Investigaciones

Género y territorio. Análisis de las desigualdades en los sistemas de género por la producción de palma africana en la zona costera de Ecuador

Rosalía Soley *

Género y territorio. Análisis de las desigualdades en los sistemas de género por la producción de palma africana en la zona costera de Ecuador

Crítica y Emancipación, vol. VIII, núm. 15, 2016

Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales

Resumen: El artículo presenta la conexión que existe entre los procesos globales y locales en el caso de la agroindustria. La dinámica económica global condiciona el desarrollo de la agroindustria a nivel local, materializándose en la organización de sectores productivos especializados que dependen de los requerimientos del momento en el mercado mundial. Esta interconexión, además, trae consigo efectos directos en la dinámica de las relaciones sociales y económicas en el territorio, tal es el caso de la palma africana, cuyo modelo agroexportador ha provocado una reconfiguración en el territorio en sus múltiples dimensiones (económica, social, ambiental y cultural).

Palabras clave: Dinámicas económicas globales, agroindustria local, palma africana, modelo agroexportador, desigualdades de género, desterritorialización.

Abstract: The article presents the connection between global and local processes in the case of agribusiness. The global economic dynamic conditions the development of agribusiness locally, materializing in the organization of productive sectors specialized dependent requirements moment World Market. This interconnection, also it brings direct effects in the dynamics of social relations and economic conditions in the territory, such is the case of African palm, whose model agroexportador has caused a reconfiguration in the territory in their multiple dimensions (economic, social, environmental and cultural).

Keywords: Dynamic global economic, Local agribusiness, palm, model agroexportador, gender inequalities, deterritorialisation.

Introducción

El modelo de acumulación agroexportador de países en vías de desarrollo se ha fortalecido con el desarrollo y hegemonía de la agroindustria. La modernización tecnológica de la producción agraria, su mercantilización y la globalización de los canales de comercialización de diversas especializaciones productivas —alimentos, materia prima y energía— han permitido la expansión e integración en el comercio mundial de las grandes corporaciones agroindustriales.

Desde la argumentación de la Geografía del desarrollo desigual, se pone como ejemplo a la actividad agroindustrial para describir las relaciones que se establecen a partir de las características económicas, sociales y políticas propias de las regiones desarrolladas con las regiones subdesarrolladas o entre la ciudad y el campo. “El capital combina tecnología de punta, organización industrial y división del trabajo con fuerza de trabajo barata y/o superexplotada” (O’Connor, 1988: 10).

A nivel internacional, los intereses económicos de las agroindustrias han tenido una mayor preponderancia que la preocupación global por la crisis alimentaria y los impactos del cambio climático, principalmente entre los años 2007 y 2008. Las Reuniones del G8, el Foro Económico Mundial y las Convenciones de las Naciones Unidas han sido actores principales del auge agroindustrial y presentaron la producción de agrocombustibles (biodiésel y bioetanol) como una opción económica, ecológica y socialmente viable a nivel global ante las problemáticas de la crisis climática y alimentaria (Vargas, 2008). En este sentido, se ha dado un empuje a las inversiones agroindustriales por la apertura de nuevos nichos económicos para ubicar los productos en un mercado internacional con una estructura más amplia.

El auge de la agroindustria y la financierización del sistema alimentario, intensificada desde el año 2007, han provocado una profundización en la división internacional del trabajo que, en la escala local, ha hecho que los territorios insertos en procesos productivos agrícolas industrializados hayan reforzado su papel como abastecedores de materia prima y mano de obra asalariada. El tiempo y espacio de la población quedan dependientes de los requerimientos de la dinámica de las agroindustrias en términos de la ocupación de la tierra, sus usos y prácticas (López y Llorente, 2010; Quevedo, 2013; Toledo y Altieri, 2011; Toledo et al., 2009; Paulson, 2013; Clapp, 2013).

En este contexto, se inserta de forma contundente la crisis provocada por los precios de los hidrocarburos y la búsqueda por parte de los países “del norte global” de alternativas para diversificar sus fuentes de energía. Son países que promueven, en este contexto de incentivación a la agroindustria, el fortalecimiento del modelo de monocultivos “energéticos” a base de especies agrícolas como la caña de azúcar, aceite de palma africana, maíz, soja, piñón de tempate o jatrofa (jatropha curcas); entre otros. El potencial para la producción de estos cultivos se encuentra en los países en desarrollo, incluyendo los países de América Latina, ya que los mejores rendimientos para la producción se dan en las zonas tropicales y semitropicales (Albán y Cárdenas, 2007).

Los gobiernos, tanto de los países “desarrollados” como de los países “en desarrollo”, han posicionado, dentro de sus discursos y políticas, a los agrocombustibles como productos estratégicos para conseguir una mayor seguridad energética. Se ha promocionado un crecimiento económico de los países “en desarrollo” centrado en el incentivo de un desarrollo rural basado en la agroindustria y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) mediante la producción de materia prima para agrocombustibles (Albán y Cárdenas, 2007), principalmente de los países con vocación hacia la agricultura de exportación.

Actualmente, los mayores productores de agrocombustibles son los Estados Unidos, la Unión Europea y Brasil. Estos países han desarrollado políticas para favorecer la producción interna de agrocombustibles y el control de la industria asegurando el abastecimiento de la materia prima a través de empresas transnacionales. Estos países representan el 87% de la producción mundial (OCDE-FAO, 2008). El segundo bloque de países con mayor producción lo componen: Argentina, Canadá, China, Colombia, India, Indonesia, Malasia, Filipinas y Tailandia que, en conjunto, representan el 18% del mercado mundial de agrocombustibles (GRAIN, 2013).

