

Gabriel Carrasco visita Asunción. Representaciones del pasado y del presente paraguayo en las cartas de un estadístico argentino (1888)
Revista Estudios Paraguayos
Universidad Católica "Nuestra Señora de la Asunción", Paraguay
ISSN: 0251-2483
ISSN-e: 2520-9914
Periodicidad: Semestral
vol. 38, núm. 2, 2020
Resumen: La década de 1880 significó en las naciones del Cono Sur un esfuerzo censal y de inventariado y recolección de objetos, cuyos resultados fueron mostrados en las Exposiciones universales de Barcelona y París. Con relación a ese fin, el experto estadístico Gabriel Carrasco viajó en 1888 por los territorios del noreste argentino, y llegó a Paraguay. Las observaciones que realizó durante su recorrida fueron puestas por escrito en forma de cartas, en las que vertió una serie de imágenes y representaciones sobre el pasado y el presente paraguayo. Este artículo se ocupa de estudiarlas, valiéndose de sus Cartas de viaje como fuentes principales para el análisis. El objetivo es contribuir a explicitar los vínculos entre saberes expertos, observación de la realidad, historia y memoria, y resaltar el carácter performativo y programático presente en el discurso de este estadístico decimonónico.
Palabras clave: Escritura epistolar, relatos de viajes, estadística y demografía, expertos del Estado, historia y memoria.
Abstract: In the nations of the Southern Cone, the 1880s meant a census effort and inventories and collection of objects, the results of which were shown at the Universal Exhibitions at Barcelona and Paris. In relation to this, the statistical expert Gabriel Carrasco traveled in 1888 through the territories of northeast Argentina and arrived in Paraguay. The observations he made during his tour were put in writing in the form of letters, in which he poured a series of images and representations of the Paraguayan past and present. This article deals with studying them, using his Cartas de viaje as the main sources for analysis. The objective is to contribute to making explicit the links between expert knowledge, observation of reality, history and memory, and to highlight the performative and programmatic character present in the discourse of this nineteenth-century statistician.
Keywords: Letter writing, travel stories, statistics and demography, State experts, history and memory.
GABRIEL CARRASCO VISITA ASUNCIÓN. REPRESENTACIONES DEL PASADO Y DEL PRESENTE PARAGUAYO EN LAS CARTAS DE UN ESTADÍSTICO ARGENTINO (1888)
1. Introducción
Durante la década del ochenta del siglo XIX, las naciones del Cono Sur -y la Argentina y el Paraguay, en particular- realizaron importantes esfuerzos censales y de inventariado y recolección de objetos, cuyos resultados fueron lucidos con fines propagandísticos en las Exposiciones Universales de Barcelona (1888) y París (1889). Por el lado de Paraguay, esos esfuerzos quedaron registrados en el censo levantado en 1886 por José Jacquet para la Oficina General de Estadística, que aportó los datos de población de ochenta y tres localidades, y que fue traducido al francés[2], y en el Catálogo de objetos para exhibir en Barcelona.[3] Del lado de Argentina, en 1886 se constituyó la Comisión Directiva Argentina de la Exposición Universal de París, y se organizó un Censo de Agricultura y Ganadería, con el objetivo de mostrar el potencial productivo de la república. Grandes erogaciones del gobierno del presidente Miguel Juárez Celman permitieron montar un imponente Pabellón Argentino en la ciudad de las Luces, en el que se exhibieron objetos e imágenes alusivas a los alimentos y recursos naturales del país, desde carne refrigerada hasta minerales, cereales y cueros, pero también una maqueta de la nueva ciudad de La Plata y grandes fotografías de las escuelas públicas levantadas por el Consejo Nacional de Educación, como una muestra del progreso urbanístico y arquitectónico logrado por la Argentina en el proceso de su modernización.[4] La Argentina agroexportadora de la generación del ochenta se mostraba al mundo, con la idea de atraer capitales e inmigrantes, y para ello las cifras censales fueron valoradas como datos exactos y fidedignos, de contundente fuerza proselitista. Benedict Anderson se ha ocupado de mostrar hasta qué punto el censo fue una institución del poder que, en su afán clasificador y cuantificador, sirvió a los Estados para imaginarse y para imaginar identidades. Sobre la base de esos mapas imaginados, los nuevos Estados organizaron sus burocracias educativas, jurídicas, de salubridad, de policía y de inmigración. (Anderson, 1993: pp. 228-238)
Un elenco reducido de prestigiosos especialistas fue el que se ocupó durante esos años de llevar adelante el relevamiento y confección de las estadísticas censales en Argentina, en la que Hernán Otero ha denominado “edad del entusiasmo” censal de fines del siglo XIX (Otero, 2006: pp. 217-218).[5] Entre ellos, por su trabajo serio, el reconocimiento que obtuvieron por su labor y la estabilidad en el desempeño de sus funciones, se destacan Diego G. De la Fuente, Alberto B. Martínez, Emilio Lahitte, Francisco Latzina y Gabriel Carrasco. Es a este último al que el presente artículo aborda a través de un ángulo particular: las cartas que escribió Carrasco en situación de viaje, en la recorrida que emprendió durante el año 1888 por la región nordeste del país y que lo llevó hasta Paraguay, a raíz de su designación como Comisario General de la investigación Agrícola por parte de la Comisión Argentina cooperadora de la Exposición de París.
Con el encargo de proveer a la organización del Censo de Agricultura y Ganadería de la República, Gabriel Carrasco realizó en 1888 una gira de conocimiento y exploración por parajes remotos y agrestes, que se encontraban en pleno proceso de transformación debido, en algunos de los casos, a su reciente incorporación al modelo civilizatorio puesto en marcha desde el estado nacional, campañas contra el indígena mediante. Las impresiones y relatos que le suscitaron los lugares visitados, dados a conocer con el entusiasmo y al ritmo del recorrido, a través del diario La Prensa, fueron reunidos y publicados al año siguiente en un libro titulado Cartas de viaje por el Paraguay, los territorios nacionales del Chaco, Formosa y Misiones y las provincias de Corrientes y Entre Ríos (Carrasco, 1889).
En otra oportunidad, hemos indagado la idea de región litoral que consiguió construir discursivamente Carrasco, al correr de esas Cartas (Micheletti, 2016). En esta ocasión, lo que interesa es profundizar, a partir de la caracterización de Carrasco en la categoría de experto, en la mirada que el estadístico viajero ofrece sobre el Paraguay, y en las representaciones que elabora sobre el pasado y el presente del país vecino, con el objetivo, a la vez, de identificar en su texto algunas características propias del discurso estadístico decimonónico.
2. Viajes, cartas y saberes expertos
Hacia 1888, el viajero, el escritor y el estadístico se solapan en un treintañero Gabriel Carrasco (1854-1908), que no obstante su juventud, y desde hace ya unos años, se viene destacando y adquiriendo fama por su dedicación a los estudios demográficos.
En un país en el que la ciencia demográfica se estaba consolidando de forma paralela y en trabazón con la organización del Estado y el ideal de progreso, la configuración de un sistema estadístico nacional se fue dando de manera lenta y no exenta de contratiempos. Esos contratiempos, producto de las vicisitudes políticas de esas décadas, no llegan a oscurecer el monumental trabajo realizado por los estadísticos argentinos decimonónicos. Tal como ha referido Otero, “independientemente de sus simplificaciones, prejuicios y equivocaciones científicas [...] los estadísticos liberales pusieron en funcionamiento una formidable maquinaria de autopercepción de la sociedad y de la nación, guiados por la convicción de que esa misma percepción constituía un elemento esencial para la solución de los problemas que las aquejaban.” (Otero, 2006: pp. 57-58)
Esos estadísticos, funcionarios del Estado argentino y/ o de los estados provinciales, forman parte de la categoría de los “intelectuales y expertos” (Neiburg, Plotkin, 2004) que contribuyeron a constituir el conocimiento social en la Argentina.
