

NOTAS
Piñeiro siempre tuvo una enorme confianza en los jóvenes que trabajamos bajo su dirección: un testimonio seguramente incompleto
Habano Diplomacy
Política Internacional
Instituto Superior de Relaciones Internacionales "Raúl Roa García", Cuba
ISSN: 1810-9330
ISSN-e: 2707-7330
Periodicidad: Trimestral
vol. 3, núm. 3, 2021
Recepción: 13 Abril 2021
Aprobación: 17 Mayo 2021
Resumen: El habano no necesita presentación, es el producto insignia de nuestro país que más se conoce en el mundo, pues por sus valores intrínsecos, históricamente ha trascendido fronteras geográficas, sociales, políticas e ideológicas, para ser disfrutado tanto por los campesinos, obreros y artesanos cubanos que lo trabajan, como por Reyes y Príncipes, jefes de Estado y de Gobierno, hombres de negocio, por famosos artistas y líderes de opinión de todas las tendencias políticas e ideológicas. No discrimina sexos, color de la piel, o credos religiosos y tiene como pocos productos la capacidad de socializar, aglutinar, atraer amigos, personas desconocidas y hasta adversarios, recreando siempre un agradable y amistoso ambiente distendido y armonioso, de complicidad; aunque algunos prefieren disfrutarlo a solas en discreta intimidad. Degustar un buen habano no es un vicio, es una forma sublime y poética de disfrutar nuestra existencia. Sus verdaderos aficionados son por lo general personas con una sensibilidad muy especial.
La Diplomacia del Habano
El habano no necesita presentación, es el producto insignia de nuestro país que más se conoce en el mundo, pues por sus valores intrínsecos, históricamente ha trascendido fronteras geográficas, sociales, políticas e ideológicas, para ser disfrutado tanto por los campesinos, obreros y artesanos cubanos que lo trabajan, como por Reyes y Príncipes, jefes de Estado y de Gobierno, hombres de negocio, por famosos artistas y líderes de opinión de todas las tendencias políticas e ideológicas. No discrimina sexos, color de la piel, o credos religiosos y tiene como pocos productos la capacidad de socializar, aglutinar, atraer amigos, personas desconocidas y hasta adversarios, recreando siempre un agradable y amistoso ambiente distendido y armonioso, de complicidad; aunque algunos prefieren disfrutarlo a solas en discreta intimidad. Degustar un buen habano no es un vicio, es una forma sublime y poética de disfrutar nuestra existencia. Sus verdaderos aficionados son por lo general personas con una sensibilidad muy especial.
Por eso nosotros, los cubanos, debemos dar gracias a la vida por disponer de las condiciones naturales que permiten que en la mayor de las Antillas se produzcan los mejores tabacos del mundo. Me refiero a la composición del suelo en la zona occidental del país, los adecuados niveles de humedad y temperaturas existentes durante las distintas estaciones del año, la intensidad de los rayos solares y los vientos alisios, cuales benditas corrientes de aire fresco acarician valles y colinas de una de las zonas más hermosas de nuestro archipiélago.
Tan importante como estos elementos naturales, lo es la calidad y experiencia del componente humano que sabiamente y con mucho amor se integra a la cadena de cultivo, cosecha y secado, clasificación y combinación de hojas, torcido, diseño artístico de las vitolas que identifican las distintas marcas de habano y, finalmente, su envase en finos estuches de cedro elaborados por experimentados artesanos para que finalmente su sabor y aroma sean disfrutados por los más exigentes aficionados.
Ello explica las reacciones inmediatas de la mayoría de los interlocutores, cuando en el extranjero nos presentan o nos encontramos por primera vez: “Ah, Embajador de Cuba, “y después continúa la exclamación con algunas bellas frases referidas al Habano.
Esa experiencia la tuve inmediatamente después de mi llegada a París en 1998 para asumir la nueva misión como Embajador de Cuba en Francia. Nunca olvidaré la cena organizada en mi honor por un grupo de amigos franceses aficionados al Habano, en el famoso Hotel Royal Monceau. Yo había dejado de fumar cigarros hacía muchos años y el tabaco como tal nunca me había atraído.