Dentro de la diversidad de productos agrícolas para la producción de agrocombustibles, el aceite de la palma africana es comparativamente el más barato. Las plantaciones de palma aceitera en los trópicos producen cuatro veces más agrocombustible por hectárea que los cultivos europeos de oleaginosas. Los rendimientos promedio son cinco veces superiores a los de una hectárea de soja (GRAIN, 2013; Urriola y Cuvi, 1986; citado por Quevedo, 2013).

Adicionalmente, el aceite de palma es el aceite vegetal más comercializado del mundo por su versatilidad para ser materia prima en distintas industrias además de los agrocombustibles (jabones, oleoquímicas, detergentes, aceites de cocina, biodiesel). Dentro del comercio global ocupa el 56% de todas las especies oleaginosas, siendo mucho más importante que la soja, que cubre el 23% (FAS-USDA, 2005 citado por Carrere, 2006; Cheg Hai, 2010).

Los altos rendimientos y la versatilidad del aceite de palma para insertarse en diferentes mercados (alimentación, cosmética, combustibles, etc.) han provocado un considerable incremento de su producción en las últimas tres décadas. La superficie cultivada pasó de 1.55 millones de hectáreas en 1980 a 12.2 millones en 2009. Su producción aumentó de 4.5 millones a casi 45 millones de toneladas en este periodo y más de las tres cuartas partes de esta producción se comercializan en los mercados internacionales. A nivel mundial, Malasia e Indonesia son los mayores productores de aceite de palma, representando el 86% de la producción. En América Latina, Colombia se encuentra a la cabeza de la producción regional siendo el cuarto a nivel mundial. Ecuador ocupa el segundo lugar en América Latina y el séptimo a nivel mundial (Index Mundi, 2014).

Para este artículo nos basamos en el caso de Ecuador, ya que es un claro ejemplo de cómo el paisaje agrario se ha ido transformando por la agroindustria a partir de los auges de cultivos destinados a la exportación, como es el caso de la palma africana. Esto ha estado ligado con su interdependencia con las políticas de las transnacionales y requerimientos del mercado externo, los cuales se implican en la estructura de sectores productivos especializados (Larrea y Sommaruga, 1988).

Para la investigación se han identificado dos hechos claves que dan pie al impulso de la agroindustria y a los distintos efectos que ha tenido en los territorios. El primero se contextualiza en las décadas de los sesenta y setenta con los intentos de reforma agraria, que dan impulso a la agroindustria de cultivos permanentes como el cacao, café y banano, siendo la palma africana un cultivo extensivo e intensivo para su producción. Esto causa una ampliación de los espacios agrarios, lo cual origina procesos de colonización estrechamente relacionados con la modernización (industrialización, urbanización). Esta modernización causa la movilidad de poblaciones a territorios con auges económicos de especialización productiva y apropiación de reservas ecológicas para asentamientos y cambios de uso de suelo para explotación de monocultivos, madera o petróleo.

El segundo hecho se manifiesta a raíz de la crisis alimentaria y el auge de la discusión global sobre el cambio climático entre 2007 y 2008, que permite a los gobiernos y transnacionales poner sobre la mesa la importancia de los agrocombustibles como parte de la solución. A nivel nacional se impulsa la promoción de marcos legales y normativos que promuevan la modernización del sector agropecuario. Se potencia la promoción de sujetos y espacios que puedan ser intervenidos a través de la diversificación económica y productiva para la generación de empleo digno y la reactivación de mano de obra local para la producción de materia prima destinadas a la elaboración de agrocombustibles como parte del proceso del cambio de la matriz productiva (Daza, 2015).

Sin embargo, aunque existen ventajas comparativas a nivel global y una creciente demanda internacional para la producción expansiva de palma africana, este proceso de promoción de su cultivo ha implicado la aparición de nuevas divisiones territoriales de trabajo que pone el énfasis en la extracción y re-primarización de la economía ecuatoriana, lo que cuestiona si realmente ha dinamizado el desarrollo local y las mejoras en el entorno socioambiental de la región (Falconí y Vallejo, 2012; Moncada, 2013).

En la revista Biodiversidad, elaborada por GRAIN (2004), se resume que las reformas estructurales —a favor de los intereses de las grandes empresas transnacionales a través de sectores como la agroindustria— han afectado en cuatro dimensiones: “social, aumentado las desigualdades en el acceso a los recursos y la exclusión de la ciudad y el campo; ecológica, degradando y destruyendo ecosistemas y diversidad biológica y cultural; económica, donde las necesidades del mercado son antagónicas con las necesidades humanas; y política, con mayor concentración del poder en la toma de decisiones” (ibíd.).

De lo anterior, se pone en cuestión, por tanto, que la reterritorialización hacia enclaves o espacios articulados a la agroindustria signifique una mejora generalizada en las condiciones de vida de la población rural o que, más bien, se profundicen las desigualdades geográficas desterritorializando a la población por el cambio en las actividades productivas. Al mismo tiempo, el cambio altera sustancialmente los procesos y mecanismos que regulan y organizan a la sociedad en lo que se refiere a cómo son hombres y mujeres y a cómo actúan.1 (Astelarra, 2005). A esto se le denomina sistema de género.

