Dossier
Recepción: 10 junio 2025
Aprobación: 17 septiembre 2025
Resumen:
El Soberbio, una localidad ubicada en el centro- este de la provincia de Misiones (Argentina), es testigo directo del avance del capitalismo agrario en América Latina. En las primeras décadas del siglo XXI, ante la necesidad de crear no solo mejoras generales en las condiciones de vida para las poblaciones rurales históricamente marginadas de los beneficios del desarrollo rural, sino de generar formas de producción y comercialización alternativas a este modelo productivo hegemónico, se activan procesos de valorización de bienes primarios y nuevas modalidades de vincularse con la naturaleza, el ambiente y entre los hombres y mujeres que habitan estos territorios. El mundo rural deja de ser visto únicamente por sus miserias y carencias para ser resignificado.
Proponemos un análisis de diversas experiencias y proyectos agroecológicos que se han instalado desde fines de la década de los 2000 y continúan en la actualidad en El Soberbio de la mano de un novedoso flujo migratorio proveniente de las grandes metrópolis de nuestro país, de la región y del mundo[1]. En articulación con la población local despliegan estrategias de resistencia de la agricultura familiar que promueven el arraigo rural, fortalecen la soberanía y seguridad alimentaria, al tiempo que les permite alcanzar mayores ingresos aplicando manejos sostenibles y con menores impactos en el ambiente.
A través de un enfoque etnográfico, este artículo tiene como objetivo analizar las características principales que tienen estos proyectos agroecológicos de tinte comunitario, así como indagar qué demandas y reclamos emergen de estas asociaciones, cómo llevan adelante su trabajo cotidiano, su organización interna y las tomas de decisiones.
Palabras clave: agroecología, desarrollo rural, migraciones, agricultura familiar, asociativismo.
Abstract:
El Soberbio, a town located in the east-central part of the province of Misiones (Argentina), is a direct witness to the advance of agrarian capitalism in Latin America. In the first decades of the 21st century, faced with the need to create not only general improvements in the living conditions of rural populations historically marginalized from the benefits of rural development, but also to generate alternative forms of production and marketing to this hegemonic production model, processes of valorization of primary goods and new ways of connecting with nature, the environment, and among the men and women who inhabit these territories are activated. The rural world is no longer seen solely for its misery and deprivation, but is now redefined.
We propose an analysis of various agroecological experiences and projects that have been established since the late 2000s and continue to this day in El Soberbio, driven by a new migratory flow from major metropolises in our country, the region, and the world. In coordination with the local population, they deploy family farming resilience strategies that promote rural roots, strengthen food sovereignty and security, and allow them to achieve higher incomes by implementing sustainable management practices with minimal environmental impact.
Through an ethnographic approach, this article aims to analyze the main characteristics of these community-based agroecological projects, as well as to investigate the demands and grievances emerging from these associations, how they carry out their daily work, their internal organization, and their decision-making.
Keywords: agroecology, rural development, migration, family farming, associativism.
Resumo:
El Soberbio, cidade localizada no centro-leste da província de Misiones (Argentina), é testemunha direta do avanço do capitalismo agrário na América Latina.
Nas primeiras décadas do século XXI, diante da necessidade de gerar não apenas melhorias gerais nas condições de vida das populações rurais historicamente marginalizadas dos benefícios do desenvolvimento rural, mas também de gerar formas de produção e comercialização alternativas a esse modelo de produção hegemônico, ativam-se processos de valorização dos bens primários e novas formas de conexão com a natureza, o meio ambiente e entre os homens e mulheres que habitam esses territórios. O mundo rural não é mais visto apenas por sua miséria e privação, mas agora se redefine.
Propomos uma análise de diversas experiências e projetos agroecológicos que se consolidaram desde o final dos anos 2000 e perduram até hoje em El Soberbio, impulsionados por um novo fluxo migratório proveniente de grandes metrópoles do nosso país, da região e do mundo. Em coordenação com a população local, implementam estratégias de resiliência da agricultura familiar que promovem o enraizamento rural, fortalecem a soberania e a segurança alimentar e permitem alcançar maiores rendas por meio da implementação de práticas de manejo sustentáveis com mínimo impacto ambiental.
Por meio de uma abordagem etnográfica, este artigo visa analisar as principais características desses projetos agroecológicos de base comunitária, bem como investigar as demandas e queixas que emergem dessas associações, como realizam seu trabalho cotidiano, sua organização interna e sua tomada de decisões
Palavras-chave: agroecologia, desenvolvimento rural, migração, agricultura familiar, associativismo.
Introducción
El modelo de producción que se inaugura con la conquista de América impuso una incorporación condicionada de nuestros territorios al sistema económico mundial. Basado en el constante despojo y envío de materias primas a Europa, desde sus inicios y hasta la actualidad, la explotación de recursos naturales en territorio latinoamericano perpetúa lo que Quijano denominó la colonialidad del poder (2014), una forma de dominación que trasciende el vínculo colonial formal (post independencia) estructurando dinámicas sociales, económicas, políticas y culturales específicas en los ex territorios coloniales que se mantienen hasta nuestros días.
A esta situación de dominación histórica, desde mediados de siglo XX se añade lo que Escobar (1998) denomina “neocolonialismo”: el arribo de los programas de desarrollo al tercer mundo con el objeto de modernizar aquellas sociedades consideradas ‘tradicionales’, ‘arcaicas’ y ‘atrasadas’, aumentar su productividad con el supuesto fin de erradicar la desigualdad y la pobreza de estos países. La solución no hizo más que profundizar un modelo basado en modernización con exclusión: la conocida ´revolución verde´ fomentó la incorporación de tecnología y maquinaria agropecuaria en un contexto donde se excluyó a los sectores rurales más pequeños, (Alentejano y Mendes Pereira, 2014; Schiavoni, 1995), quienes más necesitaban de políticas públicas, obligándolos a migrar a nuevas áreas rurales o, en muchos casos, proletarizarse en el medio urbano. El territorio que estudiaremos en esta oportunidad es un fiel reflejo de las consecuencias que trajo aparejado este proceso[2].
