la reducción de las desigualdades urbanas, así como el rechazo a los obstáculos que bloquean el acceso a los espacios centrales de la ciudad y a los circuitos primarios donde la vida urbana se desarrolla. La evocación del derecho a la ciudad aún flota en la atmósfera reivindicativa de esas resistencias, y su potencial liberador hoy es más fuerte que nunca; eso a pesar de la distorsión e instrumentalización que se ha hecho de este complejo concepto.

Referencias bibliograficas:

Castells, Manuel (1998). La sociología urbana en la sociedad de redes: de regreso al futuro. Conferencia en la Community and Sociology Section de la American Association. https://urbanauapp.org/wp-content/uploads/Urbana-Spring-2002-Volume-VII-Number-1-Manuel-Castells.pdf

Corbusier, L. (1933). La carta de Atenas. J. de Villeneuve (Ed.). Hucitec.

Goonewardena, K. (2011). Henri Lefebvre y la revolución de la vida cotidiana, la ciudad y el Estado, Urban, (02), pp. 25-39. https://polired.upm.es/index.php/urban/article/viewFile/1488/1985

Hiernaux, D, (2004). Henri Lefebvre: del espacio absoluto al espacio diferencial, Veredas Revista del pensamiento sociológico, vol. 5, no 8, pp. 11-25. https://veredasojs.xoc.uam.mx/index.php/veredas/article/view/81

Lefebvre, H. (2013). La producción del espacio, Edición en español, Capitán Swing, España. Primera edición [1974], La production de l’espace, Francia, Presses Universitaires de France. https://istoriamundial.wordpress.com/wp-content/uploads/2016/06/henri-lefebvre-la-produccion-del-espacio.pdf

Lefebvre, H. (1972). Contra los tecnócratas, Argentina, Granica editor. https://n9.cl/0izs9

Lefebvre, H. (1971). De lo rural a lo urbano, España, Ediciones Península. https://n9.cl/69qckq

Lefebvre, H. (1968). El derecho a la ciudad, España, Ediciones Península. https://lc.cx/SSwS1A

Lefebvre H. (1966). La sociología de Marx, Francia, Ediciones Uno en Dos.

Núñez, A. (2009). De la alienación al derecho a la ciudad. Una lectura (posible) sobre Henri Lefebvre, Revista Themoai, núm. 20. pp. 34-48. https://www.redalyc.org/pdf/124/12415108004.pdf

Pulgar, C. (2016). Devolverle el sentido revolucionario al derecho a la ciudad. Entrevista a Jean-Pierre Garnier, en Mathivet, Charlotte, coord. Develando el derecho a la ciudad: representaciones, usos e instrumentalización del derecho a la ciudad, Francia, Colección Passerelle, pp. 18-28. https://www.coredem.info/IMG/pdf/passerelle-droitville-es-okimpr.pdf

Salinas, R. (2004). Aproximación a Henri Lefebvre. Veredas. Revista del Pensamiento Sociológico, vol. 5, no 8, pp. 27-38. https://veredasojs.xoc.uam.mx/index.php/veredas/article/view/82

Stanek Ł., y Schmid C. (2011). Teoría, no método: Henri Lefebvre, investigación y diseño urbanos en la actualidad, Urban, n. S02, Universidad Politécnica de Madrid, pp. 1-8. https://polired.upm.es/index.php/urban/article/view/1491/1987

Stutzin, N. (2006). La ciudad como espacio político: críticas ideológicas a la ciudad moderna entre 1954 y 1968, Tesis Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile, https://repositorio.uchile.cl/handle/2250/100828

Notas

1 Para la consulta de una biografía breve, pero que recupera los acontecimientos más significativos de la vida del Lefebvre, veáse, Salinas, 2004.


Buscar:
Ir a la Página
IR
Modelo de publicación sin fines de lucro para conservar la naturaleza académica y abierta de la comunicación científica
Visor de artículos científicos generados a partir de XML-JATS4R