Entre esos intelectuales y expertos –o intelectuales-expertos, fórmula a la que apelamos con ánimo de reforzar la idea de ligazón y circulación de actores entre ámbitos estatales de acción y espacios de construcción de conocimiento y de ideas- ubicamos a Gabriel Carrasco, un abogado, historiador y estadístico nacido en 1854 en Rosario, la ciudad de la provincia de Santa Fe y del Litoral argentino de mayor y más asombroso crecimiento demográfico y económico durante la segunda mitad del siglo XIX. Su saber científico, influenciado por el pensamiento positivista, se erige sobre la base de algunos presupuestos fundamentales: una confianza ingenua en el progreso indefinido, la importancia de la historia para el conocimiento de los pueblos, cierto determinismo geográfico como causa explicativa del devenir histórico, y la convicción de que los números, los cálculos estadísticos y el saber demográfico tienen una incidencia directa sobre la transformación y mejora de la sociedad. A ello, probablemente influenciado por el contexto en el que le toca actuar y al que se ocupa de estudiar, hay que sumarle una fe ciega en la máxima de Juan Bautista Alberdi –“el autor de la Constitución Nacional”, al decir de Carrasco- de que “gobernar, es poblar”. Tal como sostiene el rosarino en uno de sus textos censales:
Todos los adelantos y sorprendentes progresos que de treinta años a esta parte ha hecho la República entera, y especialmente la provincia de Santa Fe pueden sintetizarse, resumiendo su causa en una sola palabra: la inmigración. […]
Puede decirse con exactitud, que el progreso de nuestro país está en razón directa del número de inmigrantes que recibe.[6]
Buena parte de su experticia, Gabriel Carrasco la consigue viajando. Viajes que se inician de niño, acompañando a su padre Eudoro -librero, periodista y concejal de la ciudad de Rosario-, y cuyo recuerdo Gabriel evoca en sus Cartas y en posteriores escritos. Ya por entonces, navega por el río Paraná, en una lenta y anticuada goleta. Es también en el entorno familiar, bajo el amparo de la Imprenta de su padre, que Gabriel inicia sus contactos con el mundo de la política y se introduce en el universo de las letras y de las ciencias. Más tarde, en 1879, se recibe de abogado, y comienza a especializarse en los estudios geográficos y estadísticos.
A partir de la publicación de la Guía Civil y Comercial de la Ciudad de Rosario (1876)[7] y de Datos estadísticos de la provincia de Santa Fe (1881)[8], Carrasco se fue consolidando en esta provincia como un experto para la confección y el análisis de datos poblacionales cuantitativos. (Ensinck, 1963; Frutos de Prieto, 1984) Su Descripción geográfica y estadística de la provincia de Santa Fe, destinada a ser presentada en la exposición continental de Buenos Aires de 1882, fue reeditada en 1884 y en 1886, y aportó datos importantes sobre la geografía física y humana de la provincia.[9] Probablemente fue la realización de esta obra y el reconocimiento de su valor por parte del gobierno de Santa Fe, lo que le valió ser designado, primero, comisario general y, luego, director del primer censo provincial de 1887.[10] La ejecución de este estuvo acompañada por un Censo de Escuelas[11], también dirigido por Carrasco, que posibilitó una toma de conciencia sobre el estado de la educación en la provincia y coadyuvó a la organización de su sistema educativo. La confección del censo supuso para su director la realización de una serie de viajes a lo largo y ancho de la provincia, y le permitió publicar, además, La provincia de Santa Fe. Revista de su estado actual y de los progresos realizados durante el año 1887 (1888).[12] Con esos antecedentes en su haber, tuvo lugar la designación de Carrasco para la elaboración del Censo Agrícola Nacional.[13]
En cumplimiento de sus nuevas funciones, Gabriel Carrasco realizó durante 1888 dos viajes por la región noreste o litoral del país, que le suscitaron una serie de impresiones que quedaron plasmadas en sus Cartas de viaje, analizadas en este artículo (Carrasco, 1889). Al año siguiente, y como continuación de las tareas censales a las que estaba abocado, sus responsabilidades lo llevarían a realizar un nuevo periplo, a través de un itinerario por las provincias de Buenos Aires y Mendoza, y por Chile, para culminar en Europa, en donde representaría a la Argentina en la Exposición de París. Por ello, aquellas primeras Cartas se completan con una nueva serie de Cartas de Viaje.[14] (Carrasco, 1890)
La obra dedicada a la región litoral consiste en un conjunto de 37 cartas, de acotada extensión (en general, no superan las diez páginas, y algunas tienen sólo cuatro). Fueron redactadas, en primera instancia, para el diario La Prensa de Buenos Aires, propiciadas por el vínculo con Don Adolfo Dávila, redactor de ese periódico y presidente de la Comisión del Censo Agrícola y, gracias a quien, pudo realizar su viaje Carrasco. Las cartas, además, fueron reproducidas in extenso por El Mensajero del Rosario, y fragmentariamente por diversos periódicos del país y del extranjero. Al año siguiente, aparecían compiladas en formato de libro.
El reconocimiento del terreno se concretó a través de dos viajes: el primero, de 37 días, entre junio y julio de 1888, y el segundo, con una duración de 25 días, en octubre de ese mismo año. En el primero, Carrasco visitó las poblaciones de La Paz (Entre Ríos), Goya (Corrientes), Corrientes, Resistencia (Territorio del Chaco), Formosa, Asunción (Paraguay), Puerto la Patria (Formosa), Paso de la Patria (Corrientes), Ituzaingó (Corrientes), Posadas (Misiones), Posta del Playadito (Corrientes), Santo Tomé (Corrientes), Monte Caseros (Corrientes) y Concordia (Entre Ríos). Recorrió durante esos días “más de ochocientas leguas, navegando en cinco ríos, a bordo de diez vapores diversos, y dos ferrocarriles, sin contar una mensajería y muchos caballos” (Carrasco, 1889: 213). En el segundo viaje, que tuvo lugar durante el mes de octubre, retornó a algunos de los parajes ya visitados, para controlar de qué manera avanzaban los trabajos censales; fue a Corrientes, las colonias Las Palmas, General Vedia y San Carlos (Chaco), Resistencia (Chaco), Formosa y la colonia Aquino (Formosa).
Aunque Carrasco realizó sus viajes en función oficial, y las alusiones a dirigentes y hombres de la elite política con los que interactúa son frecuentes, en sus cartas no brinda demasiados detalles de las actividades concretas que llevó a cabo en relación con la organización del censo, y es recién en las cartas del mes de octubre en las que se aviene a incluir algunos de los datos que se van recolectando. (Carrasco, 1889: pp. 295 y ss.). Se detiene, en cambio, en la narración del periplo y en las impresiones y sensaciones que experimenta en su rol de viajero -casi turista-, entusiasmado con los paisajes y realidades que descubre a su paso.[15] La línea fronteriza entre lo público y lo privado se hace casi imperceptible en las Cartas, que Gabriel escribe con gran espontaneidad, por momentos al parecer olvidado de su rol de funcionario del Estado, y revelando detalles intimistas. El género epistolar elegido facilita esos desplazamientos. La hibridez del género es explotada aún más, debido a que las cartas, circunscriptas en general al ámbito de lo privado, en este caso son desde el momento mismo de su escritura, pensadas para ser leídas por públicos amplios, a través de la prensa. Tal como ha señalado Cécile Dauphin, “lo epistolar” es “un lugar de encuentro entre lo social y el fuero interno, entre los códigos y los modos de apropiación, entre lo privado y lo político.”[16] (Dauphin, 2013/2014: p. 10)
Son varios los pasajes en que Carrasco subraya su condición de viajero, tal como lo hace al inicio de la primera carta:
¡Otra vez en viaje!