Luego de los aires neoliberales de los años ‘90, en la década siguiente se arraiga lo que Svampa denomina Consenso de las Commodities (2013). Centrada en el alza de la demanda internacional de las materias primas, profundiza la división social del trabajo global y consolida un estilo de desarrollo neoextractivista que evidencia la posición subalterna de los países productores de estos bienes. Nuevamente se privilegia la producción de bienes primarios para la exportación sin generar valor agregado en origen, explotando intensivamente los recursos naturales sin dar lugar a la regeneración y descanso de los suelos, generando un impacto social y ambiental sin precedentes. A esto se le suma la pérdida de soberanía alimentaria de vastos sectores agrícolas, campesinos e indígenas a causa del monocultivo que promueve este modelo y la paulatina degradación de sus tierras que, a largo plazo, disminuye la productividad. Se visibilizan paulatinamente la emergencia de luchas y conflictos sociales, económicos, políticos, ambientales y culturales demostrando, cada vez con mayor fuerza, las consecuencias irremediables de este modelo.
Frente a las lógicas que propone el sistema capitalista mundial para los contextos rurales latinoamericanos, emergen formas subalternas de territorialidad ligadas a experiencias concretas donde diversos actores sociales proponen una relación de reciprocidad entre naturaleza y sociedad (Wahner y Schvartz, 2020). A pesar de corresponder a experiencias localizadas y de pequeña escala, éstas demuestran que existen otras formas de habitar este mundo. Se plantean nuevos vínculos que descansan en cosmologías ancestrales como el buen vivir o en alternativas al desarrollo rural como la agroecología (Wahner y Schvartz, 2020). Las experiencias que relevamos en esta oportunidad nos permitirán vislumbrar el carácter sistémico y multidimensional de la agroecología (Wezel et al.,2009) en tanto no sólo consiste en una técnica agrícola, o una disciplina académica sino que es un movimiento político y social.
Con el interés en llevar adelante estas relaciones de complementariedad y reciprocidad entre los seres humanos entre sí, y entre ellos y el entorno, ‘nuevas ruralidades’ (Giarraca, 2001) invaden las profundidades de nuestros territorios bregando por un cambio en los patrones de producción, comercialización y consumo y la revalorización de la agricultura de base familiar. Desde el año 2010 e intensificándose en el periodo inmediato posterior a la pandemia por Covid-19, poblaciones metropolitanas arriban a El Soberbio, una localidad situada en el centro- este de la provincia de Misiones, en el noroeste argentino, constituyéndose como espacio geográfico preferencial donde se desarrollan distintos proyectos asociativos agroecológicos. Llegan desde distintas ciudades con el afán de vivir ‘más tranquilos’ y en mayor contacto con la ‘naturaleza’ (Winikor Wagner, 2023). Son los “nuevos migrantes” -en contraposición a los viejos colonos que se asentaron en ‘la tierra colorada’[3] a fines de siglo XIX y comienzos del XX[4]- los que promueven este tipo de proyectos comunitarios. En este proceso ponen en práctica actividades con foco en ‘lo natural’ como la ‘cosmética ecológica’, la fitoterapia, medicinas alternativas, ‘nuevas espiritualidades’ que hacen uso de preparados naturales[5], la agroecología, proyectos turísticos sustentables, entre las principales.
A través de distintos estudios de caso abordados desde una perspectiva etnográfica, nuestro objetivo se centra en analizar las diversas experiencias agroecológicas de base comunitaria en sus múltiples dimensiones: su organización del trabajo, la división de roles y funciones al interior del grupo, las tomas de decisiones, sus demandas y reclamos y articulaciones con otras instituciones u organizaciones. La hipótesis de nuestro trabajo se centrará en demostrar que la articulación entre migrantes metropolitanos y productores locales en proyectos agroecológicos que se desarrollan en El Soberbio genera una complementariedad de capitales (simbólico/social de los primeros, cultural/territorial de los segundos) que permite el surgimiento de experiencias que trascienden lo estrictamente productivo. Éstas se constituyen en proyectos integrales de resistencia de la agricultura familiar, que re-significan instituciones sociales preexistentes en el ámbito rural local como el pucherón, el mutirões o la minga, y que son potenciadas con un nuevo marco discursivo. Asimismo, son utilizadas como herramientas conscientes de resistencia contrahegemónica, que permiten construir alternativas que disputen el sentido del desarrollo rural frente al modelo hegemónico del agronegocio. Estas experiencias lejos de tener un alcance transformador estructural, tienen un impacto localizado pero que implica un cambio sustancial para la vida cotidiana de sus miembros. Sin embargo, veremos que estas experiencias no están exentas de tensiones y que constantemente se revela la disputa entre reciprocidad y mercado.
Para llevar adelante este trabajo utilizamos la observación participante y las entrevistas en profundidad a distintos referentes de las organizaciones respectivas[6] como principales estrategias de recolección de datos, así como entrevistas etnográficas no dirigidas, a distintos miembros participantes de estos grupos. Asimismo, articulamos los datos obtenidos con bibliografía específica sobre la temática.
El trabajo de campo se inició en el año 2020 y continúa hasta la actualidad. Se beneficia de la residencia permanente en la localidad de quien escribe, constituyendo parte del colectivo de migrantes metropolitanos recientes[7]. Esto otorga ventajas (acercamiento al campo, permanente actualización de los datos, percepción de matices y tensiones no dichas) que deben ser acompañadas de una estricta y obligada vigilancia epistemológica (Guber, 2011).
Este trabajo se estructura en cuatro partes. En el primer apartado se describe brevemente el sitio elegido para llevar adelante nuestro estudio; en el siguiente se analizarán algunos aportes teóricos sobre las características y tendencias que adoptó el asociativismo en nuestro país. En el tercer apartado analizaremos distintas experiencias agroecológicas comunitarias desarrolladas en la zona a partir de 3 estudios de casos locales. Por último, dedicaremos un espacio para las reflexiones finales.
