Cartas truncas, de amor, de miedo y de muerte: el epistolario de Dominguito Sarmiento a su madre (1865-1866) en la Guerra del Paraguay

María Florencia Antequera

Revista Estudios Paraguayos

Universidad Católica "Nuestra Señora de la Asunción", Paraguay

ISSN: 0251-2483

ISSN-e: 2520-9914

Periodicidad: Semestral

vol. 38, núm. 2, 2020

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Resumen: En este artículo, analizamos el trocar de correspondencia entre Domingo Fidel Sarmiento (Dominguito) y su madre, que se produjo en medio de la guerra del Paraguay. Estos textos de carácter privado, transidos de amor y de miedo frente a la posibilidad inminente de la muerte, son testimonios en primera persona del conflicto bélico y contribuyen a ampliar los márgenes de los estudios sobre la guerra. En esa filigrana que conforman la escritura y la vida, esta escritura ordinaria al decir de Fabre (1993) cimienta una ristra de experiencias en torno a la vida en el campamento aliado. Como depositarias de fuerzas vitales y deseos, de requerimientos materiales, de solicitudes y exhortos, las cartas dejan ver toda una inteligibilidad de los afectos (Antières, 2019). En efecto, se arrogan una resonancia que todo lo atañe y todo lo envuelve: el amor entre una madre y su hijo que muere a los veintiún años en Curupaytí.

Palabras clave: Dominguito Sarmiento, epistolario, guerra del Paraguay.

Abstract: In this paper we analyze the exchange of letters between Domingo Fidel Sarmiento and his mother from the battlefield of the Paraguayan War. These private anguished texts of love and of fear -fear because of the threat of an imminent death- are testimonies of the conflict in first-person that contribute to widen the margins of the war studies. In this filigree woven between writing and life, this ordinary writing (Fabre, 1993) bases a string of experiences around the camp daily routines. As custodian of vital forces and desires, of tangible requirements, of requests and exhortations, the letters show a whole intelligibility of affections (Antières, 2019). Undoubtedly, the letters claim a resonance regarding everything, involving everything: the love between mother and son, a son dying at 21th in Curupaytí.

Keywords: Dominguito Sarmiento, collection of letters, Paraguayan War.

1. Introducción Algunas cartas escritas en el frente de batalla asedian la memoria en busca de materiales acertados para expresar el dolor de la pérdida, la lontananza y el horror ante la muerte; otras, construyen el perfil marmóreo de los protagonistas, a partir de la narración histórica de las vicisitudes del combate; las que analizamos aquí, por su parte, delinean el sentir y el querer de un joven que –quizás temerario, quizás valiente– murió a los veintiún años en una guerra que, en principio, no le pertenecía. Sin embargo, habiendo podido excluirse, marchó a ese conflicto bélico voluntariamente. La primera carta de este enjundioso ramillete de 84 piezas documentales data del 28 de junio de 1865; la última del 22 de septiembre de 1866[2]. Este trocar de correspondencia, cuyos originales se conservan en el Archivo General de la Nación de la República Argentina, se produjo en medio del conflicto más sangriento de Sudamérica del siglo diecinueve (1864-1870), la denominada guerra del Paraguay, guerra de la Triple Alianza o guerra Guasú. Con Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay como protagonistas, se considera a este conflicto bélico como de alta densidad por su duración, por la sobremortalidad y por sus efectos en el funcionamiento de las sociedades (Brezzo y Doratioto, 2019: p. 123). Dominguito (así, en diminutivo, apelativo cariñoso y familiar) no es cualquier joven: es Domingo Fidel, el hijo –adoptivo o natural, poco importa– del intelectual argentino Domingo Faustino Sarmiento (San Juan, 1811-Asunción, 1888). Su madre, la destinataria final de las cartas por él escritas desde el frente de batalla, es Benita Martínez Pastoriza. Como se sabe, Sarmiento conoció a Benita en los albores del destierro (el segundo padecido por quien fuera presidente de la Argentina): en efecto, a comienzos de la década de 1840, en Chile, Sarmiento fue alojado por el acaudalado Domingo Castro y Calvo, por entonces ya anciano, quien estaba casado con Benita. 1845 es un momento paradigmático en el itinerario intelectual del sanjuanino, un parteaguas en su vida: año del Facundo y año de su partida rumbo a Europa. También año del nacimiento de Dominguito, el 25 de abril. Al regresar a Chile un trienio más tarde, con sus valijas cargadas de luces y sombras, de ambiciones y desilusiones por sus derroteros europeos y norteamericanos, ya muerto el marido de Benita, contrajeron matrimonio[3]. Al analizar la andadura de estas cartas desde el frente de batalla –escritas al frío del invierno, al borde del arroyo, al filo la tormenta– podríamos preguntarnos sin más cuál sería el aporte de estos textos –que fueron acuñados como de carácter privado– para los estudios de la guerra del Paraguay. Es decir, en qué podrían contribuir a la cartografía de esta guerra inicua. En esa filigrana que conforman la escritura y