Reseñas

Luchar por la justicia al viento del espíritu. Autobiografía y esbozo de historia de mi generación, de Juan Hernández Pico

To fight for Justice in the winds of Spirit. An Autobiography and a Sketch of the Spirit of my Generation, by Juan Hernández Pico

José Luis Rocha
Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador

Realidad, Revista de Ciencias Sociales y Humanidades

Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, El Salvador

ISSN: 1991-3516

ISSN-e: 2520-0526

Periodicidad: Semestral

núm. 161, 2023

realidad.director@uca.edu.sv



DOI: https://doi.org/10.51378/realidad.v1i161.7712

Era una tarde calurosa en el Centro Loyola de El Salvador. El sol se ensañaba sobre la pared este de un enorme salón rectangular donde noventa concurrentes, jesuitas y laicos, estaban llegando a la culminación de tres días de trabajo de la Oficina de Planificación Apostólica (OPA), un esfuerzo multitudinario que dejó discusiones preñadas de propuestas y nuevas amistades. En el plenario final se estaban exponiendo las conclusiones a las que cada grupo temático había arribado. Juan Hernández Pico, Piquito, para sus numerosos amigos y conocidos, había hecho de secretario de su grupo de apenas tres integrantes, reducido a ese tamaño quizás porque sus asuntos eran de naturaleza novedosa en aquel periodo (tal vez la plataforma indígena) o de proverbial impopularidad (probablemente, las investigaciones). Los tres pasaron al frente, encabezados por Piquito, que antes de leer las conclusiones advirtió: “Cómo pueden ver, el grupo es pequeño”. Cazando la oportunidad al vuelo, desde el fondo del salón, el jesuita Miguel Ángel Ruiz dijo: “Sí, son solo dos y Pico”. Piquito sonrió, más condescendiente que divertido, en medio de una carcajada general que demolió cualquier tipo de solemnidad con la que ese momento se hubiera podido revestir y que Pico necesitaba como ambiente propicio para la respetuosa seriedad con que se tomaba todas las reflexiones grupales e individuales, propias y ajenas.

Juan Hernández Pico es un hombre muy afable que celebra las bromas, pero que no las produce. Aunque a veces cuenta chistes muy buenos, no podría emular Mis chistes, mi filosofía del esloveno Slavoj Žižek. El sentido del humor no le brota a flor de piel. Sus cavilaciones están empapadas del sentimiento trágico de la vida y eso se nota en cada página de esta autobiografía. Dejando aparte poco más que un par de comentarios de terceros que él recoge como fiel amanuense, no aparecen aquí frases ni hechos humorísticos. Ni siquiera en forma de ironía. En su descargo, si es que alguien lo registrara como una deuda, hay que reconocer que ningún autobiógrafo está obligado a incluirlas. Pero como reseñador debo destacarlo como un rasgo del carácter personal que incide en la pluma y en la selección de los hechos y que, por tanto, nos dice algo -o mucho- sobre el mensaje que se busca transmitir.

El humor destaca las contingencias. Deviene en asunto chistoso lo que pudo no haber sido así o incluso no haber sido de ninguna manera. Pero no lo que tenía que ser forzosamente así. La seriedad busca un sentido, persigue el hilo de Ariadna que nos saque del incomprensible laberinto que construye la avalancha de los hechos cotidianos. Luchar por la justicia al viento del espíritu quiere mostrar que la vida de Hernández Pico y la trayectoria de la Compañía de Jesús en Centroamérica en las últimas décadas han tenido un sentido. La imagen del viento parece introducir el azar. Pero el contenido del libro saca de dudas. El viento sopla siempre en una dirección precisa: la del compromiso con la justicia. La imagen del “espíritu” es originalmente religiosa, pero con el correr del tiempo ha adquirido evocaciones hegelianas que –me parece- están presentes en la intencionalidad de este texto: el espíritu se realiza en el mundo, y por eso todo lo que es real es racional, es decir, tiene sentido, sigue un hilo conductor. La tarea que Hernández-Pico se autoimpuso como autobiógrafo fue la de mostrar esa racionalidad, explicar cómo la astucia de la razón obra por medio de hombres endebles que hacen aportes parciales y los hacen en el seno de circunstancias siempre cambiantes y a menudo adversas.