El lugar
Orientada en sus comienzos a la explotación forestal, más tarde denominada la “Capital Nacional de las Esencias” por el auge en el cultivo de especies aromáticas destinadas a la producción de aceites esenciales, desde fines de la década de 1970 ingresa a la zona el Complejo Agroindustrial Tabacalero. Esta actividad se convirtió en el principal cultivo de rentas de la mayoría de las familias rurales de la región del Alto Uruguay misionero, producción que continúa hasta la actualidad. En los últimos años, las cercanías a los Saltos del Moconá hicieron del turismo una actividad en creciente ascenso que llevó a cantidad de migrantes provenientes de las grandes metrópolis, emprendedores novatos, a volcarse a este incipiente sector. La localidad se caracteriza por una composición social heterogénea donde conviven comunidades originarias guaraníes, migrantes limítrofes, migrantes de origen europeo, junto a migrantes internos provenientes de las metrópolis más grandes de nuestro país.

Nuevas formas organizativas para nuevos tiempos
Distintos especialistas en organizaciones asociativas advierten que desde mediados de la década de 1990 en la Argentina se produjeron modificaciones en las clásicas formas de asociativismo que tiene en el mundo rural a las cooperativas agropecuarias como formato mayoritario. Se resaltan causas macroeconómicas relacionadas a la retracción del Estado, la apertura económica y la crisis de representatividad (Lattuada, 2014), junto con cuestiones financieras.
En este contexto, se profundiza lo que Lattuada denomina pluralismo asociativo (2014), que describe un periodo donde emergen nuevas y variadas formas de organización y asociación. Tal como observa Rodríguez “se pueden advertir variaciones en las lógicas de agrupamiento, factores que no provocan la desaparición de las entidades históricas (cooperativas), pero que favorecen la emergencia de nuevas expresiones” (2023: 125). Estas nuevas formas de asociacionismo se dan en el marco de programas de desarrollo rural orientados a mejorar las condiciones de vida de los sectores más vulnerables, tendientes a dar respuestas a las demandas y necesidades inmediatas más urgentes[9].
Esto converge con la crisis del modelo neoliberal que atravesó Argentina en el 2001 que pone a la economía social y solidaria[10] en el centro de la agenda política (Coraggio, 2020; Petz y Hindi, 2021: 171). Sobre esta base, y a través de la implementación de distintos programas[11], los trabajadores de la economía popular son incluidos por el Estado como sujeto de un nuevo paradigma de políticas sociales y que a través de la organización dieron impulso a muchos emprendimientos agroecológicos locales. El acceso a estos programas permitió sostener los niveles de subsistencia, gestar espacios de formación, capacitación e innovación que admiten vislumbrar la posibilidad no sólo de producir alimentos, sino de modificar los modos de producirlos, crear nuevos productos y promover formas alternativas de comercialización.
Esta perspectiva vino acompañada de un fuerte cuestionamiento a la visión antropocéntrica del mundo, recobrando valor el respeto por los seres vivos no humanos. Se visualiza un giro en cómo se percibe e interactúa con la naturaleza, acompañado por nuevos patrones de consumo que se materializan en formas de manejo orgánicas y/o agroecológicas; un consumidor consciente de su alimentación, interesado en producir sin generar impactos negativos en el ambiente; que valoriza el trabajo artesanal y los saberes ancestrales relacionados a la producción y elaboración de alimentos; que elige productos con valor agregado en origen a fin de incentivar el desarrollo local, o que cuestionan las pruebas de calidad en especies animales ya que presentan un enfoque multiespecie.
En consonancia con esta perspectiva, en el Alto Uruguay misionero emergen novedosas modalidades de trabajo comunitario que acompañan alguna, varias o todas estas consignas. Las mismas se desarrollan en el espacio rural y tienen asiento en la agricultura familiar, es decir, que son las unidades domésticas las que llevan a cabo el trabajo asociándose entre sí de acuerdo a diversos criterios (afinidad, proximidad).
En esta oportunidad analizaremos tres experiencias asociativas que se diferencian entre sí no sólo por el tipo de formato asociativo que despliegan, sino por cómo organizan internamente su trabajo, cómo manejan las tomas de decisiones, por las articulaciones institucionales, objetivos y las formas de vinculación entre los miembros del grupo. La primera experiencia refiere a un grupo de hecho perteneciente al Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) rama rural; la segunda a la propia comunidad educativa de una institución escolar rural; y, por último, a una cooperativa agrícola formalizada que corresponde el formato ‘clásico’ de organización. La decisión de incorporar esta última al estudio tiene como objetivo facilitar el análisis comparativo de distintos formatos asociativos en un mismo territorio.
Experiencias asociativas agroecológicas en El Soberbio
Desde hace varias décadas el espacio rural se empieza a entrever como espacio diferenciado que puede ofrecer a sus moradores históricos -pero también a poblaciones urbanas- una posibilidad de residencia, de acceso a alimentos, un medio y modo de vida alternativo (Baudel Wanderley; 2001). La revalorización de ‘lo rural’ por parte de poblaciones urbanas que quieren poner en práctica proyectos de vida alternativos ha sido acertadamente abordado por los trabajos de Noel en la costa atlántica de nuestro país (2011, 2013, 2014); de Quirós (2014, 2016, 2019) y Trimano (2017) en las sierras de Córdoba, o el de Otero et al. (2006) y González (2003) que analizan las migraciones hacia la Patagonia. Publicaciones previas analizaron este fenómeno para el caso de Misiones (Winikor Wagner, 2023).
El bajo valor de la tierra agrícola, se corrobora como variable principal por la cual poblaciones metropolitanas acceden a la misma, lo que les permite poner en práctica proyectos productivos alternativos donde la agrofloresta -que combina árboles, cultivos y cría de animales en una misma área (SOCLA, 2009: 218; Schiavoni, 2020: 187)- o la agricultura sintrópica -difundida por Ernst Götsch en Brasil- ponen a la agroecología en el centro de la escena.
Según el último Censo Nacional Agropecuario (CNA) de 2018 Misiones junto con Buenos Aires, es la segunda provincia del país con mayor cantidad de explotaciones agropecuarias (EAPs) que se dedican agricultura orgánica, biodinámica o agroecológica, luego de Jujuy (INDEC; 2018). Resultado de una larga trayectoria de luchas por parte de los productores misioneros, la existencia de una serie de políticas públicas en consonancia con la Ley de Fomento a la Producción Agroecológica (Nro. 68/2016), convirtieron a Misiones en terreno fértil para la multiplicación de proyectos de tales características.
