Dossier

Vejeces, tecnologías digitales y pandemia: sobre las (im)posibilidades de conexión en el aislamiento social[1]

Old age, digital technologies and the pandemic: on the (im)possibilities of connectedness amidst social isolation

María del Rosario Guzzo
CONICET-UNLP, Argentina

De Prácticas y Discursos. Cuadernos de Ciencias Sociales

Universidad Nacional del Nordeste, Argentina

ISSN-e: 2250-6942

Periodicidad: Semestral

vol. 13, núm. 22, 2024

depracticasydiscursos.ces@unne.edu.ar

Recepción: 20 Mayo 2024

Aprobación: 19 Agosto 2024



DOI: https://doi.org/10.30972/dpd.13227759

Resumen: Durante la pandemia del COVID-19, la pregunta por los modos en que las personas mayores se vinculaban con y a través de las tecnologías digitales (TD) adquirió una urgencia inusitada. Buscando contribuir a su comprensión, el artículo analiza los procesos de apropiación de TD de mujeres mayores residentes en La Plata y Ensenada entre 2020 y 2022. Para ello, se examinan trece entrevistas biográficas realizadas con estudiantes del Programa de Educación Permanente para Adultos Mayores (PEPAM), de la FaHCE (UNLP). En particular, se profundiza en el análisis de dos prácticas mediadas por el celular e Internet: los intercambios de mensajes y videollamadas (principalmente a través de WhatsApp), así como el uso de plataformas de videoconferencia para clases virtuales.

Los hallazgos indican que estos procesos de apropiación deben ser interpretados a la luz de las desigualdades estructurales preexistentes sobre las condiciones de acceso y uso de TD, así como de la construcción etaria de la “vejez como riesgo” consolidada durante la pandemia. Asimismo, a partir del reconocimiento de construcciones de sentido complejas y ambivalentes sobre la TD, se advierte que para las entrevistadas los vínculos digitalmente mediados fueron relevantes para mitigar el impacto del aislamiento social pero no suficientes.

Palabras clave: personas mayores, desigualdades digitales, distanciamiento social.

Abstract: During the COVID-19 pandemic, research on the ways in which older people linked with and through digital technologies (DT) acquired an unusual urgency. Aiming to contribute to its understanding, this article analyses the TD appropriation processes of older women living in La Plata and Ensenada between 2020 and 2022. For this purpose, thirteen biographical interviews conducted with students of the Continuing Education Programme for Older Adults (PEPAM) of the FaHCE (UNLP) are examined. In particular, we delve into the analysis of two practices mediated by mobile phones and the Internet: the exchange of messages and video calls (mainly through WhatsApp) and the use of videoconferencing platforms for virtual classes.

The findings indicate that these appropriation processes should be interpreted in the light of pre-existing structural inequalities in the conditions of access and use of TD, as well as the age construction of "old age as risk" consolidated during the pandemic. Likewise, based on the recognition of complex and ambivalent constructions of meaning about TD, it can be seen that in the interviewees’ perspective, digitally mediated bonds were relevant to mitigate the impact of social isolation, but not sufficient.

Keywords: older people, digital inequalities, social distancing.

Introducción

Desde su inicio se advirtió que la pandemia de COVID-19 conllevaría una crisis no sólo en términos sanitarios, sino también económicos y sociales (Cepal, 2020). Sus efectos, lejos de distribuirse de modo homogéneo, se asentaron sobre –y tendieron a profundizar– las desigualdades estructurales preexistentes (Benza y Kessler, 2022). Rápidamente se identificó que algunos sectores sociales se encontraban en una situación de mayor vulnerabilidad, contándose entre ellos a las personas mayores de 60 años. En este marco, en el debate público y académico se instaló tempranamente la pregunta por los modos específicos en que las condiciones de vida y el ejercicio de los derechos de las personas mayores estaban siendo afectados por el contexto emergente (Celade, 2020; Dabove et al., 2020; Morgante y Valero, 2020).

Una de las características más notorias de ese contexto fue la rápida aceleración de los procesos de digitalización en diversas áreas de la vida cotidiana, promovida por la disrupción de las formas de socialización cara-a-cara que suponían las medidas de aislamiento y distanciamiento social implementadas para prevenir el contagio del virus (Agüero et al., 2022). Bajo estas condiciones, la indagación sobre los modos en que las personas mayores se vinculaban con y a través de las tecnologías digitales (en adelante TD) adquirió una urgencia inusitada, considerando que se cuentan típicamente entre los grupos sociales más susceptibles a la exclusión digital (Van Deursen y Helsper, 2015; Rivoir, 2019;Agüero et al., 2022).

El presente artículo busca contribuir al conocimiento sobre cómo las condiciones de acceso, uso y apropiación de TD podrían haber contribuido a mitigar –o bien, a profundizar– el impacto de las medidas de prevención sobre el bienestar de las personas mayores. Para ello, se plantea, como objetivo general, analizar los procesos de apropiación de TD por parte de mujeres mayores residentes en La Plata y Ensenada entre 2020 y 2022. Se concentra específicamente sobre prácticas desplegadas en torno al celular e Internet, ya que estas tecnologías adquirieron una particular significación bajo el contexto de aislamiento. Así, algunas de las preguntas que pretenden abordar son: ¿Cuáles fueron las principales formas de acceso y uso de TD de estas mujeres mayores durante ese período? ¿Cómo se transformaron las prácticas cotidianas de estas mujeres durante el aislamiento y de qué maneras las TD coadyuvaron a esa transformación? ¿En qué medida las TD les permitieron o no sostener sus vínculos sociales (familiares, amicales y educativos)?

En lo que sigue, el trabajo se estructura de la siguiente manera. Los primeros tres apartados se dedican, respectivamente, a la revisión de antecedentes, a la identificación de los principales conceptos y referentes teóricos, y a la descripción de la estrategia metodológica. La siguiente sección se destina al análisis de resultados, dividiéndose en tres subapartados. En el primero se introduce la construcción de la “vejez como riesgo”, postulando su centralidad para comprender las experiencias sociales de las personas mayores durante la pandemia. Luego, en el segundo y tercer subapartado, se analizan los procesos de apropiación tecnológica a partir del examen de dos prácticas digitalmente mediadas por el celular e Internet: los intercambios de mensajes y videollamadas (principalmente a través de WhatsApp) y el uso de plataformas de videoconferencia para clases virtuales. Por último, el artículo finaliza con una sección de conclusiones donde se recogen sintéticamente los principales hallazgos, destacando las implicancias de la perspectiva analítica empleada.

Las desigualdades digitales en la pandemia: una revisión de antecedentes

Una de las preguntas que ha signado a las investigaciones sociales sobre los usos de TD durante la pandemia se centra en la potencialidad de estas tecnologías para contrarrestar (o no) las consecuencias sociales negativas de las medidas de aislamiento. En el caso de las personas mayores, en particular, buena parte de la literatura a nivel internacional ha buscado establecer en qué medida dichos usos pudieron contribuir a preservar su calidad de vida, su bienestar y su salud, tanto física como mental (Heid et al., 2021; Nabi et al., 2023; Cerda Díez et al., 2023; Chui y Mak, 2024; Kotval-K y Pithwa, 2024). Mientras que algunos estudios se inclinaron por destacar los beneficios del uso de TD para mitigar el impacto del distanciamiento físico (Heid et al., 2021; Nabi et al., 2023), otros argumentaron en el sentido contrario, advirtiendo que la incidencia de desigualdades sociales y de la llamada “brecha digital” habría agravado el aislamiento y el sentimiento de soledad en este grupo etario (Agüero García et al., 2022; Cerda Díez et al., 2023).

