1.
Introducción
Algunas
cartas escritas en el frente de batalla asedian la memoria en busca de
materiales acertados para expresar el dolor de la pérdida, la lontananza y el
horror ante la muerte; otras, construyen el perfil marmóreo de los
protagonistas, a partir de la narración histórica de las vicisitudes del
combate; las que analizamos aquí, por su parte, delinean el sentir y el querer
de un joven que –quizás temerario, quizás valiente– murió a los veintiún años
en una guerra que, en principio, no le pertenecía. Sin embargo, habiendo podido
excluirse, marchó a ese conflicto bélico
voluntariamente.
La
primera carta de este enjundioso ramillete
de 84 piezas documentales data del 28 de junio de 1865; la última del 22 de
septiembre de 1866[2].
Este trocar de correspondencia, cuyos originales se conservan en el Archivo
General de la Nación de la República Argentina, se produjo en medio del
conflicto más sangriento de Sudamérica del siglo diecinueve (1864-1870), la
denominada guerra del Paraguay, guerra de la Triple Alianza o guerra Guasú. Con
Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay como protagonistas, se considera a este
conflicto bélico como de alta densidad por su duración, por la sobremortalidad
y por sus efectos en el funcionamiento de las sociedades (Brezzo y Doratioto,
2019: p. 123).
Dominguito
(así, en diminutivo, apelativo cariñoso y familiar) no es cualquier joven: es
Domingo Fidel, el hijo –adoptivo o natural, poco importa– del intelectual
argentino Domingo Faustino Sarmiento (San Juan, 1811-Asunción, 1888). Su madre,
la destinataria final de las cartas por él escritas desde el frente de batalla,
es Benita Martínez Pastoriza. Como se sabe, Sarmiento conoció a Benita en los
albores del destierro (el segundo padecido por quien fuera presidente de la
Argentina): en efecto, a comienzos de la década de 1840, en Chile, Sarmiento
fue alojado por el acaudalado Domingo Castro y Calvo, por entonces ya anciano,
quien estaba casado con Benita.
1845
es un momento paradigmático en el itinerario intelectual del sanjuanino, un
parteaguas en su vida: año del Facundo
y año de su partida rumbo a Europa. También año del nacimiento de Dominguito,
el 25 de abril. Al regresar a Chile un trienio más tarde, con sus valijas
cargadas de luces y sombras, de ambiciones y desilusiones por sus derroteros
europeos y norteamericanos, ya muerto el marido de Benita, contrajeron matrimonio[3].
Al
analizar la andadura de estas cartas
desde el frente de batalla –escritas al frío del invierno, al borde del
arroyo, al filo la tormenta– podríamos preguntarnos sin más cuál sería el
aporte de estos textos –que fueron acuñados como de carácter privado– para los
estudios de la guerra del Paraguay. Es decir, en qué podrían contribuir a la
cartografía de esta guerra inicua. En esa filigrana que conforman la escritura
y la vida, estas cartas son depositarias de fuerzas vitales y deseos, de
requerimientos materiales, de solicitudes y exhortos, pero fundamentalmente se
arrogan una resonancia que todo lo atañe y todo lo envuelve: el amor entre una
madre y su hijo que muere a los veintiún años en Curupaytí. De este modo,
contribuyen a forjar así toda una inteligibilidad
de los afectos (Antières, 2019: p. 120). Además, este epistolario se vuelve
sugestivo porque cimienta una ristra de experiencias en torno a la vida en el
campamento aliado, los progresos en las maniobras de la guerra, los ejercicios
de fuego (p. 26), las amistades cultivadas por Dominguito[4], los
sitios por donde fueron transitando los combatientes, entre otros.
De
alguna manera, se abren nuevos interrogantes para reflexionar a partir de estos
documentos epistolares: ¿cómo calibrar entonces estas cartas intercambiadas
entre Dominguito y su madre, que están transidas de amor y de miedo, frente a
la posibilidad inminente de la muerte? ¿Cómo aquilatar ese vínculo
maternidad/filiación entre los epistológrafos que se expande hacia otras esferas?
Esto es, ¿qué espacio remite a lo íntimo y cuál a lo éxtimo en esta práctica
epistolar? Y en última instancia, ¿cómo se pueden auscultar, a través de estos
documentos, esquirlas de un contexto histórico, fragmentos de una trama
política, social y cultural? Nos limitaremos a la sazón solo a desarrollar
algunos de los interrogantes que nos preceden con la presunción de que en el
epistolario palpitan propósitos que están configurando el acto de escritura y
que, en su deriva, resignifican esta escritura
ordinaria (Fabre, 1993).
