Traducciones

Traducción. La práctica material de Wittig. Universalizando un punto de vista minoritario, de Judith Butler

Translation. Wittig's Material Practice: Universalizing a Minority Point of View, by Judith Butler

Juan David Almeyda Sarmiento ******
Universidade de Brasília, Brazil

Revista Filosofía UIS

Universidad Industrial de Santander, Colombia

ISSN: 1692-2484

ISSN-e: 2145-8529

Periodicidad: Semestral

vol. 21, núm. 2, 2022

revistafilosofia@uis.edu.co

Recepción: 02 Agosto 2021

Aprobación: 23 Agosto 2021



DOI: https://doi.org/10.18273/revfil.v21n2-2022014

No es fácil saber leer la afirmación de Monique Wittig de que el texto de un escritor minoritario solo es eficaz si consigue universalizar el punto de vista de dicha minoría. Quizás haya algo llamado, por ejemplo, un punto de vista lésbico, que al ser universalizado se estaría legislando para todos. La consecuencia no sería que de ahora en adelante todo el mundo sea lesbiana[1] o, incluso, que todo el mundo sea lesbiano, lo que sea que eso signifique. La tarea es, más bien, establecer un punto de vista minoritario que pueda sostener o soportar una perspectiva universal. Por supuesto, no está inmediatamente claro en qué podría consistir esta perspectiva universal y qué significa "soportarla", pero consideremos por un momento cómo funciona esto, si es que lo hace.

Por supuesto, hay tradiciones dentro de la filosofía que exigen una posición caracterizada como universal concreto (Hegel) o universal singular (Kierkegaard), y estas parecen sugerir solo que el sujeto está al mismo tiempo situado y generalizado y que una perspectiva dual se ocasiona como consecuencia. A veces, la perspectiva dual puede ocurrir sin conflicto, como eventualmente ocurre con Hegel, pero a veces se vive como una contradicción o paradoja, como ocurre con Kierkegaard. Si la conjunción entre lo universal y lo particular es suave, entonces se puede decir con facilidad: "Sí, soy lesbiana, pero también soy humana y hablo desde ambas posiciones". En este caso, lo particular se suma a lo universal, o lo especifica, pero no produce un problema para lo universal como tal. Esta no es la afirmación de Wittig, ya que la universalización de lo particular que ella busca plantea un problema muy grave para lo universal, como se ha entendido tradicionalmente.

¿Podría ser que Wittig esté proponiendo una epistemología del punto de vista, una forma de ver y describir el mundo desde un punto de vista particular que, sin embargo, se vuelve autoritario con el tiempo? ¿Será posible que la verdad de la estructura social sea comprensible en su conjunto solo desde la posición de opresión? Para responder a estas preguntas, tenemos que entender qué quiere decir Wittig con universalizar. ¿Qué tipo de acción es esta? Ya he ofrecido algunas formulaciones erróneas en un esfuerzo por descubrir qué significa. Por ejemplo, si asumimos que universalizar un punto de vista es legislar el punto de vista, entonces no hemos hecho más que oponernos a un punto de vista dominante, que se legisla a sí mismo como el universal con uno minoritario que hace lo mismo. La lógica seguiría siendo la misma y nada cambiaría, aunque algunos grupos hayan cambiado de lugar. Al final de Paris-la-politique, Wittig (1999) escribe: “Ni dioses ni diosas; ni amos ni amas” (p. 51)[2]. Wittig señala aquí que, cualesquiera que sean los cambios de poder que se produzcan, no servirán simplemente para invertir las posiciones de poder sin cambiar radicalmente el marco que configura las relaciones de poder. Algo que genere fractura, si no es que brutal, debe sucederle al marco mismo. Esto último es, quizás, paradójicamente, el ejercicio de nihilamiento que emprende el proceso, la acción inicial, de la universalización. Por ejemplo, en La marca del género, Wittig (2006) escribe:

En Las guerrilleras intento universalizar el punto de vista de ese elles. El objetivo de este enfoque no es feminizar el mundo, sino hacer que las categorías de sexo resulten obsoletas en el lenguaje. Para ello, utilizo el elles en el texto como el sujeto absoluto del mundo. Para tener éxito textualmente tuve que adoptar algunas medidas draconianas, como eliminar, a menos en las primeras dos partes, él o ellos. Quería producir una sorpresa en el lector presentando un texto donde el elles y por su sola presencia, supusiera un asalto, sí, incluso para las lectoras mujeres. (p. 112)[3]

Entonces, universalizar significa, ante todo, hacer obsoletas en el lenguaje las categorías de sexo. Wittig usa en francés el plural femenino y usándolo, precisamente de la manera que ella describe, las categorías de sexo ya no pueden funcionar. No está claro si las categorías ya no pueden funcionar de la forma anterior (pero pueden estar abiertas a una nueva forma) o si ya no pueden volver a funcionar nunca más, es decir, si son obsoletas. Pero obsoleto es una palabra fuerte, tanto en inglés como en francés. Universalizar significa, en segundo lugar, configurar el plural femenino como sujeto absoluto. Como absoluto, el sujeto hace el mundo, encuentra el mundo reflejado en su propia imagen, se convierte en fundamento y garantía de ese mundo. Por supuesto, Wittig hace esto textualmente, lo que significa que todavía hay algo más por hacer sobre la relación de esta acción textual, este asalto, con el proyecto de una postura política normativa.