la vida, estas cartas son depositarias de fuerzas vitales y deseos, de requerimientos materiales, de solicitudes y exhortos, pero fundamentalmente se arrogan una resonancia que todo lo atañe y todo lo envuelve: el amor entre una madre y su hijo que muere a los veintiún años en Curupaytí. De este modo, contribuyen a forjar así toda una inteligibilidad de los afectos (Antières, 2019: p. 120). Además, este epistolario se vuelve sugestivo porque cimienta una ristra de experiencias en torno a la vida en el campamento aliado, los progresos en las maniobras de la guerra, los ejercicios de fuego (p. 26), las amistades cultivadas por Dominguito[4], los sitios por donde fueron transitando los combatientes, entre otros. De alguna manera, se abren nuevos interrogantes para reflexionar a partir de estos documentos epistolares: ¿cómo calibrar entonces estas cartas intercambiadas entre Dominguito y su madre, que están transidas de amor y de miedo, frente a la posibilidad inminente de la muerte? ¿Cómo aquilatar ese vínculo maternidad/filiación entre los epistológrafos que se expande hacia otras esferas? Esto es, ¿qué espacio remite a lo íntimo y cuál a lo éxtimo en esta práctica epistolar? Y en última instancia, ¿cómo se pueden auscultar, a través de estos documentos, esquirlas de un contexto histórico, fragmentos de una trama política, social y cultural? Nos limitaremos a la sazón solo a desarrollar algunos de los interrogantes que nos preceden con la presunción de que en el epistolario palpitan propósitos que están configurando el acto de escritura y que, en su deriva, resignifican esta escritura ordinaria (Fabre, 1993). A su vez, conviene no perder de vista que estas cartas entre Dominguito y su madre podrían insertarse en un plafón más amplio de trabajos con materiales no convencionales para el estudio de la guerra: nos referimos, por ejemplo, a la cadena de testimonios heterogéneos recopilados por Estanislao Zeballos (Rosario, Argentina 1854- Liverpool, Gran Bretaña 1923) y editados por Liliana Brezzo (2015) bajo el título La Guerra del Paraguay en primera persona, consumándose así un desvío con respecto a los archivos oficiales, a través de la inclusión de piezas documentales cuya modalidad autobiográfica las convierte en materiales sumamente ricos y complejos de abordar. La serie de textos y relatos heteróclitos que Zeballos compendió[5], entre las dos últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, incluye testimonios inéditos, memorias, transcripciones de conversaciones con protagonistas de la guerra, etc. y se emparentan, en este sentido autobiográfico, con estas cartas de Dominguito: son testimonios en primera persona del mismo conflicto bélico que contribuyen a ampliar los márgenes de los estudios sobre la guerra. De alguna manera, entendemos que recuperar esta historia menor (Cámara, 2020), dejada de lado por las historiografías oficiales, permite volver a leer mediante otras claves interpretativas este episodio de la historia sudamericana. En última instancia, todos estos documentos introducen las voces de “actores y testigos de la guerra del Paraguay, tanto de quienes la vivieron del lado del Paraguay como de Argentina y de Uruguay” (Brezzo, 2015: XV) desde una perspectiva autobiográfica. En otros términos, estas cartas a la vez tan específicas –entre Dominguito y Benita– y tan universales –entre una madre y un hijo– barruntan una hendedura para pensar la guerra desde otra arista: quizás podríamos decir que este epistolario coadyuva a mirar la guerra del Paraguay entre bambalinas, esto es, a contraluz de la mirada oficial, que monopolizaba la historia de la guerra como un acontecimiento estrictamente militar y que, en última instancia, “silenciaba una multiplicidad de actores sociales implicados en ella, las plurales memorias y estéticas que legara y la circulación de personas y de alianzas que ella tendió” (Brezzo, 2015: p. 1). Por todos estos motivos expuestos, este trocar de correspondencia se constituye claramente como un espacio autobiográfico: “el lugar donde un yo, prisionero de sí mismo, proclama, para poder narrar su historia, que él fue aquello que escribe” (Catelli, 1991: p. 11), o en este caso particular, que él es (o está siendo) aquello que está escribiendo. 2. Epistolaridad, entre las armas y las letras Al mejor estilo borgeano, podríamos pensar que estas cartas cifran en un solo gesto la corta vida de Dominguito. En ese gesto sin par –la determinada determinación de ir a la guerra–, acaso, estaría contenida toda la vida del hijo de Sarmiento. Como la crítica ha demostrado, Dominguito fue formado en el cruce de las dos lógicas sarmientinas tan mentadas y apostilladas: las armas y las letras. En pocas palabras, Dominguito “encarna el modelo del joven ilustrado, ciudadano en armas, que combina el protagonismo de una élite letrada y patriótica destinada a gobernar –dada por la valentía y el arrojo militar– con la apertura de la sociedad a una idea de valoración en base a las capacidades y voluntades individuales, en que la educación funcionaría como motor fundamental del acceso a la ciudadanía”, según explica Alejandra Josiowicz (2018: p. 40) en un interesante artículo titulado “La vida de Dominguito: ciudadanía, paternidad y guerra en Domingo Faustino Sarmiento”. Asumiendo que Sarmiento se ocupó de la alfabetización de su hijo, así como también de insuflarle el militarismo, podríamos resumir que a fin de cuentas le inculcó estas dos lógicas antedichas. Por eso, Dominguito fue quizás su mejor alumno, quien plasmó con mayor radicalidad el ideal pedagógico de su padre. Constátese, sin embargo, una de las paradojas sarmientinas, al decir de Jorge Enrique Deniri (2020): “su deseo de brillar militarmente y ostentar entorchados castrenses y detentar laureles de batalla, aunque en realidad su trayectoria bélica no haya ido más allá de su desempeño como boletinero del Ejército Grande en la Campaña de Caseros y en definitiva sus grados militares le fueron concedidos como presas políticas a fuerza de ruegos suyos, que no de méritos en el campo de combate”[6]. Pero más allá de los galones e insignias que haya podido obtener Sarmiento, la formación intelectual de Dominguito fue una tarea denodada que llevó adelante el padre en primera persona, “un intercambio entre dos, orientado por la búsqueda de gloria, estimación y exaltación individual del discípulo” (Josiowicz, 2018: p. 59). La guerra Guasú, decíamos, truncó la vida de Domingo Fidel a los veintiún años, precisamente en la batalla de Curupaytí: por una herida en el talón de Aquiles, la muerte se hizo presente en este capitán del Ejército argentino, mientras su padre estaba en EEUU como Ministro plenipotenciario de la República Argentina. Ese talón herido es símbolo por antonomasia de la debilidad en la fortaleza: basta recordar el relato de la Ilíada donde en otra guerra –Troya– el también joven Aquiles, el héroe griego más importante, el más hermoso y veloz, sucumbió por una herida en su talón, única parte del cuerpo sujeta a la vulnerabilidad. En aquel relato homérico, Aquiles era fuerte, aunque débil en esa zona del cuerpo por donde una flecha mortal de Paris traspasó su carne. Dicho de otro modo: en Aquiles (y en Dominguito) heroísmo y vulnerabilidad están conjugados. Heroísmo y vulnerabilidad son también figuras de lo que Sarmiento recogerá luego en el libro Vida de Dominguito, que no es sino una necesidad de repensar el vínculo paterno-filial a través de una biografía (Josiowicz, 2018: p. 41). En este punto, nos viene a la memoria una curiosidad lingüística: recuerdos póstumos es otro modo de decir biografía en finés (Kuismin, 2018: p. 154), definición que podría ser aplicada a este libro de Sarmiento (que en realidad son dos), escrito por y después de la muerte del hijo. De alguna manera, los recuerdos de Sarmiento se amplificaron y se materializaron de diverso modo con el paso del tiempo, dando lugar a dos versiones de Vida de Dominguito de diferente calibre y tono. La primera versión fue acuñada en EEUU en 1867, al calor de la pérdida reciente del hijo. Esta no fue publicada en vida del autor sino más de un siglo después, recién en el año 2000, bajo la curaduría del Fondo Nacional de las Artes. La segunda versión, publicada en 1886 bajo el elocuente título La vida de Dominguito. In memoriam del valiente y deplorado capitán Domingo Fidel Sarmiento muerto en Curupaití a los veinte años de edad. Autor de varios escritos, biografías y correspondencias y traductor de “París en América” apareció con motivo del homenaje al hijo fallecido. Según señala Josiowicz, ambas ediciones persiguen diferentes finalidades: la primera más catártica e intimista enjuga las lágrimas del dolor y la injusticia que siente el padre frente a la irreparable pérdida de su hijo; en la segunda, en cambio, el tono vira hacia la representación del final heroico del hijo, una suerte de exaltación de la muerte patriótica (Josiowicz, 2018: p. 43). Vida de Dominguito –texto a la vez biográfico y autobiográfico– se erige así, como un monumento necrológico al decir de Nicolás Rosa (1990: p. 104): “La escritura de la bio-grafía de Dominguito es escritura de un necro-logos: otra forma de la inscripción lapidaria” (Rosa, 1990: p. 104). De algún modo, Vida de Dominguito (pero también la vida de Dominguito) construye entonces una ficción de origen tanto familiar como nacional o bien nacional porque familiar: la generación que había luchado en la guerra del Paraguay eran los hombres públicos, intelectuales y políticos de 1880, en quienes se deposita la tarea de la unificación nacional. De este modo, el sacrificio de Dominguito funciona como símbolo de un nuevo tipo de hegemonía y de un nuevo consenso, propio de la nación unificada, que emerge como resultado de esta guerra y se define a través de la lucha militar. Sarmiento se coloca a sí mismo y a su hijo en el lugar de artífices y predecesores de este proceso (Josiowicz, 2018: p. 63). Conviene apuntar que a diferencia de Vida de Dominguito, donde el protagonista es en última instancia Sarmiento padre, en las misivas intercambiadas entre el Aquiles de apellido Sarmiento y su madre, el padre está obliterado, francamente elidido[7]. No aparecen rastros de su persona ni referencias concretas a su paternidad. A juzgar