Semblanza

Sara Rietti: investigadora, gestora y comprometida impulsora del Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Sociedad

Carlos Borches
Universidad de Buenos Aires, Argentina

Ciencia, Tecnología y Política

Universidad Nacional de La Plata, Argentina

ISSN: 2618-2483

ISSN-e: 2618-3188

Periodicidad: Semestral

vol. 8, núm. 15, 2025

revista.ctyp@presi.unlp.edu.ar



DOI: https://doi.org/10.24215/26183188e139


Foto: Santiago Trusso, CC BY-NC-ND 2.0, https://flickr.com/photos/strusso/15597685492

Recorriendo el registro de estudiantes de la porteña Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires del año 1949, sobresale una página donde con llamativo color azul se lee “Química Nuclear”. La página corresponde a la alumna Sara Bartfeld, nacida en la Ciudad de Buenos Aires el 3 de diciembre de 1930, quien había aprobado el examen de ingreso a fines del año 1948. No es la única mujer, pero es la única en la flamante orientación elegida.

Por aquellos años, la facultad ocupaba buena parte de una manzana histórica ubicada sobre la calle Perú, muy cerca de Plaza de Mayo, donde estudiaban los futuros ingenieros, arquitectos, físicos, matemáticos, naturalistas y químicos. Entre estos últimos, la gran mayoría se formaba para trabajar en las empresas y laboratorios asociados con la química, y no pocos fueron fundadores de nuevas industrias, pero la Química Nuclear era algo distinto. Lo nuclear había irrumpido en la sociedad sembrando esperanzas y temores luego de los crímenes de Hiroshima y Nagasaki, pero en la Argentina de 1948 aún no se había creado la Comisión Nacional de Energía Atómica, ni había laboratorios en la patagónica isla Huemul. Aun así, fue la carrera elegida por la joven Sarita evidenciando originalidad intelectual y coraje para sostener su proyecto. Rasgos de personalidad que la caracterizarían con los años.

En esa etapa encontró en el Centro de Estudiantes de Química el complemento que buscaba discutiendo política, participando de los campamentos y colaborando con el grupo que lo dirigía, algo mayor que ella, integrado entre otros por Cesar “Pulpo” Milstein, Jorge “Coco” Giambiagi y Víctor Rietti, con quien se casó en 1952.

Se recibió en 1954 con un promedio de 9,23 y el mérito de ser la primera, y tal vez única, Química Nuclear. En ese mismo año y dos años después nacen sus dos hijas, y en 1958, su hijo.

Poco después se integró al cuerpo docente de Exactas como auxiliar, siendo electa consejera Directiva por el claustro de Graduados, que apoyaban la gestión de Rolando García y Manuel Sadosky. Sus intervenciones en ese espacio expresan no sólo preocupaciones relacionadas con el desarrollo de la investigación científica en la Facultad, sino que además señalaban la necesidad de atender aspectos relacionados con la enseñanza, en particular cuestiones pedagógicas innovadoras. Estas iniciativas provenían de García y Sadosky, pero no siempre encontraban eco en otros consejeros de profesores que entendían que lo central era la ciencia y que todo lo demás derramaría naturalmente sobre la enseñanza. Sara Rietti, así la conocían todos, terminó su doctorado en Química en 1963, bajo la dirección de Rodolfo Busch, luego de cambiar la química nuclear por los compuestos boranos. Los años en el Consejo, compartiendo discusiones y comisiones con García, Sadosky, Busch y Oscar Varsavsky, fueron sin duda una formidable escuela de formación política, que Sarita supo aprovechar.

Sin embargo, en los primeros meses de 1966 ya se avecinaba la tormenta de una nueva dictadura y Rolando García iniciaba los preparativos para tratar de reducir el impacto. Apelando a sus contactos con la Fundación Ford, García fue tendiendo redes para que, en caso de producirse una intervención en la Universidad, los grupos de investigación se conservaran mudándose íntegramente a países latinoamericanos. Un largo mes transcurrió entre el golpe de Estado contra Humberto Illia y la Noche de los Bastones Largos, e inmediatamente comenzó un exilio organizado, mayoritariamente dirigido hacia universidades chilenas, y en menor medida a Perú y Venezuela. Víctor y Sara Rietti fueron dos de los docentes renunciantes, pero para entonces, Víctor conducía su propia fábrica y los Rietti no marcharon al exilio, aunque participaron activamente en la organización de la partida.

Los que se quedaron, como Gregorio Klimovsky, José Babini y otros tantos, a los que se sumó Sara, armaron un refugio en Buenos Aires. Centro de Estudios de la Ciencia, lo llamaron, aunque el nombre de guerra era “La casa de Chile”, por la calle donde se encontraba el viejo caserón. Durante años fue un punto de encuentro para los que se quedaron, pero también para no perder contacto con las nuevas generaciones que llegaban atraídas por los cursos que se dictaban y que la universidad había perdido. En el Centro de Estudios, Sarita vuelve a ser una imprescindible y silenciosa organizadora promoviendo actividades, asistiendo a compañeros y madurando lo vivido luego de la Noche de los Bastones Largos, cuando la renuncia masiva no tuvo el eco social que muchos esperaban.

