Prácticas artístico-culturales

Manzano, Valeria (2017). La era de la juventud en Argentina. Cultura, política y sexualidad desde Perón hasta Videla. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 447 pp.

Nayla Pis Diez
Centro de Investigaciones Socio-Históricas, Instituto de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales, CONICET/Universidad Nacional de La Plata, Argentina

Manzano, Valeria (2017). La era de la juventud en Argentina. Cultura, política y sexualidad desde Perón hasta Videla. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 447 pp.

Aletheia, vol. 19, núm. 10, 2019

Universidad Nacional de La Plata


El libro de Valeria Manzano nos ubica en la “era de la juventud argentina”, en los cambios que transcurren entre los años cincuenta y setenta. Una intención que recorre sus casi 450 páginas es la de mostrar la complejidad y la contradicción de todo fenómeno social: ¿Qué representaron los jeans y la minifalda? ¿Fueron productos textiles que propusieron estéticas más liberadoras y modernas a los y las jóvenes que quisieran usarlos? ¿No traían consigo nuevos ideales de belleza física para la exposición, que obligaban a quienes los portaran a respetar patrones de delgadez? No hay dudas, fueron las dos cosas, y de eso se trató dicha “era”.

Producto de la tesis doctoral de Manzano, este libro tiene como objetivo analizar el proceso a través del cual, por un lado, la juventud se transformó en un actor político, social y cultural clave de la vida argentina; a la vez comenzó a ser, para expertos y analistas contemporáneos, una categoría imprescindible para leer y comprender esa realidad. Tal centralidad se debe, según la hipótesis de la autora, a que los y las jóvenes de 1950/1970 fueron portadores y realizadores de dinámicas de modernización y de sus descontentos en tres ámbitos, que hacen así mismo de variables: la cultura, la política y la sexualidad. Pero ningún proceso de cambio está exento de contradicciones y retrocesos. Hay dos tensiones que cruzan los ocho capítulos y las tres variables de análisis: por un lado, el cruce entre la juventud (la cuestión etaria) con el género y la clase; por otro, la tensión que suponen las particularidades locales de un fenómeno que, sin dudas, fue transnacional. Hay un mérito de la autora en trabajar de forma sincera y compleja al sujeto joven, en todas sus dimensiones, de clase, de género y de territorio. La juventud no fue un sujeto socialmente homogéneo: no vistió los mismos jeans, no frecuentó los mismos espacios de ocio ni vivió de la misma forma su sexualidad; menos, atravesó el proceso de politización de forma unívoca. Las tensiones entre las experiencias de los y las estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA con las de jóvenes de la localidad obrera de Lanús, nos permiten no sofocarnos con una visión centrada en la clase media profesional y habitante de los grandes centros urbanos como Ciudad de Buenos Aires; el análisis del rock y la “fraternidad de varones pelilargos” (2017: 195) nos muestra una cultura que, con sus vestimentas, aspectos y códigos grupales, impugnaba nociones hegemónicas de masculinidad (obteniendo como respuesta, claro, la represión) pero que al mismo tiempo, se erigía como territorio masculino, expulsando explícitamente a las mujeres y construyendo las letras de sus canciones a partir de estereotipos patriarcales.

Todos los trabajos de la autora, y este no es la excepción, se caracterizan por un doble juego en el campo de estudios: por un lado, seguir la línea trazada por los pioneros artículos de Alejandro Cattaruzza y Juan Carlos Torre, recuperar la juventud y la cultura juvenil contestataria para pensar la historia política reciente; pero por otro, Manzano se encargó de romper con esas lecturas, mostrando que fue tema público una década antes de lo que se creía. Una serie de debates públicos colocó a la categoría de juventud y a los y las jóvenes en el centro de la escena política en 1950. En 1955, tras el golpe de Estado que derrocó al gobierno peronista, se denunciaba una supuesta “promiscuidad sexual” y corrupción moral (2017: 52) de la juventud, sobre todo la organizada en la UES. Pero tras esa coyuntura, el mismo actor fue considerado una suerte de agente del cambio, de la modernización del país y de la desperonización en las instituciones que habitaba. Ya en las últimas décadas de 1950, la imagen de una juventud “traicionada” (2017: 71) por Arturo Frondizi y el sistema político, modificó aquellas expectativas. De aquí en más, la juventud quedó asociada a la noción de crisis y de cambio.

Ahora bien, estas transformaciones en el plano de la política y de las identidades sociales tuvieron un trasfondo material. Una de ellas, y seguro la principal, fue la expansión cuantitativa de la población estudiantil o, de otra manera, el aumento de la inserción de los y las jóvenes en el sistema educativo y su cada vez más retrasada inserción en el mercado laboral. Para los y las jóvenes de 1950, una cierta cantidad de horas del día era compartida casi exclusivamente con otros y otras de su edad. Esta novedad colaboró en constituir lo que Manzano llama “nuevas formas de sociabilidad” (2017: 81) específicamente juveniles, que transcurrían en la tríada escuela/universidad – calle – política y que tuvieron como uno de sus contenidos centrales la oposición a las prácticas autoritarias: de las autoridades educativas, familiares y gubernamentales.