Por ello, cuando después de la cena pasamos al área reservada para los fumadores, cortésmente decliné un buen tabaco que uno de los amigos muy gentilmente me ofrecía. Realmente, enfrenté una situación bastante incómoda, pues de ninguna manera aquellos fervientes admiradores de nuestro producto distintivo podían comprender que el Embajador de Cuba no compartiera el mismo placer que ellos disfrutaban al degustar un habano. Después de aquel embarazoso momento, salí decidido a resolver este problema existencial, por lo que de regreso a la residencia me fui directamente a la terraza a devorar el Cohiba Siglo VI que los amigos me habían obsequiado esa noche, acompañado de un ron añejo Havana Club 7 años. Nuestro Ministro de Relaciones Exteriores, a quien algún tiempo después le hice esta anécdota, la calificó como la “fumada patriótica”, pues a partir de esa experiencia me convertí en uno de sus más fieles promotores en Francia.
Sin embargo, la idea original de crear en París un Club de Embajadores aficionados al Habano, no fue mía, me la dio un destacado pintor y diseñador francés, Marc J. Pasini, mientras disfrutábamos de una Gala de fumadores organizada conjuntamente por dos clubes en la Bodeguita del Medio, no lejos del Museo del Louvre, donde un trío cubano interpretaba hermosas canciones de nuestra música popular. Pasini, apasionado del mundo del buen fumar, (inspirador de algunas de sus obras artísticas), me hizo observar que en Francia casi todos los Clubes de Tabacos estaban integrados por personas con determinadas afinidades o profesiones comunes y se preguntaba por qué no crear un Club de Embajadores aficionados a este hobby.
Aquella idea coincidía totalmente con los esfuerzos que veníamos realizando en la Embajada a fin de potenciar la imagen Cuba ante la sociedad francesa y el propio cuerpo diplomático acreditado en París, precisamente en momentos en que Estados Unidos y algunos de sus aliados europeos impulsaban una de las más feroces campañas difamatorias contra nuestro proceso revolucionario.
Por ello, además de otras consideraciones, la necesidad de aprovechar cuantos espacios fuese posible para hacer sentir la presencia de Cuba y abrirnos paso con nuestra verdad, nos dieron el aliento necesario para explorar el terreno en esa dirección. Después de consultar con el Director de la Casa COPROVA en París, distribuidora de Habanos Premium y algunos amigos muy conocedores de la sociedad francesa, incluyendo abogados y funcionarios del Quai d’Orsay, decidimos lanzar la iniciativa en una reunión organizada en mi Residencia con un grupo de Embajadores latinoamericanos y colegas de otras regiones. Éramos 16 Jefes de Misión y todos acogieron la idea con mucho entusiasmo.
Ello nos dio la fuerza necesaria para seguir adelante con la infinidad de coordinaciones y trámites a realizar, incluyendo la promoción del Club en el resto de los Embajadores, la elaboración de sus estatutos, la elección de su Junta Directiva, el registro formal de acuerdo con las leyes francesas, la identificación de posibles patrocinadores, el diseño de su imagen corporativa y muchos otros detalles.
Para todo este trabajo contamos con el valioso apoyo de Marc J. Pasini, a quien nombramos artista del Club; del Dr. Héctor Dominique, un destacado abogado francés; y, por supuesto, de su Junta Directiva integrada por cuatro Embajadores que ejercían como vicepresidentes en representación de cada una de las regiones geográficas y un Tesorero. La función de este último era preparar un informe detallado que semestralmente presentábamos a las entidades patrocinadoras y a los miembros del Club, en el que se daba cuenta de los ingresos aportados por los patrocinadores y los gastos incurridos en el periodo.
Para ingresar al Club, cuyo objetivo fundamental era promover relaciones de amistad en un ambiente festivo y armonioso, debían reunirse los siguientes requisitos de conformidad con sus estatutos: ostentar la condición de Embajador acreditado ante la República Francesa o la UNESCO, ser aficionado al Habano, no inmiscuirse en los asuntos internos y respetar las leyes del país sede, rechazar cualquier manifestación de discriminación racial o basada en diferencias de géneros, credos religiosos o tendencias políticas e ideológicas, entre otros.
A fin de mantener su carácter de Club de Embajadores, al margen de algunos Miembros de Honor, también creamos una segunda categoría llamada “Amigos del Club”, para acomodar el creciente número de personalidades francesas y de otras nacionalidades residentes en París, interesadas por razones económicas, políticas o culturales en asociarse de alguna manera a este atractivo espacio, propicio para desarrollar vínculos y relaciones personales con los representantes de los más diversos países. Incluso, tuvimos que declinar muchas ofertas de patrocinio a partir del momento en que con el apoyo financiero que comenzamos a recibir a través de transferencias bancarias de tres grandes empresas francesas, resultaba suficiente para la gestión del Club.