A
su vez, conviene no perder de vista que estas cartas entre Dominguito y su
madre podrían insertarse en un plafón más amplio de trabajos con materiales no
convencionales para el estudio de la guerra: nos referimos, por ejemplo, a la
cadena de testimonios heterogéneos recopilados por Estanislao Zeballos
(Rosario, Argentina 1854- Liverpool, Gran Bretaña 1923) y editados por Liliana
Brezzo (2015) bajo el título La Guerra
del Paraguay en primera persona, consumándose así un desvío con respecto a
los archivos oficiales, a través de la inclusión de piezas documentales cuya
modalidad autobiográfica las convierte en materiales sumamente ricos y
complejos de abordar. La serie de textos y relatos heteróclitos que Zeballos
compendió[5],
entre las dos últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, incluye
testimonios inéditos, memorias, transcripciones de conversaciones con
protagonistas de la guerra, etc. y se emparentan, en este sentido
autobiográfico, con estas cartas de Dominguito: son testimonios en primera
persona del mismo conflicto bélico que contribuyen a ampliar los márgenes de
los estudios sobre la guerra. De alguna manera, entendemos que recuperar esta historia menor (Cámara, 2020), dejada de
lado por las historiografías oficiales, permite volver a leer mediante otras
claves interpretativas este episodio de la historia sudamericana. En última
instancia, todos estos documentos introducen las voces de “actores y testigos
de la guerra del Paraguay, tanto de quienes la vivieron del lado del Paraguay
como de Argentina y de Uruguay” (Brezzo, 2015: XV) desde una perspectiva
autobiográfica.
En
otros términos, estas cartas a la vez tan específicas
–entre Dominguito y Benita– y tan universales
–entre una madre y un hijo– barruntan una hendedura para pensar la guerra desde
otra arista: quizás podríamos decir que este epistolario coadyuva a mirar la
guerra del Paraguay entre bambalinas, esto es, a contraluz de la mirada oficial, que
monopolizaba la historia de la guerra como un acontecimiento estrictamente
militar y que, en última instancia, “silenciaba una multiplicidad de actores
sociales implicados en ella, las plurales memorias y estéticas que legara y la
circulación de personas y de alianzas que ella tendió” (Brezzo, 2015: p. 1).
Por
todos estos motivos expuestos, este trocar de correspondencia se constituye
claramente como un espacio autobiográfico:
“el lugar donde un yo, prisionero de sí mismo, proclama, para poder narrar su
historia, que él fue aquello que escribe” (Catelli, 1991: p. 11), o en este
caso particular, que él es (o está siendo) aquello que está escribiendo.
2. Epistolaridad, entre las armas y las letras
Al
mejor estilo borgeano, podríamos pensar que estas cartas cifran en un solo
gesto la corta vida de Dominguito. En ese gesto sin par –la determinada
determinación de ir a la guerra–, acaso, estaría contenida toda la vida del
hijo de Sarmiento. Como la crítica ha demostrado, Dominguito fue formado en el
cruce de las dos lógicas sarmientinas tan mentadas y apostilladas: las armas y
las letras. En pocas palabras, Dominguito “encarna el modelo del joven
ilustrado, ciudadano en armas, que combina el protagonismo de una élite letrada
y patriótica destinada a gobernar –dada por la valentía y el arrojo militar–
con la apertura de la sociedad a una idea de valoración en base a las
capacidades y voluntades individuales, en que la educación funcionaría como
motor fundamental del acceso a la ciudadanía”, según explica Alejandra
Josiowicz (2018: p. 40) en un interesante artículo titulado “La vida de
Dominguito: ciudadanía, paternidad y guerra en Domingo Faustino Sarmiento”.
Asumiendo
que Sarmiento se ocupó de la alfabetización de su
hijo, así como también de insuflarle el militarismo, podríamos resumir que a
fin de cuentas le inculcó estas dos lógicas antedichas. Por eso,
Dominguito fue quizás su mejor alumno, quien plasmó con mayor radicalidad el
ideal pedagógico de su padre. Constátese, sin embargo, una
de las paradojas sarmientinas, al decir de Jorge Enrique Deniri (2020): “su deseo de brillar militarmente y ostentar entorchados
castrenses y detentar laureles de batalla, aunque en realidad su trayectoria
bélica no haya ido más allá de su desempeño como boletinero del Ejército Grande
en la Campaña de Caseros y en definitiva sus grados militares le fueron
concedidos como presas políticas a fuerza de ruegos suyos, que no de méritos en
el campo de combate”[6].
Pero más allá de los galones e insignias que haya podido obtener Sarmiento, la
formación intelectual de Dominguito fue una tarea denodada que llevó adelante
el padre en primera persona, “un intercambio entre dos, orientado por la
búsqueda de gloria, estimación y exaltación individual del discípulo”
(Josiowicz, 2018: p. 59).
La
guerra Guasú, decíamos, truncó la vida de Domingo Fidel a los veintiún años, precisamente
en la batalla de Curupaytí: por una herida en el talón de Aquiles, la muerte se
hizo presente en este capitán del Ejército argentino, mientras su padre estaba
en EEUU como Ministro plenipotenciario de la República Argentina. Ese talón
herido es símbolo por antonomasia de la debilidad en la fortaleza: basta
recordar el relato de la Ilíada donde
en otra guerra –Troya– el también joven Aquiles, el héroe griego más
importante, el más hermoso y veloz, sucumbió por una herida en su talón, única
parte del cuerpo sujeta a la vulnerabilidad.