Parece que tal fuera mi destino.
Después de haber recorrido durante siete meses la provincia de Santa Fe, hoy mi buena suerte me depara el conocimiento del litoral Argentino.
Corrientes, Resistencia, Formosa, Posadas, el Paraguay y el alto Paraná son mi itinerario.
Preparo mi breve equipaje de turista: planos y mapas, libros y papel, forman su base esencial: lo demás, se encuentra en ruta o se prescinde de ello. (Carrasco, 1889: p. 7)
Los preparativos son los del viajero experto, que prioriza los materiales de estudio, por sobre los objetos para el confort personal. La imagen del viajero se va reforzando en las sucesivas cartas: “En mi calidad de turista y de observador, he procurado hablar con todos, para formarme así una idea exacta del modo de pensar de esta población.” (Carrasco, 1889: p. 52) Destaca, además, sus cualidades como observador: “Mientras los demás se divertían, yo inspeccionaba...” (Carrasco, 1889: p. 248) Su formación especial, y su experiencia debido a las anteriores tareas censales, le han ganado una mirada más aguda y fundamentada sobre los espacios que recorre, que la de sus eventuales compañeros de viaje. Por ello, en diversas ocasiones, se presenta como un hombre preocupado por develar las “incógnitas geográficas y problemas estadísticos” que la naturaleza de esos parajes encierra. (Carrasco, 1889: p. 14)
El viajero distinguido, agente del Estado y hombre de elite, se adapta en situación de viaje, a las circunstancias y a la precariedad de la infraestructura del espacio que recorre. Por ejemplo, aclara que tiene el “estómago de viajero, que en ciertos momentos embaula con igual fruición un menú de la Rotisserie Florida, que una omelette de charqui, de vizcacha, o de carpincho […]” (Carrasco, 1889: p. 64) Y se desenvuelve con las licencias propias de su condición de viajante: “Aún sin ser invitado, con el derecho que casi siempre se toma el forastero para concurrir a todas partes y no teniendo más que mi modesto traje de viajero, acudí a la casa de Gobierno [...]” (Carrasco, 1889: p. 127) Estas afirmaciones nos muestran a un Gabriel Carrasco muy cómodo con el rol asumido, y con voluntad de autoafirmarse en una condición que parece venirle marcada por el “destino”:
Durante los años de mi infancia y de mi juventud, colocado detrás del mostrador de la librería de mi padre, leía con avidez las relaciones de viaje y enclavado en el pupitre paseaba mi imaginación fantástica por el mundo entero, envidiando a los que, más felices que yo, podían recorrer todos los países, contemplar las maravillas de diversas y contrapuestas civilizaciones, estudiar las costumbres de otros pueblos, de otros hombres y de otras razas, para encantar después con sus descripciones a los que como yo perdidos en una aldea de un rincón de América, envidiábamos aquella vida de excursiones y de aventuras.
Después pude yo también, rasgando el cascaron de mi albergue, extender mi vista hacia otros horizontes; escribí, empecé a viajar, y ahora solo tengo mi casa como puerto de descanso, como nido donde reposarme de las continuas excursiones a que mi vocación me lleva. (Carrasco, 1889: pp. 8-9)
Completamente asumida, la vocación del viajero experto coloca a nuestro hombre en una situación de excepcionalidad, al constituirse en especialista, portador de un conocimiento único, que sólo él posee, pero que pone al servicio del Estado:
Mis aspiraciones de la infancia están realizadas. Hoy, al embarcarme en el “Olimpo” voy a recorrer otras provincias, a completar una parte de mis estudios sobre la geografía de mi patria; a conocer las bellezas que la naturaleza ha escondido a la mayoría de los hombres, colocándolas hacia el centro de un país hasta ayer desconocido; y quizá a ser útil, útil como deseo serlo, para rendir el tributo que el nombre de argentino impone a todos sus hijos. (Carrasco, 1889: p. 9)
Es cierto que ya algunos viajeros y naturalistas extranjeros le han precedido en la recorrida de esos territorios, con fines científicos o aventureros. Carrasco se ubica tras la senda de Félix de Azara, de Alcide D'Orbigny, de los hermanos John y William Parish Robertson, de Amadeo Bompland y de Alejo Peyret (a estos dos últimos, los menciona de manera explícita en sus cartas), quienes durante los siglos XVIII y XIX recorrieron la región, describiendo sus riquezas naturales. (Quiñonez, 2007: p. 38, y Montenegro, 2013) En el caso de Carrasco, el fin científico que aquellos poseían se articula y supedita a un claro objetivo patriótico, y se construye la imagen del funcionario que desea serle útil al Estado Argentino.
En este rol, se ve la preocupación del funcionario por dejar consignadas a aquellas personas que le facilitan sus tareas o que comparten su pensamiento progresista; ello también le permite mostrarse a sí mismo inserto en los círculos de la elite gobernante. Entre esos hombres progresistas, menciona al gobernador de Corrientes, Juan Ramón Vidal, y al diputado Juan Balestra, al ministro Eduardo Wilde y a Ramón Cárcano, y al Inspector Nacional de escuelas José Benjamín Zubiaur, entre otros. También refiere a aquellos que conforman, junto con él, el reducido grupo de estadísticos al servicio del Estado argentino, como Francisco Latzina. Hace conocer -en esa simbiosis del intelectual con el experto- su vinculación a espacios de sociabilidad académica, como el Instituto Geográfico Argentino y el Colegio Nacional de Rosario, a los que utilizó como tribuna (Carrasco, 1889: pp. 19 y 22).
Para registrar sus primeras impresiones sobre los territorios aún poco conocidos que recorre, es el género epistolar, tal como se ha indicado, el que le sale al cruce a Carrasco. Ya llegará con posterioridad, en el cómodo estudio o en la oficina, el momento de analizar las cifras y de elaborar prolijos informes: “No se pida en mis cartas de viaje, que con la presente empiezo, la meditación del que escribe en su bufete, ni la lógica del que desarrolla una tesis. Rápidos como las impresiones recibidas; fugaces, a veces, como ellas, serán mis pensamientos […]” (Carrasco, 1889: p. 15) Redactadas al vuelo, las cartas son escrituras ligeras, anecdóticas, amenas, que pueden interrumpirse y continuarse sin dificultad, y que pueden servir para hilvanar distintas reflexiones y recuerdos, sin más hilo conductor que la propia situación de viaje. Además, facilitan la publicación por entregas, necesaria para la difusión a través de la prensa. Se trata del mismo género elegido por Mr. Peyret (Alejo Peyret) -a quien Carrasco alude como modelo (Carrasco, 1889: p. 5)-, en “sus interesantes Cartas sobre Misiones” (1881). También los hermanos Parish Robertson, a principios del siglo XIX, habían escrito en forma de cartas sobre los territorios que describiría Carrasco al finalizar la centuria (Parish Robertson, 1950). Por su parte, aunque desde otras latitudes, Domingo F. Sarmiento había plasmado en cartas sus Viajes en Europa, África y América, 1845-1847 (1849 y 1851, 2 vols.). Estos y otros ejemplos sirven para mostrar que el género epistolar contaba ya en el país con una importante tradición vinculada a la literatura de viajes, al momento de preferirlo Carrasco. Tal como ha sido apuntado:
[…] no es casual que el relato de viajes haya incorporado la retórica epistolar. La carta, en su juego de distancias, propone la solución de la discontinuidad: llena un vacío. Sin embargo, la experiencia del lugar de origen, el pasado, el destinatario que allá permanece, constituyen el marco de referencia. A partir de esa experiencia previa el otro mundo adquiere sentido, se convierte en materia interpretable, sujeta a la jerarquización que la comparación impone. (Ramos, 1996: p. 73)
La comparación es una clara habilidad del estadístico. Cuando Gabriel Carrasco emprende su viaje por la región litoral, lleva frescos en su mente los datos de la importante operación censal recién concluida en la provincia de Santa Fe. No es de extrañar que las relaciones surjan a cada momento, entre esa provincia, modelo del desarrollo agrícola, y las tierras casi vírgenes que recorre. He ahí también, una explicación del porqué de las Cartas: “impulsar estos progresos; hacer que ellos se verifiquen en el menor tiempo posible, he ahí la gran tarea de los escritores argentinos” (Carrasco, 1889: p. 56). Carrasco siente como un mandato, la premura de hacer conocer esas tierras. Por eso escribe, “robando horas al descanso del viajero” (Carrasco, 1889: pp. 218-219), e insta a la prensa a reproducir sus cartas: “llamo especialmente la atención de cuantos lean esta carta, pidiendo a toda la prensa argentina que la reproduzca, como un medio de fomentar una importante industria.” (Carrasco, 1889: p. 181) Por ello, más allá de su estilo literario, epistolar y ligero, y de la casi ausencia en ellas de cifras, las Cartas apuntan en la misma dirección del censo, y significan el mismo compromiso del intelectual-experto hacia el Estado.