Partiendo de los supuestos anteriores, la investigación parte de territorios eminentemente agrícolas caracterizados por haber tenido una especialización histórica de plantaciones de cultivos permanentes e intensivos para la comercialización como el banano, el cacao y la palma africana. A la vez, existe un mosaico de hogares que se encuentran en el territorio, los cuales han desarrollado diversas estrategias de afrontamiento para su subsistencia a través de cambios o implementación de nuevos sistemas de producción agrícola y la proletarización de la mano de obra, así como los cambios en los roles dentro del sistema de reproducción de los hogares.

Por tanto, es cierto que la agroindustria palmicultora presenta contradicciones en las posiciones y conflictos esenciales en la relación asimétrica entre escalas y géneros, provocando una transformación de sus sistemas de producción y reproducción en el territorio. Todo ello tiene impactos ambientales y socioculturales.

El objetivo principal de este estudio es analizar las características y dinámicas del sistema de género que se han reconfigurado en el territorio por la expansión de la producción de palma africana y si estos cambios han exacerbado la desigualdad entre hombres y mujeres.

Marco teórico

Geografía del desarrollo desigual

A lo largo de la historia las estrategias de colonización2 han permitido diferenciar los distintos modos de producción, tecnologías y estilos de vida. Estas formas de relación entre la naturaleza y la sociedad han marcado el proceso de construcción y consolidación de dualismos, de relaciones inconexas, utilitarias y violentas entre naturaleza/ cultura, mujer/hombre, cuerpo/mente, público/privado, producción/ reproducción, extendiéndose a través de los intercambios entre las diferentes escalas de la globalización.

A partir del siglo XIX y con el desarrollo de la Revolución Industrial, se evidencia con mayor claridad la ruptura del ser humano con respecto al sistema biofísico, propiciando el cambio del valor intrínseco de la naturaleza en utilidades dentro de las estrategias económicas. Esta ruptura epistemológica entre el ser humano y la naturaleza está muy relacionada, desde una perspectiva social, con la disminución del determinismo geográfico sobre el ser humano, favorecida por los avances en la ciencia y la tecnología que han aumentado la capacidad humana de modificar el entorno “natural” y reproducirse en la sociedad en “términos materiales” (Toledo y González, 2007: 1).

Aunque este proceso histórico comenzó en épocas anteriores, los economistas neoclásicos separaron la perspectiva del mundo físico (naturaleza) de la esfera de la producción económica. Esa separación epistemológica —cimentada en la racionalidad económica que subordina el orden ecológico, social y político— generó procesos de destrucción ecológica y degradación ambiental. Tanto es así que la idea de progreso se respalda científicamente sobre la base de instrumentos de gestión económica, de intervención estatal y del mercado, en aras de lograr altas tasas de crecimiento económico (Leff, 2007).

Todavía, pese a los argumentos que rebaten esta cuestión, el concepto de desarrollo se relaciona, de forma generalizada, con un proceso homogéneo de crecimiento económico. El desarrollo constituye un punto hacia el cual todos los países deben avanzar pasando por una serie de etapas previas y alcanzando un estado final de máxima eficiencia productiva, imitando los procesos que han seguido los países que se denominan “desarrollados”.

No obstante, debe considerarse que en la teoría clásica del capitalismo, ya enunciada en el siglo XVIII, es posible observar que, para que exista el denominado “desarrollo”, debe existir necesariamente subdesarrollo. Esto se produce mediante una dinámica circular de reproducción que permite a países que se consideran guías o ejemplos del desarrollo tener el dominio geopolítico a través de un conjunto de relaciones asimétricas y “desequilibrios socioeconómicos y espaciales” (García, 2006) asociados a intercambios desiguales.

Por tanto, plantear la multiescalaridad permite comprender las relaciones dentro de una red de espacios conectados. Un claro ejemplo es el cambio de la agricultura de subsistencia a una agricultura comercial, intensiva y/o expansiva, dentro del marco de la Revolución Verde. Las zonas rurales y el aumento de la rentabilidad de la agroindustria llevaron a la “exacerbación de las especializaciones productivas a nivel del espacio” (Santos, 1993) y, por ende, a la pérdida del acceso a la tierra y el control de sus recursos. En estas zonas existen sistemas de agricultura especializada, monocultivos y concentración en un cultivo o un grupo de cultivos destinados principalmente al mercado de exportación (O’Connor, 1998).

Los ecosistemas apropiados y transformados por la puesta en marcha de actividades expansivas y extensivas han perdido su estructura y función y, por ende, su resiliencia. Requieren de energía externa (humana, animal o fósil) para mantener el flujo metabólico (material, energético, monetario y de servicios ecológicos) requerido por las sociedades (Toledo, 2013). Esta desarticulación y reorganización socioambiental ha traído impactos y desigualdades que se invisibilizan sistemáticamente entre hombres y mujeres, siendo estas últimas intersecadas por “categorías de opresión como la raza, clase, género y sexualidad” (Segato, 2011). Las mujeres soportan de manera desproporcionada los impactos de la actividades agroindustriales debido a la división sexual del trabajo, del poder, del acceso, la propiedad y del control de los recursos materiales (Veuthey y Gerber, 2011).