A nivel nacional, un conjunto de trabajos ha aportado evidencia sobre la profundización de procesos de desigualdad previos a la pandemia, como producto de barreras persistentes en el acceso a TD y en el desarrollo de habilidades digitales, en ámbitos como el educativo (Moguillansky y Duek, 2021; Benítez Larghi, 2021; Lemus et al., 2023; Alucín y Monjelat, 2023; Bordignon y Dughera, 2023) y el laboral (Muñiz Terra, 2022; Coloma et al., 2023). En lo relativo a las personas mayores, diversas investigaciones empíricas –situadas principalmente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA)– se han orientado a caracterizar sus condiciones de acceso y uso de TD durante la pandemia, tanto desde enfoques cuantitativos (Manes et al., 2021; Mingorance et al., 2021; Galeano Alfonso y Plá, 2022; Cirino et al., 2022) como cualitativos (Moguillansky et al., 2022; Pochintesta y Múseres, 2022; Rodolfo y Baglione, 2023), contribuyendo así al enriquecimiento de un área de investigación hasta entonces considerada de relativa vacancia (Hadid, 2017).

En líneas generales, este último grupo de investigaciones coincide en señalar que, bajo el contexto de aislamiento, los usos de TD de las personas mayores tendieron a intensificarse y a diversificarse. En cuanto a lo primero, el teléfono celular es ampliamente reconocido como el artefacto más utilizado por este grupo etario durante la pandemia, a la vez que como el principal dispositivo de acceso a Internet. Junto con ello, se destaca el empleo del servicio de mensajería instantánea WhatsApp para sostener las comunicaciones con familiares y amistades, tanto a través de mensajes de texto y de voz como de videollamadas. Es importante señalar que estas tendencias concuerdan con los hallazgos de otras investigaciones conducidas a nivel regional (McCabe et al., 2022; Agüero García et al., 2022; Cerda Díez et al., 2023). En cuanto a lo segundo, se reconoce como novedad la incorporación de plataformas de videoconferencia como Zoom o Meet (Manes et al., 2021), así como de plataformas de contenidos audiovisuales como YouTube, Netflix y Spotify (Pochintesta y Múseres, 2022; Lehner, 2023). Aun así, en ningún caso alcanzaron los niveles de uso atribuidos a WhatsApp. Por último, coinciden en señalar un uso relativamente escaso del correo electrónico y de las redes sociales (Cirino et al., 2022; Pochintesta y Múseres, 2022).

Coincidiendo con las tendencias señaladas por este conjunto de trabajos, en lo que sigue el análisis se concentra en torno a dos prácticas mediadas por el celular e Internet: los intercambios de mensajes y videollamadas con familiares y amistades, por una parte, y el uso de videoconferencias para clases virtuales, por la otra. Ahora bien, antes de proceder con el análisis de las entrevistas, es necesario brindar algunas precisiones teóricas y metodológicas.

TD y vejez: precisiones conceptuales

Siguiendo la clasificación establecida por Zukerfeld (2015), entendemos por tecnologías digitales al subgrupo de tecnologías de la información y la comunicación que se caracteriza por su “capacidad de almacenar, procesar, reproducir, transmitir y convertir información digital” (Méndez, 2019, p. 372). Bajo esta categoría pueden agruparse desde artefactos (esto es, bienes en los que se objetivan los conocimientos tecnológicos) como los teléfonos celulares hasta otros más complejos, como Internet.

En particular, adscribimos al enfoque de la apropiación social de las tecnologías (Winocur, 2009). Según este, la apropiación conforma el proceso simbólico y material por el que los sujetos dotan de sentido a un artefacto y lo incorporan en sus vidas cotidianas. Dicho proceso reviste un carácter multidimensional ya que, retomando la tipificación elaborada por Zukerfeld (2014), involucra factores de tipo objetivo (relativos a infraestructura, conectividad, hardware, software, contenidos), subjetivo (relativos a las habilidades y metahabilidades necesarias para emplear las tecnologías) e intersubjetivo (relativos a los vínculos entre los sujetos humanos, tales como los aspectos organizacionales, las normas, los valores, los lenguajes). En relación con esto último, siguiendo a Hine (2017), las tecnologías adquieren sentido socialmente, a partir de construcciones culturales predominantes, localizadas en contextos específicos de producción y uso. De esta manera, el interés central no radica tanto en “la relación pragmática con un objeto” como en las construcciones de sentido que los sujetos elaboran sobre el mismo (Winocur, 2009, p. 19).

Asimismo, entendemos que la apropiación se construye social, histórica y biográficamente; al tiempo que se diferencia de acuerdo con factores como el género, la clase y la edad (Benítez Larghi et al., 2014). Bajo esta perspectiva, los sentidos que los grupos sociales elaboran sobre las tecnologías están estrechamente vinculados con las posiciones que ocupan dentro de estructuras sociales históricamente determinadas. Desde un enfoque analítico de tipo interseccional (Dhamoon, 2010), dichas estructuras –así como las desigualdades sociales a las que dan lugar– sólo pueden aprehenderse en su constitución recíproca.

En ese marco, concebimos a la edad como una dimensión estructurante de la vida social (Corsten, 1999), cuyo significado se establece social y culturalmente de manera dinámica, histórica y relacional (Bravo Almonacid, 2014). En particular, compartimos la definición de Kropff (2009) sobre los grupos de edad (o generaciones) como articulaciones de agencia fundadas en experiencias sociales significativas compartidas. A su vez, estos grupos se conforman dentro de una estructura de interacción etaria, a partir de procesos permanentes de negociación y disputa. En consecuencia, la vejez puede ser considerada como una categoría auto y alter adscriptiva, que se define como parte de un sistema de alteridades etarias.

Metodología

En cuanto al diseño metodológico, la investigación siguió una estrategia cualitativa (Vasilachis de Gialdino, 2006), centrada en el enfoque biográfico (Bertaux, 2005). Este enfoque busca comprender los problemas de la realidad social a partir de las vidas de los actores, atendiendo a las formas en que ellas se inscriben en diversos contextos a lo largo del tiempo (Muñiz Terra, 2019). Así, promueve un abordaje “desde dentro”, es decir, desde los marcos de referencia y las construcciones de sentido propios de los actores involucrados (Cornejo, 2006). La técnica privilegiada de este enfoque es la entrevista biográfica. Esta se caracteriza por recuperar las biografías de las personas entrevistadas en sus propios términos, poniendo especial atención a la dimensión temporal que articula los eventos y las representaciones contenidos en ellas (Muñiz Terra et al., 2015)

A fin de responder a los objetivos planteados, este artículo se basa en el análisis de trece entrevistas biográficas realizadas a mujeres mayores residentes en La Plata y Ensenada. Para la selección de las entrevistadas, el principal criterio de inclusión estuvo dado por su participación, en calidad de estudiantes, en talleres del Programa de Educación Permanente para Adultos Mayores (PEPAM), de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata[3]. Para comienzos de 2020, el PEPAM planeaba una oferta de 85 talleres, distribuidos entre las siete sedes de La Plata y Gran La Plata, y para los que contaba con más de dos mil inscripciones, alcanzando un récord en su historia (Bravo Almonacid et al., 2021). Sin embargo, como profundizaremos, con el advenimiento de la pandemia toda la oferta de actividades debió ser replanteada.