por las cartas, brilla por su ausencia. Ahora bien, para caracterizar este epistolario, podríamos sostener en primer término que configura una escritura ordinaria (Fabre, 1993), definida por su oposición al universo prestigioso de los escritos que se distinguen por la voluntad de construir una obra, por la firma que autentifica al autor, por la consagración de lo impreso. Estas cartas no aspiran ni al ejercicio escrupuloso del buen uso ni a la sacralización que, poco o mucho, acompaña desde hace dos siglos al distanciamiento literario, al decir de Fabre: son documentos privados y privativos de un solo destinatario que muestran el diálogo entre una madre y un hijo que fue a la guerra. Paralelamente, estas piezas pueden ser vistas como “ventanas a través de las cuales podemos aprender algo más sobre algún aspecto de la realidad histórica” (Lyons y Marquilhas, 2018: p. 9), claro está que no como ventanas abiertas de par en par hacia el pasado sino como objetos por derecho propio, epifenómenos insertos en un contexto de producción. De este modo, focalizando en el contenido referencial de las cartas, se puede ahondar en el conocimiento de la experiencia de vida en las trincheras y de las expectativas del campamento, como rezan estas líneas de una carta fechada el 18 de agosto de 1865 a su madre: “el poder paraguayo no es tal como lo creen en Buenos Aires, tienen 35.000 hombres en Corrientes, Río Grande y Matto Grosso, es decir, repartidos en tres cuerpos que distan unos de otros, más de 200 leguas. Lo que hay en cuanto están en cuerpos muy pequeños y nosotros tenemos lo suficiente para batirlos siempre” (p. 35). En estos términos se expresaba Dominguito, palabras cuyo tono optimista luego irán ennegreciéndose al calor de la cercanía con el enemigo, como ya desarrollaremos. A su vez, estos artefactos de la remembranza, la coloquialidad y el intimismo, las cartas de Dominguito hacia su madre, detentan la finalidad –si no exclusiva, por lo menos perentoria y neurálgica– de dar señales de vida, esto es, de mostrar que aún se sigue vivo: solicitando atavíos y ropas, mostrando la vida de algarabía en el campamento donde eran posible asimismo los momentos agradables con amigos y donde predominaba un ambiente de camaradería. Con respecto a este clima de camaradería y alegría reinante en el campamento, en una misiva del 3 de julio de 1865 dice Dominguito: “Estamos contentísimos, oficiales y soldados. En este momento ensayamos una comedia y ayer nos salió el primer número de La garúa [roto] semanal. No tenemos enfermos. Todo el mundo alegre. Trabajamos mucho. Engordamos y charlamos por los codos. Cuando vuelva no me vas a conocer, estoy menos feo” (p. 18). Entre estertores y alivios, entre agonías y ansiedades, el fluir de las cartas es entonces un ida y vuelta donde la madre pregunta y el joven asegura estar comiendo satisfactoriamente (incluso ganando peso[8]) y construyendo un clima de naturalidad a su alrededor en el campamento. Parafraseando a Pedro Salinas (1954), podríamos decir que estos epistológrafos se entienden sin oírse, se quieren sin tacto, se miran sin presencia. El género epistolar es, de este modo, “un refugio que puede pacificar su espíritu alterado por las circunstancias hostiles” (Peluffo y Maíz, 2018: p. 138). Razón por la cual, podríamos aseverar que el propósito primero de las cartas es, sin más, notificar que se está vivo. En rigor, Dominguito y su madre están apremiados por la brevedad y la fugacidad de las líneas entintadas, y cargan con la apremiante necesidad de noticias el uno del otro: sus cuerpos están obligados a la separación y cada corazón, urgido por idéntico cariño, vierte en el otro corazón sus vivencias y preocupaciones: “Hoy me he acordado mucho de ti, me ha tenido muy triste y sin voluntad para nada” (p. 36), escribe Benita. Ese estar en vilo, la temerosa espera de la madre, solo se transforma en tranquilidad emocional (Dussaillant Christi, 2018: p. 179) cuando advierte la llegada de una nueva carta. A esas palabras de congoja de su madre, ennegrecidas por el desconsuelo, Dominguito le responde así, en una misiva fechada el 20 de agosto de 1865 y escrita desde Concordia: He recibido tu carta ayer mamá y me afliges que estés tan triste […] Veo que tenías tus temores y te encuentras burlada, y debes desde ahora dejar todo miedo y toda tristeza a un lado, no tienes que temer tanto, que desde ahora te estés afligiendo por peligros futuros y dudosos. Escríbeme contenta y de buen humor. Nosotros, que esperamos con tanto placer las cartas, nos damos un chasco cuando ellas nos obligan a entristecernos, cosa que no tiene nada de agradable en campaña (p. 36-37). De esta manera, casi como palabras susurradas al oído, el epistolario se perfila como un diálogo en diferimiento, es decir, un espacio de intercambio de pesares y tormentos, de preguntas y respuestas, de recados y de solicitudes, en fin, una situación de interdependencia donde cada adiós esconde un reencuentro, que se materializa en una próxima epístola: “Mucho me agrada lo que me dices de tu salud –dice Benita– pero con esas marchas a pie, y entrándose en agua, agitado tú, que