Se percibe muy fuerte la convicción sobre la utilidad del propio trabajo, y la potencialidad del cambio que el saber demográfico conlleva. El producto de ese trabajo, el texto censal, parece encerrar en sí mismo, la llave del progreso. En ese sentido, a la vez que refleja una realidad o estado de cosas, el censo es performativo del futuro que se proyecta.[17] El discurso de las Cartas se vuelve programático, en tanto busca hacer realidad un proyecto de Estado. Carrasco confía en que el Censo Agrícola y Ganadero en el que trabaja, y cuyos resultados serán difundidos en la Exposición de París, “revelará a la Europa asombrada las enormes riquezas ganaderas que contiene nuestro país, de las que jamás se había levantado un inventario”. La relación entre conocimiento y progreso se concibe directa: “nuestro país, inmenso, rico, pero despoblado, necesita anticipar el tiempo de su población, facilitando a la Europa, rehenchida de habitantes, el conocimiento de sus espléndidas condiciones físicas, económicas y sociales.” (Carrasco, 1889: pp. 217-218) La idea positivista del progreso recorre toda la trama de las Cartas.
La demografía es la clave interpretativa de Gabriel Carrasco. Por ello, el ideal alberdiano -“¡Población! ¡Población y capitales, es lo único que falta en esta tierra!” (Carrasco, 1889: p. 160)- se explica en función de los análisis censales: “Estamos, no hay que olvidarlo, en una de las regiones más despobladas de todo nuestro planeta. La República Argentina y el Paraguay tienen igual población específica que la Siberia, el desierto helado del Asia” (Carrasco, 1889: p. 121), tal es la dramática escasez de habitantes.[18] El propósito de subvertir esa situación, de hacer conocer esas tierras marginales y despobladas, se hace escritura en las Cartas.
3. El río Paraguay. Guerra y porvenir
Las reflexiones que elabora Gabriel Carrasco en su recorrida por la región litoral se fundamentan en dos constataciones principales: las extraordinarias bellezas y recursos que esos territorios encierran, y el desconocimiento que existe sobre ellos, y que les impide prosperar como debieran. En su afán propagandístico sobre la región, se esfuerza por demostrar la existencia de incipientes espacios de sociabilidad en algunos de esos territorios recientemente poblados, como lo es el Chaco ganado a los aborígenes, de modo de quitarle a la región la imagen de espacio salvaje, y reemplazarla por la de un ámbito en vías de civilizarse y civilizable, que la haga más atractiva a la colonización y a la radicación de habitantes. El Censo Agrícola a ser presentado en París, debe actuar como motor para la atracción de inmigrantes.
En función del Censo que se encuentra en ejecución, Carrasco presta especial atención a las materias primas y productos de la región del Chaco, resaltando la producción de maderas y destiladeros de alcoholes en la zona de Resistencia, el astillero y el ingenio de azúcar. Desde allí sigue para Formosa y, con algunos días disponibles, decide emplearlos en la visita de Asunción, ciudad hacia la que parte a bordo del vapor San Martín el día 30 de junio de 1888. La travesía por el río sirve de preparación para ir al encuentro y al conocimiento del país vecino, y actúa como zona fronteriza, espacio de unión y, a la vez, línea de separación y de contrastes que, con orgullo patriótico, el funcionario del Estado argentino se ocupará de advertir y hacer notar.
Las imágenes del río Paraguay exaltan sus bellezas naturales, mientras se navega entre las elevadas márgenes “siempre cubiertas de una vegetación exuberante”: “árboles elevados, palmeras bellísimas, toda la flora de las regiones tropicales se desarrolla ante la vista del viajero”. La mentalidad científica y progresista de Carrasco busca nuevos recursos económicos para el desarrollo de la región. Su mirada se detiene en los yacarés, cuyas cantidades “son enormes”: “¿No habría alguna manera de utilizar industrialmente esos animales? Recuerdo haber visto carteras cuyo cuero imitaba el de los yacarés. Es seguro que si pudieran utilizarse estos animales, por su cuero o por su grasa, podrían dar origen o una explotación que en grande escala, constituiría una riqueza para los ribereños, pues, lo repito, abundan extraordinariamente.” (Carrasco, 1889: p. 75) Las descripciones son majestuosas: “Quien no ha visto estas selvas, no puede formarse una idea de su espesura y grandiosidad.” Toda clase de árboles, desde elegantes palmeras, hasta los algarrobos, lapachos y quebrachos, constituyen la extraordinaria riqueza maderera del lugar. (Carrasco, 1889: p. 104) Otro ramo de la producción que se detiene a considerar Carrasco es el de las naranjas que se embarcan por el puerto de San Antonio; con asombro observa que son las mujeres en largas hileras las que las transportan hasta el barco en enormes cestas que llevan sobre sus cabezas.
Como especialista atento a los indicios demográficos se ocupa de señalar, además, que tan pródigo río presenta sus márgenes “casi completamente despobladas”, de modo que “las pequeñas villas que de cuando en cuando aparecen, sirvan, más bien para hacer notar la falta de población, que para demostrar la existencia de importantes ciudades.” (Carrasco, 1889: p. 121)
El contacto con el río Paraguay actúa pronto como factor catalizador de la memoria. En primer lugar, de la memoria personal, que Carrasco activa ante la inmediatez del escenario observado, recordando lo escuchado y aprendido desde pequeño, la vivencia como niño de la guerra lejana en la que se debatían la patria y otros tres países del Cono Sur. Enseguida, de la memoria colectiva.[19] El río mismo se convierte a través de las Cartas en objeto de evocación, provocativo de la tensión entre memoria e historia.