Así las cosas, el 5 de diciembre del año 2000 inauguramos formalmente el Club de Embajadores Aficionados al Habano de París, en una cena de gala que organizamos en los salones del prestigioso Círculo Interaliado, antiguo edificio en el centro de París, otrora sede del comando de las fuerzas aliadas durante la Primera Guerra Mundial.
Esa noche pudimos anticipar la magnitud e importancia que alcanzaría en el mundo diplomático y en la alta sociedad francesa aquella idea surgida mientras disfrutábamos de los deliciosos cocteles de ron Havana Club y buena música cubana en la Bodeguita del Medio.
Acompañados de dos Ministros franceses, numerosos senadores y diputados, dirigentes de partidos políticos, artistas, intelectuales, hombres de negocio y una nutrida representación del Cuerpo Diplomático, se desarrolló la primera noche de gala de nuestro Club con más de 250 invitados. El programa, presentado por la joven princesa francesa, Hermine de Clemont Tonnerre, contó con la actuación de la famosa Orquesta Aragón, que habíamos logrado traer desde la capital austriaca, especialmente para amenizar aquella inolvidable fiesta cubana.
Como un homenaje a nuestro producto insignia, todavía retumba en mis oídos las palabras del alcalde André Santini, presidente del Club de los Parlamentarios aficionados al Tabaco, quien, en nombre de todas las autoridades presentes expresó que lo que no habían podido hacer los políticos franceses en la Asamblea Nacional, el Embajador cubano lo había logrado esa noche: sentar frente a frente en la mesa de honor, a los representantes de los partidos de derecha y de la izquierda francesa, en un ambiente amistoso y distendido.
Durante los cuatro años posteriores que duró nuestra misión en Francia, el Club de los Embajadores se convirtió en uno de los más activos y prestigiosos de todos los clubes de tabacos existentes en ese país, cuya cifra era impresionante; nosotros tuvimos referencias de más de cien clubes de esta naturaleza distribuidos en todo el territorio francés.
En efecto, el Club de Embajadores Aficionados al Habano llegó a alcanzar una cifra de miembros plenos entre 60 y 70 Embajadores, fluctuación que se producía debido al proceso de rotación de los jefes de misiones diplomáticas. Al mismo tiempo, la segunda lista de amigos del Club la integraban más de 200 personalidades francesas de la vida política, el mundo de los negocios, destacados artistas e intelectuales, deportistas y conocidas figuras de los medios de comunicación. Estas personalidades eran invitadas selectivamente de acuerdo con la ocasión y las características de cada una de las actividades que organizábamos. Entre los miembros de honor que prestigiaban el Club figuraban dos Ministros Franceses, los Presidentes del Senado y la Asamblea Nacional francesa, los artistas Charles Aznavour, Gérard Depardieu y Pierre Richard, así como el heredero al trono de Mónaco, el Príncipe Alberto.
Resulta muy difícil valorar cuáles fueron las actividades más destacadas del Club entre las muchas que con diversos formatos y contenidos se realizaron.
Además de degustar de las mejores y más selectas vitolas de Habanos y los mojitos preparados con el insuperable ron Havana Club, siempre se disfrutaba de las mejores ofertas de las cocinas criolla y francesa y de grupos musicales cubanos traídos especialmente desde La Habana o contratados entre los muchos que frecuentemente realizaban giras artísticas por Francia y otros países europeos. Al principio, los gastos de estas actividades eran cubiertos con el apoyo financiero que aportaban las entidades patrocinadores; más tarde, en la medida en que el Club iba ganando prestigio en la sociedad francesa, fueron reduciéndose los gastos que teníamos que enfrentar con nuestro propio presupuesto producto del mencionado patrocinio, pues los hoteles y otros anfitriones interesados por razones de publicidad, comenzaron a ofrecer gratuidades por concepto de alquiler de locales, servicios gastronómicos, etc.

Estas noches de gala, con una asistencia que fluctuaba entre 100 y 400 personas, por lo general tenían como sede de manera rotativa los hoteles más prestigiosos de París, aunque en nuestro criterio las que tuvieron mayor impacto fueron aquellas que organizamos por invitación del Presidente del Senado francés en el Palacio de Luxemburgo, y en el Palacio de Borbón, sede de la Asamblea Nacional, también invitados por su Presidente.
Otras agradables galas fueron realizadas sobre la cubierta de un barco recorriendo el famoso Sena que atraviesa el centro de París, la estancia de fin de semana en el Palacio de la Casa Moët y Chandon en la región de Champagne, a dos horas de París y la cena espectáculo que disfrutamos en el famoso Cabaret Le Moulin Rouge (El Molino Rojo), en la plaza Montmartre.
