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Mitos, conjeturas y realidades: Estados Unidos y Cuba en el horizonte de la administración Biden
Myths, conjectures and realities: The United States and Cuba on the horizon of the Biden Administration
Política Internacional, vol. 3, núm. 2, pp. 55-67, 2021
Instituto Superior de Relaciones Internacionales "Raúl Roa García"

DIPLOMACIA CUBANA

Política Internacional
Instituto Superior de Relaciones Internacionales "Raúl Roa García", Cuba
ISSN: 1810-9330
ISSN-e: 2707-7330
Periodicidad: Trimestral
vol. 3, núm. 2, 2021

Recepción: 16 Febrero 2021

Aprobación: 05 Mayo 2021


Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.

Resumen: En el trabajo se realiza una aproximación al posible devenir de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, luego de consumada la victoria electoral de Joseph Biden. De igual manera, y tomando como base la interrelación del conocimiento histórico con otras disciplinas, el autor reflexiona en torno a los contextos fundamentales en que podrían darse los intercambios, en diversos ámbitos, entre las dos naciones. Desde una perspectiva marxista se ponderan los límites y alcance de dicho nexo bilateral. Asimismo, tomando como base un prisma crítico, se hace énfasis en que el entramado desde el cual el país norteño enmarca su sistema integral hacia la Mayor de las Antillas, trasciende el signo de un partido. En esa línea se resalta la manera en que la lógica imperial de Estado es lo verdaderamente sustantivo a considerar, lo cual no desconoce la diversidad de estrategias e instrumentos que se ponen en práctica en cada caso.

Palabras clave: política, diálogos, estrategias, élites, acuerdos, coexistencia.

Abstract: In the article, an approach is made to the possible future of relations between the United States and Cuba, after the electoral victory of Joseph Biden. In the same way, and taking as a basis the interrelation of historical knowledge with other disciplines, the author reflects on the fundamental frameworks in which exchanges could take place, in various fields, between the two nations. From a Marxist perspective, the limits and scope of this bilateral nexus are weighed. Likewise, based on a critical prism, it is emphasized that the framework from which the United States frames its integral system towards Cuba, transcends the sign of a party. Along these lines, the way in which the imperial logic of the State is the truly substantive thing to consider is highlighted, which does not ignore the diversity of strategies and instruments that are put into practice, in each case.

Keywords: politics, dialogues, strategies, elite, agreements, coexistence.

INTRODUCCIÓN

La victoria de Joseph R. Biden Jr. en las elecciones presidenciales del 3 de noviembre del 2020 fue recibida con agrado en la mayor parte de las latitudes. Era una reacción previsible, si se toma en consideraciónel número de embrollos en los cuales se vio inmerso durante los últimos cuatro años Donald Trump.

El exmandatario republicano erosionó, aún más de lo que se encontraba, la posición de Estados Unidos, como parte del sistema de relaciones internacionales. A ello habría que añadir el hecho de quebrantar, en no poca medida, los pilares del multilateralismo establecidos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, de los cuales su país se vanagloriaba en fungir de estandarte (Rodríguez, 2017); todo ello dentro de un muy complejo entramado de problemáticas y crisis internas, de la más variada gama, acentuadas a niveles sin precedentes con la irrupción de la COVID-19.

La pandemia, la cual a todas luces Trump manejó de forma ineficaz e irresponsable, tuvo la doble significación de rematar un panorama preñado de contradicciones y de abrir, al mismo tiempo, un capítulo todavía más aciago dentro de la amplia galería de incertidumbres y encrucijadas que han marcado su realidad a lo largo del tiempo.

La génesis del mismo, bajo el prisma de la “media” o “larga duración”, se remonta al creciente e ininterrumpido proceso de declinación hegemónica relativa que experimenta ese país, desde mediados de la década del 70 del siglo pasado (Rostow, 1993). En el encuadre más reciente la crisis múltiple del 20072008, que dicho sea de paso operó como pivote para que, desde plataformas diferentes Barack Obama y Trump se instalaran en el Despacho Oval, es también un referente de primer orden, en tanto las fracturas integrales que de ellas derivaron prosiguen agrietando el tejido social, económico y político en aquella nación, e influyen en la proyección de la misma fuera de sus fronteras (Ludes, 2020).