Las mujeres entrevistadas, en particular, concurrían a talleres correspondientes a tres de las sedes, radicadas respectivamente en el casco urbano de La Plata, en Los Hornos y en el barrio El Dique, de Ensenada. La participación en estos talleres aportó fundamentos tanto para delimitar el recorte espacial de la unidad de estudio como para presuponer la autoadscripción de las participantes a la categoría etaria de interés. Vale la pena señalar que la decisión de conformar la muestra sólo con mujeres estuvo ligada a la elevada tasa de feminización que caracteriza la composición de la matrícula (Bonelli et al., 2001). A su vez, esa composición se encuentra en línea con la tendencia general de este tipo de programas universitarios (Yuni y Urbano, 2011).

Para el presente trabajo se analizaron trece entrevistas realizadas entre 2022 y 2023. En términos analíticos, la clasificación de los perfiles de las entrevistadas tuvo en cuenta los siguientes criterios: edad cronológica al momento de la entrevista (en un rango de 60 a 80 años), máximo nivel educativo alcanzado, la ocupación laboral principal desempeñada durante el período de actividad laboral y la composición del hogar durante 2020 y 2022. En cuanto a este último, se definieron tres tipos de hogares, acorde a la clasificación de Amadasi et al. (2022): hogar unipersonal (conformados únicamente por la entrevistada), hogar multipersonal puro (compartido con otra persona mayor, típicamente un cónyuge) y hogar multipersonal mixto (si la persona compartía el hogar con personas de otros grupos de edad, típicamente hijos/as)[4]. Asimismo, siguiendo el esquema de clases sociales de Torrado (2006)[5], la categoría socioocupacional puede ser utilizada como indicador para establecer la posición de clase en la estructura social. Conforme a ello, la mayor parte de las entrevistadas pueden identificarse con una clase media asalariada, con algunas excepciones ubicándose en los estratos inmediato superior (clase media autónoma) e inferior (clase obrera autónoma)[6].

A partir de estos criterios, en la siguiente tabla se sintetizan los perfiles de las entrevistadas. Sus nombres fueron modificados a fin de garantizar el anonimato y la confidencialidad.

Tabla 1. Caracterización de la muestra
Tabla 1. Caracterización de la muestra
Fuente: elaboración propia.

Análisis de resultados

La construcción de la “vejez como riesgo” durante la pandemia

Ante la pandemia mundial causada por la propagación del virus SARS-Cov-2, el 20 de marzo de 2020 se estableció en Argentina la medida de Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) en todo el territorio nacional (Poder Ejecutivo Nacional, 2020a). Esta medida continuó vigente en el AMBA por más de siete meses, hasta el establecimiento del Distanciamiento Social, Preventivo y Obligatorio (DISPO; Poder Ejecutivo Nacional, 2020b). Durante 2021 y 2022, las restricciones fueron transitando distintos momentos de rigidez o flexibilización en función del comportamiento de las tasas de incidencia y de letalidad del virus, entre otras cuestiones.

El Ministerio de Salud (2020), en virtud de sus facultades como autoridad sanitaria, decretó en la Resolución N° 627/2020 como “grupos de riesgo” a poblaciones afectadas por una serie de factores biológicos y condiciones médicas, tales como enfermedades cardíacas y respiratorias crónicas. La edad cronológica no fue incluida como uno de esos factores en esta normativa. Sin embargo, ello no impidió que se reactualizara en el debate público el discurso biomédico de “las personas mayores en tanto grupo de riesgo” (Cunzolo y Rada Schultze, 2021, p. 45). En consecuencia, las personas de 60 años y más fueron ampliamente referenciadas como un colectivo particularmente vulnerable a la enfermedad del COVID-19.

Tanto esta caracterización de la “vejez como riesgo” (Morgante y Valero, 2020; Cunzolo y Rada Schultze, 2021) como la forma en que se implementaron las políticas mencionadas (Venturiello et al., 2023) fueron objeto de fuertes cuestionamientos. Estos partieron de reconocer que la edad cronológica no conformaba un criterio suficiente para determinar la vulnerabilidad frente al virus (Cepal, 2020; Celade, 2020). Antes bien, entendían que su incidencia no podía ser escindida de las condiciones de vida bajo las cuales las personas mayores transitaron la pandemia, tales como el acceso a atención médica y la calidad de la vivienda. En función de ello, advirtieron que dicha caracterización se asentaba sobre una concepción edadista y homogeneizante sobre la vejez. En cuanto a lo primero, porque reactualizaba prejuicios y estereotipos fuertemente estigmatizantes, como aquel que equipara a la vejez con la enfermedad (De Haro Honrubia, 2014). En cuanto a lo segundo, porque, al considerar a las personas mayores como parte de un colectivo homogéneo, obturaba el reconocimiento de las marcadas asimetrías que signaron sus condiciones de vida, tanto antes como durante la emergencia sanitaria (Amadasi et al., 2022). En línea con ello, al disociarse de sus condicionamientos estructurales, esta noción de riesgo suponía, en última instancia, una apelación a la responsabilidad individual como principal mecanismo de respuesta (Morgante y Valero, 2020; Venturiello et al., 2023).

De este modo, avanzando sobre el análisis de las entrevistas, una primera cuestión a señalar es que durante la pandemia todas las entrevistadas habitaron en viviendas propias, que cumplían estándares de calidad satisfactorios –según los indicadores establecidos por Amadasi et al. (2022)–. Ello conformó una condición favorable, que indudablemente debe vincularse con su posición de clase. Asimismo, la mayoría contaba con acceso a espacios abiertos en sus viviendas. En concordancia con los hallazgos de Moguillansky et al. (2022), esto tuvo fuertes implicancias no sólo para la preservación de ciertos niveles de bienestar (habilitando, por ejemplo, la realización de actividades asociadas a la jardinería, fuertemente valoradas por las entrevistadas), sino que además operaron como espacios de encuentro “seguros” –en tanto respetuosos de las medidas de distanciamiento social– con personas que no compartían el hogar.

Aun así, los relatos de las entrevistadas dan cuenta de diversas maneras en las que, a raíz de la pandemia, su propia condición etaria fue resignificada como un riesgo. En primer lugar, las entrevistadas no sólo reportaron un fuerte apego al aislamiento y otras medidas de prevención durante los momentos más críticos de propagación del virus, sino que tendieron a prolongar su cumplimiento más allá de los plazos establecidos oficialmente, como una forma de autocuidado. En consecuencia, recurrentemente señalaron dificultades para retomar aquellas actividades y rutinas en las que se desempeñaban antes de 2020 –en especial cuando implicaban compartir un espacio físico con otros–, lo que en los casos más extremos redundó en su abandono.