En
aquel relato homérico, Aquiles era fuerte, aunque débil en esa zona del cuerpo
por donde una flecha mortal de Paris traspasó su carne. Dicho de otro modo: en
Aquiles (y en Dominguito) heroísmo y vulnerabilidad están conjugados. Heroísmo
y vulnerabilidad son también figuras de lo que Sarmiento recogerá luego en el
libro Vida de Dominguito, que no es
sino una necesidad de repensar el vínculo paterno-filial a través de una
biografía (Josiowicz, 2018: p. 41). En este punto, nos viene a la memoria una
curiosidad lingüística: recuerdos
póstumos es otro modo de decir biografía en finés (Kuismin, 2018: p. 154),
definición que podría ser aplicada a este libro de Sarmiento (que en realidad
son dos), escrito por y después de la muerte del hijo. De alguna manera, los
recuerdos de Sarmiento se amplificaron y se materializaron de diverso modo con
el paso del tiempo, dando lugar a dos versiones de Vida de Dominguito de diferente calibre y tono.
La
primera versión fue acuñada en EEUU en 1867, al calor de la pérdida reciente
del hijo. Esta no fue publicada en vida del autor sino más de un siglo después,
recién en el año 2000, bajo la curaduría del Fondo Nacional de las Artes. La
segunda versión, publicada en 1886 bajo el elocuente título La vida de Dominguito. In memoriam del
valiente y deplorado capitán Domingo Fidel Sarmiento muerto en Curupaití a los veinte años de edad. Autor de varios
escritos, biografías y correspondencias y traductor de “París en América” apareció
con motivo del homenaje al hijo fallecido.
Según
señala Josiowicz, ambas ediciones persiguen diferentes finalidades: la primera
más catártica e intimista enjuga las lágrimas del dolor y la injusticia que
siente el padre frente a la irreparable pérdida de su hijo; en la segunda, en
cambio, el tono vira hacia la representación del final heroico del hijo, una
suerte de exaltación de la muerte
patriótica (Josiowicz, 2018: p. 43). Vida
de Dominguito –texto a la vez biográfico y autobiográfico– se erige así,
como un monumento necrológico al
decir de Nicolás Rosa (1990: p. 104): “La escritura de la bio-grafía de
Dominguito es escritura de un necro-logos: otra forma de la inscripción
lapidaria” (Rosa, 1990: p. 104).
De
algún modo, Vida de Dominguito (pero
también la vida de Dominguito) construye entonces una ficción de origen tanto familiar como nacional o bien nacional
porque familiar:
la generación que había luchado en la guerra del Paraguay
eran los hombres públicos, intelectuales y políticos de 1880, en quienes se
deposita la tarea de la unificación nacional. De este modo, el sacrificio de
Dominguito funciona como símbolo de un nuevo tipo de hegemonía y de un nuevo
consenso, propio de la nación unificada, que emerge como resultado de esta
guerra y se define a través de la lucha militar. Sarmiento se coloca a sí mismo
y a su hijo en el lugar de artífices y predecesores de este proceso (Josiowicz, 2018: p. 63).
Conviene
apuntar que a diferencia de Vida de
Dominguito, donde el protagonista es en última instancia Sarmiento padre,
en las misivas intercambiadas entre el
Aquiles de apellido Sarmiento y su madre, el padre está obliterado,
francamente elidido[7]. No
aparecen rastros de su persona ni referencias concretas a su paternidad. A
juzgar por las cartas, brilla por su ausencia.
Ahora
bien, para caracterizar este epistolario, podríamos sostener en primer término
que configura una escritura ordinaria
(Fabre, 1993), definida por su oposición al universo prestigioso de los
escritos que se distinguen por la voluntad de construir una obra, por la firma
que autentifica al autor, por la consagración de lo impreso. Estas cartas no
aspiran ni al ejercicio escrupuloso del buen
uso ni a la sacralización que, poco o mucho, acompaña desde hace dos siglos
al distanciamiento literario, al decir de Fabre: son documentos privados y
privativos de un solo destinatario que muestran el diálogo entre una madre y un
hijo que fue a la guerra.
Paralelamente,
estas piezas pueden ser vistas como “ventanas a través de las cuales podemos
aprender algo más sobre algún aspecto de la realidad histórica” (Lyons y Marquilhas, 2018: p. 9),
claro está que no como ventanas abiertas de par en par hacia el pasado sino
como objetos por derecho propio, epifenómenos insertos en un contexto de
producción. De este modo, focalizando en el contenido referencial de las
cartas, se puede ahondar en el conocimiento de la experiencia de vida en las
trincheras y de las expectativas del campamento, como rezan estas líneas de una
carta fechada el 18 de agosto de 1865 a su madre: “el poder paraguayo no es tal
como lo creen en Buenos Aires, tienen 35.000 hombres en Corrientes, Río Grande
y Matto Grosso, es decir, repartidos en tres cuerpos que distan unos de otros,
más de 200 leguas. Lo que hay en cuanto están en cuerpos muy pequeños y
nosotros tenemos lo suficiente para batirlos siempre” (p. 35). En estos
términos se expresaba Dominguito, palabras cuyo tono optimista luego irán
ennegreciéndose al calor de la cercanía con el enemigo, como ya
desarrollaremos.