La crisis de salud, junto a la económica y las políticas gubernamentales desacertadas, han acendrado las dificultades sociales que afectan a los más variados sectores; en particular, y de forma desproporcionada, a los afrodescendientes e hispanos. La irrupción del Movimiento Black Lives Matter, con niveles de participación de múltiples actores y una articulación hacia espectros de hondo calado como la cultura y el deporte; unido a una ascendencia identitaria del mismo más allá de los predios estadounidenses, es una demostración vigorosa de hasta dónde llegan la ebullición, y los estallidos, dentro de esa sociedad.

A su vez, la crisis del sistema bipartidista se ha intensificado hasta cotas insospechadas en el pasado, al igual que la falta de consenso dentro de la clase política sobre un número cada vez mayor de temas (Fernández Tabío, 2020). La combinación de estas problemáticas, y otras muchas que no pueden escrutarse en breves líneas, han generado, perceptible en variadas direcciones, ruptura de las bases que dan cuerpo y sustentan a ese sistema político.


Fig. 1
Manifestación del Movimiento Black Lives Matter

Ello ha provocado un ambiente donde el odio, el resentimiento, la anarquía y la desesperanza desencadenan en ira de innumerables sectores, que se sienten atrapados en un túnel, sin variantes para salir del mismo. Es tal el deterioro que tanques pensantes, y expertos del sistema, han llegado a afirmar que están en presencia de un Estado fallido; calificativo que Estados Unidos endosa a las naciones que se empeña en desacreditar (Parker, 2020).El asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 fue el clímax del envalentonamiento del supremacismo blanco, y de otros grupos que ven en la segregación racial y la violencia la manera de rehacer la América que está en sus mentes, en tanto reivindican los preceptos excluyentes de los denominados WASP, con los que se estableció ese país (Hernández Martínez, 2018). Es igualmente una muestra de la hendidura insondable que se instauró, a nivel social, y de los peligros que entraña asumir cargos de gobierno, como en el caso de Trump, para profundizar esos enconos.El triunfo demócrata, desde ese prisma, se visualiza por no pocos como bálsamo, capaz de restañar las fisuras que su controvertido predecesor desató, y exacerbó, aun antes de que arrancara oficialmente su gestión. Otros, posición en la que se entrecruzan diversos fundamentos, van más allá e identifican al experimentado político, el más longevo en cualquier época en asumir la conducción de los destinos de su nación, como figura adecuada para sacar a Estados Unidos del atolladero en que ha estado sumergido durante décadas.

Es imposible en este trabajo adentrarnos en profundidad en examinar si ello resultará viable para el ex senador por Delaware, o si esas apreciaciones frisan la incredulidad, en la misma medida en que se alejan del devenir histórico de ese país, y de su influjo como vórtice del imperialismo mundial, desde el epílogo decimonónico.

Nos detendremos apenas en algunas consideraciones, en torno al decurso que pudiera asumir la política del vecino norteño con respecto a Cuba, tomando en cuenta no solo el enrevesado entretelón actual, sino varias de las claves que han conformado, a partir de 1959, el comportamiento de sus clases dominantes en relación con la Mayor de las Antillas.

DESARROLLO

La Revolución Cubana propició, desde la arrancada, que se estableciera una relación respetuosa con Estados Unidos. Esa es una realidad verificable con el más estricto rigor histórico, que está por encima de la retórica con la que se pretende descalificar la rama de olivo, que tendió la joven dirección rebelde hacia aquella nación.En retrospectiva, esa postura puso sobre el tapete la buena voluntad del gobierno revolucionario en relación con un país que desde larga data pretendió controlar los destinos antillanos y que hizo realidad esa añeja aspiración, en diferentes ámbitos, luego de 1898. Hubo conciencia del colosal desafío que se presentaba y, sin embargo, ello no achicó la postura a asumir. Tampoco fue el resentimiento por el apoyo estadounidense a Batista, hasta prácticamente el último momento, lo que marcó el accionar desde este lado (Padrón y Betancourt, 2008).La visita de Fidel a varias ciudades estadounidenses, tan temprano como abril de 1959, exactamente la segunda que realizó al exterior después de la entrada triunfal a La Habana el 8 de enero, dejó claro que se comprendía la importancia geopolítica de establecer canales de comunicación con el poderoso país (Pérez Casabona, 2019).

A ello habría que sumarle —representó la esencia de dicha política elaborada desde el archipiélago el hecho de que su periplo por esa urbe no fue para obtener dádivas, en el plano económico y financiero, sino para explicarle face to face a los más variados sectores de esa sociedad, la naturaleza de las transformaciones que se proponía impulsar el imberbe proyecto emancipatorio.