Con la pandemia sí, yo al principio me puse firme: a mí no me va a joder esto. Yo voy a seguir con mi vida. Bueno, pero a la larga me di cuenta que, como a todos, me jode (…) Yo antes de la pandemia iba dos veces por semana a hacer una rehabilitación de fibromialgia. Me iba a hacer los ejercicios, venía acá, a Memoria, a Filosofía [se refiere a los talleres del PEPAM en la FaHCE] (…) Y después, en el club de abuelos, hacía meditación y pintura. Y todavía me parecía poco… Después de la pandemia, cero. Y ahora digo: No, tengo que parar. Todo eso ahora no puedo hacer, entonces, ¿qué voy a hacer? (Gloria, 70 años, jubilada, docente, hogar unipersonal)

Bueno, de la pandemia no hablo porque (…) fue difícil, porque tenía miedo. Más que nada miedo, ¿viste? Entonces fue difícil. Extrañé un montón (…) Antes de la pandemia, yo… para mí era natural que venga el señor del agua, que tenga que ir a hacer mandados. Ni me fijaba. O sea, era todo… Ahora es, el barbijo, el alcohol (…) tener muchísimos más cuidados. Estoy mucho más pendiente. Incluso no se me pasó todavía, digamos, esa sensación que me dejó casi dos años de estar como aislada. (Patricia, 79 años, jubilada, docente/empleada administrativa, hogar unipersonal)

De ello se sigue que el contexto emergente motorizó una profunda transformación de las formas y los espacios a través de los cuales estas mujeres se vinculaban con otros (en lo que, como señalarán los siguientes apartados, el uso de TD pudo ocupar un rol central). Ahora bien, las entrevistas analizadas permiten sugerir que al calor de la pandemia pudieron resignificarse los sentidos atribuidos a la propia condición etaria.

Los relatos de las entrevistadas sobre sus rutinas cotidianas previas a la pandemia dan cuenta de un alto grado de autonomía funcional (Lalive D’Epinay, 1998), a la vez de una participación activa en diferentes tipos de actividades y espacios sociales. Indican que (con diverso grado de independencia según el caso) ellas realizaban tareas domésticas, tareas de cuidado y de autocuidado, gestionaban compras, manejaban dinero, realizaban actividad física, salían a cafeterías y restaurantes, iban al cine y realizaban viajes, por mencionar sólo algunas actividades, además de participar en los talleres del PEPAM. Sin embargo, retomando la cita de Gloria, encontramos que a partir de la pandemia establece un cambio en la percepción sobre sus propias capacidades y limitaciones. Asimismo, otro pasaje de la entrevista de Patricia da cuenta, de modo paradigmático, de la forma en que una particular concepción sobre la vejez termina de articular esta trama de significaciones.

–¿Cómo reconocés a alguien que vos decís “es de mi misma generación”? Más allá de la edad cronológica, ¿en qué cosas te das cuenta que una persona es de tu misma generación?

–Mirá, a veces me doy cuenta que es de mi misma generación porque la gente repite mucho. Por ejemplo, yo con el celular me doy cuenta la que está… en una sintonía de adultez, digamos, y la que no. ¿Por qué? Porque repiten. Repiten o no se acuerdan de que mandaron tal cosa y la vuelven a mandar (…) Y me doy cuenta, entonces, que han entrado en esa etapa por esos signos. Que a mí me parece.

–Perfecto. Y, ¿cuándo sentís vos que hayas entrado, si sentís que entraste, en esa etapa?

–Sí, en la pandemia. En la pandemia yo entré en la etapa del pensamiento de prever de que… de ver… de que si te enfermás, de que cómo, de que por qué. O sea, era reiterativa en la pandemia, en los síntomas. Por ejemplo, un día me levantaba con dolor de manos, otro día con dolor de pie. Hasta que un día dije: ¡Pará la mano! ¿Qué es esto? Por el miedo, ansiedad, temor a no sé qué. Si somos humanos, nos pasa a todos lo mismo. Pero ahí me di cuenta, en la pandemia. Y en el aislamiento, por supuesto.

Por una parte, en este pasaje se vuelve explícita una marcada asociación de la vejez con la enfermedad, el dolor y el deterioro, denunciando la persistencia de un proceso de estigmatización (De Haro Honrubia, 2014). Por otra parte, indica que el contexto pandémico, en particular, pudo motorizar procesos de autoadscripción a esta construcción etaria. En otras palabras, estos relatos permiten sugerir la posibilidad de que los modos de significar y experimentar la propia vejez pueden haberse transformado al calor de un contexto donde estereotipos y prejuicios negativos de fuerte arraigo sobre la vejez alcanzaron un vigor renovado al ocupar el centro de la agenda pública (Cunzolo y Rada Schultze, 2021). En función de ello, compartimos la afirmación de McCabe et al. (2022) sobre que, junto con la pérdida de sus espacios de participación e interacción, “los discursos sobre la vulnerabilidad de las personas mayores afectaron el autoconcepto, la sensación de autonomía y de autoeficacia” (p. 137).

En segundo lugar, la “vejez como riesgo” también puede encontrarse bajo ciertas modalidades de recepción de cuidado. Todas las entrevistadas manifestaron haber recibido apoyos durante el ASPO por parte de familiares externos al hogar, en general más jóvenes (hijos/as, sobrinos/as, cuñados/as, yernos/nueras), especialmente en lo relativo a la gestión de compras. Ahora bien, algunas de ellas refirieron situaciones de sobreprotección por parte de estos familiares, semejantes a las encontradas por Moguillansky et al. (2022). Consideramos que, en estos casos, la condición de riesgo puede reconstruirse más como adscripción que como autoadscripción. Así puede identificarse en el relato de Perla (79 años, no asalariada/”ama de casa”, hogar unipersonal), quien refiere a la gestión de las compras por parte de sus hijos/as como una suerte de prohibición impuesta, que comenzó con la pandemia y continuaba incluso en 2022:

–Primero, al principio, mis hijos, que son los que me mandoneaban, nada de ir… cosa que hacía, ir a caminar a la plaza. Que “no”, que “el contagio”. Ir a hacer mandados tampoco (...) No me dejaban salir demasiado. Nada, te podría decir (…) Como que soy obediente, ¿viste? Me dijeron esto, pim, pam, pum. Obedezco. Sí, porque otra cosa no me quedaba. No me iba a andar floreando por ahí. Ir a una plaza, caminar, pero caminar alejado de la gente. No hacer sociales, como me dicen mis hijas. “No hagas sociales”, “no te pongas a hablar con nadie”.

–¿Volviste a caminar en la plaza?

–Sí.

–¿Cuándo?

–No, hará un mes (...)

–¿Y pudiste retomar lo de hacer los mandados o todavía…?

–No me dejan.

En función de lo expuesto, argumentamos que la construcción de la vejez como riesgo conforma una clave interpretativa ineludible para comprender las experiencias (sociales significativas) de las personas mayores sobre la pandemia. Así, consideramos que esta construcción permeó de manera transversal la vida cotidiana de las personas mayores bajo la vigencia de las medidas de aislamiento y distanciamiento social, e incluso pudo persistir en la pospandemia. En consecuencia, consideramos que es necesario tener en cuenta esta clave para interpretar las construcciones de sentido que las entrevistadas elaboraron sobre sus usos y apropiaciones de TD.

“¡Lo que fue el celular en la pandemia!”: un sostén (parcial) en el aislamiento

Conforme se comentó anteriormente, para comienzos de la pandemia el teléfono celular era la TD que registraba mayores niveles de acceso y uso entre las personas mayores de 60 años; siendo, a su vez, su principal forma de acceso a Internet. Por el contrario, la incidencia de la computadora registraba asimetrías persistentes tanto en términos de clase social como de edad (Galeano Alfonso y Plá, 2022). De esta forma, al interior de este grupo etario, los porcentajes de uso de la computadora exhibían una pronunciada disminución conforme se descendía en el esquema de clases[7]. Sin embargo, al compararlos con los grupos etarios más jóvenes, dichos porcentajes resultaban inferiores en todos los estratos sociales, sin distinción. Cabe advertir que esto pudo conformar una condición de desigualdad relativa para las personas mayores, si se admite que las funciones y las capacidades soportadas por ambos artefactos no son equivalentes en términos de almacenamiento, memoria, velocidad y diversidad de uso (Galeano Alfonso y Plá, 2022).