Tal como lo plantea Susan Mackenzie (1986), citada por Sabaté et al. (1996), “se trata de formas y estructuras que nosotros hemos creado, que usamos, reproducimos y alteramos en los procesos de producir bienes y servicios y de reproducirnos nosotros mismos como seres biológicos y sociales” (ibíd., 41). Por ello, resaltar el sistema de género es esencial dentro de los “mecanismos económicos y políticos que impulsan esta globalización; también en los flujos de ideas, imágenes y discursos que actúan para globalizar ciertos modelos sociales e imaginarios culturales” (Paulson, 2013). Estos imaginarios están relacionados con la forma en que “las mujeres y los hombres interactúan en un espacio [y tiempo] determinado”, condicionando los procesos de apropiación de los distintos espacios (Paulson y Equipo Lund, 2011).

Dentro de cualquier escala geográfica “las identidades de género son mutuamente constituyentes, de tal forma que los cambios en ciertos aspectos impactan en otros, causando tensiones y reajustes” (Paulson, 2013).

Los modelos agroexportadores de palma africana han provocado una fracturación del territorio, lo que siguiendo a Santos (1993) se denominaría “fraccionamiento horizontal y vertical de los territorios”. Este fraccionamiento ha configurado el territorio tanto en la dimensión ambiental como en la socioeconómica. Este nuevo ajuste se vincula con los “procesos de dominio y apropiación del espacio” (Haesbaert, 2011) que inciden directamente en el metabolismo social, las relaciones de poder y la dinámica de los sistemas de género.

Los sistemas de género dentro del espectro del modelo agroindustrial generan relaciones de poder caracterizadas por la desigualdad, la fragmentación, la tensión y el conflicto entre las escalas en función de los intereses y el uso que cada actor dentro del territorio esté interesado en otorgarle. De esta manera, el territorio se convierte en la porción de espacio geográfico que está determinada por el control de uno o varios actores con mayor poder, muchas veces determinado por el género (Montañez, 1997: 198).

Mujeres: historias de reterritorialización desde la cotidianidad

Para Alicia Lindón (2006), integrar al proceso de des-territorialización y re-territorialización pasa por el análisis de las relaciones de poder, las cuales están superpuestas a otros tipos de relaciones heterogéneas (de producción, de familia, de género). De esta manera, el poder se mueve de manera desigual entre escalas, teniendo unos puntos de concentración y otros con menor peso. Esto configura espacios con relaciones asimétricas dentro del territorio y fuera de él (Calveiro, 2005), donde se pueden visibilizar los procesos de reelaboración del territorio propio y resignificación del uso y producción del territorio produciendo reterritorializaciones.

De tal forma, el análisis de género requiere tomar en consideración la base patriarcal de los paradigmas, los modelos, los procesos, las políticas y los proyectos promovidos por los diferentes actores globales que se han ido reproduciendo en las distintas escalas geográficas. Para comprender la construcción de roles y relaciones de género en el territorio se toman en cuenta patrones de movilidad, uso y percepción del espacio, dentro de los cuales pueden reflejarse los matices de la situación de desigualdad que viven las mujeres.

Las autoras Baylina Ferré y Salamaña (2006) plantean que “la diferencia en los análisis de la división del trabajo dentro de la familia y de la sociedad rural lleva a la explicación de la desigualdad y con ello a considerar las relaciones de género como centrales para analizar la distribución y el ejercicio de poder en las unidades de hogares, las instituciones y la comunidad rural”3. Todo esto debe considerar las variables de edad, etnia, clase, nivel socioeconómico, elementos culturales, estructuras familiares y organización social.

Otra de las variables que está sujeta a la construcción del sistema de género es la vinculada a las relaciones de poder, que se pueden analizar en las variaciones territoriales a partir del: a) acceso a los recursos; b) tenencia de los recursos; c) uso y control de los recursos; y d) responsabilidades diferenciadas para procurar o manejar los recursos que utilizarán la familia y la comunidad en términos de los usos del tiempo y espacio (Rocheleau et al., 2004).

Esta red de actividades y relaciones es la expresión local de los procesos sociales y económicos globales, estando la vida cotidiana determinada por atributos histórico-culturales, agroecológicos y demográficos que moldean los sistemas de producción-reproducción de los hogares y las estrategias de afrontamiento de subsistencia o de reterritorialización individual y colectiva frente a las dinámicas agroindustriales (Mingorría, 2010).

Lo anterior permite entender la distinción de las dicotomías entre lo “público/privado” y los “hombres = proveedores/mujeres = amas de casa” en relación a las divisiones sexuales de trabajo, siendo una “construcción sociohistórica susceptible de transformación donde el alcance de los trabajos reproductivos rebasa el ámbito doméstico al desempeñar un papel central en los procesos de reproducción de la fuerza de trabajo en el nivel societal” (Ariza y Oliveira, 2000).

Desde la perspectiva multiescalar, el uso del tiempo y espacio en lo local es la manifestación de la estructura interna y la dinámica de las relaciones de género en los territorios, particularmente en zonas especializadas de producción de monocultivos que han tenido reajustes por factores externos estructurales a nivel global y nacional. Esto permite distinguir la complejidad en la organización espaciotemporal de la vida cotidiana en la sociedad, a partir de los cambios socioambientales y los roles que desempeñan hombres y mujeres, internamente en la estructura del hogar, y a la vez en su comunidad (Sabaté et al., 1996).