Por el momento, hagamos un balance: “Universalizar” la posición minoritaria, en este caso la femenina y la lesbiana, es pluralizar lo femenino y lo lesbiano, hacer obsoletas las categorías de sexo existentes, configurar el plural femenino como un sujeto absoluto, producir un shock al lector, cualquier lector, para llevar a cabo un asalto de algún tipo. Ninguno de estos significados es compatible con el establecimiento de una nueva hegemonía, pero todos ellos están asociados a fracturar e incluso destruir categorías de sexo existentes. Tentativamente, entonces, podemos concluir que universalizar un punto de vista minoritario no es ni legislar ese punto de vista ni redescribir el mundo con autoridad desde ese punto de vista; se trata, más bien, de lanzar un asalto a las categorías básicas del sexo, aquellas que incluyen preceptos fácilmente universalizables: cultura, sociedad, cuerpo, inconsciente estructural, intercambio de mujeres[4] y las propias categorías de hombres, mujeres y sexualidad.

Permítanme retroceder momentáneamente, aunque solo sea para considerar si Wittig realmente no quiere redescribir el mundo con autoridad desde un punto de vista minoritario. En cierto sentido, eso se acerca a lo que afirma para su proyecto. En La marca del género, ella cita La ideología alemana de Marx y Engels para captar la afirmación de que cada nueva clase debe representar su propio interés de clase como el interés común, y que esta clase, en su especificidad, debe “dar la forma de universalidad a su pensamiento”. Wittig entiende que hay algo de error aquí: una representación de la propia posición de clase como si fuera común, cuando uno sabe bien que la mayoría de la gente rechazaría la representación y articularía sus intereses de una manera diferente. Pero "representación" aquí no debe entenderse como representación democrática. Un punto de vista minoritario que se universaliza a sí mismo no pretende describir la perspectiva y los intereses de los demás, no es representativo en ese sentido, aunque puede decirse que representa el interés “objetivo” de todas las personas, aun cuando algunas de ellas no lo reconozcan del todo. Sin embargo, representar en el sentido que Wittig encuentra útil es algo más que registrar los intereses declarados de los demás de una manera leal. Representar no es describir la realidad existente o corresponder a puntos de vista o intereses existentes; por el contrario, plantea intereses y posiciones que aún no existen, los configura, los fundamenta y, por tanto, es “futuro”, si no performativo, en sus aspiraciones y efectos.

Podríamos decir que ella se imagina un nuevo tipo de realidad y eso sería bastante sencillo de entender. Pero el punto de Wittig es más fuerte, ya que el lenguaje que ataca de manera efectiva la conceptualización de las cosas que se da por sentada genera activamente una realidad diferente, postula una nueva realidad y, en esa postulación, ayuda a facilitar su posibilidad. Y mientras que se podría decir que Wittig no es más que una textualista que cree en la presunción vanguardista de que la reordenación del lenguaje reordena la realidad, es importante recordar que ella también es materialista y que en última instancia no acepta una distinción entre lo textual y lo material. Su objetivo es actuar sobre un lector y sobre la comprensión preestablecida del lenguaje por parte del lector e instalar un lenguaje diferente, uno que libra la guerra contra un conjunto de conceptualizaciones dominantes. Su esperanza es que un lector se sienta conmocionado y agredido, de modo que el mismo marco conceptual por el que procedemos políticamente se vea socavado en el curso de la lectura. Si se puede dar la forma de universalidad a, digamos, el pensamiento lésbico, o si el pensamiento lésbico se presenta como el único pensamiento razonable, el único universalmente válido, entonces algo sucede no solo con la universalidad misma o con la razonabilidad misma, sino con los modos necesarios de su presentación. De hecho, aquí sale a la luz otro punto crucial: una perspectiva universal y razonable no se establece solo con el pensamiento; tiene que presentarse de alguna manera. La misma posibilidad de “universalidad” y “razonabilidad” depende de una presentación para que, estrictamente hablando, no lleguen a existir al margen de la presentación que las soporta; “sobrellevarlos”, además, no es un vehículo accidental para su articulación, sino que constituye una condición previa de su existencia. Lo universal depende, entonces, de ser presentado de formas particulares para parecer válido y la validez misma depende también de esta presentación. En consecuencia, cualquier cambio en esa presentación produce un impacto, porque de repente vemos que lo universal no es abstracto y flota libremente al margen de cualquier medio, lo que significa también que lo universal no es puramente formal. Más bien, lo universal depende fundamentalmente de su aparición en ciertas formas, es decir, de su presentación bajo ciertos tipos de descripciones. Además, las categorías de sexo determinan de antemano cuál perspectiva calificará como universal y cuál no.

Así, universalizar el punto de vista minoritario en relación con la categorización sexual es precisamente destronar el presunto lugar de la masculinidad como condición previa para la articulación de lo universal mismo. Universalizar en este sentido no es solo conmocionar, sino también agredir precisamente a esa presunción de universalidad de género. Universalizar es actuar sobre la sensibilidad —y el cuerpo— del lector de modo que se produzca una desorientación fundamental al nivel de nuestras categorías sexuales básicas. Universalizar, entonces, es una acción material, una acción sobre el cuerpo, una exposición que muestra que las teorías de la sexualidad y las teorías de la cultura que actúan sobre nosotros nunca fueron meramente formales; son modos de conocimiento, pero también modos de afectación y su efecto es constreñir nuestras vidas corporales. A este respecto, entonces, la relación entre la teoría y el cuerpo es inextricable e insuperable. La teoría no constituye una abstracción del cuerpo, por el contrario, es lo que actúa sobre el cuerpo, articulando su contorno, morfología y categorización legible. Atacar la teoría que hace esto no es atacar la teoría en general; más bien, es idear una acción teórica de tipo políticamente consecuente. Esta sería la acción a la vez teórica y material de las palabras que asaltan el orden dominante —es importante recordar que el materialismo es una teoría—.