Es cierto que la administración en boga para esa fecha en la Casa Blanca era de signo republicano. Lo es también que, desde entonces, con independencia de la filiación partidista de los gobernantes de turno, la élite de poder actuó con organicidad hacia Cuba, en lo que respecta a intentar desarticular la revolución. El propósito central, grosso modo, ha sido propiciar la debacle revolucionaria, combinando diferentes métodos e instrumentos, para reinsertar a la isla dentro del sistema hemisférico que Estados Unidos bordó a lo largo de años.No debe soslayarse que el punto culminante de ese vasto engranaje de supeditación hemisférica, a la órbita de Washington, fue la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA), en la IX Conferencia Panamericana de Bogotá, del 30 de marzo al 2 de mayo de 1948 (Díaz Lezcano, 2017). No es obra en modo alguno del azar que dicha organización continental se configurara como uno de los principales caballos de batalla contra la experiencia acaecida en estos predios; tanto desde los tiempos en que convocaba sus mecanismos de consulta a nivel de cancilleres (en Santiago de Chile, San José, o Punta del Este, por citar algunos de los ejemplos paradigmáticos) hasta la arremetida actual contra la colaboración médica antillana desplegada en diversas naciones (Rivera Carbó, 2021).Pese a esa realidad, en no pocos espacios se asume que la presencia de una administración demócrata es en sí misma una garantía de que no se acentuará el marco confrontacional, mediante el cual ese país asume su relación con Cuba. Esto es igualmente un mito, que puede desmontarse a través del estudio de lo acontecido durante las últimas seis décadas (Ramírez y Morales, 2014).La clave que explica exista sintonía —más allá de las herramientas utilizadas para la consecución del objetivo estratégico que las vertebra, y los innegables matices a ellas asociadas, en cuanto a tratar de que se revierta la condición revolucionaria socialista del sistema político cubano y de su ordenamiento social— estriba en que ese fin es compartido por la estructura de poder en ese país.Ese conglomerado, el cual desborda su representación formal en los rostros que cambian cada determinado número de años, tiene polémicas, y en algunos casos hasta divergencias, en cuanto a las estrategias que deben considerarse óptimas, en un tiempo específico, y las maneras en que las mismas deben ponerse en práctica. Ello no ocurre en cuanto a los propósitos cenitales que representan las pautas, y le dan cuerpo a la naturaleza misma de su visión y comportamiento con relación a Cuba.

¿Es Biden un “tercer período” de la administración Obama?

En algunos circuitos se afirma que, en lo esencial, Biden podría comportarse hacia Cuba como especie de prolongación de Obama, principalmente en relación con la intensidad del acercamiento que este propició durante los últimos dos años de su gestión. Más allá de los puntos de contacto, es cuando menos una inexactitud aseverar que Biden actuará de manera cabal a como Obama dejó ese terreno. No es posible siquiera retomar esos nexos en el punto en que estos quedaron, horas antes del 20 de enero del 2017.Es innecesario detenerse en las disímiles razones que impactan sobre las relaciones entre ambas naciones en el presente, que transitan desde la situación interna de cada país, hasta el entorno regional y global (Alzugaray, 2020). A lo que hay que adicionar, menuda cuestión, la situación en que Trump las colocó, luego de aplicar 242 medidas dirigidas a que estas estallaran.

Tampoco considero que el nombramiento de varias figuras en responsabilidades de peso, que acumularon experiencia de trabajo durante los años de Obama, en múltiples temáticas, incluyendo los nexos con Cuba (Alejandro Mayorkas y Anthony Blinken, por mencionar solo dos), lo cual en primera instancia es positivo, sea garantía per se de que las relaciones bilaterales transitarán viento en popa.

La interrogante fundamental a responder es hasta dónde Biden, motivado como todos los que le antecedieron en la silla presidencial en cimentar un legado, se propondrá avanzar con nuestro país. Dicho de otro modo: el restablecimiento que Obama impulsó con este archipiélago formó parte de lo que este asumió (para muchos junto al Acuerdo Nuclear con Irán, en lo internacional, y su propuesta de reforma sanitaria, a nivel doméstico) como pilares de su legado presidencial. Ello le confirió un vigor al acercamiento con nuestro país que rebasó la proporcionalidad de esa temática (Rhodes, 2018).Los establecimientos de poder, cualquiera sea su naturaleza, no pueden enfocarse de forma distorsionada. Ellos tienen un ordenamiento en torno a los ejes que los sustentan. En el caso del ejecutivo estadounidense, sistema en extremo complejo, la lógica de interrelación está marcada desde posturas que privilegian y jerarquizan el papel presidencial.