Resultados y discusión

1. Transformación agrícola del territorio: homogenización de los sistemas de producción

Las regiones de Ecuador especializadas en la producción de palma africana son caracterizadas como un modelo agroexportador con base desigual y fragmentaria. Por ejemplo, la palma africana se caracteriza por la forma de organización de su producción, los tipos de productores en términos de la cantidad de superficies de tierra en propiedad y la vinculación con el mercado y otras industrias. Se trata de una organización de la producción que resulta bastante rentable.

En tal sentido, el patrón de uso de la tierra actual es el resultado del proceso de reterritorialización que han tenido las comunidades, las cuales están basadas, por una parte, en sistemas muy desarrollados de agricultura especializada, como el de la palma africana, o en la concentración en un cultivo o un grupo de cultivos en particular para el mercado de exportación.

De modo que la expansión del modelo agroexportador abrió un ciclo de auges y caídas de productos especializados en la zona costera de Ecuador, destinados principalmente a la exportación, como ha sido el caso del cacao, café, banano y palma africana. Esto propició los cambios en el modelo agrario-rural de los pequeños y medianos productores, según la forma de apropiación y uso de los recursos naturales. Con ello se fueron constituyendo “racionalidades productivas y ecológicas distintas” entre los mismos productores (Toledo et al., 1998).

De tal forma, la dinámica de producción y reproducción de la zona es un reflejo del proceso de desterritorialización de la agroindustria (Haesbaert, 2011). A causa de ello, la población ha buscado reestructurar los usos y prácticas productivas para la articulación a la agroindustria a través de la homogenización de cultivos orientados a la comercialización, incorporándose así a la lógica de la cadena agroindustrial.

Además, los procesos de desterritorialización de la agroindustria causados por la especialización de pequeños y medianos productores en determinados monocultivos se han llevado a procesos de reconstrucción del territorio explicados, como la reterritorialización (Haesbaert, 2013), lo cual produce un cambio en la dinámica de las relaciones en los actores que confluyen en el espacio (Escobar, 2008). Uno de los efectos que ha causado la agroindustria en los territorios ha sido la organización capitalista de la dinámica productiva de los hogares. Esto ha traído, a su vez, la homogenización de costumbres y usos de espacios y tiempo (Santos, 1999), que altera las formas de organización y relación entre hombres y mujeres.

En este sentido, existen patrones de usos de espacios y tiempos generalizables, si se analizan desde su cotidianidad las relaciones sociales y de poder dentro de los propios hogares, existen una serie de particularidades que definen diferencias y desigualdades con respecto al género y que también tienen su expresión en el territorio y en las relaciones de las personas con el mismo. En el siguiente acapité, se abordará, desde las relaciones de poder que se dan en la vida cotidiana, cuáles han sido los procesos de los hogares, y especialmente de las mujeres, para afrontar la expansión agroindustrial de aceite de palma en la comunidad y en su contexto regional.

2. Mujeres: historias de reterritorialización en la vida cotidiana

La vida cotidiana es la ejemplificación de la interconexión entre los factores globales y los locales, en donde se reflejan las tensiones y los reajustes de las relaciones de poder, los modos de producción y reproducción, los estilos de vida y las identidades en el territorio.

Para la Geografía feminista, estudiar la agroindustria en su contexto global permite analizar las relaciones de género y la desigual distribución espacial de poder entre hombres y mujeres en base a los roles sociales establecidos por la sociedad. De este modo, el análisis realizado se planteó desde las tres variables que matizan las relaciones de poder encontradas en el sistema de género en comunidades articuladas a la agroindustria (Rocheleau et al., 2004):

  1. 1. Acceso y tenencia de activos.
  2. 2. Uso y control de los activos.
  3. 3. Responsabilidades diferenciadas con base a usos de tiempo y espacios para procurar y/o manejar los recursos que utilizarán en el hogar y la comunidad.

2.1. Acceso y tenencia de los recursos

Para el caso de estudio, los hallazgos evidencian que tener acceso a algunos de los factores productivos (tierra, agua) y económicos no implica precisamente el control sobre los beneficios de estos, ya que el acceso es la posibilidad de trabajar sobre esos activos o bienes que no necesariamente implica tener derecho efectivo de usos sobre el activo o bien; por ejemplo la tierra para arrendar, hipotecar, vender, producir (Agarwal, 1994).

Es claro que los impactos de la agroindustria son diferenciados y condicionan el acceso a los medios de vida de la población, y se pueden observar desde los patrones que existen a la hora de quienes realizan las actividades dentro del trabajo productivo y reproductivo. Por ejemplo, en las actividades de cuidado ligados a la salud y la búsqueda de suministros de alimentos y recursos básicos (agua, leña, alimentos) son las mujeres o hijas las responsables de dichas tareas. Al tener una alteración en sus medios de vida son ellas las que se sobrecargan para buscar otras fuentes que les permita asegurar el cuidado y alimentación de los miembros del hogar.

Lo anteriormente planteado se refuerza con lo analiza do por Rocheleau et al. (2004), quien afirma que, con frecuencia, la responsabilidad que tienen las mujeres en el hogar y la salud familiar hace que se centren en las estrategias de subsistencia y de los impactos socioambientales por actividades agroindustriales, a diferencia de las actividades orientadas al mercado en las que los hombres, mayoritariamente, están más implicados.