Sin embargo, antes de pasar a comprender esta última noción, volvamos a la cuestión de qué significa universalizar un punto de vista minoritario. En primer lugar, tal universalización es paradójica, ya que la universalización de las lesbianas, por ejemplo, anulará la relevancia de la categoría de mujeres. Si pensamos que las lesbianas son mujeres que más o menos conducen su vida sexual con otras mujeres, hemos entendido mal qué es ser lesbiana. Para Wittig (2006), “mujer” —e incluso a veces el plural “mujeres”— es una categoría que pertenece al “contrato social”, que “es la heterosexualidad” (p. 67). Esto significa que la categoría se ha diseñado e implementado para mantener el presunto estatus de heterosexualidad en su lugar en la base de la cultura. Esa categoría debe ser atacada y anulada, dada por obsoleta, si queremos entender lo que significa ser lesbiana. Una lesbiana, para Wittig, es aquella que lleva a cabo la anulación de la categoría de género y lo hace, por así decirlo, universalizando su perspectiva como minoría. En “The Point of View: Universal or Particular?” Wittig (1983) aclara que “aquí se usa género en singular porque efectivamente no hay dos géneros. Solo hay uno: el femenino, el "masculino" no es un género. Porque lo masculino no es lo masculino, sino lo general” (p. 63). Lo “masculino” ya ocupa y soporta lo general, lo universalizable. Y así, al sitiar la universalización, Wittig lleva a cabo su asalto a la presunción misma de que lo masculino es lo general. Otra forma de decir esto es que lo masculino es la forma específica de aparición a través de la cual se da a conocer lo universal. De repente, sin embargo, lo universal demuestra que ya no depende de esa morfología de lo masculino para aparecer. Wittig (2006) escribe: “Barnes anula los géneros convirtiéndolos en algo obsoleto. Creo necesario suprimirlos. Este es el punto de vista de una lesbiana” (p. 87). Tal es, de hecho, el efecto activo de este punto de vista, el efecto performativo y material, podríamos decir, de su universalización. Por tanto, que una minoría adopte el punto de vista de lo universal es apoderarse del lenguaje y reelaborar su poder. Este uso del lenguaje es materialista, porque actúa sobre los cuerpos y sobre el discurso previo; refuta el carácter abstracto y formal de la universalidad en favor de una comprensión de la misma como un punto de vista condicionado por una categoría sexual, es decir, que aparece a través de una categoría sexual que no se marca. Esta comprensión es materialista en la medida en que reubica las verdades formales como efectos de posiciones de poder y porque actúa sobre el propio lenguaje que opera sobre el cuerpo.

Tratemos de entender de qué manera este lenguaje actúa sobre el cuerpo:

One, on nos lleva a una experiencia única para cualquier hablante, cuando al decir yo uno puede reapropiarse de todo el lenguaje y reorganizar el mundo desde su punto de vista. No escondí los caracteres femeninos tras patronímicos masculinos para hacerlos parecer más universales, y sin embargo, si creemos lo que escribió Claude Simón, el intento de universalización tuvo éxito. Escribió esto acerca de lo que le ocurrió con la protagonista de El opoponax, una niña: «Veo, respiro, mastico, siento por sus ojos, su boca, sus manos, su piel... Me convierto en la infancia». (Wittig, 2006, p. 111)

Aquí, en la interpretación que Wittig ofrece de la lectura de Claude Simon sobre los escritos de ella, es importante la sucesiva amplificación del “yo” lector. Este último, que está separado del texto, está, sin embargo, alterado en su subjetividad o, precisamente, en el rango identificatorio y referencial del pronombre en primera persona. “Veo, respiro, mastico”, esto parece significar que el lector ve, respira y mastica como si el lector fuera el personaje, pero Wittig afirma algo más fuerte. El “yo” del lector se amplifica y transporta en el curso de la lectura. Estos modos corporales de aprehensión e ingestión pertenecen a la vez al personaje y al lector. Los movimientos corporales del personaje se transmiten de forma transitiva al lector, que ahora habla en un "yo" diferente y cuya ubicación pronominal en el mundo es alterada por el texto mismo. Ese carácter se está universalizando, generalizando y está volviéndose transferible y desplazable durante esa lectura, y es el cuerpo del lector el que, habiendo ingerido el carácter, asume el mundo a través de un conjunto de sentidos alterados, una capacidad diferente de aesthesis, es decir, de percibir el mundo en términos sensoriales. La afirmación “siento a través de sus ojos” sugiere que sus ojos no solo podrían ser míos, sino que son míos, al igual que sus manos y su piel. La generalizabilidad de la niña retratada por Wittig se concreta como esta transferibilidad, si no es que transitividad, entre el “yo” postulado y el lector. También lo confirma el vínculo sinécdocal entre la niña y la propia infancia. “Me convierto en infancia” significa precisamente que el “yo” asciende a la universalidad de la infancia a través de la figura de la niña. Esto es un escándalo, ya que la historia generalizada y universal de la infancia no puede contarse a través de la figura de la niña mientras entendamos que lo masculino funciona como la presunción de universalidad misma. Si lo masculino todavía ocupa ese lugar poderoso, entonces siempre será el joven, el iniciado, el aprendiz, el hijo pródigo, quien alegorizará al humano en su universalización. Cuando la historia universal circula sin esa presunta figura de masculinidad, la historia de universalidad revela su contingencia sobre esa figura, y vemos que la universalización puede tener lugar a través de una figura que desestabilice las dos presuntas nociones de masculinidad y feminidad.