En las tres experiencias aquí analizadas (ver Imagen 2), la idea de emprender un proyecto de tinte comunitario y agroecológico se gesta por iniciativa de los migrantes metropolitanos recientes con el objetivo de “incidir dentro de nuestras realidades” (C.D., 39 años, oriundo de CABA, referente Grupo Unido MTE, El Soberbio, 2024). Mientras los productores locales[12] se incorporan en una etapa posterior, una vez que comprueban los beneficios de este tipo de manejo y el poder del trabajo asociativo. ‘Foráneos’ y locales trabajan de forma conjunta en cada una de estas experiencias, aunque, como veremos más adelante, presenten roles y funciones diferenciales.
Estas propuestas no solo significan el acceso a ‘alimentos sanos’ para consumo de la propia unidad doméstica, sino la posibilidad de vender los excedentes y obtener mayores ingresos con el fin de sortear las condiciones cambiantes del mercado. Asimismo, se constituye en una estrategia para que los productores locales que se orientan a la producción tabacalera y que vivieron el proceso de desplazamiento de las producciones tradicionales consecuencia del monocultivo de tabaco puedan cumplir su anhelo de retornar a la autonomía que tenían tiempo atrás, y que implicó mayor dependencia del mercado y socavamiento de la soberanía alimentaria. En síntesis, se convierte en una forma de revertir en cierto grado el impacto social, cultural y ambiental que el Complejo Agroindustrial Tabacalero (CAIT) ha generado en la zona (Diez, 2017; Baranger, 2007).

A continuación, profundizaremos sobre cada una de ellas.
Grupo Unido- Movimiento de Trabajadores Excluidos
Grupo Unido constituye un grupo de hecho (es decir, sin personería jurídica), con base territorial en Paraje San Ignacio, que forma parte del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) de Misiones. Inicia su trabajo en El Soberbio en el año 2021[13] continuando hasta la actualidad. Está compuesto por 39 miembros en la localidad distribuidos en 9 unidades productivas. Cuentan con una biofábrica donde producen sus propios bio insumos; un grupo de producción avícola llevado adelante por mujeres; dos unidades productivas en comunidades mbya guaraníes y varias huertas comunitarias donde trabajan articuladamente productores locales y migrantes[14].
La necesidad de incidir en la comunidad de destino y la convicción de que al sistema hay que combatirlo desde el primer eslabón de su cadena es lo que lleva a generar espacios de discusión y encuentros entre los migrantes recientes que derivan en la conformación de un grupo de trabajo con asiento en la proximidad residencial y la familia. De este modo comienzan a articular con aquellos productores locales vecinos. La organización territorial les permitió acceder a distintos programas de desarrollo rural[15].
Cada unidad productiva tiene autarquía, por lo que decide qué tareas realizar, cómo y cuándo llevarlas a cabo internamente. En el trabajo que compete a la biofábrica se convoca a todas las unidades productivas, organizando pucherones[16] y se trabaja conjuntamente en la preparación de bocashi, y distintos fertilizantes orgánicos y bioinsumos. En esos casos, se realiza una jornada grupal que cuenta con una comida comunitaria que se realiza con el aporte de alimentos de sus participantes (de ahí se toma el nombre de pucherón esta modalidad de trabajo colectivo). Los temas que conciernen a la totalidad del grupo se trabajan en asambleas generales, donde se convoca previamente a todos sus miembros y donde las decisiones se adoptan vía votación por mayoría simple. La modalidad de tomas de decisión mediante asamblea, evidencia la preferencia por una forma de trabajo horizontal y democrático. Sin embargo, la división de roles al interior del grupo está fuertemente diferenciada según el origen de sus miembros. Los ‘porteños’ (como nos denominan los productores locales a todos aquellos que venimos ‘de afuera’, sin importar cuál sea el lugar de origen) presentan mayores credenciales educativas y habilidades técnicas, motivo por el cual suelen orientarse a la consecución de créditos y subsidios, realización de capacitaciones, vinculaciones institucionales; mientras que los productores locales, quienes tienen mayor experiencia en la actividad agrícola, suelen orientarse a tales tareas enseñándoles a los primeros a trabajar la tierra. A pesar de estas diferencias internas, los productores locales están conformes con su posición y advierten que la continuidad de los proyectos se debe al rol que ocupan los porteños en el grupo, mientras que a estos últimos les encantaría que sean los productores quienes estén a la cabeza del proceso. Al debatir sobre las posibilidades de formalizar el grupo en una cooperativa son los locales quienes proponen que la presidencia debería estar en manos de uno de los referentes foráneos de la organización, mientras que, por el contrario, estos últimos argumentan sobre la importancia de que sean los propios productores quienes tomen la dirección de la asociación. Situaciones similares se relevan para el caso de la organización interna de Las Ponedoras.
El grupo constituyó distintas instancias de capacitación que permitieron mejorar las técnicas de manejo agroecológico y generar valor agregado a su producción (productos elaborados, alimentos diferenciales, productos innovadores). De este modo, acceden a circuitos cortos de comercialización como ferias locales, venta directa al consumidor, etc. Tal como advierten en sus redes sociales (Imagen 3) la unión hace la fuerza (Instagram Grupo Unido, https://www.instagram.com/biofabricaterritorial).

En su accionar comprobamos que los objetivos de la organización exceden lo estrictamente productivo. Al interior se constituyó un grupo de promotoras de género que se encarga de asesorar en situaciones de violencia doméstica, consumos problemáticos y acceso a derechos gracias a la articulación con el Programa de Centros de Acceso a la Justicia (CAJ) del Ministerio de Justicia, mediante el cual una vez por semana, se abría un espacio de asesoramiento legal y gratuito para quienes lo requerían[17].