En términos de acceso a los recursos económicos o productivos, suelen ser los hombres quienes tienen mayor oportunidad por estar vinculados directamente a la producción de cultivos para la comercialización y a la oferta de la mano de obra en las empresas agroindustriales del área. En cambio, a las mujeres se les hace más complicado el acceso a la tierra, al crédito, a las tecnologías, a la información, el asesoramiento y la formación porque las costumbres, las políticas y programas estatales y externos han estado enfocados a favorecer a los hombres. A pesar de que la mujer constituye una parte fundamental para la economía agrícola familiar, se asumen como apoyo y no como una trabajadora que ayuda desde la reproducción y producción en las diferentes escalas.

Continuando con el acceso a los recursos económicos una de las estrategias que han implementado los hogares frente al acaparamiento de tierras y homogenización del sistema de producción agrícola es la inserción de la mujer al mercado laboral y el liderazgo en la agricultura familiar. Si bien el acceso ha aumentado en la oferta de trabajo en las plantaciones, las condiciones laborales no son iguales que las de los hombres en términos de las actividades que realizan, consideradas como “menos especializadas”. El tiempo de contratación es temporal y la remuneración es menor por los dos determinantes laborales anteriores.

El contexto agroindustrial ha permitido que las mujeres desarrollen iniciativas económicas propias, como venta de comida, víveres, lavado de ropa o limpieza de casas. Aunque esto también marca una diferencia entre las mismas mujeres, no todas tienen la facilidad de poner en marcha un negocio propio, muchas veces depende de la capacidad adquisitiva general del hogar, que les permite hacer una pequeña inversión. Aunque, en muchos casos, este acceso dista mucho de ser equiparable al de los hombres, ha contribuido al empoderamiento4 de la mujer en la capacidad que tiene de generar los ingresos y decidir sobre sus usos, generándoles a las mujeres autonomía económica (Deere, 2011).

Por tanto, los hombres y mujeres acceden a los factores productivos y socioeconómicos de distinta forma. Para las mujeres el acceso implica un elemento clave de su empoderamiento, el cual contribuye a que tenga mayor poder de decisión y autonomía en la esfera familiar y comunitaria. Así también, el acceso involucra la decisión de cómo utilizar los activos o bienes; o de poder participar activamente en espacios de formación, información y capacitación.

2.2. Control y uso de los recursos

2.2.1 Propiedad y control de activos

La propiedad y el control de activos es la bisagra que conecta y une la redistribución de los [activos y recursos] con el reconocimiento en cuanto poder de negociación y empoderamiento (identidad, subjetividad y cultura) en el sistema de género de un territorio específico (León, 2010). Los activos socioeconómicos que se consideraron para el análisis de las desigualdades en la propiedad y control fueron: la tierra, animales, producción agrícola; conocimiento y tecnología (Paulson y Equipo Lund, 2011).

En la situación de la tenencia de los activos y el tipo de tenencia puede verse que la capacidad de cada género depende una vez más de las relaciones de poder. En esto se puede contrastar con el planteamiento de Deere y Twyman (2014) sobre si se toma como referencia total al hombre como el agricultor principal representa una seria distorsión de la realidad. Es interesante resaltar que la propiedad de los activos económicos en las mujeres, principalmente la tierra, genera ingresos y además tiene distintos usos (vivienda, cultivo de subsistencia y/o comercialización, entre otros) que pueden generar otros ingresos, así también sirven de garantía para créditos o capital semilla para actividades económicas familiares. Por lo que la propiedad es un factor esencial del proceso de autonomía de las mujeres.

De tal forma, la tenencia y propiedad de activos da un reflejo de cómo las relaciones en el territorio están marcadas por la forma de apropiación diferencial de los espacios construidos a partir de los roles de género, lo cual demuestra que los instrumentos legales, institucionales, culturales y estructurales no priorizan a las mujeres para la propiedad y control de la tierra de manera directa (Deere y León, 2000).

2.2.2. Acceso al trabajo y otras fuentes de ingreso

La historia agraria ecuatoriana ha mostrado que el control de los activos, principalmente la tierra, no es neutro de género. Para los hombres existe mayor facilidad en el mercado para adquirir y las mujeres suelen heredarlas. La razón por la que sucede está en función de la autonomía económica (acceso al trabajo y fuentes de ingresos) que les permita ahorrar y/u obtener créditos. De tal forma, la propiedad e ingresos de los recursos tienen una relación directa con el bienestar de las mujeres y los hijos.

Si bien lo mencionado anteriormente se ha ido modificando con el tiempo, ya que las mujeres se han insertado de diversas formas al mercado laboral —con algunas diferencias contractuales que los hombres— les ha permitido estar activamente dentro del intercambio de bienes/factores productivos, el mercado. Empero, continúa siendo un reto la visibilidad y valorización económica y social que da el aporte de las mujeres en la actividad agrícola, especialmente en territorios con especialización agroindustrial.

2.3. Responsabilidades diferenciadas: usos de la tierra y tiempo

Para visibilizar las distintas relaciones de poder, el análisis de la vida cotidiana se basa en la diferenciación de la distribución del tiempo y el espacio desde el individuo, tomando el tiempo como un recurso. Para ello, se parte de la diferencia que usa Rocheleau et al. (2004) con las responsabilidades que realizan hombres y mujeres.