En otras palabras, los marcos de actuación sobre un tema no fueron fijados, en la época de Obama, por Ben Rhodes, Ricardo Zúñiga o Mayorkas, por loa-(Bolton, 2020) el cuadragésimo quinto presidente es un ejemplo sin parangón por los constantes cambios y sustituciones que llevó a cabo entre los cargos fundamentales del gobierno no desaparecieron ninguna de las medidas punitivas contra estas naciones, sino que en varios casos se incrementaron.

Sobre qué bases echar a andar la recomposición

Si bien el performance trumpista hacia Cuba fue devastador, el núcleo de los instrumentos concertados durante la recta final de Obama, que se traduce en la rúbrica de 23 acuerdos, arreglos y memorandos de entendimiento, no solo logró sobrevivir, sino que varios de ellos quedaron intactos.1Hay aquí un basamento referencial que demostró su valía, fue construido involucrando a múltiples instituciones y expertos, en condiciones de ser retomado como motor de arranque para recomenzar la comunicación entre los dos países (CDA y WOLA, 2021).Biden, en la misma senda, puede revertir quizás sin grandes contratiempos la mayoría de las decisiones adoptadas por Trump, aunque no en todos los casos con igual celeridad. En este último acápite se insertaría el proceso de revisión para sacar a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo, el cual pudiera extenderse a lo largo de varios meses, en

ble que haya sido la gestión de estos funcionarios, sino por la dimensión y el carácter que el mandata rio les insufló. En esa misma dirección, no fue John Bolton el autor fundamental del incremento de las sanciones contra Cuba, Nicaragua o Venezuela (ya sabemos de su nefasta contribución a esas políticas desde los tiempos de la administración Reagan y de los Bush, padre e hijo) sino el posicionamiento integral creado por Trump, con los espacios y límites fijados por él para que sus ejecutores les colocaran su impronta.

Bastaría ilustrar con respecto al propio Bolton que cuando Trump decidió que este era prescindible tanto involucra a diversas instancias gubernamentales. Más expedito resultaría, si tiene la voluntad para ello, eliminar la puesta en vigor del Título III de la Ley Helms-Burton, el que Trump activó desde el 2 de mayo del 2019.

Todo ello se da dentro de un contexto marcado por el combate contra la pandemia, prioridad a escala universal, y que específicamente en el caso de Estados Unidos significa, de forma inobjetable, el mayor desafío que está obligado a resolver el actual ejecutivo (Biden, 2021a). A esto se añade que no es Cuba una cuestión que encabece, ni mucho menos, el amplio número de asuntos candentes en los que está inmerso ese país, en materia de política exterior.De igual manera hay que ponderar la variable hemisférica, desde la perspectiva de las correlaciones de fuerza presentes y que puedan transformarse, en una u otra dirección, durante los próximos cuatro años. Este es un aspecto de innegable valor pero que Estados Unidos, desde los tiempos de las maniobras en la OEA, como apuntábamos, ha sobredimensionado en el objetivo de doblegar a Cuba.El sostenimiento de la Revolución Bolivariana en Venezuela, sobreponiéndose a la más feroz embestida política y económica; así como el retorno del Movimiento al Socialismo (MAS) en Bolivia, los resultados obtenidos por Andrés Arauz en la primera ronda de las elecciones presidenciales ecuatorianas, con la consiguiente carga simbólica en favor del correísmo, al igual que las victorias en el plebiscito constitucional chileno, y el claro favoritismo del Sandinismo en Nicaragua, de cara a la venidera porfía en las urnas, representan ejemplos concretos sobre el cambio en el cuadro regional, con relación al desplazamiento derechista que se produjo durante la presidencia de Trump.Aunque ha transcurrido poco tiempo para examinar cuál podría ser el curso probable de las acciones vinculadas a la nación antillana, así como los diversos escenarios que están en condiciones de divisarse en el horizonte, debe tomarse nota de losaspectos centrales que se reiteran en las declaraciones formuladas por voceros de la actual administración (Psaki, 2021).Los mismos, en líneas generales, dan continuidad a lo expresado en el contexto electoral, si bien durante la contienda proliferaron las más diversas apreciaciones retóricas, como parte de la lógica imperante a ese tipo de comicios (Democratic Party Platform, 2020).Uno de ellos es que la relación con nuestro país estaría enfocada desde la perspectiva de los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos. Ello propiciaría que se llevara a cabo una colaboración centrada en cuestiones sustantivas, que son importantes para las dos naciones. En ese sentido cobrarían fuerza, nuevamente, aquellos campos relacionados con asuntos de seguridad, lucha contra el narcotráfico, trata de personas, cumplimiento de la ley y temáticas migratorias; así como cuestiones medioambientales, sobre los cuales se llegó a entendimiento después del 17D del 2014.Sería factible, asimismo, que se relanzara la cooperación en estos ámbitos, dada la cada vez mayor importancia que revisten para todas las naciones, unido al hecho de la efectividad de Cuba en esas esferas. Ello remarcaría lo que la firma de los documentos, antes de la llegada de Trump, expuso como evidencia: los acuerdos adoptados son el resultado de identificar áreas de actuación, ante problemáticas comunes, lo cual hace que la materialización de los mismos fuera un acontecimiento mutuamente ventajoso para los dos países.