Estás familias que vivimos ahí, que estamos todos conectados en este lazo productivo, que no nos hace ricos ni mucho menos; pero genera como una dinámica espacial, del territorio que para mí es la ganancia principal de toda esta experiencia. Como el vecino y la vecina ante cualquier problemática, por ejemplo, tuvimos casos de vecinas que, a partir de todo el trabajo con Grupo Unido, la asamblea y las charlas sobre la violencia de género, el consumo problemático se acercaba y teníamos también una llegada de esa familia para que el marido deje de pegarle a la señora o que la familia pueda contener a tal pibe adicto (C.D., 39 años, oriundo de CABA, referente Grupo Unido MTE, El Soberbio, 2024).
Son las relaciones sociales las que resaltan en esta experiencia, y lo que la aleja de una racionalidad estrictamente económica.
Venimos de lugares distintos, algunos nacimos en otras provincias, algunas en otros países, hablamos idiomas distintos: español, portuñol y guaraní. En esa mixtura ejercitamos la escucha de la diferencia y construimos lazos sociales de apoyo mutuo (Instagram Grupo Unido https://www.instagram.com/biofabricaterritorial/).
La agroecología de la cual nosotros hablamos es una agroecología familiar campesina e indígena, no es agroecología así nomás porque la verdad muchas experiencias o muchos modos de hacer agroecología no terminan por suplir, digámosle, no termina de dejarnos tranquilos en los términos del vínculo con el otro, vínculo con el otro humano que hace junto con vos la agroecología. Teníamos charlas del estilo…”no importa tanto qué ni cómo, sino con quién plantas” (…). Entonces es una agroecología que tiene ese principal objetivo que es social y vincular (C.D., 39 años, oriundo de CABA, referente Grupo Unido MTE, El Soberbio, 2024).
Este testimonio confirma la mirada integral del grupo centrada en hacer de los vínculos humanos relaciones de reciprocidad tendientes a afianzar lazos y construir comunidad.
Venimos de lugares distintos, algunos nacimos en otras provincias, algunas en otros países, hablamos idiomas distintos: español, portuñol y guaraní. En esa mixtura ejercitamos la escucha de la diferencia y construimos lazos sociales de apoyo mutuo (Instagram Grupo Unido https://www.instagram.com/biofabricaterritorial/).
Tal como advierte Coraggio (2009) al definir la economía social, lo fundamental no es el dinero ni la ganancia económica, sino el tipo de sociedad que se desea construir. En este caso se intenta se promueve una sociedad que descanse en pilares solidarios e inclusivos, que contemple a seres humanos y no humanos, y se tejan relaciones de complementariedad y reciprocidad con el entorno natural. Propone justamente construir una sociedad qué trascienda los límites de la crueldad y la exclusión que impone el sistema social y económico hegemónico. No tiene como fin únicamente construir lazos sociales, sino otra sociedad, más justa, solidaria y respetuosa de la (bio) diversidad.
Escuela Educación para las Primaveras
La Escuela Nro. 940 Educación para las Primaveras ubicada en Paraje San Ramón[18] tiene a la agroecología como proyecto didáctico especificado en los propios lineamientos institucionales (Cornell; 2024). Uno de ellos es la huerta y la cría de animales de granja, producción que se destina al comedor escolar. También tienen un vivero donde se producen plantines de árboles nativos y ornamentales destinados a la venta. Lo recaudado sirve para afrontar gastos de la institución.
Intentamos trabajar a través del método de proyectos utilizando el sector productivo para ir trabajando distintos contenidos áulicos con nuestros estudiantes. (…) La escuela está inserta en una comunidad que es de pequeños productores campesinos y de peones rurales. Es decir que nuestros estudiantes provienen de familias que trabajan la chacra, ya sea porque son dueños de un pequeño espacio donde producen o son peones, ¿no? Entonces cuando iniciamos el trabajo de educación agraria lo primero que hicimos es la huerta orgánica con el acompañamiento del INTA, del Programa Pro huerta, la idea era acercar a las familias a la escuela pero no acercarlas solamente para que vengan a una reunión o un trabajo de mejora edilicia sino que traigan los conocimientos que por ahí ellos tienen de generación en generación que se fueron transmitiendo (C.M., 43 años, oriundo de CABA, docente escuela Educación para las Primaveras, El Soberbio, 2024).
Esta modalidad de trabajo adopta una perspectiva de conocimiento horizontal y multidireccional donde es la propia comunidad la que transmite sus saberes locales a las nuevas generaciones (Imagen 4). El trabajo comunitario se constituye entonces como una comunidad de prácticas (Padawer, 2010), asemejándose a las formas tradicionales no escolares de transmisión del conocimiento que se desarrollan al interior de las familias agrícolas locales.

En articulación con instituciones y diversos programas de desarrollo rural, la escuela fomenta espacios productivos que se trabajan comunitariamente, y que tienen como fin que la escuela pueda autoabastecerse durante todo el año de ‘alimentos sanos’ (especialmente verdura y carne).
La huerta va al comedor escolar, los alimentos que se producen en el galpón de animales también, entonces ahí nos da un ahorro de gastos, un ahorro económico, no es solamente didáctico sino también productivo (C.M., 43 años, oriundo de CABA, docente escuela Educación para las Primaveras, El Soberbio, 2024).
De este modo se contribuye a la escuela desde lo didáctico pedagógico (aprender desde la práctica) y a la vez, desde un punto de vista económico y social. Una integrante del equipo docente nos cuenta cómo se lleva adelante ese trabajo colectivo:
Se convoca a la comunidad para distintos trabajos en particular, como por ejemplo, ahora 6to y 7mo, los papás y las mamás para acompañar la preparación de los canteros. Lo que se comercializa es, cuando hay huevos (pero ahora no hay) y las plantas del vivero. Con esa plata se le paga a R. [cocinera] y se compra comida para los animales. (R.A., 36 años, oriundo de Oberá, docente escuela Educación para las Primaveras, El Soberbio, 2024).
Desde la organización se resalta la importancia que tiene este proyecto en promover la vinculación de la escuela con el entorno y la comunidad en la que se encuentra inmersa[19]:
se fortalece la cultura del trabajo de forma cooperativa y solidaria, buscando hacer lo posible hoy para lograr un futuro sustentable, saludable, digno y en armonía con la naturaleza. Se busca desde la Escuela disminuir la pobreza y desnutrición, como así también la degradación de los recursos naturales (Cooperativa Agroecológica, Un futuro junto a la naturaleza, https://unfuturojuntoalanaturaleza.blogspot.com/ ).