El análisis de las condiciones de acceso y uso de TD por parte de las entrevistadas debe situarse en este marco ya que, en buena medida, no escapan a esas tendencias. En este sentido, todas reportaron poseer un teléfono celular propio, con acceso a Internet, durante la pandemia. Por otro lado, la mayor parte de las entrevistadas contaba con acceso a una computadora en el hogar, a excepción de aquellas que promediaban los 80 años. Aun así, es importante destacar que la presencia de un artefacto en el hogar no supone necesariamente su uso. Por ejemplo, tanto Silvia (61 años, jubilada, docente, hogar multipersonal mixto) como Carmela (72 años, jubilada, empleada administrativa, hogar unipersonal) señalaron que, si bien fueron usuarias asiduas de la computadora durante su período de actividad laboral, luego de jubilarse sus usos mermaron drásticamente. Ello se condice con la afirmación de que la instancia del retiro laboral suele marcar una encrucijada en las trayectorias de apropiación tecnológica en la vejez (Guzzo, 2023).

Estas características aportan fundamentos para comprender la significatividad que los usos de TD pudieron tener para las entrevistadas. Al respecto, encontramos que asignaron a sus usos del celular e Internet una carga simbólica distintiva en tanto sostén de los vínculos cotidianos durante el aislamiento, la que no se hizo extensiva a otras TD (como la computadora). Para dar cuenta de ello, introducimos el siguiente pasaje del relato de Carmela (72 años, jubilada, empleada administrativa, hogar unipersonal), entendiendo que condensa una multiplicidad de sentidos relevantes para el análisis:

–¡Ay, no! El celular fue… Todas decimos cuando nos juntamos. Yo tengo tres grupos, uno de tres, otro de seis, somos un montón. Todas decimos lo mismo, ¡lo que fue el celular en la pandemia! Estábamos en contacto permanentemente, nos mandábamos todas cosas graciosas, hasta algunas eróticas, ¡qué sé yo! Me acuerdo que una mandó un video de un señor, el señor estaba grande pero físicamente estaba muy bien y todas: ¡Ay! ¡Qué bueno! Todas esas estupideces que uno dice, volvimos a la adolescencia. Pero en mi adolescencia no existía eso. Pero fue una herramienta, de estar en contacto a tal hora que teníamos que hacer tal cosa, tal otra. Y, bueno, también pasaban cosas tristes. Se moría alguien conocido que estaba internado, bueno. Yo siempre rescato lo lindo, pero también había noticias tristes, sí. Palabras de consuelo para quien lo estaba pasando mal, pero el celular fue algo hermoso. ¡Es más! Estropeé el mío. Mi hijo tuvo que comprar uno, lo encargó por Internet y yo estaba todos los días: “¿Y cuándo llega?”. “¿Cuál compraste?”.

–¿Y te acordás qué pasó con el tuyo?

–Ya no tenía memoria. No era viejo, pero no tenía tanta capacidad. Había videos que no podía abrir. ¿Te imaginás? Me mandaban cosas mis amigas y yo decía: Esto es un horror. No podía abrir los videos (...) Y yo decía: ¡No puedo estar sin celular! [ríe]. Mi nuera me lo contaba después y me dice: “¡Pero estabas desconocida! Vos que sos anticelular. Antitodo”. Y, bueno, me trajo uno viejo de él, lo mandó a arreglar uno, pero me compró uno por Mercado Libre. (…) Y el que yo tenía era un Samsung, lo que pasa es que era un Samsung viejo. Y la verdad que pobre, duró un montón. Pero de repente lo empecé a usar de una manera en la que él no estaba acostumbrado, se debe haber negado, no sé. Me ha dicho: “¿Esta está loca?”. Pero fue la salvación de las personas grandes, yo creo que todos te van a decir lo mismo.

Una primera cuestión a considerar es que, durante la pandemia, todas las entrevistadas intensificaron sus usos del celular (e Internet), especialmente en lo relativo a intercambio de mensajes y de videollamadas a través de WhatsApp y, en menor medida, otras como Zoom. En sus relatos son recurrentes las menciones de haber adquirido una frecuencia diaria de intercambios de mensajes, en especial en grupos que compartían con otras mujeres mayores (amigas, excompañeras del trabajo o de la escuela, e integrantes del PEPAM). A la vez, también destacaron la relevancia que adquirieron las videollamadas, que emplearon en su mayor parte para comunicarse con familiares con quienes no compartían el hogar. Así, estos hallazgos permiten sugerir que los contactos mediados por el celular fueron centrales para reconstruir y sostener, al menos parcialmente, las redes de sociabilidad en las que las personas mayores participaban antes de la pandemia y que ya no podían desarrollarse mediante encuentros en co-locación física (Mollerup, 2017). Asimismo, no es menor que la posibilidad de sostener estas redes resultaba especialmente apremiante para ellas en virtud de la construcción de la vejez como riesgo. En esta clave puede interpretarse la afirmación de que el celular “fue la salvación de las personas grandes”.

Junto con ello, como sugiere la cita, cabe destacar la especial significatividad que adquirieron estas prácticas en tanto forma de “acompañamiento” ante los procesos de enfermedad y duelo (“palabras de consuelo para quien lo estaba pasando mal”). Las dificultades para acompañar y ser acompañada durante la enfermedad o muerte de personas allegadas (asociadas o no con el coronavirus) durante la pandemia surgieron como una cuestión recurrente en los relatos analizados. En este sentido, refirieron a la prohibición de los velorios y las experiencias de internación transcurridas durante 2020 y 2021. En relación con ello, sería posible argumentar que los vínculos digitalmente mediados operaron como una forma de enfrentarse al presente durante la crisis sanitaria (Giménez Béliveau, 2021).

Ahora bien, mientras que la intensificación del uso del celular podría ser considerado un fenómeno extensivo a otros grupos sociales afectados por las medidas de aislamiento, algunos rasgos permiten destacar su particularidad para las personas mayores. Por una parte, en términos de las dimensiones objetiva y subjetiva, no debe soslayarse la menor diversidad de dispositivos y habilidades digitales que tienden a caracterizar las condiciones de acceso y uso de TD para este grupo etario. En este sentido, la centralidad atribuida al celular podría estar indicando, como contracara, la persistencia de barreras para sostener esos vínculos sociales a través de otras TD, conformando una desigualdad relativa en términos de edad y clase social. Por otra parte, en cuanto a la dimensión intersubjetiva, resulta llamativo el carácter disruptivo que dicha intensificación revistió para las entrevistadas y, todavía más, la tendencia a enmarcarla en términos etarios. De este modo, en sus relatos aparece recurrentemente la idea de que, durante la pandemia, se encontraron a sí mismas haciendo un uso del celular –y, en particular, de WhatsApp– que, en muchos casos, les costaba reconocer como propio (“¡pero estabas desconocida!”). Consideramos que esa ajenidad puede explicarse por el hecho de que típicamente imputaban esas modalidades de uso a grupos etarios más jóvenes, pesando sobre ellos una fuerte demarcación generacional. En consecuencia, es dable considerar que, junto con la incorporación de estas nuevas prácticas, se hayan reactualizado y puesto en tensión las construcciones etarias asociadas a las modalidades de uso de TD y, en un sentido más amplio, a las formas de socialización (“volvimos a la adolescencia. Pero en mi adolescencia no existía eso”).