no estás acostumbrado a tanta fatiga, temo te enfermes y temo todo por fin!!! Cuídate por Dios un poco, no te dejes llevar por el entusiasmo, acuérdate que tienes una vida entera todavía” (p. 47). Como vemos, la práctica de la escritura (o escrituralidad) epistolar está situada en ese entre-lugar entre la escritura y la oralidad. Sin embargo, huelga decir que estos egodocumentos (Aurell, 2013; Presser, 1969) no son transparentes como no es transparente el lenguaje, su materia prima. En esa opacidad entre lo dicho y lo callado, entre la microscopía del día a día y el contexto histórico, la carta es, a priori, tridimensional (Lyons y Marquilhas, 2018: p. 15): es objeto material que rubrica los decires de un sujeto; es, además, una práctica social y por eso mismo situada en coordenadas espaciotemporales concretas y, a su vez, es texto. Ahora bien, siguiendo a Jacques Derrida (1967), podemos recordar que no hay nada fuera del texto: en rigor, la vida despliega desarticulaciones que la escritura organizará mediante “un proceso triple de selección (solo se conserva lo que es significativo para el presente del autor), de condensación (lo significativo está siempre sobrecargado de significaciones) y de ordenamiento (el autor entreteje las hebras de la vida que ha seleccionado)” (Adell, 2018: p. 145). Este proceso acontece en las cartas que, como artefactos discursivos híbridos, incluye y excluye reflexiones y comentarios personales, sentimientos, emociones: en la carta se dice, pero también se calla. Asimismo, estas misivas detentan una característica digna de destacar: su –digámoslo así– no peculiaridad. En efecto, demuestran que a priori podrían haber sido escritas por cualquier otro soldado o joven combatiente ya que abordan los tópicos propios de las cartas en el frente de batalla: lontananza, nostalgia, necesidad de víveres y enseres, planteos existenciales, quebrantos, armas, batallas, entre otros. De esta manera, las cartas “tienen un valor universal; hacen que las acciones militares dejen de constituir un lugar de memorias en disputa entre los relatos nacionales y se conviertan en un sitio de memoria conjunta” (Brezzo y Duratioto, 2019: p. 129). Pero en paralelo, conviene apuntar que el epistológrafo en cuestión no es cualquier combatiente y en este punto sí adquieren una particular notabilidad: son las cartas de Dominguito, el hijo de Domingo Faustino, quien a su vez fue un activo defensor de la causa bélica, guerra que concluyó cuando accedió a la presidencia. Además, no olvidemos que fue Sarmiento padre también el motor principal del sacrificio heroico del hijo, quien insufló en el hijo los ardores bélicos. Esas paradojas que incluyen defender una guerra en donde se perderá al hijo –“Dios me lo perdone si hay que pedir perdón de que el hijo muera en un campo de batalla, pro patria, pues yo lo vine dirigiendo hacia su temprano fin” (Sarmiento cit. en Josiowicz, 2018: p. 55)–, obstan las tramas y quizás puedan contribuir a delinear también el viraje producido entre las dos versiones de Vida de Dominguito, que describíamos someramente más arriba: sin heredero, sin el alumno ejemplar a quien traspasar un legado, Sarmiento se siente solo y abatido y necesita construir en la biografía de su hijo, un texto tributario de su propia autobiografía[9], es decir, una autobiografía que construya un legado patriótico. En este sentido, explica Josiowicz (2018): Sarmiento le adjudica a Dominguito y, con él, a los jóvenes de las élites porteñas, un rol providencial, como representantes de la nación como un todo, defensores de los ideales ilustrados y de un destino histórico patrio, contra la barbarie heredada. Dominguito estaría destinado a encontrar su vocación cívica y su genio en virtudes como la elegancia, el heroísmo, la virilidad, todas vinculadas al papel que le adjudica Sarmiento a las élites militares e ilustradas en el proceso de consolidación nacional. (p. 55) Tal vez esa determinación inoculada por el padre, vale decir, las armas y las letras, junto al resguardo de las apariencias –muchos porteños conocidos comparten experiencialmente esta guerra– insuflaron al joven del ánimo necesario como para no dejar resquicio de duda o vacilación en las cartas sobre su decisión de ir a la guerra. Razón por la cual, entendemos que las cartas no resisten una lectura que no tenga en cuenta que Dominguito marchó a la guerra del Paraguay voluntariamente pudiendo excluirse. A lo mejor se verifica entonces aquello que María Moreno (2011) escribió: Dominguito “tuvo que saltar de la pluma a la espada y de allí a la muerte”. Es decir, quizás, la muerte haya sido para el joven el único modo de cumplir hasta el final el mandato paterno. 