Tener como sombrilla la dimensión integral de la seguridad nacional es, precisamente, el encuadre que contiene la Directiva Presidencial emitida por Obama, el 14 de octubre del 2016, texto amplio e integrador que vino a sellar la visión con la que el mandatario trabajó en múltiples áreas, en pos de impulsar la relación con Cuba, desde una óptica diferente (Obama, 2016). Habría que ver si este documento programático es el que rige la proyección integral de Biden hacia Cuba, si solo se impulsarán algunas de sus dimensiones o si se elaborará uno de alcance superior.

Otro de los aspectos que se reitera es que se proseguirá utilizando la materia de los derechos humanos para formular críticas a Cuba en los más variados espacios (Harris, 2020a). La definición de subrayar estas temáticas a nivel global, en línea con las posturas tradicionales de las administraciones demócratas, trae aparejada el estímulo a la subversión interna en aquellas naciones a las que Estados Unidos cuestiona su sistema político.En el caso cubano, tal como ocurrió durante la etapa de Obama, es previsible cobren fuerza los montos destinados tanto por la USAID, la NED y las más variadas estructuras públicas y privadas, para financiar proyectos que desde Cuba operen con el objetivo de provocar rupturas a lo interno de su orden constitucional.En esa línea, por ejemplo, debe precisarse la valoración de que las últimas provocaciones organizadas, a raíz del mal llamado Movimiento de San Isidro (MSI), y sus ecos en el asedio al Ministerio de Cultura, tienen como finalidad entorpecer el clima entre los dos países, de cara a eventuales decisiones de Biden en aras del acercamiento.Esta idea debe asumirse desde una perspectiva crítica, mediante la cual no puede exonerarse de lo útil que también resultan para los intereses de la agrupación demócrata, cualquiera que sea, este tipo de sucesos en su afán de “martillar” sobre la realidad antillana. Es cierto que esas orquestaciones, al igual que la inclusión en la lista de países patrocinadores del terrorismo internacional, son parte de los estertores trumpistas, expresión a la vez de la impotencia por el fracaso de su arremetida contra Cuba.

Ahora bien, sumarnos a ese listado espurio y el aliento a la farsa del MSI no son cuestionadas de manera homogénea, desde la directiva demócrata. La primera, además de insustentable desde cualquier posicionamiento (justo cuando la pequeña nación envía a su calificado personal de salud a más de 40 naciones para ayudar en el combate contra la COVID-19) es un claro valladar para desplegar, y aspirar a que surta efecto, la estrategia del engagement.

La segunda, que se socave la autoridad de la institucionalidad cubana, contribuyendo a dar aliento a este nuevo capítulo de una opereta escrita con guiones similares en el pasado, es funcional tanto para republicanos como demócratas. Estos últimos episodios, además, devienen (así como cualquier otro de similar factura en lo adelante) en punta de lanza con la cual azuzar a la parte cubana, tanto en el marco bilateral como en los foros multilaterales. Ello no dejó de suceder, incluso, en el momento de la reapertura con Obama, quien en no pocas ocasiones siquiera titubeó para acusar a Cuba en esta materia (Obama, 2014).2

Hacia el futuro es previsible, de igual manera, que la actual administración estimule los intercambios académicos, científicos, culturales, deportivos y en general (Cuba Study Group, 2021). Es algo necesario y positivo, pero que no se aparta, desde el pensamiento de los sectores dominantes de ese país que los animan, como el vehículo más idóneo y efectivo para alcanzar la vieja aspiración de que los cambios en Cuba se generen desde dentro. Esta visión adopta como presupuesto que los valores del modo de vida estadounidense son insuperables (Biden, 2017; Harris, 2020b y Obama, 2020).