¡Cuántos recuerdos vienen a la mente de un argentino, al cruzar las aguas de este rio! ¡El Paraguay! El río que da nombre a la nación que, pobre, encerrada, desconocida, luchó durante cuatro años en guerra gigantesca contra tres naciones unidas! El Paraguay! ¡Cada uno de sus ríos, de sus esteros, de sus arroyos, fue teatro de alguna sangrienta carnicería, o de una catástrofe! El vapor avanzaba; a cada instante resonaba en mis oídos un nuevo nombre. Las sombras de la noche empezaron a cubrir las costas: el Timbó, la formidable Humaitá, se perdieron en la oscuridad y apenas mis miradas, sondeando el horizonte, pudieron percibir una masa oscura que mi imaginación me hacía aparecer como un gigante derribado. (Carrasco, 1889: pp. 72-73)
En otra ocasión, en sus Anales sobre la ciudad de Rosario, Gabriel Carrasco historiará sobre el comienzo de la guerra, sujetándose a la interpretación de la historiografía liberal argentina que descargó todas las responsabilidades del inicio del conflicto en “el bárbaro atropello cometido por el tirano López”, “un acto pirático” por el cual la escuadra paraguaya tomó a los vapores de guerra argentinos Gualeguay y Veinticinco de Mayo anclados en el puerto de Corrientes: “Este acto originó la declaratoria de guerra entre las dos repúblicas.” Con la subsiguiente justificación de la actuación del gobierno argentino y la imagen de un consenso, superior al que efectivamente habría tenido lugar: “El 16 llegó la noticia a Buenos Aires, y el presidente Mitre dictó las medidas que el estado del país reclamaba.” (Carrasco, 1997: pp. 645-647)
Las Cartas son principalmente, en tanto, el espacio para la exteriorización de las emociones, que se acrecientan a lo largo del recorrido por el río y de la identificación de los lugares que resguardan la memoria de la Guerra, y culminan al llegar el 2 de julio a Asunción: “¡Cuánto anhelaba conocer a esta ciudad, célebre cuna de los dos más formidables tiranos que conoce la historia, crimen que acabó por pagar el pueblo con la más horrenda de las guerras, y con la destrucción de que hoy renace!” (Carrasco, 1889: p. 79) La narrativa es intimista y testimonial, atravesada por recuerdos personales. Al recorrer las calles de la capital paraguaya, acechan a Carrasco los vestigios de “la guerra desastrosa que arruinó a esta República, y que convirtió casi, a la Asunción en un montón de escombros”. (Carrasco, 1889: p. 83)
El día 4 de julio, Gabriel Carrasco se embarca de nuevo, esta vez para un paseo por los ríos Paraguay y Pilcomayo. En el horizonte se recorta la figura del cerro que le hace evocar la famosa estrofa del “clásico” Carlos Guido y Spano: “En el dulce Lambaré/ feliz era en mi cabaña;/ vino la guerra, y su saña/ no ha dejado nada en pie/ en el dulce Lambaré.” Memoria, historia y poesía, se entremezclan en la rememoración de ese pasado reciente y trágico, y la literatura sirve de soporte y provocación de esa memoria. Carrasco nos hace conocer la circulación que por entonces tenían en la región rioplatense las representaciones literarias sobre la guerra:
El Paraguay, que ha tenido en ese canto el poema de su desventura, lo ha acogido como la más patética expresión de sus sentimientos; hoy la canción del Urutaú, acompañada del arpa y la guitarra, y expresada con tiernísimos sonidos, se repite por las hijas del Paraguay, que pagan así, quizá sin saberlo, la deuda de gratitud que han contraído hacia el cantor de sus infortunios. (Carrasco, 1889: pp. 99-100)
También en las Cartas, vale aclarar, la lectura que se desprende de la guerra es la clásica de la tradición liberal, tal como la contribuyó a abroquelar Bartolomé Mitre (historiador y presidente argentino durante buena parte del transcurso de la guerra) para socavar las voces críticas, como la de Juan B. Alberdi.[20] Desde esa posición historiográfica hegemónica, cae sobre Francisco Solano López la condena como responsable de haber arrastrado a su nación a la destrucción total. (Baratta, 2014) En la escritura de Carrasco, las continuas referencias al pueblo paraguayo como “víctima de la más cruenta de las guerras” (Carrasco, 1889: p. 93) se vuelven una mixtura de conmiseración y subestimación, pues en definitiva el pueblo resultó víctima por permitir y engendrar tiranos que lo empujaron a la muerte; pueblo sumiso que toleró ser esclavizado: “En la plaza de armas [de Asunción], se eleva una columna coronada por una estatua de la Libertad, que más que obra de arte, puede considerarse como un simple recuerdo de la deidad que durante tantos años ha estado ausente de estas comarcas.” (Carrasco, 1889: p. 94) El valor inútil del pueblo paraguayo resalta así como una de las contradicciones que signan la tragedia del país vecino. En esta línea, la travesía en barco frente a “la histórica Humaitá, la Sebastopol americana”, en donde se ven “las ruinas de las tremendas baterías que durante tantos años tuvieron en jaque a la escuadra aliada”, suscita las siguientes reflexiones: “Contemplé entristecido aquellas ruinas. Allí, durante mucho tiempo, la nación paraguaya se defendió con una heroicidad de que la historia presenta muy pocos ejemplos, y empleó su valor para sostener al más bárbaro de los tiranos!” (Carrasco, 1889: p. 122)
Pero, en definitiva, la guerra actuó como un crisol por el que el pueblo paraguayo, sacrificándose, se purificó a sí mismo, al liberarse del yugo que lo mantenía sojuzgado. La interpretación de Carrasco sobre la guerra, en sintonía con la mayoría de los discursos que sobre ese episodio circulan por la región rioplatense a fines del siglo XIX, se sostiene sobre dos ejes: por un lado, el pasado oprobioso al que dicho fenómeno puso fin; por otro lado, un porvenir esperanzador, gracias al poder de regeneración de la guerra y al cambio de gobierno que esta produjo:
Francia y los dos López, aislando al Paraguay lo tenían en un estado de atraso tan grande, que aun podemos darnos cuenta de él por lo que todavía queda de aquellas épocas sombrías...
La guerra, horrendo mal en los años en que se hizo, abriendo aquel país al comercio del mundo y a la civilización universal, lo está haciendo despertar del sueño en que ha dormido desde la época de la conquista.
El Paraguay ha adelantado más desde la época de la guerra hasta hoy, que lo que progresó desde el descubrimiento hasta la muerte de López. […]
Si la guerra, pues, fue un mal horrendo, hay que convenir en que ese mal ha originado grandes bienes, pudiendo aquella compararse a la cauterización de una llaga –la tiranía- que ocasiona horrendos dolores al operarse, pero que asegura en el futuro la salud y la vida. (Carrasco, 1889: pp. 123-124)
4. Imágenes sobre Asunción. Historia, memoria y contrastes
La adhesión al relato hegemónico no impide a Carrasco exhibir su versación sobre lo que escribe, gracias a la incorporación de lecturas que amplían las miradas sobre la historia de la nación paraguaya y del episodio bélico. Esto se hace explícito al momento de arribar a la capital de Paraguay, en una mezcla de reminiscencia, nostalgia, erudición y desconcierto:
¡La Asunción!
Al pronunciar su nombre, se evocan en mi memoria los recuerdos de cien lecturas de mi niñez, de mi adolescencia, de mi juventud!
Yo que leí conmovido, los episodios que de la tiranía de Francia escribieron Renger y Longchamps, y el poema de infortunio que con el título de “20 años en un calabozo” tomó Ramón Gil Navarro de los labios de uno de aquellos desgraciados, a quien he conocido en Santa-Fe, con la cabeza cubierta de venerables canas!