3. De amor, de miedo y de muerte Más allá del cruce en el corpus epistolar entre referencias a la cotidianeidad y tramas más ajustadas a la preparación de la batalla, podríamos preguntarnos, llegados a este punto, cuáles son los nudos afectivos (Peluffo y Maíz, 2018: p. 136) de las cartas entre Dominguito y su madre. Conviene decir que estas misivas, concebidas en el seno de lo íntimo-familiar y privativo de una sola lectora y un solo lector –y que no fueron escritas para ser publicadas– funcionan como objetos catalíticos de amor, de miedo y de muerte. En efecto, destacamos que, por acción o por sugestiva omisión, estos tópicos campean en las misivas. El sujeto autorreferencial –no se podría no decir yo en este tipo textual[10]– escribe a la única destinataria de su carta, su progenitora. Este es su pacto de lectura tácito. Asimismo, el joven epistológrafo es simultáneamente enunciador y enunciado. Como expresa Torres Roggero (2011): “El yo es observador y observado, es juzgado, compadecido o comentado por él mismo: el enunciado es significante vivo del enunciador. Es una estructura va-i-vén en que el yo va y viene sin cesar desde-hacia sí mismo”. Esa presencia-ausencia que entraña la misiva establece un diálogo contrapuntístico de deícticos (marcas textuales de yo-tú-nosotros), deja entrever un rosario de reliquias autobiográficas (Aurell, 2004) y organiza un colofón de motes cariñosos porque “mientras más larga es la separación, más vuelven a la memoria acontecimientos y escenas pasadas que crean lazos” (Antières, 2019: p. 105). Pero entonces, ¿qué representación tiene la guerra en las cartas, qué lugar ocupa? Desde una perspectiva centrada en los afectos, es más que un telón de fondo, es más que una daga al cuello: para el joven, es la constatación de una elección libre que sostuvo incólume en el paso del tiempo; para Benita, en cambio, es una fuente inagotable de pesares. En este sentido, transcribimos a continuación unas líneas que ilustran la congoja que vive la madre: “Esta maldita guerra se alarga cada vez más. Antes me decías que a mediados de setiembre estarías aquí, ahora hablas de octubre, pero para mí, lo terrible es el ataque a las fortificaciones, de los paraguayos, que es horrible para mí, ya no tengo fe en nada, todo me aflige y llena de temores, porque hasta aquí, no hay sino desgracias que lamentar, y si en el más pequeño encuentro hemos tenido tantas pérdidas, qué será en sus trincheras con posiciones más ventajosas” (p. 45). Asimismo, la guerra se actualiza en la correspondencia mediante detalles de mayor o menor calibre: como describíamos más arriba, Dominguito recoge datos sobre el espíritu de camaradería reinante en el campamento[11]; también, relata las inclemencias del tiempo sufridas en esos meses (por ejemplo, alude a temporales, borrascas, calores extremos, etc.); describe las idas al pueblo en busca de enseres o para disfrutar de un baile. De igual manera, detalla la dinámica propia de los entrenamientos, las duras caminatas de un sitio al otro, el cambio de batallón a raíz de ciertas contrariedades con el oficial a cargo. Sin embargo, el magnífico espectáculo de la naturaleza tanto a la vera del río (p. 24) como en el Gran Salto, “la cascada del Uruguay que se siente aquí con su imponente ruido” (p. 54) son también fragmentos que componen sus percepciones en torno a la guerra. En suma, las cartas recogen anécdotas donde priman el ambiente reinante y los progresos del conflicto bélico y donde se vierten detalles en primera persona –sus sentires y pareceres– sobre la vida en el campamento: “Cuando he visto una línea de batalla, interminable de batallones, en columna cerrada, he comprendido que es más sensato hacer la guerra aún contra el pobre Paraguay” (p. 74). En una misiva del 30 de julio Dominguito narra otro ejemplo de la vida en la trinchera: “conservo de asistente a José (Eduviges) y tengo de cocinero […] al negrito aquel que fue un día a casa a buscar la manta. Es de 1ª. Fuerza; ayer me hizo unos pastelitos mejores que los que podía hacer Ercilia, cuando se lava las manos” (p. 26). En otra, fechada el 29 de julio de 1865, expone la rutina que vivía día tras día en el campamento: Como tú tendrás curiosidad de conocer la vida que hacemos, te la voy a contar, A las 6 nos levantamos y tenemos lista, enseguida comemos [bebemos] café o té, nos lavamos, se arregla la carpa; a las 8 ejercicios sin armas, hasta las 10. A esa hora carneadas y ranchos. Me como una tripa gorda, unas 4 costillas asadas, un magnífico puchero, una taza de té, fumo un habano. A las 12 academia hasta la una. A las 2 ejercicios con armas hasta las 5, hora de lista. Nueva comida de lo mismo en doble cantidad. Se reciben visitas hasta las 8. Nueva lista y silencio. Los soldados duermen. Los oficiales pasean en las carpas de los amigos hasta las 10. A esta hora todo el mundo a la cama (p. 24). En las cartas a su querida mamá, desde la primera escrita en Concordia un 28 de junio de 1865 a las 4 de la mañana, Dominguito no deja el mínimo intersticio de duda en torno a su coraje, su arrojo en la lucha y su confianza en la victoria[12], aunque con el correr de los trabajos y los días la ilusión inicial mermará. Dominguito apunta: “No abrigues temores sobre mi suerte, en cualquiera de las luchas en que pueda encontrarme. Se salvarán de las balas los que tengan buena estrella, y tengan fe en ella. Juzga seriamente, y verás que no puede haberse nacido con otra mejor que la mía, y fe, la tengo ciega” (p. 99). Pero para la madre, el miedo se tornará concreto y tangible. Por lo tanto, podríamos