Así, someterse a la universalización del punto de vista lésbico es precisamente sufrir una alteración fundamental en la forma en que se dice “yo” y en la forma en que se dice “nosotros” y en lo que ambos pronombres pueden llevar o soportar. Cuando el "ellos" impersonal es lo que transmiten los elles, también hay un cierto asalto a los sentidos, al sentido mismo de la forma y el género de la agencia humana en su generalización y legibilidad.

Como resultado, no leo a Wittig como una epistemóloga del punto de vista, ya que su objetivo no es redescribir el mundo con autoridad desde una posición minoritaria. La redescripción actúa sobre la noción de autoría y sobre la figura y forma de la agencia humana. Al transformar la posición minoritaria en una que pueda soportar la universalidad, Wittig confunde la configuración misma de lo universal y lo particular dentro del orden social. Mi propio argumento me detiene momentáneamente cuando considero, por ejemplo, cómo Sandra Harding (1998) ha propuesto que la ciencia racista y misógina no solo es mala ciencia, sino que carece de objetividad, ya que la ciencia debe describir el mundo tal como es. Pero allí hace referencia a un mundo racista y misógino que está desautorizado por la descripción científica. Harding insiste en que una nueva descripción nos da una nueva versión de la objetividad, una que toma en cuenta de manera más adecuada la objetividad de las relaciones sociales. Mi sensación es que lo importante de lo que Wittig afirma es la reformulación no de la objetividad, sino de la universalidad, y la “universalización”, concebida como una acción continua, es una forma de entender los efectos específicos de una posición autoral minoritaria. Así, Wittig postula un mundo en el que la lesbiana puede convertirse en una figura de la universalidad, donde la vida de una lesbiana puede ser una figura de la vida misma; su deseo, una figura del deseo mismo; su predicamento cultural, una clave para la comprensión de la cultura. Como resultado, podríamos renovar todo un conjunto de conceptos ontológicos sobre la base de la lesbiana, que está excluida de las concepciones dominantes de la vida, del deseo y de la cultura, por nombrar algunos ejemplos.

Una consecuencia que se desprende lo analizado hasta este punto es que las figuras a través de las cuales se articula la universalidad están históricamente establecidas y son alterables. De la presunta figura de la masculinidad surge una universalización diferente a la que surge de la feminidad, y lo que surge de esta última, según Wittig, constituirá una paradoja que hará obsoleta la distinción binaria entre masculino y femenino. ¿Cómo se constituye esa paradoja y qué efectos tiene tal universalización cuando se la entiende como el proceso de escritura minoritaria? Para Wittig, universalizar el punto de vista minoritario significa que, a través de la escritura, se actúa sobre los sentidos para alterar fundamentalmente los esquematismos del espacio y el tiempo, mediante los cuales obtenemos nuestra orientación básica en el mundo. En Paris-la-politique, Wittig (1999) le da crédito a Nathalie Sarraute por haber descubierto que

el uso de una palabra puede lograr un deslizamiento vertiginoso en la organización del espacio, de las personas en su presencia. De repente, los cuerpos no se comportan de la misma manera. Hay una tensión, una irradiación en la disposición general. El espacio que rodea al interpelado se vacía. (p. 25)

Posteriormente, se refiere a la “desagregación de sentido que se efectúa con las palabras, las mismas palabras por las que se había constituido [el sentido]” (Wittig, 1999, p. 51). Un término como universalidad proporciona la piedra angular para la organización del sentido y constituye una categoría clave por la cual nombramos la validez de nuestras abstracciones. Sin embargo, la universalidad se aparta de esta función cuando se convierte en el vehículo para desorientar y desagregar repentinamente el sentido. Se supone que el uso de la palabra universalidad indica las bases sólidas y compartidas de nuestra experiencia cognitiva. Además, según Kant, el espacio y el tiempo son las condiciones previas de una relación de conocimiento con el mundo. De ahí que el uso de la universalidad contra su presunción masculina produzca una especie de vértigo de grandes proporciones epistemológicas. El cambio de concepto nos quita el aire, nos hace respirar diferente, cambia nuestro andar, nuestra postura, nuestra forma de vivir corporalmente en el mundo. No reconocimos que lo masculino estaba integrado en esa forma previa de estar enraizado y, cuando experimentamos esa pérdida de terreno, se produjo una ruptura importante.

Para Wittig, los conceptos tienen la capacidad de actuar sobre el cuerpo. Es por eso que ella está dispuesta a afirmar que la categoría de sexo, a pesar de su grandiosidad, opera como una especie de esclavitud[5]. Me resisto a la analogía por muchas razones y, sin duda, continuaré haciéndolo, pero en algunos de los primeros escritos de Wittig hay algo parecido a Kathleen Barry y Andrea Dworkin, incluida la voluntad de identificar la pornografía como el ejemplo más pernicioso de violencia representativa. Lo que sí acepto, sin embargo, es su punto más general, quizás la forma en que incluso los análisis con los que no estoy de acuerdo, sin embargo, la establecen como un sujeto que articula lo universal, una teórica lesbiana. En su opinión, el formalismo nunca fue cierto. El formalismo buscaba actuar sobre el cuerpo, borrar una determinada morfología y hacer otra coextensiva con el propio ser humano. Precisamente, porque siempre actuó sobre los cuerpos de quienes se les pedía que aceptaran su verdad, sus pretensiones de verdad "formal" se vieron socavadas. Además, el formalismo siempre se impone a esos cuerpos con un precio. En The Straight Mind, Wittig (1999) aclara el efecto tangible de los conceptos:

Si los discursos de los sistemas teóricos modernos y de las ciencias humanas ejercen un poder sobre nosotras es porque trabajan con conceptos que nos tocan muy de cerca. A pesar del advenimiento histórico de los movimientos de liberación de las feministas, de las lesbianas y de los gays cuyas intervenciones ya han puesto patas arriba las categorías filosóficas y políticas de estos discursos en su conjunto, estas categorías (que fueron puestas en cuestión de este modo brutal) no por ello han dejado de ser utilizadas sin examen por la ciencia contemporánea. (p. 51)

Para Wittig, verse privado de la capacidad de universalizar la propia experiencia —una acción que ella entiende como coextensiva con la autoría— es una forma específica de sufrimiento. Aquí no hay ningún esfuerzo por reducir a la lesbiana a su especificidad (“Djuna Barnes teme que las lesbianas la conviertan en su escritora” [Wittig, 2006, p. 89]). Sin embargo, hay una acción crítica muy particular que la lesbiana realiza sobre los vocabularios existentes de las ciencias sociales. Si ella define la opresión en estos términos —“mujer”, “hombre”, “sexo”, “diferencia”—, quiere decir que es el efecto de una falsa universalización que reclama para la mente recta la capacidad de imponer sus categorías a todas las personas y en todos los tiempos (Wittig, 2006, pp. 51-52).

La universalidad como término se contamina como resultado, pero su mancha es también su poder, el potencial de su resignificación, el sitio sintáctico de un posible vértigo: se puede abusar y, por tanto, se puede reutilizar. Hay momentos en que las palabras no se pueden rehacer, son instrumentos que las fuerzas de la opresión manejan con demasiada fuerza, y hay momentos en que las palabras deben y pueden rehacerse. Mujeres y hombres parecen ser términos que se quedan atrás, porque solo pueden reinstalar la mente recta y sus prerrogativas presuntuosas. Pero la universalidad puede y debe reutilizarse. Wittig (2006) escribe provocativamente:

Si nosotros, las lesbianas y gays, continuamos diciéndonos, concibiéndonos como mujeres, como hombres, contribuimos al mantenimiento de la heterosexualidad […] La transformación de las relaciones económicas no basta. Hay que llevar a cabo una transformación política de los conceptos clave, es decir, de los conceptos que son estratégicos para nosotras. Porque hay otro orden de materialidad que es el del lenguaje, un orden que está trabajado de arriba abajo por estos conceptos estratégicos. (p. 54)

Confieso no saber con precisión cuándo una palabra debe quedar obsoleta y cuándo puede reutilizarse como parte de la transformación de conceptos clave. Wittig (2006) pregunta: "¿Exceptuamos al esclavo?" (p. 54). Sin embargo, Wittig también vacila en esta cuestión, a veces relegando a las mujeres plurales a un pasado que debe volverse completamente anacrónico y, otras veces, señalando la palabra como una que puede y debe ser reutilizada estratégicamente. El vocabulario dominante no puede desecharse íntegramente, pero puede convertirse en el sitio de una determinada alimentación, un uso parasitario para nutrir a un organismo auxiliar, uno que se suponía que debía morir de hambre o permanecer ajeno. El regreso a las figuras corporales aquí no es accidental; ver, respirar, hacer el amor, moverse, luchar, llorar, son las modalidades corporales a través de las cuales se da a conocer esta universalización emergente. A esto, a lo que sucede entre dos mujeres, también se le llama "ver"; esto, lo que ocurre entre lesbianas, también se llama “hacer el amor”, y no podemos entender “ver” o “hacer el amor” sin esas figuras corporales. No hay una ontología de moverse, luchar y llorar que exista al margen de sus articulaciones sociales. Es igualmente cierto que cuando determinados sujetos se mueven, luchan, lloran, ven y respiran están haciendo lo que hace el humano y, por tanto, ejemplifican al humano en sus características compartidas, su universalidad.

Pero, ¿puede la universalidad sobrevivir a su ejemplificación a través de la figura de la lesbiana? Cuando la figura lesbiana hace alguna de estas cosas humanas, escandaliza lo humano, el concepto de lo humano, y expone su historicidad, su fractura y su futuro. Esta es una de las razones por las que los cuerpos se deshacen con tanta frecuencia en la ficción de Wittig. Las figuras humanas en sus textos (¿podemos llamarlas “personajes”?) son desagregadas y reensambladas intermitente y apasionadamente. Podríamos concluir que esto es solo ficción o una especie de delicadeza textual, pero parece importante señalar nuevamente que para Wittig la textualidad es siempre un materialismo. Y los textos de Wittig, como El cuerpo lesbiano, no solo representan el cuerpo en su violenta destrucción y reconstrucción, sino que también actúan sobre los cuerpos (planteando la cuestión de si la figuración es en sí misma un tipo de acción, según Paul de Man), aclarando cómo los conceptos tocan, restringen y liberan los cuerpos de maneras que constituyen y desconstituyen un sentido fundamental de ubicación corporal y temporalidad, posición, relacionalidad y límite.

Es cierto que, para mí, leer a Wittig produjo algo de esa desorientación. En 1979 escuché No se nace mujer en la conferencia Simone de Beauvoir, en Nueva York. De hecho, fue la primera conferencia a la que asistí. Creo que es justo decir que la habitación en la que me senté se convirtió en un espacio palpablemente nuevo después de escucharla. Fue tanto más desorientador cuanto que también escuché, en ese mismo panel, a Hélène Cixous —ella y Wittig se sentaron en extremos opuestos de la mesa—; Audre Lorde, quien entregó Las herramientas del maestro nunca desmantelarán la casa del maestro, y Charlotte Bunch, quien dio uno de esos exuberantes planes de cinco puntos sobre el futuro del feminismo. Me acababa de graduar de la universidad. No sabía dónde estaba.