Como parte del programa, muchas de estas galas eran aprovechadas para dar la bienvenida o despedir a los Embajadores que culminaban misión, al tiempo que las famosas firmas francesas de la industria del lujo, como LVMH, Louis Vuitton, Hermes, Cartier, Montblanc, Pierre Cardin, entre otras, siempre aportaban los obsequios que se entregaban a los invitados.
Mención aparte merece la visita durante un fin de semana, en junio del 2003, al Principado de Mónaco, invitados por el Príncipe Heredero Alberto, quien se había comprometido conmigo durante la visita que el año anterior había realizado a Cuba, ocasión en la que inauguró el Consulado General de Mónaco en La Habana. A pesar de haber sido esta una visita privada, logramos organizarle un excelente programa que incluyó entrevistas con varios ministros, personalidades de la cultura y el deporte, y un encuentro inolvidable con el Comandante en Jefe que duró más de tres horas.
En Montecarlo, el Príncipe Alberto nos acogió con la generosidad y el calor humano que le caracterizan. El programa en esta ocasión incluyó un almuerzo ofrecido por el propio Príncipe, una cena organizada por el entonces Ministro francés a cargo del Principado, y más tarde en la noche, el espectáculo en versión reducida del Cabaret Tropicana ofrecido por mí en calidad de Presidente del Club de Embajadores, el cual, en presencia del Príncipe Alberto, tuvo lugar en el Cabaret del Casino de Montecarlo.
Al día siguiente, antes de regresar a París, recorrimos lugares emblemáticos del Principado y asistimos a un almuerzo ofrecido por la familia Pastor, una de las más distinguidas e influyentes del territorio. Éramos 112 personas, incluyendo las esposas de varios Embajadores e invitados.
El Club de Embajadores Aficionados al Habano de París se convirtió en una excelente herramienta de trabajo, no solo para potenciar la imagen Cuba, sino que nos abrió las puertas por donde pudimos mejor transitar y llegar a los más altos niveles de los círculos políticos, económicos y sociales de la sociedad francesa y del Principado de Mónaco, con los que pudimos establecer y consolidar relaciones de trabajo que resultaron sumamente útiles para el cumplimiento de nuestra misión. Muchas de esas relaciones han resistido la prueba del tiempo hasta el día de hoy.
Por supuesto, estos importantes logros no los hubiéramos podido alcanzar sin el aliento y apoyo constante de distintos organismos en Cuba como el MINREX, el MINCULT, el Ministerio de Turismo y, principalmente, la Empresa Habanos S.A. y su representación en Francia, quienes en una ocasión me cursaron una invitación para que asistiera al Festival del Habano en Cuba organizado ese año en el Palacio de Bellas Artes, en reconocimiento a la promoción que veníamos haciéndole a nuestro producto insignia. En esa ocasión fui nominado “Hombre Habano” en la categoría “Comunicación”.

Durante la ceremonia de premiación fui testigo de la entrega, muy merecida, de ese galardón al afamado productor de tabacos, Alejandro Robaina, quien era el otro candidato en la misma categoría. Medirme con ese gigante del giro que incluso dio nombre a una de las marcas más conocida, “Vegas Robaina”, en cierto sentido me acomplejaba, pero al mismo tiempo me llenaba de satisfacción y orgullo participar en un evento de esta naturaleza que, entre otras cosas, contó con la presencia del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y otros altos dirigentes.
Cuatro años después de haberme despedido de Francia y en momentos que me desempañaba como Viceministro de Relaciones Exteriores, en el 2008 fui asignado a otra misión en el exterior, esta vez como Embajador de Cuba en Argelia, país para mí muy querido donde tenía muchos amigos con quienes había compartido, en el pasado, experiencias de trabajos comunes, incluyendo al Presidente de la República, el Primer Ministro, algunos Ministros, dirigentes políticos y altos funcionarios de Cancillería, varios de ellos conocidos como grandes aficionados al Habano.
Sobre la base de estos antecedentes y la experiencia vivida en Francia, una de las prioridades que incluí en mis directivas de trabajo para Argelia fue, precisamente, la creación de un Club de Embajadores Aficionados al Habano, ajustado a las características de la sociedad argelina.
Y así sucedió. La creación del Club en Argelia resultó menos compleja por las razones apuntadas y los resultados fueron igualmente muy positivos. El Hotel Aurassi, el más grande y prestigioso de la capital argelina, se ofreció como sede permanente del Club y allí llegamos a organizar cenas de gala que fueron consideradas por los propios argelinos entre las más exitosas de todos los tiempos, en particular, la última que realizamos antes de culminar mi misión con la actuación del Ballet Nacional de Argelia y una representación del Conjunto Folklórico Nacional de Cuba.