En el testimonio de miembros del equipo docente se evidencia el rol que asume la escuela en generar conciencia sobre el impacto negativo y el deterioro de los suelos que significa la propagación de la producción agroindustrial en la zona:
[antes] no se tenía en cuenta la cuestión ecológica o agroecológica, el rozado, la quema, el uso de fertilizantes y venenos que hoy ya están, digamos con otra mirada…ya no se puede seguir haciendo rozados porque no hay tierra, ya no se puede seguir poniendo tanto veneno porque sabemos todos los daños que hacen a la salud, del ambiente y de la persona, entonces también desde la escuela poder acercar los nuevos conocimientos técnicos para la familia campesina, para nuestros estudiantes y para la comunidad (C.M., 43 años, oriundo de CABA, docente escuela Educación para las Primaveras, El Soberbio, 2024).
La difusión de la agroecología y los saberes nativos traspasan los límites de la comunidad educativa. La escuela desarrolla durante el año lectivo distintas actividades comunitarias tendientes a promover la transmisión de saberes locales e impulsar y fomentar la soberanía alimentaria a nivel provincial: la organización del Encuentro Regional de Semillas Nativas y Criollas (julio 2023) y la conmemoración del Día de la Mujer Rural (octubre 2024) son algunos ejemplos de este tipo de eventos.
El objetivo principal del encuentro es fortalecer las redes y los vínculos entre quienes cuidan y multiplican las semillas, revalorizando los saberes y la existencia de la agricultura familiar, pueblos originarios y la biodiversidad (El Territorio, 2023).
Este tipo de encuentros son llevados a cabo gracias al trabajo de esa misma comunidad educativa junto a la colaboración de distintos actores locales e instituciones de distintos niveles jurisdiccionales: locales (Municipalidad, INTA), provinciales (Ministerio de Cultura, Agricultura familiar), nacionales (Universidad Nacional de Misiones) y comunitarias (Movimiento Agrario Misionero, Red de Agricultura Orgánica de Misiones, Instituto Multidiversidad Popular, Colectivo Cultural) entre los principales. El evento está orientado a la participación de productores, estudiantes, organizaciones sociales y trabajadores de la cultura.
Desde los lineamientos institucionales se propone generar conciencia sobre el nuevo contexto social y ambiental que requiere de nuevas prácticas agrícolas: pasar de la lucha contra la selva (que se materializa en la agricultura de la roza-tumba-quema llevada adelante por los pioneros en los comienzos de los asentamientos) a producir en armonía con el monte.
Al ser un proyecto institucional, es la escuela y sus docentes quienes dan forma al calendario de actividades, planifican proyectos futuros, coordinan las tareas a realizar y articulan con las instituciones correspondientes, mientras las familias (en su mayoría productores locales) colaboran con fuerza de trabajo. Es en las reuniones escolares con las familias donde se debaten las necesidades emergentes constituyéndose en un verdadero “órgano consultivo”. Se resalta la importancia de conocer la voz y la opinión de la comunidad, aunque las decisiones principales sean tomadas por el equipo docente. La comunidad se muestra conforme con esta modalidad de organización. La realidad es evidente: desde la llegada de los directivos actuales (también migrantes metropolitanos) la institución pasó de ser un aula satélite a una escuela núcleo; de ser una construcción en madera con baño letrina para pasar a una escuela de material con baños instalados; de ser una escuela únicamente de nivel primario a disponer de diversos niveles educativos -actualmente cuenta con un Núcleo Educativo de Nivel Inicial (NENI) y una Educación Permanente de Jóvenes y adultos (EPJA); por último, de ser una escuela de turno simple a ser una de jornada extendida. Todo esto significó un fuerte trabajo de gestión, donde se puso en juego el capital social y político de los directivos. La comunidad educativa de la escuela está más que agradecida por todo el trabajo realizado en estos años.
Pero la gestión escolar excede por completo el plano educativo al mantener vínculos con otro tipo de actores por los cuales acceden a financiamiento externo. En este sentido, la escuela recibe fondos de distintos orígenes: desde instituciones estatales como el INTA o la Secretaría de Agricultura Familiar a través de programas y subsidios, ONGs, de padrinas y padrinos escolares, como así también de empresas privadas que realizan actividades de responsabilidad social empresaria.
Nos estuvo financiando Sagrada Madre [empresa argentina de inciensos] durante dos años, que financió más horas de huerta y jardinería, herramientas, la construcción de viveros en otras escuelas, la construcción del meliponario. Ahora nos presentamos para el proyecto del banco de proyectos de comunidades rurales y salimos seleccionados junto a la [Universidad] Multidiversidad, y también vamos a hacer biofertilizantes y cositas así, siempre algo aparece y sino bueno se hace una rifa o se vende (R.A., 36 años, oriundo de Oberá, docente escuela).
Suelen contar con varias colaboraciones económicas al mismo tiempo, lo que permite que los proyectos productivos se sostengan en el tiempo. Ante recursos escasos, es la propia comunidad la que sale a buscar fondos a través de rifas, ventas de comida y eventos comunitarios específicos. Este proyecto es un claro ejemplo de cómo la escuela puede y debe ser un espacio donde se construye conocimiento crítico y se fomenta la acción colectiva para construir una sociedad más justa y solidaria.
Cooperativa Agrícola de Producción y Consumo Monte Nativa
Monte Nativa es una cooperativa que inicia su trabajo en la localidad en el año 2012, constituyéndose como cooperativa en 2021. Es parte del movimiento Federación Rural para la Producción y el Arraigo de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP). Se orientan a la producción de verduras y frutas de estación a través del sistema de producción conocido como agrofloresta. Sus dos núcleos productivos se encuentran ubicados en Paraje Cuatro Bocas y La Barra (ambos en El Soberbio), en parcelas de dos de sus miembros fundadores.