En ese año, entraba en secreto a esas librerías de París donde Wittig era considerada una paria y compraba tantos ejemplares de Questions féministes[6] como podía, asegurándome los libros de ella en el idioma original, a pesar de que mi francés apenas era lo suficientemente bueno para entender todo lo que ella escribía. Recuerdo otro caso de este tipo de vértigo, cuando yo era estudiante en Yale en 1977 y Olga Broumas ganó allí el concurso de Poetas Jóvenes. De repente, ella estaba allí, en el campus, y nosotros (quienquiera que fuéramos) estábamos apiñados en un pequeño auditorio, escuchando, visible y audible:

Yo duermo, yo duermo

largas y escarpadas horas,

perseguirme, fuera

de la cama y en la ropa, me despierto

aún más tarde, sin aliento, corazón

acelerado, duermo

pelando como un glotón

sin pelo, momentáneamente

apagada. La fría

agua me choca

de vuelta del sueño. Veo

mordeduras de amor como fósiles: algo

que sí existió. (Broumas, 1977, p. 61)

Fue ese mismo año —o tal vez un año después— cuando hubo un primer día del orgullo gay en el campus de Yale y varios de nosotros —¿quiénes éramos "nosotros"?— nos reunimos para colocarnos con nuestros carteles y declararnos públicamente al frente de la Biblioteca Sterling. Esto no fue fácil para mí. Yo era una estudiante de filosofía y frecuentaba los seminarios de Hegel y Kant en ese momento. Alguien trajo música y amplificadores y nos quedamos parados, incómodos, mientras los estudiantes y el profesorado con sus diversos libros y expresiones apresuradas se abrían camino entre la multitud hacia la biblioteca. La Sterling era imponente y fría. Parecía estar en pie por siglos de hombres y no era como si las mujeres sintieran un fuerte sentido de pertenencia allí. De repente, la música se hizo más fuerte y todos comenzamos, al principio con bastante torpeza, a bailar. Incluso ahora, no puedo imaginarme a mí misma habiéndolo hecho. Pero sucedió. Algo sucedió que entró en el orden de la existencia, fracturó y rehízo ese espacio.

Cuando escuché a Wittig en la Universidad de Nueva York en 1979, sentí que mis propias categorías se disolvían, una sensación de gravedad epistémica se levantó. Si "una lesbiana no es una mujer", entonces una lesbiana es otra cosa. Y decir que la lesbiana “es” implica destruir un sentido de realidad, que depende de la diferencia entre los dos sexos y de una presunción heterosexual. ¿Cómo podía una cópula hacer tanto trabajo? En 1995 Wittig recibió el Premio Kessler del Centro de Estudios de Lesbianas y Gays de la City University de Nueva York, un premio otorgado en honor a su destacada contribución a los estudios de gays y lesbianas. Se me pidió que diera uno de los comentarios introductorios. Escribí algo breve, aunque no pude asistir al evento, y luego me llamó para agradecerme. Hablamos algunas veces durante ese año. Estaba claro que ella tenía serios desacuerdos conmigo, pero me animó el contacto y sentí que ella estaba contenta por el reconocimiento.

Si nos sentimos tentados a pensar que, seguramente, ya no hay nada de escandaloso en ser lesbiana ahora que tenemos, por así decirlo, a Ellen DeGeneres y The L Word, recordemos que la mayoría de las personas en este país y en el extranjero afirman que las personas lesbianas y gays no tienen relaciones tan reales o legítimas como las de los heterosexuales; que existe un orden de poder según el cual la reivindicación de la realidad y la reivindicación de la universalidad está rigurosamente regulada y que sigue siendo una tarea dolorosa y urgente afirmar la existencia minoritaria y que esa existencia sea reconocida como la figura a través de la cual se puede decir algo universal sobre los cuerpos, el amor, el deseo, la cultura, el poder y la política. Por supuesto, esto es algo que le compete al campo jurídico en cierto grado, pero también, quizás más fundamentalmente, es una cuestión de vivir y respirar, perder y lamentar, persistir y florecer como un cuerpo viviente en un mundo social marcado por limitaciones y desgarrado por exclusiones.

Entonces, estas son las palabras que le gustaron, que le di, que te doy. Era enfáticamente más joven cuando las escribí, ya que hoy no encuentro esa cepa utópica en mí misma:

Recuerdo mi sorpresa cuando pasé rápidamente de las representaciones principalmente pastorales de la sexualidad lésbica a Le corps lesbien de Wittig. Fue allí donde entendí que para Wittig hay algo destructivo en ser lesbiana, en esta escritura que tiene lugar en y a través de este término. Al principio, no estaba segura de querer que fuera verdad. ¿No podría la destrucción estar ubicada en otro lugar? ¿Qué es esta charla de guerra? Pero entonces entendí un punto de consecuencia tanto en la política como en la erótica: políticamente, no tiene sentido adoptar un punto de vista de que uno podría ser aceptado en el feliz pluralismo de categorías de identidad, una categoría entre otras, cuando la presencia articulada de la lesbiana es un escándalo, una amenaza, y que, con su insistente presencia, fuerza una reasignación de lo que entendemos por comunidad, deseo, lenguaje, cuerpos, sexo y ser. Eróticamente, entendí algo también, y esto es, creo, parte de la brillantez de Le corps lesbien: que al hacer el amor, las lesbianas deben separarse y se rehacen en el transcurso de este desmembramiento erótico. Un cuerpo cuyo género es marcado femenino, elaborado dentro de la matriz heterosexual que trabaja a través de la abstracción, la reducción y la regulación de la vergüenza y el deseo, conoce la dificultad de rehacer que se requiere para hacer una oferta de uno mismo a otro, para reclamar a otro, someterse a una apasionada reinscripción del cuerpo. Al principio parece que el cuerpo lésbico es un determinado tipo de cuerpo, que ciertos cuerpos son lesbianas y otros no. Pero esa es claramente una lectura incorrecta. El cuerpo lésbico es precisamente el lugar de este desmembramiento y re-elaboración que es al mismo tiempo un acto peculiar de reinscripción, una destrucción y una reimaginación, una reelaboración del cuerpo sedimentado culturalmente hacia su futuro imprevisto. Para mí, Wittig me abrió un sentido del mundo que había sido, literalmente, inimaginable. Ella nos destrozó. ¿Qué significaba en Le corps lesbien que esos ojos se soltaran, que se los tragaran, que las entrañas se derramaran afuera? ¿Era esto un tormento envolvente, esta visión del erotismo lésbico? ¿O eran estas cifras lo que significa escribir juntos a través y fuera de las morfologías de la cultura en la que vivimos? Esta nunca fue una fácil reinvención de nosotras mismas. Esta fue una muerte cultural cierta que debe ser vivida para sobrevivir como algo más, para que la sexualidad sea tanto la amenaza de destrucción para una heterosexualidad dominante y restrictiva, así como el futuro imprevisto del cuerpo. ¿Hay alguna lesbiana que no conozca algo de esta violencia y esta posibilidad como se vive en la lucha erótica por convertirse en un cuerpo que pueda amar y ser amado? Una cosa sería decir que Wittig nos dio el lenguaje para esta lucha. Pero quizás sea mejor decir que ella nos dio a entender que esta lucha es en el lenguaje, que es inseparable de la lucha de los cuerpos, y que la tarea de escribir el camino hacia el futuro no es un lujo, sino el nombre mismo de supervivencia sexual y cultural[7]

Aquí es donde difiero de Wittig hoy: los términos de la heterosexualidad no son ajenos, no son absolutamente otros y no estoy segura de que puedan ser rechazados por completo sin que ese rechazo “actúe” de alguna manera sobre el tema que surge a su paso. Yo diría lo mismo sobre el género. Dudo, por ejemplo, que podamos encontrar heterosexuales que no estén negociando la homosexualidad dentro de sus relaciones o lesbianas y hombres gay que de alguna manera no estén trabajando dentro y en contra de estructuras heterosexuales arraigadas. No hay pureza en estos dominios ni debería haberla, no importa cuán fijos o estables podamos ser en lo que se llama nuestra orientación sexual. En mi opinión, toda la idea de “tener una sexualidad” es una locución salvaje e improbable, no porque no tengamos sexo o sexualidad, sino porque el sexo es algo que se sale con la suya, incluso cuando pensamos que nos estamos saliendo con la nuestra; incluso cuando (¿precisamente cuándo?) estamos más lúcidos y agenticos. También creo que se puede teorizar la masculinidad a través de la figura de la lesbiana, como ha hecho Judith Halberstam (2008), y que podría ser a través de una figura trans, como Brandon Teena, que lleguemos a aprender sobre los hombres y la masculinidad. Además, puede ser que los niños intersexuales nos enseñen más sobre género que cualquier persona que afirme personificar las normas de género de manera estándar. Podríamos descartar estas normas, pero no podemos hacerlo meramente desde lo intelectual. La propia Wittig comprendió que era una lucha, incluso un asalto, volverlos obsoletos.

La ironía final surgió en las celebraciones necrológicas de la obra de Wittig en Le Monde, en particular, donde se la citó diciendo que era justement una escritora, no una escritora mujer (Robichon, 11 de enero de 2003). Ella había dicho "un écrivain", utilizando el artículo masculino, pero universalizándolo a través de su propia posición en el lenguaje. El periódico tomó esto como una celebración del humanismo, pero la interpretaron mal. Lo que no pudieron leer, aun cuando la elogiaron, fue la crítica y la removilización de la categoría de escritora. Ella reclamó el estatus universal de "escritora" en y a través de un punto de vista lésbico, interpretando una cierta gramática imposible al designarse a sí misma como "un écrivain". Esta práctica de universalización corría sus riesgos. Le Monde creería que la honró, calificándola de gran escritora, citando a Marguerite Duras en el sentido de que era "une écrivaine éclatante". Notaron el Prix Médicis que recibió por L'opoponax al principio de su carrera y luego insistieron:

Le lesbianisme était au centre de son écriture et de sa réflexion, mais elle s'opposait totalement aux théories de la différence sexuelle et à toute conceptualisation d'une écriture ou littérature féminine [El lesbianismo estaba en el centro de su escritura y reflexión, pero ella se opuso totalmente a las teorías de la diferencia sexual y a toda conceptualización de una escritura o literatura femenina][8]