En esa misma época se incorporó como miembro asociado al Centro de Planificación Matemática conducido por Oscar Varsavsky. Otro refugio fue el Centro Editor de América Latina (CEAL), editorial conducida por Boris Spivacow luego de renunciar a la gerencia de Eudeba como consecuencia de la intervención de la universidad. Allí también participaron muchos renunciantes, entre ellos Sara.

La frustración que siguió a la intervención universitaria abrió las puertas a una reflexión que Varsavsky puso en palabras en su libro Ciencia, Política y Cientificismo y cristalizó un proceso que maduraba en Sara. En su juvenil elección por la carrera de Química hubo un fuerte componente familiar que puso límites a su interés por la historia y la filosofía. Ahora, forzosamente alejada del Departamento de Química Inorgánica, estaba frente a la posibilidad de abordar la cuestión de la ciencia desde una perspectiva histórica y política con Varsavsky. Si la fama como organizadora de Sara Rietti se había ido consolidando por sus eficaces intervenciones, también debe señalarse su afán por difundir las ideas y lecturas que la hacían pensar. Tal vez por eso fue un artífice para que Varsavsky formalizara en el papel sus reflexiones, ya que ella se ocupó de que el CEAL publicara en 1969 la primera edición de Ciencia, Política y Cientificismo, que inmediatamente tuvo sucesivas reediciones y renovadas generaciones de lectores.

Nuevamente corrían vientos de cambio en el país. El ciclo que se había instaurado en 1955 con el bombardeo a Plaza de Mayo, marginando de la política a las mayorías populares, estaba llegando a su fin. Los debates crecían en la Casa de Chile cuando en el año 1972 regresó al país Rolando García y pidió una reunión con el refugio reformista. Sarita recordaba aquella memorable reunión donde García volvió a instalar un sueño. Ahora sería una ciencia al servicio de un proceso de emancipación, de una revolución y todos tenían que ocupar un lugar en la nueva trinchera. La voz disidente fue la de Oscar Varsavsky, quien abandonó indignado la reunión, pero terminó participando del proceso junto a ella en el equipo que asumió la conducción del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) encabezado por el ingeniero Jorge Albertoni, otra figura del reformismo universitario que se habían enfrentado al peronismo en los años ‘50. La experiencia en el INTI, terminada abruptamente en 1975, significó un interesante trabajo de campo para Sara y la posibilidad de poner en juego algunas ideas sobre el desarrollo industrial y tecnológico del país.

Durante la larga noche de la dictadura que asoló el país entre 1976 y 1983 ya no había espacio para reuniones o debates y Sara se replegó en su familia. Las consecuencias de la guerra de Malvinas abrieron la posibilidad del retorno a la democracia y ahora eran los partidos políticos, y sus juventudes, quienes protagonizaban el proceso. Manuel Sadosky estaba nuevamente en Buenos Aires luego de su exilio en Caracas, donde había conocido a Raúl Alfonsín. Los nuevos tiempos no sintonizaban con los discursos revolucionarios de los ‘70. Eran momentos de “moderación”, de reconstruir el tejido social desecho durante la dictadura. Para muchos, la figura de Rolando García, entonces profesor en la Universidad Autónoma de México, y de Oscar Varsavsky, fallecido en 1975, eran perturbadoras. El nuevo emblema de la Universidad reformista pasó a ser Sadosky, que fue nombrado por el presidente Alfonsín en 1981 al frente de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Nación. Sadosky incorporó a su gestión a Rebeca Guber y a Sara Rietti, transformada ahora en Jefa de Gabinete de la flamante SECyT.

Las políticas científicas pasan a estar en el centro de sus preocupaciones, colaborando además con la creación en la Universidad de Buenos Aires del Centro de Estudios Avanzados, conducido por Mario Albornoz, donde la historia de la ciencia y sus instituciones y el rol de la ciencia en la sociedad ocuparon un lugar central. La Universidad de Buenos Aires tenía un espacio donde Varsavsky y otros autores del llamado Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo (PLACTED) eran objeto de estudio.

El fin del gobierno de Alfonsín, seguida por la caída del Muro de Berlín impuso un nuevo escenario para discutir ideas y es una nueva y singular etapa en la vida de Sara. Ya no será la eficaz colaboradora que todo decano o funcionario necesita, ni la gran divulgadora de autores imprescindibles de cada época. En la década del ‘90 se concentró en sostener la Maestría en Política y Gestión de la Ciencia y la Tecnología, convencida de la necesidad estratégica de formar cuadros en el país, con un perfil fuertemente varsavskiano, en su mirada del rol de la ciencia y la tecnología. Profundizando en esa dirección, en la primera década del nuevo siglo la encontramos polemizando con el ministro de Ciencia y Tecnología de la Nación desde una columna del diario Página/12, interviniendo en los debates públicos en torno al glifosato, defendiendo la vigencia del PLACTED y apoyando la formación y actividades de diversos grupos, como la Cátedra Libre Ciencia, Política y Sociedad de la Universidad Nacional de Plata.

Al mismo tiempo, y hasta su muerte en 2017, se involucró fuertemente en los estudios de género en el marco del movimiento de mujeres, género, ciencia y tecnología. Con la misma humildad que siempre la caracterizó, en sus últimos años recibía visitas y participaba de encuentros donde la ciencia, su historia y su política tenían una centralidad estratégica en el desarrollo de la nación. Escuchaba, reflexionaba y divulgaba a otros lo que para ella merecía conocerse.

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