Fig. 2
Manifestaciones contra el bloqueo a Cuba en ciudades de Estados Unidos.

Bajo estas premisas la reapertura de la labor consular en La Habana, y la revitalización total de la sede diplomática, se antoja urgente para, desde el terreno, trabajar en función de esta estrategia, aún más ante la realidad de que luego del 8vo. Congreso del PCC se consume, en todos los ámbitos, el proceso de transición de las principales responsabilidades de la dirección histórica a una nueva generación de dirigentes.

En el caso del pleno funcionamiento de la legación enclavada en el malecón habanero, tendrán que encontrar primero la manera de ponerle punto final al inverosímil affaire de los “incidentes o ataques sónicos”, el cual, sin la menor evidencia y basamento científico, sirvió como detonante para enhebrar la narrativa de Trump de desmontar cada pieza establecida durante la gestión de Obama. Puede contribuir a esa solución las recientes revelaciones de un informe del Departamento de Estado, en el cual se confirma lo denunciado por Cuba desde el principio con relación a que no solo no existió evidencia de ataque alguno, sino que no hubo la voluntad de la administración de Trump de esclarecer en realidad lo que sucedió y que la misma estuvo dominada por una “desorganización sistemática” (Department of State, 2021).

A favor de Biden está además el creciente reclamo de organizaciones, políticos, empresarios, denominaciones religiosas y personalidades de diversas esferas en Estados Unidos, de que deje atrás las infaustas decisiones de Trump con respecto a Cuba (EFE, 2021); así como de figuras e instituciones de todo el mundo (COPPPAL, 2021).El incremento de ese activismo, desde el comienzo de su gestión, es algo beneficioso no solo en cuanto a eventos concretos sino en la percepción, y el clima, que sobre este tema pueda generarse a lo interno de la opinión pública estadounidense. Trump, ello no debe pasar por alto, no recibió como se habría esperado la exigencia enfática de entidades, ni de la propia comunidad cubano-americana para que revirtiera su escalada, las cuales se perjudicaron notoriamente con sus medidas hacia Cuba.Es importante no perder de vista, asimismo, que el posicionamiento estadounidense es sumamente cuestionado a escala global, como evidencia de la pérdida del liderazgo que pudo ejercer tiempo atrás. Ello no implica que haya dejado de ser la primera potencia universal, con el poderío militar como baza; pero es un hecho incontrastable el ascenso, cada vez superior, de China, Rusia, India y otras naciones, las cuales han rebasado ya el estatus de “emergentes” para convertirse en demostración tangible que no puede soslayarse.Lidiar ante esa realidad (la irrupción de una multipolaridad en construcción, pero con contornos que en muchos sentidos retan el proceder estadounidense) imbricando cada vez más el componente interno, esencialmente el económico con su proyección exterior; unido a tomar la diplomacia de epicentro y establecer alianzas, ha sido asumido como prioridad de este ejecutivo (Biden, 2021b). Ese encuadre debe facilitar, en lo que concierne particularmente a Cuba, el estímulo a diversas labores de cooperación, en tanto implican la generación de empleos y obtención de ganancias económicas para las empresas de aquel país.Entre convivencia y normalización: la coexistencia como dimensión más realistaLos anuncios del 17D generaron, desde las más diversas posiciones políticas y académicas, un amplio debate en relación con cuál debería, y podría ser, la naturaleza de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, una vez consumado el restablecimiento de los vínculos diplomáticos.Durante esos dos años finales de Obama se pasó de considerar que la reapertura de las instalaciones en ambas capitales entrañaba que fuera viable, no sin contratiempos, la aclamada “normalización”, a matizar el camino que se estaba construyendo, desde la perspectiva más pragmática, pero igualmente osada, de conseguir una “convivencia civilizada”.Es necesario, además de los referentes históricos y coyunturales que sustentaron entonces los análisis, incorporar las lecciones que tanto el periodo de Obama como el de Trump hicieron emerger a la superficie, ya desde la realidad de disponer de nexos oficiales, al más alto rango, luego de casi 55 años de que estos no existieran.Aunque no debe desmayarse en trabajar, por difícil que sea la atmósfera que se presente hacia adelante, en el camino de alcanzar algún día un estatus de normalidad plena con Estados Unidos, ello parece en la distancia, al menos en el mediano plazo, poco realista. Sin entrar en todas las apreciaciones sobre este razonamiento, solo debemos apuntar que no puede asumirse que existe esa normalidad, aun con el funcionamiento de intercambios, incluyendo la actividad comercial, cuando la contraparte se obsesiona, con los más variados recursos a su alcance, en que se elimine el sistema político antillano.Obama señaló, en su discurso en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, que su objetivo no era el cambio de régimen en Cuba. Debió decir que no lo era empleando acciones militares directas pues, en estricto rigor, esa aseveración no es sustentable cuando desde agencias federales de ese país se dedican cifras millonarias para financiar a agrupaciones en la isla, con el propósito confeso de echar por tierra el socialismo.Algo similar sucede con la convivencia, tanto a nivel personal como entre estados. Más allá de preferencias y simpatías, totalmente lícitas, esta tiene que basarse en la tolerancia. Si una de las partes se empeña en hacer cambiar a la otra, a partir de que no acepta que ella es diferente, se produce