En esta línea, una segunda cuestión que la cita de Carmela pone de manifiesto es la relevancia que tuvieron los apoyos sociales en la promoción de los procesos de apropiación tecnológica de estas mujeres mayores. En su caso, frente al despliegue de nuevas prácticas y habilidades digitales, las funciones y capacidades soportadas por su celular (en términos objetivos) resultan insuficientes, volviéndose obsoleto para ella. Sin embargo, el acceso a un nuevo dispositivo estuvo mediado por la intervención de su hijo. En este sentido, no es un dato menor que, para las personas mayores, las instancias de aprendizaje y acompañamiento en el uso de TD se caracterizan por ser predominantemente intergeneracionales e intrafamiliares (Rodolfo y Baglione, 2023). Así, la posibilidad de contar con estos apoyos durante la pandemia pudo haber sido un factor central para mitigar el alcance de las desigualdades relativas antes mencionadas.

No obstante, lo señalado hasta aquí no pretende sugerir que estas modalidades emergentes de uso del celular deban ser interpretadas exclusivamente en términos de una “narrativa optimista” sobre las TD (Reygadas, 2008). Antes bien, en los relatos de las entrevistadas persisten significados complejos y ambivalentes (Benítez Larghi, 2019) sobre las TD y los vínculos mediados por ellas. En otros términos, aun reconociendo los beneficios anteriormente señalados, prevalece la representación de que el celular “es lo que te junta, pero a su vez te separa” (Sandra, 67 años, jubilada, empleada de comercio, hogar multipersonal puro). Consideramos que una clave para interpretar esta ambivalencia consiste en situar estas construcciones de sentido en contextos específicos. La siguiente cita nos permite ilustrar esta cuestión:

Mientras tengamos un celular, no tenemos la necesidad de estar con el otro y tomarnos unos mates. Es terrible. Yo, en épocas de pandemia, lo entiendo. No lo entiendo ahora. Que estemos bajo el sol o viajando y estemos con... ¡por favor! (Silvia, 61 años, jubilada, docente, hogar multipersonal mixto)

Desde la perspectiva de la entrevistada, el uso más intensivo del celular adquirió sentido (y fue, de alguna forma, habilitado) frente a la imposibilidad de desarrollar relaciones cara-a-cara. Así, en buena medida se orientó a cumplir una función supletoria que, en última instancia, estuvo motorizada por la necesidad de prevenir la exposición al “riesgo”. Ello permite explicar por qué varios de los usos de TD que las personas mayores desplegaron durante la pandemia pudieron no haberse sostenido en la pospandemia. Abonando a esta afirmación, las entrevistadas tendieron a circunscribir esas formas de comunicación más intensivas a los primeros meses de aislamiento, señalando un declive paulatino en la frecuencia e intensidad de los contactos, al tiempo que comenzaban a retomar algunos vínculos cara-a-cara.

A su vez, resulta necesario matizar las lecturas excesivamente optimistas sobre los usos de TD porque obturan el reconocimiento de que, al menos para estas mujeres mayores, los vínculos tecnológicamente mediados no sólo se encuentran supeditados a aquellos que se construyen en copresencia física, sino que tampoco logran suplirlos enteramente, lo que incluye (pero no se limita) al contexto de la pandemia. Entonces, conforme indican Moguillansky et al. (2022), es posible señalar aquí un modo de apropiación tecnológica específico de este grupo de edad. Las tensiones entre los vínculos cara-a-cara y digitalmente mediados pueden evidenciarse en el siguiente relato de Diana (70 años, jubilada, empleada administrativa, hogar multipersonal puro) sobre el empleo de videollamadas durante los primeros meses del ASPO:

–Vivía en pareja en ese momento, pero la pasé muy mal. El único contacto familiar que tenía era con mi hija, porque es hija única. Y mi nieto. Y el hecho de vernos, aunque sea por teléfono, en videollamada y todo… Me di cuenta de que estaba deprimida (…) La pasé, los primeros meses, muy muy mal.

–Claro. Y en ese tiempo sí me decías que había sido muy importante la videollamada.

–Sí. Sí, sí. Porque es una manera de estar más en contacto. Si bien estaba el teléfono, para llamar, pero era como… ¡verlos!, ¿viste? Y ahí añorabas el querer tocarlos, entonces no sabías si era mejor o peor. El abrazarlos.

Consideramos que la distinción que Van Dijck (2016) establece entre conexión y conectividad resulta productiva para aprehender esta tensión. Conforme a ella, es posible argumentar que, para las mujeres mayores entrevistadas, la conectividad (técnica) no logró absorber ni reemplazar a la conexión (humana). Los hallazgos introducidos en el siguiente apartado permiten abonar a esta interpretación.

“En los Zoom no está lo social”: potencialidades y límites de las clases virtuales

Frente al estallido de la pandemia, la totalidad del sistema educativo argentino desplegó un proceso de virtualización de emergencia (Coloma et al., 2023). Los proyectos y programas universitarios dirigidos a personas mayores no escaparon a esta tendencia. Como surge de diversos análisis sobre su continuidad durante el ASPO, estos programas debieron replantear su propuesta pedagógica para adecuarla a la virtualidad, lo que supuso revisar estrategias preexistentes, a la vez que desarrollar otras nuevas (Morgante y Valero, 2020; Lacorte y Jaroslavsky, 2020; Guray, Flores y Molina, 2020; Borrelli, 2021).

En el caso del PEPAM, las actividades presenciales se suspendieron de forma total hasta octubre de 2021, cuando tuvo lugar un primer encuentro presencial. Aun así, los talleres retomaron la presencialidad recién al año siguiente. Conforme relatan Bravo Almonacid et al. (2021), una de las estrategias desarrolladas durante este período –a la que denominaron “PEPAM en línea”– consistió en revisar y ampliar la oferta de actividades abiertas y gratuitas[8] mediante espacios virtuales, con los que el programa ya contaba previamente (sitio web, página de Facebook y Zoom). En paralelo, lograron expandir la oferta de talleres virtuales a través de Zoom, pasando de 2 antes de la pandemia a 16 en cada cuatrimestre de 2020.

A pesar de contar con esta oferta, ninguna de estas entrevistadas manifestó haber participado de estas actividades y talleres virtuales. Esto resulta llamativo, ya que la mayor parte de ellas registraba una participación sostenida en el programa antes de 2020 (a la vez que continuaron asistiendo durante 2022). En este sentido, para muchas de ellas, la pandemia supuso una desconexión respecto de este espacio y sus procesos educativos allí enmarcados. Aun así, el análisis realizado permite sugerir la posibilidad de que, durante ese período, en algunos casos el vínculo pedagógico pueda haber asumido otras modalidades. Con este fin, resulta interesante destacar la experiencia relatada por Sandra (67 años, jubilada, empleada de comercio, hogar multipersonal puro):

–Desde ese momento empecé a ir al taller de Memoria. Somos el grupo más viejo que está.

–¿Más o menos hace cuántos años?

­–2015. Sí, hace como 8 años. También tenemos el grupo [de WhatsApp] “Las memoriosas”. Se armó. Primero no… no estaba armado el grupo. El grupo se armó creo que dos años después (…) Y seguimos juntándonos.