Un hecho claro —que suele ocurrir en casi todos los lugares que entran en la lógica de la mercantilización a través de la agroindustria— es que la proletarización del hombre tiene un doble efecto sobre las mujeres: por un lado, la mujer se empodera porque tiene la responsabilidad directa de las tareas dentro de lo público —siendo lo público el espacio donde interactúa con otros y sus medios de vida (trabajo agrícola remunerado, trabajo no agrícola remunerado, organización comunitaria, etc.)—; y por otro, la sobrecarga o saturación de tareas, ya que los trabajos de reproducción en el hogar alargan el tiempo dedicado y no suelen ser compartidas con los hombres. Aparece aquí un punto importante que es la invisibilización de las tareas de cuidados, ya que no figuran como aporte monetario para mantener el bienestar de la familia.

Es claro que la “estructura sexuada de la vida cotidiana”, algo que, según Carrasco (2001), ya ha sido planteado por autoras como Franca Bibmia, Adele Pesce y Chiara Saraceno, destaca que la importancia de visibilizar la interrelación entre las actividades y las representaciones por género, ya que tanto las tareas como los tiempos cotidianos son desiguales entre hombres y mujeres.

Con lo anterior, se puede determinar que para las mujeres el tiempo es continuo debido a las actividades relacionadas con el cuidado que asumen. Las actividades son constantes y las mantienen ocupadas en épocas de descanso. Por el contrario, el uso de tiempo de los hombres suele repartirse en actividades discontinuas, ya que asumen tareas con secuencias en las que se alternan periodos de trabajo y periodos de descanso.

Por tanto, la estructura sexuada se convierte en desigual para las mujeres porque sólo valora y/o contabiliza positivamente lo que está relacionado con el mundo público y, muchas veces, con los espacios mayormente masculinizados (Carrasquear et al., 1998). En efecto, se puede concluir que las mujeres no disfrutan de las mismas condiciones que los hombres. La reorganización del territorio ha traído impactos y desigualdades que se mantienen invisibilizadas sistemáticamente entre hombres y mujeres y entre las mismas mujeres.

Conclusiones

El artículo presenta la conexión que existe entre los procesos globales y locales en el caso de la agroindustria. La dinámica económica global condiciona el desarrollo de la agroindustria a nivel local, materializándose en la organización de sectores productivos especializados que dependen de los requerimientos del momento en el mercado mundial. Esta interconexión, además, trae consigo efectos directos en la dinámica de las relaciones sociales y económicas en el territorio, tal es el caso de la palma africana.

Los modelos agroexportadores, como es el caso del sector del aceite de palma, han provocado una reconfiguración en el territorio en sus múltiples dimensiones (económica, social, ambiental, cultural), la cual está vinculada con las formas de producción social —material y simbólica— del espacio y que tiene implicaciones diferenciadas por géneros y escalas (comunitaria, hogar e individual). De ahí la importancia de que el análisis parta de la premisa de que el territorio no es neutral y, por lo tanto, provoca transformaciones en las relaciones sociales, ambientales y económicas.

En este sentido, la combinación de los enfoques teóricos —Geografía feminista y Ecología política feminista y Economía ecológica— se dividieron los hallazgos en dos grandes bloques que permiten explicar las desigualdades analizadas desde la cotidianidad.

El primer bloque se concretó en la homogenización del territorio de estudio bajo el análisis de dos variables: la especialización agrícola y la pluriactividad asalariada y no asalariada (usos de tiempo). Estas visibilizaron la dependencia que los sistemas de producción tienen con el mercado externo y, por ende, la definición de ciertos patrones de usos de la tierra y la proletarización de la población.

Se puede afirmar que los pequeños productores agrícolas constituyen el grupo más impactado en el proceso de expansión de la agroindustria a partir de la desterritorialización de sus patrones de uso de la tierra. La manera de afrontar y adaptarse al contexto parte de la inserción en actividades agrícolas especializadas, como la palma africana, los cuales están destinados al mercado externo.

Así también, la especialización de los pequeños productores ha ido variando de acuerdo al auge económico de un determinado cultivo. No obstante, la expansión de la palma africana ha sectorizado la especialización de los productores poniendo en evidencia las desigualdades que existen entre los mismos hogares. Esta sectorización se hace evidente ya que muchos hogares que no tienen o tienen muy poca tierra y dependen totalmente del mercado para vender su fuerza de trabajo y adquirir productos (sistema de producción asalariado). Por otra parte, hay grupos de hogares con tierra que combinan la actividad agrícola para la comercialización y autoconsumo con trabajos temporales (sistema de producción de cacao). Los hogares que más superficie de tierra poseen son los que se dedican a la producción de monocultivos; unos dividen la tierra para el cacao y la palma africana, y otros hogares se dedican exclusivamente a la producción de palma africana. Una de las diferencias respecto a los grupos anteriores es que estos no necesariamente prestan servicios, sino que más bien demandan mano de obra para trabajar en su tierra de manera estacional.

La pluriactividad se refleja de dos formas: primero, como una estrategia de organización del hogar frente a la dinámica agroindustrial, siendo en muchos hogares su sistema de producción principal, ya que no solo es fuerza de trabajo para las plantaciones o empresas agroindustriales, sino que supone la prestación de servicios (lavandería, cocina, limpieza, cuidados de otros). La segunda forma se vincula al aseguramiento de un ingreso fijo en el hogar. Esto parte de la diversificación de las fuentes de ingresos en hogares con sistemas de producción agrícola.