Yo que leí cuanto se ha publicado después, desde Thompson y Mastermann, hasta Washburn, Mansilla y Garmendia: yo que tengo en mi poder, como préstamo confiado por el señor Gregorio Machain, del Rosario, documentos con la firma auténtica de Francia, y que he leído con risa o con dolor, las crónicas del literato español Ildefonso Bermejo, sobre su permanencia en estas regiones; al mirar, desde la cubierta del vapor, la histórica ciudad, no sabía darme cuenta de mis propias impresiones. (Carrasco, 1889: pp. 79-80)
En el fragmento transcripto, Carrasco se muestra cabalmente como el intelectual letrado que es, que puede hacer gala de su saber con natural soltura. De este modo, Carrasco nos da a conocer que ha leído el libro de los doctores en medicina Johann Rengger y Marcelin Longchamp, quienes permanecieron durante más de seis años en el Paraguay, retenidos de manera forzada por José Gaspar Rodríguez de Francia, y que recorrieron entre 1818 y 1826 buena parte de los territorios por los que se desplaza él mismo en 1888.[21] También da cuenta del folleto del político y periodista de origen catamarqueño, Ramón Gil Navarro, que residiendo hacia 1863 en Rosario recreó el episodio de más de veinte argentinos -varios, santafesinos- que fueron encerrados por orden del dictador Francia, y refiere Carrasco que tuvo la oportunidad de conocer a uno de estos. Ha leído asimismo las crónicas del gaditano Ildefonso Bermejo, contratado por Carlos Antonio López para ejercer labores docentes. A esos relatos se suman tres dedicados a tratar el tema de la guerra, primeros “intentos de una tarea interpretativa que aparecía como ingente” y “únicos” que al finalizar el siglo XIX circulaban en el Río de la Plata y en Europa (Brezzo, 2004). Se trata de la Historia de la guerra del Paraguay (1869) del ingeniero inglés George Thompson, quien fuera contratado por los López para reforzar las defensas del Paraguay frente a la guerra; de Siete años de aventuras en el Paraguay (1869), del farmacéutico incorporado al ejército, Jorge Federico Mastermann; y de la Historia de Paraguay (1871), del ministro norteamericano ante el gobierno de Francisco Solano López, Charles A. Washburn. Al conjunto de relatos producidos por extranjeros, Carrasco suma las memorias de dos argentinos que han participado en la guerra. Se trata de las del general Lucio V. Mansilla -volcadas primeramente en sus corresponsalías desde el frente, permeadas en Una excursión a los indios ranqueles y recuperadas finalmente a manera de “representación ya sedimentada” en las famosas causeries (Featherston Haugh, 2012)- y del general José Ignacio Garmendia, pintor y uno de los más importantes cronistas del conflicto bélico en Recuerdos de la guerra del Paraguay (1884). Todos estos escritos comparten un fondo común de representaciones sobre el Paraguay de la primera mitad del siglo XIX y la explicación de la guerra como una respuesta a las ambiciones y agresiones de Francisco Solano López sobre los demás países de la región.
El aislamiento paraguayo consolidado en los tiempos de Gaspar Rodríguez de Francia, quien gobernó con mano férrea al país entre 1814 y 1840, y el mito de la excepcionalidad paraguaya -tópico recurrente de la literatura y de la historiografía, cimentadas en relatos de viajeros decimonónicos largamente utilizados para condenar la figura de Francia (Baratta, 2018)- son representaciones que se trasuntan en las Cartas de Carrasco. Ellas se inscriben cómodamente y comparten las características del conjunto de discursos que sobre el Paraguay circulaban por la región rioplatense durante el siglo XIX. La “cuna de los dos más formidables tiranos que conoce la historia” -en palabras de Carrasco- recibe así en 1888 a un experto estadístico presuroso por entablar comparaciones entre una Argentina instalada con confianza en la modernidad, y un Paraguay en el que se van a buscar las señales de opresión, autoritarismo, paternalismo, atraso, barbarie, aislamiento e ignorancia tantas veces reafirmadas -no sin tensiones- por medio de un “discurso estigmatizante” en la literatura disponible. (Brezzo, Baratta, 2018)
Los comentarios sobre Asunción están atravesados por esas representaciones del pasado, que interpelan con fuerza al presente, de modo que las consecuencias de los gobiernos autoritarios de Francia y de los dos López y la guerra actúan como factores directos que aún dificultan la reconstrucción y el ordenamiento de la ciudad: “Es así como a primera vista se nota la falta completa de administración e instituciones urbanas.” (Carrasco, 1889: p. 83)
Aunque Carrasco tiene algunas palabras conceptuosas para el presidente, general Patricio Escobar (1886-1890), y para el ministro de Hacienda (sic) Decoud, a quienes pudo conocer brevemente, los buenos propósitos de éstos en beneficio del país son todavía más una promesa que un resultado. Del primero -que luchó junto al mariscal López en la guerra- destaca el respeto a la libertad de imprenta; del segundo, su ilustración y talento, que se espera puedan servir para “efectuar las mejoras que la actual administración ha prometido”. (Carrasco, 1889: p. 96) José Segundo Decoud - antilopizta que había luchado en la Legión paraguaya al comienzo de la guerra en favor de la Triple Alianza- se desempeñaba como canciller, era considerado “el primer hombre” de Paraguay[22], y para 1888 se perfilaba como el candidato a suceder en la presidencia a Escobar, perspectiva que se vio truncada. (Brezzo, 2010)
Desde el mismo momento del arribo a Asunción, Carrasco se ve sorprendido por medidas que encuentra absurdas y poco operativas, propias de una administración y de instituciones reñidas con el progreso. ¿Por qué los barcos no fondean en el puerto, siendo éste muy bueno -pregunta- dejando a los pasajeros a cincuenta metros del muelle? La explicación que le brindan no puede dejar de causarle un asombro teñido de autosuficiencia nacionalista: “¡Qué diferencia, pensé para mí mismo, entre la Asunción, en que obligan a los pasajeros a bajar en bote, pudiendo hacerlo por el muelle, sólo para que los boteros ganen, y Buenos Aires, en que el gobierno hace desembarcar por su cuenta pagando su lanchaje, a todos los inmigrantes que llegan al país!” (Carrasco, 1889: pp. 80-81)
Gabriel Carrasco, de todos modos, disfruta mucho de su estancia en la ciudad. El disfrute es el del viajero que va al encuentro de lo “otro”, de lo exótico, de lo diferente y desconocido.
La descripción de la ciudad apela al pintoresquismo; porque Asunción es una conjunción de belleza y de atraso, de costumbres castizas y primitivas. Anticuada por comparación, con respecto a otras ciudades americanas. Aunque eso es, también, lo que contribuye a darle su rasgo de originalidad, que la vuelve distinta y, hasta cierto punto, atractiva:
Vista a lo lejos, la ciudad de la Asunción presenta un hermoso aspecto. Edificada a la margen del Paraguay, sobre barrancas no muy elevadas, se extiende desarrollándose entre una cortina de verdura [...]
La Asunción es una ciudad muy extendida, aunque no densamente poblada; sus calles tienen la misma anchura que la de nuestras antiguas ciudades americanas; la edificación, apropiada para este ardiente clima, se compone en general de casas bajas, precedidas por un corredor con columnas de material o de madera.