–Ah, ¿se juntan aparte?

–Sí, en la pandemia (…) La profesora armó un grupo de WhatsApp, donde nos hacía trabajar (…) Por lógica, ella me llamó a mí, para que yo las invitara a las chicas (…) Así que, bueno, ya te digo, el primer año de pandemia lo pasamos con ella haciendo ejercicios.

Como se sigue de la cita, en aquellos casos donde contaban con grupos de compañeras más consolidados por su trayectoria en el programa los grupos de WhatsApp pudieron fungir también como espacios donde sostener, en alguna medida, las prácticas educativas. En tanto, estas iniciativas se desplegaron por fuera de los marcos institucionales del programa, abonan al reconocimiento de que, como afirman Coloma et al. (2023), la mediatización “de emergencia” del vínculo pedagógico trajo aparejados procesos de desinstitucionalización de las prácticas educativas.

Ahora bien, conforme establece el enfoque de la apropiación, los procesos de dotación de sentido respecto de las tecnologías se desarrollan incluso cuando no se realice un uso efectivo de las mismas. En línea con ello, resulta pertinente reponer las dificultades que las entrevistadas identificaron para participar en actividades educativas mediadas por plataformas de videoconferencia como Zoom (“clases virtuales”). Las mismas pueden organizarse en torno a las dimensiones de análisis objetiva, subjetiva e intersubjetiva.

En cuanto a la dimensión objetiva, se mencionaron como motivos de no uso: la falta de memoria, almacenamiento o velocidad de los dispositivos; el tamaño de la pantalla y/o de la letra; la conectividad insuficiente, entre otros. Asimismo, ubicamos en esta dimensión a las problemáticas referidas a la vista y a la disposición corporal que supone el uso de los artefactos.

Lo que no me gusta son los talleres virtuales. Estar frente a la computadora. Ya te digo, si tenés que estar sentado, mirando a la computadora, no es lo mismo. No me interesaba. No los hice virtuales. (Gabriela, 62 años, jubilada, docente, hogar multipersonal puro)

Me era redifícil (…) porque yo tenía que estar con los anteojos, mirando el teléfono, se me caía el teléfono. Decí que, como sé, hay cosas que las voy siguiendo (...) Yo tenía colchoneta, el celular ahí… No veía un pomo. ¡Tenía que hacer yoga con anteojos! ¡Horrible! (Silvia, 61 años, jubilada, docente, hogar multipersonal mixto)

Por otra parte, la dimensión subjetiva refiere a las habilidades técnicas-procedimentales consideradas necesarias para utilizar estas tecnologías (tales como instalar la aplicación, crear un usuario y configurar el audio o video). Al respecto, es preciso señalar que aquellas entrevistadas con niveles educativos más bajos (oscilando entre primario completo y secundario incompleto) apelaron más fuertemente a una infravaloración de sus propias habilidades en tanto motivo de no uso de las clases virtuales, relación que podría estar sugiriendo la persistencia de una dimensión de la desigualdad. De esta manera, puede observarse en el siguiente pasaje del relato de Elena (65 años, primario completo, jubilada, comerciante, hogar monogeneracional):

Cursos virtuales no, no. Porque, ¿qué pasa? La profesora, por ejemplo acá del Rossi, yo la tenía en el grupo, ¿viste? Pero no supe… Porque tenía poca capacidad en el celular en ese momento, entonces no sabía hacer Zoom. Zoom no sé hacer, por ejemplo, entonces no me comprometí (...) Eso lo dejaba ahí, al ladito, con ganas, pero sin exigir. Entonces, por eso me volqué bastante a las páginas que me daban ejercicios, ¿viste? Pero me perdí eso, me perdí eso, porque no sé hacerlo, entonces no me comprometí.

Por último, en cuanto a la dimensión intersubjetiva, las entrevistadas formularon fuertes cuestionamientos sobre las formas de sociabilidad que atribuían a las clases virtuales, refiriendo a aspectos de orden normativo, organizacional y valorativo/axiológicos. En esta clave, tendieron a mostrarse críticas sobre las pautas que regulan la interacción y la comunicación en los espacios virtuales -por contraposición al espacio áulico-, señalando como problemáticas recurrentes la presencia de interrupciones, la superposición de los diálogos y la falta de escucha mutua. El siguiente pasaje del relato de Claudia (75 años, jubilada, docente, hogar unipersonal) da cuenta de estas dificultades de forma paradigmática.

–¿Videollamadas hacías?

–Sí, pero poco y nada. ¡Y no me hables del Zoom!

–Mirá.

–¿Viste que había cosas en el PEPAM? O del grupo de la universidad. No me metí en nada, nada de eso. No me gusta el Zoom, no me gusta estar participando ahí, con las cabecitas. No, no, no. Nada, nada de eso. Tengo conocidas… Porque de Pami también me mandaba cosas, para aprender. Nada, nada, nada. Negada para el Zoom. Nos llegó un instructivo, todo perfecto, vi que no era nada del otro mundo y dije: “Lo voy a intentar”. Porque había una charla no sé de quién en la universidad, se anotaron varias de mis conocidas (...) No. Me negué, me negué, me negué. Eso de estar ahí, con la… no. Creo que también va a llegar a ser algo bastante… que va a ser una rutina dentro de un tiempo, no sé, pero yo no me anoté en nada de eso.

–¿Qué es lo que te produce?

–Es que a mí… para mí, los cursos a esta altura, después de haber trabajado, y qué se yo, lo que yo hago… mi intención al ir al PEPAM (…) era lo social. O sea que la excusa de esa clase de gimnasia, de memoria, de historia o lo que fuera es por lo social. Me gustó siempre el hecho de volver a estar con gente. Porque el momento en que se pasa, viste… En el curso de memoria, cuando nos equivocamos, cuando no nos sale algo, que nos reímos o qué hacemos, ¿viste? Cuando es algo con mímica, la profesora lo hace muy agradable, creo que todas los deben hacer igual. Pero, ¿qué es lo lindo? Lo social.

–¿Y lo social no está en lo virtual?

–En los Zoom no está lo social. Está el orden, no sé cómo es, que no se encimen. Yo porque miro, a veces un poco he mirado, las cuestiones del Congreso. Me doy cuenta. Sí, es la única forma, sino no se hubiera avanzado. Pero no, yo en eso todavía no entré. Zoom, nada. Nada de nada.

No es una cuestión menor que, desde la perspectiva de Claudia, la “negación” frente a las clases virtuales no se explicó por una infravaloración de sus habilidades digitales (por el contrario, evaluaba que “no era nada del otro mundo”). Antes bien, el factor determinante parece estar dado por la dificultad para reponer, en el entorno de la videoconferencia, el tipo de interacciones que ella apreciaba sobre los espacios presenciales de aprendizaje. Así, establece una contraposición entre las dinámicas de las clases virtuales y presenciales que sugiere que la excesiva rigidez de las pautas de comunicación de las primeras (“está el orden, no sé cómo es, que no se encimen”), pero también cierta forma de disposición corporal (“ahí, con las cabecitas”) se le presentan como barreras para conectarse (humanamente) con otros. Estos hallazgos pueden interpretarse a la luz de la afirmación de Dussel (2021) sobre que el trabajo pedagógico a distancia dejó al descubierto que los procesos educativos se producen “en y por la presencia de los cuerpos, y que hay mucho de len­guaje no verbal, por ejemplo, en los cruces de miradas, en los gestos las acciones, que no es fácilmente trasladable a entornos virtuales” (pp. 132-133).