A
su vez, estos artefactos de la remembranza, la coloquialidad y el intimismo,
las cartas de Dominguito hacia su madre, detentan la finalidad –si no
exclusiva, por lo menos perentoria y neurálgica– de dar señales de vida, esto
es, de mostrar que aún se sigue vivo: solicitando atavíos y ropas, mostrando la
vida de algarabía en el campamento donde eran posible asimismo los momentos
agradables con amigos y donde predominaba un ambiente de camaradería. Con
respecto a este clima de camaradería y alegría reinante en el campamento, en
una misiva del 3 de julio de 1865 dice Dominguito: “Estamos contentísimos,
oficiales y soldados. En este momento ensayamos una comedia y ayer nos salió el
primer número de La garúa [roto] semanal. No tenemos enfermos. Todo el mundo
alegre. Trabajamos mucho. Engordamos y charlamos por los codos. Cuando vuelva
no me vas a conocer, estoy menos feo” (p. 18).
Entre
estertores y alivios, entre agonías y ansiedades, el fluir de las cartas es
entonces un ida y vuelta donde la madre pregunta y el joven asegura estar
comiendo satisfactoriamente (incluso ganando peso[8]) y
construyendo un clima de naturalidad a su alrededor en el campamento.
Parafraseando a Pedro Salinas (1954), podríamos decir que estos epistológrafos
se entienden sin oírse, se quieren sin tacto, se miran sin presencia. El género
epistolar es, de este modo, “un refugio que puede pacificar su espíritu
alterado por las circunstancias hostiles” (Peluffo y
Maíz, 2018: p. 138). Razón por la cual, podríamos aseverar que el propósito primero
de las cartas es, sin más, notificar que se está vivo.
En
rigor, Dominguito y su madre están apremiados por la brevedad y la fugacidad de
las líneas entintadas, y cargan con la apremiante necesidad de noticias el uno
del otro: sus cuerpos están obligados a la separación y cada corazón, urgido
por idéntico cariño, vierte en el otro corazón sus vivencias y preocupaciones:
“Hoy me he acordado mucho de ti, me ha tenido muy triste y sin voluntad para
nada” (p. 36), escribe Benita. Ese estar en vilo, la temerosa espera de la madre, solo se transforma en tranquilidad emocional (Dussaillant
Christi, 2018: p. 179) cuando advierte la llegada de una nueva carta.
A
esas palabras de congoja de su madre, ennegrecidas por el desconsuelo,
Dominguito le responde así, en una misiva fechada el 20 de agosto de 1865 y
escrita desde Concordia:
He recibido tu carta ayer mamá y me afliges que estés tan
triste […] Veo que tenías tus temores y te encuentras burlada, y debes desde
ahora dejar todo miedo y toda tristeza a un lado, no tienes que temer tanto,
que desde ahora te estés afligiendo por peligros futuros y dudosos. Escríbeme
contenta y de buen humor. Nosotros, que esperamos con tanto placer las cartas,
nos damos un chasco cuando ellas nos obligan a entristecernos, cosa que no
tiene nada de agradable en campaña (p. 36-37).
De
esta manera, casi como palabras susurradas al oído, el epistolario se perfila
como un diálogo en diferimiento, es decir, un espacio de intercambio de pesares
y tormentos, de preguntas y respuestas, de recados y de solicitudes, en fin,
una situación de interdependencia donde cada adiós esconde un reencuentro, que
se materializa en una próxima epístola: “Mucho me agrada lo que me dices de tu
salud –dice Benita– pero con esas marchas a pie, y entrándose en agua, agitado
tú, que no estás acostumbrado a tanta fatiga, temo te enfermes y temo todo por
fin!!! Cuídate por Dios un poco, no te dejes llevar por el entusiasmo,
acuérdate que tienes una vida entera todavía” (p. 47). Como vemos, la práctica
de la escritura (o escrituralidad) epistolar está
situada en ese entre-lugar entre la escritura y la
oralidad.
Sin
embargo, huelga decir que estos egodocumentos
(Aurell, 2013; Presser, 1969) no son transparentes
como no es transparente el lenguaje, su materia
prima. En esa opacidad entre lo dicho y lo callado, entre la microscopía
del día a día y el contexto histórico, la carta es, a priori, tridimensional (Lyons
y Marquilhas, 2018: p. 15): es objeto material que
rubrica los decires de un sujeto; es, además, una práctica social y por eso
mismo situada en coordenadas espaciotemporales concretas y, a su vez, es texto.
Ahora bien, siguiendo a Jacques Derrida (1967), podemos recordar que no hay
nada fuera del texto: en rigor, la vida
despliega desarticulaciones que la escritura organizará mediante “un proceso
triple de selección (solo se conserva
lo que es significativo para el presente del autor), de condensación (lo significativo está siempre sobrecargado de
significaciones) y de ordenamiento
(el autor entreteje las hebras de la vida que ha seleccionado)” (Adell, 2018:
p. 145). Este proceso acontece en las cartas que, como artefactos discursivos
híbridos, incluye y excluye reflexiones y comentarios personales, sentimientos,
emociones: en la carta se dice, pero también se calla.