De tal manera, las respuestas de reterritorialización frente a alteraciones en el territorio por la intervención de la agroindustria han implicado una homogenización de costumbres y usos de espacios y tiempo vistos desde la especialización agrícola y la pluriactividad de los hogares. Con ello se refleja la desigualdad diferenciada que existe cuando se transversalizan las relaciones de poder de acuerdo al acceso, control y decisión sobre los recursos. De aquí que el territorio se plantee como un mosaico con las diferentes particularidades en torno a las concepciones de apropiación y uso del espacio colectivo e individual.

El segundo bloque presentado devela las desigualdades que existen y que se han profundizado en el sistema de género mediante la operacionalización de las relaciones de poder definidas como el acceso, tenencia, toma de decisión y control sobre los recursos. Se muestran también las responsabilidades cruzadas con los usos de tiempo, encontrando así una dicotomía entre el acceso al mercado laboral y la sobrecarga de trabajo de cuidados, la pérdida de medios de vida vs. migración para diversificar fuentes de ingresos, o bien asumiendo los impactos socioambientales en el territorio por una fuente de trabajo.

Las categorías de análisis —acceso, tenencia, control y responsabilidades— permitieron analizar las relaciones de poder que reafirman los atributos territoriales (históricos, culturales, ambientales) feminizados y masculinizados según la funcionalidad del espacio. Esto puede observarse por ejemplo en el aumento de la pluriactividad en los hogares, las mujeres complementan sus actividades cotidianas con actividades remuneradas. Un claro ejemplo es la incorporación de las mujeres en el mercado de trabajo pero sin dejar de realizar las tareas domésticas.

Asimismo, la actividad agroindustrial trae consigo la creación de puestos de trabajo para las mujeres, pero las relaciones y las condiciones laborales están traspuestas por un modelo laboral masculino que vuelve a generar desigualdad entre los géneros en el ámbito laboral. Esto se observa en lo referente al tiempo de contratación, remuneración y tipo de actividades menos especializadas.

Por otro lado, aún está invisibilizado el gran aporte y participación de la mujer en tiempo y carga de trabajo cuando se trata de actividades agrícolas del hogar. Al ser un fondo común familiar se sombrea quién y cómo se realizan las actividades colectivas, especialmente a la hora de reflejar el aporte de las mujeres al sistema de producción agrícola del hogar.

Ambos aspectos mencionados —la actividad pagada y el trabajo agrícola no pagado— tienen que ver con la forma en que el patriarcado ha regulado las relaciones y roles de género, a través de una relación con la autoridad y la economía, pero también con el conocimiento de qué se puede/debe conocer, quiénes pueden y deben saber en torno a escoger, asumir y adaptar.

En síntesis, el proceso de transformación territorial, fruto del cambio en la dinámica productiva, lejos de ser un factor de cambio que mejore las relaciones de género, ha profundizado las desigualdades. Se han evidenciado incrementos positivos con respecto a algunos aspectos de las relaciones de poder, como el incremento en el acceso y tenencia de la tierra, la toma de decisiones y el control sobre los recursos o el acceso al mercado laboral por parte de las mujeres. Sin embargo, estos aspectos muestran importantes diferencias con respecto a los hombres, ya que las mujeres llevan añadida una sobrecarga de trabajo por seguir manteniendo el peso de las actividades de cuidado.

En este contexto, el estudio recupera la importancia de la historización y visibilización de las desigualdades de género, las cuales se hacen (in)visibles en los territorios que son fragmentados y desterritorializados por las estructuras que homogenizan los sistemas de producción, dentro de los cuales la población implementa estrategias de afrontamiento para asegurar su subsistencia.

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Notas

1 Esto es independiente al sexo biológico.
2 Entendida como las “actividades que alteran deliberadamente los sistemas naturales con el fin de hacerlos más útiles a la sociedad” (Fischer-Kowalski y Haberl, 2000: 21).
3 Es importante enfatizar que los conceptos de “público” y “privado” no están sesgados por las generalizaciones que muestran algunos estudios que relacionan lo público con lo masculino y lo privado con lo femenino, sino que se trabaja partiendo de que el uso del espacio por hombres y mujeres es variado. Sin embargo, se asume que las estructuras territoriales se han constituido en espacios feminizados y masculinizados según la funcionalidad del espacio y las divisiones de roles de género.
4 El empoderamiento de las mujeres se entenderá como “la alteración radical de los procesos y las estructuras que reproducen la posición subordinada de la mujer como género” (Young, 1993 citado por Deere y León, 2000); y el que pasa por la “dotación a las mujeres de mayor poder y control sobre sus propias vidas. Implica aspectos como la concientización, el desarrollo de la confianza en sí mismas, ampliación de oportunidades y un mayor acceso a los recursos y control de los mismos” (Alfaro, 1999).

Notas de autor

* Magíster en Estudios Socioambientales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de Ecuador (FLACSO) con especialización en Políticas y Gestión Energética y Medioambiental en FLACSO-México.

Master Studies Faculty Socioambiental Latin American Social Sciences Ecuador (FLACSO) with specialization Policy and Energy Management and FLACSO-Mexico Environmental.

Información adicional

Cómo citar este artículo [Norma ISO 690]: SOLEY, Rosalía Género y territorio: análisis de las desigualdades en los sistemas de género por la producción de palma africana en la zona costera de Ecuador. Crítica y Emancipación, (15): 81-106, primer semestre de 2016.

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