Asimismo, subyacen a los cuestionamientos esgrimidos por las entrevistadas cuestiones que podemos inscribir en el orden de lo axiológico, en la medida en que arraigan en posicionamientos políticos y actitudinales sobre las tecnologías y la educación, a la vez que sobre las posibilidades y límites de su articulación. De esta manera, puede observarse en el siguiente pasaje del relato de Noemí (68 años, no asalariada/“ama de casa”, hogar monogeneracional). Indica que, como parte del cuidado de su nieto adolescente, lo acompañó en sus clases virtuales durante la pandemia.

–En la pandemia, que daban clases por Zoom, mi nieto venía acá a dar las clases por Zoom (...) Que fue lo que lo mató, porque él hizo primer y segundo año divino, y tercero y cuarto, un desastre. Y fue la pandemia (...)

–Claro. ¿Vos cursos virtuales hiciste?

–No. No, no hice. Las chicas que van conmigo ahí hacían muchos cursos. Me niego al Zoom. Me niego a la videollamada. Eso sí, eso estoy negada.

–¿Qué te da? ¿Qué te genera?

–No, no sé [elevando la voz]. No, no me gusta estar en un telefonito así, ¿y escuchando una clase? No, no me… no me resulta. A mí me resulta hablar, así, la presencia. No sé si aprendería algo en un curso así. No lo sé. La verdad, no lo sé (…) Me dio la impresión de que mi nieto no aprendió. No “de la misma manera”, ¡de ninguna manera!

Como se sigue de la cita, los motivos por los cuales ella no participó de clases virtuales (“no sé si aprendería algo en un curso así”) se asociaron directamente con la valoración negativa que realizó sobre el proceso educativo de su nieto, en el marco de las medidas de continuidad pedagógica (“mi nieto no aprendió”). En última instancia, estos motivos se orientaron a poner en cuestión la posibilidad misma del aprendizaje en entornos virtuales. Si bien se trata de un posicionamiento extremo que no necesariamente es compartido con la misma intensidad por todas las entrevistas, consideramos que para poder comprenderlo acabadamente sería necesario continuar explorando sus posibles vinculaciones con los discursos que se instalaron en el debate público, tanto sobre la educación en general como sobre las medidas de continuidad pedagógica en particular.

Conclusiones

Las medidas de aislamiento y distanciamiento establecidas durante la pandemia de COVID-19 generaron un escenario excepcional para la reconfiguración de los modos de vincularse con y a través de las TD. En este contexto, los procesos de digitalización preexistentes fueron acelerados y resignificados, con implicancias diversas en función de las condiciones desiguales de acceso y uso de estas tecnologías. En este sentido, el análisis sobre los procesos de apropiación de las mujeres mayores entrevistadas partió de reconocer que ellos se encontraban atravesados por desigualdades estructurales relativas tanto a la edad como a la clase social.

Consideramos que ese reconocimiento aporta fundamentos para comprender por qué los usos del celular e Internet -y no de otras de TD, como la computadora- adquirieron una carga simbólica distintiva en tanto sostén de los vínculos cotidianos durante el aislamiento. Asimismo, postulamos que su interpretación debe atender, como clave ineludible, a la resignificación de la “vejez como riesgo”, alimentada por la dinamización en el debate público de estereotipos y prejuicios negativos sobre la vejez. De esta manera, en un contexto donde las redes de sociabilidad hacia fuera del hogar se veían amenazadas -todavía más porque la propia adscripción generacional era significada como una condición de “riesgo”- las mujeres mayores encontraron un sostén en las modalidades virtuales y remotas de “estar allí” (Mollerup, 2017) que habilitaban esas tecnologías. Junto con ello, llegaron incluso a reelaborar algunos sentidos previos sobre el celular e Internet y sus modos de uso.

Además, el análisis realizado permitió dar cuenta del carácter complejo y ambivalente que revisten los significados sobre las TD. Si bien esas modalidades virtuales de presencia fueron relevantes para mitigar el impacto de las medidas de aislamiento social, no es menos cierto que sus alcances fueron limitados. Al respecto, no debe desconocerse que para las entrevistadas los vínculos digitalmente mediados resultan subsidiarios respecto de los vínculos cara-a-cara, siendo estos, en última instancia, los únicos capaces de promover una auténtica conexión. Ello pudo rastrearse tanto en lo relativo al ámbito familiar y amical, en cuanto al intercambio de mensajes y videollamadas, como en lo relativo al ámbito educativo, al respecto del (no) uso de plataformas de videoconferencia para participar de clases virtuales.

Bajo estos fundamentos consideramos que la intensificación y diversificación de usos de TD por parte de personas mayores durante la pandemia difícilmente pueda ser aprehendida como una suerte de superación de la llamada “brecha digital generacional” (Bailey y Ngwenyama, 2010). Entendemos que este término reproduce su propia concepción homogeneizante y edadista sobre la vejez, toda vez que la presupone como una condición de “riesgo”, en este caso, frente a la exclusión digital. Contrariamente a lo que sugiere la metáfora de la brecha, los modos de vincularse con y a través de las TD no conforman estados permanentes e irreversibles para ningún grupo de edad, ni se producen de modo unívoco al interior de los mismos. Por este motivo, consideramos necesario abordar los procesos de apropiación tecnológica desde una perspectiva situada, que sea capaz de reponer la relación dinámica que se establece entre los sentidos socialmente elaborados sobre las tecnologías y sus contextos específicos de uso, y a la vez reconocer la injerencia de procesos de desigualdad en clave multidimensional e interseccional.

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Fuentes

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Notas

[1] Artículo recibido 20 de mayo de 2024. Aceptado 19 de agosto de 2024.
[2] https://orcid.org/0009-0000-2423-8118. rosarioguzzo91@gmail.com. CONICET - CIMeCS/IdIHCS (CONICET-UNLP).
[3] Fundado en 1994, el PEPAM es un programa de extensión universitaria que busca promover el derecho a la educación de las personas mayores, conforme a los postulados de la educación permanente (esto es, entendiéndola como un proceso continuo que se desarrolla durante toda la vida). Asimismo, su propuesta se concibe bajo una modalidad de educación no formal, en tanto admite la no graduación y no requiere títulos previos (Petriz, 2002).
[4] Es pertinente señalar que se excluyeron de este recorte a residentes de centros de larga estadía dado que, por su carácter de instituciones totales (Goffman, 2001), ello habría supuesto un fuerte sesgo en el análisis.
[5] Las posiciones sociales de aquellas entrevistadas que no se desempeñaron en trabajos asalariados pueden ser inferidas, según Torrado (2006), al identificar el tipo de renta a través de la que participan, indirectamente, en las relaciones de distribución y consumo (es decir, a través de las rentas que perciben de forma directa los miembros de la PEA).
[6] Cabe notar que, en este trabajo, la clasificación en términos de clase social es mencionada sólo a los fines de precisar la composición de la muestra, por lo que no se recupera como factor de diferenciación en el análisis de las entrevistas.
[7] Así, si entre los estratos de mayores ingresos (clases de servicios) se registraba una media de uso del 58%, este porcentaje caía a 42% y 28% entre las fracciones correspondientes a las clases intermedias (Galeano Alfonso y Plá, 2022).
[8] Entre ellas se mencionan ejercicios para la memoria, lecturas literarias, clases abiertas y recomendaciones para el uso de Internet.
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