Asimismo,
estas misivas detentan una característica digna de destacar: su –digámoslo así–
no peculiaridad. En efecto, demuestran que a priori podrían haber sido escritas
por cualquier otro soldado o joven combatiente ya que abordan los tópicos
propios de las cartas en el frente de batalla: lontananza, nostalgia, necesidad
de víveres y enseres, planteos existenciales, quebrantos, armas, batallas,
entre otros. De esta manera, las cartas “tienen un valor universal; hacen que
las acciones militares dejen de constituir un lugar de memorias en disputa
entre los relatos nacionales y se conviertan en un sitio de memoria conjunta”
(Brezzo y Duratioto, 2019: p. 129).
Pero
en paralelo, conviene apuntar que el epistológrafo en cuestión no es cualquier
combatiente y en este punto sí adquieren una particular notabilidad: son las
cartas de Dominguito, el hijo de Domingo Faustino, quien a su vez fue un activo
defensor de la causa bélica, guerra que concluyó cuando accedió a la
presidencia. Además, no olvidemos que fue Sarmiento padre también el motor
principal del sacrificio heroico del
hijo, quien insufló en el hijo los ardores bélicos. Esas paradojas que incluyen
defender una guerra en donde se perderá al hijo –“Dios me lo perdone si hay que
pedir perdón de que el hijo muera en un campo de batalla, pro patria, pues yo lo vine dirigiendo hacia su temprano fin”
(Sarmiento cit. en Josiowicz, 2018: p. 55)–, obstan las tramas y quizás puedan
contribuir a delinear también el viraje producido entre las dos versiones de Vida de Dominguito, que describíamos
someramente más arriba: sin heredero, sin el alumno ejemplar a quien traspasar
un legado, Sarmiento se siente solo y abatido y necesita construir en la
biografía de su hijo, un texto tributario de su propia autobiografía[9], es
decir, una autobiografía que construya un legado patriótico. En este sentido,
explica Josiowicz (2018):
Sarmiento le adjudica a Dominguito y, con él, a los jóvenes
de las élites porteñas, un rol providencial, como representantes de la nación
como un todo, defensores de los ideales ilustrados y de un destino histórico
patrio, contra la barbarie heredada. Dominguito estaría destinado a encontrar
su vocación cívica y su genio en virtudes como la elegancia, el heroísmo, la
virilidad, todas vinculadas al papel que le adjudica Sarmiento a las élites
militares e ilustradas en el proceso de consolidación nacional. (p. 55)
Tal vez esa
determinación inoculada por el padre,
vale decir, las armas y las letras, junto al resguardo de las apariencias –muchos
porteños conocidos comparten experiencialmente
esta guerra– insuflaron al joven del ánimo necesario como para no dejar
resquicio de duda o vacilación en las cartas sobre su decisión de ir a la
guerra. Razón por la cual, entendemos que las cartas no resisten una lectura
que no tenga en cuenta que Dominguito marchó a la guerra del Paraguay
voluntariamente pudiendo excluirse. A lo mejor se verifica entonces aquello que
María Moreno (2011) escribió: Dominguito “tuvo que saltar de la pluma a la
espada y de allí a la muerte”. Es decir, quizás, la muerte haya sido para el
joven el único modo de cumplir hasta el final el mandato paterno.
3. De amor, de miedo y de muerte
Más
allá del cruce en el corpus epistolar entre referencias a la cotidianeidad y
tramas más ajustadas a la preparación de la batalla, podríamos preguntarnos,
llegados a este punto, cuáles son los nudos
afectivos (Peluffo y Maíz, 2018: p. 136) de las
cartas entre Dominguito y su madre. Conviene decir que estas misivas,
concebidas en el seno de lo íntimo-familiar y privativo de una sola lectora y
un solo lector –y que no fueron escritas para ser publicadas– funcionan como
objetos catalíticos de amor, de miedo y de muerte. En efecto, destacamos que,
por acción o por sugestiva omisión, estos tópicos campean en las misivas.
El
sujeto autorreferencial –no se podría no decir yo en este tipo textual[10]– escribe a la única
destinataria de su carta, su progenitora. Este es su pacto de lectura
tácito. Asimismo,
el joven epistológrafo es simultáneamente enunciador y enunciado. Como
expresa Torres Roggero (2011): “El yo es observador y
observado, es juzgado, compadecido o comentado por él mismo: el enunciado es
significante vivo del enunciador. Es una estructura va-i-vén
en que el yo va y viene sin cesar desde-hacia sí mismo”. Esa presencia-ausencia
que entraña la misiva establece un diálogo contrapuntístico de deícticos (marcas textuales de
yo-tú-nosotros), deja entrever un rosario de reliquias autobiográficas
(Aurell, 2004) y organiza
un colofón de motes cariñosos porque “mientras más larga es la
separación, más vuelven a la memoria acontecimientos y escenas pasadas que
crean lazos” (Antières, 2019: p. 105).