La cooperativa surge como alternativa para acceder a nuevos mercados. Tienen un punto de venta en el centro del pueblo -al que denominan “mercado concentrador campesino”- donde los productores locales pueden dejar su producción y ampliar su alcance de venta -que hasta entonces se restringía a sus relaciones de proximidad y afinidad-. Sin embargo, es a través de la modalidad e-commerce que se despacha la mayor cantidad de pedidos a distintos puntos del país. Para ser proveedor de la cooperativa no es requisito ser miembro del grupo, por lo que está abierta a cualquier productor que lo desee “mientras sea algo que estemos necesitando” (Notas de campo, marzo 2024). Si bien esto se convierte en una oportunidad de venta para quienes no son parte de la organización, dificulta el conocimiento del origen y la trazabilidad de los productos, de vital importancia dado el destinatario principal de los productos que ofrece la cooperativa (consumidores conscientes e informados que buscan productos orgánicos y agroecológicos). En este punto se centra una diferencia sustancial en relación al trabajo asociativo de las experiencias anteriores. Mientras en las otras se trabaja ‘codo a codo’, produciendo bienes de forma colectiva, Monte Nativa se enfoca a ayudar a los productores a vender su producción -a pesar de ser una cooperativa catalogada como de producción y consumo-. Tampoco hay una política de ‘precios justos’ que fomente la solidaridad y las relaciones equitativas entre las partes por sobre el lucro y la especulación. En síntesis, la cooperativa se concentra en la reventa de productos de la agricultura familiar más que en generar ingresos dignos para los productores y alimentos seguros accesibles para los consumidores. Bajo el discurso de la economía social y solidaria reproducen la lógica y la racionalidad capitalista.
En cuanto a la organización interna, uno de los referentes afirma que
La coope la fundamos 15 y después somos como anillos. Esta C. en la parte comercial allá y yo como presidente medio coordinando y ya me fui un poco de las ventas y estoy más en la producción y en las relaciones [institucionales]…Después la otra figura central es P. que es como la que tiene más experiencia en todas estas cuestiones de trabajar con más personas… y después está la gurisada, el grupo más cercano a ella geográficamente, cerca de ella, que trabaja, que vive en 4 Bocas (B.M., 37 años, oriundo de Bs.As, Monte Nativa, El Soberbio, 2024).
La referencia a la conformación de “anillos” concéntricos remite a la forma de organización centralizada en la figura del presidente y su círculo de allegados (miembros fundadores), disminuyendo las responsabilidades y la pertenencia al grupo a medida que uno se aleja del centro. La ‘gurisada’, son soporte de mano de obra, sin incidencia real en la toma de decisiones. A pesar de tener que cumplir con las asambleas para poner en discusión los temas a tratar y llevar adelante las tomas de decisiones -como estipula su estatuto-, en los últimos años la cooperativa ha tenido serios problemas en cómo se llevan adelante estas instancias, motivo que le costó la salida de varios de sus miembros fundadores, en su mayoría de migrantes recientes, quienes defendían con mayor ímpetu la horizontalidad de la organización. Esta situación profundizó la concentración del poder en la figura del presidente. A partir de entonces, la composición del grupo se modificó sustancialmente manteniéndose la presencia de unos pocos foráneos allegados a la cúpula y “la gurisada”, nutriéndose actualmente de trabajadores eventuales (voluntarios, viajeros, hippies) que intercambian alojamiento o formación/’experiencia’ por fuerza de trabajo. Se observa entonces una participación diferencial al interior del grupo que distingue roles, tareas y funciones, y donde no todos cuentan con voz y voto. El acceso al salario social complementario (Potenciar Trabajo) es la principal estrategia de retención de miembros entre los productores locales.
La cooperativa tiene como una de sus actividades principales la difusión de la agroecología y de los Sistemas Agroforestales Sucesionales Sintrópicos (SASS)[20] a través de actividades de capacitación y cursos (algunos gratuitos, otros pagos) que se realizan en la localidad y otros puntos de la región y del país, gracias a la articulación con instituciones sociales y comunitarias. También realizan un importante trabajo en las redes sociales a través de vivos, charlas y posteos (ver Imagen 5 ).

Con una visión más productivista y economicista que las experiencias anteriores, su objetivo es “generar una alternativa de producción y consumo sustentable”. Su misión es “transformar los modelos productivos hegemónicos en opciones sostenibles en el tiempo, adoptando una agricultura regenerativa, reemplazando el monocultivo y promoviendo la diversificación de la chacra misionera, accediendo a alimentos sanos y seguros, que permitan la regeneración del suelo y preservar la biodiversidad” (Página web Monte Nativa, https://montenativa.com/ ). La educación es la forma que eligen para difundir y replicar esta técnica.
La dimensión social alcanza el reclamo por la soberanía y seguridad alimentaria, el cuidado del medio ambiente y la biodiversidad sin una orientación que trascienda lo productivo y alcance lo vincular.
Para la apertura de nuevos espacios productivos convocan a mingas y mutirões[21] donde la cooperativa ofrece el desarrollo de contenidos teórico- prácticos específicos sobre la técnica de las SASS. A cambio, los asistentes proveen de fuerza de trabajo gratuita a la organización. Esta especie de brique[22] incluye espacio para instalar carpas durante los días en que dure el evento. Las comidas suelen ser a la canasta, esto es: cada uno contribuye con algo de alimento y se realizan comidas comunitarias, complementando con los alimentos excedentes de las agroflorestas en producción. Esta forma de nominación aggiornada al contexto camufla los tan populares y conocidos voluntariados[23] ocultando el trabajo precario que alcanza en algunas circunstancias las características del trabajo esclavo (Cancino- Pérez, 2010:8). Bajo esta modalidad, reúne mano de obra temporal gratuita a cambio de ‘aprender haciendo’. En ocasiones, son los propios asistentes quienes pagan por ‘vivir la experiencia’ de trabajar la tierra la razón por la que la población urbana se inscribe en esta modalidad tan particular de intercambio.
En la tabla N° 1 se pueden observar las principales características, diferencias y semejanzas entre las experiencias relevadas.