apuntar que se activa una escansión aplicable a una comunidad emocional (Rosenwein, 2002; 2010), esto es, asimilable a cualquier madre que enfrenta un cuadro hostil[13] que envuelve a sus hijos. En esta secuencia de la desenvoltura epistolar, también la madre (d)escribirá su vida cotidiana en Buenos Aires e intentará cerciorarse que el hijo está bien, que no le faltan alimentos, que le llegan las encomiendas por ella preparadas y que no pasa frío. ¿Cuántas veces le dijo en las misivas que se cuidara? ¿Cuántas veces le dijo que lo quería? En ocasiones, también aprovecha para reprenderlo cariñosamente: “No te perdono que, pudiendo, no me escribas” (p. 56). El hijo amado, por su parte, requiere dinero, piezas de uniformes y ropa[14], tabaco, cognac, crema para los labios partidos por el sol (p. 60), diarios y una silla, entre otros víveres y enseres. También solicita jabón de olor y agua de colonia (p. 72) para hacerse la toilette. Aprovecha las cartas a su madre para hace llegar sus saludos a jóvenes y a viejas, a familiares y a amigos. El hijo es afectuoso y atento con su madre, aunque le pide que no le cuente malas noticias ni le transmita sus temores. A su vez, le demanda: “dulce de leche, una olla con tapa, como para 3, unos 2 platos con tazas y 2 cucharitas, todo en latón de hierro estañado, galvanizado, son artículos muy baratos. Aquí una olla es más cara que una casa. Mis botines de cabritilla y mis zapatillas altas de algo blanco y encubridor” (p. 25). Entre estos encargos (este es el vocablo elegido por Dominguito) se fragua el amor: “Te ruego que te abrigues mucho –dice Benita– y que no tengas nunca los pies helados, ponte el calzado grueso. En el cajón van tres pares de calzoncillos de punto que, por hacer caber otras cosas, los había dejado, y no has levado guardado, sino un par tal vez” (p. 19). Ella sabe que el amor importa en el sufrimiento. El amor toma así el rostro de los pequeños detalles materiales, el canal para comunicar el cariño. La madre sabe que no puede hacer silencio, está empujada a escribir: “las cartas son con los paquetes, el lazo principal que la une a su hijo” (Antières, 2019: p. 107). Más allá de dos ejemplos que presentaremos a continuación, en términos generales podríamos apuntar que las cartas intercambiadas en estos quince meses deslavazan la muerte, es decir, le quitan fuerza y color: se presiente una cierta renuencia a hablar de este tema por parte del hijo. Por lo visto, Dominguito confía en la victoria[15] y desestima su propia muerte, no por falta de sensibilidad ya que, en rigor, mediante una extensa descripción, más extensa que cuantas descripciones hace luego de cruentas batallas, relata un episodio de fusilamiento que sí hiere su sensibilidad de joven capitán. Acerquémonos ahora a esta narración. Los fusilados debían estar de guardia. Son dos desertores. El relato, por cierto, desgrana con detenimiento las acciones, las sopesa y las describe al detalle, como en ningún otro fragmento textual. Es esta significativa ocasión, tal vez, donde la muerte se le presentó más cercana, es decir, menos abstracta: Antes de ayer pasamos el Batel. Al llegar mientras dominábamos la altura de la barranca que tiene el río, por la parte de aquel lado, el 1er Cuerpo de Ejército, que nos había precedido en un día, formaba un cuadro en la planicie de la costa opuesta, para presenciar la ejecución de dos desertores. Estábamos a diez o doce cuadras de distancia. La mañana serena y pura hacía que todo se percibiera perfectamente. La orden general del día antes anunciaba la ejecución de un sujeto y un soldado del Batallón Santafesino del Coronel Ávalos, por haber desertado estando de guardia. Todo el ejército conocía el drama que se representaba a lo lejos. Era un espectáculo extraño. Se veía el movimiento de los batallones tomando sus puestos. Después del silencio que allí reinaba, podía apreciarse por la inmovilidad de las bayonetas. Los reos entran al cuadro. Son dos bultos negros que la distancia cubría mucho y van seguidos por un puñado de bayonetas. Llegan hasta la bandera de un batallón que se ve inclinándose, como saludándolos por última vez. Ese tiempo debe invertirse en leer la sentencia a los reos y despojarlos de sus trapos militares. El pelotón se pone en marcha, llega al centro de un costado del cuadro que ha quedado sin llenar y se detiene; los dos bultos avanzan unos pasos, se dan vuelta y se arrodillan. Las bayonetas del pelotón se inclinan. El sol da un destello de luz sobre los cañones de los fusiles. Una nubecita de humo envuelve a los reos que caen y se confunden con el piso. Al rato se oye la detonación. La sentencia ha sido cumplida (pp. 81-82). Pero la muerte tiene diversas acepciones para los epistológrafos. Para la madre, es sentencia cumplida; para el hijo, en cambio, es un pasaje heroico a la posteridad. Exactamente dos días antes de morir, Dominguito le escribe Benita unas líneas, casi como en una vaharada confidencial que aglutina y engarza emociones: “Si no fuera por lo que tú sufres, y por mi profesión, y por mi camino, yo sería soldado, pero soldado por el combate; por la emoción, por la muerte que