En mi larga trayectoria diplomática, Argelia marcó un importante hito y no solo de carácter político; fue allí donde logré aprender el arte de hacer tabacos con los torcedores cubanos que participaban en las Ferias Comerciales Anuales de Argel. Estos, además de enseñarme el apasionante oficio de convertir en breves minutos un manojo de aromáticas hojas en una bella y apetecible vitola de Habano, me dejaban algún sobrante que yo aprovechaba durante mi tiempo libre para torcer algunas vitolas identificadas ‘Hechos por el Embajador de Cuba’, que se incorporaban a la lista de regalos, que en fechas determinadas se enviaban a muchos amigos.
Aunque las puertas de los dirigentes argelinos, comenzando por la Presidencia de la República y las del Primer Ministro, estuvieron siempre abiertas para nosotros por el carácter fraterno que siempre ha existido entre nuestros dos países desde la lucha de ese pueblo hermano por su independencia, al igual que en París, el Club de Embajadores Aficionados al Habano se convirtió para nosotros en un excelente instrumento de trabajo que nos permitió consolidar aún más nuestras relaciones en todos los niveles de la sociedad, el mundo de los negocios locales y la comunidad de empresarios extranjeros.
El papel aglutinador que desempeñaba la Embajada de Cuba en el Cuerpo Diplomático era una realidad ampliamente reconocida por los círculos oficiales argelinos y, sobre todo, por los propios diplomáticos extranjeros.
Después de culminar nuestra misión en Argelia, regresamos a La Habana en septiembre del 2013, donde asumimos otras varias tareas en la Cancillería, hasta volver a salir en misión al exterior, esta vez como Embajador de Cuba en el Estado de Catar.
Esta misión nos dio nuevamente la oportunidad de recurrir a la diplomacia del habano, para impulsar la imagen Cuba y nuestros intereses generales, aunque conocía que al igual que en Argelia, allí encontraría condiciones políticas muy favorables para el desarrollo de nuestro trabajo.
Por tanto, después de priorizar otras tareas relacionadas con la cooperación científico técnica con ese país amigo, principalmente en el sector de la salud, comencé a trabajar en la creación del Club de Embajadores Aficionados al Habano.
Los resultados fueron excelentes. Con el apoyo de Habanos S.A., a través de su representación en Nicosia, Chipre, y su Casa Habanos en Doha, la dirección del Hotel Mondrian y muy buenos amigos cataríes, en algunos meses comenzó a funcionar el “Doha Ambassadors Habanos Club” en su sede permanente, el salón “Humo y Espejos” del Hotel Mondrian, uno de los más modernos y lujosos de la capital catarí.
Siempre acompañados por música latinoamericana, algunas veces interpretada por artistas cubanos, allí nos reuníamos periódicamente entre 30 y 40 Embajadores y otros amigos, para degustar de las mejores marcas de Habanos en un ambiente muy amistoso y distendido. En varias ocasiones también disfrutamos de la presentación de torcedores cubanos de visita en la región.
De manera paralela, apadrinado por el Embajador de Cuba y presidido por un importante y carismático hombre de negocios británico, funciona en Doha otro Club llamado “Autos y Habanos”. Este simpático y sumamente activo Club lo integran hombres de negocios, profesionales en distintas esferas, comunicadores y algunos diplomáticos. Además de ser fieles aficionados al Habano, de acuerdo con los requisitos de ingreso, sus miembros deben ser también aficionados a los autos clásicos o ultramodernos; se reúne mensualmente en sedes diferentes y su programa anual incluye actividades sociales de gran alcance.
Precisamente, en los momentos en que fue declarada la pandemia Covid-19 por la Organización Mundial de la Salud, ambos clubes, el Doha Ambassadors Habanos Club y el Doha Autos & Habanos Club, con el apoyo de Casa del Habano y el Hotel Mondrian, se encontraban en la fase final de la organización del Primer Festival de Habanos en Catar, con la participación de un grupo musical cubano y el afamado torcedor cubano José Castelar Cairo, alias Cueto, varias veces récord Guinness. Lamentablemente, este Festival tuvo que cancelarse.
Como puede apreciarse, podemos calificar el Habano como un verdadero Embajador de la imagen Cuba, constituyendo una idónea herramienta de trabajo en apoyo a los esfuerzos que realizan nuestras misiones diplomáticas para alcanzar los objetivos trazados.
La Habana, febrero 2021