Pero
entonces, ¿qué representación tiene la guerra en las cartas, qué lugar ocupa?
Desde una perspectiva centrada en los afectos, es más que un telón de fondo, es
más que una daga al cuello: para el
joven, es la constatación de una elección libre que sostuvo incólume en el paso
del tiempo; para Benita, en cambio, es una fuente inagotable de pesares. En
este sentido, transcribimos a continuación unas líneas que ilustran la congoja
que vive la madre: “Esta maldita guerra se alarga cada vez más. Antes me decías
que a mediados de setiembre estarías aquí, ahora hablas de octubre, pero para
mí, lo terrible es el ataque a las fortificaciones, de los paraguayos, que es
horrible para mí, ya no tengo fe en nada, todo me aflige y llena de temores,
porque hasta aquí, no hay sino desgracias que lamentar, y si en el más pequeño
encuentro hemos tenido tantas pérdidas, qué será en sus trincheras con
posiciones más ventajosas” (p. 45).
Asimismo,
la guerra se actualiza en la correspondencia mediante detalles de mayor o menor
calibre: como describíamos más arriba, Dominguito recoge datos sobre el
espíritu de camaradería reinante en el campamento[11]; también,
relata las inclemencias del tiempo sufridas en esos meses (por ejemplo, alude a
temporales, borrascas, calores extremos, etc.); describe las idas al pueblo en
busca de enseres o para disfrutar de un baile. De igual manera, detalla la
dinámica propia de los entrenamientos, las duras caminatas de un sitio al otro,
el cambio de batallón a raíz de ciertas contrariedades con el oficial a cargo.
Sin embargo, el magnífico espectáculo de la naturaleza tanto a la vera del río
(p. 24) como en el Gran Salto, “la cascada del Uruguay que se siente aquí con
su imponente ruido” (p. 54) son también fragmentos que componen sus
percepciones en torno a la guerra. En suma, las cartas recogen anécdotas donde
priman el ambiente reinante y los progresos del conflicto bélico y donde se
vierten detalles en primera persona –sus sentires y pareceres– sobre la vida en
el campamento: “Cuando he visto una línea de batalla, interminable de
batallones, en columna cerrada, he comprendido que es más sensato hacer la
guerra aún contra el pobre Paraguay” (p. 74).
En
una misiva del 30 de julio Dominguito narra otro ejemplo de la vida en la
trinchera: “conservo de asistente a José (Eduviges) y tengo de cocinero […] al
negrito aquel que fue un día a casa a buscar la manta. Es de 1ª. Fuerza; ayer
me hizo unos pastelitos mejores que los que podía hacer Ercilia, cuando se lava
las manos” (p. 26). En otra, fechada el 29 de julio de 1865, expone la rutina
que vivía día tras día en el campamento:
Como tú tendrás curiosidad de conocer la vida que hacemos,
te la voy a contar, A las 6 nos levantamos y tenemos lista, enseguida comemos
[bebemos] café o té, nos lavamos, se arregla la carpa; a las 8 ejercicios sin
armas, hasta las 10. A esa hora carneadas y ranchos. Me como una tripa gorda,
unas 4 costillas asadas, un magnífico puchero, una taza de té, fumo un habano.
A las 12 academia hasta la una. A las 2 ejercicios con armas hasta las 5, hora
de lista. Nueva comida de lo mismo en doble cantidad. Se reciben visitas hasta
las 8. Nueva lista y silencio. Los soldados duermen. Los oficiales pasean en
las carpas de los amigos hasta las 10. A esta hora todo el mundo a la cama (p. 24).
En
las cartas a su querida mamá, desde
la primera escrita en Concordia un 28 de junio de 1865 a las 4 de la mañana,
Dominguito no deja el mínimo intersticio de duda en torno a su coraje, su
arrojo en la lucha y su confianza en la victoria[12], aunque
con el correr de los trabajos y los días la ilusión inicial mermará. Dominguito
apunta: “No abrigues temores sobre mi suerte, en cualquiera de las luchas en
que pueda encontrarme. Se salvarán de las balas los que tengan buena estrella,
y tengan fe en ella. Juzga seriamente, y verás que no puede haberse nacido con
otra mejor que la mía, y fe, la tengo ciega” (p. 99). Pero para la madre, el
miedo se tornará concreto y tangible. Por lo tanto, podríamos apuntar que se
activa una escansión aplicable a una comunidad
emocional (Rosenwein, 2002; 2010), esto es,
asimilable a cualquier madre que enfrenta un cuadro hostil[13] que
envuelve a sus hijos.
En esta secuencia de la
desenvoltura epistolar, también la madre (d)escribirá su vida cotidiana en
Buenos Aires e intentará cerciorarse que el hijo está bien, que no le faltan
alimentos, que le llegan las encomiendas por ella preparadas y que no pasa
frío. ¿Cuántas veces le dijo en las misivas que se cuidara? ¿Cuántas veces le
dijo que lo quería? En ocasiones, también aprovecha para
reprenderlo cariñosamente: “No te perdono que, pudiendo, no me escribas” (p.