una quiebra, se reconozca o no, de las bases que sustentan esa categoría. No importa que se le añada a esa expresión el calificativo de “respetuosa” algo válido, especialmente desde el ángulo político, intentando a la larga avanzar pues ello no inhabilita el conjunto de acciones que, en el plano fáctico, se han desplegado para coronar la reversión del sistema político y gubernamental adoptado por una de esas naciones.

Quizás lo más sensato sea referirnos a una “coexistencia civilizada”, como escalón básico desde el cual desplegar las relaciones (Castro, 2015).3 Ello implicaría la voluntad de que las puertas al diálogo y los intercambios no se cierren, desde la claridad de que entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba continuarán las profundas diferencias, en cuanto a las más variadas cuestiones políticas y filosóficas.Desde este lado, asimismo, no solo la certeza de las divergencias sino que, hasta que no cambie la manera en que las élites estadounidenses han asumido su relación con Cuba a través de la historia, tanto desde su etapa de formación como estado moderno, así como desde que alcanzó la condición de hegemón imperial —si es que ello fuera posible algún día— será un hecho que, por encima de cualquier entendimiento, desde sus centros de poder continuarán estimulando programas encaminados a que la revolución desaparezca.

Bajo esa premisa, el liderazgo histórico cubano, que ha estado dispuesto a lo largo de décadas a encontrar canales, privados y públicos que facilitaran la comunicación entre ambos países (LeoGrande y Kornbluh, 2014), remarcó, invariablemente, que el destino del archipiélago se decidía por la voluntad de su pueblo, con independencia del rótulo partidario que ejerciera la presidencia en la capital estadounidense (Castro, 2000).4

CONCLUSIONES

La llegada a la presidencia de Joe Biden tiene lugar en el momento más convulso de la historia de Estados Unidos durante los últimos decenios. En el plano interno confluyen múltiples crisis, cuyo embrión es de larga data, agravado por la irrupción de la Covid-19. A nivel internacional se ha acentuado el proceso de declinación hegemónica de esa nación, que se viene produciendo desde hace más de 40 años.Ese es, en apretado cuadro, el panorama que tendrá que encarar el representante del Partido Azul en medio de la probablemente mayor falta de credibilidad de los ciudadanos de su país, de cualquier periodo, en relación con el sistema político que impera en ese territorio.

Con respecto a Cuba, esta administración debe representar que potencialmente se abran oportunidades de avanzar en la cooperación bilateral; en los múltiples campos en los cuales, a lo largo de la historia, o identificados en la etapa reciente, se ha demostrado que constituyen esferas efectivas para desarrollar esos nexos.

La posibilidad de que se restablezcan los vínculos que se iniciaron en la etapa culminante de Barack Obama y que Donald Trump dinamitó, no aparecerá exenta de profundas contradicciones. Las mismas estarán dadas, especialmente, porque Estados Unidos no abandonará la postura de que se produzca un viraje en el sistema político cubano, que recoloque a este país bajo la zona de influencia de Washington.El clima confrontacional debe presentarse en un tono menos estridente que el empleado por su predecesor, trasladándose, en lo fundamental, al campo de los derechos humanos, las libertades individuales y los debates sobre la democracia. Debe incrementarse la pretensión de utilizar los foros multilaterales, en especial espacios como el Consejo de Derechos Humanos, con el propósito de promover resoluciones contra Cuba.La política del “involucramiento”, de igual forma, derivará en una elaboración más refinada de los instrumentos que se utilicen en pos de conseguir los objetivos estratégicos inalterables para la Casa Blanca. La combinación del “poder y las presiones inteligentes” (que no descartan el uso de sanciones económicas ni acudir a la fuerza) deben adquirir cotas elevadas; si bien es previsible no superen el nivel de manufactura que experimentaron con Obama, las cuales fueron apuntaladas por el carisma de aquel presidente, atributo del que no dispone el actual inquilino del Salón Oval.El “refinamiento” de ese modus operandi acrecienta para Cuba la dimensión de un enfrentamiento ideológico y cultural, en el cual se entremezclarán los acontecimientos, con las percepciones e imaginarios a nivel social. Todo esto mientras se está inmerso en la ardua faena de “actualizar”, “ordenar” y “perfeccionar” el modelo económico nacional, proceso que proseguirá su rumbo, con independencia del discurso que se posicione desde el país vecino.