Sin embargo, sería un error colocar el "lesbianismo" como tema de esta escritora, ya que la escritura en sí misma fue la universalización del punto de vista minoritario que ella llamó "lesbiana". El hecho de que Le Monde se negara a honrarla realmente sugiere que estaban más interesados en utilizar sus logros literarios para fortalecer su humanismo que en aceptar la crítica del humanismo que implicaba su teoría. Quizás Le Monde pensó que ya comprendía la universalización realizada por la autodescripción de Wittig como escritora, no como escritora mujer. ¿Le Monde anuló a Wittig en el momento en que la hizo universal como escritora? ¿Recuperó su propia noción de universalidad? ¿No comprendió la dificultad que tiene una no mujer, una lesbiana, para lograr la universalidad no como escritora, sino en su escritura? Para Wittig, lo universal no reemplaza a los elles, sino que se articula de nuevo precisamente con motivo de los elles. Y el On recapitula el fundamento gramatical del humanismo solo para asaltarlo mediante una subversión mimética de sus propios términos. Al final, en el momento en el que recibe el mayor reconocimiento, Wittig es claramente incomprendida, lo que reconfirma el poder de la hegemonía contra la que luchó y, por tanto, vuelve a defender su lucha. En lugar de elogios por su logro, tenemos algo más en ese obituario, el esquema de una lucha continua, una violencia aplicada a las palabras que se oponían a tal violencia, una negativa a leer. Como resultado, sin embargo, tenemos que esperar esa otra violencia, la que fracturaría y reconstituiría nuestros sentidos, produciendo una universalidad que no se abstrae de las vidas corporales que vivimos, sino que adquiere su significado a través de los detalles del cuerpo, en movimiento, en relación, reconstituyendo la vida a contrapelo y contra viento y marea.

Referencias

Broumas, O. (1977). Sleeping Beauty. En Beginning with O (pp. 61-63). Yale University Press.

Halberstam, J. (2008). Masculinidadfemenina (J. Sáez, trad.). Egales.

Harding, S. (1998). Is Science Multicultural? Postcolonialisms, Feminisms, and Epistemologies. Indiana University Press.

Robichon, S. (11 de enero de 2003). Décès de Monique Wittig, figure phare du lesbianisme. Le Monde. https://www.lemonde.fr/archives/article/2003/01/10/deces-de-monique-wittig-figure-phare-du-lesbianisme_304970_1819218.html

Wittig, M. (1983). The Point of View: Universal or Particular? Feminist Issues, 3(2), 63-69.

Wittig, M. (1999). Paris-la-politique et autres histoires. Éditions P.O.L.

Wittig, M. (2006). El pensamiento heterosexual y otros ensayos (J. Sáez & P. Vidarte, trads.). Egales.

Notas

[1] N. del T: por motivos de sentido, en la presente traducción se emplean cursivas cuando el término “lesbiana” se utiliza para referir a su uso universal y carecerá de ellas cuando sea implementado como calificativo. Sin embargo, hay que aclarar, esto no es así en el texto original en inglés.
[2] N. del T: la traducción que se hace de las citas de Wittig son tomadas directamente de la traducción que hace Butler al inglés. Esto aplica para todas las citas de Wittig, con excepción de los ensayos contenidos en The straight Mind, ya que dicha obra ya cuenta con una traducción al español que es utilizada acá.
[3] N. del T: como se dijo en la nota anterior, esta cita es tomada de la traducción al español que realizó la editorial Egales.
[4] N. del T: este concepto debe entenderse a partir de su uso en la teoría de la alianza, propuesta por Claude Lévi-Strauss. De forma resumida, este término refiere a la manera en que la sociedad está basada en un trato patriarcal frente a las mujeres, esto es, se les entiende como propiedad que puede ser cedida a otros para conseguir una alianza (militar, económica, social, etc.).
[5] En No se nace mujer Wittig (2006) escribe: “Somos desertoras de nuestra clase, como lo eran los esclavos americanos fugitivos cuando se escapaban de la esclavitud y se volvían libres” (p. 43).
[6] N. del T: revista académica francesa publicada entre 1977 y 1980.
[7] N. del T: esta es la presentación de Butler a Wittig en el marco del Premio Kessler del Centro de Estudios de Lesbianas y Gays de la City University de Nueva York.
[8] N. del T: lo escrito en francés se encuentra en el texto original, así como lo que encuentra entre corchetes, que vendría a ser la traducción que hace Butler, al inglés, de lo escrito por Robichon.

Notas de autor

* Información sobre el traductor: colombiano. Filósofo y magíster en Filosofía de la Universidad Industrial de Santander, Colombia. Becario del programa PAEC OEA-GCUB en la maestría en Metafísica de la Universidade de Brasília.
** Me gustaría agradecer a Amy Huber por su ayuda editorial con este ensayo. (N. del T: esta nota pertenece al artículo original)
*** Artículo publicado originalmente en el volumen 13, número 4 (2007), páginas 519–533 de la revista GLQ: A Journal of Lesbian and Gay Studies. Un agradecimiento especial a la revista GLQ por otorgar la autorización correspondiente para la publicación de la traducción. Atendiendo a lo anterior, se publica la siguiente aclaración de derechos de autor: “Judith Butler, "Wittig's Material Practice: Universalizing a Minority Point of View", en GLQ: A Journal of Lesbian and Gay Studies, Volumen 13, no. 4, págs. 519-533. Copyright, 2007, Duke University Press. Reservados todos los derechos. Publicado con permiso del propietario de los derechos de autor, Duke University Press. www.dukeupress.edu. Esta traducción no está sujeta a una licencia creative commons. Todas las solicitudes de reutilización deben ser aceptadas / autorizadas por el titular de los derechos del artículo, Duke University Press. [Judith Butler, "Wittig's Material Practice: Universalizing a Minority Point of View," in GLQ: A Journal of Lesbian and Gay Studies, Volume 13, no. 4, pp. 519-533. Copyright, 2007, Duke University Press. All rights reserved. Republished by permission of the copyright holder, Duke University Press. www.dukeupress.edu. This translation is not under a creative commons license. All requests for reuse must be agreed to/licensed by the rightsholder of the article, Duke University].

Información adicional

Forma de referenciar (APA): Almeyda Sarmiento, J. D. (Trad.). (2022). Traducción. La práctica material de Wittig. Universalizando un punto de vista minoritario. Revista Filosofía UIS, 21(2), 305-319. https://doi.org/10.18273/revfil.v21n2-2022014

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