Por eso, aunque la narración se compone de muchas piezas de carácter diverso, cada tesela –anécdota, personaje, producción intelectual, acción pastoral u organizativa- encaja en un mosaico con un diseño reconocible. Ese grado de “cerrazón” es su principal virtud y su debilidad. Es su virtud porque, como todo texto que aspire a cierta calidad, no puede ir soltando frases y anécdotas al garete, dejando al lector la tarea de engarzarlas y descubrir su sentido. El texto inserta la diversidad en un gran relato, a la usanza de la modernidad y a contracorriente de la posmodernidad, cuyos relatos admiten el absurdo, la dispersión y los desvaríos.

Pero la extrema consistencia de la autobiografía es también su debilidad: en ausencia de lo contingente y su apertura, la compulsión teleológica se abate como un peso opresivo sobre los sujetos. Es posible que ese peso lo haya sentido a lo largo de su vida el mismo autor, cuya fragilidad queda expuesta en el texto con una honestidad que, en el ámbito eclesial, sólo encuentra un parangón en San Agustín. Con ese peso a cuestas escribió estas páginas, abrumado por la pesadumbre de la vida consciente, diría Rubén Darío. Pero lo que es fidelidad al talante del yo, no siempre lo es a las circunstancias (de hecho el texto está estructurado por dos lógicas no siempre convergentes: la cronológica-colectiva y la psicológica-biográfica). La hábil pluma de Hernández Pico lima las anfractuosidades y corta los retazos que se salen de la trama. Pero ese procedimiento oculta que muchas historias se desgajaron del gran guión o quedaron truncadas. Si se prefiere: cayeron en otro gran guion más abarcador que desconocemos y cuya existencia testimonian las decenas de bifurcaciones y trifurcaciones que muchos personajes encontraron, los esfuerzos en vano y la maldad gratuita.

Como disculpa no pedida –y acaso innecesaria- por esa debilidad, cito las palabras de Georges Bataille: “Somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible… Nos resulta difícil soportar la situación que nos deja clavados en una individualidad fruto del azar, en la individualidad perecedera que somos.” El guión y su peso fueron recursos para vencer el azar y la individualización de las experiencias.

Invierto ahora el énfasis: la debilidad del texto es también su fuerza. El autor se sirvió de su subjetividad para construir una objetividad consistente y profunda. Por obra de su ambición abarcadora, apalancando sobre las flaquezas del autor, esta autobiografía es el recuento sistemático más completo de la historia de la Provincia Centroamericana de la Compañía de Jesús. Y eso la convierte en un documento impagable. Creo que es un texto que debería haber levantado mucho más polvo del que hasta ahora alzó. Pero no dudo de que en el futuro se hará notar.

Todo los otros documentos historiográficos están muy ceñidos a ciertos sujetos –como el imprescindible Pagando el precio de Teresa Whitfield- y la clásica biografía de Rutilio Grande, Historia de una esperanza, de Rodolfo Cardenal-, o tienen circulación restringida dentro de la orden jesuita y una limitada cobertura temporal. Luchar por la justicia al viento del espíritu es en realidad una historia de la Provincia. Claramente subjetiva, pero no por eso menos abarcadora de la vida de muchos jesuitas y acontecimientos, como la gran transformación que se gestó en la reunión provincial –apodada de “las esteras” por César Jerez- que se realizó en 1969, la Revolución sandinista, las masacres en Guatemala y los acuerdos de paz. Por sus páginas desfilan personajes fascinantes como Joaquín Noval, el maestro en marxismo de varios jesuitas de la legendaria comunidad de la zona 5.

Luchar por la justicia al viento del espíritu es en gran parte la narración de una época convulsa y de un mundo en ebullición revolucionaria por un protagonista que no se da mucha importancia, pero que es en todo momento consciente de la que tienen sus circunstancias. Piquito, gran hermano y maestro, vertió mucho de sí en sus páginas, apoyado en una memoria prodigiosa que se está yendo, toda ciencia trascendiendo. Escribió antes de que anocheciera en los campos de sus recuerdos. Y escribió empujado por el mismo viento del espíritu que ha animado su vida, el de la lucha por la justicia. Recuerdo ahora unos versos de Gabriel Celaya que le eran muy gratos a Piquito: “maldigo la poesía de quien no toma partido, partido hasta mancharse”. Podría haberlos parafraseado: maldigo los análisis y el sacerdocio de quienes no toman partido hasta mancharse.

Referencias bibliográficas

Hernández Pico, J. (2014). Luchar por la justicia al viento del espíritu. Autobiografía y esbozo de historia de mi generación. UCA Editores-Cara Parens-UCA Publicaciones.

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