56).
El hijo amado, por su parte,
requiere dinero, piezas de uniformes y ropa[14],
tabaco, cognac, crema para los labios partidos por el
sol (p. 60), diarios y una silla, entre otros víveres y enseres. También
solicita jabón de olor y agua de colonia (p. 72) para hacerse la toilette. Aprovecha las cartas a su madre para hace
llegar sus saludos a jóvenes y a viejas, a familiares y a amigos. El hijo es
afectuoso y atento con su madre, aunque le pide que no le cuente malas noticias
ni le transmita sus temores. A su vez, le demanda: “dulce de leche, una olla
con tapa, como para 3, unos 2 platos con tazas y 2 cucharitas, todo en latón de
hierro estañado, galvanizado, son artículos muy baratos. Aquí una olla es más
cara que una casa. Mis botines de cabritilla y mis zapatillas altas de algo
blanco y encubridor” (p. 25). Entre estos encargos
(este es el vocablo elegido por Dominguito) se fragua el amor: “Te ruego que te
abrigues mucho –dice Benita– y que no tengas nunca los pies helados, ponte el
calzado grueso. En el cajón van tres pares de calzoncillos de punto que, por
hacer caber otras cosas, los había dejado, y no has levado guardado, sino un
par tal vez” (p. 19). Ella sabe que el amor importa en el sufrimiento. El amor
toma así el rostro de los pequeños detalles materiales, el canal para comunicar
el cariño. La madre sabe que no puede hacer silencio, está empujada a escribir:
“las cartas son con los paquetes, el lazo principal que la une a su hijo”
(Antières, 2019: p. 107).
Más allá de dos
ejemplos que presentaremos a continuación, en términos generales podríamos
apuntar que las cartas intercambiadas en estos quince meses deslavazan la
muerte, es decir, le quitan fuerza y color: se presiente una cierta renuencia a
hablar de este tema por parte del hijo. Por lo visto, Dominguito confía en la
victoria[15]
y desestima su propia muerte, no por falta de sensibilidad ya que, en rigor,
mediante una extensa descripción, más extensa que cuantas descripciones hace
luego de cruentas batallas, relata un episodio de fusilamiento que sí hiere su
sensibilidad de joven capitán. Acerquémonos ahora a esta narración. Los
fusilados debían estar de guardia. Son dos desertores. El
relato, por cierto, desgrana con detenimiento las acciones, las sopesa y las
describe al detalle, como en ningún otro fragmento textual. Es esta significativa
ocasión, tal vez, donde la muerte se le presentó más cercana, es decir, menos
abstracta:
Antes
de ayer pasamos el Batel. Al llegar mientras dominábamos la altura de la
barranca que tiene el río, por la parte de aquel lado, el 1er Cuerpo de Ejército,
que nos había precedido en un día, formaba un cuadro en la planicie de la costa
opuesta, para presenciar la ejecución de dos desertores. Estábamos a diez o
doce cuadras de distancia. La mañana serena y pura hacía que todo se percibiera
perfectamente. La orden general del día antes anunciaba la ejecución de un
sujeto y un soldado del Batallón Santafesino del Coronel Ávalos, por haber
desertado estando de guardia. Todo el ejército conocía el drama que se
representaba a lo lejos. Era un espectáculo extraño. Se veía el movimiento de
los batallones tomando sus puestos. Después del silencio que allí reinaba,
podía apreciarse por la inmovilidad de las bayonetas. Los reos entran al
cuadro. Son dos bultos negros que la distancia cubría mucho y van seguidos por un
puñado de bayonetas. Llegan hasta la bandera de un batallón que se ve
inclinándose, como saludándolos por última vez. Ese tiempo debe invertirse en
leer la sentencia a los reos y despojarlos de sus trapos militares. El pelotón
se pone en marcha, llega al centro de un costado del cuadro que ha quedado sin
llenar y se detiene; los dos bultos avanzan unos pasos, se dan vuelta y se
arrodillan. Las bayonetas del pelotón se inclinan. El sol da un destello de luz
sobre los cañones de los fusiles. Una nubecita de humo envuelve a los reos que
caen y se confunden con el piso. Al rato se oye la detonación. La sentencia ha
sido cumplida (pp.
81-82).
Pero la muerte tiene
diversas acepciones para los epistológrafos. Para la madre, es sentencia
cumplida; para el hijo, en cambio, es un pasaje heroico a la posteridad.
Exactamente dos días antes de morir, Dominguito le escribe Benita unas líneas,
casi como en una vaharada confidencial que aglutina y engarza emociones: “Si no
fuera por lo que tú sufres, y por mi profesión, y por mi camino, yo sería
soldado, pero soldado por el combate; por la emoción, por la muerte que
desfila. ¡Es una gran sensación! Es un placer tremendo; como tal sus dosis
mayores matan...Deseo los combates, los asaltos” (pp. 102-103). Dominguito en
esta misiva refulge de una emoción que, como veremos luego, decaerá en su
última carta, como si un presentimiento aciago lo importunara. Así por primera
vez, casi despertando una cierta conciencia
de muerte, escribe una carta póstuma.