desfila. ¡Es una gran sensación! Es un placer tremendo; como tal sus dosis mayores matan...Deseo los combates, los asaltos” (pp. 102-103). Dominguito en esta misiva refulge de una emoción que, como veremos luego, decaerá en su última carta, como si un presentimiento aciago lo importunara. Así por primera vez, casi despertando una cierta conciencia de muerte, escribe una carta póstuma. El tono cinéreo de la última misiva se anticipa al desenlace fatal. Las tropas aliadas avanzaban en formaciones densas, con la lentitud y el esfuerzo que impele una zona lodosa y desconocida, entre espinas y estacas. La infantería paraguaya, atrincherada en sus posiciones, conocía muy bien el terreno, esperó y ganó la partida. A solo unas horas de su muerte, aquel 22 de septiembre de 1866, en la mañana de Curupaytí, el hijo escribe estas líneas premonitorias: Querida Madre: La guerra es un juego de azar. La suerte puede sonreír o abandonar al que se expone al plomo enemigo. Lo que a uno lo sostiene es el pensamiento del mañana: la ambición de un destino brillante. Esta ambición y la santa misión de defender a mi patria, me da una fe inquebrantable en mí y en el camino que he tomado. ¿Qué es la fe? No puedo explicarlo, pero me basta con tenerla. Y si el presentimiento de que no caeré en combate es solo una ilusión que me permite tener coraje y cumplir con mi deber, te pido madre que no sientas mi pérdida hasta el punto de dejarte vencer por el dolor. Morir por la patria es darle a nuestro nombre un brillo que nada borrará, y no hay mujer más digna que aquella que, con heroica resignación, envió a la batalla al hijo de sus entrañas. Las madres argentinas transmitirán a las generaciones venideras el legado de nuestro sacrificio. Pero dejemos aquí estas líneas, que esta carta empieza a parecer una carta póstuma. Hoy es 22 de septiembre de 1866. Son las diez de la mañana. Las balas de grueso calibre estallan sobre el batallón. ¡Adiós, madre mía! (pp. 103-104) Como sabemos, la angustia se vive en solitario. No hay dolor comparable a su dolor de madre. Benita no guarda secretos en los entresijos y deja traslucir un sentimiento sucinto y premonitorio: “Para mí todo es malo; yo no miro tan sencillo rendir al Paraguay, López en su casa será más fuerte de lo que se imaginan” (p. 77). Y los acontecimientos le darían, al final, la razón. 4. Conclusiones Dominguito no solo muestra su vida en las cartas, sino que también construye una autobiografía ceñida a este corte temporal, esto es, no solo escribe sino también se escribe, aunque sin sospechar siquiera que estas misivas, acuñadas en la trinchera, tendrían innumerables lectores. De alguna manera, esa experiencia subjetiva y fragmentaria de la guerra del Paraguay que narra el epistolario aquí analizado, se amplifica y, en última instancia, pone en entredicho la rúbrica de las misivas: en efecto, las cartas podrían estar firmadas por cualquier soldado, por cualquier madre de soldado de cualquier guerra. Esta no peculiaridad se entronca con la particularidad de que fueron escritas por un personaje singular, el hijo de Domingo Faustino Sarmiento quien aunó en su itinerario biográfico el legado del padre, las armas y las letras. En esa trama que conforman la escritura y la vida, estas cartas mediatizan el desahogo emocional pero también vehiculizan las solicitudes materiales del Aquiles de apellido Sarmiento. Aunque primordialmente, nos hablan del amor entre una madre y su hijo. A través de las nimiedades y las vicisitudes de lo cotidiano en el trocar infatigable de cartas, los epistológrafos comunican aquello que les toca vivir. De este modo –si cabe– las cartas reponen la ausencia del otro y mantienen vivo el lazo afectivo al punto de poder leerse en ellas toda una inteligibilidad de los afectos (Antières, 2019: p. 120) entre Dominguito y Benita donde el amor y el miedo son los dos tópicos más fuertes. Una inquietud ante el texto ensobrado por venir reverbera en los pliegues del papel y la espera se convertirá luego en alivio porque una carta es, sin más, constatación de vida para una madre inundada de tristeza y temor. La escritura del epistolario muestra que esos meses fueron angustiantes y desgarradores para Benita. En cambio, para Dominguito fueron el cumplimiento de un deber y una misión a la que se fue preparando durante su corta vida. Como esbozábamos al comienzo, contribuir a desasignar sitios propios de la narrativa dominante en torno a la guerra del Paraguay implica atender a otros materiales que reconfiguren y dinamicen ciertos núcleos de sentido. En este sentido, estos artefactos narrativos, los documentos epistolares poco transitados que aquí presentamos, exploran este conflicto bélico desde un costado, en primera persona. Como decíamos más arriba, los tópicos que pulsan por copar el horizonte son el amor y el miedo, pero la muerte se hizo presente, truncando estas letras entintadas. Si escribir es en última instancia escribir nuestras obsesiones personales (Spiegel, 2007), Dominguito nos remitirá a las armas y las letras y Benita, a su único bien, su querido hijo.

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