Reflexiones finales
Las experiencias analizadas en esta oportunidad demuestran que los ‘intercambios de días’, la ‘minga’, el ‘pucherón’ o ‘mutirão’ -como cada cual le guste nombrar- son instituciones sociales preexistentes que en estas experiencias son reactivadas y re- semantizadas. Ya no son solo estrategias de supervivencia campesina, sino formas conscientes de construir economía social y solidaria, oponiendo la lógica del don y la reciprocidad desarrollada por Mauss a la lógica mercantil del agronegocio. Sin embargo, las experiencias relevadas presentan importantes diferencias entre sí. Mientras algunos bregan por hacer de la minga una fórmula para densificar el tejido social, otros la utilizan como una forma de acceder a fuerza de trabajo gratuita que se esconde bajo el discurso del bien común. Es justamente la tensión existente entre la economía solidaria y la lógica capitalista que el sistema encuentra formas de cooptar incluso las prácticas alternativas.
A través de los relatos y caracterizaciones de las distintas experiencias presentadas comprobamos que estos proyectos surgen a contramano del poder que tiene la agroindustria tabacalera en la zona. Funciona como forma de resistencia frente a una lógica depredadora del entorno que resulta funcional a la posición antropocéntica del mundo: la sociedad humana se asume como prioridad, en detrimento del ambiente y la naturaleza. Si bien no se constituyen en un contrapeso real del poder económico y político que tiene el agronegocio en la provincia, y a pesar de tener un alcance situado y localizado, permiten preservar la soberanía alimentaria de sus miembros, y con ello, resguardar una de las características principales del colono misionero: su autarquía e independencia del mercado.
Sin capacidad de transformación estructural, pero al menos con la posibilidad real de modificar algunos aspectos de las condiciones de vida características de la ruralidad, estas experiencias demuestran que existen otros modos de vincularse con el entorno, tanto humano como no humano. Cuando estas modalidades de reciprocidad descansan en relaciones de paridad y simetría, son capaces de trascender la búsqueda de beneficios económicos, y alejarse de criterios como la eficiencia y la competitividad.
También pudimos comprobar que las experiencias elegidas no están exentas de tensiones y contrapesos. Lejos de presentar estos casos como idílicos y armoniosos, se observan roces y tensiones internas que se traducen en una clara división de roles y funciones entre foráneos y locales. Los primeros aportan el capital simbólico y social para acceder a redes y financiamiento, ocupando roles de gestión, vinculación y representación, mientras que los productores locales aportan el conocimiento práctico del territorio, la fuerza de trabajo experimentada y la legitimidad de ser "quienes siempre estuvieron". El caso de Monte Nativa, donde la horizontalidad se resquebrajó, es un ejemplo clave de que estos procesos no son lineales ni exentos de conflictos.
En las otras dos experiencias se puede observar con claridad la multidimensionalidad que encierra el fenómeno de la agroecología y cómo trasciende lo estrictamente productivo. La mención al grupo de promotoras de género dentro de Grupo Unido- MTE es un indicador de que la "agroecología con perspectiva de género" es una práctica real, hecho que se propone una doble resistencia: al modelo agroindustrial y al patriarcado que también estructura fuertemente la vida rural.
A su vez, la experiencia de la Escuela Educación para las Primaveras también resulta paradigmática. La escuela deja de ser un aparato de disciplinamiento estatal para transformarse en un espacio de producción y reproducción de contra-hegemonía. En ella, sobran los ejemplos donde se invierte la jerarquía del saber: el conocimiento técnico de instituciones como INTA y otros actores se ponen en diálogo con los saberes nativos, constituyendo una epistemología horizontal. Este caso demuestra que la agroecología es también un proyecto pedagógico que busca formar subjetividades diferentes en las nuevas generaciones.
El trabajo de campo abrió nuevas líneas de indagación, que por cuestiones de espacio no podrán ser analizadas en esta oportunidad pero que requieren de nuestra atención. Las experiencias expuestas nos permitieron evidenciar la presencia de cosmovisiones contradictorias en torno a los imaginarios sobre la ‘naturaleza’ entre productores locales y migrantes recientes. Para los primeros, la selva fue (y tal vez aún lo siga siendo), algo a dominar para sobrevivir; mientras que para los segundos un espacio a preservar. ¿Cómo se trabaja bajo estas dos lógicas contrapuestas? ¿Cómo se construye un terreno común? Estas tensiones serán atendidas en futuras líneas de trabajo.
Las experiencias que abordamos en esta oportunidad nos permiten afirmar que en el centro- este de Misiones, la agricultura familiar convive con modos de producción agroindustrial. Si bien los modelos de desarrollo hegemónicos y los proyectos alternativos emergentes constituyen proyectos civilizatorios contrapuestos (Wahren y Schvartz, 2020), demostramos que no por ello se encuentran imposibilitados de coexistir en un mismo tiempo histórico. Los datos empíricos así lo demuestran: es el espacio rural donde la agroindustria tabacalera lleva décadas de desarrollo y de hecho donde más fuertemente se ha arraigado, donde se evidencian con mayor intensidad sus grietas y signos de agotamiento.
Con sus diferencias y similitudes, con sus formas de trabajo y organización, con sus prioridades, limitaciones y consignas, cada una de estas experiencias proponen una nueva forma de vinculación con el entorno que tienen como fin trascender las formas hegemónicas de habitar en el mundo, donde se otorga un lugar predominante a la naturaleza, donde la técnica se encuentra en sintonización con el ambiente, los seres humanos y las especies no humanas. Estas experiencias activan estrategias de producción sostenibles, con menor impacto para el ambiente y la salud.
La agroecología se constituye en un intento de revincular la economía con la sociedad, reflejando lo que ya ha anticipado Karl Polanyi en La gran transformación (2007): que el sistema económico es un proceso institucionalizado, arraigado a la vida social, donde son los hombres y las mujeres quienes dan forma a la producción y comercialización de bienes, anteponiendo los valores que consideren relevantes. Es a través de este trabajo queda demostrado que el espacio rural es resignificado, y es donde se engendra un futuro de resistencia posible.
Agradecimientos
A todos aquellos que permitieron hacer posible este artículo, abriéndome las puertas de sus casas, sus chacras y espacios colectivos para conocer las distintas experiencias aquí relevadas. A la universidad pública que me permitió estudiar en contextos adversos. A quienes creen que la ciencia pública es un beneficio para toda la sociedad.
Referencias
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Notas