El tono cinéreo de la última misiva se
anticipa al desenlace fatal. Las tropas aliadas avanzaban en formaciones
densas, con la lentitud y el esfuerzo que impele una zona lodosa y desconocida,
entre espinas y estacas. La infantería paraguaya, atrincherada en sus
posiciones, conocía muy bien el terreno, esperó y ganó la partida. A solo unas
horas de su muerte, aquel 22 de septiembre de 1866, en la mañana de Curupaytí,
el hijo escribe estas líneas premonitorias:
Querida Madre:
La guerra es un juego
de azar. La suerte puede sonreír o abandonar al que se expone al plomo enemigo.
Lo que a uno lo sostiene es el pensamiento del mañana: la ambición de un
destino brillante.
Esta ambición y la
santa misión de defender a mi patria, me da una fe inquebrantable en mí y en el
camino que he tomado. ¿Qué es la fe? No puedo explicarlo, pero me basta con
tenerla.
Y si el presentimiento
de que no caeré en combate es solo una ilusión que me permite tener coraje y
cumplir con mi deber, te pido madre que no sientas mi pérdida hasta el punto de
dejarte vencer por el dolor.
Morir por la patria es
darle a nuestro nombre un brillo que nada borrará, y no hay mujer más digna que
aquella que, con heroica resignación, envió a la batalla al hijo de sus
entrañas. Las madres argentinas transmitirán a las generaciones venideras el
legado de nuestro sacrificio. Pero dejemos aquí estas líneas, que esta carta
empieza a parecer una carta póstuma.
Hoy es 22 de septiembre de 1866. Son las diez
de la mañana. Las balas de grueso calibre estallan sobre el batallón. ¡Adiós,
madre mía! (pp. 103-104)
Como
sabemos, la angustia se vive en solitario. No hay dolor comparable a su dolor
de madre. Benita no guarda secretos en los entresijos y deja traslucir un
sentimiento sucinto y premonitorio: “Para mí todo es malo; yo no miro tan
sencillo rendir al Paraguay, López en su casa será más fuerte de lo que se
imaginan” (p. 77). Y los acontecimientos le
darían, al final, la razón.
4. Conclusiones
Dominguito
no solo muestra su vida en las cartas, sino que también construye una
autobiografía ceñida a este corte temporal, esto es, no solo escribe sino
también se escribe, aunque sin
sospechar siquiera que estas misivas, acuñadas en la trinchera, tendrían
innumerables lectores. De alguna manera, esa experiencia subjetiva y
fragmentaria de la guerra del Paraguay que narra el epistolario aquí analizado,
se amplifica y, en última instancia, pone en entredicho la rúbrica de las
misivas: en efecto, las cartas podrían estar firmadas por cualquier soldado,
por cualquier madre de soldado de cualquier guerra. Esta no peculiaridad se
entronca con la particularidad de que fueron escritas por un personaje
singular, el hijo de Domingo Faustino Sarmiento quien aunó en su itinerario
biográfico el legado del padre, las armas y las letras.
En
esa trama que conforman la escritura y la vida, estas cartas mediatizan el
desahogo emocional pero también vehiculizan las solicitudes materiales del
Aquiles de apellido Sarmiento. Aunque primordialmente, nos hablan del amor
entre una madre y su hijo. A través de las nimiedades y las vicisitudes de lo
cotidiano en el trocar infatigable de cartas, los epistológrafos comunican
aquello que les toca vivir. De este modo –si cabe– las cartas reponen la
ausencia del otro y mantienen vivo el lazo afectivo al punto de poder leerse en
ellas toda una inteligibilidad de los
afectos (Antières, 2019: p. 120) entre Dominguito y Benita donde el amor y
el miedo son los dos tópicos más fuertes.
Una
inquietud ante el texto ensobrado por venir reverbera en los pliegues del papel
y la espera se convertirá luego en alivio porque una carta es, sin más,
constatación de vida para una madre inundada de tristeza y temor. La escritura
del epistolario muestra que esos meses fueron angustiantes y desgarradores para
Benita. En cambio, para Dominguito fueron el cumplimiento de un deber y una
misión a la que se fue preparando durante su corta vida.
Como
esbozábamos al comienzo, contribuir a desasignar sitios propios de la narrativa
dominante en torno a la guerra del Paraguay implica atender a otros materiales
que reconfiguren y dinamicen ciertos núcleos de sentido. En este sentido, estos
artefactos narrativos, los documentos epistolares poco transitados que aquí
presentamos, exploran este conflicto bélico desde un costado, en primera
persona. Como decíamos más arriba, los tópicos que pulsan por copar el
horizonte son el amor y el miedo, pero la muerte se hizo presente, truncando
estas letras entintadas. Si escribir es en última instancia escribir nuestras
obsesiones personales (Spiegel, 2007), Dominguito nos remitirá a las armas y
las letras y Benita, a su único bien, su querido hijo.