Aprovechar, al mismo tiempo, la distensión que debe establecerse traducida a la disponibilidad de una mayor cantidad de recursos, a partir del impacto de ese clima en diversos campos creará condiciones favorables para el afianzamiento de las pautas económicas trazadas en el archipiélago.

La recomposición de los vínculos entre las dos naciones, en resumen, permitirá ponderar en qué medida se sentaron las bases de una “coexistencia civilizada”, en aras de transitar, hacia el futuro, por un sendero cualitativamente superior.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Notas

1 En no pocos textos se habla de 22 instrumentos, en vez de 23. La explicación más probable para ello es que no se toma en cuenta el primero de esos arreglos, que es el “Acuerdo entre Cuba y Estados Unidos para el restablecimiento de relaciones diplomáticas y reapertura de misiones diplomáticas permanentes en los respectivos países. Intercambio de cartas entre el Presidente de Cuba y el Presidente de Estados Unidos”, el cual fue firmado el 1ro. de julio del 2015. No es prudente ignorar este documento (que tiene vida propia) pues unido a su envergadura, desde la dimensión político y diplomática, contribuyó a crear las condiciones que condujeron a que se produjera el derrotero ulterior entre ambas naciones.
2 El 19 de diciembre del 2014, apenas a 48 horas del 17D, Obama respondió a la pregunta de un periodista sobre Cuba, en una conferencia de prensa, que: “Comparto las preocupaciones de los disidentes allá y de los activistas de derechos humanos de que este continúa siendo un régimen que oprime a su pueblo. Y como dije cuando hice el anuncio, no espero cambios de la noche a la mañana. Pero lo que sí sé irrevocablemente es que, si usted ha estado haciendo lo mismo durante cincuenta años y nada ha cambiado, usted tiene que intentar algo diferente si quiere un resultado diferente. Y esto nos brinda una oportunidad para lograr un resultado diferente, porque de repente Cuba se abre al mundo de una forma que no había sucedido antes. Se abre a los norteamericanos que viajan allá de una forma que no había sucedido antes […]. Y con el tiempo, eso corroe esta sociedad tan cerrada y pienso que entonces ofrece las mejores posibilidades de conducir hacia más libertad y mayor autodeterminación para el pueblo cubano. Creo que comenzará dando tropezones, pero a través del compromiso tenemos más oportunidad de generar el cambio que si lo hubiésemos hecho de otra forma […]. Pero lo cierto es que vamos a estar en mejores condiciones, creo, de realmente ejercer alguna influencia, y quizás entonces utilizar tanto zanahorias como palos”.
3 Ante el parlamento cubano, a cinco jornadas de que se produjera la ceremonia de reapertura de la embajada antillana en Washington, Raúl expresó, el 15 de julio, que: “[…] ambos países podemos cooperar y coexistir civilizadamente, en beneficio mutuo, por encima de las diferencias que tenemos y seguramente tendremos, y contribuir con ello a la paz, la seguridad, la estabilidad, el desarrollo y la equidad en nuestro continente y el mundo”.
4 Es imposible examinar en breves líneas el pensamiento profundo de Fidel sobre el sistema político estadounidense, incluyendo las cuestiones electorales. Apenas como botón de muestra, en tanto se refiere a una idea que ha operado como brújula desde Cuba, a partir de 1959, vale la pena recordar esta afirmación del año 2000: “Nada nos importa quien pueda ser el próximo jefe de gobierno de la superpotencia que ha impuesto al mundo su sistema de poder hegemónico y dominante. Ninguno de los que aspiran a serlo nos inspira confianza alguna. Es inútil que inviertan innecesario tiempo en declaraciones y promesas contra Cuba […]. Cualquiera que fuese el nuevo presidente de Estados Unidos, deberá saber que aquí está y estará Cuba con sus ideas, su ejemplo y la indoblegable rebeldía de su pueblo”.

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