[…] Quien pretendiera juzgar a la Asunción por el modelo de las ciudades modernas de la República Argentina u Oriental, cometería el error del que aplicara a un clima tórrido las modas y costumbres de las regiones frías de la Europa. La Asunción, es de cuantas ciudades he visto en estas regiones, la más original. (Carrasco, 1889: pp. 81-82)
Ciudad de contrastes, que provoca sentimientos encontrados, y que despierta la curiosidad: “Hay en ella una mezcla de lo moderno, y de lo antiguo; de las costumbres más refinadas de la civilización, con las originadas por una sociedad primitiva o inculta, que llaman poderosamente la atención.” (Carrasco, 1889: p. 82)
¿Cuáles son los elementos que llaman la atención de este argentino modernizado, que parece haber ya olvidado las austeras y vetustas costumbres vigentes hasta no mucho antes, en la ciudad de Rosario en la que transcurrió su infancia?[23] En primer lugar, sagaz estudioso de los tipos humanos y de los grupos poblacionales que acostumbra describir y cuantificar en sus prolijos informes censales, se detiene en el componente indígena constitutivo del pueblo paraguayo y en las costumbres ancestrales que éste mantiene. Observa a “la mujer indígena, descalza, como lo están casi todas ellas, cubierta con el clásico tipoy” (Carrasco, 1889: pp. 82-83), y particularmente le impresiona negativamente, como signo de atraso, el uso del idioma guaraní. También censura otras costumbres, como el consumo de tabaco: “lo que desde luego me ha chocado, es el abuso del tabaco que se comete aquí por todo el mundo, grandes y chicos, hombres y mujeres, (estas de la clase popular solamente) transitan por las calles llevando en la boca un tremendo cigarro.” (Carrasco, 1889: pp. 84-85)
También señala los contrastes entre la edificación moderna -de inicio reciente y acelerado, que ha producido un encarecimiento de la mano de obra y de los materiales de construcción- y el rancho cubierto de antiguas tejas españolas, que conviven emparejados, al igual que el bazar en el que se refugia la moda europea, junto al “puesto primitivo, en que se vende naranjas, mandioca o puñados de maíz, colocados en el suelo sobre un trapo.” (Carrasco, 1889: p. 83) Más allá de lo veraz de estas expresiones, el juego de opuestos es sin duda un recurso estilístico, al que recurrieron con frecuencia los viajeros decimonónicos para marcar los desfasajes y los desiguales grados de avance en el proceso de modernización que presentaban las antiguas ciudades americanas.
En Asunción, a juzgar por la mirada de Gabriel Carrasco, casi todo parece viejo, descuidado, en mal estado:
Las calles cuyo lecho de arena rojiza opone un obstáculo casi insalvable a la tracción, se encuentran en el estado primitivo: solo hay dos o tres cuadras empedradas, siendo así que a pocas leguas existen espléndidas canteras de que puede sacarse riquísimo granito.
Varias líneas de tramways recorren la ciudad, pero al fijar sus rieles lo han hecho atendiendo exclusivamente a su colocación, descuidando por completo el resto de la calle, de manera que han dejado promontorios de escombros que impiden el tránsito.
En la Asunción muy poco se conocen los carruajes.
Me dicen que no pasan de media docena, y que no hay ninguna cochería.
Esto se explica por el pésimo estado de las calles, que hace imposible el tránsito de esa clase de vehículos. (Carrasco, 1889: p. 84)
A las dificultades que las calles, onduladas y arenosas, imponen a la circulación, se suman malas veredas, poco iluminadas, que reflejan una deficitaria administración de la ciudad. Nuevamente, la comparación ayuda a marcar el contraste urbanístico con Buenos Aires: “Un Alvear[24], en dos o tres años de trabajo, haría de la Asunción una de las más bellas ciudades de esta parte de América.” (Carrasco, 1889: p. 89)
Si a nivel de medios de transporte, el atraso es al parecer considerable, sí reconoce en cambio Carrasco que hay buena cantidad de buenos y concurridos hoteles, como el Hotel Hispanoamericano. Un puñado de edificios importantes resaltan en el conjunto. Carrasco reconoce que en su mayoría datan de la época de López, dejando entrever otra faceta un poco más positiva del gobierno del “tirano”. Entre ellos, destaca “el grandioso palacio que hizo construir para su morada”, de tres pisos y estilo similar al del “alcázar de Sevilla”, y que quedó muy deteriorado como consecuencia de la guerra, de “los odios populares” y del paso del tiempo. Cuando Carrasco lo observa, está siendo reconstruido para ser destinado a Casa de Gobierno y admite que, “una vez terminado, será de los mejores de nuestra América”. También se sorprende con el teatro que estaba haciendo construir López siguiendo el modelo de la Scala de Milán, “ciclópeo”, que quedó inconcluso como un “esqueleto”, y que terminado hubiera sido el “más hermoso y amplio” de toda América. Sin embargo, el gobierno lo mantiene en ruinas, dejándolo caer “a pedazos”, siendo que su “terminación bastaría para formar la gloria de un gobierno”. Luego describe Carrasco otros edificios: la “mediocre” residencia de las autoridades, ya que “la casa de gobierno actual es grande, pero no hermosa”, la catedral, “edificio notable y bellamente decorado”, además de tres o cuatro iglesias “antiguas y edificadas con el carácter español”, que completan el conjunto. (Carrasco, 1889: pp. 90-92) El descuido urbanístico se hace evidente en las plazas, bellísimas en cuanto a vegetación, pero faltas de ornato, y con pocos y malos bancos. En cambio, se lleva una impresión agradable del paseo de la Recoleta, en las afueras de la ciudad, cubierto de hermosos jardines y de edificios elegantes. Y puede disfrutar de una tertulia con damas y caballeros distinguidos de la sociedad.
La memoria histórica de Asunción ha quedado sepultada con la guerra. Gabriel Carrasco advierte que casi no hay monumentos en los lugares públicos, excepto una columna con una estatua de la Libertad, de dudoso gusto estético y escasa relación con el pasado paraguayo. Aún peor, en una de las inscripciones conmemorativas que rodean a la columna, se permite señalar un error, con un dejo de altivez y sentimiento de superioridad argentina:
FUNDACIÓN DEL PARAGUAY
15 de Agosto de 1536
Supongo que habrá en esto un error de redacción; se funda una ciudad, un establecimiento, una colonia, pero el Paraguay no ha podido ser fundado en 1536, y mucho menos en un día dado, ¿o será la fecha de la fundación de la ciudad de la Asunción?' En este caso, (que es el verdadero) conviene decirlo; lego, pues, la enmienda de la inscripción a la primera Municipalidad que se ocupe de embellecer la ciudad, y de pintar la columna, que bastante lo necesita. (Carrasco, 1889: p. 95)
Las imágenes de Asunción provistas por las Cartas recogen las consecuencias desastrosas de la guerra y del saqueo consumado sobre la ciudad por las tropas brasileñas (Brezzo, 1998-1999), aunque también descubren algunos atisbos esperanzadores de un Paraguay que, a fines de la década del ochenta, ya ha comenzado a recuperarse, en sintonía con el afianzamiento de principios liberales y con el proyecto de reconstrucción nacional de quienes asumieron el gobierno del país en el período de posguerra, y también -intenta destacar Carrasco- gracias al flujo de progresismo que fluye hacia el Paraguay desde la región rioplatense. Así, por ejemplo, “se nota” que el comercio de la ciudad “está progresando rápidamente” y hay varios importantes establecimientos de crédito, entre los que descuellan el Banco del Paraguay y el del Comercio, fundado por el español José Monte, un “comerciante muy apreciado en el Rosario, donde residió algunos años y cuya venida al Paraguay ha dado origen a la creación de varias empresas de grande utilidad para esta Nación”. El recurso comparativo, nuevamente, muestra la vara alta desde la que se ubica el argentino: “Las casas de comercio están bien surtidas; he visto joyerías, bazares, almacenes, ferreterías, que podrían sostener la comparación con las buenas de su clase de nuestras capitales; los depósitos de aduana son pequeños y no dan abasto a las necesidades públicas”. (Carrasco, 1889: pp. 92-93)
La nota más singular y característica la da, según la mirada de Gabriel Carrasco, el mercado. El estadístico no puede menos que referirse a una de las consecuencias poblacionales más evidentes y conocidas que dejó la guerra: la abrumadora reducción de la población, en particular, de la masculina en edad activa. En el momento de su visita, son recientes los resultados del censo levantado por José Jacquet en Paraguay, que extremó el grado del colapso poblacional. Según la Oficina General de Estadística, los 800.000 habitantes de 1861 se habían reducido a escasos 100.000 para 1870. En tanto, para 1886, se registraba cierto repunte, que arrojaba la cifra de 263.751 habitantes.[25] Carrasco había estudiado esta situación poblacional, tal como se refleja en el texto que elaboró con los resultados del censo de 1887 de Santa Fe, en el que incluyó al final de un largo listado, y con signos de admiración, la reducidísima proporción de los varones respecto de las mujeres en Paraguay (“¡336!” cada mil habitantes).[26] Como explica Carrasco, con la guerra, el pueblo paraguayo “ha visto desaparecer casi toda su población masculina, de manera que los principales trabajos, y el comercio de menudeo, se hace por mujeres.” El pintoresquismo se despliega, al describir el centro de abastecimiento de la población:
Fue, pues, para mí, un espectáculo curioso el recorrer aquel mercado, amplio edificio rodeado de columnas, en el cual varios centenares de mujeres sentadas en el suelo, ofrecían al paseante sus mercaderías, consistentes por lo general en maíz, porotos, arvejas, cigarros, tabaco, mandioca, carne y un pan especial que se llama chipá.