Varios fenómenos acompañaron la gestación de ese nuevo espacio/tiempo y, como dijimos antes, el libro nos ordena al pensarlos a partir de tres ejes: cultura, política y sexualidad. En el primer ámbito, la gestación de una cultura de masas juvenilizada nos muestra que la música, las formas de esparcimiento y los consumos dieron contorno a ese espacio, donde el rock, el cine, el usar jeans, los asaltos y los clubes eran las llaves de pertenencia. Y si El Club del Clan se convirtió en la representación mediática “familiar” y “conformista” (2017: 141) de la juventud argentina, no tardó en surgir un conjunto de bandas de rock (como Los Gatos) que, con su estética corporal y sus canciones críticas de la rutina y del consumismo, se constituyó en el lado oscuro de esa identidad ahora masificada. La rigurosa reconstrucción no nos hace perder de vista las complejidades. Ya mencionamos el aspecto misógino de la “cultura rockera” (2017: 195 y ss.); también vale recuperar que muchos de aquellos consumos se correspondieron con nuevas distinciones en clave de clase social. La oposición entre los jeans Levi´s (propios de un círculo internacional de consumo) y los vaqueros Far West de la nacional Alpargatas nos hablan también de un código de vestimenta juvenil nada homogéneo.

Es sabido ya que no podemos hablar de expansión de la matrícula estudiantil sin mencionar un aspecto clave de ello: el aumento de la presencia femenina en las aulas (de colegios secundarios y universidades) que, además, se acompañó de un fenómeno similar en el mercado laboral. Nuevamente, transformaciones en la vida material de las jóvenes conmovieron y desestabilizaron no solo las nociones tradicionales de hogar/familia sino también las siempre asociadas ideas de feminidad y domesticidad. El sexo pre-matrimonial comenzó a aceptarse públicamente, las jóvenes postergaban el matrimonio y se “iban de casa” (2017: 155 y ss.), protagonizando distintos tipos de fugas de la autoridad familiar. Estos elementos, al tiempo que contribuían a la modernización de la familia y los hábitos sexuales, exponían el inicio del resquebrajamiento de la autoridad patriarcal en las relaciones familiares y de noviazgo.

Mientras estas revoluciones silenciosas se tramaban, en 1968/1969 Argentina fue sacudida por una serie de insurrecciones populares conocidas como “azos”, en Corrientes, Rosario, Córdoba, acompañadas también por protestas de menor impacto en otras como La Plata y Ciudad de Buenos Aires. Todas ellas fueron protagonizadas por jóvenes, especialmente, estudiantes. Para Manzano, esta coyuntura catapultó a la juventud al lugar de actor político visible e insoslayable opositor del régimen dictatorial de Onganía. Las nociones de juventud y revolución quedaron así unidas; verificándose este aspecto en el crecimiento de muchas organizaciones del campo de la izquierda y nueva izquierda y, en particular, en las armadas. De acuerdo con la autora, el espacio político que mejor capitalizó la politización de los y las jóvenes fue el peronismo, mediante los atinados discursos del líder en el exilio y el llamado a “integrarse con el pueblo” (2017: 249). Aquí aparece con total claridad una de las tensiones que recorre el texto: el elemento de identificación con el pueblo peronista permitió a los y las militantes anunciar que sus motivaciones no tenían relación con la de sus pares europeos.

Esta historia se cierra con la etapa de “restauración de la autoridad y la familia” (2017: 347 y ss.), iniciada en 1974 y profundizada en 1976 por una parte del Estado y la Iglesia. Uno de los blancos principales de tal reacción, fue la relación de la juventud con la militancia política, con los consumos culturales y con el sexo. Además de la represión directa, la contracción general del sistema educativo constituyó un mecanismo indirecto que puso fin a una era que había colocado a la juventud como protagonista del cambio y la modernización, y a la educación y la sociabilidad en el espacio público como el terreno propicio para aquellos cambios. Sin dudas el año 1976 cierra una etapa histórica para el país, en el plano de su vida política, de su desarrollo económico y en el de aquellas revoluciones sociales que transformaron vidas cotidianas. Pero, ¿cómo han sobrevivido, retrocedido o se han profundizado aquellas transformaciones? No hay dudas que la mayoría pervivió. En esta década, los y las jóvenes han cambiado radicalmente sus hábitos sexuales (cuestionando ya no sólo la idea de familia sino las de monogamia y heteronorma), sus consumos culturales también son específicos, también son protagonistas de la vida política del país (qué decir de La revolución de las hijas) ¿Podemos hablar quizás de “eras” de la juventud?

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