Como la coquetería femenina no pierde sus derechos ni aun en medio de un mercado, muchas de las vendedoras estaban adornadas de flores, con claveles y rosas prendidas entre sus abultadas trenzas.
El cigarro, vicio orgánico de la mujer paraguaya, de baja clase, afeaba sus bocas, de las cuales salían torrentes de humo! (Carrasco, 1889, p. 94)
En el análisis de Asunción, Gabriel Carrasco diferencia tres aspectos, o “faces”, como él las llama. El primero es el aspecto europeo, “en el cual deja mucho que desear”, si bien justifica en parte estas falencias debido al clima tropical y al aislamiento y lejanía respecto del Atlántico. El segundo “es el aspecto puramente americano, sus costumbres, su manera de ser, que se prestan a. profundos estudios sociológicos”. Evidentemente no conforme con el sustrato humano y cultural que contempla, con cautela aclara que para realizar esos estudios se requiere de un tiempo más prolongado que los escasos tres días que pasa en la capital paraguaya. Sólo en el tercer aspecto, que es el del medio geográfico, en cuanto a clima, ubicación y naturaleza, parece correr ventajosamente Asunción y satisfacer a su exigente observador, que enuncia expresiones como la siguiente: “Aquí, todo esto es bellísimo en lo que en otras partes se llama el invierno. La Asunción, fundada a la margen del río Paraguay, en un terreno alto y ondulado es, puede decirse, un hermoso jardín cubierto de casas.” (Carrasco, 1889: p. 89)
La naturaleza pródiga, en definitiva, es lo que parece redimir al Paraguay -al igual que a toda la región del litoral argentino que viene recorriendo- para recuperarlo de su atraso. Es aquí donde despuntan rasgos propios del determinismo geográfico, fáciles de encontrar en los escritos de Carrasco. Por sus condiciones geográficas, el Paraguay está destinado a prosperar, una vez que haya resuelto las causas sociológicas de su atraso por medio de la llegada del colono europeo.
En todo caso, la mirada del estadístico Carrasco es siempre positiva, rebosante de optimismo, porque su confianza alberdiana sobre los bienes que aportará la llegada masiva de extranjeros a estos parajes remotos es ilimitada[27]:
Después de haber recorrido muchas provincias argentinas y estudiado cuanto me es posible las condiciones económicas de nuestro país, mi breve permanencia en la Asunción ha contribuido poderosamente a ratificar el juicio que ya había podido formarme acerca del futuro desarrollo a que estos pueblos están destinados en el porvenir.
La Asunción, y en general el Rio de la Plata, comprendiendo en él la República del Paraguay, es el regalo de boda que la Providencia ofrece a los hombres de Europa, hoy condensados en una superficie estrecha para contenerlos.
Y remata: “La Asunción, siendo la ciudad más antiguamente fundada en estos territorios, es todavía la que más necesita del contacto de la civilización europea para desarrollarse como desde ya puede preverse que lo hará.” (Carrasco, 1889: pp. 87-88)
Finalmente, al contemplarla desde un paseo en barco que le descubre toda su belleza salvaje, ya que Asunción es mucho más linda a la distancia, con sus edificios destacándose entre el follaje, Carrasco pasa a la voz directa e imperativa, conminando a la ciudad:
La naturaleza ha hecho aquí ostentación de su hermosura, y apenas las obras de los hombres sirven para que resalte más lo agradable del paisaje.
¡Hermosa tierra! ¡Cuánto necesitas del trabajo del hombre, del labor europeo, para convertirte en uno de los más espléndidos vergeles de la América! (Carrasco, 1889: p. 98)
De esa manera se resolverán los opuestos, augurando un porvenir venturoso: “aquí una ciudad nueva empieza a formarse en medio de la antigua, y el contacto de los hombres de la Europa, ha originado un nuevo método de vida, que hará en el futuro una gran ciudad, de lo que hoy es un embrión y que convertirá a la República del Paraguay en una nación que pueda bastarse completamente a sí misma.” (Carrasco, 1889: p. 88)
5. Consideraciones finales
A través de una escritura epistolar que explota al máximo los recursos del género -campo de tensión entre lo público y lo privado, entre lo culto y lo coloquial, entre lo reconocido y lo ordinario- Gabriel Carrasco va al encuentro del Paraguay. Se trata de una aproximación impulsada por el afán de conocimiento, permeada por lo emocional, mediada por la memoria, interferida por una visión historiográfica dominante y acuciada por la ideología del progreso. La versatilidad del funcionario-viajero, del estadístico-escritor, se conjuga con facilidad en este intelectual-experto que comparte las características habituales de los letrados decimonónicos, que con igual soltura se desempeñan en el mundo del periodismo y de la política, de las letras y de las ciencias.[28]
Las Cartas de viaje por el Paraguay constituyen una escritura ligera y anecdótica, pero no por eso menos dotada de las ideas fuerza que guían la activa y comprometida vida de Carrasco, como experto al servicio del Estado. Por ello, aunque despojadas de los prolijos análisis cuantitativos que aparecen en sus textos censales, por detrás del relato íntimo y ameno, aflora un discurso programático y performativo, que quiere hacerse realidad al enunciarse, y que guarda armónica sintonía con las características que ofrece la estadística decimonónica. Carrasco se muestra convencido de que ese Paraguay, que como representación del pasado es sinónimo de tiranía y de guerra, en su presente -aún con un desorden y atraso, que no le permiten sostener airosamente las comparaciones con el país vecino al que el estadístico lo somete- cobija la semilla del progreso.
En esta línea, Cartas y Censo se complementan. Ambos sirven a los fines propagandísticos que el Estado argentino irá a desplegar a París por intermedio de Carrasco. Los disímiles estilos, la aparente liviandad de las Cartas, no llega a disimular la similitud del mensaje: la confianza en el proyecto de nación en marcha para la Argentina, que Carrasco propone extender hacia el Paraguay. Queda en manos de este país aceptar la propuesta y superar su pasado. Si ello ocurre, la naturaleza pródiga se impondrá, venciendo al peso de la historia y al dolor de la memoria, para aguardar al brazo redentor del inmigrante europeo que sabrá hacerle rendir fruto.

